Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Violetando

La anciana que seré cultiva violetas. Les busca una esquina de sol, les canta boleros, les acicala el porte cuando se inclinan de más y se niega a a dejar de creer en la magia.

Creer, pero no en el ilusionismo de los hechiceros de la mercadotecnia ni de las soluciones que simplifican paradojas ni la de las estadísticas absolutas (¡destejamos!, me invito, aunque las ideas queden estrujadas y flácidas por un tiempo); magia —ver a través de lo invisible— porque los tiempos difíciles requieren medidas radicales y las crisis humanitarias, sensibilidad. Toda la disponible.  Y espíritu crítico, voto reflexionado, conocimiento de historia, sociología, teorías de economía y desarrollo sustentable, organización disidente.

La anciana que seré me va dando la mano porque el mundo se está complicando y no sé qué hacer desde mi todoslosdías y mi mundito de adulto que puede hasta donde le alcanza la quincena. Sigue viendo más allá, me dice. Que lo macabro no es un hecho aislado. Que el sufrimiento no es una imagen en una pantalla o en un reportaje. Que mientras aúlles, hay fuerza.

Cuatro macetas de violetas, mejor dicho: tres, porque la cuarta era toda verde y muda, enfurruñada. Ni un brotecito desde que nació. Como si hubiera nacido pesimista, hay que ahorrar agua y energía, déjense de ridiculeces. Esta es sólo una esquina insignificante, ya para qué florear si nos va a llevar la chingada. Seguí asegurándome que estuviera bien asentada y tomándole el pulso de la tierra seca y tarareando. La anciana que seré tiene un compromiso con las plantas, en particular las de interior.

Hasta que otro día, hace poco, la cuarta violeta amaneció con una flor en ciernes. Puje, señora, puje—, le susurré al oído peciolado. Una flor blanca. Y luego otra, y otra más en contraste con sus hermanas fucsia y rosa, pero flor al fin. Pasaron los días, las noticias, sí son campos de concentración, Valeria de 2 años abrazada a su papá Óscar Alberto antes de cruzar el río. Creer, ¿en qué?, ¿para qué florear, violeta pesimista? porque nos está llevando la chingada.  La adulto que soy tiene días de no poder ver más allá. Toda la sensibilidad necesaria resulta insuficiente.  La niña que soy me dijo: mira, una línea púrpura en la flor nueva. Una violeta violetando. Quizás se enseñan entre ellas.

Hice estas fotos. Y entonces descubrí que algunas violetas tienen pétalos que brillan.

Y lloré, en lo visible y en lo invisible, humana, 2019, sin edad.

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Circular

Todos los junios, cuando el cierre del ciclo escolar es inminente, difundo una circular entre mis contactos y confío en que la lean y, rápido, pasen la voz. Su respuesta a mi correo es amable dentro de las variaciones genéricas de un “Ok, gracias por la información”, pero no le dan seguimiento; atino a creer que es un volante más entre tantos que reciben con información para la comunidad. Entiendo, a veces así es: se triplicó la carga de trabajo por los recortes de personal y no se dan abasto para poner atención a lo relevante y a lo urgente.

Yo antes difundía la circular como parte de mi labor de comunicación en español hacia las familias migrantes y la mandaba a los contactos como parte de una lista de pendientes. Ahora lo hago desde una responsabilidad nueva que recién me asignaron: cuando supe cuál sería, ay nanita, temblé: la coordinadora de servicios para las familias que han perdido su vivienda

Canalizar a las personas hacia los servicios es fácil: hacer una entrevista de sondeo, evaluar las necesidades, llenar formularios, firmar autorizaciones, establecer fechas límites, registrar en una hoja de cálculo, lo complicado es oír la voz en shock de las madres y los padres porque no pueden creer que los echaron a la calle y no les dejaron sacar sus pertenencias o porque están viviendo con otra familia y son diez en un departamento o porque están durmiendo en el coche en el estacionamiento del Walmart o porque no hay trabajo, seño, dígame qué voy a hacer, dígame y yo lo hago, y preguntar cómo están los niños y que los padres —si están juntos, pues suele ser solo uno cargando todo el problema a cuestas— lloren desde la derrota.

