Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Letras para Tiempos de Encierro 5

Quédate en Casa, dijeron.

¿En cuál de todas?

La infancia es una casa meciéndose en columpio que descalabra.

El beso es una casa en una cueva con estalagmitas.

El parto es una casa de tarotistas flotando entre juncos de luz. 

El poema es una casa rodante que no teme al empedrado con lodo.

El amor es una casa inflada con paredes de papel y cimientos hechos de rosales.

La música es una casa amueblada de silencios y notas-galaxias.

El sexo es una casa con patios interiores y árboles de mango.

La guerra es una casa ocupada por náufragos radicales.

La maternidad es una casa-niña jugando a la casita y a evadir la crítica.

La vejez es una casa repartiendo sus preguntas más antiguas.

El desempleo es una casa que decide mostrar sus colmillos.

La amistad es una casa que brota los domingos por la noche y en los recuentos de qué bueno que existes.

El encierro es una tormenta y una casa con un abrigo a dos vistas.

El éxito es una casa que siempre tiene corrientes de aire, tambaleándose en un pedestal.

El panqué es una casa que suspira con su argamasa de naranja y clavo.

Esta me gusta más: nosotros, nosotras, siendo la casa que ofrece, en la entrada, una estera de limpiar los zapatos y las abstracciones, mientras traza los planos de sí misma sin saber qué va a pasar al día siguiente.

 


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Letras en Tiempos de Encierro 4

Cuéntanos* de las cosas más bonitas que haya visto en tus viajes:

Mi abuela, de 76 años entonces, iba todas las tardes a mi casa.  Yo era una mamá de 30 años, criando a dos niñas de 2 y 4 años. Había elegido dedicarme a criarlas y, entre el encierro, vivir de un solo sueldo, las demandas de la limpiadera y un montón de asuntos no resueltos conmigo misma, estaba deprimida. Entonces mi abuela no sólo iba a ayudarme con la cena y el baño de sus bisnietas: me administraba una medicina muy primitiva, que no fallaba: me contaba historias de sus propias batallas cuando era joven,  me dejaba llorar de desesperación mientras me acariciaba el pelo, me hablaba de los ciclos del dinero y de las oportunidades, me enseñaba a crear cosas bonitas con poco, donde yo sólo veía que algo faltaba y que “debería de”.

Yo casi no salía porque el mundo me atarantaba. No me quedaba la ropa, no quería encontrarme con nadie, no quería dar explicaciones. Sólo quería estar con mis hijas y con mi abuela. Pero ella, que lo suyo lo suyo siempre ha sido viajar, es tan de casa como de agarrar camino. Y un día quiso celebrar su cumpleaños en un paseo familiar. Osh. No, qué estrés. Y así, toda frágil, entre el sol y las calles empedradas y, de fondo, la Peña de Bernal, mi abuela —que es una viejita niña— encontró una fonda y se emocionó, porque hacía hambre y por sus ojos de asombro, naturales. ¡Vamos por un sope, ándale, vamos!

Los cinco pasos entre el ¡vamos! y la fonda me costaron trabajo, nunca he entendido bien por qué.  Nos sentamos en la mesa con el mantel de flores, ordenamos uno de requesón, uno de pollo, uno de frijoles. Y ese día comprendí que un sope puede sanar el alma. Será por las orillas pellizcadas. O por la crema saladita y el queso desmoronado y la salsa de molcajete y dosis de verdad. O por el jugo de naranja recién exprimido. Vayan ustedes a saber. Volví a sonreír.


 

Londres y yo nos enredamos en un abrazo frenético de reconocimiento, adoración y reclamo: te he estado esperando. Caminé como si el mundo fuera a acabarse pasado mañana, bebiéndome los edificios, las casas y el verdor en todas sus formas, tomando notas, escuchando con los seis sentidos, excitada, cómplice. Subí al double-decker, y sintiendo los estragos del cansancio de tanta líbido por esta ciudad, me entretuve contemplaba una maceta que pendía de un farol y que me quedaba justo enfrente, en el segundo piso del autobús. Estaba preciosa, coloridísima.

Desvié la vista y noté que, desde la calle, un muchacho observaba cómo me estaba enamorando de las flores. Nuestras miradas se encontraron y él me mandó un beso con la mano.  El autobús avanzó y yo me quedé alborotada de todas las partes de la vida.

 

*El tema fue sugerencia de mi queridísima Themis Maya. ¡Un abrazote, Themis!

 

 


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Letras Para Tiempos de Encierro 3

Cuéntanos.*

Él y yo tuvimos una relación a distancia durante casi 3 años. Cada quien vivía en un país distinto. A veces me preguntaba a mí misma si la relación era real. ¿Cómo podría serlo? Las relaciones sólo son verdaderas cuando se nutren de lo cotidiano, cuando los defectos pierden la chapa de oro de la virtud que les atribuyó el enamoramiento. Cuando nos vemos las suelas de los zapatos y el interior de la plantilla y no hay asco sino sonrisa, entendimiento.

Pero, ¿cómo podía no ser real? El amor es el amor, el deseo es el deseo y a la combinación de amor y deseo no hay quién la detenga. Deja un tiradero característico, impulsa, motiva, aparecen listas de metas, hay proyectos como hijos,  a veces hijos —o hijas— que se van atesorando desde el nombre; un «hola, te quiero» bajito. Claro que era amor, y del de quedarse.

Vistas a profundidad, todas las relaciones son a distancia. Él, por ejemplo, vivía en un país donde había muchas más yo. O lo que yo le significaba. He de reconocerle el mérito creativo: a ninguna nos dijo lo mismo. Un país donde los hombros de él y el escote de ella(s) eran fotogénicos y donde la persona no es la arroba, pero sí es, pero no es. De fondo era cuestión de entenderle a la dinámica. Y relajarse. Y divertirse.

Yo, para ilustrar, vivía en un país donde el duelo es el idioma oficial. Podía ver, en cualquier circunstancia, lo que no hay, lo que no alcanza, lo que no funciona, lo que no es suficiente. Sentía una obligación continua de hablar acerca del dolor y de las pérdidas. He de reconocer mi mérito de fortaleza: perseveré, mantuve la esperanza. Le mostré que era posible reinventarse confiando en que habría provisión y avance; el duelo nunca es estático. De fondo era cuestión de exponer las carencias. Y trabajarlas. Y confiar.

Creo que sí fueron 3 años. Desde que supe que no fue real, decidí borrarla de mi memoria. No la relato en mi historia, no cuenta.  Nos abollamos el ego, no el corazón. Fue una fantasía, y ya.

Excepto por los abrazos cada vez que nos veíamos. Esos primeros minutos de tomar forma en persona, dejar caer las maletas, suspirarnos de esencia y lociónperfume, sanar todas las fracturas de los huesos y de las dudas. Un «somos» indiscutible, cultivado en horas y horas y horas previas de conversar como si la vida no hubiera puesto miles de kilómetros en medio, como si la vida y nosotros fuéramos cuates de destino.  Y cada vez que nos despedíamos: esos últimos instantes de arrebatarle prisa a los vuelos programados, asir las maletas, jóvenes, no estorben, esbozarnos la cara, la voz en la garganta seria, los besitos de ¿volveremos a vernos?, dejarnos ir como sólo se deja, libre, a quien se adora.  Un «somos» impractiquísimo, drenando las carteras en viajes y viajes y viajes que apenas sumaban treinta días juntos, como si la pérdida y la deslealtad no se hubieran desgañitado llamándonos y dejando mensajes con mayúsculas.

Tres años y 41 días.  Es de la incumbencia de nadie porqué no la relato ni la relataré más. Baste saber que ahora, cuando amo, me aseguro de vivir en el mismo país y mi tercer idioma es Contigo Aprendí. En lugar de hablar duelos, escucho las señales y me fijo bien. Real, y punto. Todo lo bueno que siguió provino de esa lección, el orden sabio, tierno, después del tiradero. Me siento agradecida.

Nada de margaritas. Si quieres saber si te quiere o no te quiere, pregúntale a un aeropuerto.

*Tema a sugerencia de Isabel Del Castillo. ¡Un abrazo, Isa!


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Letras para Tiempos de Encierro 2

Cuéntanos*

De cómo es tu sazón (tus secretos en la cocina)

Provengo de mujeres que cocinan como si las recetas del mundo se hubieran creado para ellas, es una herencia exquisita y redonda de cachetes (míos). También deja la vara de medir muy, muy arriba. Digamos que, en comparación con ellas, mi sazón alcanza un decoroso:

—Te quedó bastante bueno. ¿Cómo le hiciste?

— Gracias. No sé.

Y luego tengo esa maña de tener que nombrar el momento. Es un impulso, y está presente en todas mis cocinas. ¿Verdad que es muy agradable que estemos aquí reunidos? ¡Qué bueno es conseguir ingredientes mexicanos! Nos estamos conectando con los antepasados; mira, prueba estos frijolitos. Esta sopa me quedó aguadísima pero voy aprendiendo de mis errores, ¿gustas? A lo mejor confundo el silencio de mis comensales con el alivio de que ya me callé. ¿A poco no es emocionante que haya espacio para mostrar cómo somos?

