Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Doce

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Yo abrí un blog.

1999-2007 Mónico Neck 49 (26)

Mira: este es el escritorio original.

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De darte las gracias por leer. Hay millones de blogs en el ciberespacio y, por alguna razón, tú y yo coincidimos en éste. Somos un instante, apenas.

Gracias por tus comentarios públicos o en privado que nos han acercado y revelando quién escribe, quién lee, nos vamos sintiendo menos solos.  Quizás algún texto se nos convirtió en punto de partida para una amistad; me contaste tu historia, te compartí la mía y ahora somos cómplices de significados. A lo mejor viajaste o interrumpiste tu día laboral para tomarnos un café, un día. (¡Lo aprecio tanto!) O puede ser que nos conociéramos de otro ámbito y zas, acá nos procuramos una conexión distinta, y qué rico despojarnos de los estereotipos. Yo siento que te quiero y te voy queriendo cada año más, tal cual. ¡Ah! gracias, todas las veces, porque cada recomendación tuya del blog, el libro o el podcast apoya la vida hecha a mano y la creación independiente, lejos de estrategias de mercadotecnia o relaciones públicas; la que confía en que el mensaje y su destinatario se irán encontrando porque ese el contenido.

Por estos rumbos hoy es día de celebrar. ¡Pásale a la fiesta junto al olmo! Hay agua de horchata, jamaica, tamarindo, cervezas, tortas cubanas en miniatura y, junto a la gelatina festiva, una banderita de tu país: México, Estados Unidos, España, Argentina, Canadá, Colombia, Brasil, Perú, Uruguay, Australia, Venezuela, Chile, Italia, Guatemala, Ecuador, Inglaterra, Honduras,  Alemania, Países Bajos, Costa Rica, Bolivia, Turquía, República Dominicana, China, Suiza, Japón, Rusia (gratitud extra por pasar a leer durante el Mundial).

Tengo doce trecedejulios insistiéndote en ello y te lo repetiré otros tantos más, así hayas estado desde el principio o desde tiempos recientes: tu lectura le da sentido a estas letras, es un encuentro que hacemos posible juntos. Es lo único que no ha cambiado. Al contrario: se ha fortalecido.

Desde California, recibe un abrazote de letras —efusivo, lloroso de bonito—atravesando cualquier pantalla, dispositivo y frontera. Un abrazo verdadero.

Michelle, Miranda, Maceta.


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Elecciones

Seré breve:

Hay elecciones que ocurren, por ejemplo, cada 6 años, y hay elecciones que suceden todos los días.

Las variables que rodean el resultado de las votaciones en un país están hechas nudo dentro de otros nudos dentro de condicionantes que se mueven en una maquinaria de causa y efecto mezclada con más sistemas e inicios y consecuencias, ciclos, engranes, mucho tiempo que fermenta y expone.

Las elecciones de todos los días son las que determinan, verdaderamente, el curso de nuestra historia.  Se puede asumir lo peor, resistir la verdad, darse por derrotado, enfocarse en los problemas, hundirse en la duda, comparar, aburrirse, tomarlo todo personal, esperar a que cambie la suerte, o vivir en el presente, ver las posibilidades por encima de las limitaciones, aceptar retrocesos y obstáculos, hacerse responsable de los actos propios, perseverar, hallar el interés y la amenidad en los retos, trabajar con empeño.

Ningún post en Facebook —ni en Twitter, que me cae tan bien— puede darnos perspectiva o profundidad para comprender procesos sociales, políticos o económicos. Lo que sí hace es revelar qué hacemos frente a la amargura. (¿La dejamos pasar?, ¿la nutrimos?, ¿la combatimos?) y desde dónde (¿El menosprecio?, ¿la aspereza?, ¿la burla?,¿la intolerancia?, ¿los discursos heredados?, ¿la empatía, ¿la esperanza?). Si la amargura es el superlativo del odio, habría que repensar quién es el enemigo.

