Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Ay.

Quizás fueron las anestesias epidurales o el descuido en la postura al echar la ropa a la secadora. O haber subido pisos y pisos con bolsas del supermercado o haberme gastado la cuota de peso iliaco durante el kínder —y ya entrada la primaria— de mis hijas. O los varios dueños de la silla de mi oficina o los rituales simbólicos de cortar con algunos patrones de mis antepasados. O la edad, por supuesto: camino como si hubiera envejecido cuarenta años en una semana. Tengo forma de L.

He mirado el dolor físico con cierta curiosidad, cómo habla con frases largas e imágenes sostenidas presionando la urgencia y las alarmas de que algo no está bien, con qué ternura me muestra que el control es una ilusión. Cuando hay dolor sólo hay dolor, el resto sólo son modos de darle la vuelta hasta que vuelve a doler, crece la súplica: ayuda, alguien. Me es curioso, pensé que sabía algo de lo que duele por dentro.

Justo anoche tenía que impartir un taller de migración en una de nuestras escuelas. La amenaza de la presencia de ICE en el norte de California está alborotando el pánico en las familias, tengo que repasar con ellas la información para que conozcan y ejerzan sus derechos. Durante la hora y media que duró la plática me recargué, intermitente, contra una mesa y pude disimular, sin mucho alivio, que no podía con la espalda. Terminé el taller hilando entre dientes todas las groserías que me sé hasta formar una soga con nudos para avanzar a rastras de mí jurándome que hoy iría al médico.

A punto de terminar la sesión, cuando ya estábamos guardando el material, un hombre levantó la mano.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Habíamos cubierto el tema a lo largo de la plática y, por un momento, me extrañó la pregunta. Ese señor había estado presente desde el inicio, me constaba. Un tirón me punzó desde la cintura hasta la rodilla, la mesa me sostuvo poco. El señor me preguntó con los ojos si lo había escuchado. Sí, señor: claro que lo escuché. Y usted, ¿puso atención?

Conforme se vació el lugar y se fueron yendo las personas, sólo quedamos él y yo, uno frente a otro. Y me di cuenta que, en vez de sentarse en las gradas, el señor había estado de pie y cargando a un bebé dormido durante los 90 minutos que duró la plática.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Ninguno de los dos, a esas alturas del día, sentíamos las piernas. Ayuda, alguien.

Todo fuera como explicar un folleto o hacer una llamada al centro de salud. El señor se fue sabiendo qué hacer si la migra le cae a su chamba y y yo, en cuanto terminé el evento, programé una cita para las dos de la tarde, volví a casa, mañana se hizo hoy.

Cuánto, cuantísimo puede doler el dolor de otro ser humano.

Desde mi probable nervio pinchado no dejo de pensar en aquel hombre.  Hoy será un día de analgésicos. Quiero los que me permitirán moverme con libertad,  pero ninguno para apaciguarme el corazón apachurrado ni las ganas de llorar porque la súplica de ese señor, padre, migrante, indocumentado se coló, contundente, hasta el cuestionarme el hacia dónde de mi trabajo.

Cuando hay dolor sólo hay dolor pero también una oportunidad de conexión que involucra a las personas en modo indeleble y desafía el orden y da la fuerza para resistir tantito más y hasta más. Hay encuentros que, incluso, resignifican la profesión y devuelven la vitalidad, hace que se olviden los achaques y las frivolidades.

Claro que lo escuché, señor. No tiene idea qué tan hondo.


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Unidad mínima indispensable

¡Tanto te lo dijeron!  Que no, te falta, no eres suficiente. ¡Tanta tu insistencia! Que sí, quiero pertenecer, por favor, anden. Y sentías la amenaza: algo horrible va a pasar si me rechazan estas personas, una tragedia, un «Me voy a morir». Y tu cerebro te lo confirmaba, con esa neurobiología del apego que es indispensable para que la especie sobreviva.

Y te fuiste muriendo de la otra muerte: la de no tener un lugar. O de que te lo quitaran, de pronto; un juego de las sillas de la validación. Porque si cumplías con lo que se esperaba de ti y no eras demasiado original y no cuestionabas por qué este modo de hacer las cosas, te llamaban leal, «una de los nuestros». Y esos eran los mejores días del mundo. ¡Qué bien se siente pertenecer! es como una risa del alma, una casa portátil que siempre cuida de la intemperie. Pero si tú eras tú, ya sabes, que sales con tus cosas, que avergüenzas, que no obedeces, que no cambias, no te compones ni maduras, ¿qué quieres aquí? no eres de los nuestros. ¡Y cómo duelen los reclamos! Escuecen, inflaman, supuran, cierran las puertas con candado, llueve y no deja de llover. No hay techo. Tanto te lo dijeron, tanto insististe.

Hasta que un día, nadie sabe bien cómo o por qué, revisaste la lista de condiciones para que te trataran con respeto.  Notaste el color engangrenado de la tinta de ese contrato muy antiguo y reíste con la otra risa: la de romper las cadenas que son los hilos que hacen posible el estire y afloje de la manipulación. Y tu risa —con el combustible de insistir— quemó el acuerdo donde tú, por siempre, estabas en una posición de desventaja temiendo que te mandaran a exilio, que te negaran, que se cumplieran sus profecías acerca de lo mal que te iría por ser tú misma.

Podrías afirmar que los mandaste lejos pero sería impreciso: ellos, ellas, siguen donde siempre. Lo que cambió —nunca de súbito y admite: vaya misterio— fue tu adicción a ser mal vista.  También fuiste dejando el vicio de otorgar títulos nobiliarios para que luego te devolvieran la mirada validándote y certificando emocionalmente que sí (¿verdad que sí?) eres digna de pertenecer y de ser aceptada porque ¡cuánto has sufrido por eso! Ya luego, con el paso del tiempo, descubriste que eres unidad mínima indispensable de clan, de biblioteca, de álbum, de escuela, de compañía, de casa. Eres de ti. Contigo basta para ejercer esa unidad por principio; hay espacio para ser y crecer. Dejaste de sobrevivir apenas: hallaste que hay más vida en ese descubrimiento que muerte en el rechazo.

Y, entonces sí, los mandaste a la chingada.


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El otro dosmildiecisiete

«Dosmildiecisiete» ya cuenta como adjetivo de año arduo. ¡Y de qué manera! Pero, fíjense, en aras de la precisión, hay que hacer algunas acotaciones al diccionario.

Fue el año en que un extraño te preguntó en una fiesta ¿bailas? y todos los hielos se derritieron. Un detonador te empujó a llorar en un baño público y el ¿estás bien? anónimo se escuchó diáfano y sin eco. Contemplaste un atardecer, llegaste a un aeropuerto, viste a una pareja frente a ti y celebraste un logro sin necesitar un romance de película para sentirte suficiente. Tu sí fue sí, tu no fue no. Tu café (o té) siempre enunció, ceremoniosamente, punto y aparte. Nadie cobró por acompañarte a cruzar la oscuridad. Tu nombre fue pronunciado con respeto cuando estabas ausente. Un meme te hizo reír cuando estabas quebrándote. La ansiedad pasó de largo varias veces porque le contaron de tus actos valientes. Mientras el banco estaba resolviendo los trámites de tu tarjeta clonada, encontraste un billete en tu bolsa. La memoria fue gentil cuando cerraste los ojos y recordaste la pérdida o los escombros o la violencia o la traición o la corrupción o la desesperanza. Recibiste la ayuda distintiva de un voluntario o voluntaria.  Ayudaste como voluntario o voluntaria y cambió tu percepción de las calles y del sufrimiento. Perdonaste o te perdonaron y sonaron las fanfarrias junto con el derecho a regular la distancia. Mientras más difícil era la situación, alguien te apoyó con los trámites, a cargar cajas, a recibir un diagnóstico y a escuchar tu historia. La ternura, en formas inesperadas, atravesó tus armaduras y sus motivos. La silla del hospital era  reclinable. Nada de lo que te han obsequiado pueda comprarse en una tienda, y algunos libros.  Hoy abrazas el poder de un calendario en blanco.

