Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

De horas y mayo

4 comentarios

En el año en que cumplí 10 años, mis padres compraron un reloj cucú. Cuando la manecilla grande llegaba a las doce, un ave de plástico se deslizaba por una especie de trampolín, daba la hora diciendo cucú, el trampolín se retraía y una puerta se cerraba tras él. Era una monada. Bueno, una aviada.

En el acto de asomarse y volver a su sitio, no sé cómo se las ingeniaba el pájaro aquel para dar la hora de la misma manera pero nunca igual. Habrá sido mi imaginación.

Me recordó a las tardes de ir a tocar timbres, echar a correr y refugiarnos en la primera casa que encontráramos.

– Órale, que nos acusa la vecina. Es la una. Cucú.

 Una vez hasta imitó la caravana del fin del discurso de un candidato a la presidencia municipal.

 – Gracias compatriotas. Son las nueve. Cucú.

También se parecía a mi maestra Deyanira cuando se inclinaba sobre su escritorio para revisar las numeraciones.

– Terminen o no salen al recreo. Son las once. Cucú.

Era como si el doctor revisara la garganta.

– Aaaah. Son las dos. Anginas inflamadas. Cucú.

El cucú era lo máximo.

Pero nadie es profeta en su tierra ni ajonjocú de todos los molojes. Su compromiso original de dar la hora -o de dar la hora originalmente, como quisiera verse- tuvo caducidad y un día el reloj solo fue un reloj. Mi papá fue el encargado de poner el seguro de la puertita para encerrar al ave con todo y su trampolín retráctil. Dieron las ocho, las cuatro y media, las siete. El cucú se convirtió en un reloj de la rutina. Pasó el tiempo, y solo fue tiempo.

Yo quise saber si el cucú seguía dentro. Habrá sido mayo. Abrí la puertita. El trampolín estaba oxidado y, por un segundo, creí que el ave también. Qué va. Me soltó todas las horas que no había anunciado en una perorata frenética a cucutazos mientras yo intentaba cerrar la puertita sin lograrlo porque el ave estaba indignada y, además, tenía toda la razón en estarlo. La indignación le duró hasta que se acabó la cuerda y quedó suspendido con el pico abierto. Esa ocasión fue la primera vez que el tiempo me rebasó.

La segunda fue ayer cuando Mini Dancing Queen cumplió 10 años y me acordé de ella recostada en el cunero. Siempre es hora de crecer pero qué puntualidad tremenda, la de l@s hij@s. No es mi imaginación. Hay horas que vuelan como cien aves juntas, ahora. Cucú.

 

 

 

 

 

 

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

4 pensamientos en “De horas y mayo

  1. Hermoso Cucú, hermosos recuerdos, hermosa forma de plasmar el asombro del tiempo que pasa y que se ve más claro que nunca en nuestros hijos. Un abrazo cucú, amiga!

  2. Gracias por leer, amiga. Seguimos deleitándonos con tus “Lecciones para volar”. Un abrazo.

  3. Indudablemente el tiempo es relativo. Cuando empecé a sentirme viejo, tomé mi bicicleta y empecé a pedalear. Por cada kilogramo perdido rejuvenecí un año.
    Entre esto y la ausencia de hijos me siento como universitario.
    Sólo espero que el tiempo no me persiga en motocicleta porqué entonces sí me revasa.

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