Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

No puedo dejar de verte

4 comentarios

El otro grupo de cuarto grado iba a bailar el Cerro de la Silla, una polka tradicional norteña de paseíllo que involucra talón, talón, talón, tres pasos para un lado y tres para el contrario y que, complementados por una serie de saltitos, en ciertos momentos remite a una Heidi indecisa. Mi grupo presentaría otro número. Estábamos formados en el patio cuando profesor de educación física llegó cargando una grabadora gris que habría sonado muy potente en un ghetto, llamó al orden y nos hizo saber las dos palabras que regirían nuestra vida: tabla gimnástica. Empezamos a quejarnos con la torpeza de pollo de quien tiene 10 años, fastidio y antena para la pena.

¡Sht!

Y sonaron los violines. Las indicaciones crecieron con el beat del sintetizador. La tonada era pegajosa, igual que el palo de escoba cortado a la mitad de donde pendían dos pompones de celofán rojo y azul, que agitábamos. Más violines. Imágenes auditivas que parecían atardecer de  portada de cuaderno Scribe. Una mujer sorprendiéndose de que alguien exista, que sea demasiado bueno para ser verdad, que no puede dejar de verlo, gracias a Dios, oye ¿será real?, se siente viva, no tiene palabras, le pregunta si siente lo mismo, que se lo diga. Bombo, platillo, unas trompetas. Un cover de la versión original de Frankie Valli, orquestada con sobredosis de azúcar y caja de ritmos; el grupo de 4B, en shorts, trazando el efecto dominó, la cruz de San Jorge, las células de cuatro compañeros, rueda al centro, múevanse como algas de muelle, el perímetro y otras figuras típicas en cuentas de ocho.

Yo me enamoré. No del profesor (mi corazón en esos entonces estaba reservado para cuando conociera, en persona, a Tino de Parchís) sino del momento. Era 1986. El terremoto, seis meses antes, había cimbrado la ciudad y a la vida cotidiana se le botaron las varillas y las grietas; había sido una experiencia aplastante. Una parte de nuestra infancia estaba en los escombros porque nuestra primera taquicardia de pre-púberes no la produjo alguien del género opuesto sino los edificios caídos, que no podíamos quitarles los ojos de encima. Supimos que los significados son frágiles, que se caen con el movimiento, que se estrellan cuando hay oscilaciones o trepidaciones, que un día, en un segundo, uno puede quedarse sin casa, sin padres o sin paisaje. Yo escudriñaba faroles y lámparas colgantes. Si se mecían, temblaba, venía un final,  temblaba yo.

Esa tabla gimnástica fue lo mejor que nos pasó, como grupo, en ese año escolar. Después de varias semanas, cuando ya conocíamos bien los pasos, la ensayábamos con un gusto que se parecía bastante al amor, es decir, a vivir el presente. Y yo le preguntaba al momento si era real porque lo me traía loquita y él me respondía que mano derecha celofán rojo arriba, mano izquierda celofán azul abajo y yo sacudía los pompones con todo el entusiasmo que, entonces y ahora, me produce la cursilería. Pocas veces he sido así de perfectamente feliz. No me acuerdo por qué resultó que no participé en el festival y nunca estuve en la presentación de la famosísima tabla de 4B que ahora nos interpretará “Can’t take my eyes of you” en la versión de Boys Town Gang, quizás me fui de viaje con mi familia o hubo algo que hacer o fue la réplica de lo que recién había sabido. Una lección que habría de recordar, subrayada, conforme crecí.

En diciembre, hace unos días, escuché la canción y me dieron todas las ganas de repetir aquella coreografía que se me quedó en el corazón. Mis hijas, con su satélite orbitando para que no las avergüence, me fulminaron. Oh, pues*. Para canalizar lo que sentía, y aprovechando que era 31 de diciembre, me propuse recordar que la próxima vez que me enamore sabré que puede acabarse en cualquier segundo y aún sabiendo que desconozco el desenlace, dejaré que suenen los violines, descalza, moveré los pies al beat meloso y sublime, no estaré pendiente de los candeleros.

No en todas las escuelas se aprende, en una tabla gimnástica, que el amor es hoy. Quién sabe cuáles habrían sido mis conclusiones si hubiera bailado el Cerro de la Silla.

*Les aviso: un día lo haré. En público.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

4 pensamientos en “No puedo dejar de verte

  1. ¡Nada que ver! Lo mejor de cuarto año para mi fue aprenderme la letra del Himno a la Alegría. A la fecha sigo recordandolo y sigo orgulloso de renunciar a pertenecer a la escolta a cambio de cantarlo.
    Es curioso como pueden variar tanto las actividades para los niños de diferentes escuelas.

  2. Sí, el amor es hoy. No hay mañana para el amor.
    Qué hermoso que, a temprana edad, viviste el hoy desmedidamente en el amor 😉
    Ojalá pronto repitas ese coreografía. Abrazo, Loca de la Maceta.

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