No sé. Quizás este año, por definición, se trató de creer en milagritos.

 


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Día(s) de gracias

Desde antes de que aprendamos a contar, nos enseñan a dar las gracias a los demás por lo que hacen. Conforme nuestra experiencia nos va quebrando y dejando al descubierto, comenzamos a agradecer lo que es, y si vivimos lo suficiente en tiempo y en profundidad, auténticamente, la gratitud se convierte en un modo de vida.

—Mark Nepo

La tradición del país que me adoptó indica que hemos de dar las gracias por todo lo recibido durante el año. La mesa está puesta y adornada y las notas de Handel saltan entre las copas vacías del tinto que se está aireando, el vaho de la cocina huele a especias que hierven y a guisos en refractarios, estamos a dieciocho grados centígrados, mis calcetines amarillos a rayas son del mismo color de mi blusa, mis hijas están haciéndose bromas, hoy puedo agacharme sin que me duela la espalda baja en el punto donde me inyectaron la anestesia por las cesáreas. Mi taquigrafía mental está atareadísima tomando notas de este momento: este, el de el día de agradecer.

Pero ya estoy grandecita para saber que si sólo agradezco lo que percibo con los sentidos me quedo imprecisa y corta. Voy a la esquina de mirar  arriba, a la izquierda, donde entro a lo invisible de mí. Al ataque de pánico que me dio en la caja del super, cuando la época de las deudas, porque no me alcanzaba para pagar. A la enfermera burlándose de mi miedo en la sala de recuperación. Al «nunca te perdonaré». A las mujeres que traicionaron la sororidad. A los hombres que sonrieron cuando me vieron jodida. A la oficina de la directora de la carrera, negándome el regreso a mis grupos después de mi licencia por maternidad. A las personas que, cuando me atreví a denunciar, apoyaron al abusador. A las preguntas de la franja fría de mi cama. [Irrepetible]. Al «eras una niña que daba mucha pena».

Y no puedo ir a ver lo que intento ocultar de mí sin que se manifieste el otro reflejo: mis palabras como cuchillos, las mentiras que dije y me he dicho, las veces en que he elegido no ayudar a alguien que estaba en problemas, a los motivos de mi ego en cuestiones de trabajo y de creatividad, a lo que soy capaz de aguantar con tal de sentirme querida, al peso del dinero en la ecuanimidad y en el refrigerador, los cientos de margaritas deshojadas que he regalado a los cerdos esperando a que, por la matemática de la abnegación, se transformen en reconocimiento. Sin el dolor, el rechazo, el abuso, el robo, la escasez, el desempleo, la enfermedad, la falta de empatía y la crueldad jamás habría visto reflejado lo peor de mí.

Y, sin conocer lo peor de mí y de las personas que me han rodeado y he elegido, no podría, entonces, apreciar de la misma manera todas las veces que recibí ayuda; a quien me dijo «siento tu dolor» y me modeló el poder inmenso de la compasión y me sanó décadas de tristeza. No sabría mesurar lo que pronuncio y a qué presto oídos. No podría atesorar igual a las personas que amo: nuestro respeto, nuestra lealtad, la fe que nos profesamos, nuestra ternura juguetona, nuestros cariños de acciones. Sin saber cuánto cuestan las cosas, no lloraría de emoción al ver mi mesa abundante ni tendría el compromiso de donar a los bancos de comida.  Si no me hubieran robado aquellas cosas o relaciones que, según yo, me pertenecían ¿cómo habría aprendido a desapegarme, sanamente, sabiendo que nada es mío? Si no me hubieran negado una segunda oportunidad, ¿cómo podría saber de redención y de rehacer la vida a pesar de haber causado daño?

Tercer jueves de noviembre, este momento. Grandecita, para adoptar mis tradiciones y creencias, conscientemente. Nunca demasiado grande como para creer que sé y veo todo de mí, que ya llegué a algún punto culminante, que no tengo que vigilar el horno si me entretengo con mis pensamientos, que nada supera el inicio de un Thanksgiving como una guerrita de bombones.

[Gracias, vida. Cosecha: 2017].

 


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En la cueva

Chocolate caliente porque llueve. La cobija nos cubre, sobradas. No hay chocolate sin mencionar al mole sin pasar por esa fiesta. Ellas rodean la taza con las manos, yo necesito las mías para mostrar —como si la anécdota fuera nueva— de qué tamaño era la ollota y cómo las comadres se pasaban los platos en secuencia de pierna de pollo, cucharada de arroz, mole, ajonjolí, tenga. Cómo el borracho brindaba, galante, con las bocinas, la trayectoria del perro que se cruzó en el vals, el ala del sombrero de la festejada a rape (¡ay! de mano en pecho) porque casi se muere al nacer y su mamá le había prometido a la Virgen que si sobrevivía, le ofrecería su trenza cuando cumpliera quince años, como cuando yo tenía esa edad y una mañana apareció en mi buzón una nota: «qué pesado tienes el sueño» y no oí mi primera serenata.

Esa no se la sabían y cada taza está inquieta. Pauso la narración, las miro con mis ojos de corregir. ¡Qué va! hacen como que se derrama el líquido en la alfombra. Uy, reviro con otra historia oral: y yo que les iba a contar de la señora que le habló a las cenizas del marido y, de pronto, se movió la tapa de la urna…

Dejan la taza en la mesa de centro, se hunden en la cobija, su cabeza está entre mi hombro y mi axila en el nido de acurrucar.  Pues sí: había dos urnas iguales, sin placa con nombre, y ella necesitaba saber cuál era la de su marido y le pidió una señal. No, no es la misma señora a la que se le arrugó toda la cara por haberse puesto una crema ni era la tía del escote con rayita,

—¡Mamá!

—Bueno, ¡era un escote tremendo!

La narración se merma porque rechino y me contraigo. Sus cabezas de adolescentes se mueven y me lastiman la clavícula. Auch, les digo. Y más mueven la cabeza. He de meterme bajo la cobija y hacer algún rugido gigante gongorista. No huyen, la cobija es enorme y podemos perseguirnos sin que se cuele el chiflón. Sus manos y las mías hacen cosquillas, señales de alto, garras, una trenza de voces con risa y tos atrabancada. Piden más historias.

Pero el relato —que no será más que uno de tantos tantísimas veces repetidos y quizás alguno inédito, ocasional— tarda. Bajo esa cueva de polar y algodón, con sus dedos entre los míos, sobresale mi anular. El tono de mi piel ahora es uniforme. Me retraso en la narración porque noto algo (¿será posible?): ya no somos una mamá y dos hijitas y las historias para anestesiar mi nudo en la garganta por la ruptura: somos tres mujeres grandes formando una familia.

—¿Estás bien, mamá? ¿Qué te duele?

— Nada, hija. Ya pasó.