Les fallé, seño, les fallé a mis hijos, me dicen. Me cuentan de quién está en la cárcel, a quién han deportado o está esperando la fecha del juicio, que no tienen para el cumpleaños del niño o la niña, que les da pavor morirse de algo y dejarlos a la deriva. Veo el expediente con las ausencias injustificadas, las notas de la maestra que observa fatiga o hambre crónica o las dos y ahora, mediante un par de formas, son familias clasificadas como pobres dentro de los pobres, marginadas dentro de las foráneas, invisibles dentro de un sistema que les pide dos comprobantes de domicilio fijo y una identificación con fotografía a donde quiera que vayan.

Más allá de los servicios, tengo el apremio de insistirles que es posible salir adelante. ¿De verdad? me dicen con los ojos, ¿usted qué sabe de no tener qué comer o dónde vivir? Y es cierto. Yo no sé cuánto se tarda salir de una situación de pérdida de vivienda, sólo sé ayudarles a llenar las formas y escuchar su historia.

Y otro dato:

Soy la bisnieta de una mujer que murió sintiendo que había fallado porque algo había en sus palabras finales —y en el cáncer— que llevaba el auto-reclamo de dejar a sus hijos en el desamparo, como ella estuvo sin casa y sin alimento alguna vez.  Mi abuela me contó esa historia y también me contó que, después de quedarse huérfana, tuvo que ir con su hermanita a formarse en el comedor para indigentes y dormir en la sala y en el suelo y en los cuartos de azotea de los familiares lejanos y conocidos que pudieron darles un lugar para quedarse un tiempo. Sé que, en medio del duelo y de todas sus carencias, mi abuela terminó su carrera de maestra y tuvo seis hijos profesionistas y que, por añadidura, le dio a mi mamá una vida distinta y que, gracias a ese comienzo, recibí la educación que me permitió llegar hasta este trabajo.

A diferencia de otros años, cuando llegó el momento de enviar la circular en este fin de cursos, la mandé a los albergues; ahora ellos presiden mi lista de contactos. Mi correo fue recibido con algarabía. La circular es un volante que ofrece desayunos y comidas gratuitas para menores de edad. No necesitan identificación ni dar explicaciones de nada, sólo tienen que presentarse a la cafetería de la escuela pública más cercana e ingerir ahí mismo los alimentos; pueden ir acompañados de un adulto o no. Le di «send» a la circular, pensando en mi abuela y en mi tía, que tenían 18 y 13 años cuando pasaron por ese capítulo de hambre y desalojo. Temblé más. Era circular en más de un sentido.

Hay seguir pasando la voz: la que lleva una buena noticia y la deposita en medio del sufrimiento. Ese también es un pan de cada día y un lugar donde resguardarse. Y es resistencia: la tinta que reescribe sobre cualquier estigma que dejen los sistemas. La historia es nuestra, no de un expediente. Lo sé hasta las entrañas. En junio. 

 

 


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Déjenme en paz

No llores si te enamoraste y no fue mutuo,

no hables con los niños como si pronunciaras las palabras en crayones,

no te rías tan fuerte, tan por todo, tan teatral,

no cubras tu cuerpo, no descubras tu cuerpo, no seas sólo cuerpo, ¿no tienes una app para contar tus pasos?

no digas todo lo que sientes y no te quedes con tus sentimientos,

no acuses a los que encubrieron y eligieron hacer caso omiso,

no uses imperativos como si supieras lo que quieres, mandona,

no admitas que, la gran mayoría de las veces, sólo sabes lo que no quieres, tonta.

no escribas en rima,

no subrayes que eres buena en algo, no ocultes tus talentos, no enumeres arrobas que traicionan,  no presumas tu casa rentada,

no pregones que es mutuo y etiquetes a la paz en la foto,

no te tardes años en publicar, no des a tus proyectos el tiempo que te sobra,

no defiendas a los que están ausentes y a los que no saben leer,

no llames si extrañas, no preguntes «¿qué somos?», no guardes botones por kilo,

no uses tacones, no dejes de usar tacones,  no olvides el calcio, no te quejes en la mastografía,

di que no, di que sí y que se entienda bien qué quisiste decir.

Déjenme en paz.

 

 

 

 


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¡!

