Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


Desde el núcleo.


Desde el núcleo.


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Ciudad compartida

[Avenida División del Norte y Gabriel Mancera]. Un joven espera el cambio de luces, acerca el cigarro de madrugada al encendedor del tablero de su Caribe. Mete primera y avanza. Un conductor borracho se pasa el alto. Ambos autos son pérdidas totales instantáneas.

[Avenida Universidad y Parroquia]. La mujer de la sandalia deshecha, bufando, con un niño a cuestas en el rebozo y dos hijos aterrados en cada mano, jalándolos en el cruce a media calle.

[Calle Luz Saviñón y Avenida Cuauhtémoc]. El « no» de garganta y grietas del hombre que hablaba por teléfono público; su grito sin soltar el auricular, hasta que se arrodilló en la banqueta, llorando.

[Calle Nebraska]. Se soltó la granizada. El parque se vacía; los niños, sus mamás y los transeúntes se resguardan bajo los toldos de los puestos, es día de mercado. Un joven lleva rato cambiando una llanta, quizás es su primera. Una muchacha lo espera en la entrada de un edificio. El joven no se despega de la llanta, el granizo arrecia.

[Esquina de Avenida Popocatépetl y Saratoga]. El abuelito y su intento por detener la descarga del infarto, aferrándose a la vida contra su codo.

[Bancomer, glorieta del metro Etiopía]. La viuda en la ventanilla, el tono reverente y dulcísimo con que se dirige a la cajera, disculpe la molestia-podría verificar-si ya pasó el depósito de mi pensioncita. El «venga mañana», genérico.

No pasa un sólo día sin que piense en esas personas. Coincidí con ellas, compartíamos la ciudad. Me pregunto para qué.


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Al día siguiente

             Recalenté el café. Me había entretenido en el scroll de Twitter, ni supe cuándo amaneció. Giré el asa hacia el frente, sostuve la taza entre mis manos para calentármelas, a falta de fogata. Este era un frío que desolaba. Preparé huevos revueltos, pan con mantequilla. Tomé tres mandarinas del frutero. Puse la mesa con servilletas de otoño. Llamé a mis hija a desayunar.

             Mini Dancing Queen, modorrísima por la desvelada, comió en silencio. Victoria Luminosa, preparatoriana, frunció el ceño desde dentro de su segundo vaso de leche. ¿Por qué estás tan tranquila, mamá?, me preguntó en nombre de ella y de su hermana. Es calma, no tranquilidad—le respondí. No era el primer «al día siguiente» en mi vida. Ahora creo que me pedía pautas de qué pensar, qué sentir, qué esperar, qué hacer al día siguiente de presenciar que el peor miedo se hubiera cumplido. Yo solo sé una directriz: la vida continúa, hija. Suspiraron. Salimos rumbo a la escuela, ellas; y yo, hacia mi trabajo.

            Tomé la autopista 280. Cuando algo me atribula, me basta llenarme los ojos de coníferas mientras atravieso las cinco salidas que separan a mi suburbio del distrito escolar donde está mi oficina; ese día, más tarde, tendría una junta con padres migrantes, el paisaje me ayudó a buscar palabras y estrategias. La autopista, las avenidas, las calles, las fachadas: idénticas a cualquier otra mañana. Entré al edificio, el vestíbulo estaba sin gente. Subí al segundo piso pisando los eslabones de ¿ves? todo sigue igual, la vida continúa. Caminé hasta mi cubículo. El silencio era insportable. En uno de los cruces de los pasillos, había gente reunida. Los saludé, me devolvieron el saludo. «No podemos creerlo». Ah, la frase característica del día siguiente; asentí. Nos ofrecimos aceites esenciales, pañuelos desechables para los sollozos que interrumpieron las juntas y cada interacción. Estar, hablar dónde estabas cuándo te enteraste, Otro rato en aquel ánimo de velorio dislocado. Nos dispersamos, cada quien hacia su cubículo, con pasos de insistir: esto no está pasando

Abrí mi computadora, tecleé un buen rato, mandé a imprimir el documento, fui por él a la impresora. Algunas personas no habían participado en el shock colectivo que se improvisó en el cruce de pasillos; sonreían y cuchicheaban. La vida sigue, me dije. Qué bien. Una de esas personas me preguntó cómo estaba. Le conté que estaba preocupada por mi junta de ese día, más tarde. La persona se puso de pie y me quiso abrazar. «Lo siento mucho por ti y por tu gente. Mucha suerte siendo mexicana en Estados Unidos». Asentí al descubrir por qué sonreía esa persona, era republicana en 9 de noviembre de 2016. Volví a mi cubículo. Perdí la calma. Ninguna experiencia previa, de noche o de día, pudieron hacerme immune al miedo que sentí al recibir aquel abrazo de alguien que celebraba el triunfo de Trump. Yo quería salir corriendo. Qué jactancia, la mía:  creer que sé algo acerca de cómo funciona la vida. Sí, continúa. Hay rumbos espantosos.

Para la bitácora: pasado el shock, en la tarde del día siguiente de las elecciones presidenciales, miles de ciudadanos norteamericanos salieron a protestar en las calles de algunas ciudades; San Francisco, entre ellas. Los padres migrantes no se presentaron a la junta.


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En punto

Siempre a las cinco. Bajo del segundo piso desprendiéndome los hilachos de correos electrónicos que se quedaron pendientes en la última junta de la tarde. Atravieso el vestíbulo, mustioquieto. Tanteo en mi bolsa hasta sentir el espiral amarillo que uso de llavero. Abro la puerta derecha del edificio, rumbo al estacionamiento. Y todas las veces, siempre a las cinco, en lo que camino rumbo a mi coche, atravieso un corchete de viento. Huele a sal. Yo podría dejar pasar ese olor y asociarlo al puerto cercano. El puerto es parte de la bahía que pasa por debajo del Golden Gate y desemboca en el Océano Pacífico.

El rojo del puente fue, por años, la última visión de los soldados recién abrazados, enviados a pelear a Japón y la primera imagen a su regreso, después de sobrevivir a la guerra, algunos como prisioneros; ese mar y yo tenemos una historia de mensajes en botella a lo largo de la costa, pasando por Cabo San Lucas, Puerto Vallarta, Choluteca, Quito, Lima y Valparaíso; «así huele una mujer cuando el destino le roba un beso» leí alguna vez frente a la costa y todas sus orillas y las mías; colecciono momentos bajo el prisma de un faro, acantilados, la lucha de poder de la roca y el agua, unidades de muerte.

Podría dejarlo pasar, decir, nada más: son las cinco y huele a sal. No quiero, ¡qué tristeza! El día que pueda nombrar ese olor sin que me escueza la memoria habré perdido significados importantes. Huele a sal, me digo, y qué maravilla que no me sea indiferente. Qué consuelo trabajar en una oficina y seguir sintiendo, en punto.