Y carraspeo con mi sonrisa metafísica que llega hasta cada uno de los rincones donde alguna vez sentí culpa. Les pregunto si quieren más chocolate.

Querida bitácora: al cabo de un rato se aburrieron y aproveché para ir al espejo. Me levanté la blusa y me vi la espalda. Y ¿qué crees? ¿te acuerdas de las marcas de los flagelos? Desaparecieron. No supe cuándo.

 

 


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Normalita

—Any question?

—(¿Por qué hay sub-especies de hongos en refractarios olvidados dentro del refrigerador del área común? ¿el concepto de atuendo para el viernes casual incluye tenis tornasolados? ¿ha considerado que la presentación de las gráficas del presupuesto sería menos hostil acompañada de un bolero en marimba? ¿podemos hacer oficial que las tres de la tarde es la hora del intenso olor a consomé sin laurel? ¿sabía que «requisición» es una palabra tan bella que vale unos segunditos de pausa después de pronunciarla? ¿por qué la práctica de sacar fotocopias sin encender la luz? ¿y si hacemos una biblioteca en el hueco de la escalera para los niños que nos visiten? ¿ha escuchado que el elevador se queja de sus cadenas?¿de quién es el auto con la placa «YA MERO»?¿sabía que algunas personas no podemos pasar junto a una IBM Selectric sin descorrerle la funda para pulsar la tecla de retroceso porque suena chistosa y en la memoria?)

Quiero resumir todas mis preguntas en una: ¿qué es lo normal? Pero no me atrevo. Igual que no me atreví en la escuela, en mis relaciones de pareja, en el podólogo, en el aeropuerto; vaya a ser que me pongan alguna etiqueta de esas pegostiosas e incómodas que, desde el inconsciente, sentiré la la necesidad de desmentir. Hago como que lo que me rodea pasa porque sí, y no es una construcción. Soy una más, no destaco, soy alivianada, cooperadora, nunca demasiado atenta.

Nos dan las gracias por nuestra asistencia, la junta termina, elijo mis batallas y cuántos signos de interrogación quiero gastar en voz alta. La normalidad me sonríe desde su rigor, protegida por una trinchera de cobardes como yo: está a salvo.

 

 


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Segundo acto

El corazón tiene razones que la razón desconoce

—Blaise Pascal.

Spoiler: sobrevivo.

 El adhesivo de uno de los electrodos se aferró a la piel de mi escote y me dejó una marca roja en el centro del pecho. La enfermera musitó el muy genérico «Una molestia» mientras me depilaba el brazo al quitarme la canalización.  Falsa alarma, diagnosticó dijo el médico de guardia. Me mandó reposo y otros estudios, por no dejar. Ni le pregunté al de Urgencias si aceptó mi descripción del dolor, para el expediente.  Decir que una garra jaló mi corazón hacia el suelo y me punzó el brazo izquierdo y fue como si me voceara el gerente general o la directora de escuela o la madre de todo cuanto existe y tuviera que dejar lo que estaba haciendo e ir y no, por favor, no, es preciso. Aunque un poco largo.

Le aseguré a mis padres, por Whatsapp, que estaba bien. Volví a mi casa a las tres y media de la mañana. No había tren ni grillos ni ojos de mapache entre los arbustos ni alguien mayor de cuarenta y un años y que me amara y a quien yo amara para poder abrazar y soltarme llorando del susto porque habían sido síntomas de infarto y pensé que me iba a morir. Y porque, al seguir viviendo, uno necesita mucho ir a otra sala de urgencias del dentro a elaborar lo que pasó: ay de las caras de mis hijas cuando me despedí de ellas sin saber si las volvería a ver, hagan la tarea, vayan a la escuela mañana pase lo que pase; auch de estar harta de atraer relaciones a distancia que ennoblecen la ausencia; ay de varios libros en ciernes que, por fuera, se ven como un montón de notas a mano y que se iban a quedar sin ser escritos; ay de los besos, los viajes, las cumbias, los tacos, las confesiones, las reuniones, el crédito del gozo que entregaría sin usar, desperdiciado. Ay, no fui al súper, no eché la lavadora, no quemé mis diarios, no hice las paces, no regué las plantas, no alcancé a conocer a mis nietos. Ay, no estoy lista.

El segundo acto comenzó con un huequito lampiño en el antebrazo y las secuelas de una desvelada infame que es, incluso, motivo de alegría. Se diluyó el miedo y, con el reposo, se me borró la marca roja, pero no se me olvida dónde fue ni cómo aquel miocardio, por un momento subjetivo, hizo una pausarecuentoinventario y me hizo la pregunta por mi propia muerte y si estoy satisfecha con cómo llevo mi vida.

Sigo sin estar lista para colgar los tenis y es todo lo que necesito saber para seguir adelante. Eso sí, no vuelvo a decir — ni de juego ni cien veces al día— que me da el soponcio.

 

 

 


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Devolver al remitente

Vida,

Me llegó este paquete y te lo quiero devolver. Gracias por habérmelo enviado porque, si no fuera por su contenido me habría muerto en la infancia en el más absoluto desamparo y en la adolescencia por atrabancada.

No me lo puedo quedar porque lo que creo ahora me pide que revise el origen de mi sufrimiento y en cuanto me topé con el paquete te lo quise devolver con urgencia. Con cariño, te regreso todos tus imperativos. Estoy desterrando cada uno de los verbos en forma de orden para ser obedecida, desde la cotidianidad del «come», «recoge», «limpia» o «paga» hasta el megáfono del «calla», «demuestra», «oculta», «controla», «aguanta», y hasta el «ven» y el «quédate» más seductores. No le pondré mi nombre, sabrás que el paquete es mío. Donde decía FRÁGIL, por fuera, está tachoneado; cuestión de precisión: frágil yo cuando obedezco y no es a mí, creyendo que habrá un premio al final del camino.

Si haces un inventario, verás que tomé «escribe», «explora», «perdona», «disfruta», «deja ir» y «resuelve». Los elegí por voluntad, son las insignias de mi autonomía. Quizás notes que el embalaje original quedó medio forzado, valga el campo semántico. Resulta que quedó un espacio justo del tamaño de mi necesidad de dar explicaciones para no sentir culpa. La recibirás igualmente. Ojalá el paquete llegue con bien. O se pierda el camino.

Con alivio, abrazando mis fortalezas,

Locadelamaceta, disidente.


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Oriunda

Busco en mí con un gesto bastante similar a buscarme las llaves en los pantalones, con ese susto idéntico a que no esté y me quede fuera, con esa fatalidad de qué voy a hacer si lo perdí. La diferencia es que siempre encuentro las llaves, aunque sea en la bolsa de mano y varios días después. En cambio, eso que busco en mí me dejó fuera desde hace años y sólo ahora me doy cuenta que ya no cargo la esperanza de que me deje pasar de nuevo ni la nostalgia por los tiempos que pasamos juntos. Hablo de mi país. Nada queda de aquel lugar que conocí y amé. No existe por fuera, quiero decir. Y ese hecho me ha desollado las ganas de volver alguna vez. Yo también le cerré la puerta. Qué bueno que no cargo manera de abrirla.

