Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

De humedades

4 comentarios

La vida, tan detallista, me preguntó cómo estaba. Desplazarme en patineta entre hojas de cálculo me mantenía muy ocupada en mi trabajo y respondí con un “Bien”, genérico.

Uy.

La vida, con su cuña filigranada, replanteó su saludo: Miranda, ¿cómo andas? Se me había ocurrido impartir un taller de microrrelato y estaba absorta en construir mundos, así que respondí con otro  “Bien” genérico.

Entonces, la vida, con su Te Estoy Hablando, me reveló -a través de un técnico- que en mi casa había 340,160 esporas de moho por metro cúbico. Cincuenta mil se consideran un peligro para la salud.

Unos señores dividieron mi casa en áreas, delimitaron la cuarentena espacial con unas puertas de plástico transparente, trajeron unos extractores, llegó una cuadrilla de desinfección con trajes protectores. Descasada, con la patineta a cuestas, arrastrando el punto y seguido, y con dos hijas preadolescentes, fui a dar a un hotel que sirve el café a partir de las 9 de la mañana.  Así, ha transcurrido una semana.

A todo el aprendizaje reciente, dado que nunca fui versada en Excel ni me sale bien lo concreto, le añado el no dar por sentada la casa, ni el sorbo de café de madrugada ni el poder de atender un problema a tiempo. Perdóname si ignoré tu saludo, Vida, y te contesté con poco esmero. No fue por desdén o inercia sino por el enorme placer de estar involucrada en proyectos que me apasionan. Yo también te hablo, aquí va mi respuesta, de nueva: estoy bien.

Espero volver a mi espacio, pronto. Lo añoro. Cuando vuelva, no habrá moho, solo mis humedades, arraigadas y tercas. Hogar.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

4 pensamientos en “De humedades

  1. A veces así es Vida: yo estaba tan entretenido andando en bicicleta que no hice caso de incipiente dolor de rodillas. Vida se encargó de degollar una pieza del cuadro y llevo cuatro semanas de descanso obligatorio, de camiones lentos y de libros leídos en el camino.
    A veces nos sacan de nuestros mundos sin pedirnos permiso.

  2. Bellísima escritura – de Miranda, y del comentador.

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