Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Es oficial, Miranda.

Mi amigo Jim, que tiene 71 años y que ha sido uno de mis mentores, solía decirme que la gente tendría más éxito y menos estrés laboral si tuviera claro que, en la vida, uno tendrá dos carreras. A veces, más. La primera es la que decidimos con lo que sabemos a los 18, la segunda nos la presenta la vida y resulta, tan sorprendente como irreversible.

Cerré esta semana pensando en eso. Hace 10 días pasé por uno de los momentos más difíciles de mi vida como adulto. Mi jefa me hizo lo que se conoce como una chingadera monumental, que fue el culmen de una serie de actitudes de bullying y acoso, racismo, y, en general, un desprecio por el género humano. Documenté la chingadera monumental y se lo hice saber a mi jefa. Me ignoró. Empecé a investigar y me enteré que ella no era mi jefa directa sino una consultora, mi jefe era un funcionario. Así que le escribí a ese jefe diciéndole que había un problema y me dio una cita. Expuse el caso, me dijo que yo era la sexta persona que se quejaba, pero como todo el mundo sacaba adelante el trabajo, suponían que era un asunto de choque de personalidades y ya.  Insistí. Yo no quería sacar nada adelante mientras crecieran las condiciones que me desprotegían, y no solo a mí: también a mis compañeros. Entonces el jefe acudió a su jefe. Repetí mi postura; que yo no quería ser parte de una situación de abuso. Que renunciaba. El jefazo me aplicó el:

-We don’t want to lose you.

Y yo me le quedé viendo con cara de “esmérese, y no sea choro”. Me preguntó si estaba dispuesta a considerar quedarme si hubiera un puesto disponible para mi. Le dije que yo criaba personalmente a mis hijas, que tengo muchos requisitos de horario; que lo iba a pensar. El jefazo me contactó esa misma tarde, con indicaciones de una entrevista en el suburbio contiguo al mío. Me presenté a la entrevista. Recité mis requisitos, resultó que no fueron problema. Me contaron del puesto, del sueldo. Pensé en mi amigo Jim. Y dije que sí.

Así que el jueves me incorporé como miembro del cuartel de la policía de la zona para mi periodo de entrenamiento como Community Service Officer (CSO). CSO es un auxiliar de policía, digamos. Mi trabajo es prevención del delito, mantener -en lo cotidiano- el orden y la paz en la comunidad. Acepté porque no involucra armas de fuego ni potestad para arrestar, que en Estados Unidos, en este contexto, es la posición más ordenada y pacífica que puede haber. Hay que saber hacer de todo: desde multar al malnacido que se estaciona en las rampas y espacios para discapacitados hasta describir un accidente de tránsito ante las aseguradoras y abogados, saber cerrar o redirigir las vías de acceso, resguardar evidencias en caso de investigaciones, entre muchas otras funciones.

La parte que más me causó entusiasmo fue saber que, como parte del entrenamiento, tengo que pasar por una serie de desarrollo de habilidades y protocolos. Tendré que tomar capacitación de captura de huellas digitales, manejo de vehículos en alta velocidad, resucitación cardio-pulmonar, primeros auxilios, geografía urbana, código penal. Me quedé con los ojos enormes. ¿Yo? ¡¿Yo?! Tendré que usar un ipad especial, una navaja, un radiotransmisor. Y aprenderme miles de claves porque 10-7: aguanten, que voy a comer; 2669-D vehículo abandonado, ya dimos parte; 10-4, sale pues, cambio y fuera. El cuartel es subterráneo, debajo de una biblioteca. Sí, tiene una entrada como de baticueva. Me asignaron una camioneta todo terreno. También tengo que aprender a manejar un cochecito para monitorear los estacionamientos, mismo que anda a 40 km por hora y si uno no tiene cuidado, se voltea. Y tengo que hacer pesas y entrenar. Mi estatura también fue un motivo de que me llamaran, vaya vínculo con mi post anterior. Cuando me den el uniforme, subiré una foto. Se la enseñaré a mi yo de 18. Quiero ver su cara.

Cuando salí de mi segundo día de trabajo llegué a la casa, me di un baño, me tomé una media cerveza que me supo a coro celestial, me puse un vestido y quise cocinar. Por oposición, después de una jornada en botas industriales, grasa de auto, patrullas y órdenes entre rangos, mi lado femenino estaba más receptivo y satisfecho que nunca. El equilibrio le sentó bien a mi mundo interior, el balance es una carrera en sí misma. Orden y paz, por dentro: he trabajado ahí desde siempre.

