Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Letras para Tiempos de Encierro 8

Cuéntanos*

Esto del internet en la cuarentena ha dejado un par de preguntas que son de mis favoritas en cualquier época, haya encierro domiciliario o cabalgata en pradera.

Primera pregunta: ¿cuál es la fuente?

Los niños y niñas que salíamos a andar en bicicleta al parque tuvimos varios encuentros con esta misma interrogación cuando nos topábamos con aquellos monumentos de azulejo o piedra y los estratos de agua seca, las algas, la coladera con hojas basuradas y el chorro potentísimo o miserable nos hacían sospechar que esa fuente no era autónoma: alguien o algo permitió que llegara a tal estado. Quizás se oxidó la manivela que regulaba el flujo de agua o no le dieron importancia a mantener la fuente limpia y transparente. O sí: y esa fuente es un borbollón que hasta salpica, jubiloso, y la gente le perdona que sea de agua de riego.

Bueno, pues igualito ocurre con la provisión de información en internet. Todo lo que leemos y consumimos tiene algún origen y alguna falla. A veces, igual que en las tardes de andar en bici o en las de cuarentena, suponemos que, si la fuente esta ahí, es por el bien común. Sería muy, pero muy triste enterarnos que las fuentes de los parques —o el contenido en los medios— existen para llenar un vacío.

Si estás leyendo esto en tu teléfono o computadora significa que tienes acceso a internet. Hay más de 3.8 miles de millones de personas que no. Voy a hacer una pausa para que imagines tu vida (tus relaciones, tu trabajo, tu banco, tu entretenimiento, tu capacidad de tomar decisiones) si no tuvieras ese acceso.

Pausita:

 

 

 

Ahora retomo la primera pregunta: ¿cuál es la fuente?

Te comparto la combinación que me ha funcionado mejor y que quizás sea útil para ti en tiempos de coronavirus (o en otro momento). El punto de partida es: ninguna información es 100% fidedigna y ninguna página puede darme la serenidad del todo estará bien, es una época incierta.

a) un sitio de información que me dé datos y listas. Las infografías, por ejemplo, son un punto medio. Oficial o no, como secuela de haber ido a la papelería a pedir monografías, éste me cae bien.

b) una cuenta, o varias, ingeniosas de sus memes y ocurrencias. El humor es donde la salud mental y la salud física deciden qué será de mi ánimo y de mi sistema inmunológico. Yo me tomo el humor muy en serio. Como es gusto personal, no hago recomendaciones universales pero el querido @jezzinni me cae a todo dar, por sugerir alguno. En todo caso: Quino. Y un librito fabuloso que se llama «Definiciones» de Alfredo La Mont. De nada.

c) un sitio o grupo que me recuerde cómo estar presente. La atención plena o Mindfulness es una herramienta indispensable para combatir la ansiedad. Hay a quienes les funciona algo de yoga, repetir mantras, meditaciones guiadas, visualizaciones, etc. Hay quienes su espiritualidad es la música o el ejercicio y, mientras la tengan, el mundo puede seguir girando. Yo soy más de silencio y de esta app

La combinación me permite conectar con el mundo exterior e interior. Eso sí, nada quita la incertidumbre, Sólo queda incertidumbrar.

Lo que me lleva a la segunda pregunta: ¿qué es lo normal?

Ahora mismo: nada. (Y antes y mañana, tampoco). Hacer algo normal —es decir, repetirlo muchas veces hasta que sintamos que no estamos locos y que ése es el camino correcto— es una respuesta frente a la pérdida. Si algo es normal, hay consuelo.

En colectivo, hemos perdido desde la privacidad hasta los abrazos. Los espacios públicos. Las horas cuando eran horas divididas entre casa y trabajo. El empleo, quizás. No alcanzo a hacer el recuento completo porque no puedo salir. Sé que en las casas hubo pérdidas también.  Hay un ruido en las cabezas, una alerta de sala de espera permanente. Un tablero sin anuncio, una puerta que cierra mal. No me hallo. Algo se borró, algo se está borrando. No sé qué perdí y si fue valioso.

