Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Salir del Invernadero

El Centro, experto en dictar cuál es el orden de todas las cosas, se encargó de hacerme saber, a lo largo de los años, que había algunas expectativas sobre mi modo de conducirme en la vida. La prioridad, dejó claro, es que no seas motivo de vergüenza. Después, que seas esposa hasta el último día de tu vida y madre que obedece al Centro: la que obedece, no se equivoca. Y la que no se equivoca, no avergüenza. Facilísimo. Mi profesión, como tal y de haberla, era lo de menos. Ah, y bajo ninguna circunstancia, alterar el para qué de los objetos; por ejemplo, sembrar una planta en una tetera. Y mucho menos si es de plata o heredada: se ha sabido de tías a favor de la anarquía que comenzaron así, con esos gestos domésticos.

—Oye, Centro, pero yo quiero escribir. Y no me siento segura ni feliz en este matrimonio. Y quiero criar hijas libres, mujeres en sí mismas. Y ¿ves esta ensaladera tan grande? Parece que pide tierra y raíces.

El Centro me preguntó qué parte de la prioridad no había quedado clara.

Entonces me enteré de una mujer que tenía tres apellidos, allá por mil novecientos cuarenta y tantos. Y que su futuro marido estaba desagusto con ese hecho porque cito: “ella parecía más que él”. Ella —que, sospecho, también sabía de El Centro—modificó su nombre para ser una buena esposa. Uno de sus apellidos era Miranda. Así que cuando decidí inventarme un pseudónimo y obedecer la prioridad, tomé aquel nombre cercenado. De apellido me puse Hooker, por un disco que tenía cerca de mi escritorio y luego, con el paso de los años y de desmenuzar el para qué y el cómo y el dónde y el dentro de las casas y su vida diaria, muté a hacia Locadelamaceta. El no equivocarme, a decir del Centro, me duró poco pues decidí terminar un vínculo eterno con quien nunca quiso estar casado conmigo y me adentré en la crianza respetuosa de las hijas y a descubrir mi faceta profesional. Hice todo mal. Pero, al menos, no usaba mi nombre y la prioridad estaba intacta.

He escrito esta página desde 2006 hasta hoy. He ofrendado mis significados a quienes me honran con el favor de su visita, he hecho amigas y amigos muy queridos a partir de mis letras y de su lectura, he hablado de mis duelos más hondos y del viaje de maternidad, he intentado hacer poesía y repasado la parte de atrás de la prosa, he publicado y podcasteado y mostrado la perseverancia de mi corazón creativo. Y, en aras de no ser identificada y de traer deshonra a El Centro, jamás he podido firmar un escrito con mi nombre. El pseudónimo, que me protegía de las equivocaciones y de ser excluida, me convirtió en una niña perpetua viviendo en el relato de alguien más. Un retoñito que, además de todos los mandatos, no debía crecer.

Miranda Locadelamaceta me salvó la vida. Parpadeó mensajes en clave cuando yo no podía nombrar lo que vivía. Me mostró lo intrincado del proceso creativo, el placer de empezar y terminar un proyecto, la importancia de conectar y coincidir a través de los medios electrónicos, la gratitud inmensa de conocer en persona y tomarme un café con quien me lee, entregar un libro en la mano o por correo. La amo y siempre estará en mí. Somos una y la misma. A la vez, no me corresponde estar librando las batallas con las estaturas ajenas. E incluso, no podría quedarme quieta: soy más que una mujer que escribe. Y, por esa complejidad, el único mandato que me rige ahora es ir a donde el alma me llame por mi nombre, el que me corresponde, por derecho, para nombrar mis obras, incondicionalmente, y no sólo por la medida de mis aciertos o de la pertenencia a mi sistema de origen y que también, por salud mental y progreso en mi evolución como adulto, es indispensable dejar atrás. Sé que ustedes podrán hacer ese cambio de hábito y seguiremos acompañándonos y creciendo juntos, juntas.

Plena,

Michelle Remond


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Día libre

Cada quince días, si la cama tibia y mullida no dicta lo contrario, mis hijas y yo salimos a caminar el domingo por la mañana. Nos gusta ir a una presa que está cerca de nuestra casa. Ahora que lo pienso, estamos rodeadas de agua: al oeste y unos 20 km, el Océano Pacífico; al este, casi a la misma distancia que el mar, la bahía. La presa está camino a la costa. Le tenemos cariño porque la vimos agonizar durante la sequía y resurgir de sus bordes hasta volverse a llenar. En la presa se me ocurrió el texto del cuadernito negro y varias veces corrí, aprisionada, porque huía del monstruo de la ansiedad. Tenía mucho que no íbamos a caminar y lo hemos retomado.

Ahora todo es diferente por el tema de la distancia social. Hay de todo: caminantes, corredores, amigas en par que avanzan en el sendero y las novedades, mamás embarazadas, papás empujando la carriola, bebés enfundados en cobertores, familias que deciden qué buena idea, familias que refunfuñan a qué hora se nos ocurrió venir, ciclistas con paciencia de santo. Nosotras, a veces juntas (y eso es impreciso: mis hijas adelante con su zancada de jóvenes y yo atrás, entusiasta, sororal y a favor de la unidad sin que se me note demasiado, creo, que voy trotando para seguirles el paso. Con los lentes empañados); a veces cada cual por su lado y quedamos de vernos en algún punto a una hora.

En todos los casos, siento una admiración tremendísima por esos niños y niñas que a los dos años ya andan en bici sin rueditas como un moscardón encantador entre los espacios disponibles que dejan las piernas de los adultos. Y me uno al «seas mamón» que pronunciamos en silencio los de a pie cuando un individuo en monociclo nos rebasa. Procuro detectar a las mujeres de más edad, sobre todo a las ancianas, dueñas de su fragilidad, de sus pasos, a veces, milimétricos. Rodeadas de árboles, de piedras, de arbustos y de hojas en todas las facetas, están más bellas y enteras que nunca.

Intenté crear una lista de reproducción con música que me marcara el paso, y desistí. Me he quedado con Bach para crear esos momentos de exaltación hasta las lágrimas, para mi lucha permanente contra la indiferencia y el coolness, para llorar a gusto y sentir que me pierdo en el paisaje, porque el resto del tiempo debo estar bien definida y clara, saber a dónde voy y qué quiero y con quién y para qué. Cada semana me canso más, me fastidio de querer controlar qué sigue. Entonces Bach, entonces la presa, entonces el sonido de mis tenis en el rumbo y el sonido de otros pasos a 2 metros reglamentarios de distancia, y mis hijas adelante, como brújula, entonces me quito los audífonos, entonces el reflejo del sol en la superficie del agua y el instante es una burbuja que se eleva.

La caminata no dura mucho, 40 o 60 minutos. Algo tiene el acto de salir a caminar con las hijas, siendo hijas de la vida, que nos acerca y inspira. Aprovechando la energía renovada, nuestras canciones de salir en auto y la escala en el café, el regreso es un desmadre de júbilo. Cuando volvemos a casa, ellas retoman su adolescencia y me dejan fuera, como dictan todos los mandatos del desarrollo, y yo pienso en la anciana que seré. Y así, hilvanando los domingos, voy atravesando la pandemia aprendiendo, desaprendiendo y reinventando qué me significa la libertad.

Crystal Springs Reservoir


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Perspectiva

Ella acunó mi tristeza hasta cerrar la compuerta oxidada de las lágrimas. Horneó pan con levadura sobre los rescoldos de mi enojo, vio mi hambre y mi alacena. Acuérdate de jugar, me dijo; y nunca necesitó palabras. Hilvanó a mano las cortinas para cada ventana con vista a la angustia. Sembró un geranio donde yo sentía vergüenza por mis errores. Cantó, cada noche, y la ciudad callaba un poquito queriendo escucharla.

No contradijo a la ley de causa y efecto ni se vistió de promesa elocuente. No buscó la salida por mí aunque la de emergencia estuviera, bien señalada, siempre a mi alcance. No me tuvo lástima ni me permitió que ése fuera mi reflejo, no aseguró que el futuro sería mejor o yo distinta, no invirtió en la leyenda del alivio futuro.

Hizo eso y tanto más con una sola frase; la de atravesar dificultades, paciencia de rodillas turbias, juglar de tantas épocas inciertas. Convencida, sin pretender convencer. Una mención, como si cualquier cosa:

Así se presentó el día.

Convierte cualquier momento en mirador y en litoral: los días no están fijos, se presentan, cargan, se despiden, llevan. Es el único pronóstico que necesito. Me gusta su linterna integrada, como casi todas las enseñanzas de las abuelas. Traigo esa frase envuelta en el cuello para cuando me tiembla la voz a punto de llorar.

O de reír.


