Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

De oficina porque sí

1 comentario

Hasta hace algunas semanas, mi apellido bien pudo haber sido Locadelamaceta Odio Las Oficinas. Mi odio era legendario. Por supuesto, se debía a que alguna vez, cerca de mis 20 años y antes de que acabara el siglo XX, entré a mi primer trabajo formal. (Aunque yo trabajaba desde los 17, me enteré que ser reportera y dar notas como la reinauguración del Zoológico de Chapultepec no contaba con la formalidad necesaria para ser considerado un trabajo serio).  Yo no sabía que a la vida le gusta ponernos donde nos da más miedo.

Así fue cómo mi primer trabajo formal fue una agencia de relaciones públicas. Mi labor consistía en llamar a los medios de comunicación e invitarlos a cubrir nuestros eventos. Las triquiñuelas del oficio implicaban cortejar a los medios y atraerlos a que abrieran un espacio en su agenda, a sabiendas de que tenían otras cosas que hacer. A mí siempre me decían que uy no, a la primera. Y yo lloraba en el escritorio moqueando de la angustia porque mi madre me había dicho que no significaba no, y la sala de prensa estaría vacía. Fui conminada a seguir buscando una oficina donde pudiera trabajar sin que el número de soporte técnico fuera el de mi terapeuta.

Aterricé en una consultora donde tenía el puesto de “Creadora de Contenido” que, esencialmente, consistía en hacer presentaciones de Power Point para mi jefe. Era un trabajo predecible pero aburrido porque las diapositivas eran de estadísticas. Mi sub jefa era muy estricta con el código de vestido y no me dejaba parar de mi lugar si no traía el saco puesto, aunque ella se quitara los tacones y anduviera descalza con los pies como tamales envueltos en medias Foreva. La ambivalencia me motivó a añadirle aplausos y vítores a las diapositivas, mi jefe ni cuenta se dio. Empecé a sospechar que alguien se merendaba mis presentaciones y, cuando empecé a hacer preguntas, me cambiaron de área y me duplicaron el trabajo. Llegó un punto donde me subía al elevador y pensaba: “agrupar”, y mi máxima aspiración del día era pedir una torta cubana, esconderla en mi escritorio y darle beso furtivos, digo, mordidas.  (Ustedes saben que el idilio entre las tortas cubanas y yo es absoluto). No me podía poner el saco porque estaba lamparoso, entonces tenía que quedarme sentada y me daba sueño por la torta y confundía las estadísticas.

Cuatro oficinas más tarde, concluí que la oficina requería un tipo de herramientas sociales que yo no tenía, entre ellas, la charla de pausa de cafetera, la compra de productos por catálogo, la coexistencia con el horno de microondas, la juntitis, los tejemanejes entre equipos de trabajo, ser supervisada y el código de vestido. Mi conclusión coincidió con la época en la que empecé a dar clases. De aquí soy, me dije. Y en todas las fiestas con mis alumnos, yo cantaba las canciones de despecho con dedicatoria para las oficinas. No volveré.

Y no volví, ajúa.

Hace unas semanas me ofrecieron mi primer trabajo formal en California. Cuando supe que era en una oficina, ponderé. Mucho. Con reticencia y gruñido. Yo pensé que ya había cumplido con mi cuota de jugarretas. (Vida, ¿pues qué no lees mi bitácora?), pero no me quedó de otra. Me apersoné en la oficina vestida de colores y enfrentándome a la situación que me hizo sentirme inadecuada por tantos años; una de tantas, a la que más rencor le tuve. Usé un chal en vez de saco, dato que en California a nadie le interesa. Y cuando tuve que hablar por teléfono para invitar a los proveedores, usé mi voz de radio.    -Y cerré el contrato, obviamente.- Me tomé un café con mi jefa, a quien le aprendo cada nanosegundo, y pude reírme y trabajar con eficiencia porque tengo muchos años apasionándome por la comunicación. No necesité supervisión, solo un diálogo orientado a una meta.

Odié las oficinas porque estaban pobladas de un No que yo no podía manejar. Hoy descubro el poder de mi Sí, esa palabra que me da la mano y me sostiene, en serio. Una mala experiencia pudo haber sido solo inexperiencia, lo inadecuado de entonces puede ser valorado en otro contexto. Y claro que canto mal las rancheras sino ¿cómo voy a audicionar, un día, para vocalista de un grupo retro?

Lo que es para mí empieza donde hago terminar lo que me asusta.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

Un pensamiento en “De oficina porque sí

  1. Prometo piratear la última frase, es genial.
    A veces los empleos son cómo los libros: no se deben juzgar por la portada.

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