Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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De fortalezas, corazón

Lo peor había pasado ya y mi corazón era un sobreviviente de dos intentos consecutivos de asesinato emocional premeditado y hasta continuó latiendo en el lado izquierdo de mi pecho. Qué fuerte. Por aquello de no tentar al destino en cuestión de daños mayores, lo cubrí con un capelo transparente y, recuerdo bien la intención, me propuse seguir sintiendo. Que ningún dolo me anestesiara, por más golpe o traición, por más saña recibida o deshonra pública.  Sentir, como prueba del corazón mal matado.

No había vuelto a la casa-país donde nací. Era la primera vez que viajaba después de no haberme muerto de aquellos amores tóxicos. A mi intención de sentir le añadí el orgullo de regresar con mi corazón en solaz funcional pues uno de los efectos secundarios del capelo fue delimitar mi espacio personal y proveerme de una distancia en la convivencia que, por estos rumbos anglos, es la norma. Resulta práctica y eficiente, hace posible sentir sin implicarse y responder a un «¿cómo estás?» Todo en orden, todo bien, todo bonito y bajo control, según alguna definición de felicidad.

Durante las 24 horas iniciales de mi viaje descubrí tres verdades: una, que en un día de fiesta en México se reciben más abrazos que en un año en California; dos, querer sentir es distinto a sentir; tres, no había tal capelo transparente: era una fortaleza reforzada con el puente levadizo clausurado, rodeada de trampas para los intrusos y cubierta de hielo. Nomás llegué con mi gente y ¡qué me duró! A lo largo de la semana hubo más abrazos, más tocar el hombro y el cabello y a través de la risa y de la comida. Huapangueros, jazz, trova al piano, fotos locas, confesiones en la banca de un café, firmas de libros, más calor de sol y relajo, más calidez que derrite las decisiones de sentir con cautela como aman los escaldados. Eso explica el agua a mis pies, porqué lloré a cada rato. Me rebasó tanto abrazo y recordar, con hechos, cómo se siente ser querida.

Cuando llegué a mi casa-donde vivo, eliminé cualquier metáfora de envoltorio y, recuerdo bien la intención, me propuse seguir sintiendo. Que ningún solaz funcional  me anestesiara, por más adulta o recuperada, por más lecciones aprendidas o resistencia ante la adversidad.  Sentir, como prueba del corazón que no necesita pruebas, sólo estar presente, tocar y dejarse tocar.

Creo que volví a nacer.


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Claridad

Antes las preguntas de querer saber escapaban de la boca y no alcanzaban a ponerse su traje de pertinencia o de todo tiene su lugar y su momento. Pocos decían: «deja de hacer preguntas», en cambio, las dejaban flotar hasta que se les acabara el aire aunque ocuparan todo el oxígeno del cuarto. Y las horas ¡qué largas eran!

Antes, en esa misma época de querer saberlo todo con urgencia, había cajas redondas de latón que alguna vez tuvieron galletas de mantequilla y, dentro de esas cajas, botones. Nadie cuestionaba qué fue de las galletas o por qué el envase y el contenido desafiaban la lógica. «Trae los botones» era una orden amable para distraer curiosidades, para que el aire fuera respirable de nuevo y las horas de visita o de lluvia se hicieran menos tediosas.

Las tías, las abuelitas, las primas grandes, las comadres, las parientes: todas tenían una caja de botones como embajadoras de la mercería itinerante y de la Providencia: tener a la mano el reemplazo de un botón perdido es un regalo del cielo precavido. Al abrir la tapa curaban la picazón de las preguntas con un bálsamo tan antiguo como la humanidad: contaban historias.  Y esas historias a través de los botones, es decir, de las prendas, de las modas, de los estilos personales y de los colores, se convertían en una manera de viajar, rompían el hechizo del encierro. Las horas, ¡qué cortas eran!

