Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Botas de agujeta

Las mujeres de tobillos frágiles sabemos que nos preocupa tener que subir o bajar tres pisos de escaleras en tacones.

Las mujeres que no tenemos todas las respuestas sabemos que a veces confunde ir a fiestas donde las mesas se agrupan por parejas.

Las mujeres migrantes y las que vivimos solas sabemos que es abrumador estar en una reunión llena de gente que se conoce de años.

Las mujeres que viajamos a países donde matan a mujeres sabemos, tristes y sabias, de estar alertas, listas para huir y ponernos a salvo.

Por los motivos anteriormente expuestos y porque me fascina vestirme de enunciados que se complementan: fui a una fiesta a México y llevé un vestido con botas de agujeta. Subí y bajé corriendo la escalera, bailé en grupo con las personas que amo, me quité la abrumación abrazando y siendo abrazada, brinqué de desparpajo como si el mundo fuera justo.

Las botas parecieran un detalle sin importancia, una excentricidad victoriana de 32 centímetros. Y lo son. Salvo que me permitieron levantar la cabeza —algunas mujeres crecimos sintiéndonos avergonzadas y fuera de lugar—.  La pasé bomba.

 


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Manos Vacías

Ayudas cuando estorbas sin estorbar,

cuando nombras sin etiquetas,

cuando dices «esto es mío» y lo cargas,

cuando llegas puntual a tu cita con el recaudador,

cuando pasas de largo de los grupitos que se burlan,

cuando lloras y no escondes tus ojos inflamados,

cuando ríes y no te tapas la boca (salvo que tengas comida),

cuando descubres el espanto en la sorpresa,

y lo ordinario en el miedo en lo cotidiano.

Ayudas al donar y al unirte a causas invisibles,

al leer, se te dé o no,

al cortarte las uñas cerca de un basurero,

al apuñalar a tu personaje en la historia que te cuentas,

al regar el ojalá aunque el cómo sea incierto,

al obsequiar flores en acuarelas y no en ramos,

al dormir y dejar dormir.

Ayudas por todas las veces que no puedes ayudar

y vuelves a casa con las manos vacías

midiendo un metro y tantos junto a la secoya de la vida,

de los trámites, de las políticas migratorias que no requieren juez,

porque deportaron a una familia que atendías.

Ayudas porque el piso del mundo está hecho de vidrios rotos,

interminables.

 


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Introspección

A veces creo que estoy buscando una razón y el sentido a lo que vivo.

Veo para dentro como si me asomara al escote del diccionario bilingüe que llevo cerca del corazón. Significa, significa— dice el latido.

Escucho para dentro como si pusiera el oído en el centro de una guitarra de llevar serenata a peces y estrellas. Significa, significa— dice el telescopio.

Huelo para dentro como si subiera al segundo piso de casa de mi bisabuela y me detuviera frente a todas las botellas de agua de azahares. Significa, significa—dice la madera.

Toco para dentro como si fuera el segundero del reloj que siempre suena húmedo en las historias que me son íntimas. Significa, significa—dicen los ovarios

Pruebo para dentro como si mandara en la cocina creativa donde se prepara el pan que quita el hambre de compañía. Significa, significa—dice el mortero.

Y termino descubriendo que, mientras vivo, el sentido me encuentra, me invita y,  despacio, me devuelve el cuerpo.


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La carta

Dejé la carta en el mostrador para que se la entregaran y me fui a hacer los mandados. Él (Otrora Sílfide, como lo nombré en un post pasado), quizás, la esperaba; hacía meses le había comentado, mientras me descalzaba las zapatillas,  que algún día le contaría cómo llegué a su clase y qué removía en mí.

«Todos sabíamos que nunca me dedicaría a ser bailarina, una infección de oído había estropeado mi sentido del equilibrio. Pero todavía adoraba el ballet. Me quedaba ese consuelo.

Como inmigrante, estoy acostumbrada a que la gente me pregunte de dónde soy. Cuando me uní al grupo de ballet para adultos, esperaba que nadie hiciera esa pregunta porque tendría que revelar que vengo de un lugar donde el ballet duele. Esa afirmación no tiene nada que ver con mi país. Mi origen es (y fue) un lugar donde el movimiento se reduce a nombres en francés y la música es un sonido simple y los espejos son enemigos: el lugar de la vergüenza.

