Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

Al día siguiente

2 comentarios

             Recalenté el café. Me había entretenido en el scroll de Twitter, ni supe cuándo amaneció. Giré el asa hacia el frente, sostuve la taza entre mis manos para calentármelas, a falta de fogata. Este era un frío que desolaba. Preparé huevos revueltos, pan con mantequilla. Tomé tres mandarinas del frutero. Puse la mesa con servilletas de otoño. Llamé a mis hija a desayunar.

             Mini Dancing Queen, modorrísima por la desvelada, comió en silencio. Victoria Luminosa, preparatoriana, frunció el ceño desde dentro de su segundo vaso de leche. ¿Por qué estás tan tranquila, mamá?, me preguntó en nombre de ella y de su hermana. Es calma, no tranquilidad—le respondí. No era el primer «al día siguiente» en mi vida. Ahora creo que me pedía pautas de qué pensar, qué sentir, qué esperar, qué hacer al día siguiente de presenciar que el peor miedo se hubiera cumplido. Yo solo sé una directriz: la vida continúa, hija. Suspiraron. Salimos rumbo a la escuela, ellas; y yo, hacia mi trabajo.

            Tomé la autopista 280. Cuando algo me atribula, me basta llenarme los ojos de coníferas mientras atravieso las cinco salidas que separan a mi suburbio del distrito escolar donde está mi oficina; ese día, más tarde, tendría una junta con padres migrantes, el paisaje me ayudó a buscar palabras y estrategias. La autopista, las avenidas, las calles, las fachadas: idénticas a cualquier otra mañana. Entré al edificio, el vestíbulo estaba sin gente. Subí al segundo piso pisando los eslabones de ¿ves? todo sigue igual, la vida continúa. Caminé hasta mi cubículo. El silencio era insportable. En uno de los cruces de los pasillos, había gente reunida. Los saludé, me devolvieron el saludo. «No podemos creerlo». Ah, la frase característica del día siguiente; asentí. Nos ofrecimos aceites esenciales, pañuelos desechables para los sollozos que interrumpieron las juntas y cada interacción. Estar, hablar dónde estabas cuándo te enteraste, Otro rato en aquel ánimo de velorio dislocado. Nos dispersamos, cada quien hacia su cubículo, con pasos de insistir: esto no está pasando

Abrí mi computadora, tecleé un buen rato, mandé a imprimir el documento, fui por él a la impresora. Algunas personas no habían participado en el shock colectivo que se improvisó en el cruce de pasillos; sonreían y cuchicheaban. La vida sigue, me dije. Qué bien. Una de esas personas me preguntó cómo estaba. Le conté que estaba preocupada por mi junta de ese día, más tarde. La persona se puso de pie y me quiso abrazar. «Lo siento mucho por ti y por tu gente. Mucha suerte siendo mexicana en Estados Unidos». Asentí al descubrir por qué sonreía esa persona, era republicana en 9 de noviembre de 2016. Volví a mi cubículo. Perdí la calma. Ninguna experiencia previa, de noche o de día, pudieron hacerme immune al miedo que sentí al recibir aquel abrazo de alguien que celebraba el triunfo de Trump. Yo quería salir corriendo. Qué jactancia, la mía:  creer que sé algo acerca de cómo funciona la vida. Sí, continúa. Hay rumbos espantosos.

Para la bitácora: pasado el shock, en la tarde del día siguiente de las elecciones presidenciales, miles de ciudadanos norteamericanos salieron a protestar en las calles de algunas ciudades; San Francisco, entre ellas. Los padres migrantes no se presentaron a la junta.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

2 pensamientos en “Al día siguiente

  1. Amiga, yo también te abrazo, y éste es un abrazo de mexicana no republicana. De mexicana que también tiene miedo, que también sabe que la vida sigue, y que intenta mantener la calma y pensar cómo aprovechar este giro de tuerca para apuntalar una transformación interna en la que creo. Una que proviene de esta necesidad de solidarizarnos que suele surgir el día después. Que esta vez no sea efímero. Aquí estamos.

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