Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


3 comentarios

Aquí y ahora, sí.

Cerrar una escuela trae pesadumbre a una comunidad. Cerrar dos, retos de transporte y sentir. Cerrar cuatro es deshojar los diccionarios, descomponer las sumas, fustigar a las familias con los renglones de las hojas del presupuesto. Lloran los niños y niñas por su casa-aula, lloran los maestros abandonados, lloran los papás migrantes queriendo entender el proceso de re-inscripción en el idioma de la burocracia. Y lloro con ellos porque sólo tengo dos manos y sólo puedo arroparlos en español en horas de oficina.

Abrir un documento nuevo con la intención de hacerlo libro trae gozo. Abrir la puerta al desfile de significados y personajes, incertidumbre. Abrirse al compromiso de escribir de principio a fin es ponerse de frente al vendaval, perder las llaves, avanzar con mapas que cambian de norte, beber café que sabe a óxido. Decir que no es abrirle paso a la depresión y al cuchillo que apuñala amores; hay que escribir con el tiempo más preciado y nunca con el que sobra. Hay una loba simbólica que alimentar o se come a los venados que visitan. Hay dos hijas adolescentes y la crianza es más demandante hoy que en los dieciséis años previos.

Hace 12 años, 4 meses y 3 días inicié esta bitácora con la intención de aceptar el momento que estaba viviendo, o morir marchita. «Aquí y ahora» fue el título del primer post. Desde aquella madrugada, he ido siguiendo la pista de los días hasta donde me lleve el corazón. La espiral me ha traído a revisitar este lugar, sólo que no estoy dialogando frente a mi tristeza: te miro, lector, lectora, y quiero abrazarte con todas mis fuerzas. Aceptar la vida como se presenta duele, asusta, desnuda, aplasta, celebra, libera, invita, sana, se hace relato, y todo está sucediendo a la vez. Eso lo aprendimos juntos. El blog cumplió con su misión, entonces.

Gracias por leer, gracias por tus comentarios, por pasar la voz y por comprar el libro. Bien sabes que nuestra conexión no depende de un post a la semana y que estoy activa en Twitter. Cambiará el modo de encontrarnos en un texto, pero la química de coincidir está y estará intacta. Confío en ella.

Y te abrazo más.

Miranda Locadelamaceta/Michelle Remond

Belmont, California.  Con vista a un olmo. 

 

 


7 comentarios

Sobremesa, 3.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la tercera entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

«María tenía los ojos más negros que nadie había visto jamás, mitad estrella, mitad capulín. Heredó la mirada de José, su padre, que había venido de España y que trabajaba de contador en el único cine del pueblo. De su madre Jesusa heredó ver más allá de lo que sucedía, envuelta en humo.

María estudió hasta tercero de primaria. Sabía leer y escribir, sumar, restar y multiplicar, pero no dividir. Tocaba el violín, declamaba, participaba en obras de teatro. Era la niña bonita del pueblo.  José volvería a su país de origen para morirse allá, donde quizás tenía otra esposa y otros hijos, nadie sabe. Un día María y Jesusa se quedaron solas con ellas mismas y con las habladurías.

Jesusa, para ayudarse, vendía enchiladas en un puesto de comida en la banqueta afuera de su casa y, cuando había ferias, y también vendía velas y adornos para tumbas en Día de Muertos. Las dos cosían en una máquina Singer, moviendo el pedal con los pies, a la  luz amarilla de los focos que se encendían y apagaban con una cadenita que colgaba y hacía clic. Los focos eran muy caros.

En ese pueblo, como en muchos otros de Veracruz en la costa del Golfo de México, los extranjeros eran parte del paisaje porque había petróleo: un oro líquido que atraía capitales, campamentos y contratistas. Valentín era extranjero; se había aventurado a América y había desembarcado en Nueva York donde trabajó de obrero hasta que se enteró que la Compañía del Águila quería gente para ir a los campos petroleros, y se apuntó.

Valentín tenía los ojos tan azules que habría que inventarles nacionalidad. Parecían venir más allá de los palacios alemanes, más lejos que la nieve rusa, de algún cuento insólito donde los hombres de tez blanca y cabello rubio interrumpen la vida de los pueblos huastecos y la trastornan. Algunas miradas son simples movimientos de ojos y algunas miradas son imanes, reatas, hojas de libro por escribir, como la de María y Valentín cuando encontraron sus ojos en el kiosco del parque. ¡Ay! No era alemán sino aragonés. No sabía ni leer ni escribir, pero tampoco le hacía falta. Su vida era una gran apuesta. Cuando se casó con María, México se recuperaba de la Revolución Mexicana y de la Guerra Cristera.

La zona de Veracruz es adecuada para el cultivo del café. Nadie sabe cómo, Valentín se hizo de un terrenote de varias hectáreas en lo alto de un cerro. Se llevó a María y  a varios indios para establecer el cafetal; también trabajaban la caña de azúcar y tenían un trapiche. Valentín sería el rey blanco entre los indios. De día era el patrón pero de noche se emborrachaba junto con ellos y apostaba a la baraja. Casi siempre perdía y entonces, cuando ya iba a amanecer, era el patrón de nuevo. Los indios lo miraban con recelo.

Mientras tanto María, como todas las mujeres de su época, se llenaba de hijos. Uno y luego otro y luego otro, y cuando ya iba en cuatro —tres hombres y una niña— le preguntó a Valentín que a dónde iban a ir a la escuela esos hijos. Valentín decía que le ayudarían en el campo, igual que ella. Varias veces María se fue con una recua de mulas y dos indios para que la acompañaran y varias de esas veces, los indios quisieron pasarse de listos con ella; María siempre iba armada para mantenerlos a raya. No tenía un segundo de paz o seguridad. Y aunque era leal a Valentín y los niños corrían por el cafetal, libres, no paraban las borracheras de Valentín ni las discusiones por el dinero. María protegía las monedas, envueltas en bolsas de cuero, bajo la cama, bajo las vigas del suelo, detrás del baúl, porque todo lo que Valentín ganaba, Valentín lo perdía y de nada le servían los ojos azules ni la apariencia de hombre de mundo.

