Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Canto post-concierto

(¿Otra vez esta historia, mamá?)

Sí, déjame que te la cuente una vez más. Cómo, a falta de disco, me consolaba aprendiendo las canciones de oídas en la casa de mis primas. Cómo siempre reprobé matemáticas y creí que me merecía ese y todos los castigos; quizás por eso ni de niña ni de adulta puse demasiada resistencia cuando alguien llegó a profanar lo que me importaba. 

Anoche fui a un concierto.

Anoche fui a un concierto con mis hijas.

Anoche fui a un concierto con mis hijas y una de mis ex-alumnas, de cuando yo daba clases en la universidad, del grupo al que le conté que estaba esperando a mi hija mayor.

Manejé rumbo al concierto de anoche.

Manejé rumbo al concierto de anoche y les conté, a mis hijas y a mi ex-alumna, que nunca tuve un disco de ese grupo.

Manejé rumbo al concierto de anoche y les conté, a mis hijas y a mi ex-alumna, que nunca tuve un disco de ese grupo. Y precisé: sólo uno.  Vi cómo lo hicieron pedazos, fue mi castigo por un siete en matemáticas en primero de primaria.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual de baile y estrofas.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual de baile y estrofas, dejando atrás cualquier forcejeo con las ganas de una infancia intacta y su vida adulta correspondiente, al amparo de una tribu de migrantes cuarentones que se estremecía coreando la banda sonora de su pasado y «México, México».

Estribillo:

Mientras pueda cantar y tenga junto a las personas que amo,

Mientras pueda abrazar y reír, notas de un mismo canto, 

Mientras pueda cantar, desincrustando las falsas creencias, 

Mientras esté, (y ojalá no me duela la cadera).

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso.

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso. Terminó a las once pé eme. No manejo de noche.

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso. Terminó a las once treinta pé eme. No manejo de noche. Conduje 45 kilómetros en una carretera a oscuras. Mi ex-alumna abría paso con su conversación para mantenerme alerta. Mis hijas dormían, agotadas. Llegamos con bien. Me acosté a dormir, afónica, tarareando hacia mis adentros «Amor para ti». Adoro mi infancia desfasada y presentarle a mis hijas con Timbriche en vivo. Y mi capacidad de dar patadas en la ingle a quien intente castigarme o hacerme creer que merezco un mal trato.

Estribillo (bis). 

Nota del día siguiente: claro que me duele la cadera. Y cada centímetro del cuerpo. Y qué felicidad.

 

 


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Al rescate

Es que estabas en el “C“, por eso los detalles varían en tu memoria. En el “B”, me consta, se originó la idea del acordeón impreso en papel revolución y que pegamos en el forro interior de las tablas trigonométricas. Impresora de punto, tamaño 6, en Word. Y como éramos bien hechecitas, a fuerza de amenazas de ceros, tan bien disimuladas. Un acordeón masivo, todas participamos. Una mayoría apabullante salvo, claro, las angelicales y las que lloraban con un 9.5; hay que reconocerles su aportación de no delatar.

El día del examen final nos revolvieron, como siempre. Mochilas al frente, un lápiz y goma, vista al pizarrón, manos en el pupitre y la invocación al Espíritu Santo, fuente de luz. Ilumínanos, dijiste. Y dije yo también. Habrían transcurrido unos quince o veinte minutos de labor en silencio y  de tacones de maestras entre las filas de las bancas. Seguro alguien del “A” y del tuyo se benefició con la iniciativa porque, cuando se activó, yo no sé cómo, un retén del qué vergüenza y nos ordenaron que dejáramos las tablas abiertas evidenciando el delito, hubo implicadas en los tres grupos. A las angelicales les brillaba el aura de santidad, el resto nos consolamos razonando que éramos demasiadas: no mandarían a segunda vuelta de geometría a 150 alumnas. Era mucho trabajo, todavía se llenaban las boletas de calificaciones a mano. Resultó que la administración se inspiró y adquirió una impresora. Y nos mandaron a segunda vuelta por decenas.

Eso fue en mayo. En la dirección nos traían en la mira desde el noviembre anterior. Y aunque el peso de los años, la mala postura y el exceso de busto produjo una joroba de búfalo en la directora, estiraba las cervicales para vigilarnos e infundirnos el miedo característico en las escuelas confesionales. Meses antes habíamos protagonizado una revuelta por un maestro. Sabes bien de quién hablo. ¿Cómo íbamos a dejarlo ir sin pelear?

«Los únicos dos requisitos de mi clase son: no tener hambre y recordar que, de entrada,  tienen 10 de calificación».  Antes de que pudiéramos asimilar su presentación inicial habló del cuerpo; no del humano, objetivado y estudiable, de los libros de Anatomía: del nuestro, el que podía decidir, y lo hizo con tal elocuencia que tuvo nuestra atención total desde el principio. Tuvo la gracia de ayudarnos a nombrar al «Aquellito» y que más que el sustantivo genérico de novio, era la vida buscaba una expresión a través de nuestras células y órganos y sistemas. Nadie nos habló del faje, sin hacerlo explícito, como él. Jamás tuvimos mejor capítulo de educación sexual que el suyo.  Adorábamos a ese médico de bigote de morsa que hablaba con la verdad.

