Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.

De nombrar, libres

1 comentario

Yo le llamaba Banco de Palabras, pero no tenía filiación alguna con el sistema de bancario, ni de ahorro, ni de crédito. Era una libreta amarilla que cabía en la palma de mi mano, en la bolsa trasera de los jeans y en un compartimento de la mochila de transportar la computadora, y hasta en mi axila o entre el tirante del brassiere, si una taza de café me ocupaba la capacidad de sujetar. Dormía en una esquina de mi escritorio, con vista a la ventana, más cerca de la orilla que de la lámpara del centro.

La comencé hace unos cinco años, cuando estaba aprendiendo a hablar otra vez. Yo estaba harta de por lo tantos, y de reclamos y de hubieras y de si tan solo, ya no tan sola. ¿Quién dice qué significan las vivencias? ¿Quién le otorga nombre a lo vivido? A falta de respuestas cósmicas, en vez de esquivar esa cuestión y algunas palabras en los libros, me dediqué a escribir la definición de lezna, alicaído, gerifalte, pavonado, melifluo, inope, sitibundo, brizar, conforme las iba encontrando. Para leer y entender. Para leer —el único espacio a salvo de mi mente— y saborear y crecer. Que la vida renaciera en la botica del lenguaje, laboratorio de alquimia.

En mi libreta amarilla apunté tres veces «inmarcesible» y, a lo largo de los años, fue lindísimo toparme con mi asombro, mi despiste y una palabra viva. Porque las palabras jamás están inertes. Juegan con nosotros, se nos aparecen ocultas en sueños esperando a que las invoquemos, se visten de gala o de barriada, saltan el xilófono, emergen de los montes y las fronteras, los edificios y lo doméstico. En mi libreta amarilla apunté la diferencia entre emigración e inmigración, términos que abrazo con mucha ternura, y que «jonuco» es el espacio que hay debajo de la escalera de una casa, y todas las voces que me acompañaron para crear el canto XII del Diccionario de Intimidad en “Casadentro y Otras Memorias“, y así, cientos de ejemplos que enjuagaron, generosamente, todos mis duelos.

Ayer me di cuenta de su ausencia, y auch. La ventana, quizás, le contó de un mundo más vasto y la libreta, oriunda de los bordes, saltó al cesto junto a mi escritorio, el que va al contenedor del reciclaje. Será, tal vez, cartón y caja. O pulpa y segunda libreta. O bolsa de papel en el supermercado hippie. Me dolió haberla perdido, por supuesto; tanta devoción que le invertí a mi compañera, tanta tinta azul y letra bienhechecita, horas, hilos que iban sosteniendo significados y mundo. Ahora que lo pienso, me regaló la respuesta que yo anhelaba: nombrar es ordenar quietud. Anclar, decir dónde empieza y dónde termina lo vivido, lo que fue o es. Y las palabras, igual que nuestras vivencias, se rebelan ante las versiones oficiales y la inercia. Huirán, y tendrán razón. Si hemos de acumularlas, que sea para que circulen sin restricciones.

Buen viaje, maestra, libreta libre. Gracias por todo.

Autor: locadelamaceta

Blogger Libra en tecnicolor. Vive en California, escribe descalza, le rondan dos hijas y tiene un jardín.

Un pensamiento en “De nombrar, libres

  1. ¡Ay! Qué espanto, y dolor, y qué entereza. Las palabras a las que les diste hogar, sin embargo, cumplieron su cometido y te dejaron su esencia. Si por casualidad tu libreta amada fue rescatada por otras manos y leída por otros ojos, qué alegría habrá aportado. Si acaso fue directo al reciclaje -algo así como: “de la pulpa vienes y en pulpa te convertirás”-, auguremos un bello renacer de los significados.
    Te abrazo en acompañamiento, queridísima Michelle. 💜

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