Busco en mí con un gesto bastante similar a quitarme el frío, con esa diligencia frotadora que tiene paciencia y buena mano, con esos apretoncitos de aquí estoy y no necesito hacer más que estar. La similitud es que siempre encuentro motivos de calidez, aunque sea con otro sol que es el mismo sol. Nada ha cambiado eso que busco en mí está intacto desde hace años y sólo ahora me doy cuenta de que no se destiñeron los colores, no se encogieron los parques ni las casas, nadie de mudó de código postal. Hablo de mi país. Todo queda de aquel lugar que conocí y amé. Existe conmigo, por dentro, quiero decir. Y me devuelve las ganas de volver alguna vez. Abro las ventanas a cada recuerdo, cuando me visitan. Qué bueno que aflojan todas las cerraduras.

Soy migrante. Y oriunda de Buscar.


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Quizás-destino

Este amor no se parece a ningún otro. Es decir, a otro amor que hubiéramos tenido ni a otros modos de latir o de añorar o de tener.

Para empezar no llegaste a salvarme, no te rescaté del tedio, no nos preguntamos dónde habíamos estado todo este tiempo, no regalamos la brújula de las metas al ropavejero. Sí te paraste al pie de mi fortaleza, tocaste una vez (y no escuché porque estaba metida contándome los cuentos que me cuento), tocaste otra vez y me asomé a preguntar qué se te ofrecía. Sí me mostraste los brazos repletos de las expectativas del día y de épocas varias y de ganas de intentarlo. Abre, me dijiste, mientras te decía que abrieras.

Para continuar, no te necesito. Yo me cuido sola, me regalo atardeceres y orgasmos, me traigo el café a la cama y soy admiradora de mi trabajo. Tú tampoco me necesitas: no andas buscando una mujer que le cambie la gasa a tus heridas sirviéndote y endiosándote a cambio de tu atención; además, tiendes tu ropa y has aceptado el perdón que te ofreciste. Sin necesitarnos, atesoro que estés aquí. Te aprecio y siento cómo valoras mi presencia. Nos vamos derritiendo la independencia con ternura y gratitud y hay algo de milagroso en ello a estas alturas de la vida.

Para que sepamos: si me rompes el corazón, te lo rompo de regreso hasta hacerlo polvo y puedas meterlo en un frasquito y lo tengas que traer atado al pecho sujeto con un arnés que te perfore las costillas. Si soy yo quien te rompa el corazón, no te discutiré el derecho de aborrecerme a perpetuidad. Como no podemos ofrecernos la garantía de que nuestro final estará libre de rasgaduras, ambos elegimos poner este vínculo a los pies del crecimiento, como ofrenda. Y esa elección, sumada a ciertos detalles dulcísimos, chistes bobos, esas hormonas haciendo de las suyas al acercarnos y fe en que todo puede salir mejor de lo que uno cree, ha hecho que este amor no se parezca a ningún otro.

(¿Ves ese punto donde nos encontramos al besarnos y hacer acuerdos?, ¿donde tú eres yo y yo soy tú y formamos algo antiquísimo y del futuro? Ahí: vamos como nunca hemos ido. Me late, lo añoras, tenemos que, sí). Los dos sabemos, claro, que no hay nada original en esta declaración de creernos únicos. Lo decimos porque estamos celebrando que esto no se parece a nada que hayamos vivido, el dato de que quizás nuestro destino sea estar juntos. Y, mientras vamos, no te fijes en mi tendencia reactiva de caminar muy erguida para ahuyentar fantasmas y yo haré caso omiso de cómo insistes en dominar el temblor de tu voz.

Quizás-destino. Y ambos envalentonados por hábito, muriéndonos de miedo.


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Magnificente

Todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana. La casa y los pensamientos callan. Amanece el día. Los significados son los únicos testigos de que, horas antes, fuera de noche. Pero apenas se van desperezando. Es el café de preguntarme cómo estoy.

Las respuestas han variado según las casas que he habitado y la vista que ofrecía la ventana: cuando dio a una pared, mi «estoy» fue el anhelo de estar en otros ojos; cuando ofrecía unos geranios, mi «estoy» quería creer que estaba bien y a salvo, ¿verdad?; cuando el paisaje suburbano se coló por una puerta-ventanal, mi «estoy» fue de duelo sobre duelo bajo duelo. Y es que preguntar cómo estoy también ha sido cuestionarme cómo llegué hasta aquí.

Desde que me mudé, todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana que da a un olmo. Dicen los significados que, desde tiempos ancestrales, el olmo ha sido símbolo de sabiduría, fuerza, equilibrio ante la adversidad y crecimiento en grande. Asiento, es un arbolote. Al preguntarme cómo estoy señalo la viga de metal que ayuda al tronco para que el peso esté repartido y el olmo pueda seguir elevándose sin quebrarse: cuando el café viene cargado con dudas amargas, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón; cuando despierto tremenda, cierta de lo posible y con prisa de que ya sea el futuro, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón.

Sé cómo llegué hasta aquí, fortísima, vulnerable: eligiendo muy mal. Y decidiendo muy bien. Despierto. No cambio esta época por nada.

 


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De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.


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El muro

Un día ya no pude más. Pero de veras. No más. Ni sé, con precisión, de dónde provino el acabóse porque aquello estaba finiquitado desde hacía tiempo, era un final que ya se había anunciado en lo invisible y había reptado entre roles, y sitios y enunciados.

Fue una rendija, creo. Todavía vivíamos juntos y compartíamos la habitación. Las dos camas estaban separadas por un librero grueso, de dos vistas, retacado de libros, papeles, cajas, cualquier objeto que cerrara el atisbo hacia el lado opuesto donde estaba el otro con su respiración a todo volumen y sus movimientos que, ojalá, fueran menos sabidos de memoria.

Una rendijita. Esos hilos de luz son temibles, peligrosísimos. Dejan pasar a la esperanza y al síndrome de echarle ganas y al regateo: esto no está pasando, mira: todavía hay dónde asirse. Como si fuera posible pender de esa fisura accidental, y llamarle estar bien. No pude más, ¿si lo dije? Compré tres mamparas de triplay y clavos, de los largos. Sellé uno de los lados del librero con las tablas, los golpes de martillo de mi ser parte y juez de un desequilibrio sentenciado a ser insoportable. Nunca antes había hecho un muro. Mi vida era el resultado de esa falta de límites. Y, como suele ocurrir, los límites son encantadores para quienes los pone, pero resultan una afrenta para quien los recibe. El último clavo fue el punto final de esa relación.

Me quedé con el librero y su muro. Oh, terapia de arte, me dije, que me quede a modo de recordatorio: por dejada, por tonta, por co-dependiente, por [espacio en blanco para el reclamo que es reclamo del reclamo]. Qué miedo que vuelva a suceder.

Pasaron dos febreros.

Ayer dos de enero, apenas volví de mi viaje de diciembre, quité el muro. No le encontré sentido. No más. Ni sé con detalle desde cuándo estaba lista para removerlo. Me valí de una desatornillador y desmonté mis ganas de no avanzar, mi dique. Cuando terminé, recargué las láminas de madera y los clavos de aluminio bajo los cuadros de los pósters con las portadas de mis libros a un lado de las marcas de estaturas de mis hijas. El librero suspiró. Lo visible y lo invisible se estrecharon las manos. El recordatorio quiso quedarse: por valiente, por sana, por darme a respetar, por [espacio en blanco para la invitación a seguir adelante].

Después de quitar el muro, me preparé un té y miré por la ventana. En California llueve durante el invierno. Había cientos de gotitas en el cristal, una taza, motivos en el corazón, oscuridad a media tarde. Recomencé, requeteavancé. Atravesé algo de mí. Y si eché el martillo en la bolsa de mano fue porque confío en construir lo que sigue, no por temor a la repetición.

