Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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De septenio y números rojos

Yo pensé que la vida y yo estábamos en números rojos. En algún lugar, en algún punto de mi historia, empecé a malgastar mi capacidad de significar y, por despilfarrarla, me dio por resucitar vínculos muertos y a nutrirme de energía ajena. Muy carmines y hasta sulfurados, porque fui terca en ese camino; no obedecí el letrero de la entrada del infierno.

Y, desde hace siete años, a la hora del inventario, solo me quedaron pelusas y cambio barato en las bolsas de los jeans, un dulce aplastado en el forro de la maleta de cruzar umbrales, una pluma que se chorreó con lo que no pude decir a tiempo, los ojos de asombro caídos y con el rímel apelmazado por quedarme con las apariencias.  Viví con la sensación de haber perdido algo valioso de mí y de haber fracasado. Y las sensaciones punzan más que los datos duros.

¿Quién sabe qué me debía la vida que me pagó con un congal de policía lleno de historias que se van infiltrando en mi manera de escribir; con la cura a mi miedo a la oscuridad y a los ladrones, a que no me alcance el dinero y a ser reemplazada; con el lujo de meses a solas para desanudarme y retejerme, con amor y calma; con un abrazo que va suavizando la piel que amuralla a mi corazón; con el regalo de ser una familia de tres mujeres suficientes?

Tengo mucho que agradecerle a la vida por ese pago al contado que fue como haberme sacado la lotería: me reconectó conmigo misma.  Puedo dejar morir la esperanza, si hace falta. Y recobrarla, todas las veces. No necesito desperdiciar mis significados ni amarrarme a ellos.  Amo cada uno de mis fracasos. Los números rojos son de sangre, de estar viva.


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Epifanía

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, cargando una canasta llena de pétalos blancos, de margarita. Paciente experta en reunir predicciones: «le importo-le soy indiferente, me amó-nunca me quiso, hay un futuro-no quiere comprometerse, me respeta-le valgo madres» y sus etcéteras variantes. Mujer talladora de historias escritas por capítulos según el pulso de los pétalos, queriendo descifrarlos para ver si les saca algo que no sean opuestos y dualidades; la misma mujer que, si alguien halla motivos para lapidarla, convierte los pétalos de su canasta en piedras y las provee, como municiones.

Mujer que tiene cita a las cuatro porque un mediodía de julio, en una estación de policía y sin prólogo, escudriñó un pétalo caído en una conversación.  «Qué raro-pensó-. Debe de haber un error», pues visto de cerca, el pétalo no contenía información sobre el porvenir, ni sobre el otro, como siempre pareció. Solo decía: «me quiero». La conversación prosiguió y cayó otro pétalo: «no me quiero».

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, como tantas veces, a las cuatro. En esta ocasión, la canasta no fungirá como expediente: será ofrenda. Los pétalos que la dividían serán lanzados por la ventana, los transeúntes nunca sabrán de qué se trató aquella lluvia de guiones pálidos. Es un día de celebración, una fiesta. ¡Respuestas a las preguntas! LA pregunta: ¿qué será de esa mujer, aquí y ahora, allá y entonces?

¿Queriéndose? Lo que ella quiera.

La respuesta es una flor iridiscente, de un solo pétalo. La llamo Epifanía.

(Gracias Mixtli, por el diálogo)

¿Queriéndose? Lo que ella quiera.

La respuesta es una flor en sí misma: una epifanía de un solo pétalo.

(Gracias, Mixtli, por el diálogo).


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Episodio 21: De Twitter, microrrelatos y el alma.

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¡Lo logré! Tenía todas las ganas de entrevistar a @Genrus porque tiene mi admiración total como creador. Y aprovechando su visita a California, ¡que lo invito a mi Jardín Sonoro! Pudimos hablar sabrosísimo de Twitter y de microrrelatos, pero, sobre todo: del alma. Y de coincidir.

De la emoción, me salté todo el protocolo de que me llaman Michelle, firmo mis escritos como Miranda y me arrobo Locadelamaceta y me fui directo a la entrevista. Sin más que añadir: aquí está en Itunes. O escúchala directamente:


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¡Nueve, oigan!

