Locadelamaceta

Cultivo letras y otras plantas de interior.


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Ocurrió aquí cerca

Aceptó el trabajo en sábado porque necesitaba el dinero. Juró que el camión -nuevecito- cabía en la zona de las cocheras y uy, sobrado; cuando lo estacionó y los 65 invitados salieron por las puertas plegadizas hacia la fiesta de compromiso, había sol. Cuando los invitados subieron de regreso y encendió el motor, era tarde. No podía echarse para atrás. Literalmente, porque había un arroyo. La cochera hacía esquina con la zona de la biblioteca y del cine privado. Quedaban, a lo mucho, 50 centímetros para maniobrar adelante y a los lados.

El volante fue timón y carrusel y tómbola y ah, qué chingadera esta. Pasó del aquí voy al quiero huir pero ni cómo ni a dónde. Tuvo que desandar su error con avances y retrocesos penosísimos, que apenas se notaban. Si lloró fue porque se le acabó la juventud. Cada rayón de las ramas de los árboles sobre la pintura negra sumó un año más a su deuda; aunque trabajara doble turno, tendría que usar un bastón o pedirle a alguien que ayudara a desplazarse entre sus puntos ciegos.  También lloró porque, durante toda la maniobra, los 65 invitados a bordo del camión-limusina de dos pisos, ni enterados, no dejaron de zangolotear la despreocupación a ritmo de Pitbull. A todo volumen.

Una hora después, logró salir del atolladero.

 


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Para ustedes: Haz de Luz

Ah, la ansiedad. Segurito la conocen. Hace de las suyas zizgagueando entre aquello que podemos controlar y lo que no. Y los lunes, los domingos por la noche, frente a las facturas y a quien nos da la espalda, haciendo cuentas, deshaciéndolas, ante el espejo, cuando nadie nos mira. Suena como un portazo. Y luego, a una penumbra tosca.

Hace unos meses me propuse grabar unos audios que usaran el poder de las palabras y contrarrestaran la ansiedad. Me gustaron para ofrendarlos otoño, en época de ir soltando y de cambiar de color. Les llamé Haz de Luz. Hoy, los doy a conocer, a ver qué les parecen.

En mi voz, igual que en mis letras, están las huellas de mi proceso personal. Con esta ofrenda, afirmo que no hay mejor faro que la paz interior. La serenidad abre las puertas que cierra el control. Y muchas más.


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Desde las gradas

Victoria Luminosa está progresando con el voleibol y yo, para poder seguir apoyándola, tuve que ir con la ginecóloga. La doctora apuntó en mi expediente: Diagnóstico- útero en contracción y disparo súbito elevado hasta la región laringofaríngea.  Frecuencia- dos veces por semana. Causa- actividad deportiva de la hija mayor. Reconoció mis síntomas, aunque no están señalados en los libros de anatomía: cualquier madre sabe que presenciar un partido donde el hijo o la hija es protagonista equivale a una montaña rusa de matriz.

La doctora, por única prescripción, sugirió que me llevara mi tejido al partido. En un principio me funcionó bien hacer cuadritos de estambre, hasta que a mi hija le tocó sacar en cuatro ocasiones consecutivas y la colcha se convirtió en icosaedro aguado y, como el gancho ya no me servía, quise usarlo para picar las cuencas a un papá de esos que tienen un adjetivo para cada ejecución de su retoño y del retoño contiguo y de todo el equipo; que me pone nerviosa, señor, cállese los ojos.  Seguí tejiendo, uy, frivolité y encaje de bolillo, ¿para qué sirven las falanges, si no?

Entre las jugadoras, el grito de “Mine” equivale a ¨Mío” o “Voy”. Entre el público, en lo que la jugadora efectivamente va con los antebrazos y el balón pasa a la cancha contraria, vuelve, es deportado, insiste, es rematado en picada o voleado sobre la línea y la duela, no hay respiración posible. No distinguimos el marcador, lo sufrimos. 7-10, 13-13, 18-22 son combinaciones de números que, a silbatazos, restregamos contra la Zona T y en verificaciones compulsivas de algún mensaje en el teléfono. Además, no hay tiempo para procesar el soponcio, en el voleibol todo ocurre en cámara rápida. Eso no quita que, en los pocos ratitos de pausa, deje de haber motivos de entretenimiento. El entrenador, por ejemplo. Con las cejas y tres aplausos dar un discurso motivacional si el tiro falla y, con las mismas cejas y palmadas, indica la rotación y el “vámonos riendo, muchachas”. Y, claro, las nalguitas del juez trepado en una escalera; se parece a Morgan Freeman pero con tobillos de codorniz.