Hoy, cuando un tema o una pregunta no me dejan en paz, me basta con hacer sonar una caja de latón repleta de los botones que he adquirido en las tiendas de segunda mano y de telas, en las tintorerías y de mi propia ropa. Abro la caja con la reverencia del tesoro que es, así de ruidoso y diverso, y empiezo a ordenar mis pensamientos por tamaños o texturas, viajando, viajando hacia las ganas de contar, y me aclaro. No por sabia ni por alguna magia específica sino porque me trae recuerdos maravillosos. Me gusta ser mujer con una caja de botones, mía o heredada y la niña que fui se sigue deleitando en cada botón.

Pero no acepto distracciones ni cuentitos. Al abrir la caja también me transformo en botón de mi primavera interna, botón del teclado de mis impulsos o placeres, botón de abrazar situaciones incómodas y de abrazar el derecho a la información y a ir más allá de la apariencia. Sigo queriendo saber, impertinente, con impaciencia. Hoy voy tras el rastro de migajas de las galletas.


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Gracias, Francisco

Le tomé una fotografía en el podium, resguardada junto a los controles de las luces en el escenario. Aquel hombre bajito de los Altos de Jalisco —una ironía que él mismo enfatizaría al terminar la plática mientras firmaba libros en lo que me unía al personal de la escuela para recoger las sillas— no se presentó con sus títulos nobiliarios de academia, es decir, no dijo que es profesor emérito en varias universidades ni su maestría y doctorado en Literatura Latinoamericana, mucho menos mencionó que sus libros autobiográficos están dentro de los 50 títulos más importantes de la literatura juvenil estadounidense o que fue ganador del premio John Steimbeck, ese que otorgan a creadores cuyas obras promueven la empatía y el valor de superar situaciones de adversidad profunda.

Por el contrario, se presentó como un niño campesino que llegó sin papeles a Estados Unidos con su familia. Panchito, el Pecoso, Preguntón, el que recogía fresas desde los 6 años y le pagaban tres centavos por libra, el que siempre se estaba mudando de campamento porque y añorando permanencia, algo que fuera cierto y seguro, no las variaciones en los campos, de años buenos y años pésimos, de pasar meses de hambre y helada, del trauma de no saber ni una palabra de inglés y ser el que llegaba hasta noviembre a la escuela (¡qué va a saber el calendario escolar de los tiempos de las cosechas!) El que siempre vio a su padre doblado por el dolor de espalda por el peso de los costales, el que tuvo un hermanito bebé al que vistieron con ropa que hallaron en un basurero porque la familia no tenía para más. El que llevaba una libreta para apuntar palabras nuevas, todas las posibles, con esas ganas insaciables de saber, y que se le quemó en un incendio. El que tuvo una mamá que no sabía leer ni escribir pero que sabía de la vida, de la paciencia, de los tesoros que nadie puede arrebatar o perder.

Dedicó un buen rato a hablar de Don Pancho: aquel hombre que contaba historias de espantos; siempre se arrepintió de no haberlas podido grabar, ni cómo. ¡Esas sí habrían dado para un best-seller! Lástima que a Don Pancho se lo cargara la migra, nunca lo volvió a ver. Panchito añoraba algo que durara y encontró el conocimiento, tanto el que proviene de estudiar como el de escuchar un relato: a donde uno vaya le acompaña lo que sabe y lo que recuerda. Ese es el poder de la educación, de honrar las raíces, de apreciar el sacrificio que otros han hecho para que podamos tener mejores oportunidades de vida. Le tomé la foto mientras se dirigía a su audiencia: una centenas de familias provenientes de México y Guatemala, en su mayoría. Ojalá mi fotografía hubiera podido captar el silencio respetuosísimo y tierno del público que estaba escuchando.