Trecedejulio: noche en que agarré un pseudónimo y me puse a escribir, después de 120 meses de silencio creativo. Víspera de un beso entre el estoy harta de la vida a medias y el no sé cómo manejar mis pulsiones. Mediodía y tránsito de apellidarme Hooker-en-duelo a Locadelamaceta, yeah. Mañana de un video donde te preguntaba qué estabas haciendo este mismo día, en 2006. Tardecita de tomarme el pulso, de auscultar dónde me duele y para qué. Ocaso de, francamente, luego uso unas palabras muy peinadas de raya de lado para disimular mi aullido. Madrugada de un abrazo que ha revolucionado todas mis tintas.

Es una palabra que inventé para celebrar cuando abrí mi blog, y me di a luz a mi misma a través del brete de penumbras y fantasmas que destapé, a la par de conocer a personas especialísimas con quienes coincidir con este espacio como pretexto, nomás.  Fue hace nueve años.

Gracias, gracias, gracias por el privilegio de ser leída. Ya que hemos roto el turrón a través de los posts y los comentarios, puedo decirles eso que tengo mucho tiempo sintiendo por ustedes, desde la gratitud: los amo.


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Es oficial, Miranda.

Mi amigo Jim, que tiene 71 años y que ha sido uno de mis mentores, solía decirme que la gente tendría más éxito y menos estrés laboral si tuviera claro que, en la vida, uno tendrá dos carreras. A veces, más. La primera es la que decidimos con lo que sabemos a los 18, la segunda nos la presenta la vida y resulta, tan sorprendente como irreversible.

Cerré esta semana pensando en eso. Hace 10 días pasé por uno de los momentos más difíciles de mi vida como adulto. Mi jefa me hizo lo que se conoce como una chingadera monumental, que fue el culmen de una serie de actitudes de bullying y acoso, racismo, y, en general, un desprecio por el género humano. Documenté la chingadera monumental y se lo hice saber a mi jefa. Me ignoró. Empecé a investigar y me enteré que ella no era mi jefa directa sino una consultora, mi jefe era un funcionario. Así que le escribí a ese jefe diciéndole que había un problema y me dio una cita. Expuse el caso, me dijo que yo era la sexta persona que se quejaba, pero como todo el mundo sacaba adelante el trabajo, suponían que era un asunto de choque de personalidades y ya.  Insistí. Yo no quería sacar nada adelante mientras crecieran las condiciones que me desprotegían, y no solo a mí: también a mis compañeros. Entonces el jefe acudió a su jefe. Repetí mi postura; que yo no quería ser parte de una situación de abuso. Que renunciaba. El jefazo me aplicó el:

-We don’t want to lose you.

Y yo me le quedé viendo con cara de “esmérese, y no sea choro”. Me preguntó si estaba dispuesta a considerar quedarme si hubiera un puesto disponible para mi. Le dije que yo criaba personalmente a mis hijas, que tengo muchos requisitos de horario; que lo iba a pensar. El jefazo me contactó esa misma tarde, con indicaciones de una entrevista en el suburbio contiguo al mío. Me presenté a la entrevista. Recité mis requisitos, resultó que no fueron problema. Me contaron del puesto, del sueldo. Pensé en mi amigo Jim. Y dije que sí.

Así que el jueves me incorporé como miembro del cuartel de la policía de la zona para mi periodo de entrenamiento como Community Service Officer (CSO). CSO es un auxiliar de policía, digamos. Mi trabajo es prevención del delito, mantener -en lo cotidiano- el orden y la paz en la comunidad. Acepté porque no involucra armas de fuego ni potestad para arrestar, que en Estados Unidos, en este contexto, es la posición más ordenada y pacífica que puede haber. Hay que saber hacer de todo: desde multar al malnacido que se estaciona en las rampas y espacios para discapacitados hasta describir un accidente de tránsito ante las aseguradoras y abogados, saber cerrar o redirigir las vías de acceso, resguardar evidencias en caso de investigaciones, entre muchas otras funciones.