—Vengo— decía siempre ella cuando bajaba al pueblo a tener a los hijos y luego regresaba con el bebé en brazos. Pero aquella vez, cuando Valentín vio que los niños iban con ella y la mula cargada con bultos y bultos y sus ocho meses de embarazo, supo que María lo estaba dejando.

María, para ganarse la vida, empezó a vender leña y carbón de casa en casa. No faltó la comadre insidiosa que soltara su veneno. “Mira en qué terminó la reina de los festivales”. Y los ojos de María se hicieron oscuros, más oscuros, de tristeza y rabia. Pronto tuvo que ir a otros poblados y además de combustible, se llevó unos dulces. Le dijo a su hijo mayor que fuera con ella para ayudarle a cargar. María no conocía bien la zona de las rancherías y  llegó, de sopetón, a un río. Se le ocurrió que había de cruzarlo, que del otro lado habría más casas que le comprarían sus dulces y leñas, que sería un buen día de venta entre tantos de angustia. La corriente fue más fuerte que el optimismo de María y le arrancó de los brazos todo lo que tenía para vender. El agua aventó al hijo hacia un remolino y, entre gritos y brazadas, se hundían y flotaban, entre el aire que no alcanzaba y la desesperación. Quién sabe cómo llegaron a la orilla.

Volvieron disimulando que casi se mueren, que se murieron un poco. No pudieron ocultarlo: María tenía pesadillas y estaba aterrada, como ida. Tuvo que ir el santero a hacerle una cura de espanto. Se sentó con María en la esquina de la cama y le tomó la mano, con cariño, pero firme. “María, ven, María, ven”. La voz del santero se parecía al lamento que Valentín dejaba escapar en las noches, cuando se daba cuenta que lo había perdido todo. Y los dos, uno arriba y otra abajo del cerro se aguantaban la fragilidad porque eran un par de orgullosos. Así se conocieron y así se separaron.

Maria consiguió un trabajo como secretaria, escribiendo a máquina en la presidencia municipal. Luego resultó que iban a abrir un hospital y un doctor que la conocía le preguntó que qué sabía hacer bien. María, con sus ojos negros, ahora cautelosos, no dijo que tocar el violín o declamar; dijo que coser. Así fue como entró de auxiliar en las autopsias, cosiendo las orejas de los macheteados. Se mudó al hospital con tres de sus hijos y a los otros dos los dejó con Jesusa, aunque moriría al poco tiempo. Y entonces el presidente Lázaro Cárdenas expropió el petróleo.

A María le asignaron un poblado para que fuera la enfermera local, pusiera vacunas, revisara niños, atendiera partos. Con ese dinero y el del nuevo sindicato de trabajadores de Pemex, pudo ir mandando a sus hijos a la capital a que estudiaran, primero la secundaria y luego la preparatoria y hasta la universidad; todos sus hijos menos el mayor, que le gustaban las muchachas y la vida del rancho. Valentín se cansó de intentar acercarse a María pidiendo ver a sus hijos, discutiendo. Vendió sus recuerdos y sus sueños y se fue de brasero a Texas, se estableció en California.

María nunca se perdonó a sí misma y fumaba para no mirar hacia dentro.  Hablaba mal de Valentín igual que él hablaba mal de ella, porque buscar culpables era la costumbre en las casas, tanto como tundir a los hijos a cinturonazos o usar una estufa de queroseno. Valentín tampoco se perdonó haber perdido a su familia y quedarse pobre; conoció a otra mujer y tuvo una hijita; se le quitaron las ganas de apostar.

Un día María tosió sangre. El hijo que estaba estudiando medicina le dijo que viajara a la capital para que la revisara uno de sus maestros. Se hospedó en un cuarto que estaba en un conjunto de departamentos, o vecindad, como le dicen, en la calle de Argentina. Le diagnosticaron cáncer en el pulmón. Tenía que subir unas escaleras para llegar al cuarto. Tosía en cada escalón hasta quedarse sin fuerzas.

De último minuto, María y los demás hijos que estudiaban en la Ciudad de México se cambiaron a otro departamento porque se les acabó el dinero de la renta comprando medicinas. La tos no conocía hora. Sólo dejó de toser un rato, bendito rato entre días y noches, cuando fue a verla otro santero.  No me quiero morir, decía, quiero conocer a mis nietos. Y sus hijos lloraban con ella, volvían la tos y la soledad, aunque estaban juntos. Nadie rezaba porque no sabían cómo o de qué pudiera servirles.

María murió el 17 de marzo de 1949, una mañana. Tenía 44 años. Consiguieron un lote en el panteón civil y la enterraron sin loza porque no les alcanzó el dinero, hasta que los compañeros de las escuelas hicieron una cooperación y, varios días después, pudieron pagarle al albañil. Valentín estuvo en el entierro y quiso acercarse a abrazar a sus hijos. La hija mayor dijo que no. “Si no vio por ella en vida, menos va a ver por ella muerta”.

