Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


1 comentario

Una casa, 5.

Para Joseph Emil.

No son los cadáveres en el lodo y en la trinchera, ni los pedazos de personas, de humanidad, repartidos en la tierra de nadie, en ese punto entre frentes con árboles falsos a modo de punto de vigilancia. Son los restos donde el alma se pierde, donde los piojos y las ratas, y la lluvia de barro, y las explosiones y el corazón de animal y las órdenes. Es donde el batallón de infantería en acción, las metralletas, el bombardeo que estallaba sobre los compañeros e inutilizaba los oídos —y por eso muchos no alcanzaban a escuchar el silbato para las indicaciones—, el gas mostaza, la máscara puesta mal y tarde, reptar a tientas, no poder ver, tallar el visor con los guantes de cieno, la retirada, la vuelta a la trinchera, el ciclo infame.

Pienso en él: recluta 2, 215, 010. Enrolado en Texas el 19 de septiembre de 1917. Que partió en un barco hacia Francia y combatió en la ofensiva de Meuse-Argonne de junio a noviembre de 1918. Dado de baja del ejército el 20 de junio de 1919, a los 25 años. Pienso en él, y en que regresó, se casó, tuvo hijos y nietos. Yo soy su bisnieta.

Regresó, como los cadáveres en el lodo vuelven a la tierra. Es un decir, claro. De una guerra así no se desanda.  No son tumbas las que deben de cuidar sus restos, no son sus cadáveres. No son los restos del soldado desconocido y los millones de flores sembradas a modo de homenaje. Son los restos del soldado que desconoció la vida como la entendía, que perdió la inocencia y que el campo minado continuó existiendo en su interior. Shell Shock, le llamaban al estado de recordar los horrores de la guerra: hoy se llama estrés post-traumático. (¿Has estado en la tierra de nadie?, ¿pudiste confiar de nuevo en tus sentidos?) Alguien me contó su historia, que la escuchó de él y sólo en una ocasión.

Mi bisabuelo murió mientras dormía, en 1973, unos años antes de que yo naciera, pero eso es lo de menos: desde que supe que había estado en las trincheras me sentí muy unida a él pues tuve una época de recordar la sangre seca de todas mis batallas. En esa afinidad, me alivió saber que descansó en paz. Yo también encontré la paz. Al fin cesó el ruido. Volvimos a casa, veteranos.


4 comentarios

Nada de esto es nuevo

Todos los días trabajo con familias que quieren saber qué hacer en caso de una redada. Veo el insomnio en los padres, conozco a sus hijos; voy junto a ellos mientras me señalan los pedazos de vida que se le han ido cayendo desde el 20 de enero.

Cada día y con más frecuencia me cuestiono cómo se llama este momento. Podría decir que es una época de miedo o de incertidumbre. Sería un cliché, y me quedaría cortísima. Igualmente, cada día y con más frecuencia busco en la poesía. Me encontré este poema, lo traduje y extraje un fragmento para compartirlo aquí. Forma parte del libro «Los tiempos difíciles exigen bailes feroces», de Alice Walker.

Sí. Sé que tienen

el mal hábito de venir a tu puerta

antes del amanecer;

antes de que tu más pequeño se despierte

y esté esperando tu sonrisa matutina;

tu olor a cigarro y manzana.

Sé que si te encuentran

en un camino despoblado,

tenderán a arrojar

sus jeeps subsidiados

y sus tanques blindados

sobre tu cuerpo indefenso

provisto con leña,

y agua chorreando en un bote de plástico,

y ropas viejas del dispensario,

y tu corazón roto que te presionó

a rendirte, lentamente,

y dejar todo lo que fuiste

y eres.

(…)

Este terror no es nuevo.

(…)

Sea lo que sea que está pasando,

quien quiera que lo esté haciendo.

Quiero que sepas,

para que, cuando estés frente a tu momento

(…)

de transformación;

cuando  tus lágrimas les resulten divertidas,

y  tus esfuerzos por ocultar tu vergüenza,

den risa a los hombres y niños

que se regodean en tu dolor.