Y conversar más con los relojeros.

 


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De rimas en caso de duda

Para Víctor Luján G.

Que no te obnubilen, que no te empañen,

que no despostillen, que no te descalzen,

que no se burlen, que no calen,

que no pronostiquen, que no manchen,

que no te culpen, que no te roben,

que no te desairen,

diles.

Que se les marca el bulto de prejuicios y tedio,

que nunca fuiste de estatura promedio,

que no tienes remedio y sí un archivo

que hierve de ideas, de ti, de festivo,

junto al botón certero de tus reinicios.

junto a los brotes cuando verdeas,

diles.

Que es verdad y ruta y certeza:

que no hay acto creativo pequeño,

sólo fracciones de una obra dispersa

pidiendo un rato diario de atención y tiempo;

que las ganas son la versión soleada de tu sueño

que las fracciones se hilvanan con torpeza

y acunan un borrador,

diles.

Que en aquel rato diario se te va la vida.

Y la persigues, ¿qué otra te queda?

que, a fuerza de tesón, te vas sabiendo.

Crear es lo tuyo. (Yo lo comprendo).

Diles,

sabrás cuándo y a quién me refiero,

deletreando con todo tu cuerpo,

—se iluminarán conciertos, galerías,

escenarios, libreros —,

que la obra eres tú.

Diles, o abraza la sospecha:

vuelve a los cánones, a su orden, al suyo.

ó

es tu momento: ¡aprovecha! diles:

es mi proyecto. Y suficiente, concluyo.

Y junta minutos donde había suspicacia

con frenesí del loco que ama su esquina

con la rutina obstinada de quien persevera.

No hay acto creativo poco y sin gracia,

sino sumas de llevar, por centena.

Créeme todo, o  nada me creas,

pero, ¡por favor! sigue tu idea.


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Tríptico

Bajé el teléfono y tomé aire. Los oí en mí en esos dos segundos de la piedra violenta  cayendo hasta el fondo de ellos mismos, creando un trauma que se expandirá y tocará cada una de las palabras, los sueños, los vínculos y las horas de esos niños y niñas en la frontera; en los padres y madres enloqueciendo de súbito, esperanzados.

Aprendí a distinguir las familias que entraron buscando asilo político entre los migrantes que atiendo:  no olvido sus ojos que dejan pasar la luz a través de un cristal estrellado. Iluminan y cortan a la vez, duelen y conduelen. Pienso en esos ojos cuando y en el sufrimiento añadido por las políticas en los Centros de Detención.

Se respira angustia.  Tocar cualquier otro tema resulta irrelevante

**

(Este es el post de la semana pasada que se quedó pendiente por un imprevisto laboral):

Estoy saliendo con alguien y se me ocurrió explicarle mi relación con los imperativos. Es rápida: los detesto.

La versión detallada me lleva a hacer escala en la esquina de la papelería de mis rumbos, cerrada a finales de agosto por la fiesta de la natividad de Santa María. Un arco de flores adornaba en la entrada de la parroquia hasta el 8 de septiembre y el atrio con las estaciones de la cruz, donde tantas veces hicimos fila en Miércoles de Cenizas y el Día de la Candelaria, olía gorditas de piloncillo y, por un ratito antes de empalagar, uno se sentía cerca del cielo. Afuera habría elotes, una rueda de la fortuna, la pesca, las canicas, los algodones de azúcar rosas y azules, las fritangas. Y tendría que detenerme en el pan de feria envuelto en su bolsa de plástico y su caligrafía con duya «Para mi suegra», «Para mi viejo», «Te amo». Siempre quise uno, comer alrededor de las letras y sopearlo en el chocolate. No se me hizo probarlo.

