Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


1 comentario

Instantánea

De unos días para acá se me han aparecido libélulas y la frase: «aceptación radical de todo lo que sucede».

Las libélulas comparten con los colibríes el dominio sereno de la prisa. Están más presentes que cualquier instante y guiñan —ahora me ves, ahora no me ves— con tantas ganas de jugar, que en lugar de alas, se impulsan por una risa despreocupada. Son generosas: jamás invaden y, sin embargo, llenan todo el espacio donde aparecen. Medirán unos 7 centímetros. Llevan un velo morado imposible de señalar. Cuando aparecen, nadie sabe predecir qué hora es pero dicen que son augurios de un proceso de transformación.

Lo de la aceptación radical de todo lo que sucede me ha producido  desconcierto y luego curiosidad. Caía un libro y en la página abierta: esa frase. Repasando el pergamino digital de tuits: esa frase. Mi amada terapeuta mientras sorbe su café: esa frase. La aceptación, venga, con ella no hay problema. Es aceptar a ultranza, radicalota. Estar en paz con lo que hay. ¿Será posible?

No sé si alguna vez lo logre como un estilo completo de vida. Y, sin embargo, cuando dejo de discutir con el momento y sólo estoy, siendo –y quizás estás tú, y somos— y hoy me atraviesa por el corazón confiante, me elevo por el suelo y aparezco en algún jardín, turbina, frente a una mujer que se cuestiona su valentía.


2 comentarios

De la presentación del libro y del dentro de las casas

*Nota: le faltan unos minutitos de entrada al video, pero son apenas uno o dos. Gajes de las transmisiones en vivo.

Queridísimos lectores y lectoras:

Les comparto la presentación de “Casadentro y Otras Memorias”. Tuvo lugar hoy en una sala virtual. Cuando empecé a escribirlo no tenía manera de imaginar que la presentación sería de ese modo. Pero después del 2020 tenemos que reimaginar lo posible.

Este es un libro que recuerda una y varias casas a través del sentido del oído. (También habla de otros muchos temas, pero esos me lo reservo para su experiencia de lectura). Es curioso, muy curioso, que vea la luz en una situación de confinamiento. Es decir: desde lo más entrañable de mi hogar hasta la intimidad del suyo.

Conseguir el libro está más o menos así:

  • Libro impreso: 
    • En México: Amazon.  Programado para distribución: Gandhi, El Sótano, Fondo de Cultura Económica, y Porrúa, sujeto a disponibilidad y a indicaciones oficiales por el COVID-19.
    • Internacional: Debido al COVID-19, los envíos internacionales por el momento no están disponibles.  Gracias por tu paciencia.

Los y las abrazo con emoción y gratitud. Mis letras siempre están al servicio de la conexión que creamos en conjunto. Hoy fue un ejemplo clarito de qué podemos lograr en ese encuentro de corazones.

M.

 


4 comentarios

Aparta la Fecha

¡Hay libro nuevo! Y quiero presentártelo. ¿Vienes?

¿En dónde? Será un evento virtual privado y gratuito. Para solicitar tu acceso mándame un correo a mlocadelamaceta@gmail.com y te haré llegar el enlace.

¿En dónde estará a la venta el libro? La disponibilidad del comprar el libro físico en las librerías dependerá un poco de cuando las reabran. Sin embargo, a partir del 21 de junio podrás ordenar la versión impresa y electrónica en Amazon. También estará a la venta en Gandhi, El Sótano, EduCal, Porrúa, Fondo de Cultura Económica, iTunes y Google Play.

¿Y por qué no está a la venta en otros lugares? Porque este es un libro impreso y distribuido en forma independiente. Gracias por tu flexibilidad para adquirirlo en donde está a la venta y por apoyar modos alternativos de publicar.

¿De qué se trata? Es un libro que combina relatos breves y poesía. Este es el prólogo:

¿Habrá audiolibro? ¡Sí! Podrás encontrarlo en mi Jardín Sonoro después del 20 de junio. También tendrá una lista de reproducción en Spotify.

¿Cómo puedes recibir un libro con dedicatoria? Gracias a Don COVID ese proceso puede tardar bastantito. Pero, mientras tanto, te puedo mandar una dedicatoria de mi puño y letra para que la imprimas.

A las casas les gusta que sus habitantes asistan a presentaciones virtuales de libros escritos con el corazón. ¡Nos vemos allá!

 

*Diseño de Portada: Luisa Cuéllar.


3 comentarios

Elegía y Jardín

No fueron las pisadas de las botas sobre las semillas de flores salvajes que recién habían germinado ni las cuerdas de una horca a cuatro pistas ni la sierra como una motocicleta que desdice ramas. No fueron las leperadas a gritos encima del ruido ni el hecho de que mi casero no me hubiera avisado.

¿Por qué el desconsuelo y la angustia? El olmo estaba enfermo y corría el riesgo de caer encima de la casa. Yo sabía que lo iban a talar.

No fue la trituradora que, en medio día, fulminó un árbol de ciento cincuenta años ni ver desde arriba los kilos de aserrín que ahogaron a la hiedra cuando el aserrín es la que más odio entre todas las sustancias que se adhieren a la piel recóndita y a la yema de los dedos y a la infancia.

Fue el corte mecánico. Ninguna pausa, ninguna muestra de que hubiera una conexión innegable y profunda entre el árbol y los humanos que lo talaban. Fue tanta belleza, de repente, en la luz que encandiló las habitaciones. Fue el venado que llegó a masticar las únicas hojas restantes y a abonar como riendo. Fue el cuervo que halló varitas de todos tamaños para su nido que también fue triturado. Fue la ardilla que siguió buscando su bellota al pie del tronco. Fue ver a la vida seguir, imparable. Deja todos sus símbolos, me dijo. Un día terminan.

Desde que no está el olmo hablo muy poco.


1 comentario

En la fila

Hace muchos, muchos años estaba formada en la fila de la caja, para pagar en una tienda. Junto a mí, una jovencita y su mamá.

—¿Pero qué va a pasar? ¿Y si no nos alcanza el dinero? ¿Cuándo sabremos? ¿Cómo saldremos adelante?

Cada signo de interrogación se desbordaba en la voz de la hija y formaba una angustia chiquita y efervescente. Qué curioso, me dije, esas preguntas aplican para casi todas las crisis. Yo sabía de eso. Apenas había logrado dar un paso y luego otro para llegar a la tienda. Y, como todas las veces, a la hora de pagar, me daba horror que no pasara la tarjeta de débito. De crédito no tenía y el banco por internet apenas empezaba. Calculaba mi saldo a tientas. Cuando me daba la cabeza.

—Tú no te preocupes de nada.

Seis palabras que bien pudieron ser una mentira. O pensamiento mágico. Refuté: las crisis y las angustias no se van así nomás, despreocupándose. Pero el tono de la mamá fue una ala, un techo, una bodega repleta de oro, un reporte de salud enmicado, un caldo reconstituyente después del desvelo, un paso peatonal a prueba de atropellos, una buena noticia en medio de cien duelos. Alcanzó para arropar a la hija y a todas las hijas e hijos que estábamos a su alrededor. Toda la tristeza — y las deudas y la soledad— desaparecieron por unos minutos, y avanzamos. Sin arrastrar los pies.

Señora, si llega a leerme alguna vez, ¿podría decirlo de nuevo? Con un altavoz, por favor. Para los tiempos dificilísimos. Y para construir el futuro, con ese ingrediente suyo. Como cimiento.


1 comentario

Letras Para Tiempos de Encierro 14

Sólo vine a decir que el sol. Mira el sol. Este sol. Hoy, sol.