Recuerda esto —

dilo, es cierto. Que lo sepas:

mientras ellos ríen,

(…)

esta autora lleva un registro de

este ultraje innombrable

que nos afecta,

humanos, breves,

y que, por eso, si te pasa a ti

nos pasa a todos.

Inútil buscar cómo se llama. Ya lo dice Alice: es innombrable. Quisiera tener algún otro dato útil, el urgente, pero no sé cuándo habrá una redada.  Nadie sabe. Sólo nos quedan los cientos de decisiones enhebradas de la resistencia, el todo cuenta, y el compromiso de estar juntos en esto aunque no sea nuevo. Me sumo a la exigencia de los tiempos arduos. Mi baile feroz es acompañar.


Deja un comentario

Una casa, 4.

¡Noticias viejas, traspapeladas! En tiempo de lluvias, las alertas por radio, de la Marina, eran habituales; recomendaban a la población mantenerse alerta, barrer la calle para despejar las alcantarillas, guardar la calma y poner los animales a buen resguardo. Ni quien se alarmara en Pueblo con Malecón. Sí, había llovido. Sí, llovería. Eran noticias de rutina, nunca novedosas, creyeron.

Creyeron mal. Un ciclón y un huracán habían chocado en la sierra inmediata. La lluvia, a su paso, iba reventando presas, desgajando cerros y bloqueando carreteras. La alerta de la Marina notificaba que el río se desbordaría, inundado Pueblo Con Malecón, repito, inundando Pueblo con Malecón. Los habitantes encendieron velas, desconectaron el refrigerador y esperaron especulando con la radio encendida. Llovió, cayó la noche, siguieron esperando, continuó lloviendo, la señal se debilitó a causa de los ventarrones, sobrevino la calma chicha: esa paz inconfundible antes de que se desaten los males. «Ay, el agua»”entró a las casas —casi todas de una sola planta—como ola y serpiente, abombachando la ropa y cubriendo tobillos, rodillas, cinturas y gavetas, inflamando las habitaciones hasta hacer flotar las camas. Creyeron poco. Del resto, que tuvieron que creer a fuerzas, hay fotografías: la gente en botes por las calles-canales. Los esquiferos ofreciendo «¿a dónde lo llevo, patrón?». Roperos puerta arriba, familias suplicando socorro sobre los techos de sus casas de rancho, arrastradas por la corriente del río. Vacas y caballos alargando el cuello para no ahogarse. Automóviles varados, los portales sin arcos. Las palmeras castigadas, el puente rebasado. Troncos, tractores, féretros a la deriva. Se acabaron las alertas de la Marina porque hasta los aparatos de radio estaban cubiertos de agua. No saben cuánto duró exactamente esa agua. No la lluvia: el agua que cubrió todo lo que era importante.

La inundación fue cediendo hasta que, un día, Pueblo con Malecón se reveló sobre una costra de lodo. Vino el recuento de los daños, era rapidísimo: todo se perdió. Las prendas, los colchones, los enseres domésticos, cada mueble, cada libro, cada piano, cada coche. En casa de mis abuelos fueron afortunados: quedó una vajilla. Mi abuela le quitó la lama con agua limpia, de renovar. Eso la animó. Puso a secar sus platos extendidos y soperos sobre una mesa pero la mesa tenía las patas podridas y la vajilla se desplomó contra el suelo en un griterío de añicos. A mi abuelo no le fue mejor: cuando levantó la cortina de su ferretería —aquel negocio familiar del que se hizo cargo a los 14 años, recién huérfano—vio la metástasis del óxido; por más préstamos que pidió, no logró recuperar la inversión. Tuvieron que migrar. A ambos, el duelo les duró el resto de la vida.

Ellos, como tantos habitantes de  Pueblo con Malecón afirmaron que el orden de la vida, de los significados y de los rumbos se revolvió con esa inundación, la de 1955, y nada volvió a ser igual. Vaya, nada volvió a ser. Las noticias, desde entonces, fueron insuficientes. No bastaba saber si llovería o no, qué tromba rondaba, qué pasaba en la sierra. Querían saber dónde fue a parar su confianza, verdadera y definitiva, esa que no se diluye ni con el agua más persistente.

