Locadelamaceta

Cultivo letras y otras plantas de interior.


1 Comentario

De secretos

Hay secretos que se guardan en el aliento y duran la víspera de una sorpresa. Son secretos-ballena.

Hay secretos que se guardan entre engranes, en lo que el péndulo va y viene, mientras vuelve a llover, mientras escampa, mientras el destino delibera. Son secretos-nube.

Hay secretos que se guardan entre los párpados y el corazón. Duran, centinelas, cada día de la vida. Cosen los labios con hilo de suturar y, advierten: este secreto pertenece a la oscuridad. Bajo su sombra, se esconde la vergüenza que, a su vez, envuelve a la furia que, concéntrica, silencia un duelo que ha sobrevivido de generación en generación. De todos los secretos, este es el que mejor conocía. Ya hasta me había acostumbrado a la piel quemada, pues arden porque existen y seguirán existiendo, a menos que llegue una noche. Esa noche, la más negra. Cuando, voluntariamente, se deshilan las barreras y se elige contar la historia propia, diáfana y compleja, sin edición. Se abre un abismo y el tiempo queda suspendido. Es un momento casi macabro: el peor miedo, tal cual.

Lo que yo no sabía era que hablar del secreto teje un capullo alrededor de quien lo confiesa y quien lo escucha con las hebras controladoras que servían para tramar,y el fuego del llanto purifica al silencio y a la verdad, desde lo oscuro transparente. El abismo sirve para que los grilletes, las cadenas y las llagas en la espalda de todo el peso cargado caigan en él. Es el único remedio para desprender la piel quemada y sacudir las cenizas. Puede haber un abrazo de siglos. En el reloj del alma, temprano o tarde, se va colando la luz e, incluso, cerca del paso de Venus por la ventana, el secreto se convierte en mariposa y sale volando, libre. Pasa por nubes y ballenas, les guiña.

No lo sabía pero ahora sí. Doy testimonio, ligera. Y desvelada.

 

 

 


1 Comentario

De redenciones y manchas

La novia esperaba en el atrio. Un vestido tipo chemisse y un ramo de crisantemo pomposo disimulaban sus seis meses de embarazo. El novio, junto a ella, tronándose los nudillos; y, en torno a ellos -los futuros esposos, no los nudillos-  los invitados a la boda. La misa estaba retrasada porque el sacerdote andaba en la procesión, orapronobiseando con la cofradía. El dicho explica las imposibilidades logísticas de atender ambos eventos simultáneamente.

Era un día de sol, de ese sol que miró de soslayo en el invierno pero que en primavera alumbra con altavoz. Un sol que  rayaba en lo majadero porque hacía correr sudores por escotes y caminos hacia el pueblito. Por ese sol y porque yo iba vestida de negro y porque la repartición de sombra fue injusta, entré a la tienda de abarrotes. El jugo me supo a congelador. Desde la tienda veía a los novios que veían a la procesión que caminaba hacia ellos. Pagué. Pasaron los fieles golpeándose el pecho, arrastrando los pies y las sílabas; Virgensanta líbranos detodamancha.

Hubiera querido fotografíar a la inmaculada-velero entre la corriente de hombros y, en definitiva, hubiera querido asomarme a comprobar si la novia se casaba más ilusión que miedo a ser descubierta, de no ser porque los rezos que me rodeaban se tradujeron en una botella de cloro que cayó del anaquel más alto hacia el suelo de granito de la abarrotería salpicando mi ropa con sus miles de gotas desteñidoras. Intenté sacudirlas con un grito de guerra y manoteos, quedé como noche en borrador. Nomás pasaba por ahí sin adeudos ni susto y terminé a dos tonos, igual que los anuncios de golosinas, y que  los novios, los parroquianos y otras especies ingenuas: comprobando que el problema no son las manchas, ni en la ropa ni en la conciencia, ni siquiera en ser víctima de una circunstancia. Lo grave es querer controlar la propia salvación, desde lo humano y/o terminar oliendo a baño pulcro.

*Anécdota de cuarto de lavado. Abril. En un día con sol, cloro. Digo, claro.*


2 comentarios

Operativo Matatena

Lo que sé del apego, lo aprendí en mi casa. Lo que tuve que desaprender, lo supe como temario de escuela. El resto de mi infancia transcurrió jugando en la calle.

La “calle” era un pedazo de banqueta. En días buenos, de magnanimidad en materia de permisos, la calle abarcaba hasta el parque a media cuadra. Y sin embargo, la calle no se medía en metros cuadrados sino en posibilidades, texturas y en vecinos: los de la misma edad, los chiquitines, los gandules, los que no se juntaban con el resto de los mortales. El tiempo tampoco se medía en horas, sino en qué punto de llegar de la escuela, comer, hacer la tarea, salir a jugar o despedirse para cenar se encontraba cada quien.