No le creímos cuando nos dijo que había renunciado. Fuimos tras él en la tarima, por los pasillos y hasta el patio. Se nos fueron uniendo las compañeras conforme se expandía y se comprobaba el rumor. Quizás estabas del otro lado de las canchas o justo en el borlote cuando se nos salió un «Oh, Capitán. Mi Capitán» que imitamos sin conmover a nadie, comenzando por él. Ni volteó, siguió su camino hasta la recepción, creo que sonó la campana. Yo estaba en shock, como tantas de nosotras. Peor susto nos pegamos cuando llegó la sustituta. Pobre doctora, le hicimos la vida miserable. ¿Quién le manda decirnos que si no queríamos estar nos saliéramos? Fuimos unas veinte. Yo, de las primeras. Nos condujimos a la dirección y, envalentonadas, anunciamos que estábamos ejerciendo nuestro derecho a decidir. Tatanka ordenó el temido 7 en conducta y fuimos a dar de regreso al salón, amonestadas y deslucidas.

Como ves, nuestra generación fue pionera varias veces. Una de las más relevantes fue cuando el obispo fue de visita porque éramos la sede desde dónde daría su mensaje a la juventud. Debíamos considerarnos afortunadas y no sólo eso: comportarnos de acuerdo con la ocasión y mostrar alegría juvenil. Se formó una valla de alumnas y gladiolas, porras que tenían tono y métrica del sóngoro cosongo, Quevedo y San Angustín. (Las estás oyendo en tu mente, lo sé). El hombre pasó vestido de blanco, saludando con inclinaciones de cabeza y satisfecho del retrato de inocencia y vitalidad que representábamos. Según investigué, la porra al calor del entusiasmo mutó en un «Obiiispo» entonado exactamente como el «culeeero» en los estadios de futbol y luego en gritos agudos como si, en vez de autoridad eclesiástica, estuviera desfilando una estrella de rock. Una protagonista verificó el dato de que se armó el slam y empezaron los gladiolazos. «Ustedes pidieron alegría juvenil», argumentaron en defensa de la regañiza de regreso al salón. En penitencia, las pusieron a recoger todos los pétalos tirados y eso porque no había precedente para semejante desfiguro.

¿Cuál Alzheimer? Seguro no te acuerdas porque tu mente estaba en otros intereses y porque, conforme pasan los años, los recuerdos resultan menos nítidos. No hay que dejar que las memorias se agrieten, hemos de conservarlas frescas porque contienen pistas de cómo nos fuimos construyendo. Así que si se te olvidan detalles de la prepa, por los motivos que sean, tus amigas y yo te ayudaremos a reconstruirlos para que te sepan inolvidables.

Tal como fueron.

Para Carolina. Este regalo es de parte de Flor y mío.


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De tumbas, influencias y poder un día

El seguro del portón estaba suelto. Nunca había estado ahí. Físicamente, me refiero. En la imaginación había ido a ese momento y soñado con él y, a sabiendas de que implicaría un viaje largo e intrincado, dejé el anhelo para un día, cuando se pudiera. Varios grados bajo cero, mi vaho, las botas de nieve —moradas, a mitad de precio—, el letrero junto al portón: Cementerio de Sleepy Hollow.

Iba a visitar la tumba de un hombre que he amado como sólo se puede amar a los autores que acompañan en los momentos de pensar y en las horas de alquimia de la adolescencia. En la avidez de encontrar modelos de rebeldía, me lo topé de frente: Henry David Thoreau. Él caminaba hacia sí mismo con la certeza de que había más por vivir que las experiencias dictadas por las buenas costumbres, la tradición, el capitalismo, la religión y la erudición, confiando en que la plenitud era responsabilidad personal y siempre producto de cuestionar para qué obedecemos, a quién, desde dónde. Es literal: agarraba camino y echaba a andar, pensando. Habitaba más cerca de la Naturaleza que de las convenciones y, en su andar, me daba permiso de buscar mi camino justo en la época en que se me hizo saber exactamente qué se esperaba de mí: ser conservadora, linda, buena, feliz, motivo de orgullo.

Conforme fui queriendo saber más acerca de su historia me enteré que tenía una amiga en su círculo de escritores. Ella: Louisa May Alcott, enferma, endeudada y con un carácter fortísimo, le dio voz a las vivencias cotidianas, domésticas y, en ese asomarse al interior, le regalaría al mundo a Jo March, el personaje de una jovencita atrevida, franca, apasionada, mandona, creativa, leal a sus ideales: una heroína que, hace 150 años, igual podía disfrutar la ópera que competir con su vecino corriendo desbocada, y ganarse la vida como escritora. Cada vez que una generación de mujeres ha leído «Mujercitas»*, se refrenda la invitación a ir más allá de los estereotipos de la feminidad: si Jo pudo, nosotras también.