La parte que más me causó entusiasmo fue saber que, como parte del entrenamiento, tengo que pasar por una serie de desarrollo de habilidades y protocolos. Tendré que tomar capacitación de captura de huellas digitales, manejo de vehículos en alta velocidad, resucitación cardio-pulmonar, primeros auxilios, geografía urbana, código penal. Me quedé con los ojos enormes. ¿Yo? ¡¿Yo?! Tendré que usar un ipad especial, una navaja, un radiotransmisor. Y aprenderme miles de claves porque 10-7: aguanten, que voy a comer; 2669-D vehículo abandonado, ya dimos parte; 10-4, sale pues, cambio y fuera. El cuartel es subterráneo, debajo de una biblioteca. Sí, tiene una entrada como de baticueva. Me asignaron una camioneta todo terreno. También tengo que aprender a manejar un cochecito para monitorear los estacionamientos, mismo que anda a 40 km por hora y si uno no tiene cuidado, se voltea. Y tengo que hacer pesas y entrenar. Mi estatura también fue un motivo de que me llamaran, vaya vínculo con mi post anterior. Cuando me den el uniforme, subiré una foto. Se la enseñaré a mi yo de 18. Quiero ver su cara.

Cuando salí de mi segundo día de trabajo llegué a la casa, me di un baño, me tomé una media cerveza que me supo a coro celestial, me puse un vestido y quise cocinar. Por oposición, después de una jornada en botas industriales, grasa de auto, patrullas y órdenes entre rangos, mi lado femenino estaba más receptivo y satisfecho que nunca. El equilibrio le sentó bien a mi mundo interior, el balance es una carrera en sí misma. Orden y paz, por dentro: he trabajado ahí desde siempre.

Yo tampoco quería perderme. Pero perdiéndome, aprendí a detectar las condiciones que me hacen mal. Entonces, tocando fondo, solo me restó abrir mi corazón a lo que viniera. Cuando elegí rendirme, recibí una vida nueva. Y un chaleco anti-balas.


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Redimensionando

No me acuerdo a los cuántos años alcancé esta estatura, pero habrá sido alrededor de los 18. Todavía iba en la universidad cuando me caché con los pantalones de brinca charcos. Me pareció una vergüenza existencial -no porque fuera la gran cosa sino porque en esa época se acostumbraba rematar las afirmaciones con algún tipo de subrayado filosófico-. No me di cuenta. Crecí por alguna fuerza de la naturaleza, sin mérito. Yo creo que, por eso, hasta hace poco caí en la cuenta de que soy alta.

Me he descubierto grandota. Un metro con setenta y seis centímetros, con sus huesos, desmesuras y ya vine, correspondientes. Creo que en mi proceso personal, ese ha sido el cambio más notorio: dejar de habitar la raya entre sentirme diminuta e invisible, viviendo en la sombrita. Tampoco tengo mérito en ello, he tenido crecer eligiendo enfrentar lo que me duele y lo que me abruma, negociando con no saber qué será de mi futuro, dándome permiso de apreciarme y de ser apreciada. Ser grande, en mis términos. Apenas voy emparejando el tamaño del lugar que ocupo con ocuparlo, de hecho. La sombrita quedó atrás; ahora puedo lidiar con mi sombra, ya no siento que mi silueta esté desfasada con mi tamaño por cargar sobre los hombros lo que no me toca o por achaparrarme.

Las redimensiones han andado desatadas, no se miden. Justo cuando empecé a instalarme en esta nueva identidad, Victoria Luminosa dio el estirón. Un día me saludó con un abrazo y casi me caigo tacleada por el peso de su estatura a los trece; ella, del tamaño del número que era mío. Mini Dancing Queen, a los once, me llega a la barbilla. Es decir, estoy a nada de ser la más diminuta de mi casa, otra vez. No sé qué me depara lo que viene, pero sí sé qué haré con esa disparidad de metros y centímetros, y sus metáforas. No me resistiré: la naturaleza tirará de mis hijas y las elevará hacia alturas o miradores o adjetivos que rebasarán los míos, como yo lo hice con mi madre y ella con la suya; les quedará el reto de descubrir si estatura, tamaño y lugar son lo mismo, con respecto a quién, para qué. Me restará agarrarme fuerte ante esos saludos impetuosos de mis hijas más altas que yo, ser compañera y no señora tras bambalinas, escribir, seguir mi ruta que sigue siendo inciertísima y definida; descalza o en tacones, ante mi propio reflector, con el valor del aprecio: he de seguir creciendo.


