Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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De botas de combate

Y por teléfono. Colgué. No me cuadraba: todavía traía puestas las botas de combate por el entrenamiento de esa mañana. Me sobé la contractura en el cuello, del volantazo que había dado mi instructor porque un tipo se pasó el alto y lo seguimos. ¿Así, tal cual? ¿Tan pronto?

Solicité una cita con mi sargento. ¿Qué provocó que el jefe de su jefe me hablara por teléfono un jueves y me anunciara que no podía seguir en el cuartel, entrenando como policía? ¿Qué encontró en mi expediente el Departamento de Investigaciones? Digo, sí sé que, para alguien represento lo deleznable, pero no sabía que mis crímenes emocionales estuvieran archivados junto a mis huellas digitales y a mi fotografía en un fólder del FBI. El sargento me recibió en su oficina. Los dos frascos de vitamina E habían hecho maravillas en su cutis, pero los lentes calados en el puente de la nariz delataban su cincuentena. Desde ahí, miró mi perplejidad. No me satisfacía esa explicación diluida por el sello de «confidencial» y quería que me desglosara el mecanismo de la burocracia como la vez que me enseñó a sostener una UZI y me dolió el brazo y me mandó a hacer pesas para desarrollar los bíceps, aún sabiendo que jamás sostendré una metralleta; porque sí, para la vida. No alcancé a sentarme; me dijo que volviera el lunes. Y siguió comiendo su avena.

Hacer un examen de conciencia con botas de combate es muy interesante. Me instalé en mi porche, con un café, mi diario, y una velita. A ver, vida, ya dime en qué la regué, en dónde está el tache cósmico que, incluso  la policía con su amplio espectro cerca del orden y de los decretos, de la corrupción y del crimen, me considera inadecuada.  El café se me enfrió y la vela se hizo charco de cera. Escribí bastante; nada nuevo, nada que no supiera; no llegué a alguna conclusión particularmente iluminadora sobre mí. Más bien, el examen de conciencia fue interrumpido varias veces por el oye, qué buenas están estas botas de combate. Podría patearle el trasero a cualquiera, o escalar una montaña, o acampar a la orilla del mundo. Y se me ocurrió una idea.

Lo bueno de ser deleznable es que uno puede desobedecer muy a gusto. Claro que me presenté el lunes. El sargento me había citado en el cuartel subterráneo, debajo de su oficina. Pasé por dos celdas, vacías, donde  esperan los detenidos, y el poste donde anclan las esposas cuando los interrogan. Me dirigí a la sala de juntas con las paredes tapizadas de fotos de los asesinos más buscados, y pasé por la oficina de reportes, con sus aleros repletos de formas a colores: secuestro, grúa, perro rabioso, auto abandonado, multa de tránsito. Todavía estaba la toalla húmeda puerquísima que pegué en el pizzarrón blanco como evidencia del día que desinfecté ese lugar y dos patrullas. Sonaba el radio con la voz de la despachadora de llamadas de emergencia, y sonaba el eco de mis pasos.

El sargento tenía armas: un arsenal, y su segunda mujer, que claramente le reabastecía las vitaminas. Una pistola al cinto, insignias, la lealtad de varias décadas, un apego a las normas, un dato de mi que estaba por revelarme y que determinaría, en gran medida, si me deprimía los siguientes meses o no; si se confirmaba mi inadecuación y que no tengo derecho a ningún comienzo nuevo. Fui desarmada. Los zapatos altos, la falda y la boca roja eran, igual que sus respaldos, de utilería. No iba a defenderme, ese es el «patear traseros» supremo.  Nadie puede darme mi valía, ni quitármela; ni siquiera el gobierno de los Estados Unidos. Quihubo. Solo me restaba divertirme muchísimo en ese último día en el cuartel.