Yo tampoco quería perderme. Pero perdiéndome, aprendí a detectar las condiciones que me hacen mal. Entonces, tocando fondo, solo me restó abrir mi corazón a lo que viniera. Cuando elegí rendirme, recibí una vida nueva. Y un chaleco anti-balas.


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Redimensionando

No me acuerdo a los cuántos años alcancé esta estatura, pero habrá sido alrededor de los 18. Todavía iba en la universidad cuando me caché con los pantalones de brinca charcos. Me pareció una vergüenza existencial -no porque fuera la gran cosa sino porque en esa época se acostumbraba rematar las afirmaciones con algún tipo de subrayado filosófico-. No me di cuenta. Crecí por alguna fuerza de la naturaleza, sin mérito. Yo creo que, por eso, hasta hace poco caí en la cuenta de que soy alta.

Me he descubierto grandota. Un metro con setenta y seis centímetros, con sus huesos, desmesuras y ya vine, correspondientes. Creo que en mi proceso personal, ese ha sido el cambio más notorio: dejar de habitar la raya entre sentirme diminuta e invisible, viviendo en la sombrita. Tampoco tengo mérito en ello, he tenido crecer eligiendo enfrentar lo que me duele y lo que me abruma, negociando con no saber qué será de mi futuro, dándome permiso de apreciarme y de ser apreciada. Ser grande, en mis términos. Apenas voy emparejando el tamaño del lugar que ocupo con ocuparlo, de hecho. La sombrita quedó atrás; ahora puedo lidiar con mi sombra, ya no siento que mi silueta esté desfasada con mi tamaño por cargar sobre los hombros lo que no me toca o por achaparrarme.

Las redimensiones han andado desatadas, no se miden. Justo cuando empecé a instalarme en esta nueva identidad, Victoria Luminosa dio el estirón. Un día me saludó con un abrazo y casi me caigo tacleada por el peso de su estatura a los trece; ella, del tamaño del número que era mío. Mini Dancing Queen, a los once, me llega a la barbilla. Es decir, estoy a nada de ser la más diminuta de mi casa, otra vez. No sé qué me depara lo que viene, pero sí sé qué haré con esa disparidad de metros y centímetros, y sus metáforas. No me resistiré: la naturaleza tirará de mis hijas y las elevará hacia alturas o miradores o adjetivos que rebasarán los míos, como yo lo hice con mi madre y ella con la suya; les quedará el reto de descubrir si estatura, tamaño y lugar son lo mismo, con respecto a quién, para qué. Me restará agarrarme fuerte ante esos saludos impetuosos de mis hijas más altas que yo, ser compañera y no señora tras bambalinas, escribir, seguir mi ruta que sigue siendo inciertísima y definida; descalza o en tacones, ante mi propio reflector, con el valor del aprecio: he de seguir creciendo.


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El panqué infinito

Desayuné bien, acoto. De manera que, así de entrada, mi acto no tenía mucha justificación, salvo que eran las once de la mañana y esa hora siempre tomo un café. La oficina estaba tranquila; una compañera, un compañero, la jefa en camino porque tendría una junta con un funcionario del gobierno. Ya tenía mi café en el termo, solo me hacía falta el panquecito que había empacado en la casa. Lo desenvolví de la servilleta, lo mordí. Oí un ruido a unos metros de mi. ¡Chin! alguien viene. En vez de apurar el paso hacia mi lugar o de avispar los tímpanos, reaccioné hábilmente: en el mismo segundo me quedé quieta y me zampé el panqué.

Tocaron a la puerta. Calculé que si mis pasos y mi maxilar se sincronizaban, para cuando atravesara el  pasillo, podría abrir sin comida en la boca. Mi horror comenzó cuando volvieron a tocar, yo había caminado catorce pasos con su respectivo masticar y el bolo alimenticio no daba muestras de disminuir. Mi pericia fue memorable: abrí la puerta y, con los cachetes inflados, intenté pronunciar “Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?” pero solo me salieron unos sonidos que provenían de mi nariz y de mi epiglotis mientras me daba cuenta que la persona que tenía enfrente era el gobernador, que venía a la junta con mi jefa.