Creyeron en la versión de la pérdida y el desamparo y así, anudada la garganta, lo contaron a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Mostraron las fotografías, impresas y relatadas, de su destino en Pueblo con Malecón. Creyeron, recordaron, se lamentaron durante cincuenta años. Y en ese lapso —no lo saben aún, se enterarán aquí mismo, leyendo— su memoria ha tenido un sentido: de repetirla, tan honda, hicieron un surco profundo en el pasado de la inundación por donde drenaron completamente el agua encharcada de su casa y de su ferretería.  En el relato, a través de las generaciones que se tocan el corazón cuando saben de alguien desposeído, doliendo o migrante, los abuelos están secos y a salvo. Habrá que creer. Sí, llovió, sí, lloverá. Ninguna pérdida es en vano.

 

 


3 comentarios

Una casa, 3.

Cuando mi nana agarró los anillos que estaban en la tarja, junto al jabón de lavar los trastes, no se imaginó que esa misma tarde su patrona iría al Ministerio Público a interponer una demanda por robo:  vio que los anillos faltaban, y que la decisión de ya no aguantarse era mutua. Ni la confrontó. Que fueran alhajas era lo de menos. Una patrulla fue a dejarle el citatorio a la vecindad que te conté.

Justo me acordé del robo mientras esperaba a Greg. Se había bajado a la tiendita a comprar tabaco. Supe que era tabaco (y no chicle en una lata coquetona) porque él me dijo, después de darse cuenta de que me le quedaba viendo porque se había metido un pedazo de algo oscuro entre las muelas.  Greg era diez años más joven que yo. Frunció el ceño detectando un olor no identificado.

—Lavanda—, expliqué. Esos tableros eran un asco. Tenían mugre alrededor del teclado y en el ratón táctil, más abajito. Mugre sobada. Le mostré mi arsenal de toallas desinfectantes. Nos quedaban dos semanas más de rondas asignadas. Él suspiró.

Aproveché todas las veces que se bajó a comprar tabaco para limpiar una parte de la patrulla. Quedó divina. Si me hubiera dejado, hasta una carpeta tejida ponía; en parte, por el crearle el reflejo condicionado de que cada vez que volviera de su vicio se encontraría con todo el rigor de la vida bonita, y en parte porque a mí me sobraba iniciativa. Esa época se trataba de que yo fuera en el asiento del copiloto, llenando formatos de multa y de coches abandonados porque era el entrenamiento básico. Greg manejaba en silencio y no disimulaba que mi presencia era invasiva. La central siempre de fondo, ten-eight, ten-fourteen, ten-twenty eight, eleven-ten, ten-four.  Yo tomaba notas para mi examen, para mi terapeuta, para mis relatos y para mis nietos. Patrullábamos a 10 kilómetros por hora, ocho horas diarias.

En la segunda semana nos bajamos a dejar un citatorio a una de las casas en las colinas. Nos abrió una señora en bata de felpa que cargaba un gato. Por lo general, cuando las personas están frente a un policía —y el policía trae un papel por entregar— tienen alguna reacción de alerta. Algunos usan su voz amableaguda; otros asienten como si estuvieran de acuerdo con todas las leyes de la física, la química y la capacidad soberana y constitutiva de los pueblos. Ha pasado que les tiembla la barbilla, un tic se asoma a saludar, parpadean tanto que se les bota el lente de contacto, carraspean buscando las palabras para desobedecer civilmente si fuera necesario, qué se yo. A veces sólo dicen «ah, gracias oficial». Nos bajamos al dejar el citatorio, la señora fue de esas. Pensé en mi nana. Porque cuando la patrulla había llegado a la vecindad, mi nana no estaba. Y no estuvo más. No procedió la demanda.

Has ido al mirador conmigo. Esa casa en la colina estaba por el rumbo del mirador, desde donde se ve toda la bahía hasta Oakland, en días despejados incluso San Francisco se asoma. Éste era un día sin neblina, el sol picaba. Greg estaba de malas y lo atribuí a que se le había acabado el tabaco o le estorbaba el chaleco anti-balas. De regreso de entregar el citatorio se detuvo frente a la vista a la bahía.  Greg era muchos kilos y centímetros más grande que yo, y se movía poco en la medida de lo posible. Ese día se dio cuenta del tamaño de su inmovilidad.

