Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Radiografía

Somos lo que traemos en los bolsillos, lo que no decimos a nadie, lo que más tememos y aquello que nunca hemos dejado de creer. O algo así era la frase.

La cartera, un lápiz de labios, —cuando no me pongo color me preguntan si tengo tuberculosis—, tres recibos deducibles de impuestos, los audífonos, un usb con información que me compromete, una navaja, unos chicles, mi chequera, una pluma Bic azul, —para escribir y por si algún día tengo que improvisar una cerbatana—, las llaves de mi casa y de mi oficina. La bolsa es una extensión de mis bolsillos y no por ser mujer; la lavadora es viejita y me cobra caro el olvido de papeles y de monedas sueltas. Nadie sabe que opté por una bolsa cruzada y no de señora en el antebrazo porque sólo me tengo a mí misma y el gesto de hacer que la correa cruce por mi hombro me hace sentir poderosísima. Y triste. Temo volver a creer que una fotografía en la cartera es señal de compromiso, vaya que me da horror no saber distinguir las mentiras que me cuento de las que me cuentan, sobre todo porque son portátiles. Sigo convencida de que existe la magia y de que, como demuestran las hojas secas geniales, los capullos, las alas de mariposa, las conchitas de mar y los boletos de películas tremendas: los tesoros para guardar se hacen polvo cuando intentamos poseerlos.

Espera, Miranda, nota la imprecisión: «somos», decía.

Oh, averigüemos de qué va esto. Es su turno: les va.


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Cuando seas grande

No había pregunta más importante, no había respuesta más seria. No había contestación similar aunque compartieran el sustantivo. No había necesidad de explicaciones. ¿Y la congruencia? ¿la lógica? ¿la viabilidad? ¡Menos había! Por eso, en la niñez, si alguien te preguntaba qué querías ser de grande te reconocía como dueño de un mundo interior. Entendía el cambio, el crecimiento, los saltos del potencial, la influencia de los héroes, la certeza de que habría futuro y destino. Un sello más en tu pasaporte de saberte único. ¡Qué honor! O a lo mejor sólo quería saber para ver si se juntaba contigo en el recreo, ¿qué más da?

Y cuando tú preguntabas, sabiendo que la respuesta podría ser más compleja si el encuestado(a) estaba en kinder o en secundaria, especulando afinidades e intereses, sintiendo un poco de envidia de una visión parecida o más ambiciosa que la tuya, muriéndote de ganas de saber, de tener ese dato indispensable de alguien que te rodeaba, colocando postes en tu camino dentro de tu generación y tu tiempo, y tu mapamundi.

No hay pregunta más incómoda, no hay respuesta más tierna. Cuántas contestaciones similares y sustantivos compartidos. Cuántas explicaciones pendientes: las incongruencias, el exceso de imaginación, el uno hace lo que puede, no lo que quiere. ¡Tantísimas! Por eso, en la adultez, si alguien te pregunta qué querías ser de grande, quizás quiera saber cuánto ganas, dónde estudiaste, quién es tu jefe, si te duermes llorando, cuándo fue la última vez que te enamoraste. Y te parece que sabe de giros narrativos, de estancamientos, de talentos oxidados. O tiene en mente influencers y certezas de que infancia no es destino. Un sello más en tu pasaporte de saberte juzgado. ¡Qué incómodo! O a lo mejor sólo quería hacerte plática para ver si te sigue o no en las redes sociales, ¿qué más da?

Y cuando tú le preguntas a alguien, sabes que la respuesta puede complejizarse si el encuestado(a) está soltero o divorciado, sospechas secretos y cuentas alternas, sintiendo un poco de presión por tener profesiones parecidas o títulos nobiliarios académicos más altos, muriéndote de ganas de saber, de tener ese dato indispensable de alguien que te rodea para que sepas quién de los dos cumplió sus sueños, tachando de tu lista a miembros de tu generación, de tus círculos y de tu país.

Si tu vida de adulto es, según tú, perfecta (y los likes que recibes te lo comprueban): gracias por leer. ¡Felicidades! Adiosito.

Si tiene bastante que diste el estirón, y ya subiste de peso, tienes canas y cicatrices y te encuentras recalibrando tus anhelos porque el futuro de ti te falló o le quedaste mal, o tu vida es buena pero no cumpliste lo que dijiste que harías, o negociaste y saliste a mano y no quieres moverle a ninguna pregunta fundamental y sólo pasaste por aquí con un café, si la pregunta más importante e incómoda y la respuesta más seria y tierna es qué vas a hacer con tu propia invitación a la grandeza: no sé, estoy igual. Sólo pasa que hoy amanecí con la idea de qué rico era pensar en lo posible, ilimitado, reconciliando opuestos y deberes, activamente, confiando en que las cosas saldrían y bien.