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De nombrar, libres

Yo le llamaba Banco de Palabras, pero no tenía filiación alguna con el sistema de bancario, ni de ahorro, ni de crédito. Era una libreta amarilla que cabía en la palma de mi mano, en la bolsa trasera de los jeans y en un compartimento de la mochila de transportar la computadora, y hasta en mi axila o entre el tirante del brassiere, si una taza de café me ocupaba la capacidad de sujetar. Dormía en una esquina de mi escritorio, con vista a la ventana, más cerca de la orilla que de la lámpara del centro.

La comencé hace unos cinco años, cuando estaba aprendiendo a hablar otra vez. Yo estaba harta de por lo tantos, y de reclamos y de hubieras y de si tan solo, ya no tan sola. ¿Quién dice qué significan las vivencias? ¿Quién le otorga nombre a lo vivido? A falta de respuestas cósmicas, en vez de esquivar esa cuestión y algunas palabras en los libros, me dediqué a escribir la definición de lezna, alicaído, gerifalte, pavonado, melifluo, inope, sitibundo, brizar, conforme las iba encontrando. Para leer y entender. Para leer —el único espacio a salvo de mi mente— y saborear y crecer. Que la vida renaciera en la botica del lenguaje, laboratorio de alquimia.

En mi libreta amarilla apunté tres veces «inmarcesible» y, a lo largo de los años, fue lindísimo toparme con mi asombro, mi despiste y una palabra viva. Porque las palabras jamás están inertes. Juegan con nosotros, se nos aparecen ocultas en sueños esperando a que las invoquemos, se visten de gala o de barriada, saltan el xilófono, emergen de los montes y las fronteras, los edificios y lo doméstico. En mi libreta amarilla apunté la diferencia entre emigración e inmigración, términos que abrazo con mucha ternura, y que «jonuco» es el espacio que hay debajo de la escalera de una casa, y todas las voces que me acompañaron para crear el canto XII del Diccionario de Intimidad en “Casadentro y Otras Memorias“, y así, cientos de ejemplos que enjuagaron, generosamente, todos mis duelos.

Ayer me di cuenta de su ausencia, y auch. La ventana, quizás, le contó de un mundo más vasto y la libreta, oriunda de los bordes, saltó al cesto junto a mi escritorio, el que va al contenedor del reciclaje. Será, tal vez, cartón y caja. O pulpa y segunda libreta. O bolsa de papel en el supermercado hippie. Me dolió haberla perdido, por supuesto; tanta devoción que le invertí a mi compañera, tanta tinta azul y letra bienhechecita, horas, hilos que iban sosteniendo significados y mundo. Ahora que lo pienso, me regaló la respuesta que yo anhelaba: nombrar es ordenar quietud. Anclar, decir dónde empieza y dónde termina lo vivido, lo que fue o es. Y las palabras, igual que nuestras vivencias, se rebelan ante las versiones oficiales y la inercia. Huirán, y tendrán razón. Si hemos de acumularlas, que sea para que circulen sin restricciones.

Buen viaje, maestra, libreta libre. Gracias por todo.


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Brindis de cambio de año

La casa en silencio, un cuaderno. Un proyecto.

Ninguna garantía, excepto el llamado a cambiar de orilla y a nombrar. Creación aunque sea, todavía, de palabras de lodo. Sostener el hilo de la cometa que nos sostiene, el viento de las horas y los significados, olvidarlo de noche, retomarlo de día, en las primeras horas, todas las jornadas, los años que tome, con sus días bisiestos y la flojera que, a veces, prolonga su visita.

Un proyecto tan amado que devuelve la mirada como persona. Enamora, dice «Ven». [De nombre íntimo y propio, de oficio asignado por las ganas]. Ideas dispersas que revelan su filiación, tan egoísta frente al sufrimiento en las fronteras, tan hondo y hogar, de la paz que aporta. Descubrir que incluye mentores y brújula, alterar el orden de las certezas. Revisar notas solteras y descubrir un tema que insiste. Resistir la tentación de anunciarlo; sus bordes que cortan, su altura vaga, atravesar la neblina, sus esquinas olvidadas, sus recompensas íntimas, su falta de apellido. Reconocerse en él, desconocerse entre líneas.

Seguir-confiar-seguir. Seguir, y seguir imaginando. Seguir, a pesar de todo. Seguirle la pista entre renglones. Seguir y seguir, ese cincel; que se le noten los vestigios de la estación: el cansancio, la melancolía, el pago a la tarjeta, la tos, la pandemia. Seguir, crear, creer, estoy contigo; que vaya quedando bien, aunque sea más tosquedad que idea. Paciencia, caricias de edición. —Las ganas que se renuevan por el esfuerzo—. Seguir, hoy, seguir. Talacha y gozo. Seguir, el camino se va revelando. Seguir, siguiendo. Seguir, verbo terco y futurista, que la muerte nos envidie por tenaces.

Un proyecto, su semilla de perseverar. Y elegir la vida.


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De guajolotes y bálsamos

Llevo semanas pensando en un texto para la navidad porque esta no es cualquier navidad. Es la del 2020. Como humanos seguimos, igual que en otros años, ávidos de historias; quizás un poco más, y que las historias tengan corazón, ingenio y asombro, una dosis de perder la cabeza, banda sonora. Creo que ya es momento de hablar del aquel diciembre del 83.

No sé cómo llegaron varios guajolotes al patio trasero de casa de mi bisabuela, un patio donde había una higuera, una pileta, un bóiler y una tinaja con ropa en remojo. Restringieron la salida en tropel de los guajolotes con una malla de gallinero que separaba el pasillo de helechos y el patio de enfrente, donde había dos sillas mecedoras y jugábamos los niños. Digo tropel, pero habrán sido un par de guajolotes, tres a lo mucho; para el hijo, para el hija y otro para mi bisabuela, miembro militante de la creencia «Que todo se aproveche en nuestro hogar». Hoy sé que engordar guajolotes era costumbre, pero aquel año, a mis cinco de edad, apenas me enteraba.

De mis tíos recibí algunos mensajes muy extraños acerca de esos guajolotes: no seas miedosa, no te les acerques, a ver repite [glugluteo], son la comida de Navidad, les darán vino blanco, la bisabuela les romperá el cuello. Tardé en procesar esos mensajes porque mi mente estaba ocupada, como cada diciembre de mi vida escolar, en hallar un pretexto para explicar a mis compañeros por qué mi familia no celebraba la Nochebuena y sí, en grande, el día 25, y que no me vieran raro. ¿Qué iba a yo saber nombrar que los antepasados venían de otras tierras y no creían en integrarse? Gordogordogordogordo, al fondo, como risas de programa de comedia. Haz un puño— me dijeron los tíos y obedecí—. De ese tamaño es el corazón del guajolote.

El mío latía rapidísimo con ese dato inútil y tremendo. El tránsito rumbo a la navidad, en general, me tenía en una condición permanente de inquietud. Sobresaltada ante la más mínima mención de Santa Claus. Sobresaltada en la fila de la piñata porque ya llegara el turno de pegarle, porque no alcanzaran turnos cuando fui la más alta, porque rindieran los dulces si había primos avorazados, cuando escapaba una mandarina o jícama y, por lo tanto, no habría dulces, por participar en pastorelas y el:

—Un momento, mis pastores. ¿Hacia dónde se dirigen?

— A ver al niñito Jesús.

porque el pastoreo escénico me atarantaba y debíamos responder a coro. Por los tejocotes flotando en el ponche y que el ponche escaldara la lengua, por la colación que hacía doler los dientes, por la solemnidad del Máter Divinae Gratiae-Sedes Sapientiae-Causa Nostrae Laetitiae-Vas Insigne Devotionis, por el descanso del Ora pro nobis, porque me tocara dentro de la casa al pedir posada, por la cera goteando en los dedos, por el pelo y los abrigos cerca de las luces de bengala, por los cuetes. Por la pandereta en el Ay, del Chiquirritín.

Durante aquel diciembre mi rutina de vista a la casa de la bisabuela estuvo alterada porque no me dejaron pasar al patio de los guajolotes a escoger higos maduros en las ramas, ni pude practicar mis hechizos en el caldero de las camisas de jugo percudido como siempre cuando iba para allá, ni mucho menos pude presenciar cómo ella cometía el asesinato de los guajolotes. Me prohibieron ir a donde sería la acción y me mandaron a jugar a otro lado, lejos de los patios. Obedecí a medias, alejándome, sí, y aguzando mi habilidad de escuchar conversaciones ajenas. Así fue como me enteré de que la bisabuela tenía mucha experiencia en estos menesteres porque había vivido en un rancho y que los guajolotes borrachos dieron tumbos y que uno de mis tíos casi se desmaya frente a la sangre, goteando, de un guajolote ya degollado. Miré mi puño. Sentí un hueco entre el estómago y el pecho. No podía respirar del espanto.

