Locadelamaceta

Cultivo letras y otras plantas de interior.


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#yamecansé

Cansan las ganas de resignarse,

cansan las iniciales de no supe, no quise ver, no eras quien yo pensaba.

cansa que nunca y permanecer son lo mismo.

cansan las versiones oficiales de aquellos que dictan la historia con su secreto a voces,

cansan los cuerpos corruptos.

cansan las gargantas granadas aljibes y sus tres lazos de lealtad, que ahorcan cualquier movimiento.

cansan los ritmos de los relojes reactivos,

cansa creer -y solo creer- que no hay opciones.

Cansa, pero no adormece. Al contrario: despierta.

Protesto, protestamos. Brotan hermanos y hermanas.

Hacemos una guerrilla que resiste.

En las manos llevamos, por rifle, una luz. La nuestra.

Y si nos disparan por decir la verdad,

o nos entierran en la fosa común del olvido,

nuestros restos revolverán los registros de violencia e impunidad

que solo conocen los que han desaparecido.

De hacer falta, iremos quitando vendas en los ojos

y besando cuencas vacías.

Y si nos callan, nos organizaremos en silencio.

Nuestras voces provienen de un centro digno.

Y si nos golpean de nuevo, habrá una red para denunciarlo;

la autoridad somos nosotros mismos.

La guerrilla continuará desde las encrucijadas y los zócalos.

De cada vela saldrá un fuego y, alrededor de él, se contará la nueva historia.

Las apariencias caerán, una por una.

Todas las calles conducirán a Todo Cambia.

 

 

 

 


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De letras, silencio y alcatraces negros

Descubro a los alcatraces negros entre las flores y los capítulos. Son giros de falda de noche junto a la ventana. Sus sombras parecen dedos contra la pared o el vaho. Ahora es cuando los descubro y no antes, cuando estaban de oferta porque era Halloween.

Yo creía que el otoño eran hojas cayendo. No alcanzaba a ver a las perennefolias: las que permanecen mientras caduca el resto del paisaje. Hoy que escribo menos pero más porque dejé de discutir con las estaciones del tren y de los afectos, y porque ya se oye el silenciotinta.

Me enamora que estos alcatraces sean flor de otoño, desde su lado oscuro.

 


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Desde lo alto

Me invitaron a pensar en grande. Casi me engancho en creer que lo grande es una talla, una marca, una jerarquía o un tipo de arrogancia. Por fortuna, rectifiqué a tiempo; no por sabia sino porque levanté los ojos al techo. La invitación me había llevado a volver sobre mis esquinas.

En el techo, a donde las preguntas nos miran desde arriba e, igual que el aire caliente, se elevan naturalmente, vi una alcayata. Era una especie de tornillo en forma de signo de interrogación. Pensé que hay muchos tipos de ganchos y, en el día con día, pueden parecer del tamaño adecuado a las necesidades personales pero son ganchos al fin: terminan por alzarse de hombros, volteando el cuello para el otro lado, intolerantes, deformando lo que se dio en prenda. Además, un gancho se va con cualquiera. No tiene rumbo.

Si realmente quiero pensar en grande, en un futuro magnífico, tengo que dirigirme hacia arriba. Donde lo minucioso casi no se ve pero se aprecia y el tamaño es humilde. Necesito una alcayata, porque va en lo más alto. Y porque así como los vestidos de graduación o de matrimonio con el propio camino se marchitan a puerta cerrada, mis posibilidades no pueden ir colgadas como sombras. Debo verlas extendidas, en todo su esplendor. Bien planchadas, de fiesta, listas para lo que viene.

Que será enorme.


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Ocurrió aquí cerca

Aceptó el trabajo en sábado porque necesitaba el dinero. Juró que el camión -nuevecito- cabía en la zona de las cocheras y uy, sobrado; cuando lo estacionó y los 65 invitados salieron por las puertas plegadizas hacia la fiesta de compromiso, había sol. Cuando los invitados subieron de regreso y encendió el motor, era tarde. No podía echarse para atrás. Literalmente, porque había un arroyo. La cochera hacía esquina con la zona de la biblioteca y del cine privado. Quedaban, a lo mucho, 50 centímetros para maniobrar adelante y a los lados.

El volante fue timón y carrusel y tómbola y ah, qué chingadera esta. Pasó del aquí voy al quiero huir pero ni cómo ni a dónde. Tuvo que desandar su error con avances y retrocesos penosísimos, que apenas se notaban. Si lloró fue porque se le acabó la juventud. Cada rayón de las ramas de los árboles sobre la pintura negra sumó un año más a su deuda; aunque trabajara doble turno, tendría que usar un bastón o pedirle a alguien que ayudara a desplazarse entre sus puntos ciegos.  También lloró porque, durante toda la maniobra, los 65 invitados a bordo del camión-limusina de dos pisos, ni enterados, no dejaron de zangolotear la despreocupación a ritmo de Pitbull. A todo volumen.