El hijo que se quedó en el rancho cobró el dinero de la pensión y se lo gastó poniendo un negocio de venta de coches. Los hermanos en la capital se quedaron sin un peso. Algunos fueron limpiar fincas y cosechar vegetales en todas las vacaciones que pudieron. Las hijas sacaron un carnet en el comedor de indigentes y estuvieron viviendo con familiares y conocidos hasta que terminaron de estudiar. Los cinco hermanos superaron esa época terrible, que habrá durado uno o dos años, aunque ellos cuentan que fue una eternidad.  Valentín también murió de cáncer en el pulmón, unos veinte años después».

Valentín y María son mis bisabuelos.

Mi tía abuela me llevó a conocer la vecindad en la calle de Argentina y vi las escaleras. Habrán sido unos sesenta o setenta escalones de metal, en cada piso había un barandal de herrería y macetas de colores hechas de pedacería de vajillas y mosaicos. Caminamos otro poco, adentrándonos hacia Tepito. El comedor de indigentes es ahora un templete para contener a los vendedores ambulantes, todavía tiene las instalaciones de gas de la cocina. Nos seguimos hasta la calle de Herreros y entramos al número 19, caminamos por el pasillo lúgubre, dimos la vuelta en la pileta y subimos hasta llegar al departamento donde murió María. Una señora nos preguntó qué hacíamos ahí y cuando le explicamos nos dejó pasar. Los pisos eran amarillos con grecas y sufrimiento. Volvimos a la casa en la línea 1, del Zócalo a Nativitas. Calladas, casi herméticas. Chípiles, zozobradas.

Es la primera vez que me atrevo a poner esta historia por escrito.

 


3 comentarios

De súbito

Para el Ingeniero, por supuesto.

Los lunes lloro.

Añoro tu reloj en la mano derecha, tus zapatos azules, tu barbilla,

el lugar donde tu mente se encuentra con la mía, deleite.

La lista secreta de escenarios del ojalá,

el pase de abordar esperanzas antiguas recién nacidas.

Lágrimas de sueños despertando.

las calles vacías y anónimas.

Nos extraño.

Los martes me ocupa el trabajo.

Soy toda concentración y enfoque,

proyectos por entregar, saturación.

Casi olvido que nos conocimos,

reniego de la poesía, la encuentro inútil,

no suelo llevar tu fotografía a mi beso.

Me siento a gusto,

aunque el piso esté frío y la ventana cierre a medias.

Los miércoles me enfurecen las pistas de frenado,

odio guardar compostura,  las barras de seguridad.

Quiero verte, ahora porque ahora. Impostergable.

Tirar por el precipicio a la cautela,

trastornar todas las rutinas. Urges.

Esto es una tortura.

¿Por qué estás tan sereno?

Tengo sangre en las manos. Tuve que matar al tiempo.

Los jueves tomo un decisión a propósito

y me obligo a dejar de pensarte.

Invoco a mi resiliencia,

por si te vas y nunca regresas;

paso lista de mi luto y de mis rezos,

por debo mandarte al olvido algún día.

Hago acopio de mi fuerza,

sólo hallo mi corazón, ternura, y tu nombre.

Los viernes llevo lencería negra

por si me topo contigo mientras vivo,

tu carisma, mi coqueteo, la cima reiterada,

la risa que lubrica,

porque hélice, porque abrazo.

Soy un mar de placer profundo que contempla el cielo.

Igual que tú.

Y ambos lo sabemos.

Los sábados/domingos estamos/somos

el amor nos conduce, libres,

y es tan fácil como un milagro;

dejamos que hable nuestra presencia

de las horas contadas esperando a vernos,

el graciasgracias de habernos encontrado,

de ir avanzando hacia la segunda mitad de la vida,

atareados pero compatibles,

diluyendo el pacto con la soledad.

Luego es lunes, de nuevo.

Y aunque cambia el orden de los días,

quedan los giros y la emoción:

algo siempre comienza, algo siempre termina,

nos vamos sucediendo de súbito.

Dijiste que te gustaban las montañas rusas.

A mí también me gustan.


1 comentario

Abrazo de otoño

Caen las hojas.

¡Mira! El dedo apunta hacia abajo,

a los peciolos como antenas

pegando el oído de savia a suelo

para oír a las hormigas, a los hongos,

las pisadas, el runrún del tren.

¡Mira! El dedo apunta hacia arriba,

a los plazos entre las raíces y el cielo,

a las ramas como listones

haciendo el baile de las lenticelas

para aflojar los nudos, los nidos,

la ternura, el racrac del tronco.

¡Mira!

Hojas que caen, la alfombra

donde aprendemos que nada es para siempre.

¡Mira!

Caen, y nosotros a la mitad de este susto

¿y si no vuelve la primavera?

¿y la oscuridad es cada día más oscura?

Hojas que abandonan

–crujen con las pisadas, y las perdonamos —

A veces somos ellas, caducifolias,

cumpliendo nuestra palabra verde

hilvanada a los ciclos;

a veces somos el árbol desnudo,

preparándose para el invierno,

duelo anticipado;

y, a veces, sólo somos lectores

en medio de un paréntesis,

testigos de hojas caídas

y del relato de las flores y los frutos

que les siguieron,

los que pueden venir,

los que vendrán;

lectores pidiendo un abrazo al otoño,

a ver si así logramos ser

un poco más versados en el arte de soltar.

 


9 comentarios

Cuarenta y dos

Teñir el castaño con anaranjado por haber descubierto a Botticelli < dejar que las canas colonicen la coronilla.

Iniciar el primer programa feminista de aquella universidad < llorar de tristeza por los buenos hombres y las buenas mujeres cuando no logran entenderse.

Quemar manuscritos de novelas de dos capítulos porque dolían < levantarse antes de amanecer, todos los días, a escribir un libro por gusto y perseverancia.