—Ayer la luz tenía un contorno entumecido—

Sol, y silencio lleno de pájaros. Sol, y el baile de hombro con hombro de las losetas. Sol, y quiromancia en las paredes. Sol, y mosquitos, telarañas y lo que siempre me falta por nombrar, por fortuna.

Sol, y olvido qué me importaba antes. Sol, es decir: geranio. Sol, blanqueando el diccionario, arrullando a la brújula.

Sol en mi cabeza a mediodía, caloreando. Y si sol, este sol singular y este momento, me sé completa y pedacito, comino, de universo.


Deja un comentario

Letras para Tiempo de Encierro 13

El arborista me encontró barriendo. De un tiempo a la fecha barro más que de costumbre. Era mediodía. Le mostré el olmo. El casero me había notificado que un especialista vendría a la visita de rutina; los olmos de más de cien años requieren cierto cuidado extra, algo así como un gerontólogo de árboles.

Mi olmo y yo tenemos una relación entrañable como dos seres que se aman. Él tira más hojas —incluso en verano— para que yo barra y me aclare. Todos los octubres me regala un tapete ocre en mi cumpleaños. Yo le sembré tres jacintos a su vera para que tuviera una mascada de color en enero sobrio. Lo riego, a veces con la manguera y a veces con sollozos cuando platicamos. Le cuelgo campanas de viento casi siempre y farolitos de papel en navidad. Él se inclina hacia mí. Literalmente. Su copa y el techo de mi casa están a punto de tocarse. Lo bueno, según me dijo el casero cuando firmé el acuerdo de arrendamiento, es que el olmo está sostenido por un eje de metal clavado en el tronco y en la tierra.

El arborista hizo algunas fotografías deambulando por el jardín. Me preguntó si yo sabía quién había podado ese árbol. No, ha de haber sido antes de mi mudanza. Me explicó que, por ley natural, los árboles retoñan en donde hay un corte a menos que tal corte esté mal hecho o sea radical y cauterizado.

—Este árbol agoniza. ¿Ve estas manchas? Son como un cáncer.

Me mostró un hueco en el tronco del olmo, el pésimo corte oculto y la entrada de agua, musgo, hongos. Las manchas como garras negras, la corteza arañada por el peso del árbol en sí porque las raíces están podridas. Y me advirtió que olmo, mi adorado olmo, podría derrumbarse sobre la casa durante cualquier ventolera; sobre una casa es tan vieja que si uno cierra fuerte una puerta se cimbran toda las paredes.

La visita del arborista habrá durado unos 10 minutos. Seguí barriendo, afecta a los cortes profundos, creyendo que los todos los duelos se superan. Negando y barriendo y negando. Buscando ternura urgente entre la naturaleza.


Deja un comentario

Letras para Tiempos de Encierro 12

A veces exijo el verde a ultranza en las plantas de interior y me visto de negro con ánimo fúnebre y me desespero con los adultos que dicen «chí» en vez de «sí». Yo, que cultivo una arroba hecha flores y policromías.

A veces pido que me dejen en paz y que cada quien sea cada cual, bien delimitados, autosuficientes y en terapia. Yo, que creo en los vínculos que fluyen y en la conexión intensa entre las almas.

A veces no olvido ni perdono ni suelto ni cuento la historia completa y repaso, con el dedo de la arrogancia, los adeudos morales que alguien me debe. Yo, que creo en trabajar las pérdidas, en crecer y en decirme la verdad.

A veces renuncio a mi herencia, me quito el último apellido, fantaseo con ser huérfana y me abrazo a mi exilio. Yo, que he puesto mi devoción completa en formar una familia.

A veces demando lo auténtico, lo natural, lo transparente en cada diálogo. Defina sus intenciones, múestrese tal como es. Yo, a quien muy pocas personas han visto sin maquillaje.

A veces quiero salir de este encierro. Ser beso y grafiti en un mundo cauto, dinamitar las rejas del «no te acerques, tengo el corazón roto», ir a la playa, a la plaza, al concierto y a la vida que se quedó en pausa.

A veces, y en algunos abriles, me quedo en casa con mis contradicciones.


Deja un comentario

Letras para Tiempos de Encierro 11

En los últimos días tuve dos descubrimientos:

I.

El estrés, al principio era, más bien, una energía afilada en trabajar desde casa. Era lo que tocaba, por seguridad. Me sentía muy manos a la obra, muy parte de la historia, muy clara dentro del ruido, muy serena en medio del pánico creciente. ¿Y vieron los diez posts que hilvané, seguiditos? Como la fruit ninja del enclaustramiento.

Hasta que mi mente comenzó a protestar. Yo digo que fue la mente pero pudo haber sido el hueco que sentía alrededor del ombligo. O las pesadillas mezcladas con sueños intensísimos. O el hambre a todas horas y el refrigerador tarado que no tenía lo que se me antojaba.O las ganas de llorar y una tristeza que no se parece a ningún duelo conocido, y la impaciencia y la irritabilidad. La casa (¿por qué se ensucian las casas, caramba?), el bloqueo creativo.

Sólo ahora, en esta semana de vacaciones, voy dimensionando que estuve 21 días en estado de emergencia, en parte por la naturaleza de mi trabajo y en parte porque así estamos; y agobiada por ser productiva, por justificar mi sueldo, por hacer predicciones y mantener la normalidad, olvidando que no sé nada de emergencias por coronavirus y, por lo tanto, estoy más vulnerable que jamás en mi adultez. Me descubrí humana en 2020.

II.

Qué maravilla, las lámparas. Uno enciende el interruptor y zas, la luz. Me gusta la de la sala, con su foco tartamudo. La de mi buró, con su clic que anuncia la hora de despertar, la hora de dormir y el qué chingados. La de la cochera, congreso de mosquitos, porque se refleja en los ojos de los venados y nos pone a ambos a salvo. La del clóset, vidriada y paciente porque hay azules marinos que, de grandes, quieren ser color negro, y yo debato en voz alta con los colores y las prendas.

Marzo, y ahora abril, han sido meses de agradecer las lámparas. Qué maravilla, repito. A veces, cuando la vida se complica, la oscuridad asusta un poco más.


Deja un comentario

Letras para Tiempos de Encierro 10

Para el encierro, para cuando emerjamos. Para perseguir obsesiones y soltar los plumeros. Quizás.

Lurias*

(De Usted & la Canción Mixteca)

Detectar una pelusa en el suéter.

Ir por el quitapelusa que deja la ropa como nueva, según el comercial.

Meter la mano izquierda debajo del suéter a la altura de la pelusa y con la mano derecha, repasar con movimientos como de cepillarse los dientes, con gula de erradicar esa y todas las pelusas.

Comprobar que las pelusas viven en sociedad: se reproducen al roce y viven en colonias. Invadir la vecindad que va de la axila a la sisa.

(Sonar la Diana).

Que las pelusas desalojadas formen una franja solidaria junto con las pelusas ya existentes a la altura de la cadera.

Anunciar que ahí les voy, añádase la descarga y Wagner.

Congratularse por la perseverancia.

Que el suéter, en efecto, parezca nuevecito.

Cientos de pelusas cayendo al suelo. Ir por la escoba.

Que al pisar, las pelusas se esparzan, sensibles a aire. Ir por la aspiradora.

Dirigir el voltaje y el adminículo puntiagudo de la aspiradora hacia las pelusas, mudarlas a la bolsa Hoover.

Notar que hay polvo acumulado en la esquina donde se refugió la última sobreviviente de la colonia de pelusas.

Pasear la aspiradora por el perímetro de la habitación.

Detenerse a evaluar las otras tres esquinas.

Comparar el borde bien limpio y a contrapelo con el resto del área.

Mirar al reloj porque hay que salir de casa en quince minutos.

