Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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De mí para ustedes

Tengo el gusto de ofrecer a ustedes y al otoño mi cosecha de este año: la presentación de mi nuevo libro y el lanzamiento de la editorial North Road Press.

Como siempre, como propongo, será un evento en pequeño y con quienes realmente quieran estar. Si es de su interés, pueden solicitar el enlace o el libro (o ambos) en mlocadelamaceta@gmail.com ¡Me encantará saber de ustedes! ¿Cómo han estado?

Gracias adelantadas por apoyar la publicación independiente y, sobre todo, por tantos años de coincidir. Ustedes son el sentido de estos esfuerzos. Los significados, por supuesto, son labor colectiva. Por eso: ojalá puedan asistir.

¡Un abrazo de letras desde California!

M.

Algunos comentarios sobre el libro:

Los mejores libros vuelan a tus manos cuando más los necesitas. Todas las letras de “De Renuncias y Huesos Salvajes” se leen con atención y se sienten desde el corazón. Como una plática entre buenas amigas la voz de Michelle es un bálsamo, comparte, abraza e ilumina el camino. — Adriana Martínez

Michelle Remond tiene la capacidad de conectar con sus lectores a partir del uso de la transferencia lingüística, encaminándonos por el valle de los significados y por la geografía de los sentimientos. Cada historia guarda un dejo de identidad con cualquiera de nosotros. —Themis Garza


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Tentación

Hazlo. ¿Quién se va a enterar? Hazlo. Admite tu deseo. Hazlo, deja de fingir, hazlo y ya. Hazlo, caramba. ¿Crees que te sobran los años?

Y, la verdad, qué rico cuando me visita esa tentación. Me gustan las preguntas que plantea, las disyuntivas. Los peligritos en cada encuentro. Cómo todavía, a esta edad, a estas alturas, cargo con la etiqueta de oveja tizón y debo enmendarla, justificar: fue por amor a la libertad.

Hazlo. ¿Quién más te visita? Hazlo, y a donde el alma te lleve. Hazlo, claro que quieres. Hazlo, ¿por qué conservar las apariencias?

¡Ay! Hoy es el día, creo.

Ven.

He decidido convertir mi casa en un taller de creación. Dejar que la máquina de coser ocupe la cabecera del comedor, presidiendo, y con amplio espacio para cortar, confeccionar y armar rompecabezas. Desplegar los frascos con mosaicos, botones, cuentas, listones, piedras en vez de copas, vajillas finas, yadrós, diplomas, méritos. Armar mi cava de pegamento blanco, de madera y de tela para maridar el ensamblado de libros hechos a mano y de collages. Lucir los retazos de tela y papel: reliquias del mira lo que me encontré y del puse atención. Un tocadiscos que alegre los cimientos. La arcilla junto a la máquina de escribir y los diccionarios. Tijeras —en plural y sin reproches—, lupa. Tantos colores de pintura como verbos. Diarios a salvo de ser violentados. Una casa de intentos y todavías, de interrogantes respondidas en sueños, de no saber la técnica: convertirla en viaje.

Parece que me digo que no, loca, por el gusto de discutir con la tentación. Porque esto no fue lo que me enseñaron; todo tiene su lugar y su momento. Crear pertenece a un costurero, a las horas al margen del trabajo que sí importa y vale, a que se note primero, siempre y ante todo que soy una mujer ordenada, muy señora. No vaya a ser que un hombre potencialmente marido llegue a mi casa y se asuste con mi mundo interior expuesto así, y que él no sea el centro. Y yo me quede sola. Más rico es que nadie venga a verme y sólo pasen los monstruos y me cuenten sus relatos endebles.

Sí, hoy es el día.


Vigilante

Cree que es hombre. Está suelto. Disfrazado de nimiedad, experto en hurtos tibios irreparables. Confunde la libertad con andar sin correa. Acoto: es un remedo de hombre que se cree hombre y libre. Tú no sabes quién es. Yo sí; me toca ver sus múltiplos en cada uno de los varones que me topo: de espaldas, de frente, de repente, de lejos.

No tiene idea de mi furia de madre. La sospechará en el agua que jamás le quitará la sed, cuando no haya tregua en su cansancio. Cuando quiera salir corriendo y se le doblen las rodillas, cuando sean suyas todas las noches de ruidos pavorosos, cuando su nombre sea polvo de ruinas. Cuando sepa de pérdidas y el dolor le ahogue, como espinas, las palabras. Siempre le faltará la paz, descubrirá.

Estará, estaré vigilante. Mientras viva él, mientras viva yo. No tengo prisa.


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¿Qué te iba a decir?

Ayer hice un libro de cinco páginas y cosí las páginas con hilo amarillo. Amarillos eran los limones que me regalaron en mi oficina porque el árbol de la recepcionista es generoso desde 1952. Ese mismo año nació mi papá y ya voy pensando en los zapatos para bailar en su fiesta el año próximo. Proximidad la que siento contigo aunque vivamos lejos, los mapas a escala no aplican cuando se trata de querer mucho y bien. Mejor, todavía, es pensar en los pasillos de los mercados a los que un día volveremos, a su tan qué le damos, tan llenos de mercancía, y ninguna distinción entre suelo y techo. Te echo de menos. Y menos mal que las mañanas siguen mañanando aunque haya juzgado, hospital, examen o decisiones pendientes. Pende la luz a través de las ramas, tengo los pies en la tierra y la ventana en un segundo piso con vista a unos eucaliptos que mecen sus hojas que quieren ser plumas. Fuente es la de tinta azul que está llenando mis cuadernos con pensamientos que solo atestiguo, el cuaderno me escribe, y escribiendo dice que yo soy el libro, desparrafada, sin colofón que diga cuándo terminé de impresionarme, hecha canto, a salto de página, más entera de lo que creo y más fragmentada de lo que temo. Te muestro los renglones y tú —yo lo sé— caminas despacito alrededor de ellos, como pasando junto a los jazmines. Siempre pienso en ellos cuando pienso en ti y en lo que iba a decirte. Aunque no recuerde qué era.


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Para mayo

Hace unas semanas, le hice esta pregunta:

—¿Qué vas a querer para tu cumpleaños en mayo, hija?

—Esa es una pregunta para mi yo de abril.

Me hizo pensar en mi yo de calendario. Sólo tengo bien ubicada a la yo de febrero que, cada año, se advierte que pronto llegarán los calores del clima apocalíptico y se promete comprar un ventilador con más potencia, y a mi yo de noviembre que se debate entre metáforas de hojas caídas y expectativas decembrinas que mi yo de diciembre ajusta con sensatez y presupuesto. Y a mi yo de octubre porque soy una romántica. Sé poco de mi yo de junio y la de julio suele pensar que el mes pasa muy lento o muy rápido. La de enero siempre tiene frío en las manos. Trabajar en escuelas y la maternidad hace que mi yo de agosto se ponga diligente en cuestiones de ya va empezar el ciclo escolar. He tenido pocas conversaciones con mi yo de septiembre.

