Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Magnificente

Todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana. La casa y los pensamientos callan. Amanece el día. Los significados son los únicos testigos de que, horas antes, fuera de noche. Pero apenas se van desperezando. Es el café de preguntarme cómo estoy.

Las respuestas han variado según las casas que he habitado y la vista que ofrecía la ventana: cuando dio a una pared, mi «estoy» fue el anhelo de estar en otros ojos; cuando ofrecía unos geranios, mi «estoy» quería creer que estaba bien y a salvo, ¿verdad?; cuando el paisaje suburbano se coló por una puerta-ventanal, mi «estoy» fue de duelo sobre duelo bajo duelo. Y es que preguntar cómo estoy también ha sido cuestionarme cómo llegué hasta aquí.

Desde que me mudé, todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana que da a un olmo. Dicen los significados que, desde tiempos ancestrales, el olmo ha sido símbolo de sabiduría, fuerza, equilibrio ante la adversidad y crecimiento en grande. Asiento, es un arbolote. Al preguntarme cómo estoy señalo la viga de metal que ayuda al tronco para que el peso esté repartido y el olmo pueda seguir elevándose sin quebrarse: cuando el café viene cargado con dudas amargas, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón; cuando despierto tremenda, cierta de lo posible y con prisa de que ya sea el futuro, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón.

Sé cómo llegué hasta aquí, fortísima, vulnerable: eligiendo muy mal. Y decidiendo muy bien. Despierto. No cambio esta época por nada.

 


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De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.


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El muro

Un día ya no pude más. Pero de veras. No más. Ni sé, con precisión, de dónde provino el acabóse porque aquello estaba finiquitado desde hacía tiempo, era un final que ya se había anunciado en lo invisible y había reptado entre roles, y sitios y enunciados.

Fue una rendija, creo. Todavía vivíamos juntos y compartíamos la habitación. Las dos camas estaban separadas por un librero grueso, de dos vistas, retacado de libros, papeles, cajas, cualquier objeto que cerrara el atisbo hacia el lado opuesto donde estaba el otro con su respiración a todo volumen y sus movimientos que, ojalá, fueran menos sabidos de memoria.

Una rendijita. Esos hilos de luz son temibles, peligrosísimos. Dejan pasar a la esperanza y al síndrome de echarle ganas y al regateo: esto no está pasando, mira: todavía hay dónde asirse. Como si fuera posible pender de esa fisura accidental, y llamarle estar bien. No pude más, ¿si lo dije? Compré tres mamparas de triplay y clavos, de los largos. Sellé uno de los lados del librero con las tablas, los golpes de martillo de mi ser parte y juez de un desequilibrio sentenciado a ser insoportable. Nunca antes había hecho un muro. Mi vida era el resultado de esa falta de límites. Y, como suele ocurrir, los límites son encantadores para quienes los pone, pero resultan una afrenta para quien los recibe. El último clavo fue el punto final de esa relación.

Me quedé con el librero y su muro. Oh, terapia de arte, me dije, que me quede a modo de recordatorio: por dejada, por tonta, por co-dependiente, por [espacio en blanco para el reclamo que es reclamo del reclamo]. Qué miedo que vuelva a suceder.

Pasaron dos febreros.

Ayer dos de enero, apenas volví de mi viaje de diciembre, quité el muro. No le encontré sentido. No más. Ni sé con detalle desde cuándo estaba lista para removerlo. Me valí de una desatornillador y desmonté mis ganas de no avanzar, mi dique. Cuando terminé, recargué las láminas de madera y los clavos de aluminio bajo los cuadros de los pósters con las portadas de mis libros a un lado de las marcas de estaturas de mis hijas. El librero suspiró. Lo visible y lo invisible se estrecharon las manos. El recordatorio quiso quedarse: por valiente, por sana, por darme a respetar, por [espacio en blanco para la invitación a seguir adelante].

Después de quitar el muro, me preparé un té y miré por la ventana. En California llueve durante el invierno. Había cientos de gotitas en el cristal, una taza, motivos en el corazón, oscuridad a media tarde. Recomencé, requeteavancé. Atravesé algo de mí. Y si eché el martillo en la bolsa de mano fue porque confío en construir lo que sigue, no por temor a la repetición.

No todo lo que empieza ocurre al amanecer ni en las primeras horas. No siempre somos nosotros quienes recibimos al año nuevo. Algunas veces —como el dosmildiecisiete—, es el año quien nos recibe con la cuenta regresiva, nos hace fiesta, nos dice pásale, cuélate por los espacios más finos, asómate a través de las grietas, libera los obstáculos, desarma lo que te estorba, sopla la serpentina. Nos reinicia, año generoso, y nos regala gestos simbólicos sorprendentes. Como haría quien ha esperado toda la vida para vernos llegar.


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Bien lejos

Viajé, y volví sabiendo de abrazos.

Yo creí que conocía todo acerca de esa cercanía. Me faltaba saber de distancias.

Porque es posible abrazar botes de basura donde, al fondo, hay libros.

Abrazar como si las banquetas fueran capillas de andenes.

Reconocer, asentir. Oye, sí: abrazo;

ahuyentar, ahorita no. Pero ven, te abrazo.

Que hay abrazos que afirman «esta negación es mía»;

o través de café o textos de sangre;

abrazos de personas que nunca llegan

y de personas que aceptan una cita espontánea;

abrazos que son ovación de pie;

que son chilaquiles con vista al parque;

que tienen algo de cordón umbilical.

