Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Letras para Tiempos de Encierro 2

Cuéntanos*

De cómo es tu sazón (tus secretos en la cocina)

Provengo de mujeres que cocinan como si las recetas del mundo se hubieran creado para ellas, es una herencia exquisita y redonda de cachetes (míos). También deja la vara de medir muy, muy arriba. Digamos que, en comparación con ellas, mi sazón alcanza un decoroso:

—Te quedó bastante bueno. ¿Cómo le hiciste?

— Gracias. No sé.

Y luego tengo esa maña de tener que nombrar el momento. Es un impulso, y está presente en todas mis cocinas. ¿Verdad que es muy agradable que estemos aquí reunidos? ¡Qué bueno es conseguir ingredientes mexicanos! Nos estamos conectando con los antepasados; mira, prueba estos frijolitos. Esta sopa me quedó aguadísima pero voy aprendiendo de mis errores, ¿gustas? A lo mejor confundo el silencio de mis comensales con el alivio de que ya me callé. ¿A poco no es emocionante que haya espacio para mostrar cómo somos?

Mantequilla, sal y pimienta. Laurel. Comino, si amerita. Y un manto de salsa verde: no falla.


Los libros que siempre has querido leer/tener pero por equis razones no has podido

Siempre he querido leer Los Miserables. La figura del Inspector Javert me apasiona, me gusta la metáfora del dilema entre ver a un ex-convicto como alguien que puede reivindicarse y considerar que no, que fue y será un criminal.  Creo que, a veces, tenemos a un Javert en la cabeza: el que establece, categóricamente, que debemos ser perseguidos por los errores cometidos, que somos una farsa.

Me encantan las novelas de detectives y, si pudiera, leería toda la colección de Agatha Christie otra vez. Pero debe ser la de Editorial Molino, la de las portadas explícitas y macabras.

Tengo un tema con los detectives, con su capacidad de ver más allá de las apariencias. Deja tú los libros: me encantaría poder leer a la gente así.

Libros de microrrelatos en español. Son dificilísimos de conseguir acá, y caros en línea. De esos quiero leer todos los que pueda mientras viva.


De los protocolos de etiqueta que has roto y cómo contribuyeron para darte más libertad

Me he separado dos veces de la misma persona. Toda la faramalla de comprometerse, casarse, mandarse a la chingada, que siempre no, ah qué bonito, bien por ustedes, hacer el anuncio público, promesas y votos, mandarse a la mamá de la chingada, que siempre sí pero de todos modos nos queremos y tenemos una familia, etc. He roto cualquier protocolo en materia de separaciones. No debería haber tal, los duelos y los límites caben mal en las normas.

Mientras más años cumplo, más me interesan los vínculos no convencionales. Usar botas con vestido, desafiar los maridajes. Le huyo a la plática trivial entre gente que no se soporta. Sólo saludo de beso y abrazo a quien quiero, de corazón. (No aplica en caso de coronavirus. #DistanciaSocial #ALavarseLasManos).

Aunque parezca todo lo contrario tiendo a ser introvertida. Cualquier evento donde haya que demostrar estatus, logro, poder adquisitivo, marcas, cantidad de followers, territorialidad, mapamundi recorrido, todo el espectro del quién la tiene más grande, afirmaciones de haberle entendido a las reglas no escritas de la vida, y, en general, el uso de imperativos me da una hueva infinita. Y me voy rápido. No sé si sea más libre, pero sí más honesta.

 

*A petición de Gabriel Mondragón. ¡Saludos, Gabo!

 


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Letras para Tiempos de Encierro 1

O de Cómo Hice la Pregunta y Ustedes Sugirieron los Temas y Aquí Voy.

Cuéntanos, «A las casas les gusta que sus habitantes…»*

a) Mantengan la calma

Vista de cerca —y, por fortuna, no hay restricciones sanitarias— la calma es una herramienta que da calidad de vida. Pase lo que pase, estar en calma es como auto- enviarse la cuadrilla de ayuda. Ser raya fina de horizonte en aguas turbulentas.

Hasta dónde he aprendido, pero no me crean demasiado, la calma y las redes sociales y noticieros son incompatibles. La calma y la incertidumbre, sí. Siempre que hay una situación que me da ansiedad, paso lista y reviso si lo importante (ahí, juntito a lo sagrado de los altares personales y a los salvavidas de la adultez) está presente. Si está, calma.  Si no está, calma y un plan.

b) Miren el “Y”

Los planes dan sensación de control, de no estar a la intemperie. De ese modo la casa se renueva como casa. El reto es que el plan sea ordenado y dé estructura; por ejemplo, al estar encerrados: cambiarse la pijama, establecer metas para el día en cada ámbito personal (de ejercicio, de acomodar papeles pendientes, de algo creativo, de ver/escuchar, de adelantar) y, a la vez, deje espacio para que la vida ocurra.