Quizás ser grande y en grande es, simplemente, vivir y hacer sin pretextos, le conté a mi niña interior, a nueve días de cumplir 41. «¡Al fin entendiste!» —escuché que me dijo— «ya no tendré que mandarte épocas de depresión para que lo veas».


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Otoño como heraldo

Oye, otoño, entra con tiento. Demórate en acelerar los desprendimientos. Dile al viento frío que contenga su soplo, permite que los primeros dos días de noviembre sean impuntuales. Entreténte un rato con este clima de verano, todavía con lama y grillos: hay días largos que también preparan para la oscuridad.

No estamos para saltar montones de hojas secas ni para elegir el rincón de la sala donde vamos a poner la ofrenda. No tenemos cabeza para regatear el disfraz de los hijos ni para escribir textos complejos que hablen de otro tema que no sea reconstruir, estar alerta a los saqueos, volver a lo de todos los días. Entra con cuidado, ya ni el timbre suena igual.

Y, con la misma mesura, insiste en hacerte presente. Cesa la savia de aquello que terminó su ciclo, devuélvelo a la tierra. Danos el consuelo de la cosecha, de poder destinar un momento en el año para ver de frente en qué invertimos el tiempo y la atención. Arranca, amoroso y con gravedad, lo que sea caducifolio en nosotros. Y los lugares interiores de no volver.

Sé heraldo de una verdad natural ancestral que consuela a los humanos en tiempos difíciles: al mismo árbol que la vida impone quedarse sin nada, seis meses le brota la primera flor, prólogo de su fruto.

Entra quedito. A algunos nos duele el corazón.

 


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Hombro con hombro

Algo horrible sucedió, me dijo mi papá por Whatsapp, este temblor fue diferente. Al poco tiempo vi las primeras fotografías de los derrumbes y, como millones de personas que estuvieron en el sismo del 85, los recuerdos me golpearon en las rodillas. Y, aunque el suelo que pisaba estaba fijo, no tuve de dónde agarrarme. —Sólo tuve, sólo he tenido sollozos—. Fue distinto y el mismo, en canon.

No puedo hablar de cómo se siente estar en la Ciudad de México en estos momentos, dos días después. Ustedes, sus habitantes, tienen esa palabra. Imaginen, voluntarios preciosos que no han dormido y que presencian la solidaridad en todo su espectro de belleza, honestidad y verdad y que nadie les cuenta de los extremos del dolor y de la ayuda, por un momento: ver, dentro de treinta años a alguien que sufre por un terremoto. Y ustedes, lejos.  Con lo que saben ahora, tengan la edad que sea. Con lo que les falta por saber y que irán descubriendo como parte de su nueva identidad.

Así me siento. Puedo hablar, justamente, desde el aullido de estar en otro lugar que no es la Ciudad de México. De la furia casi animal del encierro de la geografía. De la bofetada en el exilio de un «ni vengas, que no haces falta», de querer hablar de lo que sigue: de asimilar las pérdidas, de resistir los embates del desánimo y cómo la vuelta a la normalidad pedirá una constancia que cansa. Sé eso y otras cosas, pero no sirven de nada. Aúllo más. Y me callo, porque el puño de los rescatistas está cerrado y en alto.

Pausa.

Me pongo al servicio de ustedes, incondicional. Continuaré en Twitter, como he estado hasta el momento, centrada en el apoyo emocional y algunas herramientas para atravesar este momento. Aquí a ladito, en la columna de la derecha, están en tiempo real. —–>

Los desastres pueden verse con los ojos del cuerpo, como testigo, y con las del espíritu, por empatía. En todos los casos, los desastres nos exigen recordatorios de quiénes somos, dónde estamos, a dónde vamos; todas las crisis nos despojan de lo que teníamos por seguro. Al no saber qué va a pasar, necesitamos pistas para volver a la casa de dentro y el otro alimento: la ternura activa, escuchar las historias y preocupaciones, sentirnos útiles. Desde la impotencia de no poder ir a remover escombros o a clasificar víveres, doy palabras de aliento porque quizás sirvan, dicen mis rodillasrecuerdo. Fue distinto y el mismo: México es un lugar en el corazón, no sólo un país. Si tiembla, temblamos todos. Y, entre todos, haciendo red donde quiera que estemos, ayudamos a reconstruirlo. Todas las veces.

