Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Elecciones

Seré breve:

Hay elecciones que ocurren, por ejemplo, cada 6 años, y hay elecciones que suceden todos los días.

Las variables que rodean el resultado de las votaciones en un país están hechas nudo dentro de otros nudos dentro de condicionantes que se mueven en una maquinaria de causa y efecto mezclada con más sistemas e inicios y consecuencias, ciclos, engranes, mucho tiempo que fermenta y expone.

Las elecciones de todos los días son las que determinan, verdaderamente, el curso de nuestra historia.  Se puede asumir lo peor, resistir la verdad, darse por derrotado, enfocarse en los problemas, hundirse en la duda, comparar, aburrirse, tomarlo todo personal, esperar a que cambie la suerte, o vivir en el presente, ver las posibilidades por encima de las limitaciones, aceptar retrocesos y obstáculos, hacerse responsable de los actos propios, perseverar, hallar el interés y la amenidad en los retos, trabajar con empeño.

Ningún post en Facebook —ni en Twitter, que me cae tan bien— puede darnos perspectiva o profundidad para comprender procesos sociales, políticos o económicos. Lo que sí hace es revelar qué hacemos frente a la amargura. (¿La dejamos pasar?, ¿la nutrimos?, ¿la combatimos?) y desde dónde (¿El menosprecio?, ¿la aspereza?, ¿la burla?,¿la intolerancia?, ¿los discursos heredados?, ¿la empatía, ¿la esperanza?). Si la amargura es el superlativo del odio, habría que repensar quién es el enemigo.

Y conversar más con los relojeros.

 


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Encantos

La hoja de suavizante para secadora que huele a 20 metros de distancia.

El gorjeo del aceite al freír las milanesas empanizadas.

El alarido de los alumnos de secundaria cuando vieron entrar a su director con el tema de Darth Vader.

La ∑ en Excel para quienes se nos dificultan las sumas de llevar.

El vaso de café cuando sí le dejan suficiente espacio para ponerle leche o crema.

Las bolsas resellables con cierre que se desliza, color magenta.

Subir escaleras sin agitarse, así como si cualquier cosa.

La persona que vive en otro país y te está ayudando a buscar la tumba de tu tatarabuela.

Los diez minutos de contemplar, como idiota feliz, la respuesta del correo electrónico porque te contestó un escritor que admiras.

El atole, cuando el frío cala los huesos.

El espectro de adjetivos que produce el rocanrol en marimba.

La licencia vitalicia de ponerle papas fritas (o similares) a los sándwiches.

Los bolígrafos de 0.7mm, disponibles en seis colores.

El milagro multiplicador de que el dinero rinda usando el sistema de sobres.

El tic de los focos con falso contacto.

La ventana de ver el aplomo de los venados cuando pacen.

La torpeza de manos cuando dos personas se reconcilian. O se gustan. O se detonan crisis.

Hay días —y hasta épocas— que llevan el sentido en los detalles. Eso piden: tiempo, atención, presencia, ser enunciados. Nunca puedo abarcarlos del todo y qué a gusto . Me renuevan el asombro, me destierran las seriedad y la adultez.  Los encuentro encantadores.

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Desde la pista de baile

El siguiente post puede contener referencias tremendamente locales para los lectores de México. Lectores internacionales: con tantito ocio y algunas inferencias, el texto puede adaptarse a su país y ampliar las fronteras.  Gracias, en todos los casos, por leer. 

