Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

Ay.

3 comentarios

Quizás fueron las anestesias epidurales o el descuido en la postura al echar la ropa a la secadora. O haber subido pisos y pisos con bolsas del supermercado o haberme gastado la cuota de peso iliaco durante el kínder —y ya entrada la primaria— de mis hijas. O los varios dueños de la silla de mi oficina o los rituales simbólicos de cortar con algunos patrones de mis antepasados. O la edad, por supuesto: camino como si hubiera envejecido cuarenta años en una semana. Tengo forma de L.

He mirado el dolor físico con cierta curiosidad, cómo habla con frases largas e imágenes sostenidas presionando la urgencia y las alarmas de que algo no está bien, con qué ternura me muestra que el control es una ilusión. Cuando hay dolor sólo hay dolor, el resto sólo son modos de darle la vuelta hasta que vuelve a doler, crece la súplica: ayuda, alguien. Me es curioso, pensé que sabía algo de lo que duele por dentro.

Justo anoche tenía que impartir un taller de migración en una de nuestras escuelas. La amenaza de la presencia de ICE en el norte de California está alborotando el pánico en las familias, tengo que repasar con ellas la información para que conozcan y ejerzan sus derechos. Durante la hora y media que duró la plática me recargué, intermitente, contra una mesa y pude disimular, sin mucho alivio, que no podía con la espalda. Terminé el taller hilando entre dientes todas las groserías que me sé hasta formar una soga con nudos para avanzar a rastras de mí jurándome que hoy iría al médico.

A punto de terminar la sesión, cuando ya estábamos guardando el material, un hombre levantó la mano.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Habíamos cubierto el tema a lo largo de la plática y, por un momento, me extrañó la pregunta. Ese señor había estado presente desde el inicio, me constaba. Un tirón me punzó desde la cintura hasta la rodilla, la mesa me sostuvo poco. El señor me preguntó con los ojos si lo había escuchado. Sí, señor: claro que lo escuché. Y usted, ¿puso atención?

Conforme se vació el lugar y se fueron yendo las personas, sólo quedamos él y yo, uno frente a otro. Y me di cuenta que, en vez de sentarse en las gradas, el señor había estado de pie y cargando a un bebé dormido durante los 90 minutos que duró la plática.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Ninguno de los dos, a esas alturas del día, sentíamos las piernas. Ayuda, alguien.

Todo fuera como explicar un folleto o hacer una llamada al centro de salud. El señor se fue sabiendo qué hacer si la migra le cae a su chamba y y yo, en cuanto terminé el evento, programé una cita para las dos de la tarde, volví a casa, mañana se hizo hoy.

Cuánto, cuantísimo puede doler el dolor de otro ser humano.

Desde mi probable nervio pinchado no dejo de pensar en aquel hombre.  Hoy será un día de analgésicos. Quiero los que me permitirán moverme con libertad,  pero ninguno para apaciguarme el corazón apachurrado ni las ganas de llorar porque la súplica de ese señor, padre, migrante, indocumentado se coló, contundente, hasta el cuestionarme el hacia dónde de mi trabajo.

Cuando hay dolor sólo hay dolor pero también una oportunidad de conexión que involucra a las personas en modo indeleble y desafía el orden y da la fuerza para resistir tantito más y hasta más. Hay encuentros que, incluso, resignifican la profesión y devuelven la vitalidad, hace que se olviden los achaques y las frivolidades.

Claro que lo escuché, señor. No tiene idea qué tan hondo.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

3 pensamientos en “Ay.

  1. Qué conmovedor tu relato, querida amiga. La empatía y la compasión son de los más poderosos analgésicos, como al parecer probaste tú misma.

  2. A veces cuando te leo asi tan con todo el dolor a cuestas me haces hacerme un monton de preguntas y por ti oro y aveces tambien lloro (como hoy ) por que la maldita incertidumbre pesa tanto aceces . Como pasa aca yo solo puedo ser Jr driver y ellos sin saber ( aun sin troke ) son primero que yo y ademas Sr driver , (jajajjajajajjaj) el camino me dadara la oportunidad ( de tiempo en tiempo)de ayudarles a los Sr y agradecerles por que aun hoy sigo en capacitacion ( aprendiendo a ser mejor )

  3. “Cuánto, cuantísimo puede doler el dolor de otro ser humano,” dijo alguien, hace cuatro párrafos. El dolor conecta de formas que no conoces hasta que lo vives en su mirada, sin importar cuánto haya dolido antes. El secreto es estar ahí en ese justo momento, para conectar. O tal vez el secreto sea NO estar ahí en ese justo momento. ¿De qué otra manera podríamos vivir con nosotros mismos cada que pasamos por la banqueta junto a alguien que nos pide ayuda solo con su tristeza?

    Dolores pasados no te hacen inmune, pero tampoco te hacen experto.

    Qué bonito escribe usted, señorita.

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