No todo lo que empieza ocurre al amanecer ni en las primeras horas. No siempre somos nosotros quienes recibimos al año nuevo. Algunas veces —como el dosmildiecisiete—, es el año quien nos recibe con la cuenta regresiva, nos hace fiesta, nos dice pásale, cuélate por los espacios más finos, asómate a través de las grietas, libera los obstáculos, desarma lo que te estorba, sopla la serpentina. Nos reinicia, año generoso, y nos regala gestos simbólicos sorprendentes. Como haría quien ha esperado toda la vida para vernos llegar.


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Bien lejos

Viajé, y volví sabiendo de abrazos.

Yo creí que conocía todo acerca de esa cercanía. Me faltaba saber de distancias.

Porque es posible abrazar botes de basura donde, al fondo, hay libros.

Abrazar como si las banquetas fueran capillas de andenes.

Reconocer, asentir. Oye, sí: abrazo;

ahuyentar, ahorita no. Pero ven, te abrazo.

Que hay abrazos que afirman «esta negación es mía»;

o través de café o textos de sangre;

abrazos de personas que nunca llegan

y de personas que aceptan una cita espontánea;

abrazos que son ovación de pie;

que son chilaquiles con vista al parque;

que tienen algo de cordón umbilical.

Abrazos que son reiteración, pasar lista.

Ya no está uno para repetirse,

¡cuánto bien hace repetirse!

Subrayar, insistir: mira, esto es lo que siento.

Puedo decirlo de muchas maneras, o de una sola,

y traducir: abrazo.

Porque que si sólo sabes abrazo, en la cercanía o en la distancia, es suficiente.

Mi pasaporte no dice, con verdad, qué tan lejos fui. Celebré controlar cada vez menos, querer cada vez más fuerte.  Tuve que pagar exceso de equipaje porque los abrazos jamás se quedan en el cuerpo.

Viajé, volví.


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Vida, ocurriendo.

«Harta de la vida a medias», se leía en la primera entrada de mi blog: un plantilla en Blogger creada en una madrugada de 2006. Tenía rato con ese pendiente, la pregunta de cuándo iba a ocurrir algo que yo pudiera considerar como Vida, Ocurriendo y entonces sí: todos los significados, las ganas, la pasión y la creatividad que hervían por manifestarse, tendrían un sentido. Mientras tanto, sólo me ocurrían deudas de banco y morales, corazones rotos y luego pespuntados, pañales, mamilas, circulares de escuelas cuadrada, uniformitos. Quería desaparecer o la respuesta:  ¿dónde está la vida cuando sucede?

Yo escribía desde que aprendí a escribir, pero no lo hacía con frecuencia. Cuando abrí mi blog me reté a ser constante; sin embargo, adquirí el mal hábito de encriptarme. No quería decir lo que realmente estaba pasando, ni deshonrar o lastimar a las personas involucradas en esa vida a medias. Insinuaba, sí, que algo estaba pasando. A veces, aullaba y luego me tapaba la boca. Esa era mi otra plantilla: no podía hablar del mundo, y cuando lo hacía, era desde mí, y parcial. No me daba la cabeza para más, no tenía otro recurso. Escribía un post a la semana sobre letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, hijas, casa, con textos tan breves que a la depresión no le alcanzaba el tiempo de servirse un café y sentarse a acompañarme junto a la computadora.

Las palabras tocan, nombran, hacen alquimia, reacomodan, transportan. Cuando migré a California, ese blog estaba impreso en una antología. Continué escribiendo, pero a mi añoranza por una vida completa se le sumaba la nostalgia de México y de interactuar con mis lectores, de enseñar, del español como cántaro. Mi vida creativa se fortaleció y así surgieron los talleres de escritura y el podcast —que más adelante fue una participación en radio—, y Usted & la Canción Mixteca (pronto, muy pronto, en su segunda edición).  Se puso bueno: a la pregunta de ¿dónde está la vida? se le sumó ¿cuál es mi lugar? y se me quebró un aullido dentro del aullido; vino el cisma y todos sus testigos estratégicos en las redes sociales. Claro que me afectó espantosamente, creo. Ya no me acuerdo. Seguí escribiendo, más o menos transparente, aferrándome a las palabras y a mis temas como a las raíces y a la apuesta de conectar.

He escrito muchos posts con el corazón, casi todos. Este es el más difícil de todos,  y, a la vez, el más gozoso.  Hace unos días firmé el contrato de mi primer trabajo de tiempo completo en trece años, mi reincorporación a la vida laboral después de la maternidad. Se me ha ido notando el tránsito del duelo y de las partes diseminadas a ir enunciando la unidad. Ese puesto me llegó cuando en vez de preguntarme pasivamente ¿dónde está la vida cuando sucede?, me puse al servicio de lo posible; cuando dejé de solicitarle a la vida que me mirara o que me compensara por el desencanto o por el dolor, pude ver el dolor de otras personas y aprecié mis privilegios. Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para hablar acerca de mí en un blog; hoy terminan.

Por supuesto que seguiré escribiendo, hay un tercer libro de relatos inéditos gestándose, más talleres de escritura en México, algunas entrevistas; postearé las actualizaciones, fechas y avisos en este espacio. No es una despedida, es la flor de coincidir, una planta que ustedes y yo sembramos y cultivamos juntos. Les quiero agradecer el regalo de su tiempo y de su atención. Gracias, gracias, gracias por cada uno de los comentarios, por la difusión, por su amistad, por las inspiración para seguir adelante. Con las mismas manos que usé para tapar mi boca, les mando un beso, sin ustedes hace un buen rato que el cuchillo se habría seguido de largo.

¡Hasta siempre! Reciban un abrazo de letras desde California.

                                                                                                           Michelle, Miranda, Maceta.

pd. YA SÉ que estaba increíble que fuera policía. Sí, habrá algo de eso en los relatos inéditos.

pd 2. Claro que sigo aullando, por lunática nomás.


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Entereza

El invierno puede ser cálido. Basta ver a la escarcha besando los techos y los jardines y las ventanas; al vaho de las sopas y cafés; a los abrazos durando un poquitito más que de costumbre; a los cuervos tan negros como azules, en cofradía. (Y a la luz. Basta ver a la luz siendo luz. Oblicua, pero luz. Mesurada, y luz. Cojeando, tan luz).

La cuesta de enero, las muertes en tríptico, las neumonías, los adioses, las excavaciones que fracturan los cimientos cercanos: son el invierno conspirando con lo posible, rapándonos los bucles del miedo, haciéndonos rehenes de nuestras pérdidas. De ahí sale el calor: de atravesar el frío, ateridos. Y de seguir.

Somos la estación que mira a la estación, frotándonos las manos.

No estamos rotos.

 

 

 


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Miranda Entrepreneur

Casi todos los domingos me siento en el sofá, enciendo la televisión y me pongo a llorar dos horas seguidas.

Considero que ese par de horas es una inversión y las dedico a ver películas tristes. Hay mucho material creativo en la tristeza, bien lo sabe el cine. Me instalo con un paquete de pañuelos desechables y ningún testigo. Emprendo, y soy  entrada de diccionario:

Llorar. (Del. lat. plorare) v. tr. e intr. Derramar lágrimas. || Sentir profundamente). Ser pileta de enjuagar duelos y parque de no saber andar en patines; asistir al funeral de los proyectos vilipendiados por los monstruos personales y algunas entidades malcogidas, lamentar la llamita del propio sarcasmo, atravesar la Hora Azul de la XE ¿dónde estás?, plañir sobre la vía de los abandonos, gemir frente a la lepra de algunas decisiones. Sollozar, durísimo.