Protestar contra el pudor, el catecismo, la carne roja y las tarjetas de crédito < reír con la sombra de la vergüenza frente un saldo en ceros comiendo una pizza y rezando a la Santa Transgresión.

Aspirar a un futuro cargado de expectativas < saber dejar ir a quien abandona, y dónde dar la vuelta en U antes de caer al barranco, y cómo dormir siestas de 7 minutos.

Atesorar la libertad de hacer y desdeñar la estructura < crear una rutina que nutra la armonía entre pensar y sentir.

Recitar itinerarios ideales de viaje por el mundo y teorías de crianza espectacular de los hijos que aún ni nacían < descansar en los alcances de las fronteras del sueldo, construir la interioridad, estar aquí y ahora y que ése sea el viaje en familia.

Equiparar drama con pasión < apasionarse desde un faro, amar las relaciones sanas.

Discutir a controlazos con la ansiedad y la pérdida < suspirar con el cambio, morir con lo que no fue, inspirarse con historias extraordinarias de sobrevivientes, ser fuerza serena.

Creer que los cuarenta era la vejez < ser más joven cada otoño.

Para la muchacha que hace veintiún años cumplió veintiún años.


1 comentario

Sobremesa, 2.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la segunda entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

IMITANDO A TARZÁN

“Una tarde, vagando, me metí al terreno de una obra de construcción. Ya no estaban los trabajadores. Anduve viendo qué había y encontré una soga colgada de un árbol; yo sería Tarzán.  Me balanceé en ella dos que tres veces y en la última, al soltarme, caí sobre una tabla de cimbra, la tabla tenía un clavo oxidado, el clavo me atravesó la planta del pie. Saqué el clavo rapidísimo, me dolió mucho. Regresé a mi casa, oscurecía. No dije nada.

Amanecí con el pie hinchado y me seguía doliendo. Entonces se me ocurrió preguntar a la gente, como duda casual, qué se hacía en esos casos. Alguien me dijo un remedio y lo hice a escondidas: compré una vela de sebo, la prendí y, cuando empezó a escurrir el líquido, acerqué la vela al pie y el sebo hirviendo fue goteando sobre la herida. El dolor fue terrible, entre la infección y la quemada. Me contuve de gritar con todas mis fuerzas porque si no me descubrirían. Y aunque el dolor era insoportable, repetí el remedio en los dos lados del pie e, inclusive, que dejé que penetrara un poco en la perforación que dejó el clavo.

Durante algunos días caminé con tremenda dificultad. Cuando me preguntaron qué me pasaba, les dije que me apretaba el zapato. El remedio funcionó y la herida sanó, quedé como si nada.

A los siete años no fui Tarzán pero derroté al tétanos”.


2 comentarios

Cuarenta veintisiete de septiembres

Naciste enfermo, sufrías, sufriste, pasaste más tiempo en el hospital que en la casa, moriste. Contigo bajo la tierra está el silencio hermético de nuestra mamá, que no volverá a tocar el tema; sobre la tumba, las flores que llevará nuestro papá para irte a ver en donde se despidió de ti, y desafiar al olvido. Cuando veo tu foto me quedan pocas palabras nítidas: bebé de tres meses en su ataúd, coartación de aorta, colchitas tejidas con estambre azul, Panteón Civil, 1978.

Tomo fuerza de la nena de año y medio que fui, la que absorbió el luto de su entorno porque, en su desarrollo, apenas iba a aprender a saberse distinta y decir «no»; la que se quedó huérfana de hermano inmediato y de papás como los conocía. Cuando pude nombrar quise poner todas las palabras junto al corazón: el mío, el tuyo, el que está en los objetos diarios y en las acciones más simples y en las más arriesgadas. Y las palabras nombran lo que duele y lo que alegra y lo que está en medio, como una neblina. De eso se tratan mi profesión y mi búsqueda personal. Tu muerte me marcó el camino. Hay regalos que sólo pueden ser abiertos al cerrar las lápidas.

Hace cuarenta veintisiete de septiembres de tu muerte. Hoy te recuerdo en especial y te digo descansa en paz, Mark. No viviste en vano; más que morir, te diste. Un día de la eternidad, crecidos, nos tomaremos una cerveza en el cielo. Quiero contarte de tu legado.


4 comentarios

La fecha es lo de menos

Haz memoria.

Adoraste la telita crujiente que envuelve los ajos,

llamó a misa de reciclaje la campana del camión de la basura,

hiciste esculturas de pelusa para las noches de equinoccio

tu radar detectó, primero que nadie, el dron de un sarcasmo;

viajaste en taza estampada y mordida de pan con mantequilla y azúcar,

completaste rompecabezas tuertos abandonados,

contaste grandes secretos frente a la fruta de temporada,

imitaste a las balatas, a las persianas, a las cámaras,

llevaste panfletos de sindicato a los grillos,

cancelaste tu suscripción a las revistas de adoquines,

llovió y sólo llovió,

desempleaste a tu duplicado fingidor de voz en los orgasmos,

dejaron de apostarte en el hipódromo de la furia,

estrenaste cerraduras telepáticas en tu casa de dormir en paz,

no te arrastró aquel río, la melancolía.

¿Cuándo supiste que habías sobrevivido?

La fecha es lo de menos.

 

 


2 comentarios

Sobremesa, 1.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la primera entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

“Porfirio tenía doble labio leporino, paladar hendido, quince años y por toda pertenencia, una bolsa de plástico que cuidaba con celo. Lo conocí en Tamaulipas, en 1975. Yo participaba como voluntaria en un proyecto donde médicos y enfermeras de Estados Unidos y México atendían, sin costo, a niños con malformaciones como esas.  