Abrazos que son reiteración, pasar lista.

Ya no está uno para repetirse,

¡cuánto bien hace repetirse!

Subrayar, insistir: mira, esto es lo que siento.

Puedo decirlo de muchas maneras, o de una sola,

y traducir: abrazo.

Porque que si sólo sabes abrazo, en la cercanía o en la distancia, es suficiente.

Mi pasaporte no dice, con verdad, qué tan lejos fui. Celebré controlar cada vez menos, querer cada vez más fuerte.  Tuve que pagar exceso de equipaje porque los abrazos jamás se quedan en el cuerpo.

Viajé, volví.


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Vida, ocurriendo.

«Harta de la vida a medias», se leía en la primera entrada de mi blog: un plantilla en Blogger creada en una madrugada de 2006. Tenía rato con ese pendiente, la pregunta de cuándo iba a ocurrir algo que yo pudiera considerar como Vida, Ocurriendo y entonces sí: todos los significados, las ganas, la pasión y la creatividad que hervían por manifestarse, tendrían un sentido. Mientras tanto, sólo me ocurrían deudas de banco y morales, corazones rotos y luego pespuntados, pañales, mamilas, circulares de escuelas cuadrada, uniformitos. Quería desaparecer o la respuesta:  ¿dónde está la vida cuando sucede?

Yo escribía desde que aprendí a escribir, pero no lo hacía con frecuencia. Cuando abrí mi blog me reté a ser constante; sin embargo, adquirí el mal hábito de encriptarme. No quería decir lo que realmente estaba pasando, ni deshonrar o lastimar a las personas involucradas en esa vida a medias. Insinuaba, sí, que algo estaba pasando. A veces, aullaba y luego me tapaba la boca. Esa era mi otra plantilla: no podía hablar del mundo, y cuando lo hacía, era desde mí, y parcial. No me daba la cabeza para más, no tenía otro recurso. Escribía un post a la semana sobre letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, hijas, casa, con textos tan breves que a la depresión no le alcanzaba el tiempo de servirse un café y sentarse a acompañarme junto a la computadora.

Las palabras tocan, nombran, hacen alquimia, reacomodan, transportan. Cuando migré a California, ese blog estaba impreso en una antología. Continué escribiendo, pero a mi añoranza por una vida completa se le sumaba la nostalgia de México y de interactuar con mis lectores, de enseñar, del español como cántaro. Mi vida creativa se fortaleció y así surgieron los talleres de escritura y el podcast —que más adelante fue una participación en radio—, y Usted & la Canción Mixteca (pronto, muy pronto, en su segunda edición).  Se puso bueno: a la pregunta de ¿dónde está la vida? se le sumó ¿cuál es mi lugar? y se me quebró un aullido dentro del aullido; vino el cisma y todos sus testigos estratégicos en las redes sociales. Claro que me afectó espantosamente, creo. Ya no me acuerdo. Seguí escribiendo, más o menos transparente, aferrándome a las palabras y a mis temas como a las raíces y a la apuesta de conectar.

He escrito muchos posts con el corazón, casi todos. Este es el más difícil de todos,  y, a la vez, el más gozoso.  Hace unos días firmé el contrato de mi primer trabajo de tiempo completo en trece años, mi reincorporación a la vida laboral después de la maternidad. Se me ha ido notando el tránsito del duelo y de las partes diseminadas a ir enunciando la unidad. Ese puesto me llegó cuando en vez de preguntarme pasivamente ¿dónde está la vida cuando sucede?, me puse al servicio de lo posible; cuando dejé de solicitarle a la vida que me mirara o que me compensara por el desencanto o por el dolor, pude ver el dolor de otras personas y aprecié mis privilegios. Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para hablar acerca de mí en un blog; hoy terminan.

Por supuesto que seguiré escribiendo, hay un tercer libro de relatos inéditos gestándose, más talleres de escritura en México, algunas entrevistas; postearé las actualizaciones, fechas y avisos en este espacio. No es una despedida, es la flor de coincidir, una planta que ustedes y yo sembramos y cultivamos juntos. Les quiero agradecer el regalo de su tiempo y de su atención. Gracias, gracias, gracias por cada uno de los comentarios, por la difusión, por su amistad, por las inspiración para seguir adelante. Con las mismas manos que usé para tapar mi boca, les mando un beso, sin ustedes hace un buen rato que el cuchillo se habría seguido de largo.

¡Hasta siempre! Reciban un abrazo de letras desde California.

                                                                                                           Michelle, Miranda, Maceta.

pd. YA SÉ que estaba increíble que fuera policía. Sí, habrá algo de eso en los relatos inéditos.

pd 2. Claro que sigo aullando, por lunática nomás.


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Entereza

El invierno puede ser cálido. Basta ver a la escarcha besando los techos y los jardines y las ventanas; al vaho de las sopas y cafés; a los abrazos durando un poquitito más que de costumbre; a los cuervos tan negros como azules, en cofradía. (Y a la luz. Basta ver a la luz siendo luz. Oblicua, pero luz. Mesurada, y luz. Cojeando, tan luz).

La cuesta de enero, las muertes en tríptico, las neumonías, los adioses, las excavaciones que fracturan los cimientos cercanos: son el invierno conspirando con lo posible, rapándonos los bucles del miedo, haciéndonos rehenes de nuestras pérdidas. De ahí sale el calor: de atravesar el frío, ateridos. Y de seguir.

Somos la estación que mira a la estación, frotándonos las manos.

No estamos rotos.