El gobernador me saludó, me preguntó si mi jefa ya había llegado. Extendí la mano, sonreí en silencio, negué con la cabeza. Como el gobernador es un hombre sin complicaciones, ahí mismo en el umbral, empezó a hacerme plática. Mastica, Miranda, Mastica. Y, debajo del inglés sureño de mi interlocutor, yo escuchaba a mi mamá insistirme en que acábate toda la comida, y yo repelar: es que la carne tiene nervio. Pues ándale. Y ese dale que dale de la infancia, de esos bocados donde uno acababa mostrando el nudo del bistec; una calle cerrada. El gobernador continuaba su monólogo. Yo estaba engarrotada y sin poder emitir el más universal de todos los mjms. Aproveché que -me han dicho- gesticulo mucho al hablar. El hombre no me conocía, pero supuse que se vería natural que yo asintiera con el ceño y pelara los ojos, a modo de retroalimentación a su plática. Yo no sabía que mi nuca tuviera tanta capacidad de diálogo. En el inter, por más que mastiqué, casualísima o descarada, seguía con las mejillas atiborradas de harina integral y pasas, picando piedra dentro de mi boca, sin avanzar ni un milimetro en el a ver a qué horas me termino este panqué infinito.

Mi compañera de trabajo escuchó voces y fue a ver qué ocurría. Cuando me vio como ardilla sordomuda, una caricatura de cuello y ojos, y reconoció al gobernador, lo entretuvo en lo que yo me hacía escasa. Eso sí, como pude, pedí permiso para retirarme; en detrimento de mi brillo en sociedad, mi “con permiso” se oyó como pujido. Me encerré en el baño. Mastiqué dejando la quijada en ello, entre frases motivacionales y chigadamadre variadas. Cuando terminé tenía el cachete agotado, calor, shock hiperglucémico y mucha, mucha risa. Me recompuse.

Volví al encuentro con el gobernador. Usé mi voz de radio, y la chispa en el ombligo que se siente al caminar con tacones. El rímel subrayó mi intención.

– Miranda Locadelamaceta, Don Gobernador. Muy buenos días.

Pude ver cómo un signo de interrogación se imprimía sobre su calva. Sí, soy la misma persona. No tengo un problema con eso. ¿Y usted?

Mi jefa apareció a los cuantos segundos, ella y el gobernador se fueron a su junta. El café y la paz conmigo me supieron buenísimos. A lo mejor fue porque ya no necesito sostener apariencias, ni justificar; quizás fue que la vergüenza no tiene lugar en esta etapa de mi vida.


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Fiesta Femenina

Hoy en “Venus Renaciendo¨ habrá relatos de celebración del espíritu femenino a través de la mitología prehispánica. Con textos de Mary-Joan Gerson y Amparo Espinoza Rugarcía. Música de Luis Pérez Ixoneztli. Escúchame hoy a las 11 am, hora de California- 1 pm, hora de México por Círculo Cultural Radio o bájalos una semana después en Spreaker. 

FullSizeRenderCrédito de imagen: Maya Christina González.


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MirandaVenus Ren(h)aciendoradio

Oye, Miranda ¿y el Jardín Sonoro? Ah, pues resulta que ahora, en vez de podcast, estoy todos los martes a las 11 am, hora de California, en “Venus Renaciendo”, mi programa de radio que se transmite por http://www.circuloculturalradio.com. Aquí les dejo los vínculos las transmisiones más recientes. Estos y todos los demás están archivados en Spreaker.

Estos episodios están basado en el libro de Debbie Ford: “21 días para limpiar la conciencia”.

Introducción. http://www.spreaker.com/user/mlocadelamaceta/vrenaciendo-2015-04-28

Días 1 al 7. http://www.spreaker.com/user/mlocadelamaceta/vrenaciendo-2015-05-05

Días 8 al 14. http://www.spreaker.com/user/mlocadelamaceta/vrenaciendo-2015-05-12

Días 15 al 21. http://www.spreaker.com/user/mlocadelamaceta/vrenaciendo-2005-05-19-output

Si ustedes conocen a una mujer que inspire, díganle que quiero hablar con ella y entrevistarla. Quiero que nos cuente cómo le hizo para superar las dificultades, cómo celebra lo bueno de la vida, cómo lidia con las decepciones, qué relación tiene con su cuerpo, cómo usa su creatividad. Donde quiera que viva, quiero contactarla y que el mundo la conozca también. ¡Hacen falta muchas mujeres así! Manden sus recomendaciones a: mlocadelamaceta@gmail.com.

Gracias -sonoras, cadenciosas- por escuchar.


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En algún lugar

Quédate con quien puedas encontrarte en la esquina donde no hay maquillaje, ni goma de borrar ni wifi.

Quédate con quien resuma, en una imagen, todas las palabras que te nombran.