Porfirio no pronunciaba bien las palabras. Nunca supe de dónde venía o si tenía familia, aunque él me lo explicaba muy claramente, una y otra vez.  Lo que sí recuerdo eran sus ojos vivarachos, con los que expresaba más de lo que podía decir con su boca deforme, rasgada por la mitad. Aunque su rostro no era agradable a la vista y apenas nos entendíamos, nos tomamos cariño.

Él mostraba una ansiedad notoria por entrar a cirugía. Era tal su deseo de operarse que ejecutaba las instrucciones, obedecía las órdenes de los doctores y de buena voluntad cooperaba en las revisiones, quieto.  Al fin, llegó su turno. Yo estuve pendiente de su entrada y salida del quirófano. En esa operación, sólo le repararon el lado derecho del labio. Con eso fue suficiente para que el semblante le cambiara y Porfirio se viera distinto. No supe cuándo o en qué condiciones volvió a su casa. Acabó esa fase del voluntariado, la siguiente sería en seis meses.  Regresamos a la vida cotidiana.

Medio año después, me ofrecí de nuevo como voluntaria. Me topé con Porfirio cuando una secretaria del hospital revisaba su expediente. Lo reconocí: un poco mejor vestido y con su inseparable bolsa de plástico. La operación del labio derecho no se le notaba, de lo bien hecha que estaba. Porfirio discutía con la secretaria en su español absurdo. Ella le explicaba que todas las operaciones estaban programadas y no había cupo para uno más. El  muchacho no se quería ir, insistía en que le repararan el lado izquierdo, que le faltaba. Me acerqué para intervenir y él vio en mí a su salvadora.

—Porfirio— le dije-—ahora no te pueden operar, será hasta la última etapa, los pacientes ya está internados. ¿Por qué llegaste tan tarde? Mejor ven el 10 de enero a registrarte para que te operen en julio del año que entra y tengas preferencia.

Porfirio no se daba por vencido y me indicaba con sus dedos lo fácil que era la cirugía: sólo tendrían que juntar la parte abierta del labio izquierdo, y coserla. Me lo repetía subrayando los gestos y de tanto repetir y con tanta vehemencia, empezó a llorar. No dejó de mostrarme cómo le tenían que cerrar la boca, no en julio, ahora, ya. Me enterneció verlo tan decidido y aferrado a que yo le ayudara, como si fuera su única esperanza.

—Déjame ver qué puede hacerse— le dije. Un joven así, con tantas ganas de curarse, solo y sin familia, merecía una excepción en los trámites. Fui con el director del proyecto y estuvo de acuerdo en añadirlo a la lista.

Porfirio fue intervenido al último en el día de la segunda operación. Cuando salió del quirófano, traía unos parches en la boca para proteger las suturas.  Yo lo cuidaba en su cama y él me preguntaba cuándo le quitarían las gasas. A la mañana siguiente, el doctor le retiró la curación y la tela adhesiva. Yo estaba presente y Porfirio cooperaba sentado en la cama sin quejarse. Una vez que los médicos se fueron, me pidió su bolsa de plástico y sacó de ella un espejo. Lo recorrió lentamente por su cara para ver cómo había quedado. No daba crédito de su transformación. Todavía inflamado y con los rastros de la operación, agitaba la mano derecha en señal de victoria.

Porfirio, el guapo. ¿Se acordará de mí como yo me acuerdo de él?”


1 comentario

Derretida

Él me tomó de la mano después de mis evasivas, largas y excusas haciéndome la cool. Consentí, porque es una persona que aprecio y admiro. Los diez soles de las yemas de sus dedos orbitaron los míos.

Me derritió su gesto, he llorado y llorado desde entonces. Lloro por el cinismo helado que se incrustó en mi mirada: este ha sido el año en que me di por vencida en el amor de pareja. Lloro de alivio valiente, encendido y mutuo a prueba de distancia cortés para evitar decepciones. Son lágrimas de hielo cansado.

¿Por vencida? ¡Jamás! No me da miedo que me rompan el corazón. Asusta más lo fácil que es acostumbrarse a no sentir en las sociedades donde nadie se toca.

 


1 comentario

Ella Escribe

Qué bonito y necesario es que exista She Writes, una comunidad global en línea que ofrece contenido, inspiración y apoyo de mujeres para mujeres en cualquiera de las fases de su proceso de escritura. Estoy estrenando un espacio allá; estaré posteando los temas que imparto en mis talleres y algunas reflexiones en torno a la vida creativa.  ¡Haz click aquí! 


3 comentarios

El albergue

Pensé que sabía algo acerca de ser fuerte hasta que conocí esa risa. Estaba con una mamá y su hijo de 7 años*, ayudándoles a llenar la forma de solicitud de servicios para familias sin hogar. Mi pluma azul neceaba con tinta afónica y gruñí en lo que buscaba otro bolígrafo, si eché como cinco antes de salir de la oficina, me acuerdo, y seguía revolviendo sub-bolsas de la organización fallida. Volví a gruñir forzando la pluma contra un papel suelto. El niño rió y rieron sus dientes de enfrente. No se preocupe de nada, seño, me dijo la mamá riendo con los ojos de renglón y su español de sílabas calmadas.

Reí un poquito y pedí una pluma prestada en la oficina. Me urgía seguir llenando la forma. Esta familia había vivido con otras tres familias hacinadas en un departamento y en los baños de la estación de camiones y en un coche desvalijado. Era el primer día de clases. La secretaria trajo un desayuno escolar. El niño abrió la bolsa de las manzanas rebanadas y me retó a una competencia de quién comía más rápido. Volteé a ver a la mamá, nos pasó una servilleta. En lo que alargué la mano para tomar un trozo de manzana, el niño ganó el concurso. Con la panza llena, seguía riendo. Y su mamá, que mantenía los brazos cruzados alrededor de ella misma porque no tenía chal ni suéter, reía, sonreía, reía, acariciaba la cabeza de su hijo, y cualquier congoja reía con ellos. La forma les permitirá dormir en un albergue y que  el niño podrá asistir a la escuela todos los días. Recién me incorporé a estas funciones, además de mi trabajo usual.

