Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Nuestro aniversario 10+1

Adorados lectores:

El día de mañana, trece de julio, este blog cumplirá once años. Es nuestro aniversario: de ustedes y yo juntos, coincidiendo. ¿Hay algún post, alguna entrada que hayan subrayado y esté cerquita de su corazón? Díganme cuál y yo lo añado a la celebración (y si quieren ponerle imagen o caligrafía, la idea es —por supuesto— bienvenida). Anden, anímense.

¡Ah! También regalaré tres libros. ¿Saben de alguien a quien le gustaría mucho recibir uno? ¿Me cuentan un poco más de esa persona?

¿Listos(as) para participar pero no saben a dónde enviar la comunicación? Facilísimo: mlocadelamaceta@gmail.com

Los abrazo,

M


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Bien lejos

Viajé, y volví sabiendo de abrazos.

Yo creí que conocía todo acerca de esa cercanía. Me faltaba saber de distancias.

Porque es posible abrazar botes de basura donde, al fondo, hay libros.

Abrazar como si las banquetas fueran capillas de andenes.

Reconocer, asentir. Oye, sí: abrazo;

ahuyentar, ahorita no. Pero ven, te abrazo.

Que hay abrazos que afirman «esta negación es mía»;

o través de café o textos de sangre;

abrazos de personas que nunca llegan

y de personas que aceptan una cita espontánea;

abrazos que son ovación de pie;

que son chilaquiles con vista al parque;

que tienen algo de cordón umbilical.

Abrazos que son reiteración, pasar lista.

Ya no está uno para repetirse,

¡cuánto bien hace repetirse!

Subrayar, insistir: mira, esto es lo que siento.

Puedo decirlo de muchas maneras, o de una sola,

y traducir: abrazo.

Porque que si sólo sabes abrazo, en la cercanía o en la distancia, es suficiente.

Mi pasaporte no dice, con verdad, qué tan lejos fui. Celebré controlar cada vez menos, querer cada vez más fuerte.  Tuve que pagar exceso de equipaje porque los abrazos jamás se quedan en el cuerpo.

Viajé, volví.


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Cuarenta

Con licencia para medir recuerdos en bloques de veinte años.

Con cicatrices visibles e invisibles, sus historias, ningún pretexto.

Con inventario personal que ya distingue entre sagrado y circunstancia.

Con propósito en el rumbo, pero siesta obligatoria.

Con la certeza de estar sola, absolutamente sola. Y sabiendo que jamás sola, ni desamparada.

Con práctica y cierta paz de saber que todo cambia.

Con motivos y personas para hacer una celebración en grande, y afirmar: gracias, vida.

 


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Vida, ocurriendo.

«Harta de la vida a medias», se leía en la primera entrada de mi blog: un plantilla en Blogger creada en una madrugada de 2006. Tenía rato con ese pendiente, la pregunta de cuándo iba a ocurrir algo que yo pudiera considerar como Vida, Ocurriendo y entonces sí: todos los significados, las ganas, la pasión y la creatividad que hervían por manifestarse, tendrían un sentido. Mientras tanto, sólo me ocurrían deudas de banco y morales, corazones rotos y luego pespuntados, pañales, mamilas, circulares de escuelas cuadrada, uniformitos. Quería desaparecer o la respuesta:  ¿dónde está la vida cuando sucede?

Yo escribía desde que aprendí a escribir, pero no lo hacía con frecuencia. Cuando abrí mi blog me reté a ser constante; sin embargo, adquirí el mal hábito de encriptarme. No quería decir lo que realmente estaba pasando, ni deshonrar o lastimar a las personas involucradas en esa vida a medias. Insinuaba, sí, que algo estaba pasando. A veces, aullaba y luego me tapaba la boca. Esa era mi otra plantilla: no podía hablar del mundo, y cuando lo hacía, era desde mí, y parcial. No me daba la cabeza para más, no tenía otro recurso. Escribía un post a la semana sobre letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, hijas, casa, con textos tan breves que a la depresión no le alcanzaba el tiempo de servirse un café y sentarse a acompañarme junto a la computadora.

Las palabras tocan, nombran, hacen alquimia, reacomodan, transportan. Cuando migré a California, ese blog estaba impreso en una antología. Continué escribiendo, pero a mi añoranza por una vida completa se le sumaba la nostalgia de México y de interactuar con mis lectores, de enseñar, del español como cántaro. Mi vida creativa se fortaleció y así surgieron los talleres de escritura y el podcast —que más adelante fue una participación en radio—, y Usted & la Canción Mixteca (pronto, muy pronto, en su segunda edición).  Se puso bueno: a la pregunta de ¿dónde está la vida? se le sumó ¿cuál es mi lugar? y se me quebró un aullido dentro del aullido; vino el cisma y todos sus testigos estratégicos en las redes sociales. Claro que me afectó espantosamente, creo. Ya no me acuerdo. Seguí escribiendo, más o menos transparente, aferrándome a las palabras y a mis temas como a las raíces y a la apuesta de conectar.

