Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

Una casa, 1.

4 comentarios

No le digas a nadie que te conté esta historia ni que aprendí a colocarme de vuelta la mordaza.

Apenas podía pasar por el pasillo, había cascos y cascos de refrescos apilados contra la pared. Yo no sé por qué la seguí, por qué iba adelante si siempre que me quedaba con ella se encerraba a ver la television. Grabiel y Grabiela, se llamaba la comedia. Nunca les llamó telenovelas. Nunca abrió la puerta. Ni cuenta se dio cuando agarré mis trastecitos de cocinar y los puse al fuego con bastante aceite para freír unas quesadillas de plastilina verde y hojas secas de geranio que me había encontrado en el jardín. La llamarada llegó hasta el extractor de aire de la cocina. Peor aún, me inhibió la iniciativa de salirme del guión de mis propios juegos, donde siempre era el ama de casa; ese día estaba jugando a que tenía un puesto de fritangas afuera del estadio donde mi hermano jugaba contra la pared.

Si estaba la telenovela ya podía tocar el vigilante en bicicleta que el timbre sonaría hasta que el policía desistiera de solicitar los 20 pesos voluntarios de cajón de las cucharas, ya podía el carpintero reptar por las recámaras tanteando entre los bienes más valiosos de la casa —mi curiosidad incluída— que no habría manera de hacerla salir de su trance ni de su encierro.  A menos que fuera al baño. Y ni iba al suyo en el cuarto de servicio. Me preguntaba, con una cortesía forzada, si podía hacer los orines en el mío. Como si yo hubiera podido decirle que no. Oía cómo le salía un hilo de orina de pocas frases, y la veía correr, igual que corría tras el camión de la basura, con el botito que se le rezagaba entre tantos botes, en una época donde no había composta ni reciclaje ni control remoto. Se encerraba, de nuevo, porque Cuando los Hijos Se Van estaba por comenzar.

Dijo que quería presumirme con su amá. Yo no sé por qué la seguí, confiando, a través de ese pasillo de la vecindad. Por la cantidad inmensa de horas que pasábamos juntas en mi casa, supongo. Era lo justo: que yo fuera a la suya, que le mostrara a su mama quién era yo, la hija de la señora, que por mi culpa salía tarde. La puerta era de fierro sin primer y el vidrio había sido instalado con mastique y dedos; los goznes sin aceite. La casa era un sólo olor a cemento y moho, un cuarto y un foco y un montón de frazadas a modo de cama. Ahí detuve los ojos, en las mantas, una sobre otra; diez, quizás. «Ya llegué, amá. Mire, le traigo a la niña». Yo esperaba el saludo de una abuelita genérica, con tobimedias de mal elástico enrolladas en las pantorrillas y un delantal de flores azul rey con biés rojo. No. En cambio, la amá era una mano vieja que se abrió paso a través de las frazadas y se pescó de mi brazo, y una boca que no tenía dientes, y unos ojos que padecían de cataratas. Grité en silencio, huí despacio porque había perros.

Mi nana no volvería a llevarme a su casa ni hablaríamos de su amá. Tampoco dejaría de encerrarse a ver la televisión por las tardes, abandonándome cotidianamente. Me sorprende que hubiera tenido tiempo para robar, habrá sido cosa de la programación o de Yolanda Vargas Dulché. Es posible que la noche cuando soñé con la mano se hubiera muerto la viejita; me pedía de comer. Odio el sonido que produce la televisión encendida.

Estoy a salvo si te cuento esta historia, o quizás otras. ¿Verdad?

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

4 pensamientos en “Una casa, 1.

  1. Algunos fantasmas lo único que necesitan es que se les nombre. Qué imágenes fuertes. Has sido muy valiente. Te abrazo mucho mucho.

  2. Mi única queja es: Y luego? No se vale dejarnos picados.

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