Pedí ser la maestra de ceremonias de ese evento porque Francisco Jiménez no sabe que que su «Cajas de Cartón» fue uno de los primeros libros que leí cuando llegué a California. Había llevado a mis hijas a una biblioteca púbica y empecé a hojearlo y conecté con él. En esa época yo estaba triste pero era un pesar raro: de preguntarme cuál era mi lugar. Frente al libro de Francisco, sin saberlo yo, se gestó «Usted & la Canción Mixteca», mi interés por el duelo migratorio y el rumbo de mi vida profesional y personal. Ai’ nomás.

Cuando acabó el evento, guardamos las sillas, nos tomamos la foto y me firmó una copia de su libro, quise decirle quién era y qué significaba para mí. Sólo atiné a agradecerle con la torpeza de la introversión que a veces me acompaña. No fui la única (aunque otras personas lo hicieron con más gracia y efusividad y motivos): gracias, Francisco. Gracias por trabajar duro, por celebrar tus dos idiomas y tus dos culturas, por modelarnos la dignidad de quien salió adelante, por contar tus historias en tiempos de hambre de inspiración y helada de asideros.

Pareciera que este tipo de encuentros tienen una mera relevancia local. No dejo de pensar que, mientras más voy conociendo personas y más observo cómo hay preguntas que van trazando el rumbo, me convenzo de que todos y todas somos migrantes.


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Desde la pista de baile

El siguiente post puede contener referencias tremendamente locales para los lectores de México. Lectores internacionales: con tantito ocio y algunas inferencias, el texto puede adaptarse a su país y ampliar las fronteras.  Gracias, en todos los casos, por leer. 

No hay nada peor que llegar tarde a una fiesta. Y no me refiero a la impuntualidad. Tarde como quien asociaba abrir pista con los acordes invariables de «New York, New York» y, de pronto, es arrollado por una multitud que sale de todas partes del salón de eventos, doctísima en qué corear o hacia dónde moverse si suena Payaso de Rodeo o Gangnam Style o YMCA o la Macarena. Muy tarde, como quien supo de Timbiriche hasta pasados los treinta. Majaderamente tarde, como quien creía que el Mariachi Loco era el nombre de un grupo. Tarde, nivel pena existencial, como quien apuntaba en una servilleta todas esas canciones para aprendérselas después y poder ir a una boda (o graduación o posada o cumpleaños) y sentirse normal. Algún día les cuento las causas de por qué ese alguien llegó tarde a la fiesta del gozo de  la cultura pop(ular) pero sí puedo adelantarles de quién se trata. (La autora levanta la mano con timidez).

Cuando mis hijas nacieron me hice el propósito de que pudieran ir a una fiesta y saberse muchas canciones y disfrutarlas.  Pareciera una tontería, algo que nada tiene que ver con la educación o con la vida. Permítame insistir en lo contrario: saber participar en una fiesta es parte indispensable de convivir. Y, sobre todo, es un derecho de pertenencia: echar relajo, ir perdiendo la compostura, sentir la euforia de la familia y los amigos, sabernos diferentes e iguales, mover el bote, mover los hilos que nos unen. Era y ha sido una de mis metas más entrañables como mamá.

Para acabar de apremiar, nos mudamos a California y mi meta se complejizó porque tenía, además, el reto de mantener intacto el español de mis hijas. Claro que he leído poesía y narrativa y enriquezco su vocabulario y todas esas monerías de madrescritora.  Pero —la autora rechina de emoción— no siempre es primero la obligación y luego el fiesta: en el punto medio puede haber una lista de canciones.

