Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Vida, ocurriendo.

«Harta de la vida a medias», se leía en la primera entrada de mi blog: un plantilla en Blogger creada en una madrugada de 2006. Tenía rato con ese pendiente, la pregunta de cuándo iba a ocurrir algo que yo pudiera considerar como Vida, Ocurriendo y entonces sí: todos los significados, las ganas, la pasión y la creatividad que hervían por manifestarse, tendrían un sentido. Mientras tanto, sólo me ocurrían deudas de banco y morales, corazones rotos y luego pespuntados, pañales, mamilas, circulares de escuelas cuadrada, uniformitos. Quería desaparecer o la respuesta:  ¿dónde está la vida cuando sucede?

Yo escribía desde que aprendí a escribir, pero no lo hacía con frecuencia. Cuando abrí mi blog me reté a ser constante; sin embargo, adquirí el mal hábito de encriptarme. No quería decir lo que realmente estaba pasando, ni deshonrar o lastimar a las personas involucradas en esa vida a medias. Insinuaba, sí, que algo estaba pasando. A veces, aullaba y luego me tapaba la boca. Esa era mi otra plantilla: no podía hablar del mundo, y cuando lo hacía, era desde mí, y parcial. No me daba la cabeza para más, no tenía otro recurso. Escribía un post a la semana sobre letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, hijas, casa, con textos tan breves que a la depresión no le alcanzaba el tiempo de servirse un café y sentarse a acompañarme junto a la computadora.

Las palabras tocan, nombran, hacen alquimia, reacomodan, transportan. Cuando migré a California, ese blog estaba impreso en una antología. Continué escribiendo, pero a mi añoranza por una vida completa se le sumaba la nostalgia de México y de interactuar con mis lectores, de enseñar, del español como cántaro. Mi vida creativa se fortaleció y así surgieron los talleres de escritura y el podcast —que más adelante fue una participación en radio—, y Usted & la Canción Mixteca (pronto, muy pronto, en su segunda edición).  Se puso bueno: a la pregunta de ¿dónde está la vida? se le sumó ¿cuál es mi lugar? y se me quebró un aullido dentro del aullido; vino el cisma y todos sus testigos estratégicos en las redes sociales. Claro que me afectó espantosamente, creo. Ya no me acuerdo. Seguí escribiendo, más o menos transparente, aferrándome a las palabras y a mis temas como a las raíces y a la apuesta de conectar.

He escrito muchos posts con el corazón, casi todos. Este es el más difícil de todos,  y, a la vez, el más gozoso.  Hace unos días firmé el contrato de mi primer trabajo de tiempo completo en trece años, mi reincorporación a la vida laboral después de la maternidad. Se me ha ido notando el tránsito del duelo y de las partes diseminadas a ir enunciando la unidad. Ese puesto me llegó cuando en vez de preguntarme pasivamente ¿dónde está la vida cuando sucede?, me puse al servicio de lo posible; cuando dejé de solicitarle a la vida que me mirara o que me compensara por el desencanto o por el dolor, pude ver el dolor de otras personas y aprecié mis privilegios. Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para hablar acerca de mí en un blog; hoy terminan.

Por supuesto que seguiré escribiendo, hay un tercer libro de relatos inéditos gestándose, más talleres de escritura en México, algunas entrevistas; postearé las actualizaciones, fechas y avisos en este espacio. No es una despedida, es la flor de coincidir, una planta que ustedes y yo sembramos y cultivamos juntos. Les quiero agradecer el regalo de su tiempo y de su atención. Gracias, gracias, gracias por cada uno de los comentarios, por la difusión, por su amistad, por las inspiración para seguir adelante. Con las mismas manos que usé para tapar mi boca, les mando un beso, sin ustedes hace un buen rato que el cuchillo se habría seguido de largo.

¡Hasta siempre! Reciban un abrazo de letras desde California.

                                                                                                           Michelle, Miranda, Maceta.

pd. YA SÉ que estaba increíble que fuera policía. Sí, habrá algo de eso en los relatos inéditos.

pd 2. Claro que sigo aullando, por lunática nomás.


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Entereza

El invierno puede ser cálido. Basta ver a la escarcha besando los techos y los jardines y las ventanas; al vaho de las sopas y cafés; a los abrazos durando un poquitito más que de costumbre; a los cuervos tan negros como azules, en cofradía. (Y a la luz. Basta ver a la luz siendo luz. Oblicua, pero luz. Mesurada, y luz. Cojeando, tan luz).

La cuesta de enero, las muertes en tríptico, las neumonías, los adioses, las excavaciones que fracturan los cimientos cercanos: son el invierno conspirando con lo posible, rapándonos los bucles del miedo, haciéndonos rehenes de nuestras pérdidas. De ahí sale el calor: de atravesar el frío, ateridos. Y de seguir.

Somos la estación que mira a la estación, frotándonos las manos.

No estamos rotos.

 

 

 


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When you’re 64

Oh, casi finales de enero. Febrero inminente, me dije, aproxímase el cumpleaños de mi papá.

¡Zas!