No hay nada peor que llegar tarde a una fiesta. Y no me refiero a la impuntualidad. Tarde como quien asociaba abrir pista con los acordes invariables de «New York, New York» y, de pronto, es arrollado por una multitud que sale de todas partes del salón de eventos, doctísima en qué corear o hacia dónde moverse si suena Payaso de Rodeo o Gangnam Style o YMCA o la Macarena. Muy tarde, como quien supo de Timbiriche hasta pasados los treinta. Majaderamente tarde, como quien creía que el Mariachi Loco era el nombre de un grupo. Tarde, nivel pena existencial, como quien apuntaba en una servilleta todas esas canciones para aprendérselas después y poder ir a una boda (o graduación o posada o cumpleaños) y sentirse normal. Algún día les cuento las causas de por qué ese alguien llegó tarde a la fiesta del gozo de  la cultura pop(ular) pero sí puedo adelantarles de quién se trata. (La autora levanta la mano con timidez).

Cuando mis hijas nacieron me hice el propósito de que pudieran ir a una fiesta y saberse muchas canciones y disfrutarlas.  Pareciera una tontería, algo que nada tiene que ver con la educación o con la vida. Permítame insistir en lo contrario: saber participar en una fiesta es parte indispensable de convivir. Y, sobre todo, es un derecho de pertenencia: echar relajo, ir perdiendo la compostura, sentir la euforia de la familia y los amigos, sabernos diferentes e iguales, mover el bote, mover los hilos que nos unen. Era y ha sido una de mis metas más entrañables como mamá.

Para acabar de apremiar, nos mudamos a California y mi meta se complejizó porque tenía, además, el reto de mantener intacto el español de mis hijas. Claro que he leído poesía y narrativa y enriquezco su vocabulario y todas esas monerías de madrescritora.  Pero —la autora rechina de emoción— no siempre es primero la obligación y luego el fiesta: en el punto medio puede haber una lista de canciones.

Mi lista se llamó «Ésta de cajón la tocan en México». Tenía gran potencial: no sólo eran las canciones típicas que suenan en las graduaciones, bodas, posadas, noches el 16 de septiembre y reuniones en grande, también se prestaban para el diálogo psico-social. (La autora derrama una lagrimita de academia). Cada vez que nos subíamos al coche, yo lo convertía en pista de baile, ponía las canciones y, entradas en el tema, les contextualizaba Los Luchadores, explorábamos dinámicas de género con Mi Cucu, Tú y Yo Somos Uno Mismo, El Rey, y La Suavecita; supieron quién era El Nazareno en la cadenita que se le perdió al novio de Carmen, imitaron onomatopeyas con El Mudo. Tocamos el inevitable mal de amores en Que Nadie Sepa Mi Sufrir, Mis Sentimientos, Cómo Te Voy a Olvidar, y Mil Horas; El Negro José, Juana La Cubana, El Bodeguero y Pachito el Ché se convirtieron en miembros de nuestra familia. Algunas mamás bendicen a sus hijos camino a la escuela, yo les he cantado La Boa y, al abrir la puerta, ha sido con un cariñoso «un, dos, tres, todos para abajo».

Sólo me faltaba que pudieran ir a una fiesta de esas que ustedes y yo conocemos, pero nuestra vida social acá es muy limitada y tiene otro pulso. No siempre tuve suerte cuando fuimos a México. (La autora aprovecha para disculparse mentalmente con el conjunto terco que insistió en tocar dos horas de merengue durante el fin de año de 2016 en Cuernavaca. Mi odio fue temporal nomás, ojalá pueda comprender mi urgencia de variedad). Nada mermó mi meta ni mi proceder hasta que por fin, hace un par de semanas, una amiga de Victoria Luminosa la invitó a sus XV años. Mi hija nunca había ido a una fiesta así —los detalles en torno al evento dan para otro post—, baste saber que cuando fui por ella volvió cansada y feliz, alborotada. Y sorprendida, mucho, porque habían puesto las canciones de nuestra lista. ¡Todas! Era como estar en una fiesta pero en casa. Sabes cómo se siente, ¿verdad mamá?