Pero al ver mi duelo toco el de quienes no tienen el lujo de estar en cuarentena. Internet es el otro parque donde convivimos, chicos y grandes. Esto me lleva cuidar mis posts, mis comentarios, mis bromas, mis imperativos.  Siento una necesidad inmensa de amabilidad, para dar y para recibir.

No me apresuro a hablar de ganancias en una pandemia. Sólo veo, con cuidado, las pérdidas. Como nada es normal, quién sabe cuándo volveremos a la vida de antes del coronavirus. Tal vez, nunca. Habrá que esperar a que el borrón nos revele qué se fue y qué se quedó. Pase lo que pase, el único normal que me interesa es el que no es indiferente al dolor.

Quizás una tercera pregunta sea: ¿hay alguien ahí?  Si alguien necesita platicar, aquí estoy.

*Gracias por tu sugerencia, Marisunnyshine. ¡Un abrazo!


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Letras para Tiempos de Encierro 6

Yo odiaba con todas mis fuerzas, pero todas, toditas, no quedaba ni un milímetro despoblado, ir a la escuela. Todas, las pocas que me restaban a diario porque cada vez que decía ¡no más!, me daban la noticia vieja de que ir a la escuela no era opcional.

Me despertaba con esperanza de milagro de tortillería: un «sí hay tortillas» enmicado y fijo para contrarrestar las veces que no hubo, para que la gente dejara de preguntar con escepticismo. Que sí hay, caramba,  ¿cuántos kilos va a querer? y creyera su suerte en taco potencial. Así, pero con el cierre del plantel.  Me dormía con planes de huir, de quemar y de polvos pica-pica. A mis nueve años, no se me ocurrían herramientas más poderosas.  Y aún si quisiera llevarlas a cabo tenía que presentarme en la escuela, o pedir aventón a algún muppet en Combi a Technicolor o cargar con un tanque de gasolina o convencer a la marchanta del puesto de las bromas que mis intenciones eran buenas. Muy difícil.

No era el edificio de la escuela ni las clases. El edificio era una casa estilo colonial californiano con un exceso de habitaciones y de decoraciones en cantera rebuscada, nomás dándome cuerda para imaginar quiénes habían sido sus habitantes antes de que 150 estudiantes la invadieran. Las clases sí me gustaban, aunque no fuera de dieces.

La burla, ése era el problema. En mi escuela, como en tantas y tantas antes de que aparecieran las distinciones de las inteligencias múltiples y el flamante concepto de Aprendizaje Socio-Emocional, crecíamos hechos unos salvajes, enredados en la energía silvestre de la infancia y ninguna dirección honda y sabia. Llegar tarde a la fila, una mancha de yema en el suéter, una «A» desportillada en el pizarrón, la servilleta adherida de más al sándwich, la rima del apellido, el estampado del vestido de la mamá, decir Fernando Francisco de Austria en vez de Francisco Fernando, que el balón rozara los glúteos —y usar el término anatómico—, vivir a unas cuadras, vivir a diez, usar calzones de flores, usar mallas, los pantalones encogidos de tanta lavada, la hebilla del zapato aflojándose, trabarse en 7 X 8.  Existir: motivo de burla.

El profesor de Educación Física fue lo único bueno que ocurrió en esa escuela y a quien le atribuyo la victoria de mis ganas de volver cada mañana. Habrá sido un muchacho egresado de la ESEF y hacía su trabajo docente; cubría las unidades de atletismo, tabla gimnástica, perfección de la rodada al frente, (¡Marometa, profe! No, muchachos: el nombre correcto es: rodada), preparación para la escolta y el homenaje a la bandera. Y hasta yo, que había corrido un par de ocasiones en mi vida, pensaba que su clase era lo máximo. Después de años de arqueología mental, creo que ya descubrí porqué: nos respetaba.