Mi útero está acostumbrado a los sobresaltos, desde el primer día en que mi hija durmió sola en su cuarto y corrí a comprobar que estaba viva. Y cuando se cayó de la cuna, cuando la fiebre no cedía, cuando le pusieron la aguja con el suero, cuando entró a la primaria sin voltear a verme, cuando se trepó al camión rumbo a un campamento, cuando la vi sonrojarse frente a un mensaje de texto.  Este es un espasmo distinto. En todos los sobresaltos anteriores, yo había estado a nivel de cancha. Yo era la directora técnica, el árbitro, la dueña de la liguilla, la patrocinadora. Hoy estoy en las gradas, como espectadora. Cuando dice “Mine”, es cierto: es su juego, su vida. El útero me hace espirales porque cada vez tengo menos control sobre lo que ocurre. Mi hija me sonríe desde su posición. A gestos, le digo que lo está haciendo muy bien. Nos echo porras a las dos.

Si fui al médico fue porque amo las bitácoras y otros gajes de la constancia. Solita me receto un cuaderno. Escribo antes, durante, y después de ser madre. Aunque en algunas temporadas -como en los torneos de voli-  los manuscritos parezcan gráfica de sismógrafo y esa sea la historia que cuenten.


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Apuntes post-presentación

Era sábado y hacía calor. A las cinco quince, un hombre puso las manos sobre mi cuello. En vez de ahorcarme -con la habilidad propia de los quiroprácticos– hizo girar mi nuca como si fuera a quitarme la cabeza, y luego siempre no. Mi cuello tronó como papel burbuja en ratito de ocio.

Abrí el envoltorio. Le tengo un cariño al color “Ala de Mosca”. Tal y como suele pasar con los apegos descubrí, con el tobillo fruncido, que las medias no tenían licra. Fui una versión antigua de mí.

La experta en trenzas, trepada en un banquito, lazaba pelo y listón. Abrieron las puertas, entraron los pasos seguidos de sus dueños que buscaban una silla. El pincel de la boca, mi segundero. Lista, roja.

Lo que más me gusta de firmar libros es conocer a quien me lee y darle un abrazo; que la pestaña postiza izquierda se desprenda y me regale un sub-párpado y la gente no sepa si así soy de cerca, cubista, o es consecuencia de lo que escribo. Escucharme de 8 años, respondiendo qué iba a ser de grande, tropezándome con el flash y los tacones.

Durante la cena, esperé tras bambalinas. Me compusieron la pestaña. Perdí el hambre, pero sostuve mi teléfono. Alguien me mandó una felicitación por whatsapp: “Usted y todos sus hubieras”, decía en caligrafía fucsia. Comenzaron los acordes de la Canción Mixteca. No lloré. Entré al escenario junto a Estela, una de las mujeres que más admiro. En medio, una planta sembrada en una ensaladera de plata.  El lugar, latiendo. Extractos de mis frases, en las mamparas.  Pósters con la portada. “Trecedejulio, la herida de migrar ¿cuándo se quita?, estas letras son mías, si soy una madre falible que sea con estilo”.  Ojos como luciérnagas. Mi madre. Mi mentor. Mis amigaexalumna. Mis talleristas. Una hija, tomando fotos. Una hija menor corriendo con una amiguita. Mi productora. Mi padre. El cónsul. Mis compañeros de Círculo Cultural. La gente querida que se tele-transporta con invocarla. Cien personas que no sabía cómo se llamaban pero me miraban. Estela subrayando que nunca fui Adelita, que migré a California para encontrarme conmigo. Yo, sintiendo, asintiendo, sonriendo, aullando, cerrando un ciclo de nueve duelos.

Un grupo tocó música de cámara y, al cabo de un rato, aparecí en el escenario otra vez.  Compartí mi otra pasión y no solo leí mis textos: hice radio en vivo. Dí las gracias, todas. A la vida, al apoyo que me ha sido prodigado, a lograrlo sola estándolo sin estarlo. Me bajé del escenario, cubierta de aplausos calientitos, volátiles. Antes de quitarme los zapatos y colgar el traje de gala, hice una escala en el cielo y me comí un tamal de mole negro y un chileatole.

Pasada la presentación, me tocó refrendar mi compromiso con la escritura. A la par, mis lectores me hicieron saber que el libro les hizo gracia. ¡Albricias! Escribir ya tenía un sentido para mí; pensé que era acercar o coincidir, y vaya que lo ha provocado. Ahora sé que me invita a ir más allá de mis relatos:  a registrar lo que parece no tener una conexión, a esculcar lo invisible dentro de lo que no hay, de quien no está, de lo que no se va, de lo que golpea y esconde la mano. Sí quiero, refrendo. Aunque no fue a propósito, si pude tomar el material de los cuatro años más dolorosos de mi vida y transformarlo en un objeto que ríe, mi compromiso es definitivo. Escribir, para sanar.