Ese fue el diciembre en que la bisabuela cumplió 90 años. Habría visitas y, quizás por tal motivo, mis tíos habían dispuesto que el Nacimiento tuviera, además, un detalle vistoso. Ese detalle fue una cascada: desembocaba en un estanque con peces, tortugas y patos de cerámica del mercado, del mismo material que todos los protagonistas del belén, pero no era de oropel plateado, ni de papel aluminio, ni de plástico lánguido, ni de silicón de maqueta, tenía agua de a deveras cayendo por un tubo corto y llenando el estanque sin desbordarlo. Yo jamás había visto algo tan bonito y tan mágico. Ahora sé que, bajo la escena, había un mecanismo oculto de bombeo y que uno de mis tíos era estudiante de ingeniería. También sé que nunca más volvieron a poner esa cascada. El agua caía, como si cualquier cosa, precisa, y corrí a pararme frente a ella (¡qué suerte que estuviera encendida!), todavía con la respiración agitada y el pavor de las imágenes sangrientas de mi bisabuela asesina y el guajolote sin cabeza, viendo la cascada sin dejarla de ver, callando los oídos hasta sólo escuchar el agua y el zumbido del motor. Dejé de temblar por el susto y sentí el alivio como un milagro tierno: mi asombro restaurado. No tuve más sobresaltos aquella navidad; por lo menos ninguno fuera de mi espectro de emociones típicas de la época.

Por si el 2020 te dejó un hueco entre el estómago y el pecho. Por si haces un puño y se te junta el enojo. Por si supones que la edad te quita fuerzas. Por si tienes un villancico preferido cantado por Parchís y ningún empacho en aceptarlo, por si no. Por si comerás pavo a solas, por los diciembres que extrañas, por las rarezas que hacen única a tu familia. Por el bullicio del mercado, que quizás anheles. Por la avidez de orden y de certezas. Por si crees que no volverás a creer. Ten, te regalo una cascada.

¡Feliz Navidad!


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La audiencia

Hace poco fui al mar. Me queda a unos 15 minutos. Agarré mi coche, tomé la 92 hacia el Oeste, atravesé las granjas de árboles de navidad, los invernaderos de plantas carísimas —mi punto de referencia es Home Depot—, el negocio del herrero prolífico que descubrió su vocación al soldar dinosaurios de 3 metros, el trailer park con sus casas rodantes cansadas, el camino de asfalto y arena, la caseta, el cajón de estacionamiento. Un letrero resolvió mi duda acerca del protocolo de prevención de COVID: sí, no importa que esté usted frente al mar y el asombro le llene la boca y los ojos porque lleva 9 meses en confinamiento: use tapabocas, mantenga el distanciamiento social.

Había unas diez personas más, repartidas como almuerzo de gaviota, y un surfista. En California no falta la visión repentina del traje de neopreno envolviendo a un humano anfibio, mira ése. Me paré en la playa como si estuviera en la antesala de algún funcionario muy importante. No era sólo el mar, genérico; era el Océano Pacífico, como un licenciado titular en el Departamento de Orillas, Profundidades y Vastedad. Fui a contarle que tengo un predicamento con mi acervo de anécdotas.

Las anécdotas son un tesoro porque combinan el habla y el tiempo. He recopilado bastantitas en la sobremesa, en trayectos de autobús, en salas de esperas en aeropuertos y hospitales, colocando margaritas en los jarrones de una tumba en el Panteón Civil, frente a álbumes con fotografías en páginas adhesivas y cubiertas de celofán. Guardo la historia y sus acentos, las palabras subrayadas, el sesgo original, las alusiones al cómo y en dónde pasó, la música que sonaba, el «en aquella época»; la divido en versión Express, versión No Hay Prisa, versión Periodo Refractario, versión Ensayada en Inglés para prevenir el lost in translation, versión Op.Cit. por si hay que usarla de referencia cruzada con otra anécdota y, entre todas, la más lucidora de todas las versiones es Para Contarle a Mis Hijas, que incluye mapas, páginas de genealogía, habilidades escénicas, sesión de preguntas y respuestas inapropiadas, encore, y que tantas veces desplazó a las ganas de ver la tele a la hora de la cena o en los desayunos de los domingos.

—He topado con pared, mar. Ya no tengo más anécdotas.

No es por presumir pero mi acervo era enorme y yo solía tener una anécdota para cualquier ocasión, un directorio de historias de curas de espanto, de rabia y engaño, de amores y embargos, de extraños altruistas, de piojos y tónicos, de partos legendarios, de casas y adornos, de velorios y calles. Un acervo que jamás me ha interesado escribir porque las historias no son mías y que cuento como si lo fueran, porque se posaron en mi atención y si no las cuento —y mi voz sólo es préstamo— le fallo a mis antepasados en la caverna frente al fuego. El confinamiento devoró toditas las historias y he vuelto a empezar y eso ya nos lo contaste, mamá. ¿Las repito, mar, como espuma en la playa? ¿Este es horizonte y no muro?

Sí, dijo el mar. No, dijo el mar. Gracias, dije yo. Y salí de aquella oficina al aire libre con más predicamentos a cuestas y el doble de anécdotas que contar, aunque no las haya escuchado todavía.


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El bebedero

Desde que el olmo fue talado la ardilla sabe más de bardas. Sigue saltando de rama en rama pero ahora enfrenta un problema de tránsito en algunos tramos entre casa y casa donde no hay rama inmediata; la ardilla es varias ardillas en fila, las ardillas que son una son impacientes.

Las ramas del olmo abarcaban un diámetro de 12 metros, la circunvalación con salidas bien señalizadas rumbo mi techo, al de los vecinos, a un eucalipto-minarete de cuervos, a otros olmos más jóvenes. Además de vastas, tenían nudos y curvas. La ardilla corríavolaba por esa pista. También cortejaba y se apareaba, cómo no, porque había parajes más verdes que otros, y después del frenesí persecutorio hembras y machos cedían, ambos, durante unos segundos y el musgo lucía más brillante, tal vez; había ramas anchas y amables para ardillas panzonas que pronto amamantarían fuera de la vista de los halcones.

Sabe más de bardas. Y que el sol quema cuando no hay olmo que lo atenúe.

Desde que el olmo fue talado dejé de ofrecer alpiste a los pájaros. El alpiste venía preparado con semillas de girasol y se armó la trifulca entre tórtolas, gorriones y la ardilla multiplicada. No hubo jaloneos de pluma o pelo, sólo una tensión de alerta por quién agandallaba más comida en menos tiempo. Una rata se unió al banquete. Mi ocurrencia del platito de agua no tuvo intenciones de ser sabia sino amiga de la cautela.

Al principio era ocasional, cuando me acordaba. El confinamiento me ha tenido atareada buscando certezas. Ay, está vacío el plato, a ver. Y salía con con mi regadera de cuello alargado a enjuagar la tierra seca y a llenar el plato, ni mucho ni mísero, hasta dejarlo fresquito. Aparecían, poco a poco, las aves. Son tempraneras. Un cuervo bajó a remojar un pan que encontró tirado en la calle, sorbió una tórtola feminista, los gorriones se dieron un baño, hasta visitó un pájaro azul con su trino de ando por aquí. Las ardillas aparecieron más tarde con su ¿eh?¿Agua? Ah, muy buena, vámonos.

Durante los incendios forestales no me falló tener el plato limpio y listo como parte de mantener el jardín húmedo en un calor de 38 grados que niega el otoño. «Jardín» es un decir. Desde que el olmo no está, las plantas, tan acostumbradas a su sombra, se achicharraron. El casero dice que después sembraremos algo, la tala del árbol no le salió barata; para evitar la erosión cubrí la tierra con agujas de pino hasta donde alcanzó mi cadera, reiterando, mientras cargaba cada caja, que para eso sí quiero una pareja, para darle forma. Quedó pasadero y nunca me acostumbraré del todo al vacío de olmo y de plantas, a no tener hojas qué barrer para aclarar a la mente de sus duelos cotidianos. Luego volví a mi hábito errático, plato vacío, plato lleno, certeza, ¿dónde estás?

Apareció un sonido que antes no estaba. Un puntito entre los trinos, los graznidos, el avanzar frenético en el perímetro de la barda, el hurgar en las macetas. Como a la tercera vez que lo escuché, me asomé. La ardilla, una y todas, no sé cuál, tocando el plato sin agua, una pausa, tocar el plato y que suene, pues no, no hay, seguir de largo. Bajé ardillosamente (¡ja!), agarré mi regadera, vertí agua en el plato, quedé pendiente en la ventana. Llega la ardilla y bebe como mujer que busca una certeza y la espera y la encuentra. Ahora, si olvido, la ardilla me recuerda que no hay agua. A los cuentos minutos cuenta con ella; ambas todas nos escondemos hasta que es seguro hacernos visibles. Bebe, ofrendo, bebe, ofrendo. Siete meses de confinamiento y cinco meses sin olmo y otra manera de sonreír.

Amo los sonidos y sus historias, saber cada día menos, recordar ponerle agua al platito, y aprender el ejemplo natural de adaptarnos al cambio con más juego y menos drama.


