Locadelamaceta

Cultivo letras, voz y otras plantas de interior.


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Perspectiva

Entrada para la bitácora-

El oleaje trajo: una automovilista que, por discutir con el GPS, se metió en el carril del trolebús, cuatro láminas de triplay y medio kilo de clavos, unos zapatos morados llenos de lama, un celular olvidado en la playa, un rehilete con vocación de catarina, incisos para deshebrar lo comprensible, unos monstruos que echan el chal tomando café cuando ataca lo incomprensible, una presa y preguntas, un monje carolingio, una llave, la leyenda de unos dedos perdidos a machetazos por amor, sílabas en hebreo, una empanada de moras que estaba buenísima. Y cómo pasar del “no hagas olas, horizonte” a la onomatopeya del arrullo. 

El prisma de ver a lo lejos, desde muchas facetas, sigue señalando dónde empieza la costa. En esa misma orilla, el mar y la playa continúan besándose por el gusto de existir en el mismo planeta, expandiéndose, contrayéndose, revolviendo lo que hay con lo que vino con lo que habrá y puede haber. Desde aquí, todo sereno.

Un día operaré un faro.


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De tizne y paz.

Hace años estuve en una relación violenta.

Cuando le hablaba de mis sueños, esa persona me despertaba echándome un vaso de agua en la cara.

Cuando pedía su empatía, esa persona suspiraba de impaciencia.

Cuando solicitaba su ternura, esa persona me daba la espalda y tuiteaba.

Cuando imploraba su aprecio (¡tengo un posgrado! ¡fui la maestra estrella! ¡tengo el superpoder de formar un hogar y de encontrar estacionamiento!), esa persona me decía: solo eres una ama de casa, es decir, un parásito. No haces nada. Ojalá tus hijas no salgan como tú.

Cuando quería sus manos en mi cintura, esa persona me hacía saber que yo cogía como puta deshauciada.

Yo quería escribir lo que me estaba pasando. Y esa persona me daba permiso de hacerlo, enseñándome un cuchillo.

Yo quería, entonces, buscar quién me aceptara. Esa persona fue conmigo e hizo públicos mis monstruos, en una subasta.

Yo necesitaba salirme. Esa persona me hizo saber que, no importa a dónde fuera, sería vigilada.

Entonces, yo mentí. Y esa persona, uy, me quiso al fin. ¡Me celebró tanto mis mentiras y engaños! Cumplí con sus expectativas. Era obvio, ¿no me había dado cuenta? Le comprobé su teoría inicial:  nada verdadero podría venir de mi.

Y luego, claro que me golpeó en la paz. Se me hincharon los ojos, perdí la movilidad de los brazos, mis piernas fueron como hilos, mi voz fue de grava. Hace años de esa relación. Casi todos los de mi vida adulta.

La terminé cuando me llevé la mano al corazón. Recorrí mis abolladuras y costras, les hablé de usted, ¿le duele aquí? Me detuve a desmenuzar cada mes-párrafo y las señales que enviaba. Dejé de sujetar la otra orilla del control que esa persona ejercía sobre mi, y de temblar cuando nos quedábamos a solas en la misma habitación; acabé la lucha de poder con quien me podía lastimar más fuerte, más duro, en franca competencia de crueldad. El fin llegó cuando supe que esa persona, externa, distinta a mi, nunca existió. La relación violenta siempre fue conmigo misma.

Mi paz fue restaurada, resucitada de entre las cenizas de diarios y fotografías.


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¿Has visto las camelias? III

Camelias 2015

Cada febrero desde que llegó a California, Miranda Locadelamaceta salía a su jardinera, veía a las camelias y les escribía un texto con tintes eróticos. Era el único escrito deliberadamente sexoso que se permitía publicar, por motivos que obedecían más a los filos que a la censura y porque se tomaba el miedo muy a pecho.

Me asombra todo lo que no dije cuando escribía, y que quiera seguir escribiendo. Seguir y que esté cercana un ritmo natural que afirma que habrá flor, porque sí. Habrase visto acto más impreciso y lubricante. Dejar de temer es un tema con la perseverancia, no la de organizarse y aprovechar el día: la de dejar abierta la llave de la noche para que entren los monstruos y acampen; la de hallarle lo sagrado al de morir en una hoguera, malentendida. La de creer, es decir, crecer entre grietas.

Lo bueno de los bordes rotos es recordar que la vida no acepta sujetadores: por eso, las camelias son una mujer desnuda de torso, a dos tonos, seduciendo a febrero mientras es eterno.


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De lo que pasó y CPpD.

