Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

De botas de combate

3 comentarios

Y por teléfono. Colgué. No me cuadraba: todavía traía puestas las botas de combate por el entrenamiento de esa mañana. Me sobé la contractura en el cuello, del volantazo que había dado mi instructor porque un tipo se pasó el alto y lo seguimos. ¿Así, tal cual? ¿Tan pronto?

Solicité una cita con mi sargento. ¿Qué provocó que el jefe de su jefe me hablara por teléfono un jueves y me anunciara que no podía seguir en el cuartel, entrenando como policía?, ¿qué encontró en mi expediente el Departamento de Investigaciones? Digo, sí sé que para alguien represento lo deleznable, pero no sabía que mis crímenes emocionales estuvieran archivados junto a mis huellas digitales y a mi fotografía en un fólder del FBI. El sargento me recibió en su oficina. Los dos frascos de vitamina E habían hecho maravillas en su cutis, pero los lentes calados en el puente de la nariz delataban su cincuentena. Desde ahí, miró mi perplejidad. No me satisfacía esa explicación diluida por el sello de «confidencial» y quería que me desglosara el mecanismo de la burocracia como la vez que me enseñó a sostener una UZI y me dolió el brazo y me mandó a hacer pesas para desarrollar los bíceps, aún sabiendo que jamás sostendré una metralleta; porque sí, para la vida. No alcancé a sentarme; me dijo que volviera el lunes. Y siguió comiendo su avena.

Hacer un examen de conciencia con botas de combate es muy interesante. Me instalé en mi porche, con un café, mi diario, y una velita. A ver, vida, ya dime en qué la regué, en dónde está el tache cósmico que, incluso  la policía con su amplio espectro cerca del orden y de los decretos, de la corrupción y del crimen, me considera inadecuada.  El café se me enfrió y la vela se hizo charco de cera. Escribí bastante; nada nuevo, nada que no supiera; no llegué a alguna conclusión particularmente iluminadora sobre mí. Más bien el examen de conciencia fue interrumpido varias veces por el oye, qué buenas están estas botas de combate. Podría patearle el trasero a cualquiera, o escalar una montaña, o acampar a la orilla del mundo. Y se me ocurrió una idea.

Lo bueno de ser deleznable es que uno puede desobedecer muy a gusto. Claro que me presenté el lunes. El sargento me había citado en el cuartel subterráneo, debajo de su oficina. Pasé por dos celdas, vacías, donde  esperan los detenidos, y el poste donde anclan las esposas cuando los interrogan. Me dirigí a la sala de juntas con las paredes tapizadas de fotos de los asesinos más buscados, y pasé por la oficina de reportes, con sus aleros repletos de formas a colores: secuestro, grúa, perro rabioso, auto abandonado, multa de tránsito. Todavía estaba la toalla húmeda puerquísima que pegué en el pizzarrón blanco como evidencia del día que desinfecté ese lugar y dos patrullas. Sonaba el radio con la voz de la despachadora de llamadas de emergencia, y sonaba el eco de mis pasos.

El sargento tenía armas: un arsenal, y su segunda mujer, que claramente le reabastecía las vitaminas. Una pistola al cinto, insignias, la lealtad de varias décadas, un apego a las normas, un dato de mi que estaba por revelarme y que determinaría, en gran medida, si me deprimía los siguientes meses o no; si se confirmaba mi inadecuación y que no tengo derecho a ningún comienzo nuevo. Fui desarmada. Los zapatos altos, la falda y la boca roja eran, igual que sus respaldos, de utilería. No iba a defenderme, ese es el «patear traseros» supremo.  Nadie puede darme mi valía, ni quitármela; ni siquiera el gobierno de los Estados Unidos. Quihubo. Sólo me restaba divertirme muchísimo en ese último día en el cuartel.

Y vaya que me divertí. Ese día y cada segundo mientras fui parte del sistema policiaco. Me quedé con las memorias de mis compañeros, grandes y buenas personas que cumplían con su trabajo y comían unos sándwiches de Pedro Picapiedra. Me quedé con los códigos que me patrocinaron un viaje de media mañana a las instalaciones del 911. Me quedé, por supuesto, con las mancuernas y con las botas de combate, que debí de haber llevado puestas ese día de cuando elegí desobedecer, decidiendo dónde, cómo y hacia dónde camino.  Me quedé con el estupor del sargento —a quien tengo en una gran estima y a quien le deseo buena suerte en su dieta y en disimular los años— cuando me vio taconeando en el búnker, y con sus palabras de por qué no me contrataron.

—Miranda, los policías no tienen posgrado.

Sentí cierto alivio, a pesar del cambio, otro cambio en la incertidumbre; lo aprendido y graduado tampoco nadie me lo quita. Entendí. Y respeté que mi jefe y su jefe estuvieran nerviosos por algún problema con el sindicato, a causa de mi escolaridad que se disparaba de los requisitos de preparatoria concluida.  Y él respetó que yo saliera del cuartel con la cabeza en alto, cargando los varios kilos de historias que me prodigaron, como material creativo. Con la conciencia en paz, esas otras botas de combate. Y sin trastabillar. Ni un poquito.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

3 pensamientos en “De botas de combate

  1. Tus post sobre el cuartel y tu entrenamiento me han gustado mucho, son como una montaña rusa de emociones.

    Diría que que mal que termina esa etapa pero el cierre del post me parece increíble y deja ver que solo es un cambio más y que por eso no trastabillaste, ni un poquito =)

    Soy tu fan.

  2. ¿O sea que estabas sobre calificada? ¡Que gacho!
    Me parece leer entre líneas cierto alivio por la oportunidad de terminar la relación laboral, pero creo que mi miopía puede ser la causante.

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