Si uno llora bien, se sigue. Cuando me doy cuenta, estoy llorando también por los males del mundo: los minúsculos, que se ven desde el espacio; los evidentes, que caben en todos los bolsillos. Nada soluciono, ni siquiera sé cómo nombrar esos males. Sólo quedo mormada, hipando y con más ganas de llorar. Es que a la tristeza le caben todas las tristezas. Engulle. Por eso casi nadie quiere irla a visitar. Como mi tristeza nunca se acaba no pasa una semana sin que vea, a través de los cineastas, zonas de derrumbe interno donde se esconde la tristeza;  idéntica, pero no la misma.

Hay quien está pendiente de los índices en la Bolsa de Valores o de cuántos likes recibe en las redes sociales. Yo sólo puedo poner atención a lo que duele; me doy ese tiempo casi todos los domingos. El resto de la semana puedo reír genuinamente y, desde esa risa, también lloro. Insisto: si uno llora bien, se sigue. Ya no me siento fragmentada.

 Me he invertido.

 


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Sin nada

—¿Qué tienes?

—Nada.

A diario le planteaba la misma pregunta, recibía idéntica respuesta; pero el deterioro de la camelia era evidente. Las manchas en el tronco, las hojas color estiércol, el tirol en las orillas, los botones abortados. Casi todas sus ramas estaban enfermas y tuve que podarlas.

Mientras cortaba con las tijeras filosísimas, me aventuré a explicarle que quizás la atacó una plaga o un parásito o una tristeza mal acomodada; es un fenómeno tan agresivo como natural: vulnera al árbol, lo jode, lo muerde hasta arrancarle la fuerza, toda. Le hablé desde mi experiencia. Claro que tenía nada, la camelia, desde lo hondo de su pérdida.

De ella que se elevaba hasta mi tejado, apenas quedó un árbol de ciento veinte centímetros. Esta no es tu estatura definitiva; los cortes no disminuyen el crecimiento, lo incentivan. Las plantas, como las personas, jamás crecen tanto como cuando las podan, ya sea por compasión o por despojo. Y le mostré la herida aparente que dejara mi tijera en su ser, sus muñones, mis muñones a causa de los acontecimientos recientes, y el verso verde que saben los poetas y los jardineros: la vida se abre paso entre lo cercenado. Todas las veces. 

Nos vemos en primavera, camelia.

 


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Souvenir

Viajo a países y a brazos. Aterrizo y paso por interrogatorios de migración y de cuéntame de ti. Giro las postales de los sitios más concurridos, monumentos de ciudad o de Facebook. Pruebo el pan, el agua embotellada, cuántos trinos le caben a los semáforos; descubro en qué parte de debajo de los puentes y de la memoria de quien me mira está el grafitti. No sigo las rutas sugeridas, pero agradezco el regalo de un mapa. Camino. Camino mucho. Camino hasta donde se cruzan cerca y más cerca. De los países, guardo entradas de museos, tintas en frascos, fotografías en jardines botánicos. De las personas y otros mundos interiores, conservo palabras*.

Clepsidra – reloj de agua que me traje de cuando hice mi tesis de maestría, embarazada, y entrevisté a 20 niños acerca de qué les gustaba más de los libros de historia griega.

Chistosón – adjetivo que usaba mi profesor de Derecho Positivo Mexicano para nombrar sus exámenes bimensuales.

Embarnecida – término que mis tías añadían a su saludo sorprendido durante mi adolescencia.

Colchoneta –  Diez, quizás veinte de ellas, cubrieron a cierto caballo durante el primer tercio de una corrida de toros en una plaza en Saltillo. El toro ni se le acercó a aquella cama de campamento con patas y estampado de flores. Una vez me contaron esa anécdota y he tardado dos décadas en desaceitarme de risa.

Zacahuil – sinónimo de 42 grados centígrados, a la sombra. También es un tamal de un metro de largo y veinte kilos de peso que se prepara en la Huasteca.

Musaraña, conspicuo, marajá, endosado – investidura inconfundible de quienes hicimos doctorado en “Don Gato”.

Fundillo – palabra que una persona de mi familia incluyó en la descripción gráfica de una boda árabe a la que asistió.

(Mucha) perdición – explicación de la existencia de todos los males del mundo, según mi abuela.

Renegado – primera lección de sociología, implantada por Jana de la Selva.

Aseo – rectángulo de la pulcritud donde solo cabe un gato dentro de un sello. Pero qué bonito suena.

Vázquez – apellido que legitima mi venia de cambio de carril desde que soy copiloto.

Pichiruchi, monocotiledóneas, grapcias, Nervo Calm [grageas] – …. pod favod.

Jubileo – equivalente a fiesta alegre y de larga duración. Lo más próximo al desmadre, cuando uno estudió en escuela de monjas.

Enhorabuena / a buena hora – parámetros de felicitación y de vernos en Tres Marías, respectivamente, a causa de  “Siempre en Domingo” y de quedarme a dormir en casa de mis abuelos la noche antes de una excursión.

Chipocludos – adjetivo con el que un profesor describió cómo era tener 9 años, el día que los cumplí.

Lo mejor de los viajes y de las coincidencias es volver a casa, y que el diccionario vaya mutando según se expanden el mundo y el corazón.

* Una disculpa a mis lectores que no son de México, por los localismos. Si me escriben, les cuento a qué me refiero y hasta podemos encontrar referencias afines. ¿Qué les parece?


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De lo que pasó y CPpD.

Casi me atraganto con la ensalada de pollo. De esos llantos, era. En una escalinata, afuera del curso, en la pausa para el café. Fue espantoso, me decía a mí misma, pero ya pasó. La ensalada me sabía a sal. Y el teléfono de mis hombros subía y bajaba marcando <ocupado>.

Ya pasó, porque fue hace 12 años. Un bisturí que ardía, el “si sigue gritando, señora, le pondremos anestesia general”, el derrame en la médula, los dolores de cabeza por sonidos y luces, los mensajes de decepción de otras mujeres porque la mía “ay, fue cesárea”, la leche que me engarrotaba el pecho y se mezclaba con grietas, sangre, tirones y falta de sueño, la casa cayéndose, las visitas que me llamaban chocosa y engreída. La bienvenida a la maternidad, donde el ¿por qué no me dijeron? se reacomoda junto con el útero, las fantasías rotas y la capacidad de dar, nutrir y vincular. Cuando hay más ropa sucia que nunca. Cuando la niña que jugaba a las muñecas era adulta y la madre que tiene al bebé es una niña. Ya pasó. Levante la mano a quien le pasó también: la depresión, las ganas de morirse, la sensación de abandono y fracaso. En mi curso, el 90% de quince coinciden.

A pesar de que llevo día y medio en ese curso, y de que la instructora nos ha guiado hacia todas las técnicas de cuidado en el puerperio, me queda pendiente un otro examen de conocimientos: atravesar el túnel de mi experiencia traumática. Todo habría sido más fácil si, cuando me rebasó el dolor de sentir el corte -en mi guión, en mi vientre, en mi capacidad de conectarme y sanar- se me hubiera activado la reacción de pelear o huir. Pero no. Apagué la luz, me apagué por dentro. Y esa oscuridad llena de culpa y  de sentimientos de inadecuación ha sido mi apellido como mamá.