Mi yo de marzo de 2021 está apenas procesando a mi yo de marzo de 2020 y, sumado a ese proceso, nuestra familia ha ido pasando por, creo, la prueba más enorme que nos ha tocado hasta el momento. Hablaré de ello cuando corresponda, quizás. Baste saber que involucra toda la valentía de la que podamos hacer acopio, degollar a un dragón en la oscuridad, el grito de guerra de exigir lo justo.

Baste saber que, por ese motivo, mi yo de mayo abrazará fortísimo a mis hija del cumpleaños, y a las dos, y las que somos y seremos después de este tránsito. Y celebraremos. Mi yo de abril hoy sólo piensa en eso: en celebrar, en el calendario habitado medio lleno o medio vacío, en estar vivas, en vivir para contarlo.


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Salir del Invernadero

El Centro, experto en dictar cuál es el orden de todas las cosas, se encargó de hacerme saber, a lo largo de los años, que había algunas expectativas sobre mi modo de conducirme en la vida. La prioridad, dejó claro, es que no seas motivo de vergüenza. Después, que seas esposa hasta el último día de tu vida y madre que obedece al Centro: la que obedece, no se equivoca. Y la que no se equivoca, no avergüenza. Facilísimo. Mi profesión, como tal y de haberla, era lo de menos. Ah, y bajo ninguna circunstancia, alterar el para qué de los objetos; por ejemplo, sembrar una planta en una tetera. Y mucho menos si es de plata o heredada: se ha sabido de tías a favor de la anarquía que comenzaron así, con esos gestos domésticos.

—Oye, Centro, pero yo quiero escribir. Y no me siento segura ni feliz en este matrimonio. Y quiero criar hijas libres, mujeres en sí mismas. Y ¿ves esta ensaladera tan grande? Parece que pide tierra y raíces.

El Centro me preguntó qué parte de la prioridad no había quedado clara.

Entonces me enteré de una mujer que tenía tres apellidos, allá por mil novecientos cuarenta y tantos. Y que su futuro marido estaba desagusto con ese hecho porque cito: “ella parecía más que él”. Ella —que, sospecho, también sabía de El Centro—modificó su nombre para ser una buena esposa. Uno de sus apellidos era Miranda. Así que cuando decidí inventarme un pseudónimo y obedecer la prioridad, tomé aquel nombre cercenado. De apellido me puse Hooker, por un disco que tenía cerca de mi escritorio y luego, con el paso de los años y de desmenuzar el para qué y el cómo y el dónde y el dentro de las casas y su vida diaria, muté a hacia Locadelamaceta. El no equivocarme, a decir del Centro, me duró poco pues decidí terminar un vínculo eterno con quien nunca quiso estar casado conmigo y me adentré en la crianza respetuosa de las hijas y a descubrir mi faceta profesional. Hice todo mal. Pero, al menos, no usaba mi nombre y la prioridad estaba intacta.

He escrito esta página desde 2006 hasta hoy. He ofrendado mis significados a quienes me honran con el favor de su visita, he hecho amigas y amigos muy queridos a partir de mis letras y de su lectura, he hablado de mis duelos más hondos y del viaje de maternidad, he intentado hacer poesía y repasado la parte de atrás de la prosa, he publicado y podcasteado y mostrado la perseverancia de mi corazón creativo. Y, en aras de no ser identificada y de traer deshonra a El Centro, jamás he podido firmar un escrito con mi nombre. El pseudónimo, que me protegía de las equivocaciones y de ser excluida, me convirtió en una niña perpetua viviendo en el relato de alguien más. Un retoñito que, además de todos los mandatos, no debía crecer.

Miranda Locadelamaceta me salvó la vida. Parpadeó mensajes en clave cuando yo no podía nombrar lo que vivía. Me mostró lo intrincado del proceso creativo, el placer de empezar y terminar un proyecto, la importancia de conectar y coincidir a través de los medios electrónicos, la gratitud inmensa de conocer en persona y tomarme un café con quien me lee, entregar un libro en la mano o por correo. La amo y siempre estará en mí. Somos una y la misma. A la vez, no me corresponde estar librando las batallas con las estaturas ajenas. E incluso, no podría quedarme quieta: soy más que una mujer que escribe. Y, por esa complejidad, el único mandato que me rige ahora es ir a donde el alma me llame por mi nombre, el que me corresponde, por derecho, para nombrar mis obras, incondicionalmente, y no sólo por la medida de mis aciertos o de la pertenencia a mi sistema de origen y que también, por salud mental y progreso en mi evolución como adulto, es indispensable dejar atrás. Sé que ustedes podrán hacer ese cambio de hábito y seguiremos acompañándonos y creciendo juntos, juntas.

Plena,

Michelle Remond


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Perspectiva

Ella acunó mi tristeza hasta cerrar la compuerta oxidada de las lágrimas. Horneó pan con levadura sobre los rescoldos de mi enojo, vio mi hambre y mi alacena. Acuérdate de jugar, me dijo; y nunca necesitó palabras. Hilvanó a mano las cortinas para cada ventana con vista a la angustia. Sembró un geranio donde yo sentía vergüenza por mis errores. Cantó, cada noche, y la ciudad callaba un poquito queriendo escucharla.

No contradijo a la ley de causa y efecto ni se vistió de promesa elocuente. No buscó la salida por mí aunque la de emergencia estuviera, bien señalada, siempre a mi alcance. No me tuvo lástima ni me permitió que ése fuera mi reflejo, no aseguró que el futuro sería mejor o yo distinta, no invirtió en la leyenda del alivio futuro.

Hizo eso y tanto más con una sola frase; la de atravesar dificultades, paciencia de rodillas turbias, juglar de tantas épocas inciertas. Convencida, sin pretender convencer. Una mención, como si cualquier cosa:

Así se presentó el día.

Convierte cualquier momento en mirador y en litoral: los días no están fijos, se presentan, cargan, se despiden, llevan. Es el único pronóstico que necesito. Me gusta su linterna integrada, como casi todas las enseñanzas de las abuelas. Traigo esa frase envuelta en el cuello para cuando me tiembla la voz a punto de llorar.

O de reír.


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Brindis de cambio de año

La casa en silencio, un cuaderno. Un proyecto.

Ninguna garantía, excepto el llamado a cambiar de orilla y a nombrar. Creación aunque sea, todavía, de palabras de lodo. Sostener el hilo de la cometa que nos sostiene, el viento de las horas y los significados, olvidarlo de noche, retomarlo de día, en las primeras horas, todas las jornadas, los años que tome, con sus días bisiestos y la flojera que, a veces, prolonga su visita.

Un proyecto tan amado que devuelve la mirada como persona. Enamora, dice «Ven». [De nombre íntimo y propio, de oficio asignado por las ganas]. Ideas dispersas que revelan su filiación, tan egoísta frente al sufrimiento en las fronteras, tan hondo y hogar, de la paz que aporta. Descubrir que incluye mentores y brújula, alterar el orden de las certezas. Revisar notas solteras y descubrir un tema que insiste. Resistir la tentación de anunciarlo; sus bordes que cortan, su altura vaga, atravesar la neblina, sus esquinas olvidadas, sus recompensas íntimas, su falta de apellido. Reconocerse en él, desconocerse entre líneas.

