Locadelamaceta

Cultivo letras y otras plantas de interior.


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Recién salido del horno de letras

Usted y la cancion mixteca

De la portada: México, lugar en el ombligo de la Luna. Flor corazón. Coyoacán. Un café que deja ver las estrellas. Morir, renacer. Movimientos de serpiente con el pecho pegado al suelo. Hacer radio. Olla, caldero de historias. El cuchillo de discernir. Trece de julio, fundación; bordados sobre dos líneas de tierra fértil*.

“Usted & la Canción Mixteca¨ es mi segundo libro. Contiene textos recopilados de mi bitácora y otros tantos, inéditos. Ofrezco a mis lectores los temas que me conciernen y persiguen y emocionan: la vida cotidiana, la escritura, la maternidad, los vínculos, la naturaleza; y ahora, también: migrar.

Este es un libro auto-publicado bajo el sello de Editorial Círculo Cultural. Como cualquier proyecto independiente, su difusión requiere del doble, y hasta el triple, del entramado de las conexiones humanas; por eso, les doy las gracias adelantadas por el apoyo a mi trabajo, por su compra y por su lectura.

El lanzamiento será el día 13 de septiembre de 2014. El libro está en preventa, esa etapa de expectación que une a los lectores y a los escritores en un muégano de cosquilla. Pueden hacer su pago por PayPal, Western Union o depósito en Banamex. Comuníquense conmigo para más detalles.

“Cuando nada queda, permanecen las flores. Y la música. Todavía huele a nardos”.

* Diseño: Edgar González Castán.


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Atrevimiento

Cuando vengas, no me encontrarás buscándote entre indicios que me lleven a ti, con mayúsculas.

No me verás suspirando por matices morados de rosas ni por esquinas donde, aunque fuera demasiado tarde, Princesa, yo siempre llegaba a tiempo a la cita con mis obsesiones. No seré yo quien desande el recuerdo, tejiendo derechos y pilares hasta deshilarlos, ni seré la que se aleje sin voltear, comprobando que la espalda no sabe despedirse. No jugaré el papel de ser estatua de amaranto en un Oxxo, sin saber a dónde pertenezco. Otra vez.

Cuando vengas, hallarás a alguien que tendrá mi rostro, mis tenis, mi lunar en el párpado y hasta mi cuaderno de notas. Llevará mi nombre pero no mi vestido; se me hizo andrajos con tanta expectativa.

Cuando vengas, Vida, habré amanecido vestida de (mente en) blanco. Serás tú quien me busque, quien quiera saber qué puede esperar de mí. Si logras seguirme la pista, me encontrarás creando mi destino.  Y en esta ocasión, a diferencia de los 37 años anteriores, te sostendré la mirada. Presente.

Y te dejaré en suspenso.


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Que viene el coco, Miranda

Yo no necesitaba que me dijeran que venía el coco para que me portara bien. Era una niña miedosísima. Me portaba bien por default. Ese mismo pavor hacía que mis parámetros de buen cine fueran Mary Poppins y La Tercera Guerra de los Niños. En cualquier otra película, me tapaba los ojos con una mano porque no aguantaba las persecuciones ni el asecho ni los muñecos diabólicos ni los fantasmas por ser cazados ni el asecho ni cualquier imagen que me regalara una noche de pesadillas. Con la otra mano, me aferraba la persona que estuviera junto a mí. Y casi le dislocaba el brazo.

Como a mis 14 años, viajé a Veracruz con mi familia. Hicimos las visitas de las siete casas y luego me quedé con una prima mientras mis papás y los suyos se iban a cenar. Las adultos se quedaron muy tranquilos porque íbamos a ver una película. Mi prima era año y medio menor que yo, y una de dos: o ella me llevaba veinte vidas o yo estaba muy mensita, según quisiera ponderarse. El caso es que como yo era la invitada, solo me quedé sentada en la sala de su casa mientras ella preparaba la botana, apagaba las luces, encendía la videocasetera y le ponía play al VHS.

De adolescente, y solo cuando hojeaba la revista Eres, cambiaba el miedo por el entusiasmo. En general, la vida me parecía in-cre-í-ble, de pelos o mega ______.  Así que cuando mi prima puso la película El Silencio de los Inocentes, yo estaba muy contenta. Además, ser la mayor me daba cierto caché; por ejemplo, justificaba que fuera una historia clasificación B. Mi primera. Mi recuerdo de la historia es impreciso. Solo recuerdo que la botana era un plato con trozos de coco, limón y sal. Mi prima se lo preparaba exprimiendo el limón hasta sacarle todas las verdades y luego con tres sacudidas de salero. La clave era que el liquidito no se escurriera de la mesa a la boca.

La parte inicial de la película se me fue en imitar a mi prima, aprendiendo a exprimir el limón en la oscuridad. Y, como no tenía a quien aferrarme, ni cómo taparme los ojos, la segunda parte de la película se me fue parapetarme detrás de lo único que mediaba entre la triada entre Jodie Foster, Anthony Hopkins y yo: un pedazo de coco.  El tronido de la boca de Dr. Lecter coincidía con los sorbidos de limón de mi prima y mis futuros terapeutas me agendaban cuatro sesiones, mínimo. Cuando mis padres volvieron de la cena, no les conté qué había pasado. Me volví caníbal de mis ansiedades.

Hace unos días, mis papás llevaron a mis hijas a Veracruz. Aquellas me hablaron por teléfono para preguntarme que si había probado el coco. Veintitantos años de silencio se me agolparon en las glándulas salivales.

-Comuníquenme con su abuela.

Confesé con voz de segundo de secundaria.

Total que escribí este post para purificar el recuerdo. Quiero que el coco ya no me persiga y solo sea un alimento rico en hierro, potasio, fósforo y magnesio. Todavía me entusiasmo, disloco brazos, me tapo los ojos en el cine, pero por hábito. La sombra de portarme bien por default me ha causado más pesadillas que todas las revistas insulsas y todas las películas de suspenso de los años noventa, juntas.


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Gaza

Todas las palabras están de luto. En franjas y entre escombros, guardan sus minutos de silencio. Las palabras lloran a cada muerto, sangran con cada miembro cercenado. Cuando caen las bombas, las palabras huyen; se agolpan en las gargantas, se paralizan a un costado del miedo. Las palabras van a pie con los civiles, buscando qué significa esto, dónde empiezan las horas, qué hacer con los vidrios y las vidas rotas. Las palabras recogen los fragmentos, los entierran en el corazón. Ver de lejos no es ver. Hay que nombrar, primero. Le hemos fallado a las palabras, tanto como a nuestros hermanos. Frente a la guerra, todas las palabras asisten al sepelio de las palabras excepto una. Falta paz.

Ven, paz. Es plegaria.


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Ocho

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Hoy este blog cumple 8 años. A lo largo de los posts ha dejado de ser una bitácora para ser un mapa al revés y un punto de encuentro. Voy a donde el alma me lleve, lo documento. Comenzó como un viaje personal y lo sigue siendo, pero no voy sola: es un diálogo.

Una parte de ese diálogo tiene sentido y es posible gracias a ustedes, queridos lector@s. Otro año, otra vez, insisto: gracias a ustedes.

¡Celebremos!

 

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