Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

La leyenda de Miranda, jugadora de badmington

2 comentarios

En la escuela donde yo estudié, el tránsito de la secundaria a la preparatoria consistía en ocupar el último piso del edificio y obtener algunos privilegios que equivalían a viajar en primera después de doce años de traqueteo en clase turista. La primera y más notoria de las ventajas era dejar atrás al profesor de Educación Física.

Cada martes y jueves, el hombre de pants sintéticos, zapato-tenis sin mácula, y un metro y medio de estatura, nos sometía a un calentamiento en formación que habría provocado una lágrima de orgullo en Charles Atlas. Y en Cervantes, porque era narrado en un español prístino con expresiones como “posición supina” y “músculos tensoflexores” e indicaciones del género Coma Calisténica Entre Tiempos:  giro de cintura al costado derecho, uno, eje vertical dos, giro de cintura al costado izquierdo tres, eje vertical cuatro.  Nos traía marcando el paso, literalmente. Aplaudía, sí, pero no de aprobación.  Con las palmas dividía en sílabas el izquierdoizquierdo, para homogeneizar la formación de pies. Yo marchaba con gusto porque él respetaba el diptongo pero nada de su castellano deportivo me quitaba el agobio de lo que seguía.

Los últimos 20 minutos de clase, consistían en algún deporte en equipo (basquet o voli por lo general) y se esperaba que fuéramos la encarnación de los dibujos del manual de procedimientos de la YMCA en el siglo XIX.  Nadie podía ayudarme. Cuando era mi turno, el profesor hacía anotaciones en su tabla de notas, ya acostumbrado a mi susto para volear y a mi enceste que parecía que estaba liberando una parvada de palomas. Y me ponía 7 de calificación y yo comprobaba que lo mío, lo mío, era quedarme quieta. Otras pocas compañeras se unían a mi conclusión. Callábamos, derrotadas desde el principio. Así, pasaron tres años.

Nos urgía saber quién sería el nuevo profesor de Educación Física, ahora que podíamos usar un poco de maquillaje y las uñas pintadas y escribir con pluma morada. Recibimos al maestro en posición de firmes y alineada por filas. Sólo se escuchaban los camiones cambiando de velocidad sobre la Av. Gabriel Mancera. Un señor fornido, entrecano, y oh, desdicha, con una tabla de anotaciones, engrosó la voz:

– Señoritas, su atención por favor. La dirección tiene vista al patio y cada uno de nuestros movimientos es observado por la directora. Esta clase tiene dos condiciones indispensables: una vez pasado el calentamiento, cada quien elegirá un deporte.

Dilatamos los ojos, comisuras y cejas dudaban.

– La. Otra. Condición. -me emocionó que usara el punto y seguido en vez de silbato- es que no dejen de moverse para que yo no pierda mi trabajo.

Con su psicología inversa, el profesor logró pactar con 160 mujeres, cuarenta por grupo, cuatro grupos por grado y hacer lo que su antecesor no había podido. De inmediato se formaron equipos de basquetbol, de volibol, de kickbol, salto de longitud y de altura, atletismo. Yo opté por el lanzamiento de disco. La idea no era mala, excepto por una compañera que insistía en hacerla de cronista y acompañar sus narraciones con onomatopeyas; al cabo de tres lanzamientos y  dos chiflidos acompañados de un tucutúcu, me dieron ganas de arrojarle el disco hasta sus dientes. Pero salvo ese hecho, el deporte y el juego empataron. La gritería y la risa fueron porra, marcador, reglamento y triunfo. Para cuando sonó la campana, la titular tuvo que arriarnos.

Una semana después, las otras alumnas que habían sacado 7 en años pasados, me abordaron en un pasillo. Tenían una idea para la clase de Educación Física, buena, pero implicaba estirar la liga de las negociaciones. Accedí pertenecer. En la clase siguiente, nos presentamos ante el profesor Victor Hugo, que olía a atole y tamal. La que urdió la idea traía una maleta negra y le mostró el contenido al profesor. Él nos respondió de inmediato: solo volteó hacia la ventana de la directora y nos dijo que sí.