Este encierro, igual que todos los cambios súbitos, trae una pérdida. Cada quién sabe cuál es. A veces, la casa es más casa y duele menos, inquieta menos, cuando nos abrimos al “Y” en vez del y/o: podemos haber perdido algo o alguien y estar un poco bien. Puede haber una pandemia allá afuera que no alcancemos a vislumbrar los efectos del colapso que tenga un propósito. Que no estemos aquí, encerrados en el encierro, estúpidamente.

c) Se sepan humanos

Y, por lo tanto, cortos de miras. Aún con la merma virulenta, hay 7.8 billones de versiones de hoy, de lo que está pasando. El hacinamiento, el tedio, la sensación de estar invadidos por familiares o desprotegidos por el gobierno, la preocupación de niños y niñas son experiencias reales. El encierro a salvo de otros es la catástrofe en el ingreso de unos; no perdamos de vista el sufrimiento que causa la desigualdad. ¿Cómo podemos imponer nuestra visión o perspectiva?

Éstos tiempos son un catálogo de reacciones. Un salón de clases de la naturaleza humana. Es una época interesantísima para quien quiera observar, esperando. Porque al final, creo, hemos construido el mundo con base en nuestra relación con el tiempo, huyendo del suplicio de esperar. Sí, ajá. Aquí vamos de nuevo. A esperar como en las guerras, los partos, los encuentros entre amantes, el primer diente, los estertores, la sopa que tira el hervor, el wifi reiniciándose, el cheque depositado. Esperar, sin «des». ¡Ay!

Pues bueno. Quedan muchos días juntos. Vamos a estar conversando alrededor del fuego, ¿verdad? Dejen sus comentarios. Hoy, esta conexión, es alimento.  Mantengamos este anaquel llenito.

 

*Esta es una frase que uso mucho en Twitter y que se ha vuelto rúbrica mía. Pero no es nada categórico. Una sospecha doméstica, nomás.


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Esta historia Me La Contó un Ex-Novio

Sale corriendo. Levanta el polvo. Los zapatos limpios, que pareces de la calle. Sale corriendo y corre hasta la puerta con mosquitero. Entra. 

—¡Eres Tú! ¿Ya desayunaste?

Lo recibe el abrazo de una señora con delantal amarrado a la cintura. El aire es del huevo frito con manteca, la tortilla palmeada, el atolito de avena,  las mandarinas en el frutero, el reloj suspendido de un clavo, la radio de transistores.

Toma asiento. El mantel se descuadra pero nadie bufa. Toma asiento en la mesa de la cocina y es su lugar, junto al señor sonríe al verlo.

¿Y la novia?

Se encoge de hombros para decir que no. Las jovencitas sólo traen problemas.

La señora les acerca dos platos llenos de comida, y los frijoles y la salsa. Estaba muy bueno, le dicen con el plato vacío, casi limpio.  Nadie quiere tu bien como tu familia. Mientras suena el agua de la tarja, la fibra de henequén de enjabonar los trastes y de exprimir la espuma, enjabonar, enjuagar, el señor toma el periódico del día; una sección para él, otra para el niño. Pasan tres o cuatro páginas, intercambian la sección. Termina el periódico. Tiene que irse (y se irá del pueblo, en unos años) 

—¡Adiós!

Corre porque se hace tarde. ¿Dónde andabas? Vago. Bueno para nada. El polvo pesa como el segundo desayuno.

En esa cocina, durante media hora a la semana, Eres Tú olvida que es un mal hijo, y la señora y el señor que son infértiles. Las cortinas están atadas por un listón que cambia con las temporadas. Cuando el niño se despide, las flores de la ventana son un poco más amarillas.  Olvidan, y la radio y las consignas siguen sonando, pero no interesan. 


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Flora

Alguna vez mi cuerpo fue una flecha, un martillo, un lienzo, un altar de los asombros, casa de dos hijas producto del amor. Alguna otra vez mi cuerpo también fue mi enemigo con un desorden alimenticio y me aplicó la ley del hielo, me dejó a solas conmigo misma  y paralizada en vez de llevarme, corriendo, a un techo a salvo de la tormenta. Mi cuerpo, a veces, llora si no estoy ocupada en algo. Hay quien dice que soy notoriamente diligente. No son lágrimas de dolor sino de ya pasó.