Mi lista se llamó «Ésta de cajón la tocan en México». Tenía gran potencial: no sólo eran las canciones típicas que suenan en las graduaciones, bodas, posadas, noches el 16 de septiembre y reuniones en grande, también se prestaban para el diálogo psico-social. (La autora derrama una lagrimita de academia). Cada vez que nos subíamos al coche, yo lo convertía en pista de baile, ponía las canciones y, entradas en el tema, les contextualizaba Los Luchadores, explorábamos dinámicas de género con Mi Cucu, Tú y Yo Somos Uno Mismo, El Rey, y La Suavecita; supieron quién era El Nazareno en la cadenita que se le perdió al novio de Carmen, imitaron onomatopeyas con El Mudo. Tocamos el inevitable mal de amores en Que Nadie Sepa Mi Sufrir, Mis Sentimientos, Cómo Te Voy a Olvidar, y Mil Horas; El Negro José, Juana La Cubana, El Bodeguero y Pachito el Ché se convirtieron en miembros de nuestra familia. Algunas mamás bendicen a sus hijos camino a la escuela, yo les he cantado La Boa y, al abrir la puerta, ha sido con un cariñoso «un, dos, tres, todos para abajo».

Sólo me faltaba que pudieran ir a una fiesta de esas que ustedes y yo conocemos, pero nuestra vida social acá es muy limitada y tiene otro pulso. No siempre tuve suerte cuando fuimos a México. (La autora aprovecha para disculparse mentalmente con el conjunto terco que insistió en tocar dos horas de merengue durante el fin de año de 2016 en Cuernavaca. Mi odio fue temporal nomás, ojalá pueda comprender mi urgencia de variedad). Nada mermó mi meta ni mi proceder hasta que por fin, hace un par de semanas, una amiga de Victoria Luminosa la invitó a sus XV años. Mi hija nunca había ido a una fiesta así —los detalles en torno al evento dan para otro post—, baste saber que cuando fui por ella volvió cansada y feliz, alborotada. Y sorprendida, mucho, porque habían puesto las canciones de nuestra lista. ¡Todas! Era como estar en una fiesta pero en casa. Sabes cómo se siente, ¿verdad mamá?

He tenido momentos gloriosos en la crianza y ese con mi hija. *Una máquina echa hielo seco entre párrafos* Aunque me quedaba la duda de por qué estaba sorprendida. Es decir, según yo, quedaba claro que el propósito de oír esas canciones era para que, cuando fueran a México o en presencia de personas de su país, pudieran integrarse a una fiesta y no pusieran, literalmente, cara de what. Victoria Luminosa admitió que, después de su experiencia en los XV, cuando vio a la cantidad de tíos y tías y primos y primas de la quinceañera, a la tía Güera genérica, a los abuelitos, a los compadres, entendió que aaaah, así es la cosa, nosotras somos tres, a veces cuatro, mexicanos en California, pero sí somos normales. Antes de la fiesta, confesó, tenía otra explicación a mi chincual por recorrer la lista de reproducción bajo el enfoque informal de Introducción a la Cumbia y Ritmos Tropicales, temas selectos de Idiosincrasia Latinoamericana.

—Pensé que era porque— noté cómo elegía sus palabras con precisión— estás un poco loca.

Claro que estoy loca. Yo, que durante años, no supe qué hacer en una fiesta o cómo comportarme, me daba la impresión de que todos poseían un código que yo ignoraba y, a ratos, me sentía un poco triste mientras los demás dominaban qué bellos son tus celos de hombre y qué cosas suceden con el apagón. Estoy en paz con haber llegado tarde a todas las fiestas de mi juventud porque en los años que siguieron he hecho de mi vida un carnaval. Esa locura ha sido una de las rúbricas de mi maternidad y un proceso divertidísimo.

Invítenme a una fiesta y les enseño todo lo que he aprendido. (La autora se aleja bailando Disco Samba).

 


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Ay.

Quizás fueron las anestesias epidurales o el descuido en la postura al echar la ropa a la secadora. O haber subido pisos y pisos con bolsas del supermercado o haberme gastado la cuota de peso iliaco durante el kínder —y ya entrada la primaria— de mis hijas. O los varios dueños de la silla de mi oficina o los rituales simbólicos de cortar con algunos patrones de mis antepasados. O la edad, por supuesto: camino como si hubiera envejecido cuarenta años en una semana. Tengo forma de L.

