Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

Una casa, 3.

3 comentarios

Cuando mi nana agarró los anillos que estaban en la tarja, junto al jabón de lavar los trastes, no se imaginó que esa misma tarde su patrona iría al Ministerio Público a interponer una demanda por robo:  vio que los anillos faltaban, y que la decisión de ya no aguantarse era mutua. Ni la confrontó. Que fueran alhajas era lo de menos. Una patrulla fue a dejarle el citatorio a la vecindad que te conté.

Justo me acordé del robo mientras esperaba a Greg. Se había bajado a la tiendita a comprar tabaco. Supe que era tabaco (y no chicle en una lata coquetona) porque él me dijo, después de darse cuenta de que me le quedaba viendo porque se había metido un pedazo de algo oscuro entre las muelas.  Greg era diez años más joven que yo. Frunció el ceño detectando un olor no identificado.

—Lavanda—, expliqué. Esos tableros eran un asco. Tenían mugre alrededor del teclado y en el ratón táctil, más abajito. Mugre sobada. Le mostré mi arsenal de toallas desinfectantes. Nos quedaban dos semanas más de rondas asignadas. Él suspiró.

Aproveché todas las veces que se bajó a comprar tabaco para limpiar una parte de la patrulla. Quedó divina. Si me hubiera dejado, hasta una carpeta tejida ponía; en parte, por el crearle el reflejo condicionado de que cada vez que volviera de su vicio se encontraría con todo el rigor de la vida bonita, y en parte porque a mí me sobraba iniciativa. Esa época se trataba de que yo fuera en el asiento del copiloto, llenando formatos de multa y de coches abandonados porque era el entrenamiento básico. Greg manejaba en silencio y no disimulaba que mi presencia era invasiva. La central siempre de fondo, ten-eight, ten-fourteen, ten-twenty eight, eleven-ten, ten-four.  Yo tomaba notas para mi examen, para mi terapeuta, para mis relatos y para mis nietos. Patrullábamos a 10 kilómetros por hora, ocho horas diarias.

En la segunda semana nos bajamos a dejar un citatorio a una de las casas en las colinas. Nos abrió una señora en bata de felpa que cargaba un gato. Por lo general, cuando las personas están frente a un policía —y el policía trae un papel por entregar— tienen alguna reacción de alerta. Algunos usan su voz amableaguda; otros asienten como si estuvieran de acuerdo con todas las leyes de la física, la química y la capacidad soberana y constitutiva de los pueblos. Ha pasado que les tiembla la barbilla, un tic se asoma a saludar, parpadean tanto que se les bota el lente de contacto, carraspean buscando las palabras para desobedecer civilmente si fuera necesario, qué se yo. A veces sólo dicen «ah, gracias oficial». Nos bajamos al dejar el citatorio, la señora fue de esas. Pensé en mi nana. Porque cuando la patrulla había llegado a la vecindad, mi nana no estaba. Y no estuvo más. No procedió la demanda.

Has ido al mirador conmigo. Esa casa en la colina estaba por el rumbo del mirador, desde donde se ve toda la bahía hasta Oakland, en días despejados incluso San Francisco se asoma. Éste era un día sin neblina, el sol picaba. Greg estaba de malas y lo atribuí a que se le había acabado el tabaco o le estorbaba el chaleco anti-balas. De regreso de entregar el citatorio se detuvo frente a la vista a la bahía.  Greg era muchos kilos y centímetros más grande que yo, y se movía poco en la medida de lo posible. Ese día se dio cuenta del tamaño de su inmovilidad.

—Maldito sueldo de policía—, masculló. Y volvió a su silencio, a sus muelas apretadas, a arrullarse con los códigos del 911, a patrullar con el tacómetro zonzo, a transmitirme la inmensa molestia que le causaba que yo estuviera a su lado en la ronda.

La molestia de Greg no me intimidó. Nos subimos a la patrulla y saqué unos chicles de mi bolsa. Le invité uno, sí quiso. Condujo un par de cuadras más en silencio y luego me preguntó cómo llegué a la policía, y le conté. De él supe que le faltaban como veinte años para poder, siquiera, dar el enganche de una casa. Que le gustaba pescar pero no leer, que su esposa acababa de tener un bebé y que el mayor iba al kinder. Le conté de mi separación. Estuvo en silencio un rato más, mucho rato. Me arrepentí de habérselo contado y haber roto el momento. Me preguntó cuándo era mi cumpleaños, resultó que cumplíamos el mismo día. Le hablé de los chakras, de mnemotecnia, de salsas verdes y tortas mexicanas. Me dejó hablar durante las dos semanas; lo vi reírse y luego toser varias veces. Me dijo que no me fuera de la vida sin aprender a pescar. Nos hicimos cuatísimos.

 El sargento me mandó llamar y te sabes el desenlace: fue para bien. Me despedí de Greg en mensaje de texto: abrazos, saludos a la familia, paciencia, cómprate un ventiladorcito portátil, mantén limpia la patrulla :).

Respondió: «Cambio y fuera».

Otro desenlace: cuando veo un policía, no siento su autoridad; las patrullas estaban puerquísimas, y algo en el sistema también. (En todo caso, coopero con la ley por el rigor de la vida bonita y en orden). Pero cuando pienso en Greg sí me cuadro: es el recordatorio de que la vida nos va entregando citatorios que no proceden, vínculos de años que se estrellan en el tedio, amistades que se truncan, miradores que antojan pero están lejos del banco, códigos que informan y aíslan, joyas que embellecen con amargura, encuentros y desencuentros frágiles. Qué ventaja poder huir. Qué alerta permanente nos dejan.

Gracias por quedarte.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

3 pensamientos en “Una casa, 3.

  1. Tengo un nuevo pendiente en la vida futura: conocer a tus nietos y preguntarles por tus historias. Que sigas tomando muchas notas. ¡Salud por los que se quedan!

  2. «El rigor de la vida bonita». Nunca, nunca mejor descrito. Con olor a lavanda.

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