Seguir-confiar-seguir. Seguir, y seguir imaginando. Seguir, a pesar de todo. Seguirle la pista entre renglones. Seguir y seguir, ese cincel; que se le noten los vestigios de la estación: el cansancio, la melancolía, el pago a la tarjeta, la tos, la pandemia. Seguir, crear, creer, estoy contigo; que vaya quedando bien, aunque sea más tosquedad que idea. Paciencia, caricias de edición. —Las ganas que se renuevan por el esfuerzo—. Seguir, hoy, seguir. Talacha y gozo. Seguir, el camino se va revelando. Seguir, siguiendo. Seguir, verbo terco y futurista, que la muerte nos envidie por tenaces.

Un proyecto, su semilla de perseverar. Y elegir la vida.


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Nos decimos una tarde

Ella dice que es un año. Yo digo que son nueve meses.

Ella dice que esto es irse-irse. Yo digo que es irse-incipiente.

Ella dice que, al volver, no será la misma. Yo digo que es la misma desde que nació.

Ella dice que va a buscarse. Yo digo que la búsqueda será su compañera.

Ella dice que estará confinada. Yo digo que por favor.

Ella dice que todo su equipaje cabe en una mochila en los hombros. Yo digo que sólo el visible y el que yo, tantas veces, me culpo.

Ella dice que dieciocho, ahora, que se acaba el mundo. Yo digo que la edad, los instantes y el apremio son más del mundo interior que de los imperativos.

Ella dice ¿quieres que hagamos algo? este es el momento, aprovecha, nos quedan dos semanas juntas. Yo digo, abrazándola, nunca me he separado de ti, ve a donde te lleve el alma, mejor distribuyo en caricias calmadas mi bendición de madre, grave, solemne; te celebro libre, lloro sin que me veas, no sé qué voy a hacer con tu ausencia.

 


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Una barda

Ten estos pedazos de entereza que te miran y sonríen.

En esta hoja en blanco sólo hay colores tímidos.

Voy conmigo. ¿Vienes?

Ternura. Y revoluciones uniéndose a la causa.

En tus párrafos me supe libro.

Habítame. Ya conseguiremos un cuarto.

El cielo quiere ser pared y tocarse los pies.

Por aquí pasó un suspiro y se quitó el abrigo de hubiera.

Toca el timbre del ego del patriarca, y corre.

Los ladrillos, de grandes, quieren ser horizonte.

 


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Instantánea

De unos días para acá se me han aparecido libélulas y la frase: «aceptación radical de todo lo que sucede».

Las libélulas comparten con los colibríes el dominio sereno de la prisa. Están más presentes que cualquier instante y guiñan —ahora me ves, ahora no me ves— con tantas ganas de jugar, que en lugar de alas, se impulsan por una risa despreocupada. Son generosas: jamás invaden y, sin embargo, llenan todo el espacio donde aparecen. Medirán unos 7 centímetros. Llevan un velo morado imposible de señalar. Cuando aparecen, nadie sabe predecir qué hora es pero dicen que son augurios de un proceso de transformación.

Lo de la aceptación radical de todo lo que sucede me ha producido  desconcierto y luego curiosidad. Caía un libro y en la página abierta: esa frase. Repasando el pergamino digital de tuits: esa frase. Mi amada terapeuta mientras sorbe su café: esa frase. La aceptación, venga, con ella no hay problema. Es aceptar a ultranza, radicalota. Estar en paz con lo que hay. ¿Será posible?

No sé si alguna vez lo logre como un estilo completo de vida. Y, sin embargo, cuando dejo de discutir con el momento y sólo estoy, siendo –y quizás estás tú, y somos— y hoy me atraviesa por el corazón confiante, me elevo por el suelo y aparezco en algún jardín, turbina, frente a una mujer que se cuestiona su valentía.


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De la presentación del libro y del dentro de las casas

*Nota: le faltan unos minutitos de entrada al video, pero son apenas uno o dos. Gajes de las transmisiones en vivo.

Queridísimos lectores y lectoras:

Les comparto la presentación de “Casadentro y Otras Memorias”. Tuvo lugar hoy en una sala virtual. Cuando empecé a escribirlo no tenía manera de imaginar que la presentación sería de ese modo. Pero después del 2020 tenemos que reimaginar lo posible.

Este es un libro que recuerda una y varias casas a través del sentido del oído. (También habla de otros muchos temas, pero esos me lo reservo para su experiencia de lectura). Es curioso, muy curioso, que vea la luz en una situación de confinamiento. Es decir: desde lo más entrañable de mi hogar hasta la intimidad del suyo.

Conseguir el libro está más o menos así:

  • Libro impreso: 
    • En México: Amazon.  Programado para distribución: Gandhi, El Sótano, Fondo de Cultura Económica, y Porrúa, sujeto a disponibilidad y a indicaciones oficiales por el COVID-19.
    • Internacional: Debido al COVID-19, los envíos internacionales por el momento no están disponibles.  Gracias por tu paciencia.

Los y las abrazo con emoción y gratitud. Mis letras siempre están al servicio de la conexión que creamos en conjunto. Hoy fue un ejemplo clarito de qué podemos lograr en ese encuentro de corazones.

M.

 


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Letras para Tiempos de Encierro 12

A veces exijo el verde a ultranza en las plantas de interior y me visto de negro con ánimo fúnebre y me desespero con los adultos que dicen «chí» en vez de «sí». Yo, que cultivo una arroba hecha flores y policromías.

A veces pido que me dejen en paz y que cada quien sea cada cual, bien delimitados, autosuficientes y en terapia. Yo, que creo en los vínculos que fluyen y en la conexión intensa entre las almas.

A veces no olvido ni perdono ni suelto ni cuento la historia completa y repaso, con el dedo de la arrogancia, los adeudos morales que alguien me debe. Yo, que creo en trabajar las pérdidas, en crecer y en decirme la verdad.

A veces renuncio a mi herencia, me quito el último apellido, fantaseo con ser huérfana y me abrazo a mi exilio. Yo, que he puesto mi devoción completa en formar una familia.

A veces demando lo auténtico, lo natural, lo transparente en cada diálogo. Defina sus intenciones, múestrese tal como es. Yo, a quien muy pocas personas han visto sin maquillaje.

A veces quiero salir de este encierro. Ser beso y grafiti en un mundo cauto, dinamitar las rejas del «no te acerques, tengo el corazón roto», ir a la playa, a la plaza, al concierto y a la vida que se quedó en pausa.

A veces, y en algunos abriles, me quedo en casa con mis contradicciones.


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Letras para Tiempo de Encierro 7

El día cuando te llamaron aparte hacía poco que la bisabuela había muerto y repartían sus pertenencias. Te llamaron aparte y mayor, señorita. Y otros adjetivos asociados a bajar una escalera en un vestido ampón, ceñido, floreado, rosa. Tan responsable, te dijeron, tan apreciadora de lo que vale, tan digna de recibir este regalo. Le revisaste el copyright. 1901.