He escrito muchos posts con el corazón, casi todos. Este es el más difícil de todos,  y, a la vez, el más gozoso.  Hace unos días firmé el contrato de mi primer trabajo de tiempo completo en trece años, mi reincorporación a la vida laboral después de la maternidad. Se me ha ido notando el tránsito del duelo y de las partes diseminadas a ir enunciando la unidad. Ese puesto me llegó cuando en vez de preguntarme pasivamente ¿dónde está la vida cuando sucede?, me puse al servicio de lo posible; cuando dejé de solicitarle a la vida que me mirara o que me compensara por el desencanto o por el dolor, pude ver el dolor de otras personas y aprecié mis privilegios. Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para hablar acerca de mí en un blog; hoy terminan.

Por supuesto que seguiré escribiendo, hay un tercer libro de relatos inéditos gestándose, más talleres de escritura en México, algunas entrevistas; postearé las actualizaciones, fechas y avisos en este espacio. No es una despedida, es la flor de coincidir, una planta que ustedes y yo sembramos y cultivamos juntos. Les quiero agradecer el regalo de su tiempo y de su atención. Gracias, gracias, gracias por cada uno de los comentarios, por la difusión, por su amistad, por las inspiración para seguir adelante. Con las mismas manos que usé para tapar mi boca, les mando un beso, sin ustedes hace un buen rato que el cuchillo se habría seguido de largo.

¡Hasta siempre! Reciban un abrazo de letras desde California.

                                                                                                           Michelle, Miranda, Maceta.

pd. YA SÉ que estaba increíble que fuera policía. Sí, habrá algo de eso en los relatos inéditos.

pd 2. Claro que sigo aullando, por lunática nomás.


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De alimentos para la inspiración

Verónica quedó de pasar por mi a los cuarenta minutos del mediodía. Cuando vi que se enfilaba hacia la carretera, supe que no íbamos a ir a comer a cualquier restaurancito del centro del suburbio vecino, y -me congratulé de conocerla tanto- ni para qué preguntarle hacia dónde nos dirigíamos.

Comimos, bebimos y contamos historias junto a una caja de seguridad que contenía teteras de plata y por hornos donde se amasaba la lealtad, y a través de campos de tulipanes, y de laberintos de piracantos y narcisos, y frente a un ojo de agua regido por Neptuno con lirios que -según el microscopio- se mecen, y hasta por un pasillo bien delimitado, cosa curiosa, pues iba y venía entre que eran peras y eran manzanas; y todavía le vimos la costuras a un chal de vanguardia, y proferimos insultos tiernos para una magnolia que no tenía madre. El lugar se llama Filoli y es una casa reconocida como sitio histórico dedicado al cuidado de sus jardines como patrimonio natural y cultural.

Verónica también me conoce, no le hace falta indagar hasta dónde llega mi capacidad de cultivar significados. Podemos vernos a cualquier hora, rumbo a lo que nos inspira. A veces, ella conduce; otras veces, yo manejo. Nos hacemos bien.

 Ha sido el mejor sándwich con sopa que he probado en la vida.


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Operativo Matatena

Lo que sé del apego, lo aprendí en mi casa. Lo que tuve que desaprender, lo supe como temario de escuela. El resto de mi infancia transcurrió jugando en la calle.

La “calle” era un pedazo de banqueta. En días buenos, de magnanimidad en materia de permisos, la calle abarcaba hasta el parque a media cuadra. Y sin embargo, la calle no se medía en metros cuadrados sino en posibilidades, texturas y en vecinos: los de la misma edad, los chiquitines, los gandules, los que no se juntaban con el resto de los mortales. El tiempo tampoco se medía en horas, sino en qué punto de llegar de la escuela, comer, hacer la tarea, salir a jugar o despedirse para cenar se encontraba cada quien.

La banqueta era el cuartel, la sala de juntas, el hospital, la refaccionaria. La acera de enfrente era todo lo otro, unido por una piñata en las posadas comunitarias. A lo largo, la calle era espacio entre porterías, velódromo, pista de patinaje, telegrama incesante de ¡coche!. El parque era el foro para comprobar que no todos los extraños asustaban ni todos los conocidos eran de fiar. Y mina de cacas arqueológicas. Y juegos hechos de tubos de metal que, un día, tuvieron color.

La calle, igual que la infancia, dura poco. Termina siendo un nombre dentro un listado urbano, una unidad que paga impuestos. Una fotografía en Google (Maps). Si pervive más allá de sus construcciones es por todo lo que se jugó en ella.

Mis hijas, como muchas niñas y niños de su generación, siguen siendo educadas en la casa y en la escuela pero no salen a la calle. Ya no se usa, ya no es posible por tantos motivos. Hay un duelo tremendo, colectivo, por esta pérdida de espacios. Quiero hacer algo al respecto, que no se les pasen los días que les quedan sin jugar lejos de las estructuras y más cerca de ver con la imaginación y los amigos donde solo hay asfalto, tránsito. Nada.

Conseguí dos latas vacías y un hilo, una matatena, un trompo y unas canicas. En franca equivalencia a los Super Amigos en el Salón de la Justicia, convocaré a todos los vecinos del mundo con un chiflido: los niños y las niñas tienen que seguir jugando en la calle porque la casa y la escuela no son suficientes y la televisión siempre hace trampa. Esta generación y todas las que siguen van a jugar en la calle porque nosotros, los que sí, lo haremos posible.

Un, dos, tres, por mí y por tod@s mis compañer@s. Y por nuestr@s hij@s.