Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Devolver al remitente

Vida,

Me llegó este paquete y te lo quiero devolver. Gracias por habérmelo enviado porque, si no fuera por su contenido me habría muerto en la infancia en el más absoluto desamparo y en la adolescencia por atrabancada.

No me lo puedo quedar porque lo que creo ahora me pide que revise el origen de mi sufrimiento y en cuanto me topé con el paquete te lo quise devolver con urgencia. Con cariño, te regreso todos tus imperativos. Estoy desterrando cada uno de los verbos en forma de orden para ser obedecida, desde la cotidianidad del «come», «recoge», «limpia» o «paga» hasta el megáfono del «calla», «demuestra», «oculta», «controla», «aguanta», y hasta el «ven» y el «quédate» más seductores. No le pondré mi nombre, sabrás que el paquete es mío. Donde decía FRÁGIL, por fuera, está tachoneado; cuestión de precisión: frágil yo cuando obedezco y no es a mí, creyendo que habrá un premio al final del camino.

Si haces un inventario, verás que tomé «escribe», «explora», «perdona», «disfruta», «deja ir» y «resuelve». Los elegí por voluntad, son las insignias de mi autonomía. Quizás notes que el embalaje original quedó medio forzado, valga el campo semántico. Resulta que quedó un espacio justo del tamaño de mi necesidad de dar explicaciones para no sentir culpa. La recibirás igualmente. Ojalá el paquete llegue con bien. O se pierda el camino.

Con alivio, abrazando mis fortalezas,

Locadelamaceta, disidente.


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Oriunda

Busco en mí con un gesto bastante similar a buscarme las llaves en los pantalones, con ese susto idéntico a que no esté y me quede fuera, con esa fatalidad de qué voy a hacer si lo perdí. La diferencia es que siempre encuentro las llaves, aunque sea en la bolsa de mano y varios días después. En cambio, eso que busco en mí me dejó fuera desde hace años y sólo ahora me doy cuenta que ya no cargo la esperanza de que me deje pasar de nuevo ni la nostalgia por los tiempos que pasamos juntos. Hablo de mi país. Nada queda de aquel lugar que conocí y amé. No existe por fuera, quiero decir. Y ese hecho me ha desollado las ganas de volver alguna vez. Yo también le cerré la puerta. Qué bueno que no cargo manera de abrirla.

Busco en mí con un gesto bastante similar a quitarme el frío, con esa diligencia frotadora que tiene paciencia y buena mano, con esos apretoncitos de aquí estoy y no necesito hacer más que estar. La similitud es que siempre encuentro motivos de calidez, aunque sea con otro sol que es el mismo sol. Nada ha cambiado eso que busco en mí está intacto desde hace años y sólo ahora me doy cuenta de que no se destiñeron los colores, no se encogieron los parques ni las casas, nadie de mudó de código postal. Hablo de mi país. Todo queda de aquel lugar que conocí y amé. Existe conmigo, por dentro, quiero decir. Y me devuelve las ganas de volver alguna vez. Abro las ventanas a cada recuerdo, cuando me visitan. Qué bueno que aflojan todas las cerraduras.

Soy migrante. Y oriunda de Buscar.


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Quizás-destino

Este amor no se parece a ningún otro. Es decir, a otro amor que hubiéramos tenido ni a otros modos de latir o de añorar o de tener.

Para empezar no llegaste a salvarme, no te rescaté del tedio, no nos preguntamos dónde habíamos estado todo este tiempo, no regalamos la brújula de las metas al ropavejero. Sí te paraste al pie de mi fortaleza, tocaste una vez (y no escuché porque estaba metida contándome los cuentos que me cuento), tocaste otra vez y me asomé a preguntar qué se te ofrecía. Sí me mostraste los brazos repletos de las expectativas del día y de épocas varias y de ganas de intentarlo. Abre, me dijiste, mientras te decía que abrieras.

Para continuar, no te necesito. Yo me cuido sola, me regalo atardeceres y orgasmos, me traigo el café a la cama y soy admiradora de mi trabajo. Tú tampoco me necesitas: no andas buscando una mujer que le cambie la gasa a tus heridas sirviéndote y endiosándote a cambio de tu atención; además, tiendes tu ropa y has aceptado el perdón que te ofreciste. Sin necesitarnos, atesoro que estés aquí. Te aprecio y siento cómo valoras mi presencia. Nos vamos derritiendo la independencia con ternura y gratitud y hay algo de milagroso en ello a estas alturas de la vida.