Pensabas que era un recetario. Resultó que se trataba de un compendio para el ama de casa: desde cómo quitar manchas de vino hasta cómo servir un banquete, todos los usos del bórax,  Administre Usted El gasto,  Normas de Etiqueta y Cortesía, cómo escribir una carta según la ocasión social, zurcido; y decenas de recortes del periódico, insertados en años posteriores, para complementar porque el mundo había cambiado, porque la grenetina es versátil, porque el bisabuelo no aceptaba comer sobras de un día para otro y había que disfrazarlas de platillo novedoso. Porque antes cualquier aspecto de la vida se remendaba.

Sabrías apreciar el regalo, a ti que te gustan los libros y lo que ocurre adentro de las casas, que siempre has sido muy modosita. Y, mira, el compendio tiene consejos de belleza y cómo elaborar cremas caseras para el cutis.  Los hojeaste. Reíste, y no te acompañaron en la risa.

Reíste —Ingredientes: semen de ballena—y tuviste que recoger del suelo los recortes y el libro, como dulces de la piñata del pudor. Reíste y te delataste, sexuada. Fue un momento francamente incómodo, la primera de todas las veces que decepcionaste. Reíste en nombre de las ballenas, los marineros con su frasco, pillines, la erótica de las sirenas.

A pesar de la incomodidad, recuerdas la entrega del libro como un regalo del regalo.  Con los años, apreciando lo que vale, supiste que si en una casa no hay espacio para las contradicciones y la irreverencia no cabe en el botiquín y la bobería no irrumpe con cuestionamientos, la comida es insípida y lo que se rompe no tiene remedio.

Sigues riendo.

 

 

 

 


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Letras para Tiempos de Encierro 5

Quédate en Casa, dijeron.

¿En cuál de todas?

La infancia es una casa meciéndose en columpio que descalabra.

El beso es una casa en una cueva con estalagmitas.

El parto es una casa de tarotistas flotando entre juncos de luz. 

El poema es una casa rodante que no teme al empedrado con lodo.

El amor es una casa inflada con paredes de papel y cimientos hechos de rosales.

La música es una casa amueblada de silencios y notas-galaxias.

El sexo es una casa con patios interiores y árboles de mango.

La guerra es una casa ocupada por náufragos radicales.

La maternidad es una casa-niña jugando a la casita y a evadir la crítica.

La vejez es una casa repartiendo sus preguntas más antiguas.

El desempleo es una casa que decide mostrar sus colmillos.

La amistad es una casa que brota los domingos por la noche y en los recuentos de qué bueno que existes.

El encierro es una tormenta y una casa con un abrigo a dos vistas.

El éxito es una casa que siempre tiene corrientes de aire, tambaleándose en un pedestal.

El panqué es una casa que suspira con su argamasa de naranja y clavo.

Esta me gusta más: nosotros, nosotras, siendo la casa que ofrece, en la entrada, una estera de limpiar los zapatos y las abstracciones, mientras traza los planos de sí misma sin saber qué va a pasar al día siguiente.

 


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Flora

Alguna vez mi cuerpo fue una flecha, un martillo, un lienzo, un altar de los asombros, casa de dos hijas producto del amor. Alguna otra vez mi cuerpo también fue mi enemigo con un desorden alimenticio y me aplicó la ley del hielo, me dejó a solas conmigo misma  y paralizada en vez de llevarme, corriendo, a un techo a salvo de la tormenta. Mi cuerpo, a veces, llora si no estoy ocupada en algo. Hay quien dice que soy notoriamente diligente. No son lágrimas de dolor sino de ya pasó.

El otro modo de estar sin que salga agua de sal por los ojos es entre árboles, flores y plantas. Mis manos pueden estar quietas, confiadas, sin tener que llenar el momento con tareas. Cuando flora, río. Quizás menos que antes, con mi risa boba, pero por motivos más genuinos. Cuando flora, danzo. Y qué cómplices son el verbo bailar y los orgasmos seguiditos. Cuando flora, alimento. Doy las gracias por el trabajo nutritivo que permite traer comida a la mesa y brindarme.

Cuando flora, yo en ella, amando a mi cuerpo que busca la fotosíntesis, las estaciones, las raíces, los frutos, el rocío, que son mejores explicaciones para enfrentar los cambios y la adultez, y adentrarme en el proceso creativo. Amando, amando al cuerpo que ha creído que soy frágil y un día me romperé. Y ese día es casi siempre y casi nunca.

Lienzo, martillo, altar de los asombros, flecha. Y, cada cinco años, horno de letras impresas. ¡Viene otro libro en camino!

 


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Botas de agujeta

Las mujeres de tobillos frágiles sabemos que nos preocupa tener que subir o bajar tres pisos de escaleras en tacones.

Las mujeres que no tenemos todas las respuestas sabemos que a veces confunde ir a fiestas donde las mesas se agrupan por parejas.

Las mujeres migrantes y las que vivimos solas sabemos que es abrumador estar en una reunión llena de gente que se conoce de años.

Las mujeres que viajamos a países donde matan a mujeres sabemos, tristes y sabias, de estar alertas, listas para huir y ponernos a salvo.

Por los motivos anteriormente expuestos y porque me fascina vestirme de enunciados que se complementan: fui a una fiesta a México y llevé un vestido con botas de agujeta. Subí y bajé corriendo la escalera, bailé en grupo con las personas que amo, me quité la abrumación abrazando y siendo abrazada, brinqué de desparpajo como si el mundo fuera justo.

Las botas parecieran un detalle sin importancia, una excentricidad victoriana de 32 centímetros. Y lo son. Salvo que me permitieron levantar la cabeza —algunas mujeres crecimos sintiéndonos avergonzadas y fuera de lugar—.  La pasé bomba.

 


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Manos Vacías

Ayudas cuando estorbas sin estorbar,

cuando nombras sin etiquetas,

cuando dices «esto es mío» y lo cargas,

cuando llegas puntual a tu cita con el recaudador,

cuando pasas de largo de los grupitos que se burlan,

cuando lloras y no escondes tus ojos inflamados,

cuando ríes y no te tapas la boca (salvo que tengas comida),

cuando descubres el espanto en la sorpresa,

y lo ordinario en el miedo en lo cotidiano.

Ayudas al donar y al unirte a causas invisibles,

al leer, se te dé o no,

al cortarte las uñas cerca de un basurero,

al apuñalar a tu personaje en la historia que te cuentas,

al regar el ojalá aunque el cómo sea incierto,

al obsequiar flores en acuarelas y no en ramos,

al dormir y dejar dormir.

Ayudas por todas las veces que no puedes ayudar

y vuelves a casa con las manos vacías

midiendo un metro y tantos junto a la secoya de la vida,

de los trámites, de las políticas migratorias que no requieren juez,

porque deportaron a una familia que atendías.

Ayudas porque el piso del mundo está hecho de vidrios rotos,

interminables.

 


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Introspección

A veces creo que estoy buscando una razón y el sentido a lo que vivo.

Veo para dentro como si me asomara al escote del diccionario bilingüe que llevo cerca del corazón. Significa, significa— dice el latido.