Persuadirse pues, que ya entrados en gastos, emparejar la alfombra es rápido.

Admitir que qué necesidad, pero no guardar la aspiradora hasta haber aspirado el otro par de habitaciones y el pasillo.

Chulear la casa.

Auto-arrearse porque restan treinta segundos disponibles o vas a llegar tarde, Miranda.

Correr al espejo.

Calibrar los grados del Cero al Sí Aguanta, en materia de estar presentable.

Detectar una pelusa en el suéter.

Socorro.

 

*adjetivo en español mexicano para nombrar a alguien que está loco(a).

 


Deja un comentario

Letras para Tiempos de Encierro 8

Cuéntanos*

Esto del internet en la cuarentena ha dejado un par de preguntas que son de mis favoritas en cualquier época, haya encierro domiciliario o cabalgata en pradera.

Primera pregunta: ¿cuál es la fuente?

Los niños y niñas que salíamos a andar en bicicleta al parque tuvimos varios encuentros con esta misma interrogación cuando nos topábamos con aquellos monumentos de azulejo o piedra y los estratos de agua seca, las algas, la coladera con hojas basuradas y el chorro potentísimo o miserable nos hacían sospechar que esa fuente no era autónoma: alguien o algo permitió que llegara a tal estado. Quizás se oxidó la manivela que regulaba el flujo de agua o no le dieron importancia a mantener la fuente limpia y transparente. O sí: y esa fuente es un borbollón que hasta salpica, jubiloso, y la gente le perdona que sea de agua de riego.

Bueno, pues igualito ocurre con la provisión de información en internet. Todo lo que leemos y consumimos tiene algún origen y alguna falla. A veces, igual que en las tardes de andar en bici o en las de cuarentena, suponemos que, si la fuente esta ahí, es por el bien común. Sería muy, pero muy triste enterarnos que las fuentes de los parques —o el contenido en los medios— existen para llenar un vacío.

Si estás leyendo esto en tu teléfono o computadora significa que tienes acceso a internet. Hay más de 3.8 miles de millones de personas que no. Voy a hacer una pausa para que imagines tu vida (tus relaciones, tu trabajo, tu banco, tu entretenimiento, tu capacidad de tomar decisiones) si no tuvieras ese acceso.

Pausita:

 

 

 

Ahora retomo la primera pregunta: ¿cuál es la fuente?

Te comparto la combinación que me ha funcionado mejor y que quizás sea útil para ti en tiempos de coronavirus (o en otro momento). El punto de partida es: ninguna información es 100% fidedigna y ninguna página puede darme la serenidad del todo estará bien, es una época incierta.

a) un sitio de información que me dé datos y listas. Las infografías, por ejemplo, son un punto medio. Oficial o no, como secuela de haber ido a la papelería a pedir monografías, éste me cae bien.

b) una cuenta, o varias, ingeniosas de sus memes y ocurrencias. El humor es donde la salud mental y la salud física deciden qué será de mi ánimo y de mi sistema inmunológico. Yo me tomo el humor muy en serio. Como es gusto personal, no hago recomendaciones universales pero el querido @jezzinni me cae a todo dar, por sugerir alguno. En todo caso: Quino. Y un librito fabuloso que se llama «Definiciones» de Alfredo La Mont. De nada.

c) un sitio o grupo que me recuerde cómo estar presente. La atención plena o Mindfulness es una herramienta indispensable para combatir la ansiedad. Hay a quienes les funciona algo de yoga, repetir mantras, meditaciones guiadas, visualizaciones, etc. Hay quienes su espiritualidad es la música o el ejercicio y, mientras la tengan, el mundo puede seguir girando. Yo soy más de silencio y de esta app

La combinación me permite conectar con el mundo exterior e interior. Eso sí, nada quita la incertidumbre, Sólo queda incertidumbrar.

Lo que me lleva a la segunda pregunta: ¿qué es lo normal?

Ahora mismo: nada. (Y antes y mañana, tampoco). Hacer algo normal —es decir, repetirlo muchas veces hasta que sintamos que no estamos locos y que ése es el camino correcto— es una respuesta frente a la pérdida. Si algo es normal, hay consuelo.

En colectivo, hemos perdido desde la privacidad hasta los abrazos. Los espacios públicos. Las horas cuando eran horas divididas entre casa y trabajo. El empleo, quizás. No alcanzo a hacer el recuento completo porque no puedo salir. Sé que en las casas hubo pérdidas también.  Hay un ruido en las cabezas, una alerta de sala de espera permanente. Un tablero sin anuncio, una puerta que cierra mal. No me hallo. Algo se borró, algo se está borrando. No sé qué perdí y si fue valioso.

Pero al ver mi duelo toco el de quienes no tienen el lujo de estar en cuarentena. Internet es el otro parque donde convivimos, chicos y grandes. Esto me lleva cuidar mis posts, mis comentarios, mis bromas, mis imperativos.  Siento una necesidad inmensa de amabilidad, para dar y para recibir.

No me apresuro a hablar de ganancias en una pandemia. Sólo veo, con cuidado, las pérdidas. Como nada es normal, quién sabe cuándo volveremos a la vida de antes del coronavirus. Tal vez, nunca. Habrá que esperar a que el borrón nos revele qué se fue y qué se quedó. Pase lo que pase, el único normal que me interesa es el que no es indiferente al dolor.

Quizás una tercera pregunta sea: ¿hay alguien ahí?  Si alguien necesita platicar, aquí estoy.

*Gracias por tu sugerencia, Marisunnyshine. ¡Un abrazo!


Deja un comentario

Letras para Tiempo de Encierro 7

El día cuando te llamaron aparte hacía poco que la bisabuela había muerto y repartían sus pertenencias. Te llamaron aparte y mayor, señorita. Y otros adjetivos asociados a bajar una escalera en un vestido ampón, ceñido, floreado, rosa. Tan responsable, te dijeron, tan apreciadora de lo que vale, tan digna de recibir este regalo. Le revisaste el copyright. 1901.

Pensabas que era un recetario. Resultó que se trataba de un compendio para el ama de casa: desde cómo quitar manchas de vino hasta cómo servir un banquete, todos los usos del bórax,  Administre Usted El gasto,  Normas de Etiqueta y Cortesía, cómo escribir una carta según la ocasión social, zurcido; y decenas de recortes del periódico, insertados en años posteriores, para complementar porque el mundo había cambiado, porque la grenetina es versátil, porque el bisabuelo no aceptaba comer sobras de un día para otro y había que disfrazarlas de platillo novedoso. Porque antes cualquier aspecto de la vida se remendaba.

Sabrías apreciar el regalo, a ti que te gustan los libros y lo que ocurre adentro de las casas, que siempre has sido muy modosita. Y, mira, el compendio tiene consejos de belleza y cómo elaborar cremas caseras para el cutis.  Los hojeaste. Reíste, y no te acompañaron en la risa.

Reíste —Ingredientes: semen de ballena—y tuviste que recoger del suelo los recortes y el libro, como dulces de la piñata del pudor. Reíste y te delataste, sexuada. Fue un momento francamente incómodo, la primera de todas las veces que decepcionaste. Reíste en nombre de las ballenas, los marineros con su frasco, pillines, la erótica de las sirenas.

A pesar de la incomodidad, recuerdas la entrega del libro como un regalo del regalo.  Con los años, apreciando lo que vale, supiste que si en una casa no hay espacio para las contradicciones y la irreverencia no cabe en el botiquín y la bobería no irrumpe con cuestionamientos, la comida es insípida y lo que se rompe no tiene remedio.

Sigues riendo.

