Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Audiolibro «Usted & la Canción Mixteca», parte 1

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Es emocionantísimo para mí presentarles, como parte de la cosecha de este año, el audiolibro de «Usted & la Canción Mixteca», 2a. edición, primera parte. Contiene música de Ry Cooder, Cuco Sánchez, Horacio Franco y la Banda Filarmónica del CECAM, y la participación especial de @Dislocado_.

El libro (en su versión física y electrónica) está a la venta en Gandhi, El Sótano, Porrúa, Casa del Libro, iTunes, Amazon, y Educal.

¡Gracias por escuchar y leer!

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De lo endeble y otras memorias

Las mañanas de mi primaria iniciaban circulando sobre Eje Central desde Eugenia hasta unas cuadras antes del Viaducto, mientras mi papá me preguntaba las capitales y tablas de multiplicar en un orden predecible. Muchos años después supe que Luz Saviñón estaba a la altura de Brasilia, 8 x 5, y que Cumbres de Acultzingo era por ahí de Varsovia, 6 x 7. Y yo siempre me distraía al llegar a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes porque el edificio estaba decorado con mosaicos de colores y una historia:  un lago al centro; frailes evangelizando a los indígenas arrodillados, una escalera con la leyenda «social», un avión, un mapa de México, un átomo, una cruz; una serpiente emplumada color jade bordeando el edificio y los ojos de un dios al lado de un herrero, un campo petrolero junto a un árbol con un indígena en su tronco y a los padres de la patria en sus raíces. Ese mural era mi segundo favorito de la vida, el primero era el del Teatro de los Insurgentes.

El 19 de septiembre de 1985 oí a mi mamá gritar, llamándonos a mi hermano y a mí. Respondí con el «voooooy» universal de los hijos. Su voz no se parecía a ninguna que le hubiera escuchado antes. Bajé las escaleras rapidísimo, ya de uniforme y peinada. Jack bajó conmigo. Eran las 7:20 a.m.

—Está temblando— dijo mi mamá, mientras nos conducía a un patio interior, amplio, donde mucho, mucho tiempo después yo llevaría a cabo el acto que me habría de convertir en locadelamaceta.

Temblaba. Y yo no sabía si el temblor consistía en los faroles de la pared, columpiándose, si así se le llamaba a una barda de ladrillos cuando parece que se va a derretir, al olor a gas, o al ruido del miedo en silencio. Los que estuvimos ahí sabemos de qué se trata un temblor; y el martillazo de las grietas y los vidrios reventando.

Mi papá estaba de viaje. Me contaría, ya de adulta, que la televisión en Miami pasaba y pasaba las imágenes del sismógrafo, con la aguja desbordando la gráfica. Adelantó su vuelo a la Ciudad de México.

—Ya no hay Ciudad de México—, le dijeron en el aeropuerto.

Por ese viaje, mi mamá nos llevó a la escuela. Jack cursaba primero y yo, cuarto. Nadie me preguntó las tablas de multiplicar ni las capitales. Tuve que ver por la ventana. Había gente en las calles, en núcleos de ¿qué te pasó? Un policía nos detuvo, cerrando el paso, unas cuadras antes de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. La torre, con las antenas, se estaba incendiando. El dios al lado de un herrero había cerrado los ojos, rumbo al inframundo. El edificio estaba en ruinas.

Volvimos a la casa. Mi mamá me puso a colectar agua en unas cubetas. El piso se enlodó un poquito por las huellas de mis zapatos y yo decidí que era importante que el suelo estuviera limpio. Eché tres o cuatro de las cubetas mientras el agua seguía tirándose en la llave hasta que el piso quedó blanco de nuevo. El líquido cayendo se mezclaba con la narración de Zabludovsky en el radio. Le admiro a mi mamá que no me hubiera regañado. Hoy sé qué estaba escuchando en ese reportaje.

La noche del 20 estaba viendo a los Superamigos. Mi mamá hablaba por teléfono con uno de sus hermanos. Jack dormía. Otra vez esas dos palabras, hecha una, como impulso de huída: está-temblando. Mi mamá cargó a mi hermano y yo bajé aprisa las escaleras. Salimos al patio, a la pesadilla de un temblor de noche, a la intemperie, desmoronando la poca estabilidad de las últimas horas. Jack vomitó. Mi mamá se mantuvo serena y activa regalándome un ejemplo para todas las situaciones de emergencia que me han tocado vivir. Mi papá llegó de viaje en un taxi, creo. Dijo que el avión aterrizó sobre una masa negra porque no había luz en la ciudad. Nunca supo lo que vivimos sin él. Las ambulancias no pararon de sonar, por días.