No es el cumpleaños en sí mismo, es la cifra que alcanza. Esa cifra, no cualquier número:  cumple 64 años. El grueso de los celebradores podrían considerar irrelevante ese dato. Los seguidores cercanos de The Beatles consideramos un honor llegar a esa edad. Es como figurar en la portada del Sgt. Pepper’s.

Deberíamos de preparar algo con esa canción, me dije. Cállate las iniciativas, me dije más fuertecito. En 1993 tuve la misma idea; tomaba clases de piano por algún motivo que desconozco y mi hermano  estaba en su fase de querer tocar la batería.  ¡Vamos a tocar When I’m 64 a dueto!, me dije entonces, les dije, ¿ya oíste lo que dijo?

Puedo decir, con la serenidad que me da contarlo, que fue una experiencia muy formativa; hoy sé que tocar una canción sin haberla practicado con rigor de conservatorio, acicateada por timbal y tarola, con todos los asistentes a la reunión queriéndola cantar a coro, usando una diadema forrada de tela —muy mona, muy resbaladiza y muy popular en esos años—: no.

(Mi hermano fue muy paciente esa vez del dueto piano-batería. Siguió tocando y salvó la canción. Su paciencia para nuestras actividades en conjunto es legendaria, de hecho. Data de algunos años más atrás, cuando además de The Beatles, mi papá era muy admirador de la Segunda Guerra Mundial y un día nos anunció que nos tenía una sorpresa: y, ¡tarán!, nos mostró un armatoste achaparrado y cojo, fusionado con mi bicicleta.

– Es un side car -, añadió por subtítulo para referirse a un remolque adosado.

¿Y quién lo va a manejar?, me dije con una voz agudita mientras ocupaba mi lugar en la fotografía que iría en álbum. Puedo decir, con la serenidad que me da contarlo, que fue una experiencia histórica; en calidad de primogénita, hermana mayor y ciclista posé con mi hermano sentado a bordo del anexo bambineto de metal e hice todo lo que estuvo en mis rótulas para pedalear y movernos. Mi hermano me tuvo mucha fe hasta que le notificaron que ya se bajara y que no íbamos a poder ir al parque al alimón ni ese día ni en la vida. El side car quedó arrumbado el día de su inauguración).

Así que (Papá: si lees esto, tápate los ojos. Hermano: si lees esto, no suspires. Tu fe en mi dará frutos) estoy pensando en hacer algo que combine la canción y hacer equipo con mi carnalito donde yo no toque el piano, siempre traiga el cabello recogido y, desde luego, no emule a ningún medio de transporte en un sendero de Bavaria. Tengo hasta el 5 de febrero, me dije, y vine a postearlo.

¡Zas!

 


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Aspiraciones

 

A mi aspiradora se le notaba el uso: el cepillo inferior tosía, el aditamento para las esquinas prefería las glorietas, el cable daba muestras de orzuela, cositas así. Nada que no se resolviera jalando el aparato a gatas, dando ocho oportunidades de que la pelusa fuera succionada, usando cinta de aislar, árnica para las rodillas, loratadina. Hasta que sucumbió.

Compré otra. Leí el manual; la encendí.

—¡Óral..!.—Arrebató mi grito, la pirámide social de tres generaciones de ácaros y cualquier vestigio de polvo de mi casa y aparecieron, compactados, en un receptáculo transparente. La alfombra adquirió una textura pachoncita y salerosa; me recordó al día en que la pisé por primera vez, cuando migré a California el nueve de enero de hace seis años.

Migré, como todos los que migran, buscando estar mejor. Mi anhelo se cumplió, aunque no tuvo que ver el país: dependió de saber que necesito muy poco para estar bien: mi bolsa de agua caliente, mi pluma Bic, mi labial rojo, mi casa limpia, salud y tiempo para escribir. No siempre estuve ni estaré bien, claro. Para cuando sucumban donde puse mis certezas, mi estar mejor dependerá qué elijo entre las opciones que me da la vida. Por lo tanto, tengo todo lo que requiero para ser feliz.

Seis años después aspiro diferente. Me encanta para aniversario.


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Miranda Entrepreneur

Casi todos los domingos me siento en el sofá, enciendo la televisión y me pongo a llorar dos horas seguidas.

Considero que ese par de horas es una inversión y las dedico a ver películas tristes. Hay mucho material creativo en la tristeza, bien lo sabe el cine. Me instalo con un paquete de pañuelos desechables y ningún testigo. Emprendo, y soy  entrada de diccionario:

Llorar. (Del. lat. plorare) v. tr. e intr. Derramar lágrimas. || Sentir profundamente). Ser pileta de enjuagar duelos y parque de no saber andar en patines; asistir al funeral de los proyectos vilipendiados por los monstruos personales y algunas entidades malcogidas, lamentar la llamita del propio sarcasmo, atravesar la Hora Azul de la XE ¿dónde estás?, plañir sobre la vía de los abandonos, gemir frente a la lepra de algunas decisiones. Sollozar, durísimo.