Casi me atraganto con la ensalada de pollo. De esos llantos, era. En una escalinata, afuera del curso, en la pausa para el café. Fue espantoso, me decía a mí misma, pero ya pasó. La ensalada me sabía a sal. Y el teléfono de mis hombros subía y bajaba marcando <ocupado>.

Ya pasó, porque fue hace 12 años. Un bisturí que ardía, el “si sigue gritando, señora, le pondremos anestesia general”, el derrame en la médula, los dolores de cabeza por sonidos y luces, los mensajes de decepción de otras mujeres porque la mía “ay, fue cesárea”, la leche que me engarrotaba el pecho y se mezclaba con grietas, sangre, tirones y falta de sueño, la casa cayéndose, las visitas que me llamaban chocosa y engreída. La bienvenida a la maternidad, donde el ¿por qué no me dijeron? se reacomoda junto con el útero, las fantasías rotas y la capacidad de dar, nutrir y vincular. Cuando hay más ropa sucia que nunca. Cuando la niña que jugaba a las muñecas era adulta y la madre que tiene al bebé es una niña. Ya pasó. Levante la mano a quien le pasó también: la depresión, las ganas de morirse, la sensación de abandono y fracaso. En mi curso, el 90% de quince coinciden.

A pesar de que llevo día y medio en ese curso, y de que la instructora nos ha guiado hacia todas las técnicas de cuidado en el puerperio, me queda pendiente un otro examen de conocimientos: atravesar el túnel de mi experiencia traumática. Todo habría sido más fácil si, cuando me rebasó el dolor de sentir el corte -en mi guión, en mi vientre, en mi capacidad de conectarme y sanar- se me hubiera activado la reacción de pelear o huir. Pero no. Apagué la luz, me apagué por dentro. Y esa oscuridad llena de culpa y  de sentimientos de inadecuación ha sido mi apellido como mamá.

Cuento mi experiencia. Se escucha el minutero de un reloj de pared y una alerta de WhatsApp. Claro, me digo, ¿cuento? mi experiencia. Y si tiemblo es porque se me baja la glucosa, no por vulnerable. Ya pasó, fue hace muchos años. Una por una, quince mujeres se acercan a mi. Y me abrazan. Su abrazo es el mío, el mío es el suyo. Cuando nos damos cuenta, estamos todas del otro lado del túnel. Lo atravesamos juntas, allá nos recibimos. Paso el examen, me dan el diploma.

Estoy en la escalera comiendo ensalada de pollo. Me acabo de certificar como doula, experta, en postparto. Acabo de cumplir una de las metas más importantes de mi vida. Lloro de alivio, del bálsamo que da la compasión y que es la única verdadera medicina que existe. Por encima de la blusa, toco mi cicatriz; la piel ahí es más fuerte y resistente que en el resto de mi cuerpo. Lloro porque qué bonito se siente cuidarse y ser cuidada, ser madre de mí misma, ser madre de mis hijas, acompañar a otras mujeres a parir, parirse y criar a sus crías. Lloro dándome permiso de vivir todas mis emociones como parte del espectro de la salud. Lloro porque existe dolor en el mundo y me conecto con él y porque pude convertir el mío en una oportunidad creativa y de servicio. Lloro porque mi herida ya pasó, y yo no.

Termino de llorar y de comer. No me ahogo, me arremango. Hay mucho que hacer, muchos hospitales que no respetan los ritmos naturales de la madre y el bebé, muchas mujeres que pasan el posparto solas en su casa callándose el efecto de las hormonas, desconfiando de su propia capacidad de criar a un ser humano. Añado CPpD a mi tarjeta de presentación: Certificate Post Partum Doula; como todo lo que hago y me significa, viene de las entrañas y de mi búsqueda. Y sigo escribiendo, haciendo radio, educando, trepada en este tren hacia lo que sigue.


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De oficina porque sí

Hasta hace algunas semanas, mi apellido bien pudo haber sido Locadelamaceta Odio Las Oficinas. Mi odio era legendario. Por supuesto, se debía a que alguna vez, cerca de mis 20 años y antes de que acabara el siglo XX, entré a mi primer trabajo formal. (Aunque yo trabajaba desde los 17, me enteré que ser reportera y dar notas como la reinauguración del Zoológico de Chapultepec no contaba con la formalidad necesaria para ser considerado un trabajo serio).  Yo no sabía que a la vida le gusta ponernos donde nos da más miedo.