La maleta contenía un equipo de badmington. Ninguna lo había jugado antes, pero la técnica fue lo de menos, la aprendimos con intuición y práctica, aprovechando que la cancha no tenía corrientes de aire y no daba el sol de frente. En lo personal, me costó más correr hacia atrás respondiendo un tiro sin   miedo a caerme de sentón o fracturarme el cóxis. Una vez pasado mi temor, el resto del reto fue soportar la burla de las otras compañeras que nos percibían como unas delicaditas de raqueta, que ya es bastante por decir en un colegio de mujeres.

No sé qué hizo el profesor Victor Hugo pero un día terminaron las burlas y, a partir de ahí, todo fue concentrarnos en practicar durante los siguientes 3 años. Así fue como rechazamos la conclusión de que estábamos hechas para callar, inmóviles: fue un compromiso con nosotras mismas. Para compaginar el badmington con nuestra vida académica -que tenía más exigencias que privilegios-  jugamos repasando los presidentes de México y las fórmulas de física. Jugamos saliendo del examen de álgebra y luego trigonometría, y luego de cálculo. Estudiando etimologías, prefijo por tiro. Discutidoras y hormonales, cuando llegamos a contar del primer beso, exagerando detalles, omitiendo otros. Jugamos con cólicos e inflamaciones, en días de sol, entre charcos, casi universitarias, casi bachilleres. Jugamos y jugamos porque nuestro futuro dependía de ello. El día que acabé la preparatoria, abracé a mi profesor Victor Hugo con todo mi cariño y gratitud, porque me cambió la vida. Le apodaban El Champion. Sí, era un campeón.

Todo lo anterior viene a cuento porque escribir es la continuación de ese voto de no quedarme quieta de mente ni de espíritu, el problema viene con el asentamiento del sistema musculoesquelético.  Estoy en búsqueda de una actividad que me permita lograr el equilibrio antes de que me quede publicada y tullida. Por lo pronto, comento a mis lectores que, si tienen una raqueta y un volante, me encantará jugar con ustedes, el día que quieran. Pero les advierto, amorosamente: en badmington, soy una leyenda.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

2 pensamientos en “La leyenda de Miranda, jugadora de badmington

  1. Hace cuatro años me pesé y revisé la talla de mis pantalones: 20 kilogramos y 4 tallas más que durante la Universidad.
    Entre el orgullo de que no me veía gordo y la preocupación por la falta de ejercicio, empecé a planear que deporte practicar.
    ¿Basquetbol? Ya no tengo ni el tiempo ni el animo para los golpes que recibí durante prepa y Universidad.
    ¿Caminata? La falta de tiempo para llegar al trabajo y la falta de ganas para regresar a la casa la descartaron.
    ¿Campismo? El problema son los entrenamientos y el peligro de acampar solo en el México actual.
    A finales del año pasado me acorde de mi tío, quien antes de pasar a la adultez fue ciclista de ruta. Le compre a un compañero su bici de montaña y, en una tienda, unos rodillos de entrenamiento. Tardé cuatro meses en empezar a pedalear y cuando lo hice solo era para ir al súper: caminaba de subida al súper y me subía a la bici de bajada a la casa.
    Cuando logré llegar de mi casa al trabajo con la bici, fue un acierto hacerlo en sábado: pase 30 minutos recuperando el aliento.
    A la fecha ya puedo ir y regresar sin problemas, de tardar hora y cuarto ahora llego en cuarenta minutos y no necesito recuperar el aliento para empezar a trabajar.
    Suerte con la búsqueda pero recuerda: no nos hicimos sedentarios en un día y no seremos deportistas en un día.
    Por otro lado, lamento no poder jugar contigo: tengo prohibidos los deportes de raqueta por las molestias de mis muñecas.

  2. Estudiaste en el IMA? Me has hecho viajar en mi propia historia 30 años atrás y ver tantos detalles que en aquel entonces pasé por alto, excepto que comparto la poca vocación deportiva… algún día te contaré mis peripecias con el Átomo, de hecho, tal vez en una de esas me anime a escribir algo así como una respuesta a este lindo texto, tan lleno de recuerdos que suenan a mi propia via. Gracias por el viaje, el disfrute y las carcajadas que tus letras me han regalado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s