Era un tipo de respeto sin demasiado protocolo. Un respeto simple, como vaso de agua que quita la sed. Creo que su respeto se sentía bien porque no tenía angustia ni especulación, tan típicas de los adultos. Así de joven era. Estaba presente y sonreía. Y, para nosotros, sus alumnos, su estar y su respeto eran más que suficientes. Lo reconocimos como autoridad: sí, tú guíanos. En su clase no había burla. Uno podía equivocarse, estábamos a salvo de la vergüenza de los cuerpos que crecen y las hormonas nos daban vitalidad y compañerismo. Fuimos logrando el salto del tigre, uno a uno, y lo recuerdo como uno de los momentos de más gloria de mi infancia. También nos enseñó a bailar rocanrol en la kermesse y a salir en orden cuando comenzaron los simulacros después de que un terremoto destruyera nuestra ciudad y al mundo como lo conocíamos.

Pienso en los niños y niñas hoy, que sí se les hizo el milagro de las clases suspendidas. (¡Hubiera dado mi vida entera por una cuarentena así!) Pienso en el estrés que los rodea, en el peso de las tareas en línea, en las caras de los adultos que no sabemos qué va a pasar y que nuestro pensamiento está, quizás, en otro lado. Los niños y niñas añoran la combinación de respeto y la verdad. Donde esté esa fusión, querrán quedarse a escuchar, a aprender y a hacer comunidad. No sermoneo, pasa que estos tiempos hacen que las reflexiones vayan tañendo, son campanas.

La distancia social, igual que la escuela entonces, no es opcional. Sólo pienso en mi maestro, a donde quiera que se encuentre; hace falta en este momento estancado. Vengan, vamos a bailar el Rock de la Cárcel en la sala de las casas. Pongamos un letrero: «si hay —o puede haber— esperanza».  Hablemos de tacos y de victorias cotidianas. Resistamos, presentes, sonriendo tantito para los niños y niñas (de adentro, de afuera) que nos miran.

Para el profesor Enrique Peña Morales. Maestro, con mayúscula.

Enrique Peña

4to grado, 1985

 

 

 


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Letras Para Tiempos de Encierro 3

Cuéntanos.*

Él y yo tuvimos una relación a distancia durante casi 3 años. Cada quien vivía en un país distinto. A veces me preguntaba a mí misma si la relación era real. ¿Cómo podría serlo? Las relaciones sólo son verdaderas cuando se nutren de lo cotidiano, cuando los defectos pierden la chapa de oro de la virtud que les atribuyó el enamoramiento. Cuando nos vemos las suelas de los zapatos y el interior de la plantilla y no hay asco sino sonrisa, entendimiento.

Pero, ¿cómo podía no ser real? El amor es el amor, el deseo es el deseo y a la combinación de amor y deseo no hay quién la detenga. Deja un tiradero característico, impulsa, motiva, aparecen listas de metas, hay proyectos como hijos,  a veces hijos —o hijas— que se van atesorando desde el nombre; un «hola, te quiero» bajito. Claro que era amor, y del de quedarse.

Vistas a profundidad, todas las relaciones son a distancia. Él, por ejemplo, vivía en un país donde había muchas más yo. O lo que yo le significaba. He de reconocerle el mérito creativo: a ninguna nos dijo lo mismo. Un país donde los hombros de él y el escote de ella(s) eran fotogénicos y donde la persona no es la arroba, pero sí es, pero no es. De fondo era cuestión de entenderle a la dinámica. Y relajarse. Y divertirse.

Yo, para ilustrar, vivía en un país donde el duelo es el idioma oficial. Podía ver, en cualquier circunstancia, lo que no hay, lo que no alcanza, lo que no funciona, lo que no es suficiente. Sentía una obligación continua de hablar acerca del dolor y de las pérdidas. He de reconocer mi mérito de fortaleza: perseveré, mantuve la esperanza. Le mostré que era posible reinventarse confiando en que habría provisión y avance; el duelo nunca es estático. De fondo era cuestión de exponer las carencias. Y trabajarlas. Y confiar.

Creo que sí fueron 3 años. Desde que supe que no fue real, decidí borrarla de mi memoria. No la relato en mi historia, no cuenta.  Nos abollamos el ego, no el corazón. Fue una fantasía, y ya.