—Maldito sueldo de policía—, masculló. Y volvió a su silencio, a sus muelas apretadas, a arrullarse con los códigos del 911, a patrullar con el tacómetro zonzo, a transmitirme la inmensa molestia que le causaba que yo estuviera a su lado en la ronda.

La molestia de Greg no me intimidó. Nos subimos a la patrulla y saqué unos chicles de mi bolsa. Le invité uno, sí quiso. Condujo un par de cuadras más en silencio y luego me preguntó cómo llegué a la policía, y le conté. De él supe que le faltaban como veinte años para poder, siquiera, dar el enganche de una casa. Que le gustaba pescar pero no leer, que su esposa acababa de tener un bebé y que el mayor iba al kinder. Le conté de mi separación. Estuvo en silencio un rato más, mucho rato. Me arrepentí de habérselo contado y haber roto el momento. Me preguntó cuándo era mi cumpleaños, resultó que cumplíamos el mismo día. Le hablé de los chakras, de mnemotecnia, de salsas verdes y tortas mexicanas. Me dejó hablar durante las dos semanas; lo vi reírse y luego toser varias veces. Me dijo que no me fuera de la vida sin aprender a pescar. Nos hicimos cuatísimos.

 El sargento me mandó llamar y te sabes el desenlace: fue para bien. Me despedí de Greg en mensaje de texto: abrazos, saludos a la familia, paciencia, cómprate un ventiladorcito portátil, mantén limpia la patrulla :).

Respondió: «Cambio y fuera».

Otro desenlace: cuando veo un policía, no siento su autoridad; las patrullas estaban puerquísimas, y algo en el sistema también. (En todo caso, coopero con la ley por el rigor de la vida bonita y en orden). Pero cuando pienso en Greg sí me cuadro: es el recordatorio de que la vida nos va entregando citatorios que no proceden, vínculos de años que se estrellan en el tedio, amistades que se truncan, miradores que antojan pero están lejos del banco, códigos que informan y aíslan, joyas que embellecen con amargura, encuentros y desencuentros frágiles. Qué ventaja poder huir. Qué alerta permanente nos dejan.

Gracias por quedarte.


Deja un comentario

Una casa, 2.

No habías llevado la ropa a la tintorería y agarraste lo primero que tenías a la mano en ese clóset de puertas de cortina. Tu única blusa mediopresentable, la roja, y la falda de flores que, en sus costuras, te llevaba la cuenta de las veces que subías y bajabas de peso, pero bueno. El local estaba atiborrado. Chin, llegaste primero. Te sentaste en la mesa de la esquina, junto a la ventana, y él frente a ti; diez minutos más tarde.

Le aceptaste el café porque te habías enterado que le gustabas. Y, fíjate, él también a ti sólo que no lo habías puesto en palabras, solo en oratoria de rubor entre las piernas. En tu memoria, era más alto; seguía usando el gel a modo de casco y tenía los tres lunares del cinturón de Orión en su mejilla derecha. Tú sostenías el asa del capuccino y la ficha bibliográfica con el dato de que se gustaban, lista para clasificarla frente al archivero abierto del qué podemos hacer.

Es un decir que él habló cuando fue su turno. Tenía la boca y el cuello conectados con la puerta y cada vez que alguien entraba al local, se interrumpía y volteaba. El policía, haciendo guardia no contaba en su registro, era parte del paisaje. La conversación apenas duraba lo que tardaba la puerta en permanecer cerrada pero, tan pronto aparecía una silueta en el umbral entre la banqueta y la cafetería, había una pausa, su cabeza ibayvenía, y ting, sonaba la campanita del punto y aparte de su atención y dejaba cuatro renglones de silencio. Hablaba visagra. Luego en español, te preguntaba: ¿qué te estaba diciendo? Su expresión era adusta, entre pixeleada y puto el que la lea.

Fuiste paciente. Al principio —con el archivo abierto en E de Esperanza— le marcabas la pauta de su plática:

—que te fuiste a Roma.

—Ah, sí, pues eso—.  (Entraron dos amas de casa, con adicción a la cafeína de media mañana. Ting).

