Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

De septenio y números rojos

2 comentarios

Yo pensé que la vida y yo estábamos en números rojos. En algún lugar, en algún punto de mi historia, empecé a malgastar mi capacidad de significar y, por despilfarrarla, me dio por resucitar vínculos muertos y a nutrirme de energía ajena. Muy carmines y hasta sulfurados, porque fui terca en ese camino; no obedecí el letrero de la entrada del infierno.

Y, desde hace siete años, a la hora del inventario, solo me quedaron pelusas y cambio barato en las bolsas de los jeans, un dulce aplastado en el forro de la maleta de cruzar umbrales, una pluma que se chorreó con lo que no pude decir a tiempo, los ojos de asombro caídos y con el rímel apelmazado por quedarme con las apariencias.  Viví con la sensación de haber perdido algo valioso de mí y de haber fracasado. Y las sensaciones punzan más que los datos duros.

¿Quién sabe qué me debía la vida que me pagó con un congal de policía lleno de historias que se van infiltrando en mi manera de escribir; con la cura a mi miedo a la oscuridad y a los ladrones, a que no me alcance el dinero y a ser reemplazada; con el lujo de meses a solas para desanudarme y retejerme, con amor y calma; con un abrazo que va suavizando la piel que amuralla a mi corazón; con el regalo de ser una familia de tres mujeres suficientes?

Tengo mucho que agradecerle a la vida por ese pago al contado que fue como haberme sacado la lotería: me reconectó conmigo misma.  Puedo dejar morir la esperanza, si hace falta. Y recobrarla, todas las veces. No necesito desperdiciar mis significados ni amarrarme a ellos.  Amo cada uno de mis fracasos. Los números rojos son de sangre, de estar viva.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

2 pensamientos en “De septenio y números rojos

  1. Decía uno de mis libros de sicología, regalo de mi madre cuando era pequeño, que algunas personas ven sus logros a través de un microscopio: pequeños e insignificantes. En cambio, sus metas las ven a través de un telescopio: lejanas e inalcanzables. El libro lo leí cuando tenía catorce años.
    Hace meses mi terapeuta me dijo: Hluot Firthunands has hecho una vida, has vivido en una ciudad ajena sin ayuda de tu familia, has defendido tu trabajo y eres autosuficiente, tienes un departamento propio, puedes pagar sus gastos y gustos. Eso no lo hace un niño, eso lo hacen los adultos.
    Fueron quince minutos de llanto dando las gracias porque alguien, al fin, reconoció que era adulto. Quince minutos para empezar a preguntarme porque no lo reconocí y valoré yo antes que él.
    En ese sentido interpreto tu experiencia, a veces cuesta mucho ver los logros propios.

    • Sí, a veces cuesta mucho ver los logros propios sobre todo cuando se ha estado en relaciones donde el juego de roles ha creado una dinámica de impotencia o desigualdad. A mí me gusta mucho cuando la vida nos rompe el molde y uno tiene que desarrollar un autoconcepto que no esté basado en los logros sino más allá de ellos y de la circunstancia. Para que, entonces, podamos volver a ver lo que hemos hecho, con ojos nuevos, y sorprendernos en ese reconocimiento propio.
      Sí, eres un adulto. Y de los más valiosos.

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