Insisto: yo pensé que sabía algo de ser fuerte. O de pérdidas o de la fe o de historias de inmigrantes. Luego conocí esta risa que proviene de un lugar que toca y no suelta y ha sido como una aparición. Tengo que prepararme mucho para poder seguir los protocolos estatales de atención y de seguimiento de casos. Yo no estudié esto, la vida me trajo hasta aquí. En blanco, sí sé algo, lo único: el servicio activa una luz que conecta. Y con esa luz se amasa el alimento, se conjura la noche, se protege de la intemperie, se alivian las lágrimas, se arropa el cansancio. No es unilateral, es una transformación mutua. Ahí quiero quedarme a vivir para siempre.

*Algunos detalles de este caso son genéricos, por cuestiones de confidencialidad.


2 comentarios

En cada esquina

¿Qué colocamos en las esquinas en las casas? Justo en el cruce de muro con muro, en las líneas imaginarias que nos sostienen y dividen el exterior del interior. Quizás haya una vitrina de presumir o un librero de pino o una mesita o una lámpara o una planta. Un módem, una escoba, un costal de granos, una mochila, una guitarra o zapatos, pósters enrollados, un garrafón o una cafetera. Y si hubiera un vacío sería sólo a simple vista: hay esquinas que son conjuntos residenciales de lujo para millones de ácaros, con vista a panorámica a la cordillera de pelusas y todo.

En mis esquinas tengo las veinticinco maquetitas que hizo Victoria Luminosa representando escenas de películas usando fichas bibliográficas, colores y pegamento. Una ramita en forma de disyuntiva. Una copa del ancho de un dedo hecha con la envoltura de un Paletón Corona en la última vez que conversé con una amiga querida que perdí. Una piedra en forma de corazón en que encontré en la playa de Puerto Vallarta días antes de enterarme que mi matrimonio había muerto por asesinato. Un plato de Michoacán que me regalaron unos tíos aquella navidad que el dinero no llegaba ni para ellos ni para mí. Una foto donde mi hermano me está contando una anécdota chistosísima acerca de alguien que teníamos enfrente y ambos debíamos disimular, otra foto de mi mamá y mis hijas en la fachada de la casa donde nací, y otra de mi abuela enseñándome a usar la máquina de coser que me acababa de regalar. Dos pulseras irregulares de botones enhebrados con hilo elástico, mi posesión más preciada.

Cuando recorro mi casa a oscuras porque hasta el día duerme paso por esas esquinas que tienen algo de capilla. Quizás el tiempo y los significados se tardan un poco más en recorrer ángulos rectos y por eso las esquinas están cargadas de pausas y son el lugar ideal para colocar ahí, mero ahí, objetos que nos son importantes.

También puede ser que las esquinas sean prácticas y repleguemos los objetos para abrirle paso a lo cotidiano. Prefiero, desde luego, creer que mi casa está llena de altares, que lo sagrado me mira y yo lo miro en cada esquina. Si tengo risa y tribu, amor y pespunte, desgarre y vida después del dolor, no me imagino el interior de otra manera.


3 comentarios

De pasillo

—¿Cómo estás?

— Fue un acierto inscribirme en el grupo de principiantes. Éramos unos doce adultos metiendo la panza, en mallas y zapatillas, cumpliendo algún tipo de promesa personal. El maestro, otrora sílfide, amo decir otrora, bebía café como sorbiendo verdades. Y empezamos.

La clase fue justo igual que la de nivel intermedio: los mismos ejercicios, el mambo de mi mover el bote, las secuencias recitadas, pero más lento y desglosado y la vibra era de una torpeza entusiasta que cae muy bien los domingos por la mañana, y en la vida. Salí feliz, Pavlova recomenzadora, El lunes me dolía hasta el pelo.

**

Me tomé unos días y agarramos camino a Portland, Oregon, con dos propósitos:

a) ir a una librería que se auto-promociona como una ciudad de libros. Cinco pisos, libros nuevos y usados, todos los temas. Hasta encontré una antología de Cuentos Mexicanos, la de Alfaguara, y me ganó la vehemencia en voz alta al abrir la página en «Diles que no me maten». Cargué a la bolsa hasta donde pudieron mi brazo y la tarjeta de débito. Y lo que no alcancé a comprar, —como si alguna vez alcanzaran las horas, las quincenas, los libreros, los títulos que conducen a otros títulos— se quedó pendiente para otro viaje, o para la serendipia.

b) Hace 63 años mis abuelos llegaron a esta ciudad después de haber recorrido 2146 km en coche. Él venía a hacer una residencia médica. Ella tenía 40 días de haber parido a su segundo hijo, y una niña de un año 5 meses (mi mamá). Cuando yo pasé la nube espantosa de la depresión post-parto y de una angustia que me duró muchos años, mi abuela me contó de su tiempo en este lugar: sola, huérfana, recién parida, inmigrante, sin ayuda, en un lugar donde llovía todo el día. Quise ir a esa ciudad a tomar la foto afuera del hospital, dos generaciones después, para mandársela a mi abuela y a decirle que su fortaleza no pasó desapercibida y su sufrimiento tampoco. Muchas de la victorias de las familias ocurren dentro de las casas, sin diplomas. Igual ocurre con las heridas, sin bálsamo en el botiquín. Hayan sido tristezas grandes o logros cotidianos: los veo. Y los nombro.