El inglés se me queda corto al narrar la siguiente parte: uno entraba a una carpa, un puesto cerrado que olía a humedad. Había una mampara pintada a mano por alguna persona con talento incipiente para dibujar una araña de metro medio de diámetro. Sobre la mampara y, gracias a los efectos ópticos de algunos espejos, la cabeza de una jovencita: la mujer convertida en araña. En el mismo tono de los merolicos y de los vendedores que caminaban por el metro llevando a la dama, al caballero, un ejemplar de «Platero y yo» y tres cajas de gis chino, uno u otro por diez pesos, el dependiente que cobraba al entrada le preguntaba la mujer-araña, cómo había llegado a su deplorable condición.

—Por desobedecer a mis padres— contestaba el híbrido. Y añadía que comía moscas por no haber apreciado la comida de su casa.

Y, aunque todos los menores de edad que presenciábamos esa escena, teníamos claro que era ficción —el dibujo en la mampara era casi una caricatura y, decían, alguien había visto a esa misma jovencita comiéndose unos esquites, humana, bípeda, risa y risa—, sí daba nervio porque la obediencia era un valor en aquellos años. Vámonos, acomídete, calla, siéntate, fórmate, deja de llorar, no vayas, haz una numeración del uno al 600, no te enojes, no le digas a nadie, baja la voz, no causes vergüenza; se ejercía, se esperaba, uno obedecía a lo que le decían sus mayores y maestros, el banco, el gobierno, la iglesia, y punto. (Y, si desobedecía, era a escondidas, hábilmente). ¿En qué había desobedecido la mujer-araña?, ¿cuál fue su acción deliberada y visible que tuvo semejante castigo eterno? La feria se ponía año tras año y el nervio diminuía, pero no se iba del todo.

Nunca olvidaré la última vez que vi a la mujer-araña. Tenía canas, arrugas profundas en la cara* y un suero. Estaba agonizando. El mensaje era el mismo: muriendo por desobedecer. Me indigné tanto que desarrollé una aversión total a los mandatos. Los odio. Y mejor, por si las dudas, no prometo obediencia. La carpa olía a humedad y orines. No quiero terminar ahí.

¿Cómo se dice en inglés: no acepto imperativos pero sí invitaciones escritas en pan de feria?

*Ahora sé que, con toda probabilidad, era una suplente que quizás quiso ser actriz y se animó a trabajar en esa atracción. Incluso creo haberla visto antes y era una de viejitas que vendían gorditas de piloncillo.

**

Ayer me uní a un grupo de voluntarios. Fuimos a armar un área de juegos infantiles para una escuela, después de seis horas quedó lista. En las instalaciones aledañas había unos niños y niñas de un curso de verano que corrieron, con toda su emoción, hacia los juegos. El área estaba rodeada con una reja en lo que se secaba el cemento de la base de los tubos. Los chiquitos sacudían los barrotes, frenéticos de gozo, pero frenéticos al fin.

Los adultos lloramos porque las imágenes del noticiero nos cayeron encima. Tocar cualquier otro tema resulta irrelevante. 


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American Citizen

Fila 3, sección 1. Habíamos llegado con notoria anticipación y logramos asientos hasta adelante tanto en el balcón (para familiares y amigos) como abajo (para los que haríamos el juramento). Era un teatro, pero por un instante, las butacas vacías se parecieron a las lápidas de mi cementerio personal donde he ido enterrando los anhelos que no se cumplieron.

Ni cómo negar que la vida ocurrió como no la esperaba. No hay manera de suavizar esa pérdida; esas traiciones del destino, enhebradas. La ceremonia empezaría en unos minutos. En la pantalla fueron apareciendo fotografías antiguas de familias de inmigrantes llegando a los Estados Unidos. Pude reconocer la mirada de las mujeres. Yo fui ellas hace un siglo interior. Y al igual que ellas —y como en tantos de los casos que atiendo en mi trabajo— un día la misma persona que nos prometió una vida mejor, es decir, el hombre por quien dejamos atrás nuestras raíces y nuestra red de apoyo se deslumbró con el American Dream, nos llamó insuficientes, nos dio la espalda y nos dejó solas a cargo de nuestros hijos e hijas en un país nuevo. Una plañidera terca me tocó el hombro y señaló: éste es un premio de consolación. Tus sueños han muerto. ¡Ay!

