Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

De lo endeble y otras memorias

4 comentarios

Las mañanas de mi primaria iniciaban circulando sobre Eje Central desde Eugenia hasta unas cuadras antes del Viaducto, mientras mi papá me preguntaba las capitales y tablas de multiplicar en un orden predecible. Muchos años después supe que Luz Saviñón estaba a la altura de Brasilia, 8 x 5, y que Cumbres de Acultzingo era por ahí de Varsovia, 6 x 7. Y yo siempre me distraía al llegar a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes porque el edificio estaba decorado con mosaicos de colores y una historia:  un lago al centro; frailes evangelizando a los indígenas arrodillados, una escalera con la leyenda «social», un avión, un mapa de México, un átomo, una cruz; una serpiente emplumada color jade bordeando el edificio y los ojos de un dios al lado de un herrero, un campo petrolero junto a un árbol con un indígena en su tronco y a los padres de la patria en sus raíces. Ese mural era mi segundo favorito de la vida, el primero era el del Teatro de los Insurgentes.

El 19 de septiembre de 1985 oí a mi mamá gritar, llamándonos a mi hermano y a mí. Respondí con el «voooooy» universal de los hijos. Su voz no se parecía a ninguna que le hubiera escuchado antes. Bajé las escaleras rapidísimo, ya de uniforme y peinada. Jack bajó conmigo. Eran las 7:20 a.m.

—Está temblando— dijo mi mamá, mientras nos conducía a un patio interior, amplio, donde mucho, mucho tiempo después yo llevaría a cabo el acto que me habría de convertir en locadelamaceta.

Temblaba. Y yo no sabía si el temblor consistía en los faroles de la pared, columpiándose, si así se le llamaba a una barda de ladrillos cuando parece que se va a derretir, al olor a gas, o al ruido del miedo en silencio. Los que estuvimos ahí sabemos de qué se trata un temblor; y el martillazo de las grietas y los vidrios reventando.

Mi papá estaba de viaje. Me contaría, ya de adulta, que la televisión en Miami pasaba y pasaba las imágenes del sismógrafo, con la aguja desbordando la gráfica. Adelantó su vuelo a la Ciudad de México.

—Ya no hay Ciudad de México—, le dijeron en el aeropuerto.

Por ese viaje, mi mamá nos llevó a la escuela. Jack cursaba primero y yo, cuarto. Nadie me preguntó las tablas de multiplicar ni las capitales. Tuve que ver por la ventana. Había gente en las calles, en núcleos de ¿qué te pasó? Un policía nos detuvo, cerrando el paso, unas cuadras antes de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. La torre, con las antenas, se estaba incendiando. El dios al lado de un herrero había cerrado los ojos, rumbo al inframundo. El edificio estaba en ruinas.

Volvimos a la casa. Mi mamá me puso a colectar agua en unas cubetas. El piso se enlodó un poquito por las huellas de mis zapatos y yo decidí que era importante que el suelo estuviera limpio. Eché tres o cuatro de las cubetas mientras el agua seguía tirándose en la llave hasta que el piso quedó blanco de nuevo. El líquido cayendo se mezclaba con la narración de Zabludovsky en el radio. Le admiro a mi mamá que no me hubiera regañado. Hoy sé qué estaba escuchando en ese reportaje.

La noche del 20 estaba viendo a los Superamigos. Mi mamá hablaba por teléfono con uno de sus hermanos. Jack dormía. Otra vez esas dos palabras, hecha una, como impulso de huída: está-temblando. Mi mamá cargó a mi hermano y yo bajé aprisa las escaleras. Salimos al patio, a la pesadilla de un temblor de noche, a la intemperie, desmoronando la poca estabilidad de las últimas horas. Jack vomitó. Mi mamá se mantuvo serena y activa regalándome un ejemplo para todas las situaciones de emergencia que me han tocado vivir. Mi papá llegó de viaje en un taxi, creo. Dijo que el avión aterrizó sobre una masa negra porque no había luz en la ciudad. Nunca supo lo que vivimos sin él. Las ambulancias no pararon de sonar, por días.

Desde hace 31 años duermo con los zapatos al pie de mi cama y una linterna en el buró. A veces me pongo a limpiar cuando me estreso. Nunca más volví a ver los Superamigos, por inútiles. Me cuesta trabajo pasar por Xola y Eje Central.  Tuve que ir a clases los sábados durante varios meses de ese cuarto de primaria. Tengo bloqueada la tabla del 9, la del mes de septiembre.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

4 pensamientos en “De lo endeble y otras memorias

  1. Gracias, como siempre, por tus palabras y tus anécdotas, me enriquecen, me transportan en el tiempo.

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