Miranda postrada, y un atisbo

¿Qué fue, pues? Dolor de garganta como de haber gritado, verde y saltadora, en el concierto de un grillo rockstar. Escalofríos; una fiebre nómada que unas horas quería ser cool y otras, sol. Fatiga hecha de ciento de unidades de cansancio a lo largo del día, repartidas entre cada actividad; renovable.

Cambiar de médico. La doctora, en un gesto humano y rebasado, me solicitó que no la importune. No me va a tener lista la carta para mi trabajo, no me va a revisar en video, tome paracetamol. Me mandó el pase para la prueba del COVID.

Da negativa. No sé si sonrío o me canso; el dos y el cero de este año son una medida de peso que duplica hacer y esperar. Las voces versadas en diagnósticos via Whatsapp acotan: es que no has dicho lo que sientes. Es que fue por el calorón y por el aire de los incendios en California. Es que no tomaste vacaciones. ¿Qué fue, pues? El nuevo doctor me pregunta cómo describiría mi condición: le respondo que como si me hubiera pasado encima el último tren de la noche. Ah, señora. Hidrátese. Y paracetamol.

Claro que el médico no podría curarme porque mi enfermedad no pertenecía al pasado o a mis órganos sino al presente y el exterior del que formo parte, célula: un mundo afónico, de termostato roto y agotado de cargarnos. Las ganas de sanar y de saber por dónde empiezo han dejado de ser mías, por motivos que me beneficien. En el desguance atisbo al dos y al cero, por partida doble, recalibrando el norte en las brújulas. ¿Vamos?


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Mandil azul

¡La caja! Las porciones sin desperdicio, las recetas ilustradas con fotografías y los ingredientes resaltados en negrita. Nivel de dificultad: medio. Por fin: no tener que pensar en el menú, saltarme la compra, 35 a 40 minutos de preparación; desde que hago oficina en casa mi capacidad de planear qué vamos a comer se ha ido atrofiando —he subido cinco kilos de indecisión y de cercanía con la alacena—. Con este servicio, creo, las decisiones estaban tomadas y sólo era cuestión de ser flexible con los sabores infrecuentes y poner en práctica algunas habilidades de cocina.

He transitado por varias fases y sus efectos:

Fase 1- Lave y deshoje el kale. Parta la col desechando el centro. Voltee el pescado en un sólo movimiento para que no se desmorone. Duerma la siesta de reposar el aprendizaje como en su primer día del kinder.

Fase 2- Ase el brócoli y barnice con la salsa de ajo. Añada picante al gusto. Verifique la sazón con sal y pimienta. No se entusiasme demasiado, los condimentos no son maracas.

Fase 3- Vierta una taza de agua caliente. Añada una cucharada copeteada. A fuego medio y sin tapar deje que el líquido se consuma. Las medidas tienen un propósito, si quiere que se acaben el guiso lea todas las indicaciones.

Fase 4- Pollo con pasta al pesto. Tilapia con arroz y pimientos. Pollomiento con tilapiasta y arrozesto. ¿Qué vamos a comer?—pía. Pollo pastoso, arroz apestado. Tila. Miento. Loable y teórica la idea de preparar dos recetas en simultáneo.

Fase 5- ¡La caja! (¿Y si mejor pedimos comida a domicilio?)

Fase 6- Estimado Servicio A Cliente: Creo que me equivoqué. No sé si soy nivel medio o sus recetas están muy sofisticadas para mí. Mi horno es eléctrico y no de gas: tiene leyes de universo alterno. Omitan el maridaje y enviarme aquellas que tengan indicaciones tales como «incorporar durante 7 minutos en la misma dirección sin cambiar de mano».

Deje de alimentarse creyendo que las decisiones sólo se toman una vez.

Fase 7- Brinde por esas dos recetas preparadas al mismo tiempo, tres veces a la semana y, sobre todo, por las 50 recetas que ha intentado hasta la fecha y por la repartición del trabajo que la exime de lavar las trastes. Por los siete kilos: dos más por probar mientras prepara. Y por el ratito liberado para escribir el primer texto sin tristeza en meses.


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Nos decimos una tarde

Ella dice que es un año. Yo digo que son nueve meses.

Ella dice que esto es irse-irse. Yo digo que es irse-incipiente.

Ella dice que, al volver, no será la misma. Yo digo que es la misma desde que nació.

Ella dice que va a buscarse. Yo digo que la búsqueda será su compañera.

Ella dice que estará confinada. Yo digo que por favor.

Ella dice que todo su equipaje cabe en una mochila en los hombros. Yo digo que sólo el visible y el que yo, tantas veces, me culpo.

Ella dice que dieciocho, ahora, que se acaba el mundo. Yo digo que la edad, los instantes y el apremio son más del mundo interior que de los imperativos.

Ella dice ¿quieres que hagamos algo? este es el momento, aprovecha, nos quedan dos semanas juntas. Yo digo, abrazándola, nunca me he separado de ti, ve a donde te lleve el alma, mejor distribuyo en caricias calmadas mi bendición de madre, grave, solemne; te celebro libre, lloro sin que me veas, no sé qué voy a hacer con tu ausencia.

 


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Una barda

Ten estos pedazos de entereza que te miran y sonríen.

En esta hoja en blanco sólo hay colores tímidos.

Voy conmigo. ¿Vienes?

Ternura. Y revoluciones uniéndose a la causa.

En tus párrafos me supe libro.

Habítame. Ya conseguiremos un cuarto.

El cielo quiere ser pared y tocarse los pies.

Por aquí pasó un suspiro y se quitó el abrigo de hubiera.

Toca el timbre del ego del patriarca, y corre.

Los ladrillos, de grandes, quieren ser horizonte.

 


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Instantánea

De unos días para acá se me han aparecido libélulas y la frase: «aceptación radical de todo lo que sucede».

Las libélulas comparten con los colibríes el dominio sereno de la prisa. Están más presentes que cualquier instante y guiñan —ahora me ves, ahora no me ves— con tantas ganas de jugar, que en lugar de alas, se impulsan por una risa despreocupada. Son generosas: jamás invaden y, sin embargo, llenan todo el espacio donde aparecen. Medirán unos 7 centímetros. Llevan un velo morado imposible de señalar. Cuando aparecen, nadie sabe predecir qué hora es pero dicen que son augurios de un proceso de transformación.

Lo de la aceptación radical de todo lo que sucede me ha producido  desconcierto y luego curiosidad. Caía un libro y en la página abierta: esa frase. Repasando el pergamino digital de tuits: esa frase. Mi amada terapeuta mientras sorbe su café: esa frase. La aceptación, venga, con ella no hay problema. Es aceptar a ultranza, radicalota. Estar en paz con lo que hay. ¿Será posible?

No sé si alguna vez lo logre como un estilo completo de vida. Y, sin embargo, cuando dejo de discutir con el momento y sólo estoy, siendo –y quizás estás tú, y somos— y hoy me atraviesa por el corazón confiante, me elevo por el suelo y aparezco en algún jardín, turbina, frente a una mujer que se cuestiona su valentía.


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De la presentación del libro y del dentro de las casas

*Nota: le faltan unos minutitos de entrada al video, pero son apenas uno o dos. Gajes de las transmisiones en vivo.

Queridísimos lectores y lectoras:

Les comparto la presentación de “Casadentro y Otras Memorias”. Tuvo lugar hoy en una sala virtual. Cuando empecé a escribirlo no tenía manera de imaginar que la presentación sería de ese modo. Pero después del 2020 tenemos que reimaginar lo posible.

Este es un libro que recuerda una y varias casas a través del sentido del oído. (También habla de otros muchos temas, pero esos me lo reservo para su experiencia de lectura). Es curioso, muy curioso, que vea la luz en una situación de confinamiento. Es decir: desde lo más entrañable de mi hogar hasta la intimidad del suyo.

Conseguir el libro está más o menos así:

  • Libro impreso: 
    • En México: Amazon.  Programado para distribución: Gandhi, El Sótano, Fondo de Cultura Económica, y Porrúa, sujeto a disponibilidad y a indicaciones oficiales por el COVID-19.
    • Internacional: Debido al COVID-19, los envíos internacionales por el momento no están disponibles.  Gracias por tu paciencia.

Los y las abrazo con emoción y gratitud. Mis letras siempre están al servicio de la conexión que creamos en conjunto. Hoy fue un ejemplo clarito de qué podemos lograr en ese encuentro de corazones.

M.

 


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Aparta la Fecha

¡Hay libro nuevo! Y quiero presentártelo. ¿Vienes?

¿En dónde? Será un evento virtual privado y gratuito. Para solicitar tu acceso mándame un correo a mlocadelamaceta@gmail.com y te haré llegar el enlace.

¿En dónde estará a la venta el libro? La disponibilidad del comprar el libro físico en las librerías dependerá un poco de cuando las reabran. Sin embargo, a partir del 21 de junio podrás ordenar la versión impresa y electrónica en Amazon. También estará a la venta en Gandhi, El Sótano, EduCal, Porrúa, Fondo de Cultura Económica, iTunes y Google Play.