Mantequilla, sal y pimienta. Laurel. Comino, si amerita. Y un manto de salsa verde: no falla.


Los libros que siempre has querido leer/tener pero por equis razones no has podido

Siempre he querido leer Los Miserables. La figura del Inspector Javert me apasiona, me gusta la metáfora del dilema entre ver a un ex-convicto como alguien que puede reivindicarse y considerar que no, que fue y será un criminal.  Creo que, a veces, tenemos a un Javert en la cabeza: el que establece, categóricamente, que debemos ser perseguidos por los errores cometidos, que somos una farsa.

Me encantan las novelas de detectives y, si pudiera, leería toda la colección de Agatha Christie otra vez. Pero debe ser la de Editorial Molino, la de las portadas explícitas y macabras.

Tengo un tema con los detectives, con su capacidad de ver más allá de las apariencias. Deja tú los libros: me encantaría poder leer a la gente así.

Libros de microrrelatos en español. Son dificilísimos de conseguir acá, y caros en línea. De esos quiero leer todos los que pueda mientras viva.


De los protocolos de etiqueta que has roto y cómo contribuyeron para darte más libertad

Me he separado dos veces de la misma persona. Toda la faramalla de comprometerse, casarse, mandarse a la chingada, que siempre no, ah qué bonito, bien por ustedes, hacer el anuncio público, promesas y votos, mandarse a la mamá de la chingada, que siempre sí pero de todos modos nos queremos y tenemos una familia, etc. He roto cualquier protocolo en materia de separaciones. No debería haber tal, los duelos y los límites caben mal en las normas.

Mientras más años cumplo, más me interesan los vínculos no convencionales. Usar botas con vestido, desafiar los maridajes. Le huyo a la plática trivial entre gente que no se soporta. Sólo saludo de beso y abrazo a quien quiero, de corazón. (No aplica en caso de coronavirus. #DistanciaSocial #ALavarseLasManos).

Aunque parezca todo lo contrario tiendo a ser introvertida. Cualquier evento donde haya que demostrar estatus, logro, poder adquisitivo, marcas, cantidad de followers, territorialidad, mapamundi recorrido, todo el espectro del quién la tiene más grande, afirmaciones de haberle entendido a las reglas no escritas de la vida, y, en general, el uso de imperativos me da una hueva infinita. Y me voy rápido. No sé si sea más libre, pero sí más honesta.

 

*A petición de Gabriel Mondragón. ¡Saludos, Gabo!

 


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Letras para Tiempos de Encierro 1

O de Cómo Hice la Pregunta y Ustedes Sugirieron los Temas y Aquí Voy.

Cuéntanos, «A las casas les gusta que sus habitantes…»*

a) Mantengan la calma

Vista de cerca —y, por fortuna, no hay restricciones sanitarias— la calma es una herramienta que da calidad de vida. Pase lo que pase, estar en calma es como auto- enviarse la cuadrilla de ayuda. Ser raya fina de horizonte en aguas turbulentas.

Hasta dónde he aprendido, pero no me crean demasiado, la calma y las redes sociales y noticieros son incompatibles. La calma y la incertidumbre, sí. Siempre que hay una situación que me da ansiedad, paso lista y reviso si lo importante (ahí, juntito a lo sagrado de los altares personales y a los salvavidas de la adultez) está presente. Si está, calma.  Si no está, calma y un plan.

b) Miren el “Y”

Los planes dan sensación de control, de no estar a la intemperie. De ese modo la casa se renueva como casa. El reto es que el plan sea ordenado y dé estructura; por ejemplo, al estar encerrados: cambiarse la pijama, establecer metas para el día en cada ámbito personal (de ejercicio, de acomodar papeles pendientes, de algo creativo, de ver/escuchar, de adelantar) y, a la vez, deje espacio para que la vida ocurra.

Este encierro, igual que todos los cambios súbitos, trae una pérdida. Cada quién sabe cuál es. A veces, la casa es más casa y duele menos, inquieta menos, cuando nos abrimos al “Y” en vez del y/o: podemos haber perdido algo o alguien y estar un poco bien. Puede haber una pandemia allá afuera que no alcancemos a vislumbrar los efectos del colapso que tenga un propósito. Que no estemos aquí, encerrados en el encierro, estúpidamente.

c) Se sepan humanos

Y, por lo tanto, cortos de miras. Aún con la merma virulenta, hay 7.8 billones de versiones de hoy, de lo que está pasando. El hacinamiento, el tedio, la sensación de estar invadidos por familiares o desprotegidos por el gobierno, la preocupación de niños y niñas son experiencias reales. El encierro a salvo de otros es la catástrofe en el ingreso de unos; no perdamos de vista el sufrimiento que causa la desigualdad. ¿Cómo podemos imponer nuestra visión o perspectiva?

Éstos tiempos son un catálogo de reacciones. Un salón de clases de la naturaleza humana. Es una época interesantísima para quien quiera observar, esperando. Porque al final, creo, hemos construido el mundo con base en nuestra relación con el tiempo, huyendo del suplicio de esperar. Sí, ajá. Aquí vamos de nuevo. A esperar como en las guerras, los partos, los encuentros entre amantes, el primer diente, los estertores, la sopa que tira el hervor, el wifi reiniciándose, el cheque depositado. Esperar, sin «des». ¡Ay!

Pues bueno. Quedan muchos días juntos. Vamos a estar conversando alrededor del fuego, ¿verdad? Dejen sus comentarios. Hoy, esta conexión, es alimento.  Mantengamos este anaquel llenito.

 

*Esta es una frase que uso mucho en Twitter y que se ha vuelto rúbrica mía. Pero no es nada categórico. Una sospecha doméstica, nomás.


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Flora

Alguna vez mi cuerpo fue una flecha, un martillo, un lienzo, un altar de los asombros, casa de dos hijas producto del amor. Alguna otra vez mi cuerpo también fue mi enemigo con un desorden alimenticio y me aplicó la ley del hielo, me dejó a solas conmigo misma  y paralizada en vez de llevarme, corriendo, a un techo a salvo de la tormenta. Mi cuerpo, a veces, llora si no estoy ocupada en algo. Hay quien dice que soy notoriamente diligente. No son lágrimas de dolor sino de ya pasó.

El otro modo de estar sin que salga agua de sal por los ojos es entre árboles, flores y plantas. Mis manos pueden estar quietas, confiadas, sin tener que llenar el momento con tareas. Cuando flora, río. Quizás menos que antes, con mi risa boba, pero por motivos más genuinos. Cuando flora, danzo. Y qué cómplices son el verbo bailar y los orgasmos seguiditos. Cuando flora, alimento. Doy las gracias por el trabajo nutritivo que permite traer comida a la mesa y brindarme.

Cuando flora, yo en ella, amando a mi cuerpo que busca la fotosíntesis, las estaciones, las raíces, los frutos, el rocío, que son mejores explicaciones para enfrentar los cambios y la adultez, y adentrarme en el proceso creativo. Amando, amando al cuerpo que ha creído que soy frágil y un día me romperé. Y ese día es casi siempre y casi nunca.

Lienzo, martillo, altar de los asombros, flecha. Y, cada cinco años, horno de letras impresas. ¡Viene otro libro en camino!

 


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Maceta de mosaicos

La escarcha cubre la mañana, el pasto, los techos y los parabrisas. Las hojas que siguen cayendo no crujen porque llueve y, a veces, no deja de llover. Tendrías que ver a las camelias, son unas locas. Ponen el rojo donde está el lodo, muestran lo rosa carnoso entre pliegues todavía más rosas entre los árboles que son un ramerío o una batalla contra el viento, aparecen cincuenta en un arbusto en plena cuesta de enero. Son como el barroco en tiempos minimalistas y de tensión de guerra. Amo su locura.

***

Que cada amiga haga lo que quiera de su vida. Que ame la persona equivocada, que viaje y olvide pagar la luz, que se tatúe y se arrepienta, que se separe de un buen tipo, que vuelva con un idiota, que haga sopa de dominó de prioridades, que exagere, que sea adicta a negar que es adicta. Todo cabe, lo vamos resolviendo juntas. Pero no puede morirse.

En serio: no puede morir, dice el yo de 17 años, el de la edad que siempre teníamos cuando estábamos juntas. Porque si muere, ¿quién la consolará cuando se sienta sola en la eternidad?, ¿con quién lloraremos el duelo de perderla si no es con ella?

Sí puede, dice el yo adulto.

Y ese diálogo es verdadero. Y miserable.