He tenido momentos gloriosos en la crianza y ese con mi hija. *Una máquina echa hielo seco entre párrafos* Aunque me quedaba la duda de por qué estaba sorprendida. Es decir, según yo, quedaba claro que el propósito de oír esas canciones era para que, cuando fueran a México o en presencia de personas de su país, pudieran integrarse a una fiesta y no pusieran, literalmente, cara de what. Victoria Luminosa admitió que, después de su experiencia en los XV, cuando vio a la cantidad de tíos y tías y primos y primas de la quinceañera, a la tía Güera genérica, a los abuelitos, a los compadres, entendió que aaaah, así es la cosa, nosotras somos tres, a veces cuatro, mexicanos en California, pero sí somos normales. Antes de la fiesta, confesó, tenía otra explicación a mi chincual por recorrer la lista de reproducción bajo el enfoque informal de Introducción a la Cumbia y Ritmos Tropicales, temas selectos de Idiosincrasia Latinoamericana.

—Pensé que era porque— noté cómo elegía sus palabras con precisión— estás un poco loca.

Claro que estoy loca. Yo, que durante años, no supe qué hacer en una fiesta o cómo comportarme, me daba la impresión de que todos poseían un código que yo ignoraba y, a ratos, me sentía un poco triste mientras los demás dominaban qué bellos son tus celos de hombre y qué cosas suceden con el apagón. Estoy en paz con haber llegado tarde a todas las fiestas de mi juventud porque en los años que siguieron he hecho de mi vida un carnaval. Esa locura ha sido una de las rúbricas de mi maternidad y un proceso divertidísimo.

Invítenme a una fiesta y les enseño todo lo que he aprendido. (La autora se aleja bailando Disco Samba).

 


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Unidad mínima indispensable

¡Tanto te lo dijeron!  Que no, te falta, no eres suficiente. ¡Tanta tu insistencia! Que sí, quiero pertenecer, por favor, anden. Y sentías la amenaza: algo horrible va a pasar si me rechazan estas personas, una tragedia, un «Me voy a morir». Y tu cerebro te lo confirmaba, con esa neurobiología del apego que es indispensable para que la especie sobreviva.

Y te fuiste muriendo de la otra muerte: la de no tener un lugar. O de que te lo quitaran, de pronto; un juego de las sillas de la validación. Porque si cumplías con lo que se esperaba de ti y no eras demasiado original y no cuestionabas por qué este modo de hacer las cosas, te llamaban leal, «una de los nuestros». Y esos eran los mejores días del mundo. ¡Qué bien se siente pertenecer! es como una risa del alma, una casa portátil que siempre cuida de la intemperie. Pero si tú eras tú, ya sabes, que sales con tus cosas, que avergüenzas, que no obedeces, que no cambias, no te compones ni maduras, ¿qué quieres aquí? no eres de los nuestros. ¡Y cómo duelen los reclamos! Escuecen, inflaman, supuran, cierran las puertas con candado, llueve y no deja de llover. No hay techo. Tanto te lo dijeron, tanto insististe.

Hasta que un día, nadie sabe bien cómo o por qué, revisaste la lista de condiciones para que te trataran con respeto.  Notaste el color engangrenado de la tinta de ese contrato muy antiguo y reíste con la otra risa: la de romper las cadenas que son los hilos que hacen posible el estire y afloje de la manipulación. Y tu risa —con el combustible de insistir— quemó el acuerdo donde tú, por siempre, estabas en una posición de desventaja temiendo que te mandaran a exilio, que te negaran, que se cumplieran sus profecías acerca de lo mal que te iría por ser tú misma.

Podrías afirmar que los mandaste lejos pero sería impreciso: ellos, ellas, siguen donde siempre. Lo que cambió —nunca de súbito y admite: vaya misterio— fue tu adicción a ser mal vista.  También fuiste dejando el vicio de otorgar títulos nobiliarios para que luego te devolvieran la mirada validándote y certificando emocionalmente que sí (¿verdad que sí?) eres digna de pertenecer y de ser aceptada porque ¡cuánto has sufrido por eso! Ya luego, con el paso del tiempo, descubriste que eres unidad mínima indispensable de clan, de biblioteca, de álbum, de escuela, de compañía, de casa. Eres de ti. Contigo basta para ejercer esa unidad por principio; hay espacio para ser y crecer. Dejaste de sobrevivir apenas: hallaste que hay más vida en ese descubrimiento que muerte en el rechazo.

