Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

Desde las gradas

3 comentarios

Victoria Luminosa está progresando con el voleibol y yo, para poder seguir apoyándola, tuve que ir con la ginecóloga. La doctora apuntó en mi expediente: Diagnóstico- útero en contracción y disparo súbito elevado hasta la región laringofaríngea.  Frecuencia- dos veces por semana. Causa- actividad deportiva de la hija mayor. Reconoció mis síntomas, aunque no están señalados en los libros de anatomía: cualquier madre sabe que presenciar un partido donde el hijo o la hija es protagonista equivale a una montaña rusa de matriz.

La doctora, por única prescripción, sugirió que me llevara mi tejido al partido. En un principio me funcionó bien hacer cuadritos de estambre, hasta que a mi hija le tocó sacar en cuatro ocasiones consecutivas y la colcha se convirtió en icosaedro aguado y, como el gancho ya no me servía, quise usarlo para picar las cuencas a un papá de esos que tienen un adjetivo para cada ejecución de su retoño y del retoño contiguo y de todo el equipo; que me pone nerviosa, señor, cállese los ojos.  Seguí tejiendo, uy, frivolité y encaje de bolillo, ¿para qué sirven las falanges, si no?

Entre las jugadoras, el grito de “Mine” equivale a ¨Mío” o “Voy”. Entre el público, en lo que la jugadora efectivamente va con los antebrazos y el balón pasa a la cancha contraria, vuelve, es deportado, insiste, es rematado en picada o voleado sobre la línea y la duela, no hay respiración posible. No distinguimos el marcador, lo sufrimos. 7-10, 13-13, 18-22 son combinaciones de números que, a silbatazos, restregamos contra la Zona T y en verificaciones compulsivas de algún mensaje en el teléfono. Además, no hay tiempo para procesar el soponcio, en el voleibol todo ocurre en cámara rápida. Eso no quita que, en los pocos ratitos de pausa, deje de haber motivos de entretenimiento. El entrenador, por ejemplo. Con las cejas y tres aplausos dar un discurso motivacional si el tiro falla y, con las mismas cejas y palmadas, indica la rotación y el “vámonos riendo, muchachas”. Y, claro, las nalguitas del juez trepado en una escalera; se parece a Morgan Freeman pero con tobillos de codorniz.

Mi útero está acostumbrado a los sobresaltos, desde el primer día en que mi hija durmió sola en su cuarto y corrí a comprobar que estaba viva. Y cuando se cayó de la cuna, cuando la fiebre no cedía, cuando le pusieron la aguja con el suero, cuando entró a la primaria sin voltear a verme, cuando se trepó al camión rumbo a un campamento, cuando la vi sonrojarse frente a un mensaje de texto.  Este es un espasmo distinto. En todos los sobresaltos anteriores, yo había estado a nivel de cancha. Yo era la directora técnica, el árbitro, la dueña de la liguilla, la patrocinadora. Hoy estoy en las gradas, como espectadora. Cuando dice “Mine”, es cierto: es su juego, su vida. El útero me hace espirales porque cada vez tengo menos control sobre lo que ocurre. Mi hija me sonríe desde su posición. A gestos, le digo que lo está haciendo muy bien. Nos echo porras a las dos.

Si fui al médico fue porque amo las bitácoras y otros gajes de la constancia. Solita me receto un cuaderno. Escribo antes, durante, y después de ser madre. Aunque en algunas temporadas -como en los torneos de voli-  los manuscritos parezcan gráfica de sismógrafo y esa sea la historia que cuenten.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

3 pensamientos en “Desde las gradas

  1. Sin afán de ofender, creo que lo tuyo es masoquismo.

    Yo estoy de acuerdo en apoyar a los hijos, pero si mi madre hubiera sufrido así cada una de mis caídas yo hubiera sido huérfano a los 10 años. Y lo peor, mi hermano hubiera nacido con mal formaciones. Mi hermana hubiera sido un aborto.
    Relájate y vive tu vida, yo la de ella.
    Mi muy egoísta opinión.

  2. Ahora entiendo tu posición, no con tantos episodios, pero comienzo a saber lo que se siente y no, no es fácil, tan solo al levantar el pie para dar un paso ya imaginaste mil cosas que podrían suceder y mueres de nervios, descansas cuando la planta del pie toca de nuevo el piso, jaja, no es de dios.

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