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El panqué infinito

Desayuné bien, acoto. De manera que, así de entrada, mi acto no tenía mucha justificación, salvo que eran las once de la mañana y esa hora siempre tomo un café. La oficina estaba tranquila; una compañera, un compañero, la jefa en camino porque tendría una junta con un funcionario del gobierno. Ya tenía mi café en el termo, solo me hacía falta el panquecito que había empacado en la casa. Lo desenvolví de la servilleta, lo mordí. Oí un ruido a unos metros de mi. ¡Chin! alguien viene. En vez de apurar el paso hacia mi lugar o de avispar los tímpanos, reaccioné hábilmente: en el mismo segundo me quedé quieta y me zampé el panqué.

Tocaron a la puerta. Calculé que si mis pasos y mi maxilar se sincronizaban, para cuando atravesara el  pasillo, podría abrir sin comida en la boca. Mi horror comenzó cuando volvieron a tocar, yo había caminado catorce pasos con su respectivo masticar y el bolo alimenticio no daba muestras de disminuir. Mi pericia fue memorable: abrí la puerta y, con los cachetes inflados, intenté pronunciar “Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?” pero solo me salieron unos sonidos que provenían de mi nariz y de mi epiglotis mientras me daba cuenta que la persona que tenía enfrente era el gobernador, que venía a la junta con mi jefa.

El gobernador me saludó, me preguntó si mi jefa ya había llegado. Extendí la mano, sonreí en silencio, negué con la cabeza. Como el gobernador es un hombre sin complicaciones, ahí mismo en el umbral, empezó a hacerme plática. Mastica, Miranda, Mastica. Y, debajo del inglés sureño de mi interlocutor, yo escuchaba a mi mamá insistirme en que acábate toda la comida, y yo repelar: es que la carne tiene nervio. Pues ándale. Y ese dale que dale de la infancia, de esos bocados donde uno acababa mostrando el nudo del bistec; una calle cerrada. El gobernador continuaba su monólogo. Yo estaba engarrotada y sin poder emitir el más universal de todos los mjms. Aproveché que -me han dicho- gesticulo mucho al hablar. El hombre no me conocía, pero supuse que se vería natural que yo asintiera con el ceño y pelara los ojos, a modo de retroalimentación a su plática. Yo no sabía que mi nuca tuviera tanta capacidad de diálogo. En el inter, por más que mastiqué, casualísima o descarada, seguía con las mejillas atiborradas de harina integral y pasas, picando piedra dentro de mi boca, sin avanzar ni un milimetro en el a ver a qué horas me termino este panqué infinito.

Mi compañera de trabajo escuchó voces y fue a ver qué ocurría. Cuando me vio como ardilla sordomuda, una caricatura de cuello y ojos, y reconoció al gobernador, lo entretuvo en lo que yo me hacía escasa. Eso sí, como pude, pedí permiso para retirarme; en detrimento de mi brillo en sociedad, mi “con permiso” se oyó como pujido. Me encerré en el baño. Mastiqué dejando la quijada en ello, entre frases motivacionales y chigadamadre variadas. Cuando terminé tenía el cachete agotado, calor, shock hiperglucémico y mucha, mucha risa. Me recompuse.

Volví al encuentro con el gobernador. Usé mi voz de radio, y la chispa en el ombligo que se siente al caminar con tacones. El rímel subrayó mi intención.

– Miranda Locadelamaceta, Don Gobernador. Muy buenos días.

Pude ver cómo un signo de interrogación se imprimía sobre su calva. Sí, soy la misma persona. No tengo un problema con eso. ¿Y usted?

Mi jefa apareció a los cuantos segundos, ella y el gobernador se fueron a su junta. El café y la paz conmigo me supieron buenísimos. A lo mejor fue porque ya no necesito sostener apariencias, ni justificar; quizás fue que la vergüenza no tiene lugar en esta etapa de mi vida.

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