Y, entonces sí, los mandaste a la chingada.


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Nueva Patria

            Maljan Chavoor no sabe quién soy. Leí su historia en libro.  

            Maljan entró a los Estados Unidos a través de Ellis Island, principios del siglo XX. Como millones de personas antes y después de él, viajó en barco, durmió en barracas, compartió el retrete con ciertos de familias.  Divisó la Estatua de la Libertad en el horizonte de agua de ciudad.  Escuchó a su madre o a la de alguien sollozar de nervios.  Puede ser que cargara un edredón o un baúl con ropa antes de pasar por revisiones que comprobaban que no era sordo, tenía tracoma, escoliosis o sarna.  Resolvió problemas de aritmética, contó al revés, armó un rompecabezas, leyó —o hizo como que leía— un párrafo, agrupó expresiones faciales en conjuntos; y alguien determinó que nadie en su familia estaba demente.

            Su padre respondió cuando el inspector registraba su nombre, su lugar de nacimiento y mostraba los 25 dólares en efectivo que se requerían para ingresar a Norteamérica.  La familia tuvo la suerte de mantener su nombre de origen en vez de cambiarla a un fonema que fuera más deletreable en su vida por estrenar.  Cuando les dieron su pase de salida, bajaron la última escalera de esa llamada Isla de las Lágrimas, donde se decidía su destino, tomaron el pasillo de la derecha, hacia la estación del ferrocarril rumbo a Nueva York.  La izquierda era para los deportados.

            El testimonio de Maljan no da detalles sobre su paso por Ellis Island. Consta de un sólo párrafo y en él describe un acontecimiento simultáneo al proceso de migrar, pero aún más importante y de mayor impacto en su vida: haber probado la gelatina.  La única ocasión en la que sintió un júbilo similar fue cuando se enamoró por primera vez.  Desde entonces, y según sus propias palabras, comió gelatina todos los días de su vida durante 70 años. Encontró la felicidad y su verdadera nueva patria.

              Conozco a muchos inmigrantes. Él siempre está en mi pensamiento. No pudimos conocernos y, sin embargo, lo amo.


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Cuando seas grande

No había pregunta más importante, no había respuesta más seria. No había contestación similar aunque compartieran el sustantivo. No había necesidad de explicaciones. ¿Y la congruencia? ¿la lógica? ¿la viabilidad? ¡Menos había! Por eso, en la niñez, si alguien te preguntaba qué querías ser de grande te reconocía como dueño de un mundo interior. Entendía el cambio, el crecimiento, los saltos del potencial, la influencia de los héroes, la certeza de que habría futuro y destino. Un sello más en tu pasaporte de saberte único. ¡Qué honor! O a lo mejor sólo quería saber para ver si se juntaba contigo en el recreo, ¿qué más da?

Y cuando tú preguntabas, sabiendo que la respuesta podría ser más compleja si el encuestado(a) estaba en kinder o en secundaria, especulando afinidades e intereses, sintiendo un poco de envidia de una visión parecida o más ambiciosa que la tuya, muriéndote de ganas de saber, de tener ese dato indispensable de alguien que te rodeaba, colocando postes en tu camino dentro de tu generación y tu tiempo, y tu mapamundi.