He mirado el dolor físico con cierta curiosidad, cómo habla con frases largas e imágenes sostenidas presionando la urgencia y las alarmas de que algo no está bien, con qué ternura me muestra que el control es una ilusión. Cuando hay dolor sólo hay dolor, el resto sólo son modos de darle la vuelta hasta que vuelve a doler, crece la súplica: ayuda, alguien. Me es curioso, pensé que sabía algo de lo que duele por dentro.

Justo anoche tenía que impartir un taller de migración en una de nuestras escuelas. La amenaza de la presencia de ICE en el norte de California está alborotando el pánico en las familias, tengo que repasar con ellas la información para que conozcan y ejerzan sus derechos. Durante la hora y media que duró la plática me recargué, intermitente, contra una mesa y pude disimular, sin mucho alivio, que no podía con la espalda. Terminé el taller hilando entre dientes todas las groserías que me sé hasta formar una soga con nudos para avanzar a rastras de mí jurándome que hoy iría al médico.

A punto de terminar la sesión, cuando ya estábamos guardando el material, un hombre levantó la mano.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Habíamos cubierto el tema a lo largo de la plática y, por un momento, me extrañó la pregunta. Ese señor había estado presente desde el inicio, me constaba. Un tirón me punzó desde la cintura hasta la rodilla, la mesa me sostuvo poco. El señor me preguntó con los ojos si lo había escuchado. Sí, señor: claro que lo escuché. Y usted, ¿puso atención?

Conforme se vació el lugar y se fueron yendo las personas, sólo quedamos él y yo, uno frente a otro. Y me di cuenta que, en vez de sentarse en las gradas, el señor había estado de pie y cargando a un bebé dormido durante los 90 minutos que duró la plática.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Ninguno de los dos, a esas alturas del día, sentíamos las piernas. Ayuda, alguien.

Todo fuera como explicar un folleto o hacer una llamada al centro de salud. El señor se fue sabiendo qué hacer si la migra le cae a su chamba y y yo, en cuanto terminé el evento, programé una cita para las dos de la tarde, volví a casa, mañana se hizo hoy.

Cuánto, cuantísimo puede doler el dolor de otro ser humano.

Desde mi probable nervio pinchado no dejo de pensar en aquel hombre.  Hoy será un día de analgésicos. Quiero los que me permitirán moverme con libertad,  pero ninguno para apaciguarme el corazón apachurrado ni las ganas de llorar porque la súplica de ese señor, padre, migrante, indocumentado se coló, contundente, hasta el cuestionarme el hacia dónde de mi trabajo.

Cuando hay dolor sólo hay dolor pero también una oportunidad de conexión que involucra a las personas en modo indeleble y desafía el orden y da la fuerza para resistir tantito más y hasta más. Hay encuentros que, incluso, resignifican la profesión y devuelven la vitalidad, hace que se olviden los achaques y las frivolidades.

Claro que lo escuché, señor. No tiene idea qué tan hondo.


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Unidad mínima indispensable

¡Tanto te lo dijeron!  Que no, te falta, no eres suficiente. ¡Tanta tu insistencia! Que sí, quiero pertenecer, por favor, anden. Y sentías la amenaza: algo horrible va a pasar si me rechazan estas personas, una tragedia, un «Me voy a morir». Y tu cerebro te lo confirmaba, con esa neurobiología del apego que es indispensable para que la especie sobreviva.

Y te fuiste muriendo de la otra muerte: la de no tener un lugar. O de que te lo quitaran, de pronto; un juego de las sillas de la validación. Porque si cumplías con lo que se esperaba de ti y no eras demasiado original y no cuestionabas por qué este modo de hacer las cosas, te llamaban leal, «una de los nuestros». Y esos eran los mejores días del mundo. ¡Qué bien se siente pertenecer! es como una risa del alma, una casa portátil que siempre cuida de la intemperie. Pero si tú eras tú, ya sabes, que sales con tus cosas, que avergüenzas, que no obedeces, que no cambias, no te compones ni maduras, ¿qué quieres aquí? no eres de los nuestros. ¡Y cómo duelen los reclamos! Escuecen, inflaman, supuran, cierran las puertas con candado, llueve y no deja de llover. No hay techo. Tanto te lo dijeron, tanto insististe.