Cuento mi experiencia. Se escucha el minutero de un reloj de pared y una alerta de WhatsApp. Claro, me digo, ¿cuento? mi experiencia. Y si tiemblo es porque se me baja la glucosa, no por vulnerable. Ya pasó, fue hace muchos años. Una por una, quince mujeres se acercan a mi. Y me abrazan. Su abrazo es el mío, el mío es el suyo. Cuando nos damos cuenta, estamos todas del otro lado del túnel. Lo atravesamos juntas, allá nos recibimos. Paso el examen, me dan el diploma.

Estoy en la escalera comiendo ensalada de pollo. Me acabo de certificar como doula, experta, en postparto. Acabo de cumplir una de las metas más importantes de mi vida. Lloro de alivio, del bálsamo que da la compasión y que es la única verdadera medicina que existe. Por encima de la blusa, toco mi cicatriz; la piel ahí es más fuerte y resistente que en el resto de mi cuerpo. Lloro porque qué bonito se siente cuidarse y ser cuidada, ser madre de mí misma, ser madre de mis hijas, acompañar a otras mujeres a parir, parirse y criar a sus crías. Lloro dándome permiso de vivir todas mis emociones como parte del espectro de la salud. Lloro porque existe dolor en el mundo y me conecto con él y porque pude convertir el mío en una oportunidad creativa y de servicio. Lloro porque mi herida ya pasó, y yo no.

Termino de llorar y de comer. No me ahogo, me arremango. Hay mucho que hacer, muchos hospitales que no respetan los ritmos naturales de la madre y el bebé, muchas mujeres que pasan el posparto solas en su casa callándose el efecto de las hormonas, desconfiando de su propia capacidad de criar a un ser humano. Añado CPpD a mi tarjeta de presentación: Certificate Post Partum Doula; como todo lo que hago y me significa, viene de las entrañas y de mi búsqueda. Y sigo escribiendo, haciendo radio, educando, trepada en este tren hacia lo que sigue.


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Desde lo alto

Me invitaron a pensar en grande. Casi me engancho en creer que lo grande es una talla, una marca, una jerarquía o un tipo de arrogancia. Por fortuna, rectifiqué a tiempo; no por sabia sino porque levanté los ojos al techo. La invitación me había llevado a volver sobre mis esquinas.

En el techo, a donde las preguntas nos miran desde arriba e, igual que el aire caliente, se elevan naturalmente, vi una alcayata. Era una especie de tornillo en forma de signo de interrogación. Pensé que hay muchos tipos de ganchos y, en el día con día, pueden parecer del tamaño adecuado a las necesidades personales pero son ganchos al fin: terminan por alzarse de hombros, volteando el cuello para el otro lado, intolerantes, deformando lo que se dio en prenda. Además, un gancho se va con cualquiera. No tiene rumbo.

Si realmente quiero pensar en grande, en un futuro magnífico, tengo que dirigirme hacia arriba. Donde lo minucioso casi no se ve pero se aprecia y el tamaño es humilde. Necesito una alcayata, porque va en lo más alto. Y porque así como los vestidos de graduación o de matrimonio con el propio camino se marchitan a puerta cerrada, mis posibilidades no pueden ir colgadas como sombras. Debo verlas extendidas, en todo su esplendor. Bien planchadas, de fiesta, listas para lo que viene.

Que será enorme.


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Apuntes post-presentación

Era sábado y hacía calor. A las cinco quince, un hombre puso las manos sobre mi cuello. En vez de ahorcarme -con la habilidad propia de los quiroprácticos– hizo girar mi nuca como si fuera a quitarme la cabeza, y luego siempre no. Mi cuello tronó como papel burbuja en ratito de ocio.

Abrí el envoltorio. Le tengo un cariño al color “Ala de Mosca”. Tal y como suele pasar con los apegos descubrí, con el tobillo fruncido, que las medias no tenían licra. Fui una versión antigua de mí.

La experta en trenzas, trepada en un banquito, lazaba pelo y listón. Abrieron las puertas, entraron los pasos seguidos de sus dueños que buscaban una silla. El pincel de la boca, mi segundero. Lista, roja.

Lo que más me gusta de firmar libros es conocer a quien me lee y darle un abrazo; que la pestaña postiza izquierda se desprenda y me regale un sub-párpado y la gente no sepa si así soy de cerca, cubista, o es consecuencia de lo que escribo. Escucharme de 8 años, respondiendo qué iba a ser de grande, tropezándome con el flash y los tacones.

Durante la cena, esperé tras bambalinas. Me compusieron la pestaña. Perdí el hambre, pero sostuve mi teléfono. Alguien me mandó una felicitación por whatsapp: “Usted y todos sus hubieras”, decía en caligrafía fucsia. Comenzaron los acordes de la Canción Mixteca. No lloré. Entré al escenario junto a Estela, una de las mujeres que más admiro. En medio, una planta sembrada en una ensaladera de plata.  El lugar, latiendo. Extractos de mis frases, en las mamparas.  Pósters con la portada. “Trecedejulio, la herida de migrar ¿cuándo se quita?, estas letras son mías, si soy una madre falible que sea con estilo”.  Ojos como luciérnagas. Mi madre. Mi mentor. Mis amigaexalumna. Mis talleristas. Una hija, tomando fotos. Una hija menor corriendo con una amiguita. Mi productora. Mi padre. El cónsul. Mis compañeros de Círculo Cultural. La gente querida que se tele-transporta con invocarla. Cien personas que no sabía cómo se llamaban pero me miraban. Estela subrayando que nunca fui Adelita, que migré a California para encontrarme conmigo. Yo, sintiendo, asintiendo, sonriendo, aullando, cerrando un ciclo de nueve duelos.

Un grupo tocó música de cámara y, al cabo de un rato, aparecí en el escenario otra vez.  Compartí mi otra pasión y no solo leí mis textos: hice radio en vivo. Dí las gracias, todas. A la vida, al apoyo que me ha sido prodigado, a lograrlo sola estándolo sin estarlo. Me bajé del escenario, cubierta de aplausos calientitos, volátiles. Antes de quitarme los zapatos y colgar el traje de gala, hice una escala en el cielo y me comí un tamal de mole negro y un chileatole.

Pasada la presentación, me tocó refrendar mi compromiso con la escritura. A la par, mis lectores me hicieron saber que el libro les hizo gracia. ¡Albricias! Escribir ya tenía un sentido para mí; pensé que era acercar o coincidir, y vaya que lo ha provocado. Ahora sé que me invita a ir más allá de mis relatos:  a registrar lo que parece no tener una conexión, a esculcar lo invisible dentro de lo que no hay, de quien no está, de lo que no se va, de lo que golpea y esconde la mano. Sí quiero, refrendo. Aunque no fue a propósito, si pude tomar el material de los cuatro años más dolorosos de mi vida y transformarlo en un objeto que ríe, mi compromiso es definitivo. Escribir, para sanar.

 ¿Hubiera? Ninguno.


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Atrevimiento

Cuando vengas, no me encontrarás buscándote entre indicios que me lleven a ti, con mayúsculas.