La banqueta era el cuartel, la sala de juntas, el hospital, la refaccionaria. La acera de enfrente era todo lo otro, unido por una piñata en las posadas comunitarias. A lo largo, la calle era espacio entre porterías, velódromo, pista de patinaje, telegrama incesante de ¡coche!. El parque era el foro para comprobar que no todos los extraños asustaban ni todos los conocidos eran de fiar. Y mina de cacas arqueológicas. Y juegos hechos de tubos de metal que, un día, tuvieron color.

La calle, igual que la infancia, dura poco. Termina siendo un nombre dentro un listado urbano, una unidad que paga impuestos. Una fotografía en Google (Maps). Si pervive más allá de sus construcciones es por todo lo que se jugó en ella.

Mis hijas, como muchas niñas y niños de su generación, siguen siendo educadas en la casa y en la escuela pero no salen a la calle. Ya no se usa, ya no es posible por tantos motivos. Hay un duelo tremendo, colectivo, por esta pérdida de espacios. Quiero hacer algo al respecto, que no se les pasen los días que les quedan sin jugar lejos de las estructuras y más cerca de ver con la imaginación y los amigos donde solo hay asfalto, tránsito. Nada.

Conseguí dos latas vacías y un hilo, una matatena, un trompo y unas canicas. En franca equivalencia a los Super Amigos en el Salón de la Justicia, convocaré a todos los vecinos del mundo con un chiflido: los niños y las niñas tienen que seguir jugando en la calle porque la casa y la escuela no son suficientes y la televisión siempre hace trampa. Esta generación y todas las que siguen van a jugar en la calle porque nosotros, los que sí, lo haremos posible.

Un, dos, tres, por mí y por tod@s mis compañer@s. Y por nuestr@s hij@s.


1 Comentario

¿Y el suyo?

Yo vendía rebozos traídos de Tlaxcala. La mujer eligió el verde con rayas plateadas y carmines. El esposo me dio los billetes. La mujer se puso el rebozo sobre los hombros. El esposo extrajo de su cartera una hoja tamaño esquela, doblada varias veces, y empezó a leerle un poema que había escrito pensando en ella. Nunca lucen tan bellos los rebozos como cuando se adornan con un sonrojo y un vestido color de campo.

***

Yo subía la escalera de un edificio de apartamentos. El anfitrión, conduciéndome hacia su casa, me hizo saber quién más estaría en la comida. El nombre me remitió a mi overol, a mis gises de colores y al primer grupo al que enseñé Filosofía de la Comunicación. El abrazo entre exmaestra y exalumno es un cántaro de estampas del ir siendo; qué jóvenes éramos, allá en el 2000. Somos más jóvenes ahora, corregimos: ahora somos pregunta, temario y ruta.  Abrazofoto.

***

Yo la vi, unas horas antes de la función, renegando, hallando todos los argumentos a su alcance para demostrar que no podía hacerlo. Sobre la mesa del comedor, la vi resignada, haciendo pactos con la mnemotecnia y los tonos, ensayando su libreto, apropiándose del personaje. Y dialogando con la incertidumbre, con todos los finales de catástrofe. En su intervención, la vi desenvolverse en la escena, como si ahí mismo la hubiera parido. En el cierre, la vi recibir el aplauso que el público le otorgaba en representación de ella misma. Al final, la vi renacer cuando volvió a mí, maquillada y definitiva.  Mis dos hijas han pasado por este proceso, en contextos y momentos diferentes; dice mi amiga queridísima que no hay nada más formativo que hacer teatro. Tiene toda la razón.

***

Fue un buen fin de semana.

 

 


Deja un comentario

Episodio 14- Dos poemas de Carlos Pellicer.

Ante la inminencia de la llegada de la primavera, Miranda se emociona leyendo los poemas “Deseos” y “Discurso por las flores¨ del poeta mexicano Carlos Pellicer.

 La música: “Blue like Venus (feat. Admiral Bob) de Spinningmerkaba. Bajo licencia de Creative Commons.
Escucha aquí.  



2 comentarios

Sobre la elocuencia

Esa mañana y no en otro inicio, justo cuando había soñado que me amaban y ese amor era de filigrana: al detalle, entramado con lupa, sin partes parchadas ni luego zurcidas para que aguantara más camino; esa mañana bauticé al sueño. Lo incliné sobre la fuente donde hacía muchos textos atrás, el agua había cantado que.no.se.mojen.los.cadáveres.que.no.se.mojen, y le di el nombre de Unamor Hechoamano y lo ungí con aceite de lavanda para alejar las picaduras de la patanería.

