Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

Que viene el coco, Miranda

4 comentarios

Yo no necesitaba que me dijeran que venía el coco para que me portara bien. Era una niña miedosísima. Me portaba bien por default. Ese mismo pavor hacía que mis parámetros de buen cine fueran Mary Poppins y La Tercera Guerra de los Niños. En cualquier otra película, me tapaba los ojos con una mano porque no aguantaba las persecuciones ni el asecho ni los muñecos diabólicos ni los fantasmas por ser cazados ni el asecho ni cualquier imagen que me regalara una noche de pesadillas. Con la otra mano, me aferraba la persona que estuviera junto a mí. Y casi le dislocaba el brazo.

Como a mis 14 años, viajé a Veracruz con mi familia. Hicimos las visitas de las siete casas y luego me quedé con una prima mientras mis papás y los suyos se iban a cenar. Las adultos se quedaron muy tranquilos porque íbamos a ver una película. Mi prima era año y medio menor que yo, y una de dos: o ella me llevaba veinte vidas o yo estaba muy mensita, según quisiera ponderarse. El caso es que como yo era la invitada, solo me quedé sentada en la sala de su casa mientras ella preparaba la botana, apagaba las luces, encendía la videocasetera y le ponía play al VHS.

De adolescente, y solo cuando hojeaba la revista Eres, cambiaba el miedo por el entusiasmo. En general, la vida me parecía in-cre-í-ble, de pelos o mega ______.  Así que cuando mi prima puso la película El Silencio de los Inocentes, yo estaba muy contenta. Además, ser la mayor me daba cierto caché; por ejemplo, justificaba que fuera una historia clasificación B. Mi primera. Mi recuerdo de la historia es impreciso. Solo recuerdo que la botana era un plato con trozos de coco, limón y sal. Mi prima se lo preparaba exprimiendo el limón hasta sacarle todas las verdades y luego con tres sacudidas de salero. La clave era que el liquidito no se escurriera de la mesa a la boca.

La parte inicial de la película se me fue en imitar a mi prima, aprendiendo a exprimir el limón en la oscuridad. Y, como no tenía a quien aferrarme, ni cómo taparme los ojos, la segunda parte de la película se me fue parapetarme detrás de lo único que mediaba entre la triada entre Jodie Foster, Anthony Hopkins y yo: un pedazo de coco.  El tronido de la boca de Dr. Lecter coincidía con los sorbidos de limón de mi prima y mis futuros terapeutas me agendaban cuatro sesiones, mínimo. Cuando mis padres volvieron de la cena, no les conté qué había pasado. Me volví caníbal de mis ansiedades.

Hace unos días, mis papás llevaron a mis hijas a Veracruz. Aquellas me hablaron por teléfono para preguntarme que si había probado el coco. Veintitantos años de silencio se me agolparon en las glándulas salivales.

-Comuníquenme con su abuela.

Confesé con voz de segundo de secundaria.

Total que escribí este post para purificar el recuerdo. Quiero que el coco ya no me persiga y solo sea un alimento rico en hierro, potasio, fósforo y magnesio. Todavía me entusiasmo, disloco brazos, me tapo los ojos en el cine, pero por hábito. La sombra de portarme bien por default me ha causado más pesadillas que todas las revistas insulsas y todas las películas de suspenso de los años noventa, juntas.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

4 pensamientos en “Que viene el coco, Miranda

  1. jajajaa, me encantó tu humor en este escrito. Me sacaste carcajadas entre líneas 😉 gracias.
    Es cierto que nos condicionamos desde pequeños y que es muy difícil quitarnos esas ataduras, más por miedo que por imposibilidad porque, bien dicen por allí:” más vale malo por conocido…” ¿cierto?
    Suerte con el coco.

  2. jajaja. Tienes toda la razón, Aída. Ese condicionamiento hace de las suyas. Gracias por leer. Un beso.

  3. Bueno, eso de estrenarse en la películas B con Hannibal no es cualquier cosa.
    Me recordó la primera vez que vi un programa de ciencia en TV: una operación de ojos en vivo. Durante años me sentí perseguido en la casa.

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