Si uno llora bien, se sigue. Cuando me doy cuenta, estoy llorando también por los males del mundo: los minúsculos, que se ven desde el espacio; los evidentes, que caben en todos los bolsillos. Nada soluciono, ni siquiera sé cómo nombrar esos males. Sólo quedo mormada, hipando y con más ganas de llorar. Es que a la tristeza le caben todas las tristezas. Engulle. Por eso casi nadie quiere irla a visitar. Como mi tristeza nunca se acaba no pasa una semana sin que vea, a través de los cineastas, zonas de derrumbe interno donde se esconde la tristeza;  idéntica, pero no la misma.

Hay quien está pendiente de los índices en la Bolsa de Valores o de cuántos likes recibe en las redes sociales. Yo sólo puedo poner atención a lo que duele; me doy ese tiempo casi todos los domingos. El resto de la semana puedo reír genuinamente y, desde esa risa, también lloro. Insisto: si uno llora bien, se sigue. Ya no me siento fragmentada.

 Me he invertido.

 


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Veintitrés de diciembre

La Navidad, antes de adulta, era despreocupada. Yo creo que por eso me gustan los cascabeles: suenan, y vuelvo a tener nueve, diez u once años. Mis recuerdos están la sala de casa de mis abuelos y la cocina de mi mamá, los farolitos de papel, el verde terroso del musgo, el heno versátil, el niño Dios desproporcionado en el nacimiento, cerros de papel de envolver rasgado; cuando lo bueno de la vida se resumía en que la piñata fuera de cartón y no de barro, que contuviera dulces y no cacahuates, y saber que pertenecía a mi cuadra, a una familia.

Después, de adulta y sin ser original, la navidad se complicó.  Mis recuerdos de los veintitantos a los treinta y pico son un ponche de agobio, de presión, de what the fucks; de no tener un lugar, de que se desfondara la canasta de los aguinaldos, y no hubiera trabajo o certezas o respeto. Y, en algunos años, ni dinero para regalos suficientes, agradecibles; la sensación de fracaso. Cuando todo lo bueno de la vida se resumía en que alguien me oyera llorar y me pasara una estampita de Jesús y papel, por debajo de la puerta, en un baño público.

Nunca, en todo el tiempo que llevo de escribir en esta bitácora, había escrito tantas entradas que mencionaran el contraste entre antes y después como lo hice durante 2015. Es parte de registrar y construir los significados, claro.  Inscribo, pues, que esta es la primera navidad de adulta que pasaré en mi casa. No traigo obsequios en una maleta, ni pasé por retenes de seguridad en un aeropuerto, ni aterricé entre noticias de Facebook, ni llevo una agenda escalonada para arrullar a la nostalgia, ni estoy de huésped, ni de visita, ni dirigí los cantos de la piñata, ni tuve que desempolvar mi small talk de las reuniones. Estoy en pijama, posteando en veintitrés de diciembre desde mi comedor en California, con mis hijas.

La diferencia para mí, en estas fechas, ya no reside en la cantidad de agobio o de despreocupación que contengan. Al final de la suma de mis navidades de adulto y de niña encontré que lo bueno de la vida se condensa en que pueda haber una constante a pesar del cambio; y transformación, a pesar de lo definitivo aparente. Por eso esta Navidad no es la de después. Es de ahora, la mágica, la endeble.

Como fue, siempre.

¡Felices fiestas, lectores!


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De dormir y crecer

Mi hija duerme junto a un muñeco de peluche y bajo algunos pósters con ojos que punzan. Duerme como cuando estrenó su ser en el mundo y oscilaba entre leche y arullos en vaivén o como después de nadar o como si fuera la cuarta noche después de tres con fiebre; sus pesadillas y transiciones aún no la despiertan de madrugada.

Mi hija tiene trece años. Me rebasa en estatura, en peso, en agilidad para hallarme avergonzante y en uso de la tecnología. Todavía se acuesta con la reticencia de un menor de edad profesional, pero una vez que cierra los ojos permanece en su termo de interioridad. Duerme casi diez horas; la diferencia con sus etapas pasadas es que ahora lo hace con fruición, arrebatando tiempo a la vigilia para ser todo lo que quiere hacer y, a la vez, dormir sin que el día termine ni empiece. La observo queriendo desvelarse, hibernar, ser vista y escuchada, dormir otro poco más. Observo su cansancio y sus batallas incipientes. La arropo con la colcha. Me cuestiono hasta qué edad uno deja de arropar a sus hijos, o de besarlos en la modorra o de consolarlos en sus terrores. La arropo otro tantito. Me arropo sola.

Mi hija duerme, y amanece. Un diciembre de esos de dormir y amanecer fui a zarandearla con cariño puntual porque

  —Oye hija, se te hace tarde para ir a la escuela.

—Es que sí me quiero despertar, mamá, sólo que mi sueño tiene eco.

Su respuesta me hizo saber que su interioridad —con apps incluidas— le dictará cuándo abrir los ojos, y ya no su madre. ¡Celebro! Y desde la celebración, ambas descansamos para agarrar fuerzas; las batallas personales, sean de la adolescencia o de la maternidad, son un ciclo de sueño y sueños. Duermecrece, mi hija; me preguntocobijo. Las dos nos vamos acompañando en todas las noches de la réplica.

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