Excepto por los abrazos cada vez que nos veíamos. Esos primeros minutos de tomar forma en persona, dejar caer las maletas, suspirarnos de esencia y lociónperfume, sanar todas las fracturas de los huesos y de las dudas. Un «somos» indiscutible, cultivado en horas y horas y horas previas de conversar como si la vida no hubiera puesto miles de kilómetros en medio, como si la vida y nosotros fuéramos cuates de destino.  Y cada vez que nos despedíamos: esos últimos instantes de arrebatarle prisa a los vuelos programados, asir las maletas, jóvenes, no estorben, esbozarnos la cara, la voz en la garganta seria, los besitos de ¿volveremos a vernos?, dejarnos ir como sólo se deja, libre, a quien se adora.  Un «somos» impractiquísimo, drenando las carteras en viajes y viajes y viajes que apenas sumaban treinta días juntos, como si la pérdida y la deslealtad no se hubieran desgañitado llamándonos y dejando mensajes con mayúsculas.

Tres años y 41 días.  Es de la incumbencia de nadie porqué no la relato ni la relataré más. Baste saber que ahora, cuando amo, me aseguro de vivir en el mismo país y mi tercer idioma es Contigo Aprendí. En lugar de hablar duelos, escucho las señales y me fijo bien. Real, y punto. Todo lo bueno que siguió provino de esa lección, el orden sabio, tierno, después del tiradero. Me siento agradecida.

Nada de margaritas. Si quieres saber si te quiere o no te quiere, pregúntale a un aeropuerto.

*Tema a sugerencia de Isabel Del Castillo. ¡Un abrazo, Isa!


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Cuando oscurece

Tan pronto como empieza a oscurecer a las 5 de la tarde, mi cuerpo de la memoria me pide que haga algo para evitar que La Gran y Espantosa Depresión del 2014 ocurra otra vez. Por más que mi terapeuta y yo tratamos de explicarle que han cambiado las condiciones de esos noviembre y diciembre,  mi cuerpo me dice que no vaya a ser la de malas, ¿o se te olvidó cómo temblabas y el guiñapo que eras?

Es muy reconfortante saber que los fabricantes han poblado los anaqueles con productos que prometen hacer más llevaderos los detonadores del miedo al abandono. Mi experiencia como consumidora ha sido la siguiente:

  • Lámpara de luz blanca. Con brillo de 10,000 LUX, combate la fatiga, regula el patrón de sueño y quita las ganas de hibernar, reduce el humor melancólico, afina la concentración. Compré una,  la desempaqué, la puse en mi comedor, me paré por un café, me tropecé con el cable, se cayó la lámpara, se hizo añicos.
  • Bolsa de agua caliente. Obra de un inventor croata y patentada en 1903, hecha de hule y con tapón hermético enroscable. El calor que emite por horas es tan similar al de dormir de cucharita y el cerebro se la cree. Es un remedio antiguo y muy bello pero se aguó porque la tapa no resiste los años. Tuve que cambiar de colchón.
  •  Aromaterapia. La combinación de lavanda, naranjo, bergamota, geranio, hipérico y salvia me funcionó de maravilla. Me encomendé a ella, bien ungida detrás de las orejas, en el cuello, en la nuca, en el Tercer Ojo y hasta eché un algodón a mi bolsa, para que no me faltara la provisión hasta que en mi oficina apareció un letrero de «Favor de Mantener Esta Oficina Libre de Fragancias, Por el Bien de Todos (Olivia, de Contabilidad, es alérgica)».
  • Chocolate. Tal como descubrí en la secundaria, comerlo convierte mi cara en un espectáculo de fuegos pirotécnicos de acné al son de la Obertura 1810. Hoy sé que dicha sensibilidad sigue vigente al estilo gira de orquesta sinfónica.
  • Manta con Peso. Esa la estrené anoche. Es un cobertor a dos vistas que tiene arena entre las costuras. Está diseñada para la contención. Pesa 7 kilos. No puedo moverla sin pujar y hoy que amanecí me duelen el brazo y la cadera como si hubiera reptado para escapar de alguna mêlée de significados. Le auguro medio día más conmigo.