Escucho para dentro como si pusiera el oído en el centro de una guitarra de llevar serenata a peces y estrellas. Significa, significa— dice el telescopio.

Huelo para dentro como si subiera al segundo piso de casa de mi bisabuela y me detuviera frente a todas las botellas de agua de azahares. Significa, significa—dice la madera.

Toco para dentro como si fuera el segundero del reloj que siempre suena húmedo en las historias que me son íntimas. Significa, significa—dicen los ovarios

Pruebo para dentro como si mandara en la cocina creativa donde se prepara el pan que quita el hambre de compañía. Significa, significa—dice el mortero.

Y termino descubriendo que, mientras vivo, el sentido me encuentra, me invita y,  despacio, me devuelve el cuerpo.


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Cuánta hoja

Supe que no teníamos un futuro juntos porque titubeó cuando lo invité a que pisáramos un montón de hojas secas. Eran de maple, parecían abanicos hechos de pergamino. Él era un adulto que cuidaba sus zapatos tal como le enseñaron sus mayores. Yo rechinaba de ver esa esquina hojosa donde el otoño prematuro quería asomarse a la ventana de la tienda de antigüedades. Menos mal que no tuve que explicar por qué lo nuestro no podía ser. Él se me adelantó. Adiós, le dije, y me alejé riendo y llorando un poquito y riendo.

Yo pido el pan de cada día y las hojas de cada jornada. El olmo de mi jardín tiene años queriendo besar mi casa, inclinándose, inclinándose hacia ella. Una compañía de aprovechamiento forestal dijo que no todavía, quizás un día, y ancló al olmo con un bastón de acero. El árbol suspira hojitas que llenan el patio de haikús amarillos, salgo a barrerlas para acercarlas a la raíz del olmo, ten tu humus, ten tus nutrientes. Él me cuenta de su romance imposible mientras canto pasodobles que mutan en canciones de cuna y en confesiones tarareadas que nadie más sabrá. Mi escoba es de mijo, del que se anuncia cuando pasa.

Las hojas de mi cuaderno de escribir se caen cada vez que me tropiezo que es siempre. ¡Ay!, y van todas las notas del dictado que escuché en la regadera y en el auto y mientras me delineaba los ojos. Menos mal que, usualmente, quien me ayuda a recomponerme habla inglés y no entiende mis enunciados. Es como si se asomara al tendedero: me daría pudor. Son hojas que años después revisaré con la nostalgia de creer que contenían algo importante. Qué boba.

Hablo de hojas en pleno julio como si fuera octubre. No siempre me pregunto por el futuro, sólo a veces: cuando veo un corazón cerrado, cuando salgo a mi jardín, cuando avanzo en un manuscrito. Y cuando es verano y descubro —demonios, el cambio climático— que ya no cantan los grillos.

 

 

 


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Violetando

La anciana que seré cultiva violetas. Les busca una esquina de sol, les canta boleros, les acicala el porte cuando se inclinan de más y se niega a a dejar de creer en la magia.

Creer, pero no en el ilusionismo de los hechiceros de la mercadotecnia ni de las soluciones que simplifican paradojas ni la de las estadísticas absolutas (¡destejamos!, me invito, aunque las ideas queden estrujadas y flácidas por un tiempo); magia —ver a través de lo invisible— porque los tiempos difíciles requieren medidas radicales y las crisis humanitarias, sensibilidad. Toda la disponible.  Y espíritu crítico, voto reflexionado, conocimiento de historia, sociología, teorías de economía y desarrollo sustentable, organización disidente.

La anciana que seré me va dando la mano porque el mundo se está complicando y no sé qué hacer desde mi todoslosdías y mi mundito de adulto que puede hasta donde le alcanza la quincena. Sigue viendo más allá, me dice. Que lo macabro no es un hecho aislado. Que el sufrimiento no es una imagen en una pantalla o en un reportaje. Que mientras aúlles, hay fuerza.

Cuatro macetas de violetas, mejor dicho: tres, porque la cuarta era toda verde y muda, enfurruñada. Ni un brotecito desde que nació. Como si hubiera nacido pesimista, hay que ahorrar agua y energía, déjense de ridiculeces. Esta es sólo una esquina insignificante, ya para qué florear si nos va a llevar la chingada. Seguí asegurándome que estuviera bien asentada y tomándole el pulso de la tierra seca y tarareando. La anciana que seré tiene un compromiso con las plantas, en particular las de interior.

Hasta que otro día, hace poco, la cuarta violeta amaneció con una flor en ciernes. Puje, señora, puje—, le susurré al oído peciolado. Una flor blanca. Y luego otra, y otra más en contraste con sus hermanas fucsia y rosa, pero flor al fin. Pasaron los días, las noticias, sí son campos de concentración, Valeria de 2 años abrazada a su papá Óscar Alberto antes de cruzar el río. Creer, ¿en qué?, ¿para qué florear, violeta pesimista? porque nos está llevando la chingada.  La adulto que soy tiene días de no poder ver más allá. Toda la sensibilidad necesaria resulta insuficiente.  La niña que soy me dijo: mira, una línea púrpura en la flor nueva. Una violeta violetando. Quizás se enseñan entre ellas.

Hice estas fotos. Y entonces descubrí que algunas violetas tienen pétalos que brillan.

Y lloré, en lo visible y en lo invisible, humana, 2019, sin edad.

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Déjenme en paz

No llores si te enamoraste y no fue mutuo,

no hables con los niños como si pronunciaras las palabras en crayones,

no te rías tan fuerte, tan por todo, tan teatral,

no cubras tu cuerpo, no descubras tu cuerpo, no seas sólo cuerpo, ¿no tienes una app para contar tus pasos?

no digas todo lo que sientes y no te quedes con tus sentimientos,

no acuses a los que encubrieron y eligieron hacer caso omiso,

no uses imperativos como si supieras lo que quieres, mandona,

no admitas que, la gran mayoría de las veces, sólo sabes lo que no quieres, tonta.

no escribas en rima,

no subrayes que eres buena en algo, no ocultes tus talentos, no enumeres arrobas que traicionan,  no presumas tu casa rentada,

no pregones que es mutuo y etiquetes a la paz en la foto,

no te tardes años en publicar, no des a tus proyectos el tiempo que te sobra,

no defiendas a los que están ausentes y a los que no saben leer,

no llames si extrañas, no preguntes «¿qué somos?», no guardes botones por kilo,

no uses tacones, no dejes de usar tacones,  no olvides el calcio, no te quejes en la mastografía,

di que no, di que sí y que se entienda bien qué quisiste decir.

Déjenme en paz.

 

 

 

 


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La carta

Dejé la carta en el mostrador para que se la entregaran y me fui a hacer los mandados. Él (Otrora Sílfide, como lo nombré en un post pasado), quizás, la esperaba; hacía meses le había comentado, mientras me descalzaba las zapatillas,  que algún día le contaría cómo llegué a su clase y qué removía en mí.