**

El día que cumplí una década de haber emigrado a California comí una hamburguesa con papas y un root beer sin popote. Fui con Victoria Luminosa al cine; en nueve meses se irá a la universidad al otro lado de este país, y pasamos juntas todo el tiempo que podemos; hablamos de su derecho a irse, y de recetas y de m’hijita, júrame que usarás abrigo cuando empiece el frío.  Abracé a Mini Dancing Queen adolescente con su campo minado de emociones, y la abracé más y la hice reír tantito; todavía podemos coincidir en momentos con y sin palabras, todavía nos necesitamos. Le conté a Mario acerca de mi curso de capacitación de Modelos de Cuidado con Información de Trauma; nos llevamos mejor ahora que en todo nuestro matrimonio.

Hace un libro le escribí una carta a la mujer de aquella noche de llegar a San Francisco. En este aniversario le regalo la imagen una maceta de mosaicos como la que tengo en mi balcón: los trozos de todas mis pérdidas —que, en realidad, no son más que la vida siendo vida y el cambio siendo ley— forman un contenedor mucho más interesante y hondo (y colorido) que cualquier anhelo intacto.  Y ese lugar me fascina, hoy lo sé, para quedarme a vivir.


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Sur 37 A

Es inicios de diciembre porque pienso en una calle.

La recorríamos varias personas, como quince. Era una calle de dos cuadras y media. Pasábamos junto a la casa donde había un muchacho que estudiaba música; practicaba sus lecciones de trompeta y de piano, no importaba la hora. Y junto al edificio donde vivía un brujo en la planta baja y una vez que fueron de la delegación a renivelar la banqueta, salió el hombre con una cadena bastante larga y les dijo a los albañiles que le echaran mezcla sin taparla del todo, como delineando el edificio; esto es brujería, dijeron los vecinos. Nadie se metió con él.

Y a un lado de la cochera con macetas de barro, en el suelo y en la pared, que fue blanca pero ahora era color «por aquí pasan coches que aceleran y mientan madres por el tope de más adelante»; los canarios le cantaban a las plantas de sombra y a algún otro geranio terco. Y por donde había casa con una pared de ladrillos, que era parada obligatoria del camión de la basura y donde nunca, nunca, hubo rayoneos de grafitti a pesar de que el ladrillo estaba tan bien puesto que se veía como un lienzo irresistible.  Nunca, ese milagro.

Y hacíamos escala en la casa de la mujer que vivió hasta los 101 años y usaba pantalones desde 1918. Y nos aliviaba pasar por la casa de las rejas y saber que ya no estaba el perrote que aterrorizaba a los transeúntes; el refrán es impreciso: ladraba y mordía, que sí. Parecía lobo.

Los mapas virtuales indican que la calle sigue donde la dejamos. Es más: basta teclear su nombre para poderla recorrer de nuevo. Pero no pienso en la calle de ahora sino en la de entonces,  la que unía la casa de mi bisabuela y la de mis abuelos con la mía, donde crecí. Diciembre, y en particular el 25, pero también alrededor de las posadas y el fin de año, se trataba de hacer ese trayecto. Los tíos reían pero no cuando venía un coche, mi abuela abrazaba caminando, mi mamá hacía la observación de que el ambiente olía a llanta quemada, yo iba encima de los hombros de mi papá hasta que tuve que ir a pie.

Es inicios de diciembre y estoy en esa calle, siendo niña, como si hubiera sabido que tenía que fijarme muy bien. Ventilo el recuerdo para impedir que le brote una pátina, para mantenerlo vivo aunque el cambio haya desmembrado a la familia y la delincuencia esté al asecho.

Sé amable, nostalgia.

 


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Cuando oscurece

Tan pronto como empieza a oscurecer a las 5 de la tarde, mi cuerpo de la memoria me pide que haga algo para evitar que La Gran y Espantosa Depresión del 2014 ocurra otra vez. Por más que mi terapeuta y yo tratamos de explicarle que han cambiado las condiciones de esos noviembre y diciembre,  mi cuerpo me dice que no vaya a ser la de malas, ¿o se te olvidó cómo temblabas y el guiñapo que eras?

Es muy reconfortante saber que los fabricantes han poblado los anaqueles con productos que prometen hacer más llevaderos los detonadores del miedo al abandono. Mi experiencia como consumidora ha sido la siguiente:

  • Lámpara de luz blanca. Con brillo de 10,000 LUX, combate la fatiga, regula el patrón de sueño y quita las ganas de hibernar, reduce el humor melancólico, afina la concentración. Compré una,  la desempaqué, la puse en mi comedor, me paré por un café, me tropecé con el cable, se cayó la lámpara, se hizo añicos.
  • Bolsa de agua caliente. Obra de un inventor croata y patentada en 1903, hecha de hule y con tapón hermético enroscable. El calor que emite por horas es tan similar al de dormir de cucharita y el cerebro se la cree. Es un remedio antiguo y muy bello pero se aguó porque la tapa no resiste los años. Tuve que cambiar de colchón.
  •  Aromaterapia. La combinación de lavanda, naranjo, bergamota, geranio, hipérico y salvia me funcionó de maravilla. Me encomendé a ella, bien ungida detrás de las orejas, en el cuello, en la nuca, en el Tercer Ojo y hasta eché un algodón a mi bolsa, para que no me faltara la provisión hasta que en mi oficina apareció un letrero de «Favor de Mantener Esta Oficina Libre de Fragancias, Por el Bien de Todos (Olivia, de Contabilidad, es alérgica)».
  • Chocolate. Tal como descubrí en la secundaria, comerlo convierte mi cara en un espectáculo de fuegos pirotécnicos de acné al son de la Obertura 1810. Hoy sé que dicha sensibilidad sigue vigente al estilo gira de orquesta sinfónica.
  • Manta con Peso. Esa la estrené anoche. Es un cobertor a dos vistas que tiene arena entre las costuras. Está diseñada para la contención. Pesa 7 kilos. No puedo moverla sin pujar y hoy que amanecí me duelen el brazo y la cadera como si hubiera reptado para escapar de alguna mêlée de significados. Le auguro medio día más conmigo.

Espantosa, no se me olvida. Porque me agarró desprevenida, igual que el año cuando se va extinguiendo, o cuando la oscuridad asusta y es más oscura, o cuando el aspecto animal del amor se niega a aceptar traiciones. Te escucho, cuerpo. Antes, no podía o quería. Hoy es diferente.

Y, es curioso, escuchar a mi cuerpo —su pavor a que aquella herida se repita, su alerta a las relaciones donde no hay equilibrio, su trabajo por conservar el calor, su pregunta honda, hondísima acerca de la soledad— me trae a este momento. A éste, presente, y no al pasado ni al futuro. Comprar es inútil.  ¿Me abandonaron y sobreviví?, ¿y aún puedo reír? Mira cuerpo, lo que hoy sé:  aquello fue El Gran Regalo del 2014: yo soy la luz y la calidez que busco.


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Botas de agujeta

Las mujeres de tobillos frágiles sabemos que nos preocupa tener que subir o bajar tres pisos de escaleras en tacones.

Las mujeres que no tenemos todas las respuestas sabemos que a veces confunde ir a fiestas donde las mesas se agrupan por parejas.

Las mujeres migrantes y las que vivimos solas sabemos que es abrumador estar en una reunión llena de gente que se conoce de años.

Las mujeres que viajamos a países donde matan a mujeres sabemos, tristes y sabias, de estar alertas, listas para huir y ponernos a salvo.

Por los motivos anteriormente expuestos y porque me fascina vestirme de enunciados que se complementan: fui a una fiesta a México y llevé un vestido con botas de agujeta. Subí y bajé corriendo la escalera, bailé en grupo con las personas que amo, me quité la abrumación abrazando y siendo abrazada, brinqué de desparpajo como si el mundo fuera justo.

Las botas parecieran un detalle sin importancia, una excentricidad victoriana de 32 centímetros. Y lo son. Salvo que me permitieron levantar la cabeza —algunas mujeres crecimos sintiéndonos avergonzadas y fuera de lugar—.  La pasé bomba.

 


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Manos Vacías

Ayudas cuando estorbas sin estorbar,

cuando nombras sin etiquetas,

cuando dices «esto es mío» y lo cargas,

cuando llegas puntual a tu cita con el recaudador,

cuando pasas de largo de los grupitos que se burlan,

cuando lloras y no escondes tus ojos inflamados,

cuando ríes y no te tapas la boca (salvo que tengas comida),

cuando descubres el espanto en la sorpresa,

y lo ordinario en el miedo en lo cotidiano.

Ayudas al donar y al unirte a causas invisibles,

al leer, se te dé o no,

al cortarte las uñas cerca de un basurero,

al apuñalar a tu personaje en la historia que te cuentas,

al regar el ojalá aunque el cómo sea incierto,

al obsequiar flores en acuarelas y no en ramos,

al dormir y dejar dormir.

Ayudas por todas las veces que no puedes ayudar

y vuelves a casa con las manos vacías

midiendo un metro y tantos junto a la secoya de la vida,

de los trámites, de las políticas migratorias que no requieren juez,

porque deportaron a una familia que atendías.