(Ocurrió hace tanto tiempo que ya los inicios se brotaron, crecieron, sacaron su credencial para votar y se volvieron una fraternidad de capítulos potenciales con bigote y a las mañanas se les contorneó el busto y las caderas y hasta se ponen rímel en el tercer ojo frente al amanecer, anhelando un café.)

Justo entonces, ella reclamó y declamó que me quedara.  Es elocuente, persuade con calidez y, lo que más me sorprende es que no le hagan falta palabras -son de cartón, las palabras-, le basta ser horizonte y abrazo. Y Y yo le hice caso a ella, mi cama. Porque para soñar y para renacer, tengo que estar bien descansada de mis expectativas.

 

que no se le veía el zurcido. n. Declama y reclama: quédate.


5 comentarios

Miranda y el monólogo

Cómo citar una bibliografía, la teoría del día-logos según Martín Buber, sociología en los medios de Latinoamérica, Rasputín, la historia del bolero en la XEW. Según yo, tenía cierta experiencia hablando de temas diversos. Hasta que me tocó hacer teatro. Y hablar de mi vagina. En la misma ocasión.

Esperé mi turno en las cortinas laterales. Se apagó la luz. Salió la actriz anterior a mí. El corazón se me salió rumbo al banco donde leería mi monólogo. Entré al escenario, todavía a oscuras. La luz me dio la señal. Empecé a hablar pero no tenía encendido el micrófono. Mi amigo Marco -a quien le dediqué Hilo de Plata- entró a prender el interruptor debajo de mi rebozo. Me puso la mano en el hombro, un lujo, después de todo el apoyo que me había dado horas, minutos antes. Respiré. Yo sería la voz del testimonio de una mujer que asistía al Taller de la Vagina porque cree haber perdido su clítoris. Solo tenía que leer sin perder la dicción, sostener las diez tarjetas en orden numérico sin taparme la cara, evitar de tropezarme con el dobladillo del pantalón, no caerme del banco, mirar al punto sobre el balcón y

Recomencé: “Mi vagina es un caracol…”

Sentía cómo respiraba el público y cómo depositaba preguntas sobre mí. ¿De quiénes eran? ¿Mías? ¿Suyas? Una interesante, por ejemplo, ¿qué hacía yo, Locadelamaceta, ahí trepada, hablando de vaginas?

“Me sorprendieron las capas dentro de capas que se abrían en más capas”

Los espectadores no sabían que yo terminaría terminar ese monólogo representando un orgasmo.

 “Tenía que deshacerme de la devastadora idea de que alguien vendría a guiar mi vida”

La dificultad de la escena residía en que, para hacer el orgasmo, yo debía dejar de ser yo miranda-michelle-deschavetada-con toda mi historia- para ser esa mujer para que ella fuera a través de mí, que somos todas. Pero no las que callamos, sino las que gemimos y nos gusta, aunque nos hayan enseñado lo contrario. Ajá, facilísimo.

“No tienes que encontrarlo, tienes que serlo”

Ningún ensayo, ninguna sesión de análisis de textos me pudieron haber preparado para lo que siguió: quemar mis naves. Una fractura con el eslabón que me unía con mi pasado. Con relacionar lo femenino con el pudor, con mandar a lo privado todo lo que duele o asusta. Con ser mujer porque callo. Y callar por ser mujer y, por lo tanto, con buscar la respuesta a mí, a tientas, como a un anillo de esmeraldas entre el lodo.

“El momento que más temía y esperaba, por fin llegó…”

Igual que ella, cerré los ojos. Si se me caían las tarjetas, si me tropezaba, si mi familia me dejaba de querer por el mal gusto de asumir mi sexualidad gozosa en un escenario, si decidía no volver a proteger ninguna situación de abuso, si hacía el orgasmo más ridículo de la historia del teatro, o el más convincente, ¿qué? Gemí con todito mi ser. Hablé desde la vagina hasta el aura, pasando por el diafragma hacia la garganta.

“El estremecimiento reveló un horizonte ancestral de luz y silencio, descubriendo colores, música,inocencia y anhelo. Y me sentí conectada con un vínculo poderoso…”

En ese monólogo se me fue la vida entera. Me divertí. Amé. Reí. Se me quebró la voz. Transpiré. Seduje. Recibí preguntas que no conocía. Dejé ir otras que me estorbaban, por ejemplo, ¿qué hacía ahí, hablando de vaginas?

“Mi vagina es un tulipán. Un destino: estoy llegando al mismo tiempo que me voy”.

Terminé mi intervención. Salí del escenario, por la derecha. Caminé a tientas por el telón lateral. Me apagaron el micrófono. Marco y yo nos abrazamos. Me quité los tacones y tomé agua. En mi mano apareció una alhaja verde, brillantísima.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 4.103 seguidores