—Que te torciste el tobillo.

—Ah, sí, pues eso. (Entró el jubilado con su periódico. Ting).

Suspiraste. —Que tu mamá estuvo internada.

—Ah, sí, pues eso.

El gel tenía áreas resecas, los tres lunares eran los suburbios de un brote de acné. Temiste. Era una cita desastre. Cerraste el archivero de un manotazo y le arrebataste la palabra, por deporte, por no aburrirte. Y te descoyuntaste con alguna anécdota porque te gusta contar historias. Nadie entraba. En ese renglón sólo estaban él y tú.

—Cuéntame más—, te dijo, recorriendo tu eje pupilas-cuello-escote-dientes.

No habías visto esos ojos desde que se suspendieron las fiestas en casa de Cristina, donde servían tortitas de mole y sandwichitos de jamón con  Cheese Wiz y Kool Aid, cuando replegaban los muebles, contrataban al de luz y sonido, y la muchachada bailaba de 9 a 12 de la noche. Y la fiesta era un filamento de deseo, timidez, inocencia, los cuerpos vigorosos. Todos se veían. Y era la mejor mirada del mundo.  Un día ya no te dejaron a la fiesta y tú creíste que se debió a tu 7 en etimologías o porque, en las esquinas, ya había parejitas que se daban besos y todos pactaban como que no estaba pasando para hacer una barrera entre las manos, las bocas y los papás de Cristina.

Pero fue por la delincuencia, porque empezaron a asaltar en las calles y dejó de ser seguro salir a las casas o a las reuniones. Acabaste uniéndote a las filas de caras largas, en una crisis económica que dejó la mesa puesta para que llegara el narcotráfico. Los miedos de los padres (los de Cristina, los de todos) ya no fueron quién salía embarazada o quién no terminaba el semestre, sino quién llegaba vivo a su casa, a quién le pasó el secuestro express. Se normalizó el peligro, por la devaluación del 94. (¿Por eso él estaba pendiente de la puerta?, ¿por eso estaban en un café con un policía?)  El tipo de cambio, con todos sus efectos secundarios, te habían privado de entender cómo funcionaba el tema de que un hombre, quizás, te mirara. Cuéntame más, dijo. Nadie entraba, y haste de cuenta que te sentías en casa de Cristina; la peor cita desastre habían sido conjurada. Ni falta te hizo el archivero. Qué cerca estaban.

Ahora sabes que debiste de haberle advertido: mira, mi anécdota viene junto conmigo. He esperado este momento toda mi vida. Alguien que no me quite los ojos de encima y que yo, con una anécdota, logre mantenerle los ojos a flote por encima de mi escote. (¿Eso miras? ¿Todas las historias que tengo para contarte?) Enredaste el hilo de la conversación en su cuello. Sus pupilas, negrísimas, concéntricas se detuvieron.¿Quién deja ir unos ojos de asombro? Proseguiste, apretaste el nudo. Apretar y apretar hasta que los ojos se boten y puedas guardarlos en un frasquito, para ponerlos en una botella y contarle a tus nietos, que un día alguien te vio así, que tu voz logró detener el tiempo y hasta el asombro se tomó un café contigo. Seguiré hablando y, si hace falta, tomaré anécdotas prestadas. De la tía, de la abuelita o del papá y otras de la secundaria, que siempre es fuente de vergüenza útil. Tenemos que vernos más veces. Y por eso apretaste la cuerda. Para que se quedara.

Años después, en esa misma mesa, le tomarías una llamada por teléfono, la última que tendrían. Habían quedado de hablar por ese medio, porque te huía. Él se deslenguaría con puntos y seguidos y serías tú quién estaría pendiente de quién entra y quién sale, rogando con el pensamiento mágico que fuera él.  Su «déjame en paz» de auricular se oiría claro y el café sabría a agua de la llave. No eran tus historias, se te quedó viendo porque tu suéter estaba lleno de bolitas por el uso, que desde que te dijo que le contaras más no has dejado hablar. Y tú pensarías en su madre, que le heredó las pestañas largas; qué bien le enseñó a gritar. El de los ojos de asombro, repositorio de tu mejor versión extendida, te llamaría escoria porque descubrió que la cuerda en su cuello era de tu propiedad. Querías asfixiarlo, entonces, ahora, con una amistad. Reventaría la soga y la esperanza, con todas sus mayúsculas.

