Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.

Gracias, Francisco

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Le tomé una fotografía en el podium, resguardada junto a los controles de las luces en el escenario. Aquel hombre bajito de los Altos de Jalisco —una ironía que él mismo enfatizaría al terminar la plática mientras firmaba libros en lo que me unía al personal de la escuela para recoger las sillas— no se presentó con sus títulos nobiliarios de academia, es decir, no dijo que es profesor emérito en varias universidades ni su maestría y doctorado en Literatura Latinoamericana, mucho menos mencionó que sus libros autobiográficos están dentro de los 50 títulos más importantes de la literatura juvenil estadounidense o que fue ganador del premio John Steimbeck, ese que otorgan a creadores cuyas obras promueven la empatía y el valor de superar situaciones de adversidad profunda.

Por el contrario, se presentó como un niño campesino que llegó sin papeles a Estados Unidos con su familia. Panchito, el Pecoso, Preguntón, el que recogía fresas desde los 6 años y le pagaban tres centavos por libra, el que siempre se estaba mudando de campamento porque y añorando permanencia, algo que fuera cierto y seguro, no las variaciones en los campos, de años buenos y años pésimos, de pasar meses de hambre y helada, del trauma de no saber ni una palabra de inglés y ser el que llegaba hasta noviembre a la escuela (¡qué va a saber el calendario escolar de los tiempos de las cosechas!) El que siempre vio a su padre doblado por el dolor de espalda por el peso de los costales, el que tuvo un hermanito bebé al que vistieron con ropa que hallaron en un basurero porque la familia no tenía para más. El que llevaba una libreta para apuntar palabras nuevas, todas las posibles, con esas ganas insaciables de saber, y que se le quemó en un incendio. El que tuvo una mamá que no sabía leer ni escribir pero que sabía de la vida, de la paciencia, de los tesoros que nadie puede arrebatar o perder.

Dedicó un buen rato a hablar de Don Pancho: aquel hombre que contaba historias de espantos; siempre se arrepintió de no haberlas podido grabar, ni cómo. ¡Esas sí habrían dado para un best-seller! Lástima que a Don Pancho se lo cargara la migra, nunca lo volvió a ver. Panchito añoraba algo que durara y encontró el conocimiento, tanto el que proviene de estudiar como el de escuchar un relato: a donde uno vaya le acompaña lo que sabe y lo que recuerda. Ese es el poder de la educación, de honrar las raíces, de apreciar el sacrificio que otros han hecho para que podamos tener mejores oportunidades de vida. Le tomé la foto mientras se dirigía a su audiencia: una centenas de familias provenientes de México y Guatemala, en su mayoría. Ojalá mi fotografía hubiera podido captar el silencio respetuosísimo y tierno del público que estaba escuchando.

Pedí ser la maestra de ceremonias de ese evento porque Francisco Jiménez no sabe que que su «Cajas de Cartón» fue uno de los primeros libros que leí cuando llegué a California. Había llevado a mis hijas a una biblioteca púbica y empecé a hojearlo y conecté con él. En esa época yo estaba triste pero era un pesar raro: de preguntarme cuál era mi lugar. Frente al libro de Francisco, sin saberlo yo, se gestó «Usted & la Canción Mixteca», mi interés por el duelo migratorio y el rumbo de mi vida profesional y personal. Ai’ nomás.

Cuando acabó el evento, guardamos las sillas, nos tomamos la foto y me firmó una copia de su libro, quise decirle quién era y qué significaba para mí. Sólo atiné a agradecerle con la torpeza de la introversión que a veces me acompaña. No fui la única (aunque otras personas lo hicieron con más gracia y efusividad y motivos): gracias, Francisco. Gracias por trabajar duro, por celebrar tus dos idiomas y tus dos culturas, por modelarnos la dignidad de quien salió adelante, por contar tus historias en tiempos de hambre de inspiración y helada de asideros.

Pareciera que este tipo de encuentros tienen una mera relevancia local. No dejo de pensar que, mientras más voy conociendo personas y más observo cómo hay preguntas que van trazando el rumbo, me convenzo de que todos y todas somos migrantes.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

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