«Todos sabíamos que nunca me dedicaría a ser bailarina, una infección de oído había estropeado mi sentido del equilibrio. Pero todavía adoraba el ballet. Me quedaba ese consuelo.

Como inmigrante, estoy acostumbrada a que la gente me pregunte de dónde soy. Cuando me uní al grupo de ballet para adultos, esperaba que nadie hiciera esa pregunta porque tendría que revelar que vengo de un lugar donde el ballet duele. Esa afirmación no tiene nada que ver con mi país. Mi origen es (y fue) un lugar donde el movimiento se reduce a nombres en francés y la música es un sonido simple y los espejos son enemigos: el lugar de la vergüenza.

Escogí el grupo de principiantes dudando si pertenecía o no. Tenía veinte años de experiencia en el baile y, sin embargo, nunca avancé más allá del nivel básico. No me importó, perseveré año tras año con la esperanza de sentirme mejor con el ballet o conmigo misma. Un día entendí lo que mis maestros habían transmitido todo el tiempo: era un caso perdido.

Al unirme al grupo de adultos, tuve que enfrentarme a otra capa de dolor: las secuelas de una pésima epidural, tener demasiado busto que mantener quieto, la tristeza insoportable que aparece en cada ronde des jambes, no poder girar o hacer piruetas porque me mareo, la sensación permanente de que me voy a caer y lo solitario y simbólico que es sentirme así casi siempre.

Y, sin embargo, soy un principiante, que todos los domingos por la mañana se asombra. He encontrado bondad en demi-pliés, mambo incrustado en tendus, ejercicios de calentamiento con los boleros que mi abuela solía cantar al piano, compañeras que van en su segunda jubilación, secuencias de allegro que terminan con un aplauso y un espectáculo que es absolutamente nuevo para mí: un maestro convencido de que podemos aprender y bailar.

Cada clase termina con un port de bras. Es más que una pieza para regular nuestra respiración con pases de brazos, también es un momento de consuelo donde el ballet es para todos: los jóvenes, los cansados,, los rotos, los valientes, los recién llegados, los reincidentes. He llorado en silencio muchas veces durante esos momentos como lo haría en un espacio sagrado mientras recuerdo el dolor pasado y me siento agradecida por los tiempos mejores. Para mí, ese port de bras es una conexión a través del espejo que nos hace visibles y bellos.

Mis manos y brazos están llenos de esperanza porque finalmente superé esa experiencia traumática. El ballet me consuela e inspira más que nunca. Este es mi lugar, donde vivo y pertenezco.

Gracias, Greg».

Yo no tenía expectativas de qué podía pasar. Le dejé la carta y ya. De veras.

A la siguiente Greg, entró a la clase buscándome con la mirada, caminó hacia mí y me rodeó con un abrazote. «Gracias a ti, gracias por estar aquí, gracias por tu carta», repetía. y yo sollozaba y nos escuchábamos como la radio en AM sin antena, pero del cariño.

Esa clase fue como cualquier otra excepto que, cuando fueron los ejercicios al centro, mi maestro extendió la mano para que me sostuviera de él; pude avanzar coordinando el paso con la certeza de que por una vez, una glorosísima vez, no iba a caerme. Podría escribirle un volumen entero de cartas contándole todas las dudas que me anuló modelando ese apoyo literal y físico  que, tantas veces, es justo lo que la mente y el corazón necesitan.

Se lo escribiré bailando y estando presente. Ese género me gusta mucho.


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Escampa

Ha dejado de llover. Las ramas del olmo tienen uvas de gotas y el tono verde encendido del musgo que me fascina. Es la media mañana de un sábado que se siente como una libreta con notas aleatorias, un par de renglones apenas.

Ayer fue la firma de mi testamento. He estado conversando con mi propia mortalidad a causa de los meses de invierno y de tener más canas y de ir sopesando dónde pongo mi atención, qué batallas tengo perdidas de antemano. He decidido abandonar la esperanza de ser una hija ecuánime y una madre con las alas intactas y, en general, de ser una mujer desconectada de los temas que le atañen, que son casi todos donde hay dolor. O colores.

Cuando escampa, hay un momento donde el mundo brilla con una luz mate, jamás opaca, como suspirando matices. Es justo este instante: después de doce horas de la lluvia del viernes por la noche. Sabiendo y aceptando que cada día es uno más cerca de la muerte, ya no identifico mis problemas con tormentas ni busco en el fin del aguacero una metáfora de la calma que sigue, predecible. Sólo quiero que los momentos ocurran y pueda presenciarlos, ser testigo de que sí viví.

¡Ya se fue el momento!

Ahora viene otro. ¿Cuál será?

Yo soy la que pudo ser y no fue y quizás sea. La libreta, el olmo, la letra, el charco, los huesos, la tierra.

Para Laura A. Con un abrazo hasta la costa Mar del Plata.

 

 


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Sobremesa, 3.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la tercera entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

«María tenía los ojos más negros que nadie había visto jamás, mitad estrella, mitad capulín. Heredó la mirada de José, su padre, que había venido de España y que trabajaba de contador en el único cine del pueblo. De su madre Jesusa heredó ver más allá de lo que sucedía, envuelta en humo.

María estudió hasta tercero de primaria. Sabía leer y escribir, sumar, restar y multiplicar, pero no dividir. Tocaba el violín, declamaba, participaba en obras de teatro. Era la niña bonita del pueblo.  José volvería a su país de origen para morirse allá, donde quizás tenía otra esposa y otros hijos, nadie sabe. Un día María y Jesusa se quedaron solas con ellas mismas y con las habladurías.

Jesusa, para ayudarse, vendía enchiladas en un puesto de comida en la banqueta afuera de su casa y, cuando había ferias, y también vendía velas y adornos para tumbas en Día de Muertos. Las dos cosían en una máquina Singer, moviendo el pedal con los pies, a la  luz amarilla de los focos que se encendían y apagaban con una cadenita que colgaba y hacía clic. Los focos eran muy caros.

En ese pueblo, como en muchos otros de Veracruz en la costa del Golfo de México, los extranjeros eran parte del paisaje porque había petróleo: un oro líquido que atraía capitales, campamentos y contratistas. Valentín era extranjero; se había aventurado a América y había desembarcado en Nueva York donde trabajó de obrero hasta que se enteró que la Compañía del Águila quería gente para ir a los campos petroleros, y se apuntó.

Valentín tenía los ojos tan azules que habría que inventarles nacionalidad. Parecían venir más allá de los palacios alemanes, más lejos que la nieve rusa, de algún cuento insólito donde los hombres de tez blanca y cabello rubio interrumpen la vida de los pueblos huastecos y la trastornan. Algunas miradas son simples movimientos de ojos y algunas miradas son imanes, reatas, hojas de libro por escribir, como la de María y Valentín cuando encontraron sus ojos en el kiosco del parque. ¡Ay! No era alemán sino aragonés. No sabía ni leer ni escribir, pero tampoco le hacía falta. Su vida era una gran apuesta. Cuando se casó con María, México se recuperaba de la Revolución Mexicana y de la Guerra Cristera.