¿Y por qué no está a la venta en otros lugares? Porque este es un libro impreso y distribuido en forma independiente. Gracias por tu flexibilidad para adquirirlo en donde está a la venta y por apoyar modos alternativos de publicar.

¿De qué se trata? Es un libro que combina relatos breves y poesía. Este es el prólogo:

¿Habrá audiolibro? ¡Sí! Podrás encontrarlo en mi Jardín Sonoro después del 20 de junio. También tendrá una lista de reproducción en Spotify.

¿Cómo puedes recibir un libro con dedicatoria? Gracias a Don COVID ese proceso puede tardar bastantito. Pero, mientras tanto, te puedo mandar una dedicatoria de mi puño y letra para que la imprimas.

A las casas les gusta que sus habitantes asistan a presentaciones virtuales de libros escritos con el corazón. ¡Nos vemos allá!

 

*Diseño de Portada: Luisa Cuéllar.


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Elegía y Jardín

No fueron las pisadas de las botas sobre las semillas de flores salvajes que recién habían germinado ni las cuerdas de una horca a cuatro pistas ni la sierra como una motocicleta que desdice ramas. No fueron las leperadas a gritos encima del ruido ni el hecho de que mi casero no me hubiera avisado.

¿Por qué el desconsuelo y la angustia? El olmo estaba enfermo y corría el riesgo de caer encima de la casa. Yo sabía que lo iban a talar.

No fue la trituradora que, en medio día, fulminó un árbol de ciento cincuenta años ni ver desde arriba los kilos de aserrín que ahogaron a la hiedra cuando el aserrín es la que más odio entre todas las sustancias que se adhieren a la piel recóndita y a la yema de los dedos y a la infancia.

Fue el corte mecánico. Ninguna pausa, ninguna muestra de que hubiera una conexión innegable y profunda entre el árbol y los humanos que lo talaban. Fue tanta belleza, de repente, en la luz que encandiló las habitaciones. Fue el venado que llegó a masticar las únicas hojas restantes y a abonar como riendo. Fue el cuervo que halló varitas de todos tamaños para su nido que también fue triturado. Fue la ardilla que siguió buscando su bellota al pie del tronco. Fue ver a la vida seguir, imparable. Deja todos sus símbolos, me dijo. Un día terminan.

Desde que no está el olmo hablo muy poco.


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En la fila

Hace muchos, muchos años estaba formada en la fila de la caja, para pagar en una tienda. Junto a mí, una jovencita y su mamá.

—¿Pero qué va a pasar? ¿Y si no nos alcanza el dinero? ¿Cuándo sabremos? ¿Cómo saldremos adelante?

Cada signo de interrogación se desbordaba en la voz de la hija y formaba una angustia chiquita y efervescente. Qué curioso, me dije, esas preguntas aplican para casi todas las crisis. Yo sabía de eso. Apenas había logrado dar un paso y luego otro para llegar a la tienda. Y, como todas las veces, a la hora de pagar, me daba horror que no pasara la tarjeta de débito. De crédito no tenía y el banco por internet apenas empezaba. Calculaba mi saldo a tientas. Cuando me daba la cabeza.

—Tú no te preocupes de nada.

Seis palabras que bien pudieron ser una mentira. O pensamiento mágico. Refuté: las crisis y las angustias no se van así nomás, despreocupándose. Pero el tono de la mamá fue una ala, un techo, una bodega repleta de oro, un reporte de salud enmicado, un caldo reconstituyente después del desvelo, un paso peatonal a prueba de atropellos, una buena noticia en medio de cien duelos. Alcanzó para arropar a la hija y a todas las hijas e hijos que estábamos a su alrededor. Toda la tristeza — y las deudas y la soledad— desaparecieron por unos minutos, y avanzamos. Sin arrastrar los pies.

Señora, si llega a leerme alguna vez, ¿podría decirlo de nuevo? Con un altavoz, por favor. Para los tiempos dificilísimos. Y para construir el futuro, con ese ingrediente suyo. Como cimiento.


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Letras Para Tiempos de Encierro 14

Sólo vine a decir que el sol. Mira el sol. Este sol. Hoy, sol.

—Ayer la luz tenía un contorno entumecido—

Sol, y silencio lleno de pájaros. Sol, y el baile de hombro con hombro de las losetas. Sol, y quiromancia en las paredes. Sol, y mosquitos, telarañas y lo que siempre me falta por nombrar, por fortuna.

Sol, y olvido qué me importaba antes. Sol, es decir: geranio. Sol, blanqueando el diccionario, arrullando a la brújula.

Sol en mi cabeza a mediodía, caloreando. Y si sol, este sol singular y este momento, me sé completa y pedacito, comino, de universo.


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Letras para Tiempo de Encierro 13

El arborista me encontró barriendo. De un tiempo a la fecha barro más que de costumbre. Era mediodía. Le mostré el olmo. El casero me había notificado que un especialista vendría a la visita de rutina; los olmos de más de cien años requieren cierto cuidado extra, algo así como un gerontólogo de árboles.

Mi olmo y yo tenemos una relación entrañable como dos seres que se aman. Él tira más hojas —incluso en verano— para que yo barra y me aclare. Todos los octubres me regala un tapete ocre en mi cumpleaños. Yo le sembré tres jacintos a su vera para que tuviera una mascada de color en enero sobrio. Lo riego, a veces con la manguera y a veces con sollozos cuando platicamos. Le cuelgo campanas de viento casi siempre y farolitos de papel en navidad. Él se inclina hacia mí. Literalmente. Su copa y el techo de mi casa están a punto de tocarse. Lo bueno, según me dijo el casero cuando firmé el acuerdo de arrendamiento, es que el olmo está sostenido por un eje de metal clavado en el tronco y en la tierra.

El arborista hizo algunas fotografías deambulando por el jardín. Me preguntó si yo sabía quién había podado ese árbol. No, ha de haber sido antes de mi mudanza. Me explicó que, por ley natural, los árboles retoñan en donde hay un corte a menos que tal corte esté mal hecho o sea radical y cauterizado.

—Este árbol agoniza. ¿Ve estas manchas? Son como un cáncer.

Me mostró un hueco en el tronco del olmo, el pésimo corte oculto y la entrada de agua, musgo, hongos. Las manchas como garras negras, la corteza arañada por el peso del árbol en sí porque las raíces están podridas. Y me advirtió que olmo, mi adorado olmo, podría derrumbarse sobre la casa durante cualquier ventolera; sobre una casa es tan vieja que si uno cierra fuerte una puerta se cimbran toda las paredes.

La visita del arborista habrá durado unos 10 minutos. Seguí barriendo, afecta a los cortes profundos, creyendo que los todos los duelos se superan. Negando y barriendo y negando. Buscando ternura urgente entre la naturaleza.


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Letras para Tiempos de Encierro 12

A veces exijo el verde a ultranza en las plantas de interior y me visto de negro con ánimo fúnebre y me desespero con los adultos que dicen «chí» en vez de «sí». Yo, que cultivo una arroba hecha flores y policromías.

A veces pido que me dejen en paz y que cada quien sea cada cual, bien delimitados, autosuficientes y en terapia. Yo, que creo en los vínculos que fluyen y en la conexión intensa entre las almas.

A veces no olvido ni perdono ni suelto ni cuento la historia completa y repaso, con el dedo de la arrogancia, los adeudos morales que alguien me debe. Yo, que creo en trabajar las pérdidas, en crecer y en decirme la verdad.

A veces renuncio a mi herencia, me quito el último apellido, fantaseo con ser huérfana y me abrazo a mi exilio. Yo, que he puesto mi devoción completa en formar una familia.

A veces demando lo auténtico, lo natural, lo transparente en cada diálogo. Defina sus intenciones, múestrese tal como es. Yo, a quien muy pocas personas han visto sin maquillaje.

A veces quiero salir de este encierro. Ser beso y grafiti en un mundo cauto, dinamitar las rejas del «no te acerques, tengo el corazón roto», ir a la playa, a la plaza, al concierto y a la vida que se quedó en pausa.

A veces, y en algunos abriles, me quedo en casa con mis contradicciones.


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Letras para Tiempos de Encierro 11

En los últimos días tuve dos descubrimientos:

I.

El estrés, al principio era, más bien, una energía afilada en trabajar desde casa. Era lo que tocaba, por seguridad. Me sentía muy manos a la obra, muy parte de la historia, muy clara dentro del ruido, muy serena en medio del pánico creciente. ¿Y vieron los diez posts que hilvané, seguiditos? Como la fruit ninja del enclaustramiento.

Hasta que mi mente comenzó a protestar. Yo digo que fue la mente pero pudo haber sido el hueco que sentía alrededor del ombligo. O las pesadillas mezcladas con sueños intensísimos. O el hambre a todas horas y el refrigerador tarado que no tenía lo que se me antojaba.O las ganas de llorar y una tristeza que no se parece a ningún duelo conocido, y la impaciencia y la irritabilidad. La casa (¿por qué se ensucian las casas, caramba?), el bloqueo creativo.