Para mí, saber que Thoreau y Louisa May (otro amor mío), tenían una amistad profunda e iban a caminar por las tardes y compartían sus escritos, fue un giro que me causó una algarabía tremenda. De pronto la influencia mutua se hizo notoria, pareciera que sus libros están dialogando entre sí igual que ellos dos por los senderos de Concord, Massachusetts. Cuando leí que sus tumbas estaban juntas en la misma colina me aloqué. No hay otro verbo.

La nieve estaba sin estrenar y las tumbas a unos doscientos metros del portón. Algunos trozos de hielo blanco caían con un salto seco desde las ramas por sol de la mañana. Cada paso era una declaración; escribo este y otros textos gratuitos en un escritorio con vista a un olmo. Ya no sé ni quiero saber vivir en ciudad. Lo austero me excita. No acepto imperativos y, vista por fuera, mi vida es un desmadre. Quiero amar y vivir con intención, que no me queden decisiones fuera del cernidor, que mi ser femenino y masculino estén en equilibrio, que me siga llamando la luz encendida de lo que ocurre dentro de las casas.

El día que fue me fue posible atravesar Estados Unidos e ir hasta el pueblito para visitar las tumbas de dos amigos junté mis manos cerca del corazón y, en compañía de mi familia reinventada, lejos de lo que alguna vez se esperó de mí y rumbo a donde el alma me lleve como mujer y como creadora, lloré el himno de mi juventud:

Me fui al bosque para enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. 

Todavía no me repongo.

(¡Foto!)

 

*Leer esta novela es una vivencia personalísima. Quienes ya la han leído —y releído— no requieren más descripción. Si tú, lector(a), no la conoces, quizás quieras leer el principio y llegar al capítulo 3. Un dato importante: fue publicado en 1868. ¿Qué piensas?

 

 


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Puños en Alto por México

Ahora toca reconstruir y contar la historia, para que nunca se olvide. 44 creativos nos unimos con nuestro texto acerca del temblor y del corazón latiendo entre los escombros. ¿Quieres ayudar? Compra este libro, los ingresos generados por la venta serán destinados al apoyo de los sobrevivientes del sismo.

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Nuestro aniversario 10+1

Adorados lectores:

El día de mañana, trece de julio, este blog cumplirá once años. Es nuestro aniversario: de ustedes y yo juntos, coincidiendo. ¿Hay algún post, alguna entrada que hayan subrayado y esté cerquita de su corazón? Díganme cuál y yo lo añado a la celebración (y si quieren ponerle imagen o caligrafía, la idea es —por supuesto— bienvenida). Anden, anímense.

¡Ah! También regalaré tres libros. ¿Saben de alguien a quien le gustaría mucho recibir uno? ¿Me cuentan un poco más de esa persona?

¿Listos(as) para participar pero no saben a dónde enviar la comunicación? Facilísimo: mlocadelamaceta@gmail.com

Los abrazo,

M


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Bien lejos

Viajé, y volví sabiendo de abrazos.

Yo creí que conocía todo acerca de esa cercanía. Me faltaba saber de distancias.

Porque es posible abrazar botes de basura donde, al fondo, hay libros.

Abrazar como si las banquetas fueran capillas de andenes.

Reconocer, asentir. Oye, sí: abrazo;

ahuyentar, ahorita no. Pero ven, te abrazo.

Que hay abrazos que afirman «esta negación es mía»;

o través de café o textos de sangre;

abrazos de personas que nunca llegan

y de personas que aceptan una cita espontánea;

abrazos que son ovación de pie;

que son chilaquiles con vista al parque;

que tienen algo de cordón umbilical.

Abrazos que son reiteración, pasar lista.

Ya no está uno para repetirse,

¡cuánto bien hace repetirse!

Subrayar, insistir: mira, esto es lo que siento.

Puedo decirlo de muchas maneras, o de una sola,

y traducir: abrazo.

Porque que si sólo sabes abrazo, en la cercanía o en la distancia, es suficiente.

Mi pasaporte no dice, con verdad, qué tan lejos fui. Celebré controlar cada vez menos, querer cada vez más fuerte.  Tuve que pagar exceso de equipaje porque los abrazos jamás se quedan en el cuerpo.

Viajé, volví.


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Cuarenta

Con licencia para medir recuerdos en bloques de veinte años.

Con cicatrices visibles e invisibles, sus historias, ningún pretexto.

Con inventario personal que ya distingue entre sagrado y circunstancia.

Con propósito en el rumbo, pero siesta obligatoria.

Con la certeza de estar sola, absolutamente sola. Y sabiendo que jamás sola, ni desamparada.

Con práctica y cierta paz de saber que todo cambia.

Con motivos y personas para hacer una celebración en grande, y afirmar: gracias, vida.