Ayudas porque el piso del mundo está hecho de vidrios rotos,

interminables.

 


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Introspección

A veces creo que estoy buscando una razón y el sentido a lo que vivo.

Veo para dentro como si me asomara al escote del diccionario bilingüe que llevo cerca del corazón. Significa, significa— dice el latido.

Escucho para dentro como si pusiera el oído en el centro de una guitarra de llevar serenata a peces y estrellas. Significa, significa— dice el telescopio.

Huelo para dentro como si subiera al segundo piso de casa de mi bisabuela y me detuviera frente a todas las botellas de agua de azahares. Significa, significa—dice la madera.

Toco para dentro como si fuera el segundero del reloj que siempre suena húmedo en las historias que me son íntimas. Significa, significa—dicen los ovarios

Pruebo para dentro como si mandara en la cocina creativa donde se prepara el pan que quita el hambre de compañía. Significa, significa—dice el mortero.

Y termino descubriendo que, mientras vivo, el sentido me encuentra, me invita y,  despacio, me devuelve el cuerpo.


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Apuesta frente al cambio

No deja de sorprenderme cómo hay épocas donde los días vienen con las orillas bien limadas y embonan con gracia en dónde los pongamos: en los comienzos, en los atrevimientos, en lo cotidiano, en cada duda. Un día seguidito de otro, las claridad en las horas, las respuestas deshebradas, avanzar con esfuerzo rico. ¡Buenos días! Sí, y sus noches con oscuridad hecha para dormir y calentar.

Me sorprenden, sobre todo, cuando me miro las manos cortadas por los días de vidrio roto, de buscarle piezas a las ventanas y de batallar hora tras hora con motivos para respirar. Días de finales expuestos, de no puedo y nunca podré, de la vida tardándose en  abrir la puerta después de diez timbrazos en forma de súplica. Otro día seguidito de uno peor. Pésimos días. Sí, y sus noches de insomnio y frío por la oscuridad bravucona.

Todavía me asombro de que existan estos dos extremos y cómo parece que el amor y el dolor juegan a perseguirse vestidos de cambio.

Pero lo que más me impresiona es el poder de una carta escrita a mano enviada por correo intuyendo el logro o el duelo. Letra que conecta, un sello postal, un remitente, el tiempo invertido. Abrir el buzón y saber que ha sido conjurado ese miedo estúpido —y no por ello menos miedo— de estar solos en el mundo por reír tanto o por llorar más.  ¡Sorpresa! Frente al cambio, apostar con esas cartas de recibir, de enviar y de acompañar.

Abrir el buzón y el corazón.

Gracias por tus cartas, Themis. 🙂


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Cuánta hoja

Supe que no teníamos un futuro juntos porque titubeó cuando lo invité a que pisáramos un montón de hojas secas. Eran de maple, parecían abanicos hechos de pergamino. Él era un adulto que cuidaba sus zapatos tal como le enseñaron sus mayores. Yo rechinaba de ver esa esquina hojosa donde el otoño prematuro quería asomarse a la ventana de la tienda de antigüedades. Menos mal que no tuve que explicar por qué lo nuestro no podía ser. Él se me adelantó. Adiós, le dije, y me alejé riendo y llorando un poquito y riendo.

Yo pido el pan de cada día y las hojas de cada jornada. El olmo de mi jardín tiene años queriendo besar mi casa, inclinándose, inclinándose hacia ella. Una compañía de aprovechamiento forestal dijo que no todavía, quizás un día, y ancló al olmo con un bastón de acero. El árbol suspira hojitas que llenan el patio de haikús amarillos, salgo a barrerlas para acercarlas a la raíz del olmo, ten tu humus, ten tus nutrientes. Él me cuenta de su romance imposible mientras canto pasodobles que mutan en canciones de cuna y en confesiones tarareadas que nadie más sabrá. Mi escoba es de mijo, del que se anuncia cuando pasa.

Las hojas de mi cuaderno de escribir se caen cada vez que me tropiezo que es siempre. ¡Ay!, y van todas las notas del dictado que escuché en la regadera y en el auto y mientras me delineaba los ojos. Menos mal que, usualmente, quien me ayuda a recomponerme habla inglés y no entiende mis enunciados. Es como si se asomara al tendedero: me daría pudor. Son hojas que años después revisaré con la nostalgia de creer que contenían algo importante. Qué boba.

Hablo de hojas en pleno julio como si fuera octubre. No siempre me pregunto por el futuro, sólo a veces: cuando veo un corazón cerrado, cuando salgo a mi jardín, cuando avanzo en un manuscrito. Y cuando es verano y descubro —demonios, el cambio climático— que ya no cantan los grillos.

 

 

 


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Violetando

La anciana que seré cultiva violetas. Les busca una esquina de sol, les canta boleros, les acicala el porte cuando se inclinan de más y se niega a a dejar de creer en la magia.

Creer, pero no en el ilusionismo de los hechiceros de la mercadotecnia ni de las soluciones que simplifican paradojas ni la de las estadísticas absolutas (¡destejamos!, me invito, aunque las ideas queden estrujadas y flácidas por un tiempo); magia —ver a través de lo invisible— porque los tiempos difíciles requieren medidas radicales y las crisis humanitarias, sensibilidad. Toda la disponible.  Y espíritu crítico, voto reflexionado, conocimiento de historia, sociología, teorías de economía y desarrollo sustentable, organización disidente.

La anciana que seré me va dando la mano porque el mundo se está complicando y no sé qué hacer desde mi todoslosdías y mi mundito de adulto que puede hasta donde le alcanza la quincena. Sigue viendo más allá, me dice. Que lo macabro no es un hecho aislado. Que el sufrimiento no es una imagen en una pantalla o en un reportaje. Que mientras aúlles, hay fuerza.

Cuatro macetas de violetas, mejor dicho: tres, porque la cuarta era toda verde y muda, enfurruñada. Ni un brotecito desde que nació. Como si hubiera nacido pesimista, hay que ahorrar agua y energía, déjense de ridiculeces. Esta es sólo una esquina insignificante, ya para qué florear si nos va a llevar la chingada. Seguí asegurándome que estuviera bien asentada y tomándole el pulso de la tierra seca y tarareando. La anciana que seré tiene un compromiso con las plantas, en particular las de interior.

Hasta que otro día, hace poco, la cuarta violeta amaneció con una flor en ciernes. Puje, señora, puje—, le susurré al oído peciolado. Una flor blanca. Y luego otra, y otra más en contraste con sus hermanas fucsia y rosa, pero flor al fin. Pasaron los días, las noticias, sí son campos de concentración, Valeria de 2 años abrazada a su papá Óscar Alberto antes de cruzar el río. Creer, ¿en qué?, ¿para qué florear, violeta pesimista? porque nos está llevando la chingada.  La adulto que soy tiene días de no poder ver más allá. Toda la sensibilidad necesaria resulta insuficiente.  La niña que soy me dijo: mira, una línea púrpura en la flor nueva. Una violeta violetando. Quizás se enseñan entre ellas.

Hice estas fotos. Y entonces descubrí que algunas violetas tienen pétalos que brillan.

Y lloré, en lo visible y en lo invisible, humana, 2019, sin edad.

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Circular

Todos los junios, cuando el cierre del ciclo escolar es inminente, difundo una circular entre mis contactos y confío en que la lean y, rápido, pasen la voz. Su respuesta a mi correo es amable dentro de las variaciones genéricas de un “Ok, gracias por la información”, pero no le dan seguimiento; atino a creer que es un volante más entre tantos que reciben con información para la comunidad. Entiendo, a veces así es: se triplicó la carga de trabajo por los recortes de personal y no se dan abasto para poner atención a lo relevante y a lo urgente.

Yo antes difundía la circular como parte de mi labor de comunicación en español hacia las familias migrantes y la mandaba a los contactos como parte de una lista de pendientes. Ahora lo hago desde una responsabilidad nueva que recién me asignaron: cuando supe cuál sería, ay nanita, temblé: la coordinadora de servicios para las familias que han perdido su vivienda

Canalizar a las personas hacia los servicios es fácil: hacer una entrevista de sondeo, evaluar las necesidades, llenar formularios, firmar autorizaciones, establecer fechas límites, registrar en una hoja de cálculo, lo complicado es oír la voz en shock de las madres y los padres porque no pueden creer que los echaron a la calle y no les dejaron sacar sus pertenencias o porque están viviendo con otra familia y son diez en un departamento o porque están durmiendo en el coche en el estacionamiento del Walmart o porque no hay trabajo, seño, dígame qué voy a hacer, dígame y yo lo hago, y preguntar cómo están los niños y que los padres —si están juntos, pues suele ser solo uno cargando todo el problema a cuestas— lloren desde la derrota.