**

Este otoño estaré inmersa en actividades de mi trabajo relacionadas con  los glosarios de género y su impacto en el bienestar socio-emocional de los estudiantes, las medidas para detectar posibles víctimas de trata (lloro), la supervisión de la versión en español de los materiales de campaña para prevenir adicciones. A veces comunicar tiene que ver menos con el mensaje y más con dar elementos para dialogar y cuidar. Voy a andar atareadísima.

Y tú, ¿cómo estás?


4 comentarios

Magia para transitar de agosto a diciembre

Identifico el Norte y lo saludo con una inclinación de cabeza. Para sostener la mirada de la verdad cuando la tenga enfrente, para frenar cuando me lastime el zapato, para disolver los obstáculos que imagino; para encontrar mi rumbo entre la multitud, cuando me abrume la competencia, si me roban las ideas, si acaso voy a donde no haya un mapa trazado.

Identifico el Sur y lo señalo tocando mi ombligo. Para aceptar la invitación del placer cuando se haga presente. Para aburrir a la vergüenza, para darme permiso de decir que no, gracias; para encontrar mi risa ente las caras largas, cuando olvide que alguna vez fui amada, si quiero huir, si acaso me separo de mi cuerpo por creer que soy lo que pienso.

Identifico el Este y lo bendigo a través del olmo. Para tomar la secuencia de los días cuando amanecen, para cantar frente a lo sagrado, para pulir los bordes de mis torpezas; para encontrar mi voz entre los comienzos, cuando confunda el término con los finales, si me persigue el abandono, si acaso deseo morir al dormir y no despertar.

Identifico al Oeste y lo llamo con un suspiro. Para desabotonar las capas que me cubrirán conforme vaya creciendo. Para asirme cuando sienta vértigo, para confiar en extraños y propios que estereotipo; para encontrar el encanto entre los contratiempos, cuando sostenga un llavero de puertas que desconozco, si dudo de mí como sólo yo, si acaso lloro y se escucha mi eco.

Soy de rituales y de preguntarme cómo llegar.


3 comentarios

Miranda y la clase de ballet

No daré mayor contexto porque me tomaría escribir un libro; baste saber que el hábito de calzarme esas zapatillas me acompañó por años, muchos años. Como veinte. Y esta clase era en domingo a las 10:30 de la mañana y había que tener experiencia a nivel intermedio, por lo menos, y uno siempre anhela volver a los lugares que amó. Yo cumplía con los tres requisitos. ¡Qué mejor!

Había algunas personas haciendo estiramientos en el umbral del salón. Todas no profesionales y mayores de cuarenta años. Ah, bueno; me daba inquietud parecer tullida por contraste, ya muy mayor por no moverme con la misma agilidad que antes. Luego todas esas personas comenzaron a mostrar su flexibilidad formando ángulos de cadera y piernas que me hicieron contar mentalmente cuántos frascos de árnica había en mi botiquín de casa. Yo me entretuve rotando el hueso ilíaco con mucho respeto hacia mis alcances. Y, por supuesto, parecí tullida por contraste.

Empezó la clase. El maestro era un hombre que tuvo algún momento de gloria en la danza y cobijaba la fama dentro de su barriga cultivada a base de cerveza y sándwiches de pan blanco. (¿Que cómo sé eso? Trabajé con policías. Y esa historia da para otro libro).  Me instalé en una barra y zas, fui el lunar en el espejo.

—¿Eres nueva?

—Sí.

Una hora después llegué a las siguientes conclusiones:

  1. La memoria corporal sorprende. Me encantó recordar, como si fuera resolviendo un crucigrama sin diccionario, deletreando palabras y verbos de movimiento en horizontal y en vertical.  Una parte de mi identidad se había conservado intacta. Y mi cuerpo, tan ajado por la maternidad y los intentos de ser feliz, era uno consigo mismo.
  2. La memoria emocional es precisa. El ballet, para quienes crecimos rodeadas de esa disciplina, era estética y gracia tanto como insultos a nuestro peso y a nuestro desempeño. Y ser «la nueva» quería —y quiere decir— :«la que conoce los pasos pero desconoce las reglas no escritas de este grupo social así que vamos a divertirnos un rato a su costa».  Muy cuarentonas las compañeras pero como si estuvieran en quinto de primaria con sus risas de reojo y sus grupitos al hacer la coreografía en diagonal.  Awww, cabronas. Claro que les saqué la lengua. En mi pensamiento.
  3. Tuve el shock cultural de notar que aquí dan diez indicaciones seguidas y nadie chista. Es normal. Vaya, hasta sale en la tele*.   Era una receta para perderse entre nombres afrancesados y cuentas en 8. Claro, no faltó quien sí entendió a la primera y puso la muestra y activó la competencia. Y el espíritu anglosajón se puso de buenas.  Me fui a sentar a la banca a sobar mi desdén por los imperativos.
  4. La música en la clase de ballet es parte del goce. Los arreglos de las piezas tienen el encanto de la música clásica y la cuenta de lo predecible. El ritmo cae justo en su casilla, no hay espacio para la ambigüedad ni para la variedad. Consuela.

No me la estaba pasando bien —he perdido coordinación ojo-brazo-cánones de la postura-parejito es más bonito— y la verdad sea dicha: estaba haciéndolo bastante mal, en parte por la falta de práctica, la novedad y porque, oh Ego, quizás ese nivel estaba muy avanzado para mí a estas alturas. El maestro no me decía nada pero tampoco hacía falta. A veces hay que volver a principiantes aunque se tengan veinte años de experiencia en el área. Y está bien.