La zona de Veracruz es adecuada para el cultivo del café. Nadie sabe cómo, Valentín se hizo de un terrenote de varias hectáreas en lo alto de un cerro. Se llevó a María y  a varios indios para establecer el cafetal; también trabajaban la caña de azúcar y tenían un trapiche. Valentín sería el rey blanco entre los indios. De día era el patrón pero de noche se emborrachaba junto con ellos y apostaba a la baraja. Casi siempre perdía y entonces, cuando ya iba a amanecer, era el patrón de nuevo. Los indios lo miraban con recelo.

Mientras tanto María, como todas las mujeres de su época, se llenaba de hijos. Uno y luego otro y luego otro, y cuando ya iba en cuatro —tres hombres y una niña— le preguntó a Valentín que a dónde iban a ir a la escuela esos hijos. Valentín decía que le ayudarían en el campo, igual que ella. Varias veces María se fue con una recua de mulas y dos indios para que la acompañaran y varias de esas veces, los indios quisieron pasarse de listos con ella; María siempre iba armada para mantenerlos a raya. No tenía un segundo de paz o seguridad. Y aunque era leal a Valentín y los niños corrían por el cafetal, libres, no paraban las borracheras de Valentín ni las discusiones por el dinero. María protegía las monedas, envueltas en bolsas de cuero, bajo la cama, bajo las vigas del suelo, detrás del baúl, porque todo lo que Valentín ganaba, Valentín lo perdía y de nada le servían los ojos azules ni la apariencia de hombre de mundo.

—Vengo— decía siempre ella cuando bajaba al pueblo a tener a los hijos y luego regresaba con el bebé en brazos. Pero aquella vez, cuando Valentín vio que los niños iban con ella y la mula cargada con bultos y bultos y sus ocho meses de embarazo, supo que María lo estaba dejando.

María, para ganarse la vida, empezó a vender leña y carbón de casa en casa. No faltó la comadre insidiosa que soltara su veneno. “Mira en qué terminó la reina de los festivales”. Y los ojos de María se hicieron oscuros, más oscuros, de tristeza y rabia. Pronto tuvo que ir a otros poblados y además de combustible, se llevó unos dulces. Le dijo a su hijo mayor que fuera con ella para ayudarle a cargar. María no conocía bien la zona de las rancherías y  llegó, de sopetón, a un río. Se le ocurrió que había de cruzarlo, que del otro lado habría más casas que le comprarían sus dulces y leñas, que sería un buen día de venta entre tantos de angustia. La corriente fue más fuerte que el optimismo de María y le arrancó de los brazos todo lo que tenía para vender. El agua aventó al hijo hacia un remolino y, entre gritos y brazadas, se hundían y flotaban, entre el aire que no alcanzaba y la desesperación. Quién sabe cómo llegaron a la orilla.

Volvieron disimulando que casi se mueren, que se murieron un poco. No pudieron ocultarlo: María tenía pesadillas y estaba aterrada, como ida. Tuvo que ir el santero a hacerle una cura de espanto. Se sentó con María en la esquina de la cama y le tomó la mano, con cariño, pero firme. “María, ven, María, ven”. La voz del santero se parecía al lamento que Valentín dejaba escapar en las noches, cuando se daba cuenta que lo había perdido todo. Y los dos, uno arriba y otra abajo del cerro se aguantaban la fragilidad porque eran un par de orgullosos. Así se conocieron y así se separaron.

Maria consiguió un trabajo como secretaria, escribiendo a máquina en la presidencia municipal. Luego resultó que iban a abrir un hospital y un doctor que la conocía le preguntó que qué sabía hacer bien. María, con sus ojos negros, ahora cautelosos, no dijo que tocar el violín o declamar; dijo que coser. Así fue como entró de auxiliar en las autopsias, cosiendo las orejas de los macheteados. Se mudó al hospital con tres de sus hijos y a los otros dos los dejó con Jesusa, aunque moriría al poco tiempo. Y entonces el presidente Lázaro Cárdenas expropió el petróleo.

A María le asignaron un poblado para que fuera la enfermera local, pusiera vacunas, revisara niños, atendiera partos. Con ese dinero y el del nuevo sindicato de trabajadores de Pemex, pudo ir mandando a sus hijos a la capital a que estudiaran, primero la secundaria y luego la preparatoria y hasta la universidad; todos sus hijos menos el mayor, que le gustaban las muchachas y la vida del rancho. Valentín se cansó de intentar acercarse a María pidiendo ver a sus hijos, discutiendo. Vendió sus recuerdos y sus sueños y se fue de brasero a Texas, se estableció en California.

María nunca se perdonó a sí misma y fumaba para no mirar hacia dentro.  Hablaba mal de Valentín igual que él hablaba mal de ella, porque buscar culpables era la costumbre en las casas, tanto como tundir a los hijos a cinturonazos o usar una estufa de queroseno. Valentín tampoco se perdonó haber perdido a su familia y quedarse pobre; conoció a otra mujer y tuvo una hijita; se le quitaron las ganas de apostar.

Un día María tosió sangre. El hijo que estaba estudiando medicina le dijo que viajara a la capital para que la revisara uno de sus maestros. Se hospedó en un cuarto que estaba en un conjunto de departamentos, o vecindad, como le dicen, en la calle de Argentina. Le diagnosticaron cáncer en el pulmón. Tenía que subir unas escaleras para llegar al cuarto. Tosía en cada escalón hasta quedarse sin fuerzas.

De último minuto, María y los demás hijos que estudiaban en la Ciudad de México se cambiaron a otro departamento porque se les acabó el dinero de la renta comprando medicinas. La tos no conocía hora. Sólo dejó de toser un rato, bendito rato entre días y noches, cuando fue a verla otro santero.  No me quiero morir, decía, quiero conocer a mis nietos. Y sus hijos lloraban con ella, volvían la tos y la soledad, aunque estaban juntos. Nadie rezaba porque no sabían cómo o de qué pudiera servirles.

María murió el 17 de marzo de 1949, una mañana. Tenía 44 años. Consiguieron un lote en el panteón civil y la enterraron sin loza porque no les alcanzó el dinero, hasta que los compañeros de las escuelas hicieron una cooperación y, varios días después, pudieron pagarle al albañil. Valentín estuvo en el entierro y quiso acercarse a abrazar a sus hijos. La hija mayor dijo que no. “Si no vio por ella en vida, menos va a ver por ella muerta”.

El hijo que se quedó en el rancho cobró el dinero de la pensión y se lo gastó poniendo un negocio de venta de coches. Los hermanos en la capital se quedaron sin un peso. Algunos fueron limpiar fincas y cosechar vegetales en todas las vacaciones que pudieron. Las hijas sacaron un carnet en el comedor de indigentes y estuvieron viviendo con familiares y conocidos hasta que terminaron de estudiar. Los cinco hermanos superaron esa época terrible, que habrá durado uno o dos años, aunque ellos cuentan que fue una eternidad.  Valentín también murió de cáncer en el pulmón, unos veinte años después».

Valentín y María son mis bisabuelos.