Les fallé, seño, les fallé a mis hijos, me dicen. Me cuentan de quién está en la cárcel, a quién han deportado o está esperando la fecha del juicio, que no tienen para el cumpleaños del niño o la niña, que les da pavor morirse de algo y dejarlos a la deriva. Veo el expediente con las ausencias injustificadas, las notas de la maestra que observa fatiga o hambre crónica o las dos y ahora, mediante un par de formas, son familias clasificadas como pobres dentro de los pobres, marginadas dentro de las foráneas, invisibles dentro de un sistema que les pide dos comprobantes de domicilio fijo y una identificación con fotografía a donde quiera que vayan.

Más allá de los servicios, tengo el apremio de insistirles que es posible salir adelante. ¿De verdad? me dicen con los ojos, ¿usted qué sabe de no tener qué comer o dónde vivir? Y es cierto. Yo no sé cuánto se tarda salir de una situación de pérdida de vivienda, sólo sé ayudarles a llenar las formas y escuchar su historia.

Y otro dato:

Soy la bisnieta de una mujer que murió sintiendo que había fallado porque algo había en sus palabras finales —y en el cáncer— que llevaba el auto-reclamo de dejar a sus hijos en el desamparo, como ella estuvo sin casa y sin alimento alguna vez.  Mi abuela me contó esa historia y también me contó que, después de quedarse huérfana, tuvo que ir con su hermanita a formarse en el comedor para indigentes y dormir en la sala y en el suelo y en los cuartos de azotea de los familiares lejanos y conocidos que pudieron darles un lugar para quedarse un tiempo. Sé que, en medio del duelo y de todas sus carencias, mi abuela terminó su carrera de maestra y tuvo seis hijos profesionistas y que, por añadidura, le dio a mi mamá una vida distinta y que, gracias a ese comienzo, recibí la educación que me permitió llegar hasta este trabajo.

A diferencia de otros años, cuando llegó el momento de enviar la circular en este fin de cursos, la mandé a los albergues; ahora ellos presiden mi lista de contactos. Mi correo fue recibido con algarabía. La circular es un volante que ofrece desayunos y comidas gratuitas para menores de edad. No necesitan identificación ni dar explicaciones de nada, sólo tienen que presentarse a la cafetería de la escuela pública más cercana e ingerir ahí mismo los alimentos; pueden ir acompañados de un adulto o no. Le di «send» a la circular, pensando en mi abuela y en mi tía, que tenían 18 y 13 años cuando pasaron por ese capítulo de hambre y desalojo. Temblé más. Era circular en más de un sentido.

Hay seguir pasando la voz: la que lleva una buena noticia y la deposita en medio del sufrimiento. Ese también es un pan de cada día y un lugar donde resguardarse. Y es resistencia: la tinta que reescribe sobre cualquier estigma que dejen los sistemas. La historia es nuestra, no de un expediente. Lo sé hasta las entrañas. En junio. 

 

 


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Déjenme en paz

No llores si te enamoraste y no fue mutuo,

no hables con los niños como si pronunciaras las palabras en crayones,

no te rías tan fuerte, tan por todo, tan teatral,

no cubras tu cuerpo, no descubras tu cuerpo, no seas sólo cuerpo, ¿no tienes una app para contar tus pasos?

no digas todo lo que sientes y no te quedes con tus sentimientos,

no acuses a los que encubrieron y eligieron hacer caso omiso,

no uses imperativos como si supieras lo que quieres, mandona,

no admitas que, la gran mayoría de las veces, sólo sabes lo que no quieres, tonta.

no escribas en rima,

no subrayes que eres buena en algo, no ocultes tus talentos, no enumeres arrobas que traicionan,  no presumas tu casa rentada,

no pregones que es mutuo y etiquetes a la paz en la foto,

no te tardes años en publicar, no des a tus proyectos el tiempo que te sobra,

no defiendas a los que están ausentes y a los que no saben leer,

no llames si extrañas, no preguntes «¿qué somos?», no guardes botones por kilo,

no uses tacones, no dejes de usar tacones,  no olvides el calcio, no te quejes en la mastografía,

di que no, di que sí y que se entienda bien qué quisiste decir.

Déjenme en paz.

 

 

 

 


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¡!

Sé algo:

[que he sabido siempre pero que apenas descubrí,

que está en todos los libros y en ninguna biblioteca,

que me convierte en aprendiz, en burbuja de hervor, en brizna y no magnolia,

que está en las notas de silencios de júbilo y en los cantos silenciosos,

que me pone alas en las raíces y un ancla en las derivas tercas,

que conduce a un abrazo profundo que tiene más alma que cuerpo,

imagínate]

Quiero una vida de sorpresas y asombro.

Hoy hay un terreno disponible donde sembré una rutina estricta a prueba de incertidumbre y hay dos manos creativas donde te otorgué el poder de llenar mi atención para sentirme amada.

Llorotantito, tan habituada a especular desenlaces y a protegerme bajo ocho llaves. Estar vulnerable es tremendo, pero no duele como el rechazo o el hastío. Quizás esa sea la primera sorpresa.

[Quizás no sé algo y sólo estoy recordando].

 

 

 


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La carta

Dejé la carta en el mostrador para que se la entregaran y me fui a hacer los mandados. Él (Otrora Sílfide, como lo nombré en un post pasado), quizás, la esperaba; hacía meses le había comentado, mientras me descalzaba las zapatillas,  que algún día le contaría cómo llegué a su clase y qué removía en mí.

«Todos sabíamos que nunca me dedicaría a ser bailarina, una infección de oído había estropeado mi sentido del equilibrio. Pero todavía adoraba el ballet. Me quedaba ese consuelo.

Como inmigrante, estoy acostumbrada a que la gente me pregunte de dónde soy. Cuando me uní al grupo de ballet para adultos, esperaba que nadie hiciera esa pregunta porque tendría que revelar que vengo de un lugar donde el ballet duele. Esa afirmación no tiene nada que ver con mi país. Mi origen es (y fue) un lugar donde el movimiento se reduce a nombres en francés y la música es un sonido simple y los espejos son enemigos: el lugar de la vergüenza.

Escogí el grupo de principiantes dudando si pertenecía o no. Tenía veinte años de experiencia en el baile y, sin embargo, nunca avancé más allá del nivel básico. No me importó, perseveré año tras año con la esperanza de sentirme mejor con el ballet o conmigo misma. Un día entendí lo que mis maestros habían transmitido todo el tiempo: era un caso perdido.

Al unirme al grupo de adultos, tuve que enfrentarme a otra capa de dolor: las secuelas de una pésima epidural, tener demasiado busto que mantener quieto, la tristeza insoportable que aparece en cada ronde des jambes, no poder girar o hacer piruetas porque me mareo, la sensación permanente de que me voy a caer y lo solitario y simbólico que es sentirme así casi siempre.

Y, sin embargo, soy un principiante, que todos los domingos por la mañana se asombra. He encontrado bondad en demi-pliés, mambo incrustado en tendus, ejercicios de calentamiento con los boleros que mi abuela solía cantar al piano, compañeras que van en su segunda jubilación, secuencias de allegro que terminan con un aplauso y un espectáculo que es absolutamente nuevo para mí: un maestro convencido de que podemos aprender y bailar.

Cada clase termina con un port de bras. Es más que una pieza para regular nuestra respiración con pases de brazos, también es un momento de consuelo donde el ballet es para todos: los jóvenes, los cansados,, los rotos, los valientes, los recién llegados, los reincidentes. He llorado en silencio muchas veces durante esos momentos como lo haría en un espacio sagrado mientras recuerdo el dolor pasado y me siento agradecida por los tiempos mejores. Para mí, ese port de bras es una conexión a través del espejo que nos hace visibles y bellos.

Mis manos y brazos están llenos de esperanza porque finalmente superé esa experiencia traumática. El ballet me consuela e inspira más que nunca. Este es mi lugar, donde vivo y pertenezco.

Gracias, Greg».

Yo no tenía expectativas de qué podía pasar. Le dejé la carta y ya. De veras.

A la siguiente Greg, entró a la clase buscándome con la mirada, caminó hacia mí y me rodeó con un abrazote. «Gracias a ti, gracias por estar aquí, gracias por tu carta», repetía. y yo sollozaba y nos escuchábamos como la radio en AM sin antena, pero del cariño.

Esa clase fue como cualquier otra excepto que, cuando fueron los ejercicios al centro, mi maestro extendió la mano para que me sostuviera de él; pude avanzar coordinando el paso con la certeza de que por una vez, una glorosísima vez, no iba a caerme. Podría escribirle un volumen entero de cartas contándole todas las dudas que me anuló modelando ese apoyo literal y físico  que, tantas veces, es justo lo que la mente y el corazón necesitan.

Se lo escribiré bailando y estando presente. Ese género me gusta mucho.


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Escampa

Ha dejado de llover. Las ramas del olmo tienen uvas de gotas y el tono verde encendido del musgo que me fascina. Es la media mañana de un sábado que se siente como una libreta con notas aleatorias, un par de renglones apenas.