Sólo ahora, en esta semana de vacaciones, voy dimensionando que estuve 21 días en estado de emergencia, en parte por la naturaleza de mi trabajo y en parte porque así estamos; y agobiada por ser productiva, por justificar mi sueldo, por hacer predicciones y mantener la normalidad, olvidando que no sé nada de emergencias por coronavirus y, por lo tanto, estoy más vulnerable que jamás en mi adultez. Me descubrí humana en 2020.

II.

Qué maravilla, las lámparas. Uno enciende el interruptor y zas, la luz. Me gusta la de la sala, con su foco tartamudo. La de mi buró, con su clic que anuncia la hora de despertar, la hora de dormir y el qué chingados. La de la cochera, congreso de mosquitos, porque se refleja en los ojos de los venados y nos pone a ambos a salvo. La del clóset, vidriada y paciente porque hay azules marinos que, de grandes, quieren ser color negro, y yo debato en voz alta con los colores y las prendas.

Marzo, y ahora abril, han sido meses de agradecer las lámparas. Qué maravilla, repito. A veces, cuando la vida se complica, la oscuridad asusta un poco más.


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Letras para Tiempos de Encierro 10

Para el encierro, para cuando emerjamos. Para perseguir obsesiones y soltar los plumeros. Quizás.

Lurias*

(De Usted & la Canción Mixteca)

Detectar una pelusa en el suéter.

Ir por el quitapelusa que deja la ropa como nueva, según el comercial.

Meter la mano izquierda debajo del suéter a la altura de la pelusa y con la mano derecha, repasar con movimientos como de cepillarse los dientes, con gula de erradicar esa y todas las pelusas.

Comprobar que las pelusas viven en sociedad: se reproducen al roce y viven en colonias. Invadir la vecindad que va de la axila a la sisa.

(Sonar la Diana).

Que las pelusas desalojadas formen una franja solidaria junto con las pelusas ya existentes a la altura de la cadera.

Anunciar que ahí les voy, añádase la descarga y Wagner.

Congratularse por la perseverancia.

Que el suéter, en efecto, parezca nuevecito.

Cientos de pelusas cayendo al suelo. Ir por la escoba.

Que al pisar, las pelusas se esparzan, sensibles a aire. Ir por la aspiradora.

Dirigir el voltaje y el adminículo puntiagudo de la aspiradora hacia las pelusas, mudarlas a la bolsa Hoover.

Notar que hay polvo acumulado en la esquina donde se refugió la última sobreviviente de la colonia de pelusas.

Pasear la aspiradora por el perímetro de la habitación.

Detenerse a evaluar las otras tres esquinas.

Comparar el borde bien limpio y a contrapelo con el resto del área.

Mirar al reloj porque hay que salir de casa en quince minutos.

Persuadirse pues, que ya entrados en gastos, emparejar la alfombra es rápido.

Admitir que qué necesidad, pero no guardar la aspiradora hasta haber aspirado el otro par de habitaciones y el pasillo.

Chulear la casa.

Auto-arrearse porque restan treinta segundos disponibles o vas a llegar tarde, Miranda.

Correr al espejo.

Calibrar los grados del Cero al Sí Aguanta, en materia de estar presentable.

Detectar una pelusa en el suéter.

Socorro.

 

*adjetivo en español mexicano para nombrar a alguien que está loco(a).

 


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Letras para Tiempos de Encierro 8

Cuéntanos*

Esto del internet en la cuarentena ha dejado un par de preguntas que son de mis favoritas en cualquier época, haya encierro domiciliario o cabalgata en pradera.

Primera pregunta: ¿cuál es la fuente?

Los niños y niñas que salíamos a andar en bicicleta al parque tuvimos varios encuentros con esta misma interrogación cuando nos topábamos con aquellos monumentos de azulejo o piedra y los estratos de agua seca, las algas, la coladera con hojas basuradas y el chorro potentísimo o miserable nos hacían sospechar que esa fuente no era autónoma: alguien o algo permitió que llegara a tal estado. Quizás se oxidó la manivela que regulaba el flujo de agua o no le dieron importancia a mantener la fuente limpia y transparente. O sí: y esa fuente es un borbollón que hasta salpica, jubiloso, y la gente le perdona que sea de agua de riego.

Bueno, pues igualito ocurre con la provisión de información en internet. Todo lo que leemos y consumimos tiene algún origen y alguna falla. A veces, igual que en las tardes de andar en bici o en las de cuarentena, suponemos que, si la fuente esta ahí, es por el bien común. Sería muy, pero muy triste enterarnos que las fuentes de los parques —o el contenido en los medios— existen para llenar un vacío.

Si estás leyendo esto en tu teléfono o computadora significa que tienes acceso a internet. Hay más de 3.8 miles de millones de personas que no. Voy a hacer una pausa para que imagines tu vida (tus relaciones, tu trabajo, tu banco, tu entretenimiento, tu capacidad de tomar decisiones) si no tuvieras ese acceso.

Pausita:

 

 

 

Ahora retomo la primera pregunta: ¿cuál es la fuente?

Te comparto la combinación que me ha funcionado mejor y que quizás sea útil para ti en tiempos de coronavirus (o en otro momento). El punto de partida es: ninguna información es 100% fidedigna y ninguna página puede darme la serenidad del todo estará bien, es una época incierta.

a) un sitio de información que me dé datos y listas. Las infografías, por ejemplo, son un punto medio. Oficial o no, como secuela de haber ido a la papelería a pedir monografías, éste me cae bien.

b) una cuenta, o varias, ingeniosas de sus memes y ocurrencias. El humor es donde la salud mental y la salud física deciden qué será de mi ánimo y de mi sistema inmunológico. Yo me tomo el humor muy en serio. Como es gusto personal, no hago recomendaciones universales pero el querido @jezzinni me cae a todo dar, por sugerir alguno. En todo caso: Quino. Y un librito fabuloso que se llama «Definiciones» de Alfredo La Mont. De nada.

c) un sitio o grupo que me recuerde cómo estar presente. La atención plena o Mindfulness es una herramienta indispensable para combatir la ansiedad. Hay a quienes les funciona algo de yoga, repetir mantras, meditaciones guiadas, visualizaciones, etc. Hay quienes su espiritualidad es la música o el ejercicio y, mientras la tengan, el mundo puede seguir girando. Yo soy más de silencio y de esta app

La combinación me permite conectar con el mundo exterior e interior. Eso sí, nada quita la incertidumbre, Sólo queda incertidumbrar.

Lo que me lleva a la segunda pregunta: ¿qué es lo normal?

Ahora mismo: nada. (Y antes y mañana, tampoco). Hacer algo normal —es decir, repetirlo muchas veces hasta que sintamos que no estamos locos y que ése es el camino correcto— es una respuesta frente a la pérdida. Si algo es normal, hay consuelo.

En colectivo, hemos perdido desde la privacidad hasta los abrazos. Los espacios públicos. Las horas cuando eran horas divididas entre casa y trabajo. El empleo, quizás. No alcanzo a hacer el recuento completo porque no puedo salir. Sé que en las casas hubo pérdidas también.  Hay un ruido en las cabezas, una alerta de sala de espera permanente. Un tablero sin anuncio, una puerta que cierra mal. No me hallo. Algo se borró, algo se está borrando. No sé qué perdí y si fue valioso.

Pero al ver mi duelo toco el de quienes no tienen el lujo de estar en cuarentena. Internet es el otro parque donde convivimos, chicos y grandes. Esto me lleva cuidar mis posts, mis comentarios, mis bromas, mis imperativos.  Siento una necesidad inmensa de amabilidad, para dar y para recibir.

No me apresuro a hablar de ganancias en una pandemia. Sólo veo, con cuidado, las pérdidas. Como nada es normal, quién sabe cuándo volveremos a la vida de antes del coronavirus. Tal vez, nunca. Habrá que esperar a que el borrón nos revele qué se fue y qué se quedó. Pase lo que pase, el único normal que me interesa es el que no es indiferente al dolor.

Quizás una tercera pregunta sea: ¿hay alguien ahí?  Si alguien necesita platicar, aquí estoy.

*Gracias por tu sugerencia, Marisunnyshine. ¡Un abrazo!


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Letras para Tiempo de Encierro 7

El día cuando te llamaron aparte hacía poco que la bisabuela había muerto y repartían sus pertenencias. Te llamaron aparte y mayor, señorita. Y otros adjetivos asociados a bajar una escalera en un vestido ampón, ceñido, floreado, rosa. Tan responsable, te dijeron, tan apreciadora de lo que vale, tan digna de recibir este regalo. Le revisaste el copyright. 1901.