Mi tía abuela me llevó a conocer la vecindad en la calle de Argentina y vi las escaleras. Habrán sido unos sesenta o setenta escalones de metal, en cada piso había un barandal de herrería y macetas de colores hechas de pedacería de vajillas y mosaicos. Caminamos otro poco, adentrándonos hacia Tepito. El comedor de indigentes es ahora un templete para contener a los vendedores ambulantes, todavía tiene las instalaciones de gas de la cocina. Nos seguimos hasta la calle de Herreros y entramos al número 19, caminamos por el pasillo lúgubre, dimos la vuelta en la pileta y subimos hasta llegar al departamento donde murió María. Una señora nos preguntó qué hacíamos ahí y cuando le explicamos nos dejó pasar. Los pisos eran amarillos con grecas y sufrimiento. Volvimos a la casa en la línea 1, del Zócalo a Nativitas. Calladas, casi herméticas. Chípiles, zozobradas.

Es la primera vez que me atrevo a poner esta historia por escrito.

 


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De súbito

Para el Ingeniero, por supuesto.

Los lunes lloro.

Añoro tu reloj en la mano derecha, tus zapatos azules, tu barbilla,

el lugar donde tu mente se encuentra con la mía, deleite.

La lista secreta de escenarios del ojalá,

el pase de abordar esperanzas antiguas recién nacidas.

Lágrimas de sueños despertando.

las calles vacías y anónimas.

Nos extraño.

Los martes me ocupa el trabajo.

Soy toda concentración y enfoque,

proyectos por entregar, saturación.

Casi olvido que nos conocimos,

reniego de la poesía, la encuentro inútil,

no suelo llevar tu fotografía a mi beso.

Me siento a gusto,

aunque el piso esté frío y la ventana cierre a medias.

Los miércoles me enfurecen las pistas de frenado,

odio guardar compostura,  las barras de seguridad.

Quiero verte, ahora porque ahora. Impostergable.

Tirar por el precipicio a la cautela,

trastornar todas las rutinas. Urges.

Esto es una tortura.

¿Por qué estás tan sereno?

Tengo sangre en las manos. Tuve que matar al tiempo.

Los jueves tomo un decisión a propósito

y me obligo a dejar de pensarte.

Invoco a mi resiliencia,

por si te vas y nunca regresas;

paso lista de mi luto y de mis rezos,

por debo mandarte al olvido algún día.

Hago acopio de mi fuerza,

sólo hallo mi corazón, ternura, y tu nombre.

Los viernes llevo lencería negra

por si me topo contigo mientras vivo,

tu carisma, mi coqueteo, la cima reiterada,

la risa que lubrica,

porque hélice, porque abrazo.

Soy un mar de placer profundo que contempla el cielo.

Igual que tú.

Y ambos lo sabemos.

Los sábados/domingos estamos/somos

el amor nos conduce, libres,

y es tan fácil como un milagro;

dejamos que hable nuestra presencia

de las horas contadas esperando a vernos,

el graciasgracias de habernos encontrado,

de ir avanzando hacia la segunda mitad de la vida,

atareados pero compatibles,

diluyendo el pacto con la soledad.

Luego es lunes, de nuevo.

Y aunque cambia el orden de los días,

quedan los giros y la emoción:

algo siempre comienza, algo siempre termina,

nos vamos sucediendo de súbito.

Dijiste que te gustaban las montañas rusas.

A mí también me gustan.


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Abrazo de otoño

Caen las hojas.

¡Mira! El dedo apunta hacia abajo,

a los peciolos como antenas

pegando el oído de savia a suelo

para oír a las hormigas, a los hongos,

las pisadas, el runrún del tren.

¡Mira! El dedo apunta hacia arriba,

a los plazos entre las raíces y el cielo,

a las ramas como listones

haciendo el baile de las lenticelas

para aflojar los nudos, los nidos,

la ternura, el racrac del tronco.

¡Mira!

Hojas que caen, la alfombra

donde aprendemos que nada es para siempre.

¡Mira!

Caen, y nosotros a la mitad de este susto

¿y si no vuelve la primavera?

¿y la oscuridad es cada día más oscura?

Hojas que abandonan

–crujen con las pisadas, y las perdonamos —

A veces somos ellas, caducifolias,

cumpliendo nuestra palabra verde

hilvanada a los ciclos;

a veces somos el árbol desnudo,

preparándose para el invierno,

duelo anticipado;

y, a veces, sólo somos lectores

en medio de un paréntesis,

testigos de hojas caídas

y del relato de las flores y los frutos

que les siguieron,

los que pueden venir,

los que vendrán;

lectores pidiendo un abrazo al otoño,

a ver si así logramos ser

un poco más versados en el arte de soltar.

 


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Sobremesa, 2.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la segunda entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

IMITANDO A TARZÁN

“Una tarde, vagando, me metí al terreno de una obra de construcción. Ya no estaban los trabajadores. Anduve viendo qué había y encontré una soga colgada de un árbol; yo sería Tarzán.  Me balanceé en ella dos que tres veces y en la última, al soltarme, caí sobre una tabla de cimbra, la tabla tenía un clavo oxidado, el clavo me atravesó la planta del pie. Saqué el clavo rapidísimo, me dolió mucho. Regresé a mi casa, oscurecía. No dije nada.

Amanecí con el pie hinchado y me seguía doliendo. Entonces se me ocurrió preguntar a la gente, como duda casual, qué se hacía en esos casos. Alguien me dijo un remedio y lo hice a escondidas: compré una vela de sebo, la prendí y, cuando empezó a escurrir el líquido, acerqué la vela al pie y el sebo hirviendo fue goteando sobre la herida. El dolor fue terrible, entre la infección y la quemada. Me contuve de gritar con todas mis fuerzas porque si no me descubrirían. Y aunque el dolor era insoportable, repetí el remedio en los dos lados del pie e, inclusive, que dejé que penetrara un poco en la perforación que dejó el clavo.

Durante algunos días caminé con tremenda dificultad. Cuando me preguntaron qué me pasaba, les dije que me apretaba el zapato. El remedio funcionó y la herida sanó, quedé como si nada.

A los siete años no fui Tarzán pero derroté al tétanos”.


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La fecha es lo de menos

Haz memoria.

Adoraste la telita crujiente que envuelve los ajos,

llamó a misa de reciclaje la campana del camión de la basura,

hiciste esculturas de pelusa para las noches de equinoccio

tu radar detectó, primero que nadie, el dron de un sarcasmo;

viajaste en taza estampada y mordida de pan con mantequilla y azúcar,

completaste rompecabezas tuertos abandonados,

contaste grandes secretos frente a la fruta de temporada,

imitaste a las balatas, a las persianas, a las cámaras,

llevaste panfletos de sindicato a los grillos,

cancelaste tu suscripción a las revistas de adoquines,

llovió y sólo llovió,

desempleaste a tu duplicado fingidor de voz en los orgasmos,

dejaron de apostarte en el hipódromo de la furia,

estrenaste cerraduras telepáticas en tu casa de dormir en paz,

no te arrastró aquel río, la melancolía.

¿Cuándo supiste que habías sobrevivido?

La fecha es lo de menos.