He estado en muchas ceremonias y en todos los funerales de lo que no fue. He aprendido a vivir con el dolor y con el rechazo, a nombrar mis duelos, a asistir sola a todos los eventos que me importan.  He cantado himnos y salmos. He firmado papeles oficiales y jurado con la mano derecha levantada so help me God, pero tiene años que no sé qué hacer con los momentos de gozo. Esos son los más difíciles, terribles.  Las pérdidas se superan individualmente, fortalecen, quedan atrás, impulsan. Los momentos de felicidad piden un tratamiento diferente: flotan en el alma y preguntan quién está, con quién podemos compartirlos.

¡Voltea!  —, me texteó desde el balcón. Bajé el teléfono, volteé y agité mi mano para saludar. Su cabeza era un punto trigueño entre el techo de Art Deco.  ¿Quién está? Mi amiga que no me dejó ir sola a la ceremonia de ciudadanía; la grabó porque hay que pensar en los nietos.  ¿Quién más está? Las mujeres que un día, después de haber superado la ingenuidad de su sueño americano, van a llegar a un proceso de pertenencia por sus propios méritos y se tomarán el pulso todos los días, recalibrando a dónde quieren ir y con quién y para qué; sus hijos, mis hijas. Les aparté un lugar en la doble nacionalidad como quizás alguien me lo apartó hace diez años.

Me tomé una selfie, la hice tuit;  la envié a mis papás, a mi abuela, y al hombre con quien he salido tres veces y quisiera salir trescientas veces más. Despedí a la plañidera con un chasquido, pobre. Qué atareada la traje, qué lata me ha dado.  (Quiso quedarse tantito más porque eran muchas las lágrimas de alegría). Al terminar la ceremonia tiré la llave del cementerio en una rendija entre la alfombra y el proscenio. Mi amiga y yo nos tomamos el día y agotamos todos los temas pendientes.

Dicen que los huesos de los anhelos fracturados hacen buen fertilizante de metas por cumplir, soy prueba viviente de esa fórmula. Volví a casa. La vida visible continuó exactamente igual. En lo invisible, la fiesta sigue y sigue.

 


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¿Tienes cambio?

Antaño:

Te fastidias en clase de Etimologías Grecolatinas* preguntándote cuándo ocuparás toda esa información de facto

Validas la leyenda del muchacho y la muchacha que se ven de lejos en una fiesta, anuncian para sí que esa es la persona con la que se casarán, salen seis veces con chaperón, durante un año se escriben cartas que llegan con tres días de retraso, se casan, compran una casa antes de los 30, tienen seis hijos, viven de un solo sueldo, cumplen medio siglo juntos. Porque es la historia de tus abuelitos y de casi todos los adultos respetables que conforman tu mundo. 

Ves a una familia con hijos e hijas y decretas tu futuro estilo de crianza basado en una crítica a la posmodernidad, estudios de género, últimas tendencias de la narrativa postcolonial, y versos de Whitman y Pizarnik. 

Eliges un trabajo donde haya oportunidades para subir y dedicas un porcentaje importante de tu vida laboral atajando a los que quieren hacerte tropezar profesionalmente. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque leen/escuchan cierto contenido que va con tus gustos, te acompañan en andanzas de diverso calibre logístico y moral, van a la par en la misma etapa que tú, te dan el consejo exacto sin que se los pidas. 

(Cenas cualquier cosa) y duermes diez horas seguidas. 

Nunca has visto un puñado de canas en ninguna parte de tu cuerpo.

Hoy día:

Hurgas con apremio entre prefijos y sufijos en la memoria de la clase de Etimologías Grecolatinas para hacer sonreír al griego que conociste a través de una app de que garantiza relaciones compatibles.  Es la segunda cita, después de demostrar buen uso del emoji y velocidad cortés en el texteo. 