 ¿Hubiera? Ninguno.


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Luna delineada

Consulta el calendario en el petate de la antepasada más encorvadita. Hincha las puertas, las ventanas y los pasillos. Enciende el horno, prepara la mesa y un lugar. Nadie llega.  -La semilla cayó en otro surco. Es el volado de: mosaico, piel o cobija-

A pesar de los pies hacia dentro y de las manos de plexo sin ganas de sol, que nada sea voluntario y se llore de oído, se enfurezca de deseo, solicitemos garras y arrullos, se antoje la sal contra la sed; son bellas las lunas delineadas, fértiles de  un duelo que mana hacia la Tierra. No importa en qué posición me encuentre, qué tan generosa fue la mesa que puse, a cuántos grados hirvió el horno, cuál es mi apellido, el número de mi casa: sangro con todo mi ser; a veces, se me va la vida en ello. Sangro así, en un desgarre que se alarga hasta donde los bordes empiezan, terminan y vuelven a empezar. Me voy (de)sangrando, pero no me muero.

Dice la tele que es un líquido azul, hecho en un laboratorio. Pasan las décadas y sigo insistiendo que es un goteo carmín,  tiñéndolo de asombro. Yo llego y me basto. Esa es mi simiente.


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Vespertina

Pedía un mechón de canas, un mentor y un café. Solo recibía un moka. Me iba al vehículo de mí, estacionada en adáptate a lo que hay, Miranda. Entre sorbos, y con las manos rodeando vaso de cartón, me curaba las ampollas. Todavía picaba piedra de anhelos.

Hace un año, cuando el verano ya quería ser otoño y él decía que sí, ya mero, fueron tres: dos mujeres y un hombre, como si vinieran de Oriente; tres mentores. Tengo la edad para ser su hija. Los conocí en ese local del café. No supe que serían mis mentores ni que me cambiarían la vida. Ellos tampoco lo sabían, estaban ocupadísimos, viviendo en ese estado de aceleración permanente que los mantiene jóvenes, cuerdos, tercos y haciendo, exactamente, lo que les da la gana. Lo fui sabiendo mientras caía en la cuenta de que no avanzaba porque mi vehículo se había quedado varado, fijo sobre cuatro ladrillos. Me aceptaron de oyente, con el cariño que da el desapego. No hubo sermones ni cátedras, pero sí confrontaciones en crudo, si te quedas atascada es por querer mechones blancos gloriosos gratuitos. Punto. Pero, no hay fijón, tiempo de anhelos ni de azotarse. Si te atoras, desmontas y le sigues, haces tus propias reglas, no despegas los ojos de la meta. Tomas café, si te hace falta. Llegas a donde quieres llegar en automóvil, carreta, bicicleta, jet o a pié, trabajando, pero llegas, cómo de que no. Cualquier otra opción está descartada.

“La Tartine”, se llama el local. Doce meses después, e impulsada por esa energía, presentaré mi segundo libro. Hoy. Los tres mentores estarán presentes en el evento y yo querré darles mucho las gracias, mencionarlos, hacerles los honores. Agitar la portada. ¡Miren, sin muletillas!  No me los aceptarán, quizás por humildad sabiendo cuál es su lugar en el humus o porque prefieren desmarcarse del ego, el reconocimiento no es su motor. Como les aprendí bien, haré lo que yo crea:  estas y esas letras están impresas con gratitud; cuando hable de estaciones y de renacimientos, de por qué nadie debe hacernos la tarea, mis nietos sabrán de ellos -mentores legendari@s

Esta noche, en señal de respeto a las canas y a esa velocidad que se alcanza coincidiendo y no adaptándose, trenzaré mi cabello con listones de colores.


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Revuelta

Junto a esta mesa hay una ventana que da a una terraza donde está una maceta con una planta de sol, y un rehilete. Yo creía que giraba por mérito del viento, pero cuando estaba quieto, temblaba; se estremecía, vulnerable, por sus cortes hechos con navaja y su clavo de ombligo (como cuando me da vueltas lo que siento).

Hoy sé que el rehilete es eje de sí mismo, mitad palito de papalote, mitad molino; gira porque integra todos sus lados. El viento solo pasaba por ahí.

Escribo en esta mesa y no en otra, por ese rehilete.

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