Así fue cómo mi primer trabajo formal fue una agencia de relaciones públicas. Mi labor consistía en llamar a los medios de comunicación e invitarlos a cubrir nuestros eventos. Las triquiñuelas del oficio implicaban cortejar a los medios y atraerlos a que abrieran un espacio en su agenda, a sabiendas de que tenían otras cosas que hacer. A mí siempre me decían que uy no, a la primera. Y yo lloraba en el escritorio moqueando de la angustia porque mi madre me había dicho que no significaba no, y la sala de prensa estaría vacía. Fui conminada a seguir buscando una oficina donde pudiera trabajar sin que el número de soporte técnico fuera el de mi terapeuta.

Aterricé en una consultora donde tenía el puesto de “Creadora de Contenido” que, esencialmente, consistía en hacer presentaciones de Power Point para mi jefe. Era un trabajo predecible pero aburrido porque las diapositivas eran de estadísticas. Mi sub jefa era muy estricta con el código de vestido y no me dejaba parar de mi lugar si no traía el saco puesto, aunque ella se quitara los tacones y anduviera descalza con los pies como tamales envueltos en medias Foreva. La ambivalencia me motivó a añadirle aplausos y vítores a las diapositivas, mi jefe ni cuenta se dio. Empecé a sospechar que alguien se merendaba mis presentaciones y, cuando empecé a hacer preguntas, me cambiaron de área y me duplicaron el trabajo. Llegó un punto donde me subía al elevador y pensaba: “agrupar”, y mi máxima aspiración del día era pedir una torta cubana, esconderla en mi escritorio y darle beso furtivos, digo, mordidas.  (Ustedes saben que el idilio entre las tortas cubanas y yo es absoluto). No me podía poner el saco porque estaba lamparoso, entonces tenía que quedarme sentada y me daba sueño por la torta y confundía las estadísticas.

Cuatro oficinas más tarde, concluí que la oficina requería un tipo de herramientas sociales que yo no tenía, entre ellas, la charla de pausa de cafetera, la compra de productos por catálogo, la coexistencia con el horno de microondas, la juntitis, los tejemanejes entre equipos de trabajo, ser supervisada y el código de vestido. Mi conclusión coincidió con la época en la que empecé a dar clases. De aquí soy, me dije. Y en todas las fiestas con mis alumnos, yo cantaba las canciones de despecho con dedicatoria para las oficinas. No volveré.

Y no volví, ajúa.

Hace unas semanas me ofrecieron mi primer trabajo formal en California. Cuando supe que era en una oficina, ponderé. Mucho. Con reticencia y gruñido. Yo pensé que ya había cumplido con mi cuota de jugarretas. (Vida, ¿pues qué no lees mi bitácora?), pero no me quedó de otra. Me apersoné en la oficina vestida de colores y enfrentándome a la situación que me hizo sentirme inadecuada por tantos años; una de tantas, a la que más rencor le tuve. Usé un chal en vez de saco, dato que en California a nadie le interesa. Y cuando tuve que hablar por teléfono para invitar a los proveedores, usé mi voz de radio.    -Y cerré el contrato, obviamente.- Me tomé un café con mi jefa, a quien le aprendo cada nanosegundo, y pude reírme y trabajar con eficiencia porque tengo muchos años apasionándome por la comunicación. No necesité supervisión, solo un diálogo orientado a una meta.

Odié las oficinas porque estaban pobladas de un No que yo no podía manejar. Hoy descubro el poder de mi Sí, esa palabra que me da la mano y me sostiene, en serio. Una mala experiencia pudo haber sido solo inexperiencia, lo inadecuado de entonces puede ser valorado en otro contexto. Y claro que canto mal las rancheras sino ¿cómo voy a audicionar, un día, para vocalista de un grupo retro?

Lo que es para mí empieza donde hago terminar lo que me asusta.


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De papel carbón

-No se muevan- dijo.

La señora de la casa estaba recostada contra el terciopelo azul de su cabecera. Yo, de cuatro años, en el regazo de mi abuela, en un sillón frente a la cama. No oí a la dueña de la casa porque los latidos de mi abuela gritaban. Por instinto, me congelé y sobreviví al hocico del perro, que era varios perros, a punto de desfigurarme. El dueño intervino y devolvió al animal a la azotea. No sé cómo escapó, repetía.

Regresé a esa casa, ya de grande. El perro está amarrado, me aseguraría la señora. Me encerré en el baño, con seguro, a hacer pipí nerviosa. El techo de la azotea era el tragaluz de ese cuarto de baño, las patas del perro se multiplicaban por el vitroblock; se había vuelto a escapar, ahora marcaba su territorio con mi orina, sobre mi miedo. El perro que nunca fue uno solo.

Recordar el peligro no mata, el problema es repasarlo en el papel carbón de las anécdotas y las pesadillas, no atinarle al contorno y que el perro aparezca como jauría en los relatos. Por más breves que éstos sean.

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