Pensabas que era un recetario. Resultó que se trataba de un compendio para el ama de casa: desde cómo quitar manchas de vino hasta cómo servir un banquete, todos los usos del bórax,  Administre Usted El gasto,  Normas de Etiqueta y Cortesía, cómo escribir una carta según la ocasión social, zurcido; y decenas de recortes del periódico, insertados en años posteriores, para complementar porque el mundo había cambiado, porque la grenetina es versátil, porque el bisabuelo no aceptaba comer sobras de un día para otro y había que disfrazarlas de platillo novedoso. Porque antes cualquier aspecto de la vida se remendaba.

Sabrías apreciar el regalo, a ti que te gustan los libros y lo que ocurre adentro de las casas, que siempre has sido muy modosita. Y, mira, el compendio tiene consejos de belleza y cómo elaborar cremas caseras para el cutis.  Los hojeaste. Reíste, y no te acompañaron en la risa.

Reíste —Ingredientes: semen de ballena—y tuviste que recoger del suelo los recortes y el libro, como dulces de la piñata del pudor. Reíste y te delataste, sexuada. Fue un momento francamente incómodo, la primera de todas las veces que decepcionaste. Reíste en nombre de las ballenas, los marineros con su frasco, pillines, la erótica de las sirenas.

A pesar de la incomodidad, recuerdas la entrega del libro como un regalo del regalo.  Con los años, apreciando lo que vale, supiste que si en una casa no hay espacio para las contradicciones y la irreverencia no cabe en el botiquín y la bobería no irrumpe con cuestionamientos, la comida es insípida y lo que se rompe no tiene remedio.

Sigues riendo.

 

 

 

 


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Letras para Tiempos de Encierro 6

Yo odiaba con todas mis fuerzas, pero todas, toditas, no quedaba ni un milímetro despoblado, ir a la escuela. Todas, las pocas que me restaban a diario porque cada vez que decía ¡no más!, me daban la noticia vieja de que ir a la escuela no era opcional.

Me despertaba con esperanza de milagro de tortillería: un «sí hay tortillas» enmicado y fijo para contrarrestar las veces que no hubo, para que la gente dejara de preguntar con escepticismo. Que sí hay, caramba,  ¿cuántos kilos va a querer? y creyera su suerte en taco potencial. Así, pero con el cierre del plantel.  Me dormía con planes de huir, de quemar y de polvos pica-pica. A mis nueve años, no se me ocurrían herramientas más poderosas.  Y aún si quisiera llevarlas a cabo tenía que presentarme en la escuela, o pedir aventón a algún muppet en Combi a Technicolor o cargar con un tanque de gasolina o convencer a la marchanta del puesto de las bromas que mis intenciones eran buenas. Muy difícil.

No era el edificio de la escuela ni las clases. El edificio era una casa estilo colonial californiano con un exceso de habitaciones y de decoraciones en cantera rebuscada, nomás dándome cuerda para imaginar quiénes habían sido sus habitantes antes de que 150 estudiantes la invadieran. Las clases sí me gustaban, aunque no fuera de dieces.

La burla, ése era el problema. En mi escuela, como en tantas y tantas antes de que aparecieran las distinciones de las inteligencias múltiples y el flamante concepto de Aprendizaje Socio-Emocional, crecíamos hechos unos salvajes, enredados en la energía silvestre de la infancia y ninguna dirección honda y sabia. Llegar tarde a la fila, una mancha de yema en el suéter, una «A» desportillada en el pizarrón, la servilleta adherida de más al sándwich, la rima del apellido, el estampado del vestido de la mamá, decir Fernando Francisco de Austria en vez de Francisco Fernando, que el balón rozara los glúteos —y usar el término anatómico—, vivir a unas cuadras, vivir a diez, usar calzones de flores, usar mallas, los pantalones encogidos de tanta lavada, la hebilla del zapato aflojándose, trabarse en 7 X 8.  Existir: motivo de burla.

El profesor de Educación Física fue lo único bueno que ocurrió en esa escuela y a quien le atribuyo la victoria de mis ganas de volver cada mañana. Habrá sido un muchacho egresado de la ESEF y hacía su trabajo docente; cubría las unidades de atletismo, tabla gimnástica, perfección de la rodada al frente, (¡Marometa, profe! No, muchachos: el nombre correcto es: rodada), preparación para la escolta y el homenaje a la bandera. Y hasta yo, que había corrido un par de ocasiones en mi vida, pensaba que su clase era lo máximo. Después de años de arqueología mental, creo que ya descubrí porqué: nos respetaba.

Era un tipo de respeto sin demasiado protocolo. Un respeto simple, como vaso de agua que quita la sed. Creo que su respeto se sentía bien porque no tenía angustia ni especulación, tan típicas de los adultos. Así de joven era. Estaba presente y sonreía. Y, para nosotros, sus alumnos, su estar y su respeto eran más que suficientes. Lo reconocimos como autoridad: sí, tú guíanos. En su clase no había burla. Uno podía equivocarse, estábamos a salvo de la vergüenza de los cuerpos que crecen y las hormonas nos daban vitalidad y compañerismo. Fuimos logrando el salto del tigre, uno a uno, y lo recuerdo como uno de los momentos de más gloria de mi infancia. También nos enseñó a bailar rocanrol en la kermesse y a salir en orden cuando comenzaron los simulacros después de que un terremoto destruyera nuestra ciudad y al mundo como lo conocíamos.

Pienso en los niños y niñas hoy, que sí se les hizo el milagro de las clases suspendidas. (¡Hubiera dado mi vida entera por una cuarentena así!) Pienso en el estrés que los rodea, en el peso de las tareas en línea, en las caras de los adultos que no sabemos qué va a pasar y que nuestro pensamiento está, quizás, en otro lado. Los niños y niñas añoran la combinación de respeto y la verdad. Donde esté esa fusión, querrán quedarse a escuchar, a aprender y a hacer comunidad. No sermoneo, pasa que estos tiempos hacen que las reflexiones vayan tañendo, son campanas.

La distancia social, igual que la escuela entonces, no es opcional. Sólo pienso en mi maestro, a donde quiera que se encuentre; hace falta en este momento estancado. Vengan, vamos a bailar el Rock de la Cárcel en la sala de las casas. Pongamos un letrero: «si hay —o puede haber— esperanza».  Hablemos de tacos y de victorias cotidianas. Resistamos, presentes, sonriendo tantito para los niños y niñas (de adentro, de afuera) que nos miran.

Para el profesor Enrique Peña Morales. Maestro, con mayúscula.

Enrique Peña

4to grado, 1985

 

 

 


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Letras para Tiempos de Encierro 5

Quédate en Casa, dijeron.

¿En cuál de todas?

La infancia es una casa meciéndose en columpio que descalabra.

El beso es una casa en una cueva con estalagmitas.

El parto es una casa de tarotistas flotando entre juncos de luz. 

El poema es una casa rodante que no teme al empedrado con lodo.

El amor es una casa inflada con paredes de papel y cimientos hechos de rosales.

La música es una casa amueblada de silencios y notas-galaxias.

El sexo es una casa con patios interiores y árboles de mango.

La guerra es una casa ocupada por náufragos radicales.

La maternidad es una casa-niña jugando a la casita y a evadir la crítica.

La vejez es una casa repartiendo sus preguntas más antiguas.

El desempleo es una casa que decide mostrar sus colmillos.

La amistad es una casa que brota los domingos por la noche y en los recuentos de qué bueno que existes.

El encierro es una tormenta y una casa con un abrigo a dos vistas.

El éxito es una casa que siempre tiene corrientes de aire, tambaleándose en un pedestal.

El panqué es una casa que suspira con su argamasa de naranja y clavo.

Esta me gusta más: nosotros, nosotras, siendo la casa que ofrece, en la entrada, una estera de limpiar los zapatos y las abstracciones, mientras traza los planos de sí misma sin saber qué va a pasar al día siguiente.

 


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Letras en Tiempos de Encierro 4

Cuéntanos* de las cosas más bonitas que haya visto en tus viajes:

Mi abuela, de 76 años entonces, iba todas las tardes a mi casa.  Yo era una mamá de 30 años, criando a dos niñas de 2 y 4 años. Había elegido dedicarme a criarlas y, entre el encierro, vivir de un solo sueldo, las demandas de la limpiadera y un montón de asuntos no resueltos conmigo misma, estaba deprimida. Entonces mi abuela no sólo iba a ayudarme con la cena y el baño de sus bisnietas: me administraba una medicina muy primitiva, que no fallaba: me contaba historias de sus propias batallas cuando era joven,  me dejaba llorar de desesperación mientras me acariciaba el pelo, me hablaba de los ciclos del dinero y de las oportunidades, me enseñaba a crear cosas bonitas con poco, donde yo sólo veía que algo faltaba y que “debería de”.

Yo casi no salía porque el mundo me atarantaba. No me quedaba la ropa, no quería encontrarme con nadie, no quería dar explicaciones. Sólo quería estar con mis hijas y con mi abuela. Pero ella, que lo suyo lo suyo siempre ha sido viajar, es tan de casa como de agarrar camino. Y un día quiso celebrar su cumpleaños en un paseo familiar. Osh. No, qué estrés. Y así, toda frágil, entre el sol y las calles empedradas y, de fondo, la Peña de Bernal, mi abuela —que es una viejita niña— encontró una fonda y se emocionó, porque hacía hambre y por sus ojos de asombro, naturales. ¡Vamos por un sope, ándale, vamos!

