Locadelamaceta

Cultivo letras y otras plantas de interior.


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De videoclubes y this is it

Si usted nació entre 1914 y 1985: sáltese el prólogo.

Si usted nació después de 1985: lea primero.

Antes, el cine consistía en una sala donde cabían entre 1,300 y 1,965 personas. Las películas podían durar semanas o meses en cartelera y consistían en una cinta de 35 o 70 mm y, si todo iba bien, con sonido de alta fidelidad sincronizado con la imagen. Había un sistema llamado “permanencia voluntaria”, donde el costo del boleto de entrada permitía ver la película todas las veces que se quisiera ese mismo día; siendo frecuente que si uno llegaba tarde a la función, se quedara a la siguiente tanda, a ver cómo había empezado la historia o porque sí, por cinefilia. Casi todas las películas tenían intermedio, que servían para ir al baño y para hacer escala imperativa en la dulcería. Era obligatoria, porque así lo decía el único anuncio antes de que rugiera el león de la MGM o la señorita de Columbia sostuviera su antorcha: visite la dulcería.

Las butacas eran como de auditorio de escuela secundaria y, antes de que empezara la función, a los niños más latosos les daban permiso de bajar corriendo hasta donde estaba la pantalla, que formaba un escenario de a pie. La vista desde ahí hasta arriba ha de haber sido muy impactante, nunca me dejaron. Si el audio fallaba, se puyaba al operador con el grito de “¡Cácaro!”; yo hasta tenía una tía que se preciaba de la película se componía inmediatamente cuando ella lo gritaba. Y, no puedo enfatizarlo suficiente, ir al cine era vivirlo. Ese era el momento de ver aquella película y no había otro. Ir al cine era dejar que la película se imprimiera en la película y en la banda sonora personal de cada quien*

En ese contexto, un día apreció el videocasette -primero en formato beta, y luego en VHS- y con él, los videoclubes y mucho júbilo. Una vez que estaba lista la credencial (que se tardaba varios días porque implicaba el protocolo del comprobante de domicilio, una fotografía tamaño infantil y ser enmicada) era posible tener acceso a cientos de películas para rentar; desde las más arcaicas hasta el puro mugrero. A la par de los videoclubes, surgieron las palomitas para microondas y, con ese combo, larga vida a los sillones, a la nostalgia y a los fines de semana. Con el paso del tiempo, los vídeos serían sustituidos por los dvds, y éstos por los Blue Ray y por las descargas en línea y las películas y la televisión on demand. Ir al cine hoy ocurre con un boleto electrónico, en una sala donde caben entre 20 y 400 personas, con sonido digital, toneladas de anuncios, butacas acojinadas y algunas, que hasta de reposet. Nadie puede quedarse ni un minuto más del importe que invirtió. El cácaro está por terminar la preparatoria,  la invitación obligada ya no es a visitar la dulcería -sigue siendo un negocio redondo, por sus precios y por su fomento a la obesidad- sino para recordarle a la gente que apague todos sus distractores (comenzando por el teléfono celular) porque todavía el cine todavía es para vivirlo.

*Fin del prólogo*

El videoclub había quebrado, sin misterio. Estaban rematando los DVD’s y los pósters de las películas y fui porque el videclub estaba media cuadra de mi casa. El videoclub estaba dentro de un edificio donde antes había un banco, y los dueños habían invertido su empeño creativo en ambientar cada sección de películas. Los dos ejemplos más notorios de lo que acabo de afirmar es que las películas porno estaban en la zona de la bóveda, y para que la entrada a la bóveda tuviera cierto aire casual -en lo literal y en lo figurado- pusieron unas puertas abatibles como de bar del lejano oeste, pero de piso a techo; y que, en las columnas donde iba la folletería de los créditos y los préstamos, quedaron unas repisas donde iban las películas que exaltaban algún tipo de vínculo entre mujeres, Magnolias de Acero. ¿Que cómo sé que la sección era para resaltar lo femenino? porque había un florero con rosas de seda húmedas con la gota artificial del rocío de silicón, y una zapatilla de cerámica rosa.