 

 

 

 


1 comentario

Letras para Tiempos de Encierro 6

Yo odiaba con todas mis fuerzas, pero todas, toditas, no quedaba ni un milímetro despoblado, ir a la escuela. Todas, las pocas que me restaban a diario porque cada vez que decía ¡no más!, me daban la noticia vieja de que ir a la escuela no era opcional.

Me despertaba con esperanza de milagro de tortillería: un «sí hay tortillas» enmicado y fijo para contrarrestar las veces que no hubo, para que la gente dejara de preguntar con escepticismo. Que sí hay, caramba,  ¿cuántos kilos va a querer? y creyera su suerte en taco potencial. Así, pero con el cierre del plantel.  Me dormía con planes de huir, de quemar y de polvos pica-pica. A mis nueve años, no se me ocurrían herramientas más poderosas.  Y aún si quisiera llevarlas a cabo tenía que presentarme en la escuela, o pedir aventón a algún muppet en Combi a Technicolor o cargar con un tanque de gasolina o convencer a la marchanta del puesto de las bromas que mis intenciones eran buenas. Muy difícil.

No era el edificio de la escuela ni las clases. El edificio era una casa estilo colonial californiano con un exceso de habitaciones y de decoraciones en cantera rebuscada, nomás dándome cuerda para imaginar quiénes habían sido sus habitantes antes de que 150 estudiantes la invadieran. Las clases sí me gustaban, aunque no fuera de dieces.

La burla, ése era el problema. En mi escuela, como en tantas y tantas antes de que aparecieran las distinciones de las inteligencias múltiples y el flamante concepto de Aprendizaje Socio-Emocional, crecíamos hechos unos salvajes, enredados en la energía silvestre de la infancia y ninguna dirección honda y sabia. Llegar tarde a la fila, una mancha de yema en el suéter, una «A» desportillada en el pizarrón, la servilleta adherida de más al sándwich, la rima del apellido, el estampado del vestido de la mamá, decir Fernando Francisco de Austria en vez de Francisco Fernando, que el balón rozara los glúteos —y usar el término anatómico—, vivir a unas cuadras, vivir a diez, usar calzones de flores, usar mallas, los pantalones encogidos de tanta lavada, la hebilla del zapato aflojándose, trabarse en 7 X 8.  Existir: motivo de burla.

El profesor de Educación Física fue lo único bueno que ocurrió en esa escuela y a quien le atribuyo la victoria de mis ganas de volver cada mañana. Habrá sido un muchacho egresado de la ESEF y hacía su trabajo docente; cubría las unidades de atletismo, tabla gimnástica, perfección de la rodada al frente, (¡Marometa, profe! No, muchachos: el nombre correcto es: rodada), preparación para la escolta y el homenaje a la bandera. Y hasta yo, que había corrido un par de ocasiones en mi vida, pensaba que su clase era lo máximo. Después de años de arqueología mental, creo que ya descubrí porqué: nos respetaba.

Era un tipo de respeto sin demasiado protocolo. Un respeto simple, como vaso de agua que quita la sed. Creo que su respeto se sentía bien porque no tenía angustia ni especulación, tan típicas de los adultos. Así de joven era. Estaba presente y sonreía. Y, para nosotros, sus alumnos, su estar y su respeto eran más que suficientes. Lo reconocimos como autoridad: sí, tú guíanos. En su clase no había burla. Uno podía equivocarse, estábamos a salvo de la vergüenza de los cuerpos que crecen y las hormonas nos daban vitalidad y compañerismo. Fuimos logrando el salto del tigre, uno a uno, y lo recuerdo como uno de los momentos de más gloria de mi infancia. También nos enseñó a bailar rocanrol en la kermesse y a salir en orden cuando comenzaron los simulacros después de que un terremoto destruyera nuestra ciudad y al mundo como lo conocíamos.

Pienso en los niños y niñas hoy, que sí se les hizo el milagro de las clases suspendidas. (¡Hubiera dado mi vida entera por una cuarentena así!) Pienso en el estrés que los rodea, en el peso de las tareas en línea, en las caras de los adultos que no sabemos qué va a pasar y que nuestro pensamiento está, quizás, en otro lado. Los niños y niñas añoran la combinación de respeto y la verdad. Donde esté esa fusión, querrán quedarse a escuchar, a aprender y a hacer comunidad. No sermoneo, pasa que estos tiempos hacen que las reflexiones vayan tañendo, son campanas.

La distancia social, igual que la escuela entonces, no es opcional. Sólo pienso en mi maestro, a donde quiera que se encuentre; hace falta en este momento estancado. Vengan, vamos a bailar el Rock de la Cárcel en la sala de las casas. Pongamos un letrero: «si hay —o puede haber— esperanza».  Hablemos de tacos y de victorias cotidianas. Resistamos, presentes, sonriendo tantito para los niños y niñas (de adentro, de afuera) que nos miran.

Para el profesor Enrique Peña Morales. Maestro, con mayúscula.

Enrique Peña

4to grado, 1985

 

 

 


1 comentario

Letras para Tiempos de Encierro 5

Quédate en Casa, dijeron.

¿En cuál de todas?

La infancia es una casa meciéndose en columpio que descalabra.

El beso es una casa en una cueva con estalagmitas.

El parto es una casa de tarotistas flotando entre juncos de luz. 

El poema es una casa rodante que no teme al empedrado con lodo.

El amor es una casa inflada con paredes de papel y cimientos hechos de rosales.

La música es una casa amueblada de silencios y notas-galaxias.

El sexo es una casa con patios interiores y árboles de mango.

La guerra es una casa ocupada por náufragos radicales.

La maternidad es una casa-niña jugando a la casita y a evadir la crítica.

La vejez es una casa repartiendo sus preguntas más antiguas.

El desempleo es una casa que decide mostrar sus colmillos.

La amistad es una casa que brota los domingos por la noche y en los recuentos de qué bueno que existes.

El encierro es una tormenta y una casa con un abrigo a dos vistas.

El éxito es una casa que siempre tiene corrientes de aire, tambaleándose en un pedestal.

El panqué es una casa que suspira con su argamasa de naranja y clavo.

Esta me gusta más: nosotros, nosotras, siendo la casa que ofrece, en la entrada, una estera de limpiar los zapatos y las abstracciones, mientras traza los planos de sí misma sin saber qué va a pasar al día siguiente.

 


Deja un comentario

Letras en Tiempos de Encierro 4

Cuéntanos* de las cosas más bonitas que haya visto en tus viajes:

Mi abuela, de 76 años entonces, iba todas las tardes a mi casa.  Yo era una mamá de 30 años, criando a dos niñas de 2 y 4 años. Había elegido dedicarme a criarlas y, entre el encierro, vivir de un solo sueldo, las demandas de la limpiadera y un montón de asuntos no resueltos conmigo misma, estaba deprimida. Entonces mi abuela no sólo iba a ayudarme con la cena y el baño de sus bisnietas: me administraba una medicina muy primitiva, que no fallaba: me contaba historias de sus propias batallas cuando era joven,  me dejaba llorar de desesperación mientras me acariciaba el pelo, me hablaba de los ciclos del dinero y de las oportunidades, me enseñaba a crear cosas bonitas con poco, donde yo sólo veía que algo faltaba y que “debería de”.

Yo casi no salía porque el mundo me atarantaba. No me quedaba la ropa, no quería encontrarme con nadie, no quería dar explicaciones. Sólo quería estar con mis hijas y con mi abuela. Pero ella, que lo suyo lo suyo siempre ha sido viajar, es tan de casa como de agarrar camino. Y un día quiso celebrar su cumpleaños en un paseo familiar. Osh. No, qué estrés. Y así, toda frágil, entre el sol y las calles empedradas y, de fondo, la Peña de Bernal, mi abuela —que es una viejita niña— encontró una fonda y se emocionó, porque hacía hambre y por sus ojos de asombro, naturales. ¡Vamos por un sope, ándale, vamos!

