Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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La otra mudanza

No sé cómo (en verdad que, deja tú lo repentino: la carga de adrenalina resorteada que logró que consiguiera una casa en diez días, empacara lo memorable, lo simbólico y lo del diario pero olvidara la caja de tés y las especias, y me mudara en un fin de semana pero antes llegara a poner incienso porque quizás había energías dormidas, y ya entrada en gastos porque segurito había ácaros hibernando y, armada de mi aspiradora y de un polvo desinfectante, lavara las alfombras de tres recámaras de modo que pudiéramos llegar e instalarnos las tres, porque el papá va de visita y somos cuatro muy en familia y a veces se siente como si no nos hubiera atravesado aquel tsunami que nos desmembró, pero en las noches somos tres, siempre en la noche, siempre las tres, y yo vuelvo a tener miedo y los pocos años y la memoria de que alguien se metió mi casa, habrá sido un vagabundo norteado que la vio vacía, mis padres hicieron rodar los juguetes por las escaleras, huyó, pero el vagabundo y yo nos quedamos con la marca de la noche interrumpida, adrenalina suya sobre adrenalina mía a un lado de las cajas de cuidado con mi fragilidad sobre cajas de nada permanece del todo, mientras las hijas son una misma con sus teléfonos, hay arañas pero no encuentro el cable de la impresora y la casa respira, acoge, procesa, es puerta, ventana, umbral y cuadros sin colgar y tapetes que se desacomodan, carga de cambios de temer y tener, pantuflas, excusado con excusas) justo ahora que espero nada de quien me amó, ama o amará —salvo que limpie sus zapatos al entrar y devuelva la llave al salir—, vivo bajo un olmo. Comparto la vida con él. Y mis frases tienen algo de ramas.


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Quicio

—¿Por qué duraron tan poquito en esa casa?

—¿Dos años te parecen pocos?

— Y eso que la casa es acogedora.

—Por vieja, sí. Aunque tener un sólo baño: qué monserga.

—A mí me chocaba.

—Pero el patio era grande.

— Y la alacena, enorme. ¿De los cincuenta?

—Ésta es una mirruña, pero me gustó el tragaluz.

—¿Café?

—Agruras, no. A veces, dos años se hacen largos.

—Cincuenta y tantos, creo.

—Pero se pasan rápido.

— Bonito, el departamento.

— Gracias.

—Nosotros, cuatro.

— ¿En serio?

— Dos, apenas para ambientarse.

—Lactobacilos. Y te olvidas.

—¿Lo viste?

—¿Parado en la entrada de la cocina?

—Sí.

—Por eso nos fuimos de esa casa.

—Nosotros también.


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When you’re 64

Oh, casi finales de enero. Febrero inminente, me dije, aproxímase el cumpleaños de mi papá.

¡Zas!

No es el cumpleaños en sí mismo, es la cifra que alcanza. Esa cifra, no cualquier número:  cumple 64 años. El grueso de los celebradores podrían considerar irrelevante ese dato. Los seguidores cercanos de The Beatles consideramos un honor llegar a esa edad. Es como figurar en la portada del Sgt. Pepper’s.

Deberíamos de preparar algo con esa canción, me dije. Cállate las iniciativas, me dije más fuertecito. En 1993 tuve la misma idea; tomaba clases de piano por algún motivo que desconozco y mi hermano  estaba en su fase de querer tocar la batería.  ¡Vamos a tocar When I’m 64 a dueto!, me dije entonces, les dije, ¿ya oíste lo que dijo?

Puedo decir, con la serenidad que me da contarlo, que fue una experiencia muy formativa; hoy sé que tocar una canción sin haberla practicado con rigor de conservatorio, acicateada por timbal y tarola, con todos los asistentes a la reunión queriéndola cantar a coro, usando una diadema forrada de tela —muy mona, muy resbaladiza y muy popular en esos años—: no.

(Mi hermano fue muy paciente esa vez del dueto piano-batería. Siguió tocando y salvó la canción. Su paciencia para nuestras actividades en conjunto es legendaria, de hecho. Data de algunos años más atrás, cuando además de The Beatles, mi papá era muy admirador de la Segunda Guerra Mundial y un día nos anunció que nos tenía una sorpresa: y, ¡tarán!, nos mostró un armatoste achaparrado y cojo, fusionado con mi bicicleta.

– Es un side car -, añadió por subtítulo para referirse a un remolque adosado.

¿Y quién lo va a manejar?, me dije con una voz agudita mientras ocupaba mi lugar en la fotografía que iría en álbum. Puedo decir, con la serenidad que me da contarlo, que fue una experiencia histórica; en calidad de primogénita, hermana mayor y ciclista posé con mi hermano sentado a bordo del anexo bambineto de metal e hice todo lo que estuvo en mis rótulas para pedalear y movernos. Mi hermano me tuvo mucha fe hasta que le notificaron que ya se bajara y que no íbamos a poder ir al parque al alimón ni ese día ni en la vida. El side car quedó arrumbado el día de su inauguración).

Así que (Papá: si lees esto, tápate los ojos. Hermano: si lees esto, no suspires. Tu fe en mi dará frutos) estoy pensando en hacer algo que combine la canción y hacer equipo con mi carnalito donde yo no toque el piano, siempre traiga el cabello recogido y, desde luego, no emule a ningún medio de transporte en un sendero de Bavaria. Tengo hasta el 5 de febrero, me dije, y vine a postearlo.

¡Zas!

 


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De plataformas

Al ras del suelo, pacto con mi pié derecho: anda, inténtalo.

El pié dice que no, que yo ya tengo todos mi cuentitos bien delineados, intentarlo va en contra de mi marca personal; ya tengo suficiente con preguntarme cuál es mi lugar. Y encima ahora, ¿el riesgo de tropezar? ¿Y si pierdo el sitio que ocupo?

Insisto, anda. A regañaempeine, cruza la línea de las plataformas. No tarda el vértigo. Y tengo que elegir, siempre elegir, he de elegir, qué hago con el otro pié, el izquierdo. ¿Qué sabe que no sepa, acerca mis contradicciones? ¿Qué le cuento, al siniestro, de mis lados oscuros? En el umbral de mi, se me adelanta. Estoy parada en la orilla de mí misma, y me gusta. Hay mucho de elevación y vuelo de agudezas en esta decisión, me viene bien. No hay conflicto de intereses, al contrario: los amplío. Confirmo: mi lugar es donde quiero.

El reto seguirá siendo escribir descalza. Y con los tacones de quince centímetros que me acabo de comprar.