Y vaya que me divertí. Ese día y cada segundo mientras fui parte del sistema policiaco. Me quedé con las memorias de mis compañeros, grandes y buenas personas que cumplían con su trabajo y comían unos sándwiches de Pedro Picapiedra. Me quedé con los códigos que me patrocinaron un viaje de media mañana a las instalaciones del 911. Me quedé, por supuesto, con las mancuernas y con las botas de combate, que debí de haber llevado puestas ese día de cuando elegí desobedecer, decidiendo dónde, cómo y hacia dónde camino.  Me quedé con el estupor del sargento -a quien tengo en una gran estima y a quien le deseo buena suerte en su dieta y en disimular los años- cuando me vio taconeando en el búnker, y con sus palabras de por qué no me contrataron.

-Miranda, los policías no tienen posgrado.

Sentí cierto alivio, a pesar del cambio, otro cambio en la incertidumbre; lo aprendido y graduado tampoco nadie me lo quita. Entendí. Y respeté que mi jefe y su jefe estuvieran nerviosos por algún problema con el sindicato, a causa de mi escolaridad que se disparaba de los requisitos de preparatoria concluida.  Y él respetó que yo saliera del cuartel con la cabeza en alto, cargando los varios kilos de historias que me prodigaron, como material creativo. Con la conciencia en paz, esas otras botas de combate. Y sin trastabillar. Ni un poquito.


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Forever young

Mientras más años vivo en el extranjero, más admiro a quien sabe cuándo salirse de la raya al colorear.

Mientras más años paso escribiendo, más me gustan los jardines japoneses y los huacales llenos de naranjas de cáscara lisa.

Mientras más años pasan sin saber qué va a pasar, más aspiro globos de helio para recitar poesía.

Mientras más años caben en el pastel, más me rodeo de personas invencibles que muestran dónde les duele.

Mientras más años anidan en mi cadera, más domingos invierto en abrazar y leer y en guardar nada.

Mientras más años cumplo, más sensual me parece la serenidad que no precisa de publicista.

Mientras más años llevo sangrando, más me calzo mis botas de combate y plancho los manteles oyendo valses de Strauss.

Mientras más años vierto sobre el amor, más tenues son mis susurros antes de beber café.

Mientras más años pago impuestos, más hermosas me parecen las artesanías huicholes y las fondas de las esquinas.

Mientras más años habito en esta tierra, más confío en mi locura y menos en mi epitafio.


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Episodio 22- Memoria del Fuego, parte 1.

Memoria del Fuego es una trilogía que quiere «ayudar a devolver a la historia el aliento, la libertad y la palabra». Miranda, que siempre se aloca con textos de Eduardo Galeano, lee algunos relatos correspondientes a la época prehispánica, extraídos del Volumen 1: Los nacimientos. Con música de Luis Pérez Ixoneztli.

¿Que dónde hay más episodios de este podcast? En Podbean y en iTunes.


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De septenio y números rojos

Yo pensé que la vida y yo estábamos en números rojos. En algún lugar, en algún punto de mi historia, empecé a malgastar mi capacidad de significar y, por despilfarrarla, me dio por resucitar vínculos muertos y a nutrirme de energía ajena. Muy carmines y hasta sulfurados, porque fui terca en ese camino; no obedecí el letrero de la entrada del infierno.

Y, desde hace siete años, a la hora del inventario, solo me quedaron pelusas y cambio barato en las bolsas de los jeans, un dulce aplastado en el forro de la maleta de cruzar umbrales, una pluma que se chorreó con lo que no pude decir a tiempo, los ojos de asombro caídos y con el rímel apelmazado por quedarme con las apariencias.  Viví con la sensación de haber perdido algo valioso de mí y de haber fracasado. Y las sensaciones punzan más que los datos duros.

¿Quién sabe qué me debía la vida que me pagó con un congal de policía lleno de historias que se van infiltrando en mi manera de escribir; con la cura a mi miedo a la oscuridad y a los ladrones, a que no me alcance el dinero y a ser reemplazada; con el lujo de meses a solas para desanudarme y retejerme, con amor y calma; con un abrazo que va suavizando la piel que amuralla a mi corazón; con el regalo de ser una familia de tres mujeres suficientes?