Quédate con quien te haga tanto bien y tan claro que hasta se reduzcan tus dioptrías.

Quédate con quien te escriba cartas de noche y, al leerlas, siempre amanezca.

Quédate con quien te haga cucharita emocional y donde no falten, en la mesa, café y una libreta de los momentos memorables.

Quédate con quien te muestre que el lugar que ocupas difiere del rol que juegas.

Quédate con quien te escuche con tanta atención que sea inevitable emitirle una licencia para figurar entre tus sueños más entrañables.

Quédate con quien puedas conducir por horas en autopistas. O a través de los minutos o de las fronteras. Y el camino siga su camino.

Quédate con quien tengas 17 años y te recuerde que un día, morirás. Y vuelvas a tener 17 años y, lejos de añorar envejecer juntos, quieras ser más joven cada vez.

Quédate con quien no ponga en venta su mirada en el anaquel de los zurcidos invisibles. Quien te bese  con los ojos abiertos, en todas tus rasgaduras, con el alma en prenda.

Quédate con quien puedas decir, hacer y sentir desde el riesgo de sonar como una loca, y que te celebre tu lucidez silvestre.

Quédate con quien aprecie lo sagrado del nosotros, pero no necesite persignarse con él.

Quédate con quien puedas dejar morir la fantasía de cómo era tu ideal para quedarte, sin sentir que pierdes o que te mueres o que te vas a dar en la madre.

Quédate con quien puedas ser tan tú que los pretextos y las explicaciones migren, de hambre. Pero con quien conserves algunos subtítulos, por si el diccionario se desincroniza.

Quédate con quien podrías platicar de un tema diferente todos y cada uno de los días de tu vida; y, a la vez, compartir el silencio.

Quédate con quien puedas mostrarte inquerible, imperdonable, infiel y obsoleta y que, en vez de curarte o salvarte, te muestre que ha herido y le han disparado en los mismos lados del corazón.

Quédate con quien pueda no quedarse y te obligue a enfrentar tus monstruos del rechazo y a pactar con el cambio. En paz.

Quédate con quien no debas ni te deba. Y que, en esa falta de imperativos, solo quede la invitación a coincidir.

Quédate con quien puedas ver Don Gato por telepatía.

Quédate con quien te inspire textos en segunda persona, pero tenga un mundo interior tan propio, que jamás se los atribuya.

Cuando llegue a sucederte, haz una pausa donde quiera que estés. Que tu primer brote de raíz no sea el asombro o el alivio, sino estar agradecida.


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De sorbos y fantasmas

Ah, ¡cómo le daba vueltas al asunto! Luego, en aras de hallarle sentido a la transparencia, cerraba los ojos, arrugaba la nariz y anunciaba:

– Está de la fruta, pero predomina el higo.

Aunque no iba al grano, como tal, entintaba:

– Contundente y, a la vez, rústico. Como las violetas.

Era un místico.

– Descaradamente impío. ¡Para los dioses!

Era mi turno. Como ya estábamos de ambiente y así es esto de las transiciones, invertí un suspiro, traduje:

– Gozne sin aceitar, esquina de la escalera de casa de mi bisabuela con toques de trastienda de tintorería, sopa de habas, pegamento seco. Y vanilla.

El sommelier de renombre que había viajado de Francia hacia California para esa cata de licores y toda la mesa me regalaron una mirada que conozco bien y que fue un péndulo entre:

– Loca de la ¿qué?

y, dado el contexto:

– ¿Está usted borracha o así es, naturalita que no sabe aspirar, ni beber ni pertenecer?

Yo, en toda la noche, solo había tomado medio sorbo de coñac. Por toda respuesta, me reí hasta evaporarme; fui volando por mis hijas, volví a casa, me quité los tacones, me serví una leche con chocolate. ¿Cuándo serás cool, Miranda, y tomarás whisky adjetivado como los adultos? ¿Cuándo dejarás de avergonzar a los que te rodean con tus niñerías?

Por un momentito vi venir que el señor Sommelier y las personas de esa mesa se sumarían al coro que traigo en la cabeza y que me desaprueba con su preguntas. Ahuyenté los fantasmas haciendo muchos ruidos con el popote, aspirando a libar de una fuente donde los estereotipos cuelguen su disfraz en el recibidor y las catas sean a besos añejados en la intimidad. Y perdiendo la razón que, embotellada, no sabe igual.

No es necesario darle vueltas. ¿Para cuándo? Nunca.

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