Ayer fue la firma de mi testamento. He estado conversando con mi propia mortalidad a causa de los meses de invierno y de tener más canas y de ir sopesando dónde pongo mi atención, qué batallas tengo perdidas de antemano. He decidido abandonar la esperanza de ser una hija ecuánime y una madre con las alas intactas y, en general, de ser una mujer desconectada de los temas que le atañen, que son casi todos donde hay dolor. O colores.

Cuando escampa, hay un momento donde el mundo brilla con una luz mate, jamás opaca, como suspirando matices. Es justo este instante: después de doce horas de la lluvia del viernes por la noche. Sabiendo y aceptando que cada día es uno más cerca de la muerte, ya no identifico mis problemas con tormentas ni busco en el fin del aguacero una metáfora de la calma que sigue, predecible. Sólo quiero que los momentos ocurran y pueda presenciarlos, ser testigo de que sí viví.

¡Ya se fue el momento!

Ahora viene otro. ¿Cuál será?

Yo soy la que pudo ser y no fue y quizás sea. La libreta, el olmo, la letra, el charco, los huesos, la tierra.

Para Laura A. Con un abrazo hasta la costa Mar del Plata.

 

 


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Aquí y ahora, sí.

Cerrar una escuela trae pesadumbre a una comunidad. Cerrar dos, retos de transporte y sentir. Cerrar cuatro es deshojar los diccionarios, descomponer las sumas, fustigar a las familias con los renglones de las hojas del presupuesto. Lloran los niños y niñas por su casa-aula, lloran los maestros abandonados, lloran los papás migrantes queriendo entender el proceso de re-inscripción en el idioma de la burocracia. Y lloro con ellos porque sólo tengo dos manos y sólo puedo arroparlos en español en horas de oficina.

Abrir un documento nuevo con la intención de hacerlo libro trae gozo. Abrir la puerta al desfile de significados y personajes, incertidumbre. Abrirse al compromiso de escribir de principio a fin es ponerse de frente al vendaval, perder las llaves, avanzar con mapas que cambian de norte, beber café que sabe a óxido. Decir que no es abrirle paso a la depresión y al cuchillo que apuñala amores; hay que escribir con el tiempo más preciado y nunca con el que sobra. Hay una loba simbólica que alimentar o se come a los venados que visitan. Hay dos hijas adolescentes y la crianza es más demandante hoy que en los dieciséis años previos.

Hace 12 años, 4 meses y 3 días inicié esta bitácora con la intención de aceptar el momento que estaba viviendo, o morir marchita. «Aquí y ahora» fue el título del primer post. Desde aquella madrugada, he ido siguiendo la pista de los días hasta donde me lleve el corazón. La espiral me ha traído a revisitar este lugar, sólo que no estoy dialogando frente a mi tristeza: te miro, lector, lectora, y quiero abrazarte con todas mis fuerzas. Aceptar la vida como se presenta duele, asusta, desnuda, aplasta, celebra, libera, invita, sana, se hace relato, y todo está sucediendo a la vez. Eso lo aprendimos juntos. El blog cumplió con su misión, entonces.

Gracias por leer, gracias por tus comentarios, por pasar la voz y por comprar el libro. Bien sabes que nuestra conexión no depende de un post a la semana y que estoy activa en Twitter. Cambiará el modo de encontrarnos en un texto, pero la química de coincidir está y estará intacta. Confío en ella.

Y te abrazo más.

Miranda Locadelamaceta/Michelle Remond

Belmont, California.  Con vista a un olmo. 

 

 


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Sobremesa, 3.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la tercera entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

«María tenía los ojos más negros que nadie había visto jamás, mitad estrella, mitad capulín. Heredó la mirada de José, su padre, que había venido de España y que trabajaba de contador en el único cine del pueblo. De su madre Jesusa heredó ver más allá de lo que sucedía, envuelta en humo.

María estudió hasta tercero de primaria. Sabía leer y escribir, sumar, restar y multiplicar, pero no dividir. Tocaba el violín, declamaba, participaba en obras de teatro. Era la niña bonita del pueblo.  José volvería a su país de origen para morirse allá, donde quizás tenía otra esposa y otros hijos, nadie sabe. Un día María y Jesusa se quedaron solas con ellas mismas y con las habladurías.

Jesusa, para ayudarse, vendía enchiladas en un puesto de comida en la banqueta afuera de su casa y, cuando había ferias, y también vendía velas y adornos para tumbas en Día de Muertos. Las dos cosían en una máquina Singer, moviendo el pedal con los pies, a la  luz amarilla de los focos que se encendían y apagaban con una cadenita que colgaba y hacía clic. Los focos eran muy caros.

En ese pueblo, como en muchos otros de Veracruz en la costa del Golfo de México, los extranjeros eran parte del paisaje porque había petróleo: un oro líquido que atraía capitales, campamentos y contratistas. Valentín era extranjero; se había aventurado a América y había desembarcado en Nueva York donde trabajó de obrero hasta que se enteró que la Compañía del Águila quería gente para ir a los campos petroleros, y se apuntó.

Valentín tenía los ojos tan azules que habría que inventarles nacionalidad. Parecían venir más allá de los palacios alemanes, más lejos que la nieve rusa, de algún cuento insólito donde los hombres de tez blanca y cabello rubio interrumpen la vida de los pueblos huastecos y la trastornan. Algunas miradas son simples movimientos de ojos y algunas miradas son imanes, reatas, hojas de libro por escribir, como la de María y Valentín cuando encontraron sus ojos en el kiosco del parque. ¡Ay! No era alemán sino aragonés. No sabía ni leer ni escribir, pero tampoco le hacía falta. Su vida era una gran apuesta. Cuando se casó con María, México se recuperaba de la Revolución Mexicana y de la Guerra Cristera.

La zona de Veracruz es adecuada para el cultivo del café. Nadie sabe cómo, Valentín se hizo de un terrenote de varias hectáreas en lo alto de un cerro. Se llevó a María y  a varios indios para establecer el cafetal; también trabajaban la caña de azúcar y tenían un trapiche. Valentín sería el rey blanco entre los indios. De día era el patrón pero de noche se emborrachaba junto con ellos y apostaba a la baraja. Casi siempre perdía y entonces, cuando ya iba a amanecer, era el patrón de nuevo. Los indios lo miraban con recelo.

Mientras tanto María, como todas las mujeres de su época, se llenaba de hijos. Uno y luego otro y luego otro, y cuando ya iba en cuatro —tres hombres y una niña— le preguntó a Valentín que a dónde iban a ir a la escuela esos hijos. Valentín decía que le ayudarían en el campo, igual que ella. Varias veces María se fue con una recua de mulas y dos indios para que la acompañaran y varias de esas veces, los indios quisieron pasarse de listos con ella; María siempre iba armada para mantenerlos a raya. No tenía un segundo de paz o seguridad. Y aunque era leal a Valentín y los niños corrían por el cafetal, libres, no paraban las borracheras de Valentín ni las discusiones por el dinero. María protegía las monedas, envueltas en bolsas de cuero, bajo la cama, bajo las vigas del suelo, detrás del baúl, porque todo lo que Valentín ganaba, Valentín lo perdía y de nada le servían los ojos azules ni la apariencia de hombre de mundo.

—Vengo— decía siempre ella cuando bajaba al pueblo a tener a los hijos y luego regresaba con el bebé en brazos. Pero aquella vez, cuando Valentín vio que los niños iban con ella y la mula cargada con bultos y bultos y sus ocho meses de embarazo, supo que María lo estaba dejando.

María, para ganarse la vida, empezó a vender leña y carbón de casa en casa. No faltó la comadre insidiosa que soltara su veneno. “Mira en qué terminó la reina de los festivales”. Y los ojos de María se hicieron oscuros, más oscuros, de tristeza y rabia. Pronto tuvo que ir a otros poblados y además de combustible, se llevó unos dulces. Le dijo a su hijo mayor que fuera con ella para ayudarle a cargar. María no conocía bien la zona de las rancherías y  llegó, de sopetón, a un río. Se le ocurrió que había de cruzarlo, que del otro lado habría más casas que le comprarían sus dulces y leñas, que sería un buen día de venta entre tantos de angustia. La corriente fue más fuerte que el optimismo de María y le arrancó de los brazos todo lo que tenía para vender. El agua aventó al hijo hacia un remolino y, entre gritos y brazadas, se hundían y flotaban, entre el aire que no alcanzaba y la desesperación. Quién sabe cómo llegaron a la orilla.

Volvieron disimulando que casi se mueren, que se murieron un poco. No pudieron ocultarlo: María tenía pesadillas y estaba aterrada, como ida. Tuvo que ir el santero a hacerle una cura de espanto. Se sentó con María en la esquina de la cama y le tomó la mano, con cariño, pero firme. “María, ven, María, ven”. La voz del santero se parecía al lamento que Valentín dejaba escapar en las noches, cuando se daba cuenta que lo había perdido todo. Y los dos, uno arriba y otra abajo del cerro se aguantaban la fragilidad porque eran un par de orgullosos. Así se conocieron y así se separaron.

