Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

Continuará…

Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para sólo hablar acerca de mí en un blog.

Y sí, lo dejé todo: dejé de ser mi tema y referencia. Suspendí la escritura, moví el jenga de mis hábitos, me fui a parar en la entrada de un distrito escolar y pregunté por dónde comenzaba. Me mandaron al segundo piso. Coloqué una maceta y postales de colores sobre mi escritorio asignado; casi me mato, obtusa, reclinándome en la silla ergonómica. Le gruñí a la  balastra estúpidamente brillante que no ha dejado de cansarme la vista desde entonces. Después de dos millares de correos electrónicos y juntas semanales con más números que palabras entendí que la situación estaba empezadísima y que mi presencia de comunicóloga, maestra y creadora no iba a cambiar gran cosa en la misión de hacer que los niños permanezcan en la escuela  mientras su padres luchan contra la alza majadera en los precios de la vivienda, las grietas de entendimiento entre primeras y segundas o terceras generaciones, las urgencia de obtener los papeles, la tensión por las elecciones y su incertidumbre, y la vida siendo vida.

Luego conocí a Rosa.

Apenas hacía unas horas ella misma se había bajado del camión e ingresado al hospital. La darían de alta en un par de días más. Entré a la habitación con tiento; el bebé ya se había prendido al pezón, el gorrito azul se movía apenas, mientras succionaba. Rosa estaba agotada y me aceptó que le pasara el té de manzanilla de la mesa, a un lado. Le expliqué que el hospital me había contactado por mensaje de texto porque hacía falta doula de post-parto que hablara español y por eso estaba ahí, visitándola. Rosa, de unos veinticinco años, tenía poco de haber cruzado la frontera, embarazada. Yo sabía, por su expediente, que tenía otro hijo. Quise saber dónde estaba.

—Se quedó en El Salvador.

No lloró porque estaba dando (no dando el pecho, pero sí se le oscurecieron las sílabas. El bebé se asía a las gotitas de calostro, ella recordaba. Rosa, Rosa, ¿en qué te ayudo, además de venir a verte al hospital? Yo podía ver las memorias en sus ojos. Podía hablarle de lactancia y de cuidarse porque estaba recién parida, datos que seguramente no le eran ajenos. Era más grave hablar de su condición de estar sola en otro país, de lo que dejó en su país. Con la credencial de doula y la cicatriz de haber migrado, le hablé de los nueve duelos simultáneos: perder su idioma, su tierra, su cultura, su trabajo, su casa, su familia, sus amigos, sus certezas, el mundo como lo conocía. Los nueve se le reactivarían y rodearían el décimo del puerperio sin ayuda. El bebé dejó de chupar y quedó dormido. Rosa terminó de escucharme, me miró. Tenía pecas y calor y brazos fuertes y calcetines verdes. La abracé. Le entregué una tarjeta con los contactos de una organización de protección al migrante donde podrían ayudarla y que conozco por mi trabajo en el distrito escolar. Rosa sonrió.

Salí del hospital cuestionándome qué más podía hacer al hablar de permanencia o de pérdidas. No tengo un diploma, sólo sé hasta el tuétano. Hasta el útero. Hasta el pasaporte. Hasta el juzgado. Sé que las pérdidas son parte de existir y, en lo profesional,  es cierto que la vivienda, la educación y la vinculación influyen en el bienestar de una comunidad y, sin embargo y al final, la calidad de vida de esa comunidad dependerá de cómo elabore sus duelos. Rosa me inspiró para inscribirme en un curso de certificación en consejería de manejo de pérdidas significativas. Dura dos años. Ya estoy en el módulo uno.

La llamada de aplicar mi experiencia está vigente, aunque no desde la renuncia. Al contrario: trayendo todo lo que tengo y soy, no acerca de mí sino desde mí. Es la vocación de continuar, y ayudar a esa continuidad. A veces me tocará ver nacer, otras acompañar en lo que ya no está. Quizás lo narre o le ponga voz. Todo adquirió sentido en mi interior. Seguir, después de nacer, o de morirse nueve o diez o todas las veces. La vida siendo vida, y yo a su servicio.

Para Alexander y Jacobo, hijos de Rosa.

 

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

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