El otro modo de estar sin que salga agua de sal por los ojos es entre árboles, flores y plantas. Mis manos pueden estar quietas, confiadas, sin tener que llenar el momento con tareas. Cuando flora, río. Quizás menos que antes, con mi risa boba, pero por motivos más genuinos. Cuando flora, danzo. Y qué cómplices son el verbo bailar y los orgasmos seguiditos. Cuando flora, alimento. Doy las gracias por el trabajo nutritivo que permite traer comida a la mesa y brindarme.

Cuando flora, yo en ella, amando a mi cuerpo que busca la fotosíntesis, las estaciones, las raíces, los frutos, el rocío, que son mejores explicaciones para enfrentar los cambios y la adultez, y adentrarme en el proceso creativo. Amando, amando al cuerpo que ha creído que soy frágil y un día me romperé. Y ese día es casi siempre y casi nunca.

Lienzo, martillo, altar de los asombros, flecha. Y, cada cinco años, horno de letras impresas. ¡Viene otro libro en camino!

 


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Maceta de mosaicos

La escarcha cubre la mañana, el pasto, los techos y los parabrisas. Las hojas que siguen cayendo no crujen porque llueve y, a veces, no deja de llover. Tendrías que ver a las camelias, son unas locas. Ponen el rojo donde está el lodo, muestran lo rosa carnoso entre pliegues todavía más rosas entre los árboles que son un ramerío o una batalla contra el viento, aparecen cincuenta en un arbusto en plena cuesta de enero. Son como el barroco en tiempos minimalistas y de tensión de guerra. Amo su locura.

***

Que cada amiga haga lo que quiera de su vida. Que ame la persona equivocada, que viaje y olvide pagar la luz, que se tatúe y se arrepienta, que se separe de un buen tipo, que vuelva con un idiota, que haga sopa de dominó de prioridades, que exagere, que sea adicta a negar que es adicta. Todo cabe, lo vamos resolviendo juntas. Pero no puede morirse.

En serio: no puede morir, dice el yo de 17 años, el de la edad que siempre teníamos cuando estábamos juntas. Porque si muere, ¿quién la consolará cuando se sienta sola en la eternidad?, ¿con quién lloraremos el duelo de perderla si no es con ella?

Sí puede, dice el yo adulto.

Y ese diálogo es verdadero. Y miserable.

**

El día que cumplí una década de haber emigrado a California comí una hamburguesa con papas y un root beer sin popote. Fui con Victoria Luminosa al cine; en nueve meses se irá a la universidad al otro lado de este país, y pasamos juntas todo el tiempo que podemos; hablamos de su derecho a irse, y de recetas y de m’hijita, júrame que usarás abrigo cuando empiece el frío.  Abracé a Mini Dancing Queen adolescente con su campo minado de emociones, y la abracé más y la hice reír tantito; todavía podemos coincidir en momentos con y sin palabras, todavía nos necesitamos. Le conté a Mario acerca de mi curso de capacitación de Modelos de Cuidado con Información de Trauma; nos llevamos mejor y nos queremos más ahora que somos familia, amigos y equipo-compañeros de crianza de hijas, que en todo nuestro matrimonio.

Hace un libro le escribí una carta a la mujer de aquella noche de llegar a San Francisco. En este aniversario le regalo la imagen una maceta de mosaicos como la que tengo en mi balcón: los trozos de todas mis pérdidas —que, en realidad, no son más que la vida siendo vida y el cambio siendo ley— forman un contenedor mucho más interesante y hondo (y colorido) que cualquier anhelo intacto.  Y ese lugar me fascina, hoy lo sé, para quedarme a vivir.


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Sur 37 A

Es inicios de diciembre porque pienso en una calle.

La recorríamos varias personas, como quince. Era una calle de dos cuadras y media. Pasábamos junto a la casa donde había un muchacho que estudiaba música; practicaba sus lecciones de trompeta y de piano, no importaba la hora. Y junto al edificio donde vivía un brujo en la planta baja y una vez que fueron de la delegación a renivelar la banqueta, salió el hombre con una cadena bastante larga y les dijo a los albañiles que le echaran mezcla sin taparla del todo, como delineando el edificio; esto es brujería, dijeron los vecinos. Nadie se metió con él.

Y a un lado de la cochera con macetas de barro, en el suelo y en la pared, que fue blanca pero ahora era color «por aquí pasan coches que aceleran y mientan madres por el tope de más adelante»; los canarios le cantaban a las plantas de sombra y a algún otro geranio terco. Y por donde había casa con una pared de ladrillos, que era parada obligatoria del camión de la basura y donde nunca, nunca, hubo rayoneos de grafitti a pesar de que el ladrillo estaba tan bien puesto que se veía como un lienzo irresistible.  Nunca, ese milagro.