Tengo mucho que agradecerle a la vida por ese pago al contado que fue como haberme sacado la lotería: me reconectó conmigo misma.  Puedo dejar morir la esperanza, si hace falta. Y recobrarla, todas las veces. No necesito desperdiciar mis significados ni amarrarme a ellos.  Amo cada uno de mis fracasos. Los números rojos son de sangre, de estar viva.


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Epifanía

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, cargando una canasta llena de pétalos blancos, de margarita. Paciente experta en reunir predicciones: «le importo-le soy indiferente, me amó-nunca me quiso, hay un futuro-no quiere comprometerse, me respeta-le valgo madres» y sus etcéteras variantes. Mujer talladora de historias escritas por capítulos según el pulso de los pétalos, queriendo descifrarlos para ver si les saca algo que no sean opuestos y dualidades; la misma mujer que, si alguien halla motivos para lapidarla, convierte los pétalos de su canasta en piedras y las provee, como municiones.

Mujer que tiene cita a las cuatro porque un mediodía de julio, en una estación de policía y sin prólogo, escudriñó un pétalo caído en una conversación.  «Qué raro-pensó-. Debe de haber un error», pues visto de cerca, el pétalo no contenía información sobre el porvenir, ni sobre el otro, como siempre pareció. Solo decía: «me quiero». La conversación prosiguió y cayó otro pétalo: «no me quiero».

Mujer a punto de entrar al consultorio de su terapeuta, como tantas veces, a las cuatro. En esta ocasión, la canasta no fungirá como expediente: será ofrenda. Los pétalos que la dividían serán lanzados por la ventana, los transeúntes nunca sabrán de qué se trató aquella lluvia de guiones pálidos. Es un día de celebración, una fiesta. ¡Respuestas a las preguntas! LA pregunta: ¿qué será de esa mujer, aquí y ahora, allá y entonces?

¿Queriéndose? Lo que ella quiera.

La respuesta es una flor iridiscente, de un solo pétalo. La llamo Epifanía.

(Gracias Mixtli, por el diálogo)

¿Queriéndose? Lo que ella quiera.

La respuesta es una flor en sí misma: una epifanía de un solo pétalo.

(Gracias, Mixtli, por el diálogo).


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Episodio 21: De Twitter, microrrelatos y el alma.

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¡Lo logré! Tenía todas las ganas de entrevistar a @Genrus porque tiene mi admiración total como creador. Y aprovechando su visita a California, ¡que lo invito a mi Jardín Sonoro! Pudimos hablar sabrosísimo de Twitter y de microrrelatos, pero, sobre todo: del alma. Y de coincidir.

De la emoción, me salté todo el protocolo de que me llaman Michelle, firmo mis escritos como Miranda y me arrobo Locadelamaceta y me fui directo a la entrevista. Sin más que añadir: aquí está en Itunes. O escúchala directamente:


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¡Nueve, oigan!

Trecedejulio: noche en que agarré un pseudónimo y me puse a escribir, después de 120 meses de silencio creativo. Víspera de un beso entre el estoy harta de la vida a medias y el no sé cómo manejar mis pulsiones. Mediodía y tránsito de apellidarme Hooker-en-duelo a Locadelamaceta, yeah. Mañana de un video donde te preguntaba qué estabas haciendo este mismo día, en 2006. Tardecita de tomarme el pulso, de auscultar dónde me duele y para qué. Ocaso de, francamente, luego uso unas palabras muy peinadas de raya de lado para disimular mi aullido. Madrugada de un abrazo que ha revolucionado todas mis tintas.

Es una palabra que inventé para celebrar cuando abrí mi blog, y me di a luz a mi misma a través del brete de penumbras y fantasmas que destapé, a la par de conocer a personas especialísimas con quienes coincidir con este espacio como pretexto, nomás.  Fue hace nueve años.

Gracias, gracias, gracias por el privilegio de ser leída. Ya que hemos roto el turrón a través de los posts y los comentarios, puedo decirles eso que tengo mucho tiempo sintiendo por ustedes, desde la gratitud: los amo.

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