Espantosa, no se me olvida. Porque me agarró desprevenida, igual que el año cuando se va extinguiendo, o cuando la oscuridad asusta y es más oscura, o cuando el aspecto animal del amor se niega a aceptar traiciones. Te escucho, cuerpo. Antes, no podía o quería. Hoy es diferente.

Y, es curioso, escuchar a mi cuerpo —su pavor a que aquella herida se repita, su alerta a las relaciones donde no hay equilibrio, su trabajo por conservar el calor, su pregunta honda, hondísima acerca de la soledad— me trae a este momento. A éste, presente, y no al pasado ni al futuro. Comprar es inútil.  ¿Me abandonaron y sobreviví?, ¿y aún puedo reír? Mira cuerpo, lo que hoy sé:  aquello fue El Gran Regalo del 2014: yo soy la luz y la calidez que busco.


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Botas de agujeta

Las mujeres de tobillos frágiles sabemos que nos preocupa tener que subir o bajar tres pisos de escaleras en tacones.

Las mujeres que no tenemos todas las respuestas sabemos que a veces confunde ir a fiestas donde las mesas se agrupan por parejas.

Las mujeres migrantes y las que vivimos solas sabemos que es abrumador estar en una reunión llena de gente que se conoce de años.

Las mujeres que viajamos a países donde matan a mujeres sabemos, tristes y sabias, de estar alertas, listas para huir y ponernos a salvo.

Por los motivos anteriormente expuestos y porque me fascina vestirme de enunciados que se complementan: fui a una fiesta a México y llevé un vestido con botas de agujeta. Subí y bajé corriendo la escalera, bailé en grupo con las personas que amo, me quité la abrumación abrazando y siendo abrazada, brinqué de desparpajo como si el mundo fuera justo.

Las botas parecieran un detalle sin importancia, una excentricidad victoriana de 32 centímetros. Y lo son. Salvo que me permitieron levantar la cabeza —algunas mujeres crecimos sintiéndonos avergonzadas y fuera de lugar—.  La pasé bomba.

 


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Manos Vacías

Ayudas cuando estorbas sin estorbar,

cuando nombras sin etiquetas,

cuando dices «esto es mío» y lo cargas,

cuando llegas puntual a tu cita con el recaudador,

cuando pasas de largo de los grupitos que se burlan,

cuando lloras y no escondes tus ojos inflamados,

cuando ríes y no te tapas la boca (salvo que tengas comida),

cuando descubres el espanto en la sorpresa,

y lo ordinario en el miedo en lo cotidiano.

Ayudas al donar y al unirte a causas invisibles,

al leer, se te dé o no,

al cortarte las uñas cerca de un basurero,

al apuñalar a tu personaje en la historia que te cuentas,

al regar el ojalá aunque el cómo sea incierto,

al obsequiar flores en acuarelas y no en ramos,

al dormir y dejar dormir.

Ayudas por todas las veces que no puedes ayudar

y vuelves a casa con las manos vacías

midiendo un metro y tantos junto a la secoya de la vida,

de los trámites, de las políticas migratorias que no requieren juez,

porque deportaron a una familia que atendías.

Ayudas porque el piso del mundo está hecho de vidrios rotos,

interminables.

 


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Introspección

A veces creo que estoy buscando una razón y el sentido a lo que vivo.

Veo para dentro como si me asomara al escote del diccionario bilingüe que llevo cerca del corazón. Significa, significa— dice el latido.

Escucho para dentro como si pusiera el oído en el centro de una guitarra de llevar serenata a peces y estrellas. Significa, significa— dice el telescopio.

Huelo para dentro como si subiera al segundo piso de casa de mi bisabuela y me detuviera frente a todas las botellas de agua de azahares. Significa, significa—dice la madera.

Toco para dentro como si fuera el segundero del reloj que siempre suena húmedo en las historias que me son íntimas. Significa, significa—dicen los ovarios

Pruebo para dentro como si mandara en la cocina creativa donde se prepara el pan que quita el hambre de compañía. Significa, significa—dice el mortero.

Y termino descubriendo que, mientras vivo, el sentido me encuentra, me invita y,  despacio, me devuelve el cuerpo.