El local estaba atiborrado. La gente se formaba, dispuesta a pagar un café cuatro veces más caro con tal de ser tuteado por los baristas y tener oportunidad de sentarse en un sillón de terciopelo morado aún con residuos del calor de alguien más, y sentir algún tipo de cercanía. Como tú.  Era el único expendio de café a la redonda. Qué chistoso, no te habías fijado que la casa de Cristina estaba a un par de cuadras de ahí.


4 comentarios

Una casa, 1.

No le digas a nadie que te conté esta historia ni que aprendí a colocarme de vuelta la mordaza.

Apenas podía pasar por el pasillo, había cascos y cascos de refrescos apilados contra la pared. Yo no sé por qué la seguí, por qué iba adelante si siempre que me quedaba con ella se encerraba a ver la television. Grabiel y Grabiela, se llamaba la comedia. Nunca les llamó telenovelas. Nunca abrió la puerta. Ni cuenta se dio cuando agarré mis trastecitos de cocinar y los puse al fuego con bastante aceite para freír unas quesadillas de plastilina verde y hojas secas de geranio que me había encontrado en el jardín. La llamarada llegó hasta el extractor de aire de la cocina. Peor aún, me inhibió la iniciativa de salirme del guión de mis propios juegos, donde siempre era el ama de casa; ese día estaba jugando a que tenía un puesto de fritangas afuera del estadio donde mi hermano jugaba contra la pared.

Si estaba la telenovela ya podía tocar el vigilante en bicicleta que el timbre sonaría hasta que el policía desistiera de solicitar los 20 pesos voluntarios de cajón de las cucharas, ya podía el carpintero reptar por las recámaras tanteando entre los bienes más valiosos de la casa —mi curiosidad incluída— que no habría manera de hacerla salir de su trance ni de su encierro.  A menos que fuera al baño. Y ni iba al suyo en el cuarto de servicio. Me preguntaba, con una cortesía forzada, si podía hacer los orines en el mío. Como si yo hubiera podido decirle que no. Oía cómo le salía un hilo de orina de pocas frases, y la veía correr, igual que corría tras el camión de la basura, con el botito que se le rezagaba entre tantos botes, en una época donde no había composta ni reciclaje ni control remoto. Se encerraba, de nuevo, porque Cuando los Hijos Se Van estaba por comenzar.

Dijo que quería presumirme con su amá. Yo no sé por qué la seguí, confiando, a través de ese pasillo de la vecindad. Por la cantidad inmensa de horas que pasábamos juntas en mi casa, supongo. Era lo justo: que yo fuera a la suya, que le mostrara a su mama quién era yo, la hija de la señora, que por mi culpa salía tarde. La puerta era de fierro sin primer y el vidrio había sido instalado con mastique y dedos; los goznes sin aceite. La casa era un sólo olor a cemento y moho, un cuarto y un foco y un montón de frazadas a modo de cama. Ahí detuve los ojos, en las mantas, una sobre otra; diez, quizás. «Ya llegué, amá. Mire, le traigo a la niña». Yo esperaba el saludo de una abuelita genérica, con tobimedias de mal elástico enrolladas en las pantorrillas y un delantal de flores azul rey con biés rojo. No. En cambio, la amá era una mano vieja que se abrió paso a través de las frazadas y se pescó de mi brazo, y una boca que no tenía dientes, y unos ojos que padecían de cataratas. Grité en silencio, huí despacio porque había perros.

Mi nana no volvería a llevarme a su casa ni hablaríamos de su amá. Tampoco dejaría de encerrarse a ver la televisión por las tardes, abandonándome cotidianamente. Me sorprende que hubiera tenido tiempo para robar, habrá sido cosa de la programación o de Yolanda Vargas Dulché. Es posible que la noche cuando soñé con la mano se hubiera muerto la viejita; me pedía de comer. Odio el sonido que produce la televisión encendida.

Estoy a salvo si te cuento esta historia, o quizás otras. ¿Verdad?


1 comentario

De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.