No me verás suspirando por matices morados de rosas ni por esquinas donde, aunque fuera demasiado tarde, Princesa, yo siempre llegaba a tiempo a la cita con mis obsesiones. No seré yo quien desande el recuerdo, tejiendo derechos y pilares hasta deshilarlos, ni seré la que se aleje sin voltear, comprobando que la espalda no sabe despedirse. No jugaré el papel de ser estatua de amaranto en un Oxxo, sin saber a dónde pertenezco. Otra vez.

Cuando vengas, hallarás a alguien que tendrá mi rostro, mis tenis, mi lunar en el párpado y hasta mi cuaderno de notas. Llevará mi nombre pero no mi vestido; se me hizo andrajos con tanta expectativa.

Cuando vengas, Vida, habré amanecido vestida de (mente en) blanco. Serás tú quien me busque, quien quiera saber qué puede esperar de mí. Si logras seguirme la pista, me encontrarás creando mi destino.  Y en esta ocasión, a diferencia de los 37 años anteriores, te sostendré la mirada. Presente.

Y te dejaré en suspenso.


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Radiografía

Porta una corona, pero es de izquierda. Le consta que hay lenguas en movimiento. Ante el asombro, se asienta hasta atrás y lejos de las luces. Duerme arrullada por una campanilla. Parece un taburete que invita al descanso pero no: tiene años dándome lata porque es una molona.

La han cubierto como camisas de fuerza color plateado, en amalgama de anestesias y médicos. ¡Qué le duraron!  Se fragmentó, la muy oronda, antes de echarse a correr en grietas; los detectives hallaron algunas pistas, todas relacionadas con cuánto dolía  desmenuzar lo que hubiera. Se rebeló ante la anestesia, el martillo, el taladro y las agujas, impidió que llegaran hasta el fondo de la cuestión. Cuatro años después, dio su golpe maestro.

Hoy la vi en una radiografía. Muela molona, incomprendida, con una endodoncia mal hecha y una infección que se infiltró hasta mi quijada, causante de los dolores de cuello y maxilar que me han agobiado desde hace varias semanas. Muela protagonista de varios de mis escritos, pronto redactaré su epitafio. Es insalvable.

Tengo dos opciones: construir un puente o reemplazar el vacío. Confío en que estaré bien, es una experiencia que pertenece al catálogo de estar viva. Pero no me pasa desapercibido que el desenlace post-muela se oriente a que nada en el cuerpo es solo del cuerpo. ¿Cómo extraer lo que duele hasta la pulpa donde nacen y se trituran los significados?

 


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Inmutable

A los siete, señalé. A los diez, me pregunté si mi dedo índice funcionaba correctamente. Vino la explicación; lo que yo veía como problema era una situación normal: hay personas que lastiman, aguántate. Uy, de los doce a los dieciocho, lloré.  A los 20, gruñí. A los 21, protesté e hice muchas preguntas. A los 23, y, ante el silencio, escribí un cuento asesino.  A los 27, con dos hijas, enseñé los colmillos. Me sugirieron que me calmara, siempre has sido arrebatadita, Miranda. Así es esa gente. Te lastimarán. No las vas a cambiar.

A los 29, me aburrí de las excusas. Desde los 30 y hasta la fecha, cuestiono lo normal.  Es cierto, hay personas que lastiman. El problema no es que existan y que así sean, al infinito. Lo grave es que tengan cómplices involuntarios que invaliden el dolor de quien sangra y cualquier esperanza de mejoría. Son un frente común.

Esa gente que lastima por hábito cobarde continuará impune. Como no las iré a cambiar, modifiqué lo que sí está en mis manos. Dejé de escuchar a los cómplices, aún si su intención era buena. Puse atención a mi sensibilidad. Y ahora, cada vez que trato con personas pasivo-agresivas, uso el dedo de en medio para señalarlas.


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El cuadrito

En mi primaria, igual que en muchas otras escuelas, había un cuadrito con una reflexión ¨L@s niñ@s aprenden lo que viven”, se leía.  ¡Qué bonita era! Hoy le añado unos renglones.

Si l@s niñ@s viven oyendo chismes, aprenden a fijarse en qué dirán los demás.

Si viven compartiendo sus logros y les dicen egocéntricos, aprenden a ocultar su talento.

Si viven en un ambiente agresivo, aprenden a abusar de quienes los vulnera.

Si viven siendo comparad@s con otr@s niñ@s, aprenden que lo normal es sentirse insuficiente.

Si viven medid@s por las expectativas de otros, aprenden a controlar.

Si viven aislad@s en un ambiente intolerante, aprenden a no pertenecer.

Si viven sin experimentar a Dios, aprenden que las apariencias son lo real.  Y a creer que Dios es como sus padres.

Si viven en un ambiente donde están en desventaja, aprenden a recrear ese ambiente a donde quiera que vayan.

Si viven sin poder ser niñ@s -libres, juguetones, despreocupados- aprenden a no saber disfrutar.

Si viven sin equilibrio, aprenden a irse a los extremos.

Si viven oyendo que su percepción no es válida, aprenden a no confiar en lo que creen.

Si viven entre adultos imprudentes que hablan sin cuidar quién está cerca, aprenden a no discernir lo que oyen.

Si viven sabiéndose observad@s pero no vist@s, aprenden a estar pendiente de la reacción física de los demás.

Si viven en un entorno de doble moral, aprenden que un género es mejor que el otro.

Si viven en el drama, aprende que el drama es su hogar.

Si viven entre personas asexuadas, aprenden a negar su cuerpo.

Si viven con versiones simplistas de un hecho que dolió, aprenden a guardar rencor.

Si viven sin poder expresar su enojo, aprenden a enojarse por todo.

Si viven sin que les digan la verdad, aprenden a relacionar el afecto con las mentiras.

Si viven entre adultos que no aceptan sus errores, aprenden a actuar con impunidad.

Si un día l@s dejan de abrazar, aprenden a quedarse como hijos dependientes.

Si viven rodeados de profecías, aprenden a vivir la vida de alguien más.

Si viven entre adultos que no han resuelto su infancia, aprenden que l@s niñ@s no importan.

La línea final del poema original sigue vigente: si viven con aceptación, aprenden a hallar amor en el mundo.

L@s niñ@s aprenden lo que viven, sea lo que sea; y sí, luego crecen. A veces, en un segundo. A veces, solo dentro de un cuadrito.

 

 


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Sobre la elocuencia

Esa mañana y no en otro inicio, justo cuando había soñado que me amaban y ese amor era de filigrana: al detalle, entramado con lupa, sin partes parchadas ni luego zurcidas para que aguantara más camino; esa mañana bauticé al sueño. Lo incliné sobre la fuente donde hacía muchos textos atrás, el agua había cantado que.no.se.mojen.los.cadáveres.que.no.se.mojen, y le di el nombre de Unamor Hechoamano y lo ungí con aceite de lavanda para alejar las picaduras de la patanería.

(Ocurrió hace tanto tiempo que ya los inicios se brotaron, crecieron, sacaron su credencial para votar y se volvieron una fraternidad de capítulos potenciales con bigote y a las mañanas se les contorneó el busto y las caderas y hasta se ponen rímel en el tercer ojo frente al amanecer, anhelando un café.)

Justo entonces, ella reclamó y declamó que me quedara.  Es elocuente, persuade con calidez y, lo que más me sorprende es que no le hagan falta palabras -son de cartón, las palabras-, le basta ser horizonte y abrazo. Y Y yo le hice caso a ella, mi cama. Porque para soñar y para renacer, tengo que estar bien descansada de mis expectativas.