 


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Normalita

—Any question?

—(¿Por qué hay sub-especies de hongos en refractarios olvidados dentro del refrigerador del área común? ¿el concepto de atuendo para el viernes casual incluye tenis tornasolados? ¿ha considerado que la presentación de las gráficas del presupuesto sería menos hostil acompañada de un bolero en marimba? ¿podemos hacer oficial que las tres de la tarde es la hora del intenso olor a consomé sin laurel? ¿sabía que «requisición» es una palabra tan bella que vale unos segunditos de pausa después de pronunciarla? ¿por qué la práctica de sacar fotocopias sin encender la luz? ¿y si hacemos una biblioteca en el hueco de la escalera para los niños que nos visiten? ¿ha escuchado que el elevador se queja de sus cadenas?¿de quién es el auto con la placa «YA MERO»?¿sabía que algunas personas no podemos pasar junto a una IBM Selectric sin descorrerle la funda para pulsar la tecla de retroceso porque suena chistosa y en la memoria?)

Quiero resumir todas mis preguntas en una: ¿qué es lo normal? Pero no me atrevo. Igual que no me atreví en la escuela, en mis relaciones de pareja, en el podólogo, en el aeropuerto; vaya a ser que me pongan alguna etiqueta de esas pegostiosas e incómodas que, desde el inconsciente, sentiré la la necesidad de desmentir. Hago como que lo que me rodea pasa porque sí, y no es una construcción. Soy una más, no destaco, soy alivianada, cooperadora, nunca demasiado atenta.

Nos dan las gracias por nuestra asistencia, la junta termina, elijo mis batallas y cuántos signos de interrogación quiero gastar en voz alta. La normalidad me sonríe desde su rigor, protegida por una trinchera de cobardes como yo: está a salvo.

 

 


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Epicentro

En tu ceño, miniatura de la grieta que apareció en tu casa. En  la intemperie forzada de ser adulto en temporada de lluvias y noticias. En el momento que cargaste a tus hijos y buscaste un lugar a salvo entre la oscuridad del trauma. En tu insomnio esperando la réplica, en tu conocimiento de saber que 185. En la pregunta obligada de cómo te agarró el temblor, en el compartir tu susto y tu alivio entre las imágenes y sonidos que te siguen retumbando. En el desgajamiento de tu rutina hoy, en tu sandunga como lamento, en el azote de tus costas, en los derrumbes de tu México —no importa con qué fue construido—. En tu sospecha de que hay algo macabro sucediendo, sin que puedas abarcarlo. En tu amanecer de ojos cansados de que éste sea el futuro.  En el epicentro de tu silencio que no deja de cimbrarse.

En donde estés:  te llevo palabras como café con piloncillo y canela, y un pan de abrazo.

 


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¿Estás ahí?

A veces necesito verificar que el mundo siga donde lo dejé.

Me da seguridad saber que puedo dedicar mi atención entera a un proyecto, por ejemplo, y que el click de la lámpara en el buró sea, todavía, como un chasquido de duende ronco. O que el líquido que ya tiró el hervor todavía proteste porque lo verteré, como si le diera angustia de separación de la hornilla. O que el jabón recién abierto siga suspirando como un animal de líneas dóciles y perfumadas. O que la voz automatizada del dispensador de boletos del estacionamiento todavía dirá «espere unos segundos. Gracias por su paciencia».

Y si mi atención, por poner otro ejemplo, tuviera ganas de quedarse un rato largo en una mirada que me enamora o, todo lo contrario: quisiera desaparecer de vínculos que ven feo, puedo contar con que abriré mi buzón y el cartero habrá apilado los sobres por tamaños, poniendo al frente los que provienen del banco, y la correa de mi zapato derecho será voluntariosa en el tercer hoyo, que no abrocha con prisa.

Y si, ya encarrerada en los ejemplos, la hoja en blanco y el lápiz me reclamaran que trabajado de más o que no estoy en mi eje de presencia, todavía habría virutas de sacapuntas como olas deshidratadas y el cuaderno se abriría en el centro donde está la costura, como parapente que no quiere jubilarse.

Verifico —y es una necesidad honda— por más bobo que parezca. El cambio me incita al apego, el tiempo me invita a controlar, los objetivos insisten que insista, el apego me muestra el dolor. Hay días, con sus noches, que no sé qué va a pasar. Y si bien el mundo nunca ha sido mío, el asombro evitó y ha evitado que me fuera ajeno.

Sí, está ahí.

Suspirosonrío.