Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

De moliendas

1 comentario

Alguien me quiso halagar diciéndome que mi actitud entusiasta parecía infinita y me sentí un poco mal de aceptarle el cumplido sin acotar que hay dos situaciones donde no solo mi entusiasmo se termina de sopetón, sino que, además, me desmoralizo penosamente: el café en grano y las puertas cerradas.

Hasta hace poco, en mi mundo-mundito, el café era un polvo marrón que anidaba en el filtro de la cafetera y producía un líquido que me despertaba; si lo tomaba en exceso, bailaba tap con agruras, y ya:  nunca se me oyó usar palabras como “tostado”, “arábiga” o “cafetal”. Como siempre lo he tomado con leche, el aroma y el cuerpo del café me daban igual; el café en grano me interrumpía el puente entre el bote en mi alacena y el sorbo por la mañana, de modo que decidí evitarlo. Donde hubiera café en grano, yo me daba la vuelta.

Me ocurría igual con las puertas cerradas. Donde hubiera una, la rodeaba, tanteaba preposiciones, me quejaba con la recepcionista, volvía mañana, le rezaba a San Cerrajero, esperaba a que un tornado reventara los goznes. Nunca abrí las puertas por mí misma porque no sabía cómo hacer girar la perilla: a veces a favor, a veces negociando con las vueltas del cerrojo; desandando la llave. O tocando, chingá. Tocando. Ábranme. Llegué.

La semana pasada tuve muchísimo trabajo y mis niveles de cansancio permearon tan hondo que hasta mi diccionario bostezaba, me urgía un café. Fui a la cocina de mi oficina. Hallé todos los bártulos para prepararme uno, y una bolsa de café en grano. No hagas puchero, Miranda: ve al cuarto de suministros a buscar si hay una opción alternativa. (Mi laxitud era tal que hubiera besado al Nescafésapo). ¡Zás! La puerta cerrada. Mundo, mundito el mío. Qué sueño. Qué ganas de llorar.

Una de mis compañeras pasaba por ahí, buscando con qué conjurar el sopor de la tarde. De un estante sacó un objeto similar a una licuadora, pero más sofisticada. Echó los granos del café como si fueran canicas  y presionó un botón.Quitó la tapa y esparció el polvo en el filtro; la cafetera ronroneó, percolando. El asombro se me ha de haber mezclado con las ojeras y con trazo del delineador tallado de válgame. Habrá sido por eso que mi compañera me invitó a servirme primero. Después de probar ese café, recién molido, todas las puertas de mi mente, de mi oficina y del quédate quietecita, no aspires a más, se abrieron. ¡Vaya que desperté! Desde ese día, en mi diccionario, la definición de Molino de Café es sinónimo de Llave Maestra.

Le recibo el cumplido porque con ese mismo entusiasmo acepto, igualmente, mi inutilidad.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

Un pensamiento en “De moliendas

  1. Ahora si me has dejado anonadado. Nunca pensé que desconocieras el café de grano recién molido.
    Tips:
    El molido fino hace más cargado el café. Si dejas los granos molerse más en el molino vas a tener un café más intenso.
    Si además del molido fino utilizas un embudo de tela de algodón como las abuelitas, vas a tener un café todavía más intenso. El sabor cambia porque no se mezcla con la celulosa de los filtros de papel.
    Por último, si tienes problemas por el sabor ácido o amargo o por el exceso de cafeína, el café recién molido permite combinar diferentes granos hasta que encuentres la mezcla que te gusta.

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