Busqué, en vano, más ejemplos de la combinación banco-empeño creativo, y no supe si fue porque llegué tarde a la función del desmantelamiento o porque había empezado el futuro. No me quise quedar a ver el resto. El dueño y su esposa se veían muy afectados y entendí desde dónde y desde cuándo; el videoclub es una especie en extinción igual que la resistencia al cambio. Lo que no deja de ser este momento, donde ocurre la vida; igual que en el cine de antes: esta es la película, el pacto no es con la tecnología sino con la permanencia voluntaria. Donde estaba el videoclub, abrieron una tienda de pinturas vinílicas.

*A lo anterior, hay dos excepciones: una, si la película era Ben Hur o los Diez Mandamientos, no había de qué preocuparse; cada Semana Santa las pasaban. Dos, más adelante el Canal 4 coptaría las películas más relevantes de las décadas pasadas, y de éxito en años anteriores, y las repetiría, pero dobladas al español. Pero la idea es la misma.


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Recién salido del horno de letras

Usted y la cancion mixteca

De la portada: México, lugar en el ombligo de la Luna. Flor corazón. Coyoacán. Un café que deja ver las estrellas. Morir, renacer. Movimientos de serpiente con el pecho pegado al suelo. Hacer radio. Olla, caldero de historias. El cuchillo de discernir. Trece de julio, fundación; bordados sobre dos líneas de tierra fértil*.

“Usted & la Canción Mixteca¨ es mi segundo libro. Contiene textos recopilados de mi bitácora y otros tantos, inéditos. Ofrezco a mis lectores los temas que me conciernen y persiguen y emocionan: la vida cotidiana, la escritura, la maternidad, los vínculos, la naturaleza; y ahora, también: migrar.

Este es un libro auto-publicado bajo el sello de Editorial Círculo Cultural. Como cualquier proyecto independiente, su difusión requiere del doble, y hasta el triple, del entramado de las conexiones humanas; por eso, les doy las gracias adelantadas por el apoyo a mi trabajo, por su compra y por su lectura.

El lanzamiento será el día 13 de septiembre de 2014. El libro está en preventa, esa etapa de expectación que une a los lectores y a los escritores en un muégano de cosquilla. Pueden hacer su pago por PayPal, Western Union o depósito en Banamex. Comuníquense conmigo para más detalles.

“Cuando nada queda, permanecen las flores. Y la música. Todavía huele a nardos”.

* Diseño: Edgar González Castán.


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Atrevimiento

Cuando vengas, no me encontrarás buscándote entre indicios que me lleven a ti, con mayúsculas.

No me verás suspirando por matices morados de rosas ni por esquinas donde, aunque fuera demasiado tarde, Princesa, yo siempre llegaba a tiempo a la cita con mis obsesiones. No seré yo quien desande el recuerdo, tejiendo derechos y pilares hasta deshilarlos, ni seré la que se aleje sin voltear, comprobando que la espalda no sabe despedirse. No jugaré el papel de ser estatua de amaranto en un Oxxo, sin saber a dónde pertenezco. Otra vez.

Cuando vengas, hallarás a alguien que tendrá mi rostro, mis tenis, mi lunar en el párpado y hasta mi cuaderno de notas. Llevará mi nombre pero no mi vestido; se me hizo andrajos con tanta expectativa.

Cuando vengas, Vida, habré amanecido vestida de (mente en) blanco. Serás tú quien me busque, quien quiera saber qué puede esperar de mí. Si logras seguirme la pista, me encontrarás creando mi destino.  Y en esta ocasión, a diferencia de los 37 años anteriores, te sostendré la mirada. Presente.

Y te dejaré en suspenso.