Maria consiguió un trabajo como secretaria, escribiendo a máquina en la presidencia municipal. Luego resultó que iban a abrir un hospital y un doctor que la conocía le preguntó que qué sabía hacer bien. María, con sus ojos negros, ahora cautelosos, no dijo que tocar el violín o declamar; dijo que coser. Así fue como entró de auxiliar en las autopsias, cosiendo las orejas de los macheteados. Se mudó al hospital con tres de sus hijos y a los otros dos los dejó con Jesusa, aunque moriría al poco tiempo. Y entonces el presidente Lázaro Cárdenas expropió el petróleo.

A María le asignaron un poblado para que fuera la enfermera local, pusiera vacunas, revisara niños, atendiera partos. Con ese dinero y el del nuevo sindicato de trabajadores de Pemex, pudo ir mandando a sus hijos a la capital a que estudiaran, primero la secundaria y luego la preparatoria y hasta la universidad; todos sus hijos menos el mayor, que le gustaban las muchachas y la vida del rancho. Valentín se cansó de intentar acercarse a María pidiendo ver a sus hijos, discutiendo. Vendió sus recuerdos y sus sueños y se fue de brasero a Texas, se estableció en California.

María nunca se perdonó a sí misma y fumaba para no mirar hacia dentro.  Hablaba mal de Valentín igual que él hablaba mal de ella, porque buscar culpables era la costumbre en las casas, tanto como tundir a los hijos a cinturonazos o usar una estufa de queroseno. Valentín tampoco se perdonó haber perdido a su familia y quedarse pobre; conoció a otra mujer y tuvo una hijita; se le quitaron las ganas de apostar.

Un día María tosió sangre. El hijo que estaba estudiando medicina le dijo que viajara a la capital para que la revisara uno de sus maestros. Se hospedó en un cuarto que estaba en un conjunto de departamentos, o vecindad, como le dicen, en la calle de Argentina. Le diagnosticaron cáncer en el pulmón. Tenía que subir unas escaleras para llegar al cuarto. Tosía en cada escalón hasta quedarse sin fuerzas.

De último minuto, María y los demás hijos que estudiaban en la Ciudad de México se cambiaron a otro departamento porque se les acabó el dinero de la renta comprando medicinas. La tos no conocía hora. Sólo dejó de toser un rato, bendito rato entre días y noches, cuando fue a verla otro santero.  No me quiero morir, decía, quiero conocer a mis nietos. Y sus hijos lloraban con ella, volvían la tos y la soledad, aunque estaban juntos. Nadie rezaba porque no sabían cómo o de qué pudiera servirles.

María murió el 17 de marzo de 1949, una mañana. Tenía 44 años. Consiguieron un lote en el panteón civil y la enterraron sin loza porque no les alcanzó el dinero, hasta que los compañeros de las escuelas hicieron una cooperación y, varios días después, pudieron pagarle al albañil. Valentín estuvo en el entierro y quiso acercarse a abrazar a sus hijos. La hija mayor dijo que no. “Si no vio por ella en vida, menos va a ver por ella muerta”.

El hijo que se quedó en el rancho cobró el dinero de la pensión y se lo gastó poniendo un negocio de venta de coches. Los hermanos en la capital se quedaron sin un peso. Algunos fueron limpiar fincas y cosechar vegetales en todas las vacaciones que pudieron. Las hijas sacaron un carnet en el comedor de indigentes y estuvieron viviendo con familiares y conocidos hasta que terminaron de estudiar. Los cinco hermanos superaron esa época terrible, que habrá durado uno o dos años, aunque ellos cuentan que fue una eternidad.  Valentín también murió de cáncer en el pulmón, unos veinte años después».

Valentín y María son mis bisabuelos.

Mi tía abuela me llevó a conocer la vecindad en la calle de Argentina y vi las escaleras. Habrán sido unos sesenta o setenta escalones de metal, en cada piso había un barandal de herrería y macetas de colores hechas de pedacería de vajillas y mosaicos. Caminamos otro poco, adentrándonos hacia Tepito. El comedor de indigentes es ahora un templete para contener a los vendedores ambulantes, todavía tiene las instalaciones de gas de la cocina. Nos seguimos hasta la calle de Herreros y entramos al número 19, caminamos por el pasillo lúgubre, dimos la vuelta en la pileta y subimos hasta llegar al departamento donde murió María. Una señora nos preguntó qué hacíamos ahí y cuando le explicamos nos dejó pasar. Los pisos eran amarillos con grecas y sufrimiento. Volvimos a la casa en la línea 1, del Zócalo a Nativitas. Calladas, casi herméticas. Chípiles, zozobradas.

Es la primera vez que me atrevo a poner esta historia por escrito.

 


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De súbito

Para el Ingeniero, por supuesto.

Los lunes lloro.

Añoro tu reloj en la mano derecha, tus zapatos azules, tu barbilla,

el lugar donde tu mente se encuentra con la mía, deleite.

La lista secreta de escenarios del ojalá,

el pase de abordar esperanzas antiguas recién nacidas.

Lágrimas de sueños despertando.

las calles vacías y anónimas.

Nos extraño.

Los martes me ocupa el trabajo.

Soy toda concentración y enfoque,

proyectos por entregar, saturación.

Casi olvido que nos conocimos,

reniego de la poesía, la encuentro inútil,

no suelo llevar tu fotografía a mi beso.

Me siento a gusto,

aunque el piso esté frío y la ventana cierre a medias.

Los miércoles me enfurecen las pistas de frenado,

odio guardar compostura,  las barras de seguridad.

Quiero verte, ahora porque ahora. Impostergable.

Tirar por el precipicio a la cautela,

trastornar todas las rutinas. Urges.

Esto es una tortura.

¿Por qué estás tan sereno?

Tengo sangre en las manos. Tuve que matar al tiempo.

Los jueves tomo un decisión a propósito

y me obligo a dejar de pensarte.

Invoco a mi resiliencia,

por si te vas y nunca regresas;

paso lista de mi luto y de mis rezos,

por debo mandarte al olvido algún día.

Hago acopio de mi fuerza,

sólo hallo mi corazón, ternura, y tu nombre.

Los viernes llevo lencería negra

por si me topo contigo mientras vivo,

tu carisma, mi coqueteo, la cima reiterada,

la risa que lubrica,

porque hélice, porque abrazo.

Soy un mar de placer profundo que contempla el cielo.

Igual que tú.

Y ambos lo sabemos.

Los sábados/domingos estamos/somos

el amor nos conduce, libres,

y es tan fácil como un milagro;

dejamos que hable nuestra presencia

de las horas contadas esperando a vernos,

el graciasgracias de habernos encontrado,

de ir avanzando hacia la segunda mitad de la vida,

atareados pero compatibles,

diluyendo el pacto con la soledad.

Luego es lunes, de nuevo.

Y aunque cambia el orden de los días,

quedan los giros y la emoción:

algo siempre comienza, algo siempre termina,

nos vamos sucediendo de súbito.

Dijiste que te gustaban las montañas rusas.

A mí también me gustan.


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Abrazo de otoño

Caen las hojas.

¡Mira! El dedo apunta hacia abajo,

a los peciolos como antenas

pegando el oído de savia a suelo

para oír a las hormigas, a los hongos,

las pisadas, el runrún del tren.

¡Mira! El dedo apunta hacia arriba,

a los plazos entre las raíces y el cielo,

a las ramas como listones

haciendo el baile de las lenticelas

para aflojar los nudos, los nidos,

la ternura, el racrac del tronco.

¡Mira!

Hojas que caen, la alfombra

donde aprendemos que nada es para siempre.

¡Mira!

Caen, y nosotros a la mitad de este susto

¿y si no vuelve la primavera?

¿y la oscuridad es cada día más oscura?

Hojas que abandonan

–crujen con las pisadas, y las perdonamos —

A veces somos ellas, caducifolias,

cumpliendo nuestra palabra verde

hilvanada a los ciclos;

a veces somos el árbol desnudo,

preparándose para el invierno,

duelo anticipado;

y, a veces, sólo somos lectores

en medio de un paréntesis,

testigos de hojas caídas

y del relato de las flores y los frutos

que les siguieron,

los que pueden venir,

los que vendrán;

lectores pidiendo un abrazo al otoño,

a ver si así logramos ser

un poco más versados en el arte de soltar.

 


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Cuarenta y dos

Teñir el castaño con anaranjado por haber descubierto a Botticelli < dejar que las canas colonicen la coronilla.

Iniciar el primer programa feminista de aquella universidad < llorar de tristeza por los buenos hombres y las buenas mujeres cuando no logran entenderse.

Quemar manuscritos de novelas de dos capítulos porque dolían < levantarse antes de amanecer, todos los días, a escribir un libro por gusto y perseverancia.