Desde hace 31 años duermo con los zapatos al pie de mi cama y una linterna en el buró. A veces me pongo a limpiar cuando me estreso. Nunca más volví a ver los Superamigos, por inútiles. Me cuesta trabajo pasar por Xola y Eje Central.  Tuve que ir a clases los sábados durante varios meses de ese cuarto de primaria. Tengo bloqueada la tabla del 9, la del mes de septiembre.


Continuará…

Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para sólo hablar acerca de mí en un blog.

Y sí, lo dejé todo: dejé de ser mi tema y referencia. Suspendí la escritura, moví el jenga de mis hábitos, me fui a parar en la entrada de un distrito escolar y pregunté por dónde comenzaba. Me mandaron al segundo piso. Coloqué una maceta y postales de colores sobre mi escritorio asignado; casi me mato, obtusa, reclinándome en la silla ergonómica. Le gruñí a la  balastra estúpidamente brillante que no ha dejado de cansarme la vista desde entonces. Después de dos millares de correos electrónicos y juntas semanales con más números que palabras entendí que la situación estaba empezadísima y que mi presencia de comunicóloga, maestra y creadora no iba a cambiar gran cosa en la misión de hacer que los niños permanezcan en la escuela  mientras su padres luchan contra la alza majadera en los precios de la vivienda, las grietas de entendimiento entre primeras y segundas o terceras generaciones, las urgencia de obtener los papeles, la tensión por las elecciones y su incertidumbre, y la vida siendo vida.

Luego conocí a Rosa.

Apenas hacía unas horas ella misma se había bajado del camión e ingresado al hospital. La darían de alta en un par de días más. Entré a la habitación con tiento; el bebé ya se había prendido al pezón, el gorrito azul se movía apenas, mientras succionaba. Rosa estaba agotada y me aceptó que le pasara el té de manzanilla de la mesa, a un lado. Le expliqué que el hospital me había contactado por mensaje de texto porque hacía falta doula de post-parto que hablara español y por eso estaba ahí, visitándola. Rosa, de unos veinticinco años, tenía poco de haber cruzado la frontera, embarazada. Yo sabía, por su expediente, que tenía otro hijo. Quise saber dónde estaba.

—Se quedó en El Salvador.

No lloró porque estaba dando (no dando el pecho, pero sí se le oscurecieron las sílabas. El bebé se asía a las gotitas de calostro, ella recordaba. Rosa, Rosa, ¿en qué te ayudo, además de venir a verte al hospital? Yo podía ver las memorias en sus ojos. Podía hablarle de lactancia y de cuidarse porque estaba recién parida, datos que seguramente no le eran ajenos. Era más grave hablar de su condición de estar sola en otro país, de lo que dejó en su país. Con la credencial de doula y la cicatriz de haber migrado, le hablé de los nueve duelos simultáneos: perder su idioma, su tierra, su cultura, su trabajo, su casa, su familia, sus amigos, sus certezas, el mundo como lo conocía. Los nueve se le reactivarían y rodearían el décimo del puerperio sin ayuda. El bebé dejó de chupar y quedó dormido. Rosa terminó de escucharme, me miró. Tenía pecas y calor y brazos fuertes y calcetines verdes. La abracé. Le entregué una tarjeta con los contactos de una organización de protección al migrante donde podrían ayudarla y que conozco por mi trabajo en el distrito escolar. Rosa sonrió.

Salí del hospital cuestionándome qué más podía hacer al hablar de permanencia o de pérdidas. No tengo un diploma, sólo sé hasta el tuétano. Hasta el útero. Hasta el pasaporte. Hasta el juzgado. Sé que las pérdidas son parte de existir y, en lo profesional,  es cierto que la vivienda, la educación y la vinculación influyen en el bienestar de una comunidad y, sin embargo y al final, la calidad de vida de esa comunidad dependerá de cómo elabore sus duelos. Rosa me inspiró para inscribirme en un curso de certificación en consejería de manejo de pérdidas significativas. Dura dos años. Ya estoy en el módulo uno.

La llamada de aplicar mi experiencia está vigente, aunque no desde la renuncia. Al contrario: trayendo todo lo que tengo y soy, no acerca de mí sino desde mí. Es la vocación de continuar, y ayudar a esa continuidad. A veces me tocará ver nacer, otras acompañar en lo que ya no está. Quizás lo narre o le ponga voz. Todo adquirió sentido en mi interior. Seguir, después de nacer, o de morirse nueve o diez o todas las veces. La vida siendo vida, y yo a su servicio.

Para Alexander y Jacobo, hijos de Rosa.

 


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Episodio 30- Tres relatos para creer

Estos son tiempos difíciles. E interesantes. El humor es uno de esos asideros donde nos sabemos humanos, todas las veces.  Voz en texto de: Escenas de Amor, de Orsai; Futbol 2, de Alessandro Baricco; Clapton es Dios, de José Agustín. 

pd. Gracias a Zeudi Ibarra por facilitarme el texto de Los Bárbaros. Un abrazo hasta Paraguay.