Los cinco pasos entre el ¡vamos! y la fonda me costaron trabajo, nunca he entendido bien por qué.  Nos sentamos en la mesa con el mantel de flores, ordenamos uno de requesón, uno de pollo, uno de frijoles. Y ese día comprendí que un sope puede sanar el alma. Será por las orillas pellizcadas. O por la crema saladita y el queso desmoronado y la salsa de molcajete y dosis de verdad. O por el jugo de naranja recién exprimido. Vayan ustedes a saber. Volví a sonreír.


 

Londres y yo nos enredamos en un abrazo frenético de reconocimiento, adoración y reclamo: te he estado esperando. Caminé como si el mundo fuera a acabarse pasado mañana, bebiéndome los edificios, las casas y el verdor en todas sus formas, tomando notas, escuchando con los seis sentidos, excitada, cómplice. Subí al double-decker, y sintiendo los estragos del cansancio de tanta líbido por esta ciudad, me entretuve contemplaba una maceta que pendía de un farol y que me quedaba justo enfrente, en el segundo piso del autobús. Estaba preciosa, coloridísima.

Desvié la vista y noté que, desde la calle, un muchacho observaba cómo me estaba enamorando de las flores. Nuestras miradas se encontraron y él me mandó un beso con la mano.  El autobús avanzó y yo me quedé alborotada de todas las partes de la vida.

 

*El tema fue sugerencia de mi queridísima Themis Maya. ¡Un abrazote, Themis!

 

 


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Letras Para Tiempos de Encierro 3

Cuéntanos.*

Él y yo tuvimos una relación a distancia durante casi 3 años. Cada quien vivía en un país distinto. A veces me preguntaba a mí misma si la relación era real. ¿Cómo podría serlo? Las relaciones sólo son verdaderas cuando se nutren de lo cotidiano, cuando los defectos pierden la chapa de oro de la virtud que les atribuyó el enamoramiento. Cuando nos vemos las suelas de los zapatos y el interior de la plantilla y no hay asco sino sonrisa, entendimiento.

Pero, ¿cómo podía no ser real? El amor es el amor, el deseo es el deseo y a la combinación de amor y deseo no hay quién la detenga. Deja un tiradero característico, impulsa, motiva, aparecen listas de metas, hay proyectos como hijos,  a veces hijos —o hijas— que se van atesorando desde el nombre; un «hola, te quiero» bajito. Claro que era amor, y del de quedarse.

Vistas a profundidad, todas las relaciones son a distancia. Él, por ejemplo, vivía en un país donde había muchas más yo. O lo que yo le significaba. He de reconocerle el mérito creativo: a ninguna nos dijo lo mismo. Un país donde los hombros de él y el escote de ella(s) eran fotogénicos y donde la persona no es la arroba, pero sí es, pero no es. De fondo era cuestión de entenderle a la dinámica. Y relajarse. Y divertirse.

Yo, para ilustrar, vivía en un país donde el duelo es el idioma oficial. Podía ver, en cualquier circunstancia, lo que no hay, lo que no alcanza, lo que no funciona, lo que no es suficiente. Sentía una obligación continua de hablar acerca del dolor y de las pérdidas. He de reconocer mi mérito de fortaleza: perseveré, mantuve la esperanza. Le mostré que era posible reinventarse confiando en que habría provisión y avance; el duelo nunca es estático. De fondo era cuestión de exponer las carencias. Y trabajarlas. Y confiar.

Creo que sí fueron 3 años. Desde que supe que no fue real, decidí borrarla de mi memoria. No la relato en mi historia, no cuenta.  Nos abollamos el ego, no el corazón. Fue una fantasía, y ya.

Excepto por los abrazos cada vez que nos veíamos. Esos primeros minutos de tomar forma en persona, dejar caer las maletas, suspirarnos de esencia y lociónperfume, sanar todas las fracturas de los huesos y de las dudas. Un «somos» indiscutible, cultivado en horas y horas y horas previas de conversar como si la vida no hubiera puesto miles de kilómetros en medio, como si la vida y nosotros fuéramos cuates de destino.  Y cada vez que nos despedíamos: esos últimos instantes de arrebatarle prisa a los vuelos programados, asir las maletas, jóvenes, no estorben, esbozarnos la cara, la voz en la garganta seria, los besitos de ¿volveremos a vernos?, dejarnos ir como sólo se deja, libre, a quien se adora.  Un «somos» impractiquísimo, drenando las carteras en viajes y viajes y viajes que apenas sumaban treinta días juntos, como si la pérdida y la deslealtad no se hubieran desgañitado llamándonos y dejando mensajes con mayúsculas.

Tres años y 41 días.  Es de la incumbencia de nadie porqué no la relato ni la relataré más. Baste saber que ahora, cuando amo, me aseguro de vivir en el mismo país y mi tercer idioma es Contigo Aprendí. En lugar de hablar duelos, escucho las señales y me fijo bien. Real, y punto. Todo lo bueno que siguió provino de esa lección, el orden sabio, tierno, después del tiradero. Me siento agradecida.

Nada de margaritas. Si quieres saber si te quiere o no te quiere, pregúntale a un aeropuerto.

*Tema a sugerencia de Isabel Del Castillo. ¡Un abrazo, Isa!


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Letras para Tiempos de Encierro 2

Cuéntanos*

De cómo es tu sazón (tus secretos en la cocina)

Provengo de mujeres que cocinan como si las recetas del mundo se hubieran creado para ellas, es una herencia exquisita y redonda de cachetes (míos). También deja la vara de medir muy, muy arriba. Digamos que, en comparación con ellas, mi sazón alcanza un decoroso:

—Te quedó bastante bueno. ¿Cómo le hiciste?

— Gracias. No sé.

Y luego tengo esa maña de tener que nombrar el momento. Es un impulso, y está presente en todas mis cocinas. ¿Verdad que es muy agradable que estemos aquí reunidos? ¡Qué bueno es conseguir ingredientes mexicanos! Nos estamos conectando con los antepasados; mira, prueba estos frijolitos. Esta sopa me quedó aguadísima pero voy aprendiendo de mis errores, ¿gustas? A lo mejor confundo el silencio de mis comensales con el alivio de que ya me callé. ¿A poco no es emocionante que haya espacio para mostrar cómo somos?

Mantequilla, sal y pimienta. Laurel. Comino, si amerita. Y un manto de salsa verde: no falla.


Los libros que siempre has querido leer/tener pero por equis razones no has podido

Siempre he querido leer Los Miserables. La figura del Inspector Javert me apasiona, me gusta la metáfora del dilema entre ver a un ex-convicto como alguien que puede reivindicarse y considerar que no, que fue y será un criminal.  Creo que, a veces, tenemos a un Javert en la cabeza: el que establece, categóricamente, que debemos ser perseguidos por los errores cometidos, que somos una farsa.

Me encantan las novelas de detectives y, si pudiera, leería toda la colección de Agatha Christie otra vez. Pero debe ser la de Editorial Molino, la de las portadas explícitas y macabras.

Tengo un tema con los detectives, con su capacidad de ver más allá de las apariencias. Deja tú los libros: me encantaría poder leer a la gente así.

Libros de microrrelatos en español. Son dificilísimos de conseguir acá, y caros en línea. De esos quiero leer todos los que pueda mientras viva.


De los protocolos de etiqueta que has roto y cómo contribuyeron para darte más libertad

Me he separado dos veces de la misma persona. Toda la faramalla de comprometerse, casarse, mandarse a la chingada, que siempre no, ah qué bonito, bien por ustedes, hacer el anuncio público, promesas y votos, mandarse a la mamá de la chingada, que siempre sí pero de todos modos nos queremos y tenemos una familia, etc. He roto cualquier protocolo en materia de separaciones. No debería haber tal, los duelos y los límites caben mal en las normas.

Mientras más años cumplo, más me interesan los vínculos no convencionales. Usar botas con vestido, desafiar los maridajes. Le huyo a la plática trivial entre gente que no se soporta. Sólo saludo de beso y abrazo a quien quiero, de corazón. (No aplica en caso de coronavirus. #DistanciaSocial #ALavarseLasManos).

Aunque parezca todo lo contrario tiendo a ser introvertida. Cualquier evento donde haya que demostrar estatus, logro, poder adquisitivo, marcas, cantidad de followers, territorialidad, mapamundi recorrido, todo el espectro del quién la tiene más grande, afirmaciones de haberle entendido a las reglas no escritas de la vida, y, en general, el uso de imperativos me da una hueva infinita. Y me voy rápido. No sé si sea más libre, pero sí más honesta.

 

*A petición de Gabriel Mondragón. ¡Saludos, Gabo!