Los cinco pasos entre el ¡vamos! y la fonda me costaron trabajo, nunca he entendido bien por qué.  Nos sentamos en la mesa con el mantel de flores, ordenamos uno de requesón, uno de pollo, uno de frijoles. Y ese día comprendí que un sope puede sanar el alma. Será por las orillas pellizcadas. O por la crema saladita y el queso desmoronado y la salsa de molcajete y dosis de verdad. O por el jugo de naranja recién exprimido. Vayan ustedes a saber. Volví a sonreír.


 

Londres y yo nos enredamos en un abrazo frenético de reconocimiento, adoración y reclamo: te he estado esperando. Caminé como si el mundo fuera a acabarse pasado mañana, bebiéndome los edificios, las casas y el verdor en todas sus formas, tomando notas, escuchando con los seis sentidos, excitada, cómplice. Subí al double-decker, y sintiendo los estragos del cansancio de tanta líbido por esta ciudad, me entretuve contemplaba una maceta que pendía de un farol y que me quedaba justo enfrente, en el segundo piso del autobús. Estaba preciosa, coloridísima.

Desvié la vista y noté que, desde la calle, un muchacho observaba cómo me estaba enamorando de las flores. Nuestras miradas se encontraron y él me mandó un beso con la mano.  El autobús avanzó y yo me quedé alborotada de todas las partes de la vida.

 

*El tema fue sugerencia de mi queridísima Themis Maya. ¡Un abrazote, Themis!

 

 


1 comentario

Letras Para Tiempos de Encierro 3

Cuéntanos.*

Él y yo tuvimos una relación a distancia durante casi 3 años. Cada quien vivía en un país distinto. A veces me preguntaba a mí misma si la relación era real. ¿Cómo podría serlo? Las relaciones sólo son verdaderas cuando se nutren de lo cotidiano, cuando los defectos pierden la chapa de oro de la virtud que les atribuyó el enamoramiento. Cuando nos vemos las suelas de los zapatos y el interior de la plantilla y no hay asco sino sonrisa, entendimiento.

Pero, ¿cómo podía no ser real? El amor es el amor, el deseo es el deseo y a la combinación de amor y deseo no hay quién la detenga. Deja un tiradero característico, impulsa, motiva, aparecen listas de metas, hay proyectos como hijos,  a veces hijos —o hijas— que se van atesorando desde el nombre; un «hola, te quiero» bajito. Claro que era amor, y del de quedarse.

Vistas a profundidad, todas las relaciones son a distancia. Él, por ejemplo, vivía en un país donde había muchas más yo. O lo que yo le significaba. He de reconocerle el mérito creativo: a ninguna nos dijo lo mismo. Un país donde los hombros de él y el escote de ella(s) eran fotogénicos y donde la persona no es la arroba, pero sí es, pero no es. De fondo era cuestión de entenderle a la dinámica. Y relajarse. Y divertirse.

Yo, para ilustrar, vivía en un país donde el duelo es el idioma oficial. Podía ver, en cualquier circunstancia, lo que no hay, lo que no alcanza, lo que no funciona, lo que no es suficiente. Sentía una obligación continua de hablar acerca del dolor y de las pérdidas. He de reconocer mi mérito de fortaleza: perseveré, mantuve la esperanza. Le mostré que era posible reinventarse confiando en que habría provisión y avance; el duelo nunca es estático. De fondo era cuestión de exponer las carencias. Y trabajarlas. Y confiar.

Creo que sí fueron 3 años. Desde que supe que no fue real, decidí borrarla de mi memoria. No la relato en mi historia, no cuenta.  Nos abollamos el ego, no el corazón. Fue una fantasía, y ya.

Excepto por los abrazos cada vez que nos veíamos. Esos primeros minutos de tomar forma en persona, dejar caer las maletas, suspirarnos de esencia y lociónperfume, sanar todas las fracturas de los huesos y de las dudas. Un «somos» indiscutible, cultivado en horas y horas y horas previas de conversar como si la vida no hubiera puesto miles de kilómetros en medio, como si la vida y nosotros fuéramos cuates de destino.  Y cada vez que nos despedíamos: esos últimos instantes de arrebatarle prisa a los vuelos programados, asir las maletas, jóvenes, no estorben, esbozarnos la cara, la voz en la garganta seria, los besitos de ¿volveremos a vernos?, dejarnos ir como sólo se deja, libre, a quien se adora.  Un «somos» impractiquísimo, drenando las carteras en viajes y viajes y viajes que apenas sumaban treinta días juntos, como si la pérdida y la deslealtad no se hubieran desgañitado llamándonos y dejando mensajes con mayúsculas.

Tres años y 41 días.  Es de la incumbencia de nadie porqué no la relato ni la relataré más. Baste saber que ahora, cuando amo, me aseguro de vivir en el mismo país y mi tercer idioma es Contigo Aprendí. En lugar de hablar duelos, escucho las señales y me fijo bien. Real, y punto. Todo lo bueno que siguió provino de esa lección, el orden sabio, tierno, después del tiradero. Me siento agradecida.

Nada de margaritas. Si quieres saber si te quiere o no te quiere, pregúntale a un aeropuerto.

*Tema a sugerencia de Isabel Del Castillo. ¡Un abrazo, Isa!


Deja un comentario

Letras para Tiempos de Encierro 2

Cuéntanos*

De cómo es tu sazón (tus secretos en la cocina)

Provengo de mujeres que cocinan como si las recetas del mundo se hubieran creado para ellas, es una herencia exquisita y redonda de cachetes (míos). También deja la vara de medir muy, muy arriba. Digamos que, en comparación con ellas, mi sazón alcanza un decoroso:

—Te quedó bastante bueno. ¿Cómo le hiciste?

— Gracias. No sé.

Y luego tengo esa maña de tener que nombrar el momento. Es un impulso, y está presente en todas mis cocinas. ¿Verdad que es muy agradable que estemos aquí reunidos? ¡Qué bueno es conseguir ingredientes mexicanos! Nos estamos conectando con los antepasados; mira, prueba estos frijolitos. Esta sopa me quedó aguadísima pero voy aprendiendo de mis errores, ¿gustas? A lo mejor confundo el silencio de mis comensales con el alivio de que ya me callé. ¿A poco no es emocionante que haya espacio para mostrar cómo somos?

Mantequilla, sal y pimienta. Laurel. Comino, si amerita. Y un manto de salsa verde: no falla.


Los libros que siempre has querido leer/tener pero por equis razones no has podido

Siempre he querido leer Los Miserables. La figura del Inspector Javert me apasiona, me gusta la metáfora del dilema entre ver a un ex-convicto como alguien que puede reivindicarse y considerar que no, que fue y será un criminal.  Creo que, a veces, tenemos a un Javert en la cabeza: el que establece, categóricamente, que debemos ser perseguidos por los errores cometidos, que somos una farsa.

Me encantan las novelas de detectives y, si pudiera, leería toda la colección de Agatha Christie otra vez. Pero debe ser la de Editorial Molino, la de las portadas explícitas y macabras.

Tengo un tema con los detectives, con su capacidad de ver más allá de las apariencias. Deja tú los libros: me encantaría poder leer a la gente así.

Libros de microrrelatos en español. Son dificilísimos de conseguir acá, y caros en línea. De esos quiero leer todos los que pueda mientras viva.