Hasta que un día, nadie sabe bien cómo o por qué, revisaste la lista de condiciones para que te trataran con respeto.  Notaste el color engangrenado de la tinta de ese contrato muy antiguo y reíste con la otra risa: la de romper las cadenas que son los hilos que hacen posible el estire y afloje de la manipulación. Y tu risa —con el combustible de insistir— quemó el acuerdo donde tú, por siempre, estabas en una posición de desventaja temiendo que te mandaran a exilio, que te negaran, que se cumplieran sus profecías acerca de lo mal que te iría por ser tú misma.

Podrías afirmar que los mandaste lejos pero sería impreciso: ellos, ellas, siguen donde siempre. Lo que cambió —nunca de súbito y admite: vaya misterio— fue tu adicción a ser mal vista.  También fuiste dejando el vicio de otorgar títulos nobiliarios para que luego te devolvieran la mirada validándote y certificando emocionalmente que sí (¿verdad que sí?) eres digna de pertenecer y de ser aceptada porque ¡cuánto has sufrido por eso! Ya luego, con el paso del tiempo, descubriste que eres unidad mínima indispensable de clan, de biblioteca, de álbum, de escuela, de compañía, de casa. Eres de ti. Contigo basta para ejercer esa unidad por principio; hay espacio para ser y crecer. Dejaste de sobrevivir apenas: hallaste que hay más vida en ese descubrimiento que muerte en el rechazo.

Y, entonces sí, los mandaste a la chingada.


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El otro dosmildiecisiete

«Dosmildiecisiete» ya cuenta como adjetivo de año arduo. ¡Y de qué manera! Pero, fíjense, en aras de la precisión, hay que hacer algunas acotaciones al diccionario.

Fue el año en que un extraño te preguntó en una fiesta ¿bailas? y todos los hielos se derritieron. Un detonador te empujó a llorar en un baño público y el ¿estás bien? anónimo se escuchó diáfano y sin eco. Contemplaste un atardecer, llegaste a un aeropuerto, viste a una pareja frente a ti y celebraste un logro sin necesitar un romance de película para sentirte suficiente. Tu sí fue sí, tu no fue no. Tu café (o té) siempre enunció, ceremoniosamente, punto y aparte. Nadie cobró por acompañarte a cruzar la oscuridad. Tu nombre fue pronunciado con respeto cuando estabas ausente. Un meme te hizo reír cuando estabas quebrándote. La ansiedad pasó de largo varias veces porque le contaron de tus actos valientes. Mientras el banco estaba resolviendo los trámites de tu tarjeta clonada, encontraste un billete en tu bolsa. La memoria fue gentil cuando cerraste los ojos y recordaste la pérdida o los escombros o la violencia o la traición o la corrupción o la desesperanza. Recibiste la ayuda distintiva de un voluntario o voluntaria.  Ayudaste como voluntario o voluntaria y cambió tu percepción de las calles y del sufrimiento. Perdonaste o te perdonaron y sonaron las fanfarrias junto con el derecho a regular la distancia. Mientras más difícil era la situación, alguien te apoyó con los trámites, a cargar cajas, a recibir un diagnóstico y a escuchar tu historia. La ternura, en formas inesperadas, atravesó tus armaduras y sus motivos. La silla del hospital era  reclinable. Nada de lo que te han obsequiado pueda comprarse en una tienda, y algunos libros.  Hoy abrazas el poder de un calendario en blanco.

No sé. Quizás este año, por definición, se trató de creer en milagritos.