No sabes quién siente más piedad: si los antepasados al verte soltera(o) de espíritu a los 40, en una casa rentada, tuiteando que el «para siempre» no existe o tú, desde la visión de los vencidos, diseccionando las leyendas emocionales que te contaron sabiendo que perpetúan la falta de equidad, los roles de género, la noción de propiedad y simplifican procesos que son irreductibles.

Ves a una familia con hijos e hijas y a familias sin descendencia. Decretas que  tu estilo de crianza es comer lo que hay, celebrar a quién está, dejar ir al que no, hacer álbumes de fotos con sección de memes.  

Eliges un trabajo donde la escalera tenga buen barandal o elevador que funcione.  Asciende tu asombro ante la cantidad de juntas prescindibles. Das gracias por tener chamba y ruegas porque no haya dinámicas de integración este semestre. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque escuchan, cumplen su palabra, siguen su camino y sus creencias y no dan consejos sin que se los pidas. No conoces ningún adulto honesto que se auto-proclame «respetable». 

Cenas cualquier cosa que no contenga leche entera, salsa de tomate, salsa. Duermes cuatro horas intermitentes (y después dos o tres). 

Cada vez hay menos zonas de tu cuerpo sin canas. 

Todo esto pensé cuando alguien me preguntó si tenía cambio. Y caí en la cuenta de que sólo traía tarjeta de débito.

*uy, eso amerita otro post de aventuras en la prepa. Prontoundía.


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Canto post-concierto

(¿Otra vez esta historia, mamá?)

Sí, déjame que te la cuente una vez más. Cómo, a falta de disco, me consolaba aprendiendo las canciones de oídas en la casa de mis primas. Cómo siempre reprobé matemáticas y creí que me merecía ese y todos los castigos; quizás por eso ni de niña ni de adulta puse demasiada resistencia cuando alguien llegó a profanar lo que me importaba. 

Anoche fui a un concierto.

Anoche fui a un concierto con mis hijas.

Anoche fui a un concierto con mis hijas y una de mis ex-alumnas, de cuando yo daba clases en la universidad, del grupo al que le conté que estaba esperando a mi hija mayor.

Manejé rumbo al concierto de anoche.

Manejé rumbo al concierto de anoche y les conté, a mis hijas y a mi ex-alumna, que nunca tuve un disco de ese grupo.

Manejé rumbo al concierto de anoche y les conté, a mis hijas y a mi ex-alumna, que nunca tuve un disco de ese grupo. Y precisé: sólo uno.  Vi cómo lo hicieron pedazos, fue mi castigo por un siete en matemáticas en primero de primaria.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual de baile y estrofas.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual de baile y estrofas, dejando atrás cualquier forcejeo con las ganas de una infancia intacta y su vida adulta correspondiente, al amparo de una tribu de migrantes cuarentones que se estremecía coreando la banda sonora de su pasado y «México, México».

Estribillo:

Mientras pueda cantar y tenga junto a las personas que amo,

Mientras pueda abrazar y reír, notas de un mismo canto, 

Mientras pueda cantar, desincrustando las falsas creencias, 

Mientras esté, (y ojalá no me duela la cadera).

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso.

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso. Terminó a las once pé eme. No manejo de noche.

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso. Terminó a las once treinta pé eme. No manejo de noche. Conduje 45 kilómetros en una carretera a oscuras. Mi ex-alumna abría paso con su conversación para mantenerme alerta. Mis hijas dormían, agotadas. Llegamos con bien. Me acosté a dormir, afónica, tarareando hacia mis adentros «Amor para ti». Adoro mi infancia desfasada y presentarle a mis hijas con Timbriche en vivo. Y mi capacidad de dar patadas en la ingle a quien intente castigarme o hacerme creer que merezco un mal trato.

Estribillo (bis). 

Nota del día siguiente: claro que me duele la cadera. Y cada centímetro del cuerpo. Y qué felicidad.