De los protocolos de etiqueta que has roto y cómo contribuyeron para darte más libertad

Me he separado dos veces de la misma persona. Toda la faramalla de comprometerse, casarse, mandarse a la chingada, que siempre no, ah qué bonito, bien por ustedes, hacer el anuncio público, promesas y votos, mandarse a la mamá de la chingada, que siempre sí pero de todos modos nos queremos y tenemos una familia, etc. He roto cualquier protocolo en materia de separaciones. No debería haber tal, los duelos y los límites caben mal en las normas.

Mientras más años cumplo, más me interesan los vínculos no convencionales. Usar botas con vestido, desafiar los maridajes. Le huyo a la plática trivial entre gente que no se soporta. Sólo saludo de beso y abrazo a quien quiero, de corazón. (No aplica en caso de coronavirus. #DistanciaSocial #ALavarseLasManos).

Aunque parezca todo lo contrario tiendo a ser introvertida. Cualquier evento donde haya que demostrar estatus, logro, poder adquisitivo, marcas, cantidad de followers, territorialidad, mapamundi recorrido, todo el espectro del quién la tiene más grande, afirmaciones de haberle entendido a las reglas no escritas de la vida, y, en general, el uso de imperativos me da una hueva infinita. Y me voy rápido. No sé si sea más libre, pero sí más honesta.

 

*A petición de Gabriel Mondragón. ¡Saludos, Gabo!

 


Deja un comentario

Letras para Tiempos de Encierro 1

O de Cómo Hice la Pregunta y Ustedes Sugirieron los Temas y Aquí Voy.

Cuéntanos, «A las casas les gusta que sus habitantes…»*

a) Mantengan la calma

Vista de cerca —y, por fortuna, no hay restricciones sanitarias— la calma es una herramienta que da calidad de vida. Pase lo que pase, estar en calma es como auto- enviarse la cuadrilla de ayuda. Ser raya fina de horizonte en aguas turbulentas.

Hasta dónde he aprendido, pero no me crean demasiado, la calma y las redes sociales y noticieros son incompatibles. La calma y la incertidumbre, sí. Siempre que hay una situación que me da ansiedad, paso lista y reviso si lo importante (ahí, juntito a lo sagrado de los altares personales y a los salvavidas de la adultez) está presente. Si está, calma.  Si no está, calma y un plan.

b) Miren el “Y”

Los planes dan sensación de control, de no estar a la intemperie. De ese modo la casa se renueva como casa. El reto es que el plan sea ordenado y dé estructura; por ejemplo, al estar encerrados: cambiarse la pijama, establecer metas para el día en cada ámbito personal (de ejercicio, de acomodar papeles pendientes, de algo creativo, de ver/escuchar, de adelantar) y, a la vez, deje espacio para que la vida ocurra.

Este encierro, igual que todos los cambios súbitos, trae una pérdida. Cada quién sabe cuál es. A veces, la casa es más casa y duele menos, inquieta menos, cuando nos abrimos al “Y” en vez del y/o: podemos haber perdido algo o alguien y estar un poco bien. Puede haber una pandemia allá afuera que no alcancemos a vislumbrar los efectos del colapso que tenga un propósito. Que no estemos aquí, encerrados en el encierro, estúpidamente.

c) Se sepan humanos

Y, por lo tanto, cortos de miras. Aún con la merma virulenta, hay 7.8 billones de versiones de hoy, de lo que está pasando. El hacinamiento, el tedio, la sensación de estar invadidos por familiares o desprotegidos por el gobierno, la preocupación de niños y niñas son experiencias reales. El encierro a salvo de otros es la catástrofe en el ingreso de unos; no perdamos de vista el sufrimiento que causa la desigualdad. ¿Cómo podemos imponer nuestra visión o perspectiva?

Éstos tiempos son un catálogo de reacciones. Un salón de clases de la naturaleza humana. Es una época interesantísima para quien quiera observar, esperando. Porque al final, creo, hemos construido el mundo con base en nuestra relación con el tiempo, huyendo del suplicio de esperar. Sí, ajá. Aquí vamos de nuevo. A esperar como en las guerras, los partos, los encuentros entre amantes, el primer diente, los estertores, la sopa que tira el hervor, el wifi reiniciándose, el cheque depositado. Esperar, sin «des». ¡Ay!

Pues bueno. Quedan muchos días juntos. Vamos a estar conversando alrededor del fuego, ¿verdad? Dejen sus comentarios. Hoy, esta conexión, es alimento.  Mantengamos este anaquel llenito.

 

*Esta es una frase que uso mucho en Twitter y que se ha vuelto rúbrica mía. Pero no es nada categórico. Una sospecha doméstica, nomás.


Deja un comentario

Esta historia Me La Contó un Ex-Novio

Sale corriendo. Levanta el polvo. Los zapatos limpios, que pareces de la calle. Sale corriendo y corre hasta la puerta con mosquitero. Entra. 

—¡Eres Tú! ¿Ya desayunaste?

Lo recibe el abrazo de una señora con delantal amarrado a la cintura. El aire es del huevo frito con manteca, la tortilla palmeada, el atolito de avena,  las mandarinas en el frutero, el reloj suspendido de un clavo, la radio de transistores.

Toma asiento. El mantel se descuadra pero nadie bufa. Toma asiento en la mesa de la cocina y es su lugar, junto al señor sonríe al verlo.

¿Y la novia?

Se encoge de hombros para decir que no. Las jovencitas sólo traen problemas.

La señora les acerca dos platos llenos de comida, y los frijoles y la salsa. Estaba muy bueno, le dicen con el plato vacío, casi limpio.  Nadie quiere tu bien como tu familia. Mientras suena el agua de la tarja, la fibra de henequén de enjabonar los trastes y de exprimir la espuma, enjabonar, enjuagar, el señor toma el periódico del día; una sección para él, otra para el niño. Pasan tres o cuatro páginas, intercambian la sección. Termina el periódico. Tiene que irse (y se irá del pueblo, en unos años) 

—¡Adiós!

Corre porque se hace tarde. ¿Dónde andabas? Vago. Bueno para nada. El polvo pesa como el segundo desayuno.

En esa cocina, durante media hora a la semana, Eres Tú olvida que es un mal hijo, y la señora y el señor que son infértiles. Las cortinas están atadas por un listón que cambia con las temporadas. Cuando el niño se despide, las flores de la ventana son un poco más amarillas.  Olvidan, y la radio y las consignas siguen sonando, pero no interesan. 


3 comentarios

Flora

Alguna vez mi cuerpo fue una flecha, un martillo, un lienzo, un altar de los asombros, casa de dos hijas producto del amor. Alguna otra vez mi cuerpo también fue mi enemigo con un desorden alimenticio y me aplicó la ley del hielo, me dejó a solas conmigo misma  y paralizada en vez de llevarme, corriendo, a un techo a salvo de la tormenta. Mi cuerpo, a veces, llora si no estoy ocupada en algo. Hay quien dice que soy notoriamente diligente. No son lágrimas de dolor sino de ya pasó.

El otro modo de estar sin que salga agua de sal por los ojos es entre árboles, flores y plantas. Mis manos pueden estar quietas, confiadas, sin tener que llenar el momento con tareas. Cuando flora, río. Quizás menos que antes, con mi risa boba, pero por motivos más genuinos. Cuando flora, danzo. Y qué cómplices son el verbo bailar y los orgasmos seguiditos. Cuando flora, alimento. Doy las gracias por el trabajo nutritivo que permite traer comida a la mesa y brindarme.

Cuando flora, yo en ella, amando a mi cuerpo que busca la fotosíntesis, las estaciones, las raíces, los frutos, el rocío, que son mejores explicaciones para enfrentar los cambios y la adultez, y adentrarme en el proceso creativo. Amando, amando al cuerpo que ha creído que soy frágil y un día me romperé. Y ese día es casi siempre y casi nunca.