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Que viene el coco, Miranda

Yo no necesitaba que me dijeran que venía el coco para que me portara bien. Era una niña miedosísima. Me portaba bien por default. Ese mismo pavor hacía que mis parámetros de buen cine fueran Mary Poppins y La Tercera Guerra de los Niños. En cualquier otra película, me tapaba los ojos con una mano porque no aguantaba las persecuciones ni el asecho ni los muñecos diabólicos ni los fantasmas por ser cazados ni el asecho ni cualquier imagen que me regalara una noche de pesadillas. Con la otra mano, me aferraba la persona que estuviera junto a mí. Y casi le dislocaba el brazo.

Como a mis 14 años, viajé a Veracruz con mi familia. Hicimos las visitas de las siete casas y luego me quedé con una prima mientras mis papás y los suyos se iban a cenar. Las adultos se quedaron muy tranquilos porque íbamos a ver una película. Mi prima era año y medio menor que yo, y una de dos: o ella me llevaba veinte vidas o yo estaba muy mensita, según quisiera ponderarse. El caso es que como yo era la invitada, solo me quedé sentada en la sala de su casa mientras ella preparaba la botana, apagaba las luces, encendía la videocasetera y le ponía play al VHS.

De adolescente, y solo cuando hojeaba la revista Eres, cambiaba el miedo por el entusiasmo. En general, la vida me parecía in-cre-í-ble, de pelos o mega ______.  Así que cuando mi prima puso la película El Silencio de los Inocentes, yo estaba muy contenta. Además, ser la mayor me daba cierto caché; por ejemplo, justificaba que fuera una historia clasificación B. Mi primera. Mi recuerdo de la historia es impreciso. Solo recuerdo que la botana era un plato con trozos de coco, limón y sal. Mi prima se lo preparaba exprimiendo el limón hasta sacarle todas las verdades y luego con tres sacudidas de salero. La clave era que el liquidito no se escurriera de la mesa a la boca.

La parte inicial de la película se me fue en imitar a mi prima, aprendiendo a exprimir el limón en la oscuridad. Y, como no tenía a quien aferrarme, ni cómo taparme los ojos, la segunda parte de la película se me fue parapetarme detrás de lo único que mediaba entre la triada entre Jodie Foster, Anthony Hopkins y yo: un pedazo de coco.  El tronido de la boca de Dr. Lecter coincidía con los sorbidos de limón de mi prima y mis futuros terapeutas me agendaban cuatro sesiones, mínimo. Cuando mis padres volvieron de la cena, no les conté qué había pasado. Me volví caníbal de mis ansiedades.

Hace unos días, mis papás llevaron a mis hijas a Veracruz. Aquellas me hablaron por teléfono para preguntarme que si había probado el coco. Veintitantos años de silencio se me agolparon en las glándulas salivales.

-Comuníquenme con su abuela.

Confesé con voz de segundo de secundaria.

Total que escribí este post para purificar el recuerdo. Quiero que el coco ya no me persiga y solo sea un alimento rico en hierro, potasio, fósforo y magnesio. Todavía me entusiasmo, disloco brazos, me tapo los ojos en el cine, pero por hábito. La sombra de portarme bien por default me ha causado más pesadillas que todas las revistas insulsas y todas las películas de suspenso de los años noventa, juntas.


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Gaza

Todas las palabras están de luto. En franjas y entre escombros, guardan sus minutos de silencio. Las palabras lloran a cada muerto, sangran con cada miembro cercenado. Cuando caen las bombas, las palabras huyen; se agolpan en las gargantas, se paralizan a un costado del miedo. Las palabras van a pie con los civiles, buscando qué significa esto, dónde empiezan las horas, qué hacer con los vidrios y las vidas rotas. Las palabras recogen los fragmentos, los entierran en el corazón. Ver de lejos no es ver. Hay que nombrar, primero. Le hemos fallado a las palabras, tanto como a nuestros hermanos. Frente a la guerra, todas las palabras asisten al sepelio de las palabras excepto una. Falta paz.

Ven, paz. Es plegaria.

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