Escogí el grupo de principiantes dudando si pertenecía o no. Tenía veinte años de experiencia en el baile y, sin embargo, nunca avancé más allá del nivel básico. No me importó, perseveré año tras año con la esperanza de sentirme mejor con el ballet o conmigo misma. Un día entendí lo que mis maestros habían transmitido todo el tiempo: era un caso perdido.

Al unirme al grupo de adultos, tuve que enfrentarme a otra capa de dolor: las secuelas de una pésima epidural, tener demasiado busto que mantener quieto, la tristeza insoportable que aparece en cada ronde des jambes, no poder girar o hacer piruetas porque me mareo, la sensación permanente de que me voy a caer y lo solitario y simbólico que es sentirme así casi siempre.

Y, sin embargo, soy un principiante, que todos los domingos por la mañana se asombra. He encontrado bondad en demi-pliés, mambo incrustado en tendus, ejercicios de calentamiento con los boleros que mi abuela solía cantar al piano, compañeras que van en su segunda jubilación, secuencias de allegro que terminan con un aplauso y un espectáculo que es absolutamente nuevo para mí: un maestro convencido de que podemos aprender y bailar.

Cada clase termina con un port de bras. Es más que una pieza para regular nuestra respiración con pases de brazos, también es un momento de consuelo donde el ballet es para todos: los jóvenes, los cansados,, los rotos, los valientes, los recién llegados, los reincidentes. He llorado en silencio muchas veces durante esos momentos como lo haría en un espacio sagrado mientras recuerdo el dolor pasado y me siento agradecida por los tiempos mejores. Para mí, ese port de bras es una conexión a través del espejo que nos hace visibles y bellos.

Mis manos y brazos están llenos de esperanza porque finalmente superé esa experiencia traumática. El ballet me consuela e inspira más que nunca. Este es mi lugar, donde vivo y pertenezco.

Gracias, Greg».

Yo no tenía expectativas de qué podía pasar. Le dejé la carta y ya. De veras.

A la siguiente Greg, entró a la clase buscándome con la mirada, caminó hacia mí y me rodeó con un abrazote. «Gracias a ti, gracias por estar aquí, gracias por tu carta», repetía. y yo sollozaba y nos escuchábamos como la radio en AM sin antena, pero del cariño.

Esa clase fue como cualquier otra excepto que, cuando fueron los ejercicios al centro, mi maestro extendió la mano para que me sostuviera de él; pude avanzar coordinando el paso con la certeza de que por una vez, una glorosísima vez, no iba a caerme. Podría escribirle un volumen entero de cartas contándole todas las dudas que me anuló modelando ese apoyo literal y físico  que, tantas veces, es justo lo que la mente y el corazón necesitan.

Se lo escribiré bailando y estando presente. Ese género me gusta mucho.


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Aquí y ahora, sí.

Cerrar una escuela trae pesadumbre a una comunidad. Cerrar dos, retos de transporte y sentir. Cerrar cuatro es deshojar los diccionarios, descomponer las sumas, fustigar a las familias con los renglones de las hojas del presupuesto. Lloran los niños y niñas por su casa-aula, lloran los maestros abandonados, lloran los papás migrantes queriendo entender el proceso de re-inscripción en el idioma de la burocracia. Y lloro con ellos porque sólo tengo dos manos y sólo puedo arroparlos en español en horas de oficina.

Abrir un documento nuevo con la intención de hacerlo libro trae gozo. Abrir la puerta al desfile de significados y personajes, incertidumbre. Abrirse al compromiso de escribir de principio a fin es ponerse de frente al vendaval, perder las llaves, avanzar con mapas que cambian de norte, beber café que sabe a óxido. Decir que no es abrirle paso a la depresión y al cuchillo que apuñala amores; hay que escribir con el tiempo más preciado y nunca con el que sobra. Hay una loba simbólica que alimentar o se come a los venados que visitan. Hay dos hijas adolescentes y la crianza es más demandante hoy que en los dieciséis años previos.

Hace 12 años, 4 meses y 3 días inicié esta bitácora con la intención de aceptar el momento que estaba viviendo, o morir marchita. «Aquí y ahora» fue el título del primer post. Desde aquella madrugada, he ido siguiendo la pista de los días hasta donde me lleve el corazón. La espiral me ha traído a revisitar este lugar, sólo que no estoy dialogando frente a mi tristeza: te miro, lector, lectora, y quiero abrazarte con todas mis fuerzas. Aceptar la vida como se presenta duele, asusta, desnuda, aplasta, celebra, libera, invita, sana, se hace relato, y todo está sucediendo a la vez. Eso lo aprendimos juntos. El blog cumplió con su misión, entonces.