Y hacíamos escala en la casa de la mujer que vivió hasta los 101 años y usaba pantalones desde 1918. Y nos aliviaba pasar por la casa de las rejas y saber que ya no estaba el perrote que aterrorizaba a los transeúntes; el refrán es impreciso: ladraba y mordía, que sí. Parecía lobo.

Los mapas virtuales indican que la calle sigue donde la dejamos. Es más: basta teclear su nombre para poderla recorrer de nuevo. Pero no pienso en la calle de ahora sino en la de entonces,  la que unía la casa de mi bisabuela y la de mis abuelos con la mía, donde crecí. Diciembre, y en particular el 25, pero también alrededor de las posadas y el fin de año, se trataba de hacer ese trayecto. Los tíos reían pero no cuando venía un coche, mi abuela abrazaba caminando, mi mamá hacía la observación de que el ambiente olía a llanta quemada, yo iba encima de los hombros de mi papá hasta que tuve que ir a pie.

Es inicios de diciembre y estoy en esa calle, siendo niña, como si hubiera sabido que tenía que fijarme muy bien. Ventilo el recuerdo para impedir que le brote una pátina, para mantenerlo vivo aunque el cambio haya desmembrado a la familia y la delincuencia esté al asecho.

Sé amable, nostalgia.

 


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Cuando oscurece

Tan pronto como empieza a oscurecer a las 5 de la tarde, mi cuerpo de la memoria me pide que haga algo para evitar que La Gran y Espantosa Depresión del 2014 ocurra otra vez. Por más que mi terapeuta y yo tratamos de explicarle que han cambiado las condiciones de esos noviembre y diciembre,  mi cuerpo me dice que no vaya a ser la de malas, ¿o se te olvidó cómo temblabas y el guiñapo que eras?

Es muy reconfortante saber que los fabricantes han poblado los anaqueles con productos que prometen hacer más llevaderos los detonadores del miedo al abandono. Mi experiencia como consumidora ha sido la siguiente:

  • Lámpara de luz blanca. Con brillo de 10,000 LUX, combate la fatiga, regula el patrón de sueño y quita las ganas de hibernar, reduce el humor melancólico, afina la concentración. Compré una,  la desempaqué, la puse en mi comedor, me paré por un café, me tropecé con el cable, se cayó la lámpara, se hizo añicos.
  • Bolsa de agua caliente. Obra de un inventor croata y patentada en 1903, hecha de hule y con tapón hermético enroscable. El calor que emite por horas es tan similar al de dormir de cucharita y el cerebro se la cree. Es un remedio antiguo y muy bello pero se aguó porque la tapa no resiste los años. Tuve que cambiar de colchón.
  •  Aromaterapia. La combinación de lavanda, naranjo, bergamota, geranio, hipérico y salvia me funcionó de maravilla. Me encomendé a ella, bien ungida detrás de las orejas, en el cuello, en la nuca, en el Tercer Ojo y hasta eché un algodón a mi bolsa, para que no me faltara la provisión hasta que en mi oficina apareció un letrero de «Favor de Mantener Esta Oficina Libre de Fragancias, Por el Bien de Todos (Olivia, de Contabilidad, es alérgica)».
  • Chocolate. Tal como descubrí en la secundaria, comerlo convierte mi cara en un espectáculo de fuegos pirotécnicos de acné al son de la Obertura 1810. Hoy sé que dicha sensibilidad sigue vigente al estilo gira de orquesta sinfónica.
  • Manta con Peso. Esa la estrené anoche. Es un cobertor a dos vistas que tiene arena entre las costuras. Está diseñada para la contención. Pesa 7 kilos. No puedo moverla sin pujar y hoy que amanecí me duelen el brazo y la cadera como si hubiera reptado para escapar de alguna mêlée de significados. Le auguro medio día más conmigo.

Espantosa, no se me olvida. Porque me agarró desprevenida, igual que el año cuando se va extinguiendo, o cuando la oscuridad asusta y es más oscura, o cuando el aspecto animal del amor se niega a aceptar traiciones. Te escucho, cuerpo. Antes, no podía o quería. Hoy es diferente.

Y, es curioso, escuchar a mi cuerpo —su pavor a que aquella herida se repita, su alerta a las relaciones donde no hay equilibrio, su trabajo por conservar el calor, su pregunta honda, hondísima acerca de la soledad— me trae a este momento. A éste, presente, y no al pasado ni al futuro. Comprar es inútil.  ¿Me abandonaron y sobreviví?, ¿y aún puedo reír? Mira cuerpo, lo que hoy sé:  aquello fue El Gran Regalo del 2014: yo soy la luz y la calidez que busco.