Una hora después, logró salir del atolladero.

 


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Para ustedes: Haz de Luz

Ah, la ansiedad. Segurito la conocen. Hace de las suyas zizgagueando entre aquello que podemos controlar y lo que no. Y los lunes, los domingos por la noche, frente a las facturas y a quien nos da la espalda, haciendo cuentas, deshaciéndolas, ante el espejo, cuando nadie nos mira. Suena como un portazo. Y luego, a una penumbra tosca.

Hace unos meses me propuse grabar unos audios que usaran el poder de las palabras y contrarrestaran la ansiedad. Me gustaron para ofrendarlos otoño, en época de ir soltando y de cambiar de color. Les llamé Haz de Luz. Hoy, los doy a conocer, a ver qué les parecen.

En mi voz, igual que en mis letras, están las huellas de mi proceso personal. Con esta ofrenda, afirmo que no hay mejor faro que la paz interior. La serenidad abre las puertas que cierra el control. Y muchas más.


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Desde las gradas

Victoria Luminosa está progresando con el voleibol y yo, para poder seguir apoyándola, tuve que ir con la ginecóloga. La doctora apuntó en mi expediente: Diagnóstico- útero en contracción y disparo súbito elevado hasta la región laringofaríngea.  Frecuencia- dos veces por semana. Causa- actividad deportiva de la hija mayor. Reconoció mis síntomas, aunque no están señalados en los libros de anatomía: cualquier madre sabe que presenciar un partido donde el hijo o la hija es protagonista equivale a una montaña rusa de matriz.

La doctora, por única prescripción, sugirió que me llevara mi tejido al partido. En un principio me funcionó bien hacer cuadritos de estambre, hasta que a mi hija le tocó sacar en cuatro ocasiones consecutivas y la colcha se convirtió en icosaedro aguado y, como el gancho ya no me servía, quise usarlo para picar las cuencas a un papá de esos que tienen un adjetivo para cada ejecución de su retoño y del retoño contiguo y de todo el equipo; que me pone nerviosa, señor, cállese los ojos.  Seguí tejiendo, uy, frivolité y encaje de bolillo, ¿para qué sirven las falanges, si no?

Entre las jugadoras, el grito de “Mine” equivale a ¨Mío” o “Voy”. Entre el público, en lo que la jugadora efectivamente va con los antebrazos y el balón pasa a la cancha contraria, vuelve, es deportado, insiste, es rematado en picada o voleado sobre la línea y la duela, no hay respiración posible. No distinguimos el marcador, lo sufrimos. 7-10, 13-13, 18-22 son combinaciones de números que, a silbatazos, restregamos contra la Zona T y en verificaciones compulsivas de algún mensaje en el teléfono. Además, no hay tiempo para procesar el soponcio, en el voleibol todo ocurre en cámara rápida. Eso no quita que, en los pocos ratitos de pausa, deje de haber motivos de entretenimiento. El entrenador, por ejemplo. Con las cejas y tres aplausos dar un discurso motivacional si el tiro falla y, con las mismas cejas y palmadas, indica la rotación y el “vámonos riendo, muchachas”. Y, claro, las nalguitas del juez trepado en una escalera; se parece a Morgan Freeman pero con tobillos de codorniz.

Mi útero está acostumbrado a los sobresaltos, desde el primer día en que mi hija durmió sola en su cuarto y corrí a comprobar que estaba viva. Y cuando se cayó de la cuna, cuando la fiebre no cedía, cuando le pusieron la aguja con el suero, cuando entró a la primaria sin voltear a verme, cuando se trepó al camión rumbo a un campamento, cuando la vi sonrojarse frente a un mensaje de texto.  Este es un espasmo distinto. En todos los sobresaltos anteriores, yo había estado a nivel de cancha. Yo era la directora técnica, el árbitro, la dueña de la liguilla, la patrocinadora. Hoy estoy en las gradas, como espectadora. Cuando dice “Mine”, es cierto: es su juego, su vida. El útero me hace espirales porque cada vez tengo menos control sobre lo que ocurre. Mi hija me sonríe desde su posición. A gestos, le digo que lo está haciendo muy bien. Nos echo porras a las dos.

Si fui al médico fue porque amo las bitácoras y otros gajes de la constancia. Solita me receto un cuaderno. Escribo antes, durante, y después de ser madre. Aunque en algunas temporadas -como en los torneos de voli-  los manuscritos parezcan gráfica de sismógrafo y esa sea la historia que cuenten.

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