Lienzo, martillo, altar de los asombros, flecha. Y, cada cinco años, horno de letras impresas. ¡Viene otro libro en camino!

 


Deja un comentario

Maceta de mosaicos

La escarcha cubre la mañana, el pasto, los techos y los parabrisas. Las hojas que siguen cayendo no crujen porque llueve y, a veces, no deja de llover. Tendrías que ver a las camelias, son unas locas. Ponen el rojo donde está el lodo, muestran lo rosa carnoso entre pliegues todavía más rosas entre los árboles que son un ramerío o una batalla contra el viento, aparecen cincuenta en un arbusto en plena cuesta de enero. Son como el barroco en tiempos minimalistas y de tensión de guerra. Amo su locura.

***

Que cada amiga haga lo que quiera de su vida. Que ame la persona equivocada, que viaje y olvide pagar la luz, que se tatúe y se arrepienta, que se separe de un buen tipo, que vuelva con un idiota, que haga sopa de dominó de prioridades, que exagere, que sea adicta a negar que es adicta. Todo cabe, lo vamos resolviendo juntas. Pero no puede morirse.

En serio: no puede morir, dice el yo de 17 años, el de la edad que siempre teníamos cuando estábamos juntas. Porque si muere, ¿quién la consolará cuando se sienta sola en la eternidad?, ¿con quién lloraremos el duelo de perderla si no es con ella?

Sí puede, dice el yo adulto.

Y ese diálogo es verdadero. Y miserable.

**

El día que cumplí una década de haber emigrado a California comí una hamburguesa con papas y un root beer sin popote. Fui con Victoria Luminosa al cine; en nueve meses se irá a la universidad al otro lado de este país, y pasamos juntas todo el tiempo que podemos; hablamos de su derecho a irse, y de recetas y de m’hijita, júrame que usarás abrigo cuando empiece el frío.  Abracé a Mini Dancing Queen adolescente con su campo minado de emociones, y la abracé más y la hice reír tantito; todavía podemos coincidir en momentos con y sin palabras, todavía nos necesitamos. Le conté a Mario acerca de mi curso de capacitación de Modelos de Cuidado con Información de Trauma; nos llevamos mejor y nos queremos más ahora que somos familia, amigos y equipo-compañeros de crianza de hijas, que en todo nuestro matrimonio.

Hace un libro le escribí una carta a la mujer de aquella noche de llegar a San Francisco. En este aniversario le regalo la imagen una maceta de mosaicos como la que tengo en mi balcón: los trozos de todas mis pérdidas —que, en realidad, no son más que la vida siendo vida y el cambio siendo ley— forman un contenedor mucho más interesante y hondo (y colorido) que cualquier anhelo intacto.  Y ese lugar me fascina, hoy lo sé, para quedarme a vivir.


1 comentario

Sur 37 A

Es inicios de diciembre porque pienso en una calle.

La recorríamos varias personas, como quince. Era una calle de dos cuadras y media. Pasábamos junto a la casa donde había un muchacho que estudiaba música; practicaba sus lecciones de trompeta y de piano, no importaba la hora. Y junto al edificio donde vivía un brujo en la planta baja y una vez que fueron de la delegación a renivelar la banqueta, salió el hombre con una cadena bastante larga y les dijo a los albañiles que le echaran mezcla sin taparla del todo, como delineando el edificio; esto es brujería, dijeron los vecinos. Nadie se metió con él.

Y a un lado de la cochera con macetas de barro, en el suelo y en la pared, que fue blanca pero ahora era color «por aquí pasan coches que aceleran y mientan madres por el tope de más adelante»; los canarios le cantaban a las plantas de sombra y a algún otro geranio terco. Y por donde había casa con una pared de ladrillos, que era parada obligatoria del camión de la basura y donde nunca, nunca, hubo rayoneos de grafitti a pesar de que el ladrillo estaba tan bien puesto que se veía como un lienzo irresistible.  Nunca, ese milagro.

Y hacíamos escala en la casa de la mujer que vivió hasta los 101 años y usaba pantalones desde 1918. Y nos aliviaba pasar por la casa de las rejas y saber que ya no estaba el perrote que aterrorizaba a los transeúntes; el refrán es impreciso: ladraba y mordía, que sí. Parecía lobo.

Los mapas virtuales indican que la calle sigue donde la dejamos. Es más: basta teclear su nombre para poderla recorrer de nuevo. Pero no pienso en la calle de ahora sino en la de entonces,  la que unía la casa de mi bisabuela y la de mis abuelos con la mía, donde crecí. Diciembre, y en particular el 25, pero también alrededor de las posadas y el fin de año, se trataba de hacer ese trayecto. Los tíos reían pero no cuando venía un coche, mi abuela abrazaba caminando, mi mamá hacía la observación de que el ambiente olía a llanta quemada, yo iba encima de los hombros de mi papá hasta que tuve que ir a pie.

Es inicios de diciembre y estoy en esa calle, siendo niña, como si hubiera sabido que tenía que fijarme muy bien. Ventilo el recuerdo para impedir que le brote una pátina, para mantenerlo vivo aunque el cambio haya desmembrado a la familia y la delincuencia esté al asecho.

Sé amable, nostalgia.

 


Deja un comentario

Cuando oscurece

Tan pronto como empieza a oscurecer a las 5 de la tarde, mi cuerpo de la memoria me pide que haga algo para evitar que La Gran y Espantosa Depresión del 2014 ocurra otra vez. Por más que mi terapeuta y yo tratamos de explicarle que han cambiado las condiciones de esos noviembre y diciembre,  mi cuerpo me dice que no vaya a ser la de malas, ¿o se te olvidó cómo temblabas y el guiñapo que eras?

Es muy reconfortante saber que los fabricantes han poblado los anaqueles con productos que prometen hacer más llevaderos los detonadores del miedo al abandono. Mi experiencia como consumidora ha sido la siguiente:

  • Lámpara de luz blanca. Con brillo de 10,000 LUX, combate la fatiga, regula el patrón de sueño y quita las ganas de hibernar, reduce el humor melancólico, afina la concentración. Compré una,  la desempaqué, la puse en mi comedor, me paré por un café, me tropecé con el cable, se cayó la lámpara, se hizo añicos.
  • Bolsa de agua caliente. Obra de un inventor croata y patentada en 1903, hecha de hule y con tapón hermético enroscable. El calor que emite por horas es tan similar al de dormir de cucharita y el cerebro se la cree. Es un remedio antiguo y muy bello pero se aguó porque la tapa no resiste los años. Tuve que cambiar de colchón.
  •  Aromaterapia. La combinación de lavanda, naranjo, bergamota, geranio, hipérico y salvia me funcionó de maravilla. Me encomendé a ella, bien ungida detrás de las orejas, en el cuello, en la nuca, en el Tercer Ojo y hasta eché un algodón a mi bolsa, para que no me faltara la provisión hasta que en mi oficina apareció un letrero de «Favor de Mantener Esta Oficina Libre de Fragancias, Por el Bien de Todos (Olivia, de Contabilidad, es alérgica)».
  • Chocolate. Tal como descubrí en la secundaria, comerlo convierte mi cara en un espectáculo de fuegos pirotécnicos de acné al son de la Obertura 1810. Hoy sé que dicha sensibilidad sigue vigente al estilo gira de orquesta sinfónica.
  • Manta con Peso. Esa la estrené anoche. Es un cobertor a dos vistas que tiene arena entre las costuras. Está diseñada para la contención. Pesa 7 kilos. No puedo moverla sin pujar y hoy que amanecí me duelen el brazo y la cadera como si hubiera reptado para escapar de alguna mêlée de significados. Le auguro medio día más conmigo.