Sé algo:

[que he sabido siempre pero que apenas descubrí,

que está en todos los libros y en ninguna biblioteca,

que me convierte en aprendiz, en burbuja de hervor, en brizna y no magnolia,

que está en las notas de silencios de júbilo y en los cantos silenciosos,

que me pone alas en las raíces y un ancla en las derivas tercas,

que conduce a un abrazo profundo que tiene más alma que cuerpo,

imagínate]

Quiero una vida de sorpresas y asombro.

Hoy hay un terreno disponible donde sembré una rutina estricta a prueba de incertidumbre y hay dos manos creativas donde te otorgué el poder de llenar mi atención para sentirme amada.

Llorotantito, tan habituada a especular desenlaces y a protegerme bajo ocho llaves. Estar vulnerable es tremendo, pero no duele como el rechazo o el hastío. Quizás esa sea la primera sorpresa.

[Quizás no sé algo y sólo estoy recordando].

 

 

 


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La carta

Dejé la carta en el mostrador para que se la entregaran y me fui a hacer los mandados. Él (Otrora Sílfide, como lo nombré en un post pasado), quizás, la esperaba; hacía meses le había comentado, mientras me descalzaba las zapatillas,  que algún día le contaría cómo llegué a su clase y qué removía en mí.

«Todos sabíamos que nunca me dedicaría a ser bailarina, una infección de oído había estropeado mi sentido del equilibrio. Pero todavía adoraba el ballet. Me quedaba ese consuelo.

Como inmigrante, estoy acostumbrada a que la gente me pregunte de dónde soy. Cuando me uní al grupo de ballet para adultos, esperaba que nadie hiciera esa pregunta porque tendría que revelar que vengo de un lugar donde el ballet duele. Esa afirmación no tiene nada que ver con mi país. Mi origen es (y fue) un lugar donde el movimiento se reduce a nombres en francés y la música es un sonido simple y los espejos son enemigos: el lugar de la vergüenza.

Escogí el grupo de principiantes dudando si pertenecía o no. Tenía veinte años de experiencia en el baile y, sin embargo, nunca avancé más allá del nivel básico. No me importó, perseveré año tras año con la esperanza de sentirme mejor con el ballet o conmigo misma. Un día entendí lo que mis maestros habían transmitido todo el tiempo: era un caso perdido.

Al unirme al grupo de adultos, tuve que enfrentarme a otra capa de dolor: las secuelas de una pésima epidural, tener demasiado busto que mantener quieto, la tristeza insoportable que aparece en cada ronde des jambes, no poder girar o hacer piruetas porque me mareo, la sensación permanente de que me voy a caer y lo solitario y simbólico que es sentirme así casi siempre.

Y, sin embargo, soy un principiante, que todos los domingos por la mañana se asombra. He encontrado bondad en demi-pliés, mambo incrustado en tendus, ejercicios de calentamiento con los boleros que mi abuela solía cantar al piano, compañeras que van en su segunda jubilación, secuencias de allegro que terminan con un aplauso y un espectáculo que es absolutamente nuevo para mí: un maestro convencido de que podemos aprender y bailar.

Cada clase termina con un port de bras. Es más que una pieza para regular nuestra respiración con pases de brazos, también es un momento de consuelo donde el ballet es para todos: los jóvenes, los cansados,, los rotos, los valientes, los recién llegados, los reincidentes. He llorado en silencio muchas veces durante esos momentos como lo haría en un espacio sagrado mientras recuerdo el dolor pasado y me siento agradecida por los tiempos mejores. Para mí, ese port de bras es una conexión a través del espejo que nos hace visibles y bellos.

Mis manos y brazos están llenos de esperanza porque finalmente superé esa experiencia traumática. El ballet me consuela e inspira más que nunca. Este es mi lugar, donde vivo y pertenezco.

Gracias, Greg».

Yo no tenía expectativas de qué podía pasar. Le dejé la carta y ya. De veras.

A la siguiente Greg, entró a la clase buscándome con la mirada, caminó hacia mí y me rodeó con un abrazote. «Gracias a ti, gracias por estar aquí, gracias por tu carta», repetía. y yo sollozaba y nos escuchábamos como la radio en AM sin antena, pero del cariño.

