Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.

De guajolotes y bálsamos

1 comentario

Llevo semanas pensando en un texto para la navidad porque esta no es cualquier navidad. Es la del 2020. Como humanos seguimos, igual que en otros años, ávidos de historias; quizás un poco más, y que las historias tengan corazón, ingenio y asombro, una dosis de perder la cabeza, banda sonora. Creo que ya es momento de hablar del aquel diciembre del 83.

No sé cómo llegaron varios guajolotes al patio trasero de casa de mi bisabuela, un patio donde había una higuera, una pileta, un bóiler y una tinaja con ropa en remojo. Restringieron la salida en tropel de los guajolotes con una malla de gallinero que separaba el pasillo de helechos y el patio de enfrente, donde había dos sillas mecedoras y jugábamos los niños. Digo tropel, pero habrán sido un par de guajolotes, tres a lo mucho; para el hijo, para el hija y otro para mi bisabuela, miembro militante de la creencia «Que todo se aproveche en nuestro hogar». Hoy sé que engordar guajolotes era costumbre, pero aquel año, a mis cinco de edad, apenas me enteraba.

De mis tíos recibí algunos mensajes muy extraños acerca de esos guajolotes: no seas miedosa, no te les acerques, a ver repite [glugluteo], son la comida de Navidad, les darán vino blanco, la bisabuela les romperá el cuello. Tardé en procesar esos mensajes porque mi mente estaba ocupada, como cada diciembre de mi vida escolar, en hallar un pretexto para explicar a mis compañeros por qué mi familia no celebraba la Nochebuena y sí, en grande, el día 25, y que no me vieran raro. ¿Qué iba a yo saber nombrar que los antepasados venían de otras tierras y no creían en integrarse? Gordogordogordogordo, al fondo, como risas de programa de comedia. Haz un puño— me dijeron los tíos y obedecí—. De ese tamaño es el corazón del guajolote.

El mío latía rapidísimo con ese dato inútil y tremendo. El tránsito rumbo a la navidad, en general, me tenía en una condición permanente de inquietud. Sobresaltada ante la más mínima mención de Santa Claus. Sobresaltada en la fila de la piñata porque ya llegara el turno de pegarle, porque no alcanzaran turnos cuando fui la más alta, porque rindieran los dulces si había primos avorazados, cuando escapaba una mandarina o jícama y, por lo tanto, no habría dulces, por participar en pastorelas y el:

—Un momento, mis pastores. ¿Hacia dónde se dirigen?

— A ver al niñito Jesús.

porque el pastoreo escénico me atarantaba y debíamos responder a coro. Por los tejocotes flotando en el ponche y que el ponche escaldara la lengua, por la colación que hacía doler los dientes, por la solemnidad del Máter Divinae Gratiae-Sedes Sapientiae-Causa Nostrae Laetitiae-Vas Insigne Devotionis, por el descanso del Ora pro nobis, porque me tocara dentro de la casa al pedir posada, por la cera goteando en los dedos, por el pelo y los abrigos cerca de las luces de bengala, por los cuetes. Por la pandereta en el Ay, del Chiquirritín.

Durante aquel diciembre mi rutina de vista a la casa de la bisabuela estuvo alterada porque no me dejaron pasar al patio de los guajolotes a escoger higos maduros en las ramas, ni pude practicar mis hechizos en el caldero de las camisas de jugo percudido como siempre cuando iba para allá, ni mucho menos pude presenciar cómo ella cometía el asesinato de los guajolotes. Me prohibieron ir a donde sería la acción y me mandaron a jugar a otro lado, lejos de los patios. Obedecí a medias, alejándome, sí, y aguzando mi habilidad de escuchar conversaciones ajenas. Así fue como me enteré de que la bisabuela tenía mucha experiencia en estos menesteres porque había vivido en un rancho y que los guajolotes borrachos dieron tumbos y que uno de mis tíos casi se desmaya frente a la sangre, goteando, de un guajolote ya degollado. Miré mi puño. Sentí un hueco entre el estómago y el pecho. No podía respirar del espanto.

Ese fue el diciembre en que la bisabuela cumplió 90 años. Habría visitas y, quizás por tal motivo, mis tíos habían dispuesto que el Nacimiento tuviera, además, un detalle vistoso. Ese detalle fue una cascada: desembocaba en un estanque con peces, tortugas y patos de cerámica del mercado, del mismo material que todos los protagonistas del belén, pero no era de oropel plateado, ni de papel aluminio, ni de plástico lánguido, ni de silicón de maqueta, tenía agua de a deveras cayendo por un tubo corto y llenando el estanque sin desbordarlo. Yo jamás había visto algo tan bonito y tan mágico. Ahora sé que, bajo la escena, había un mecanismo oculto de bombeo y que uno de mis tíos era estudiante de ingeniería. También sé que nunca más volvieron a poner esa cascada. El agua caía, como si cualquier cosa, precisa, y corrí a pararme frente a ella (¡qué suerte que estuviera encendida!), todavía con la respiración agitada y el pavor de las imágenes sangrientas de mi bisabuela asesina y el guajolote sin cabeza, viendo la cascada sin dejarla de ver, callando los oídos hasta sólo escuchar el agua y el zumbido del motor. Dejé de temblar por el susto y sentí el alivio como un milagro tierno: mi asombro restaurado. No tuve más sobresaltos aquella navidad; por lo menos ninguno fuera de mi espectro de emociones típicas de la época.

Por si el 2020 te dejó un hueco entre el estómago y el pecho. Por si haces un puño y se te junta el enojo. Por si supones que la edad te quita fuerzas. Por si tienes un villancico preferido cantado por Parchís y ningún empacho en aceptarlo, por si no. Por si comerás pavo a solas, por los diciembres que extrañas, por las rarezas que hacen única a tu familia. Por el bullicio del mercado, que quizás anheles. Por la avidez de orden y de certezas. Por si crees que no volverás a creer. Ten, te regalo una cascada.

¡Feliz Navidad!

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

Un pensamiento en “De guajolotes y bálsamos

  1. Te mando un abrazo enorme, gracias por hacer mi vida un poco más digerible con tus relatos. felices fiestas

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