Espantosa, no se me olvida. Porque me agarró desprevenida, igual que el año cuando se va extinguiendo, o cuando la oscuridad asusta y es más oscura, o cuando el aspecto animal del amor se niega a aceptar traiciones. Te escucho, cuerpo. Antes, no podía o quería. Hoy es diferente.

Y, es curioso, escuchar a mi cuerpo —su pavor a que aquella herida se repita, su alerta a las relaciones donde no hay equilibrio, su trabajo por conservar el calor, su pregunta honda, hondísima acerca de la soledad— me trae a este momento. A éste, presente, y no al pasado ni al futuro. Comprar es inútil.  ¿Me abandonaron y sobreviví?, ¿y aún puedo reír? Mira cuerpo, lo que hoy sé:  aquello fue El Gran Regalo del 2014: yo soy la luz y la calidez que busco.


3 comentarios

Botas de agujeta

Las mujeres de tobillos frágiles sabemos que nos preocupa tener que subir o bajar tres pisos de escaleras en tacones.

Las mujeres que no tenemos todas las respuestas sabemos que a veces confunde ir a fiestas donde las mesas se agrupan por parejas.

Las mujeres migrantes y las que vivimos solas sabemos que es abrumador estar en una reunión llena de gente que se conoce de años.

Las mujeres que viajamos a países donde matan a mujeres sabemos, tristes y sabias, de estar alertas, listas para huir y ponernos a salvo.

Por los motivos anteriormente expuestos y porque me fascina vestirme de enunciados que se complementan: fui a una fiesta a México y llevé un vestido con botas de agujeta. Subí y bajé corriendo la escalera, bailé en grupo con las personas que amo, me quité la abrumación abrazando y siendo abrazada, brinqué de desparpajo como si el mundo fuera justo.

Las botas parecieran un detalle sin importancia, una excentricidad victoriana de 32 centímetros. Y lo son. Salvo que me permitieron levantar la cabeza —algunas mujeres crecimos sintiéndonos avergonzadas y fuera de lugar—.  La pasé bomba.

 


4 comentarios

Manos Vacías

Ayudas cuando estorbas sin estorbar,

cuando nombras sin etiquetas,

cuando dices «esto es mío» y lo cargas,

cuando llegas puntual a tu cita con el recaudador,

cuando pasas de largo de los grupitos que se burlan,

cuando lloras y no escondes tus ojos inflamados,

cuando ríes y no te tapas la boca (salvo que tengas comida),

cuando descubres el espanto en la sorpresa,

y lo ordinario en el miedo en lo cotidiano.

Ayudas al donar y al unirte a causas invisibles,

al leer, se te dé o no,

al cortarte las uñas cerca de un basurero,

al apuñalar a tu personaje en la historia que te cuentas,

al regar el ojalá aunque el cómo sea incierto,

al obsequiar flores en acuarelas y no en ramos,

al dormir y dejar dormir.

Ayudas por todas las veces que no puedes ayudar

y vuelves a casa con las manos vacías

midiendo un metro y tantos junto a la secoya de la vida,

de los trámites, de las políticas migratorias que no requieren juez,

porque deportaron a una familia que atendías.

Ayudas porque el piso del mundo está hecho de vidrios rotos,

interminables.

 


4 comentarios

Introspección

A veces creo que estoy buscando una razón y el sentido a lo que vivo.

Veo para dentro como si me asomara al escote del diccionario bilingüe que llevo cerca del corazón. Significa, significa— dice el latido.

Escucho para dentro como si pusiera el oído en el centro de una guitarra de llevar serenata a peces y estrellas. Significa, significa— dice el telescopio.

Huelo para dentro como si subiera al segundo piso de casa de mi bisabuela y me detuviera frente a todas las botellas de agua de azahares. Significa, significa—dice la madera.

Toco para dentro como si fuera el segundero del reloj que siempre suena húmedo en las historias que me son íntimas. Significa, significa—dicen los ovarios

Pruebo para dentro como si mandara en la cocina creativa donde se prepara el pan que quita el hambre de compañía. Significa, significa—dice el mortero.

Y termino descubriendo que, mientras vivo, el sentido me encuentra, me invita y,  despacio, me devuelve el cuerpo.


1 comentario

Apuesta frente al cambio

No deja de sorprenderme cómo hay épocas donde los días vienen con las orillas bien limadas y embonan con gracia en dónde los pongamos: en los comienzos, en los atrevimientos, en lo cotidiano, en cada duda. Un día seguidito de otro, las claridad en las horas, las respuestas deshebradas, avanzar con esfuerzo rico. ¡Buenos días! Sí, y sus noches con oscuridad hecha para dormir y calentar.

Me sorprenden, sobre todo, cuando me miro las manos cortadas por los días de vidrio roto, de buscarle piezas a las ventanas y de batallar hora tras hora con motivos para respirar. Días de finales expuestos, de no puedo y nunca podré, de la vida tardándose en  abrir la puerta después de diez timbrazos en forma de súplica. Otro día seguidito de uno peor. Pésimos días. Sí, y sus noches de insomnio y frío por la oscuridad bravucona.

Todavía me asombro de que existan estos dos extremos y cómo parece que el amor y el dolor juegan a perseguirse vestidos de cambio.

Pero lo que más me impresiona es el poder de una carta escrita a mano enviada por correo intuyendo el logro o el duelo. Letra que conecta, un sello postal, un remitente, el tiempo invertido. Abrir el buzón y saber que ha sido conjurado ese miedo estúpido —y no por ello menos miedo— de estar solos en el mundo por reír tanto o por llorar más.  ¡Sorpresa! Frente al cambio, apostar con esas cartas de recibir, de enviar y de acompañar.

Abrir el buzón y el corazón.

Gracias por tus cartas, Themis. 🙂


3 comentarios

Cuánta hoja

Supe que no teníamos un futuro juntos porque titubeó cuando lo invité a que pisáramos un montón de hojas secas. Eran de maple, parecían abanicos hechos de pergamino. Él era un adulto que cuidaba sus zapatos tal como le enseñaron sus mayores. Yo rechinaba de ver esa esquina hojosa donde el otoño prematuro quería asomarse a la ventana de la tienda de antigüedades. Menos mal que no tuve que explicar por qué lo nuestro no podía ser. Él se me adelantó. Adiós, le dije, y me alejé riendo y llorando un poquito y riendo.

Yo pido el pan de cada día y las hojas de cada jornada. El olmo de mi jardín tiene años queriendo besar mi casa, inclinándose, inclinándose hacia ella. Una compañía de aprovechamiento forestal dijo que no todavía, quizás un día, y ancló al olmo con un bastón de acero. El árbol suspira hojitas que llenan el patio de haikús amarillos, salgo a barrerlas para acercarlas a la raíz del olmo, ten tu humus, ten tus nutrientes. Él me cuenta de su romance imposible mientras canto pasodobles que mutan en canciones de cuna y en confesiones tarareadas que nadie más sabrá. Mi escoba es de mijo, del que se anuncia cuando pasa.

Las hojas de mi cuaderno de escribir se caen cada vez que me tropiezo que es siempre. ¡Ay!, y van todas las notas del dictado que escuché en la regadera y en el auto y mientras me delineaba los ojos. Menos mal que, usualmente, quien me ayuda a recomponerme habla inglés y no entiende mis enunciados. Es como si se asomara al tendedero: me daría pudor. Son hojas que años después revisaré con la nostalgia de creer que contenían algo importante. Qué boba.

Hablo de hojas en pleno julio como si fuera octubre. No siempre me pregunto por el futuro, sólo a veces: cuando veo un corazón cerrado, cuando salgo a mi jardín, cuando avanzo en un manuscrito. Y cuando es verano y descubro —demonios, el cambio climático— que ya no cantan los grillos.