Esa clase fue como cualquier otra excepto que, cuando fueron los ejercicios al centro, mi maestro extendió la mano para que me sostuviera de él; pude avanzar coordinando el paso con la certeza de que por una vez, una glorosísima vez, no iba a caerme. Podría escribirle un volumen entero de cartas contándole todas las dudas que me anuló modelando ese apoyo literal y físico  que, tantas veces, es justo lo que la mente y el corazón necesitan.

Se lo escribiré bailando y estando presente. Ese género me gusta mucho.


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Escampa

Ha dejado de llover. Las ramas del olmo tienen uvas de gotas y el tono verde encendido del musgo que me fascina. Es la media mañana de un sábado que se siente como una libreta con notas aleatorias, un par de renglones apenas.

Ayer fue la firma de mi testamento. He estado conversando con mi propia mortalidad a causa de los meses de invierno y de tener más canas y de ir sopesando dónde pongo mi atención, qué batallas tengo perdidas de antemano. He decidido abandonar la esperanza de ser una hija ecuánime y una madre con las alas intactas y, en general, de ser una mujer desconectada de los temas que le atañen, que son casi todos donde hay dolor. O colores.

Cuando escampa, hay un momento donde el mundo brilla con una luz mate, jamás opaca, como suspirando matices. Es justo este instante: después de doce horas de la lluvia del viernes por la noche. Sabiendo y aceptando que cada día es uno más cerca de la muerte, ya no identifico mis problemas con tormentas ni busco en el fin del aguacero una metáfora de la calma que sigue, predecible. Sólo quiero que los momentos ocurran y pueda presenciarlos, ser testigo de que sí viví.

¡Ya se fue el momento!

Ahora viene otro. ¿Cuál será?

Yo soy la que pudo ser y no fue y quizás sea. La libreta, el olmo, la letra, el charco, los huesos, la tierra.

Para Laura A. Con un abrazo hasta la costa Mar del Plata.

 

 


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Aquí y ahora, sí.

Cerrar una escuela trae pesadumbre a una comunidad. Cerrar dos, retos de transporte y sentir. Cerrar cuatro es deshojar los diccionarios, descomponer las sumas, fustigar a las familias con los renglones de las hojas del presupuesto. Lloran los niños y niñas por su casa-aula, lloran los maestros abandonados, lloran los papás migrantes queriendo entender el proceso de re-inscripción en el idioma de la burocracia. Y lloro con ellos porque sólo tengo dos manos y sólo puedo arroparlos en español en horas de oficina.

Abrir un documento nuevo con la intención de hacerlo libro trae gozo. Abrir la puerta al desfile de significados y personajes, incertidumbre. Abrirse al compromiso de escribir de principio a fin es ponerse de frente al vendaval, perder las llaves, avanzar con mapas que cambian de norte, beber café que sabe a óxido. Decir que no es abrirle paso a la depresión y al cuchillo que apuñala amores; hay que escribir con el tiempo más preciado y nunca con el que sobra. Hay una loba simbólica que alimentar o se come a los venados que visitan. Hay dos hijas adolescentes y la crianza es más demandante hoy que en los dieciséis años previos.

Hace 12 años, 4 meses y 3 días inicié esta bitácora con la intención de aceptar el momento que estaba viviendo, o morir marchita. «Aquí y ahora» fue el título del primer post. Desde aquella madrugada, he ido siguiendo la pista de los días hasta donde me lleve el corazón. La espiral me ha traído a revisitar este lugar, sólo que no estoy dialogando frente a mi tristeza: te miro, lector, lectora, y quiero abrazarte con todas mis fuerzas. Aceptar la vida como se presenta duele, asusta, desnuda, aplasta, celebra, libera, invita, sana, se hace relato, y todo está sucediendo a la vez. Eso lo aprendimos juntos. El blog cumplió con su misión, entonces.

Gracias por leer, gracias por tus comentarios, por pasar la voz y por comprar el libro. Bien sabes que nuestra conexión no depende de un post a la semana y que estoy activa en Twitter. Cambiará el modo de encontrarnos en un texto, pero la química de coincidir está y estará intacta. Confío en ella.

Y te abrazo más.

Miranda Locadelamaceta/Michelle Remond

Belmont, California.  Con vista a un olmo.