Protestar contra el pudor, el catecismo, la carne roja y las tarjetas de crédito < reír con la sombra de la vergüenza frente un saldo en ceros comiendo una pizza y rezando a la Santa Transgresión.

Aspirar a un futuro cargado de expectativas < saber dejar ir a quien abandona, y dónde dar la vuelta en U antes de caer al barranco, y cómo dormir siestas de 7 minutos.

Atesorar la libertad de hacer y desdeñar la estructura < crear una rutina que nutra la armonía entre pensar y sentir.

Recitar itinerarios ideales de viaje por el mundo y teorías de crianza espectacular de los hijos que aún ni nacían < descansar en los alcances de las fronteras del sueldo, construir la interioridad, estar aquí y ahora y que ése sea el viaje en familia.

Equiparar drama con pasión < apasionarse desde un faro, amar las relaciones sanas.

Discutir a controlazos con la ansiedad y la pérdida < suspirar con el cambio, morir con lo que no fue, inspirarse con historias extraordinarias de sobrevivientes, ser fuerza serena.

Creer que los cuarenta era la vejez < ser más joven cada otoño.

Para la muchacha que hace veintiún años cumplió veintiún años.


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Sobremesa, 2.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la segunda entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

IMITANDO A TARZÁN

“Una tarde, vagando, me metí al terreno de una obra de construcción. Ya no estaban los trabajadores. Anduve viendo qué había y encontré una soga colgada de un árbol; yo sería Tarzán.  Me balanceé en ella dos que tres veces y en la última, al soltarme, caí sobre una tabla de cimbra, la tabla tenía un clavo oxidado, el clavo me atravesó la planta del pie. Saqué el clavo rapidísimo, me dolió mucho. Regresé a mi casa, oscurecía. No dije nada.

Amanecí con el pie hinchado y me seguía doliendo. Entonces se me ocurrió preguntar a la gente, como duda casual, qué se hacía en esos casos. Alguien me dijo un remedio y lo hice a escondidas: compré una vela de sebo, la prendí y, cuando empezó a escurrir el líquido, acerqué la vela al pie y el sebo hirviendo fue goteando sobre la herida. El dolor fue terrible, entre la infección y la quemada. Me contuve de gritar con todas mis fuerzas porque si no me descubrirían. Y aunque el dolor era insoportable, repetí el remedio en los dos lados del pie e, inclusive, que dejé que penetrara un poco en la perforación que dejó el clavo.

Durante algunos días caminé con tremenda dificultad. Cuando me preguntaron qué me pasaba, les dije que me apretaba el zapato. El remedio funcionó y la herida sanó, quedé como si nada.

A los siete años no fui Tarzán pero derroté al tétanos”.


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Cuarenta veintisiete de septiembres

Naciste enfermo, sufrías, sufriste, pasaste más tiempo en el hospital que en la casa, moriste. Contigo bajo la tierra está el silencio hermético de nuestra mamá, que no volverá a tocar el tema; sobre la tumba, las flores que llevará nuestro papá para irte a ver en donde se despidió de ti, y desafiar al olvido. Cuando veo tu foto me quedan pocas palabras nítidas: bebé de tres meses en su ataúd, coartación de aorta, colchitas tejidas con estambre azul, Panteón Civil, 1978.

Tomo fuerza de la nena de año y medio que fui, la que absorbió el luto de su entorno porque, en su desarrollo, apenas iba a aprender a saberse distinta y decir «no»; la que se quedó huérfana de hermano inmediato y de papás como los conocía. Cuando pude nombrar quise poner todas las palabras junto al corazón: el mío, el tuyo, el que está en los objetos diarios y en las acciones más simples y en las más arriesgadas. Y las palabras nombran lo que duele y lo que alegra y lo que está en medio, como una neblina. De eso se tratan mi profesión y mi búsqueda personal. Tu muerte me marcó el camino. Hay regalos que sólo pueden ser abiertos al cerrar las lápidas.

Hace cuarenta veintisiete de septiembres de tu muerte. Hoy te recuerdo en especial y te digo descansa en paz, Mark. No viviste en vano; más que morir, te diste. Un día de la eternidad, crecidos, nos tomaremos una cerveza en el cielo. Quiero contarte de tu legado.


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La fecha es lo de menos

Haz memoria.

Adoraste la telita crujiente que envuelve los ajos,

llamó a misa de reciclaje la campana del camión de la basura,

hiciste esculturas de pelusa para las noches de equinoccio

tu radar detectó, primero que nadie, el dron de un sarcasmo;

viajaste en taza estampada y mordida de pan con mantequilla y azúcar,

completaste rompecabezas tuertos abandonados,

contaste grandes secretos frente a la fruta de temporada,

imitaste a las balatas, a las persianas, a las cámaras,

llevaste panfletos de sindicato a los grillos,

cancelaste tu suscripción a las revistas de adoquines,

llovió y sólo llovió,

desempleaste a tu duplicado fingidor de voz en los orgasmos,

dejaron de apostarte en el hipódromo de la furia,

estrenaste cerraduras telepáticas en tu casa de dormir en paz,

no te arrastró aquel río, la melancolía.

¿Cuándo supiste que habías sobrevivido?

La fecha es lo de menos.

 

 


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Sobremesa, 1.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la primera entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

“Porfirio tenía doble labio leporino, paladar hendido, quince años y por toda pertenencia, una bolsa de plástico que cuidaba con celo. Lo conocí en Tamaulipas, en 1975. Yo participaba como voluntaria en un proyecto donde médicos y enfermeras de Estados Unidos y México atendían, sin costo, a niños con malformaciones como esas.  

Porfirio no pronunciaba bien las palabras. Nunca supe de dónde venía o si tenía familia, aunque él me lo explicaba muy claramente, una y otra vez.  Lo que sí recuerdo eran sus ojos vivarachos, con los que expresaba más de lo que podía decir con su boca deforme, rasgada por la mitad. Aunque su rostro no era agradable a la vista y apenas nos entendíamos, nos tomamos cariño.

Él mostraba una ansiedad notoria por entrar a cirugía. Era tal su deseo de operarse que ejecutaba las instrucciones, obedecía las órdenes de los doctores y de buena voluntad cooperaba en las revisiones, quieto.  Al fin, llegó su turno. Yo estuve pendiente de su entrada y salida del quirófano. En esa operación, sólo le repararon el lado derecho del labio. Con eso fue suficiente para que el semblante le cambiara y Porfirio se viera distinto. No supe cuándo o en qué condiciones volvió a su casa. Acabó esa fase del voluntariado, la siguiente sería en seis meses.  Regresamos a la vida cotidiana.

Medio año después, me ofrecí de nuevo como voluntaria. Me topé con Porfirio cuando una secretaria del hospital revisaba su expediente. Lo reconocí: un poco mejor vestido y con su inseparable bolsa de plástico. La operación del labio derecho no se le notaba, de lo bien hecha que estaba. Porfirio discutía con la secretaria en su español absurdo. Ella le explicaba que todas las operaciones estaban programadas y no había cupo para uno más. El  muchacho no se quería ir, insistía en que le repararan el lado izquierdo, que le faltaba. Me acerqué para intervenir y él vio en mí a su salvadora.

—Porfirio— le dije-—ahora no te pueden operar, será hasta la última etapa, los pacientes ya está internados. ¿Por qué llegaste tan tarde? Mejor ven el 10 de enero a registrarte para que te operen en julio del año que entra y tengas preferencia.

Porfirio no se daba por vencido y me indicaba con sus dedos lo fácil que era la cirugía: sólo tendrían que juntar la parte abierta del labio izquierdo, y coserla. Me lo repetía subrayando los gestos y de tanto repetir y con tanta vehemencia, empezó a llorar. No dejó de mostrarme cómo le tenían que cerrar la boca, no en julio, ahora, ya. Me enterneció verlo tan decidido y aferrado a que yo le ayudara, como si fuera su única esperanza.

—Déjame ver qué puede hacerse— le dije. Un joven así, con tantas ganas de curarse, solo y sin familia, merecía una excepción en los trámites. Fui con el director del proyecto y estuvo de acuerdo en añadirlo a la lista.

Porfirio fue intervenido al último en el día de la segunda operación. Cuando salió del quirófano, traía unos parches en la boca para proteger las suturas.  Yo lo cuidaba en su cama y él me preguntaba cuándo le quitarían las gasas. A la mañana siguiente, el doctor le retiró la curación y la tela adhesiva. Yo estaba presente y Porfirio cooperaba sentado en la cama sin quejarse. Una vez que los médicos se fueron, me pidió su bolsa de plástico y sacó de ella un espejo. Lo recorrió lentamente por su cara para ver cómo había quedado. No daba crédito de su transformación. Todavía inflamado y con los rastros de la operación, agitaba la mano derecha en señal de victoria.

Porfirio, el guapo. ¿Se acordará de mí como yo me acuerdo de él?”