Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

Desde Primero B

2 comentarios

Otra vez, él.

– ¿Ahora qué quieres?

Tanto le urgía nuestra atención y, con la misma tenacidad, tan rutinaria era nuestra indiferencia que no previmos su oferta:

– Si me ayudan, les enseño el pito.

Nos quedamos sin onomatopeyas y eso que eran nuestra especialidad en esa época. A Gabriela le brillaron los ojos y dijo rápido que sí, en nombre de todas. Ni dio tiempo de ponderar las consecuencias;  además, y era muy tarde para retractarnos: estaba echado el grillete de la curiosidad.

Pero pasaron varios días de ayuda incondicional (a mí me tocó prestar la goma que no manchaba, para contribuir a la causa), y nada de promesa retribuida.  La tensión crecía. ¡Anda tú, eres puro cuento!

– ¡De veras! – nos insistía- Es más: si me comparten de su comida, les enseño el pito más veces.

Su oferta de exposición indecente se conviritó en orapronobis y ahí íbamos de taradas a convidarle de nuestra torta y a creerle, como si fuera sacerdote. Nada que cumplía. El cuchicheo generaba sospechas, nos aumentaron la carga de trabajo y la supervisión. La tensión crecía. Elpitoelpitoelpitoelpito, trabalenguaba Gabriela, a media voz.

-¡Cállate! ¡Nos van a expulsar! – atajábamos, a ver si regañándola, distraiamos el hambre y el hecho de que nadie en nuestra mesa -excepto Gabriela- sabía qué era un pito. Y no solo eso: sabía (no me explico cómo) que la solución a la falta de resultados era tirar un lápiz al suelo, en simultáneo, y convertir el pordebajo de la mesa en coliseo. Un, dos, tres minutos sin supervisión. Los lápices como bombas aéreas, el órale, no te hagas: ahora nos cumples. La tensión crecía, se sentía hasta en los chicles secos. Nadie nos expulsó.

Él asistió a la cita. Fue como la soñó y, más adelante, relató a sus descendientes: hordas de admiradoras reunidas en torno a su falo. Escribo aquí para dejar constancia de los hechos tal como acontecieron. Sí, asistió a la cita. No hubo tal reunión porque el ¿otra vez, tú? de la autoridad lo interceptó en el momento que se llevaba las manos al uniforme; y del susto, respingó y tuvo que dejar la cueva de su éxito para explicar por qué no había entregado sus trabajos en semanas anteriores y qué se traía entre manos. A pesar de las muchas veces que afirmó, por escrito, que su mamá lo mimaba, lloró mucho, el pobre, cuando lo mandaron a la dirección.

Cuando volvió de estar castigado, estaba todo chapeado de tanto llorar y decía que le dolía la cabeza. Su perfil en Facebook me llevó a pensar que, si hubiera podido, entonces como ahora, habría pedido un analgésico a cambio de enseñar los calzones o sus alrededores; una estrategia inusual en un niño de primero de primaria, pero casi del diario entre adultos, en solidaridad. Si le di “like” a su versión de este relato no fue para apoyar su grandilocuencia ni su falta de palabra. Yo llevaba 32 años queriéndole preguntar si se le había quitado el dolor, veo que no. Les digo que era mucha la tensión.

Gabriela fue reubicada en Primero A.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

2 pensamientos en “Desde Primero B

  1. Me faltan las expresiones…pobre hombre.

  2. Que tuviera ese comportamiento no me sorprende: muchos niños hacen cosas peores.
    Que décadas más tarde siga sin ayuda terapéutica es medio preocupante.

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