No hay pregunta más incómoda, no hay respuesta más tierna. Cuántas contestaciones similares y sustantivos compartidos. Cuántas explicaciones pendientes: las incongruencias, el exceso de imaginación, el uno hace lo que puede, no lo que quiere. ¡Tantísimas! Por eso, en la adultez, si alguien te pregunta qué querías ser de grande, quizás quiera saber cuánto ganas, dónde estudiaste, quién es tu jefe, si te duermes llorando, cuándo fue la última vez que te enamoraste. Y te parece que sabe de giros narrativos, de estancamientos, de talentos oxidados. O tiene en mente influencers y certezas de que infancia no es destino. Un sello más en tu pasaporte de saberte juzgado. ¡Qué incómodo! O a lo mejor sólo quería hacerte plática para ver si te sigue o no en las redes sociales, ¿qué más da?

Y cuando tú le preguntas a alguien, sabes que la respuesta puede complejizarse si el encuestado(a) está soltero o divorciado, sospechas secretos y cuentas alternas, sintiendo un poco de presión por tener profesiones parecidas o títulos nobiliarios académicos más altos, muriéndote de ganas de saber, de tener ese dato indispensable de alguien que te rodea para que sepas quién de los dos cumplió sus sueños, tachando de tu lista a miembros de tu generación, de tus círculos y de tu país.

Si tu vida de adulto es, según tú, perfecta (y los likes que recibes te lo comprueban): gracias por leer. ¡Felicidades! Adiosito.

Si tiene bastante que diste el estirón, y ya subiste de peso, tienes canas y cicatrices y te encuentras recalibrando tus anhelos porque el futuro de ti te falló o le quedaste mal, o tu vida es buena pero no cumpliste lo que dijiste que harías, o negociaste y saliste a mano y no quieres moverle a ninguna pregunta fundamental y sólo pasaste por aquí con un café, si la pregunta más importante e incómoda y la respuesta más seria y tierna es qué vas a hacer con tu propia invitación a la grandeza: no sé, estoy igual. Sólo pasa que hoy amanecí con la idea de qué rico era pensar en lo posible, ilimitado, reconciliando opuestos y deberes, activamente, confiando en que las cosas saldrían y bien.

Quizás ser grande y en grande es, simplemente, vivir y hacer sin pretextos, le conté a mi niña interior, a nueve días de cumplir 41. «¡Al fin entendiste!» —escuché que me dijo— «ya no tendré que mandarte épocas de depresión para que lo veas».


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Normalita

—Any question?

—(¿Por qué hay sub-especies de hongos en refractarios olvidados dentro del refrigerador del área común? ¿el concepto de atuendo para el viernes casual incluye tenis tornasolados? ¿ha considerado que la presentación de las gráficas del presupuesto sería menos hostil acompañada de un bolero en marimba? ¿podemos hacer oficial que las tres de la tarde es la hora del intenso olor a consomé sin laurel? ¿sabía que «requisición» es una palabra tan bella que vale unos segunditos de pausa después de pronunciarla? ¿por qué la práctica de sacar fotocopias sin encender la luz? ¿y si hacemos una biblioteca en el hueco de la escalera para los niños que nos visiten? ¿ha escuchado que el elevador se queja de sus cadenas?¿de quién es el auto con la placa «YA MERO»?¿sabía que algunas personas no podemos pasar junto a una IBM Selectric sin descorrerle la funda para pulsar la tecla de retroceso porque suena chistosa y en la memoria?)

Quiero resumir todas mis preguntas en una: ¿qué es lo normal? Pero no me atrevo. Igual que no me atreví en la escuela, en mis relaciones de pareja, en el podólogo, en el aeropuerto; vaya a ser que me pongan alguna etiqueta de esas pegostiosas e incómodas que, desde el inconsciente, sentiré la la necesidad de desmentir. Hago como que lo que me rodea pasa porque sí, y no es una construcción. Soy una más, no destaco, soy alivianada, cooperadora, nunca demasiado atenta.

Nos dan las gracias por nuestra asistencia, la junta termina, elijo mis batallas y cuántos signos de interrogación quiero gastar en voz alta. La normalidad me sonríe desde su rigor, protegida por una trinchera de cobardes como yo: está a salvo.