Gracias por leer, gracias por tus comentarios, por pasar la voz y por comprar el libro. Bien sabes que nuestra conexión no depende de un post a la semana y que estoy activa en Twitter. Cambiará el modo de encontrarnos en un texto, pero la química de coincidir está y estará intacta. Confío en ella.

Y te abrazo más.

Miranda Locadelamaceta/Michelle Remond

Belmont, California.  Con vista a un olmo. 

 

 


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De súbito

Para el Ingeniero, por supuesto.

Los lunes lloro.

Añoro tu reloj en la mano derecha, tus zapatos azules, tu barbilla,

el lugar donde tu mente se encuentra con la mía, deleite.

La lista secreta de escenarios del ojalá,

el pase de abordar esperanzas antiguas recién nacidas.

Lágrimas de sueños despertando.

las calles vacías y anónimas.

Nos extraño.

Los martes me ocupa el trabajo.

Soy toda concentración y enfoque,

proyectos por entregar, saturación.

Casi olvido que nos conocimos,

reniego de la poesía, la encuentro inútil,

no suelo llevar tu fotografía a mi beso.

Me siento a gusto,

aunque el piso esté frío y la ventana cierre a medias.

Los miércoles me enfurecen las pistas de frenado,

odio guardar compostura,  las barras de seguridad.

Quiero verte, ahora porque ahora. Impostergable.

Tirar por el precipicio a la cautela,

trastornar todas las rutinas. Urges.

Esto es una tortura.

¿Por qué estás tan sereno?

Tengo sangre en las manos. Tuve que matar al tiempo.

Los jueves tomo un decisión a propósito

y me obligo a dejar de pensarte.

Invoco a mi resiliencia,

por si te vas y nunca regresas;

paso lista de mi luto y de mis rezos,

por debo mandarte al olvido algún día.

Hago acopio de mi fuerza,

sólo hallo mi corazón, ternura, y tu nombre.

Los viernes llevo lencería negra

por si me topo contigo mientras vivo,

tu carisma, mi coqueteo, la cima reiterada,

la risa que lubrica,

porque hélice, porque abrazo.

Soy un mar de placer profundo que contempla el cielo.

Igual que tú.

Y ambos lo sabemos.

Los sábados/domingos estamos/somos

el amor nos conduce, libres,

y es tan fácil como un milagro;

dejamos que hable nuestra presencia

de las horas contadas esperando a vernos,

el graciasgracias de habernos encontrado,

de ir avanzando hacia la segunda mitad de la vida,

atareados pero compatibles,

diluyendo el pacto con la soledad.

Luego es lunes, de nuevo.

Y aunque cambia el orden de los días,

quedan los giros y la emoción:

algo siempre comienza, algo siempre termina,

nos vamos sucediendo de súbito.

Dijiste que te gustaban las montañas rusas.

A mí también me gustan.


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Cuarenta y dos

Teñir el castaño con anaranjado por haber descubierto a Botticelli < dejar que las canas colonicen la coronilla.

Iniciar el primer programa feminista de aquella universidad < llorar de tristeza por los buenos hombres y las buenas mujeres cuando no logran entenderse.

Quemar manuscritos de novelas de dos capítulos porque dolían < levantarse antes de amanecer, todos los días, a escribir un libro por gusto y perseverancia.

Protestar contra el pudor, el catecismo, la carne roja y las tarjetas de crédito < reír con la sombra de la vergüenza frente un saldo en ceros comiendo una pizza y rezando a la Santa Transgresión.

Aspirar a un futuro cargado de expectativas < saber dejar ir a quien abandona, y dónde dar la vuelta en U antes de caer al barranco, y cómo dormir siestas de 7 minutos.

Atesorar la libertad de hacer y desdeñar la estructura < crear una rutina que nutra la armonía entre pensar y sentir.

Recitar itinerarios ideales de viaje por el mundo y teorías de crianza espectacular de los hijos que aún ni nacían < descansar en los alcances de las fronteras del sueldo, construir la interioridad, estar aquí y ahora y que ése sea el viaje en familia.

Equiparar drama con pasión < apasionarse desde un faro, amar las relaciones sanas.

Discutir a controlazos con la ansiedad y la pérdida < suspirar con el cambio, morir con lo que no fue, inspirarse con historias extraordinarias de sobrevivientes, ser fuerza serena.

Creer que los cuarenta era la vejez < ser más joven cada otoño.

Para la muchacha que hace veintiún años cumplió veintiún años.