Para que sepamos: si me rompes el corazón, te lo rompo de regreso hasta hacerlo polvo y puedas meterlo en un frasquito y lo tengas que traer atado al pecho sujeto con un arnés que te perfore las costillas. Si soy yo quien te rompa el corazón, no te discutiré el derecho de aborrecerme a perpetuidad. Como no podemos ofrecernos la garantía de que nuestro final estará libre de rasgaduras, ambos elegimos poner este vínculo a los pies del crecimiento, como ofrenda. Y esa elección, sumada a ciertos detalles dulcísimos, chistes bobos, esas hormonas haciendo de las suyas al acercarnos y fe en que todo puede salir mejor de lo que uno cree, ha hecho que este amor no se parezca a ningún otro.

(¿Ves ese punto donde nos encontramos al besarnos y hacer acuerdos?, ¿donde tú eres yo y yo soy tú y formamos algo antiquísimo y del futuro? Ahí: vamos como nunca hemos ido. Me late, lo añoras, tenemos que, sí). Los dos sabemos, claro, que no hay nada original en esta declaración de creernos únicos. Lo decimos porque estamos celebrando que esto no se parece a nada que hayamos vivido, el dato de que quizás nuestro destino sea estar juntos. Y, mientras vamos, no te fijes en mi tendencia reactiva de caminar muy erguida para ahuyentar fantasmas y yo haré caso omiso de cómo insistes en dominar el temblor de tu voz.

Quizás-destino. Y ambos envalentonados por hábito, muriéndonos de miedo.


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Ocasional

Ya sé que, a veces, me aloco.

Tuvo bastante que ver el cambio de cubículo. Ahora estoy en una que tiene una ubicación de privilegio: no por el título nobiliario corporativo sino porque está en la esquina donde convergen tres pasillos y desde aquí mi Antonio Machado interno —con una ligera influencia de Esquemáticos Anónimos— puede clasificar todos los tipos de andar y hacer camino sobre los mundos sutiles de la alfombra industrial. Uno de los pasillos proviene del baño. Todos los modos de andar, insisto. Además, tengo una ventana a mis espaldas con vista a una estación de bomberos. Son muy ordenados esos muchachos: ponen los trapeadores a secar en hilerita, hacen su calistenia al sol, sus mangueras son una obra de la estética refractaria, izan y arrean la bandera como si se les fuera la vida en ello. Adoro venir a mi oficina y sentir ganas de contar lo que veo.

Lástima del mareo. Desde que me cambié de oficina sentí oleadas de energía queriendo expandirse a través de mí, como un escalofrío. ¿Qué sería? El progreso, quizás, invitándome a seguir avanzando, tú dale Miranda, escribe, conecta, confía, deja que el futuro se acomode; el miedo, quizás: ten cuidado Miranda, no te identifiques con lo que hay, acuérdate que cae el telón y nada ni nadie era como parecía; el control, quizás: porque ¿no te parece que esta es una buena época, Miranda?, ¿cómo puedes saber si es verdad?

Detesto no poder ver a través de las sombras de mi percepción. El escalofrío continuaba y yo no sabía de dónde provenía. Ya estaba temiendo que las ventajas del cubículo soleado y estratégico se estuvieran diluyendo, justo cuando cada personaje de esos tres pasillos comenzaba a formar parte de algún relato en borrador y los bomberos redefinieran el pan de cada día dánoslo hoy y yo empezaba a creer que vendría otro duelo y le rogaba a la vida que no tocara otras instancias que me llenan de gozo, que puedo ser funcional y clara y objetiva, si me esfuerzo e *inserte pánico potencial*.  Apenas voy saliendo adelante, vida. No chingues, no me lo quites.

Guardé calma-cama.

Cuando volví a la oficina, unos días después, me encontré una nota del Jefe de Mantenimiento. No era la vida jaloneándome la lucidez sino un mini-refrigerador que estaba junto a mi escritorio, interfiriendo con mi temperatura y mis otolitos. Tanto qué ver y ni me había fijado que estaba ahí. Se lo llevaron, porque estaba descompuesto.

No sé de verdades universales, pero sí de aquello que es verdadero en mí: la vida a través de mis ojos y mis oídos, eso que siento con intensidad desproporcionada. Ya sé. Me aloco.

Sólo a veces.

 


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Nuestro aniversario 10+1

Adorados lectores:

El día de mañana, trece de julio, este blog cumplirá once años. Es nuestro aniversario: de ustedes y yo juntos, coincidiendo. ¿Hay algún post, alguna entrada que hayan subrayado y esté cerquita de su corazón? Díganme cuál y yo lo añado a la celebración (y si quieren ponerle imagen o caligrafía, la idea es —por supuesto— bienvenida). Anden, anímense.

¡Ah! También regalaré tres libros. ¿Saben de alguien a quien le gustaría mucho recibir uno? ¿Me cuentan un poco más de esa persona?

¿Listos(as) para participar pero no saben a dónde enviar la comunicación? Facilísimo: mlocadelamaceta@gmail.com

Los abrazo,

M