Cuando asumí que mi regreso triunfal fue tibio tirando a abollado, solté. (Casi, porque perdía el equilibrio y tenía que volver a tomarme de la barra). Faltaba un ejercicio y yo ya estaba harta y moría por un café. Cuando el maestro puso la música, me agarró desprevenida. Seguramente en dos décadas han cambiado los arreglos, pero nunca me había tocado algo similar en mis clases del pasado. Me reconcilié con el momento por medio de una certeza: las anglosajonas podrán hacer sus ejercicios limpios y pulidos pero jamás sentirán una fuerza abriéndose paso hasta sus hombros, instándolas a desafiar las reglas de la Acádemie Royale de Danse (fundada en 1661), al oír un mambo** y sus colores en plena clase de ballet.

Terminé la sesión de muy buen humor y dormí una gran siesta a pesar del espresso. Horas después tuve que recurrir al árnica de mi botiquín y a practicar mi imitación involuntaria de un robot. Me queda por decidir si dejaré que la memoria del ballet sea libro potencial o si abrazaré mi condición de aprendiz o escucharé  la moraleja y me hallaré más a gusto en una clase de zumba. O todas las anteriores.

—Continuará. Igual que continúan los lugares que uno ama—.

Yeah.

* Minuto 2:53 al 3:06, tal cual. Equivalente.

** ¡Encontré la pieza! Dice que es el 5 pero obvio que no. A ver si logras oírla y quedarte quieto(a). 


13 comentarios

Doce

1

Yo abrí un blog.

1999-2007 Mónico Neck 49 (26)

Mira: este es el escritorio original.

2

 

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

3

De darte las gracias por leer. Hay millones de blogs en el ciberespacio y, por alguna razón, tú y yo coincidimos en éste. Somos un instante, apenas.

Gracias por tus comentarios públicos o en privado que nos han acercado y revelando quién escribe, quién lee, nos vamos sintiendo menos solos.  Quizás algún texto se nos convirtió en punto de partida para una amistad; me contaste tu historia, te compartí la mía y ahora somos cómplices de significados. A lo mejor viajaste o interrumpiste tu día laboral para tomarnos un café, un día. (¡Lo aprecio tanto!) O puede ser que nos conociéramos de otro ámbito y zas, acá nos procuramos una conexión distinta, y qué rico despojarnos de los estereotipos. Yo siento que te quiero y te voy queriendo cada año más, tal cual. ¡Ah! gracias, todas las veces, porque cada recomendación tuya del blog, el libro o el podcast apoya la vida hecha a mano y la creación independiente, lejos de estrategias de mercadotecnia o relaciones públicas; la que confía en que el mensaje y su destinatario se irán encontrando porque ese el contenido.

Por estos rumbos hoy es día de celebrar. ¡Pásale a la fiesta junto al olmo! Hay agua de horchata, jamaica, tamarindo, cervezas, tortas cubanas en miniatura y, junto a la gelatina festiva, una banderita de tu país: México, Estados Unidos, España, Argentina, Canadá, Colombia, Brasil, Perú, Uruguay, Australia, Venezuela, Chile, Italia, Guatemala, Ecuador, Inglaterra, Honduras,  Alemania, Países Bajos, Costa Rica, Bolivia, Turquía, República Dominicana, China, Suiza, Japón, Rusia (gratitud extra por pasar a leer durante el Mundial).

Tengo doce trecedejulios insistiéndote en ello y te lo repetiré otros tantos más, así hayas estado desde el principio o desde tiempos recientes: tu lectura le da sentido a estas letras, es un encuentro que hacemos posible juntos. Es lo único que no ha cambiado. Al contrario: se ha fortalecido.

Desde California, recibe un abrazote de letras —efusivo, lloroso de bonito—atravesando cualquier pantalla, dispositivo y frontera. Un abrazo verdadero.

Michelle, Miranda, Maceta.


2 comentarios

Elecciones

Seré breve:

Hay elecciones que ocurren, por ejemplo, cada 6 años, y hay elecciones que suceden todos los días.

Las variables que rodean el resultado de las votaciones en un país están hechas nudo dentro de otros nudos dentro de condicionantes que se mueven en una maquinaria de causa y efecto mezclada con más sistemas e inicios y consecuencias, ciclos, engranes, mucho tiempo que fermenta y expone.

Las elecciones de todos los días son las que determinan, verdaderamente, el curso de nuestra historia.  Se puede asumir lo peor, resistir la verdad, darse por derrotado, enfocarse en los problemas, hundirse en la duda, comparar, aburrirse, tomarlo todo personal, esperar a que cambie la suerte, o vivir en el presente, ver las posibilidades por encima de las limitaciones, aceptar retrocesos y obstáculos, hacerse responsable de los actos propios, perseverar, hallar el interés y la amenidad en los retos, trabajar con empeño.

Ningún post en Facebook —ni en Twitter, que me cae tan bien— puede darnos perspectiva o profundidad para comprender procesos sociales, políticos o económicos. Lo que sí hace es revelar qué hacemos frente a la amargura. (¿La dejamos pasar?, ¿la nutrimos?, ¿la combatimos?) y desde dónde (¿El menosprecio?, ¿la aspereza?, ¿la burla?,¿la intolerancia?, ¿los discursos heredados?, ¿la empatía, ¿la esperanza?). Si la amargura es el superlativo del odio, habría que repensar quién es el enemigo.

Y conversar más con los relojeros.

 


1 comentario

De rimas en caso de duda

Para Víctor Luján G.

Que no te obnubilen, que no te empañen,

que no despostillen, que no te descalzen,

que no se burlen, que no calen,

que no pronostiquen, que no manchen,

que no te culpen, que no te roben,

que no te desairen,

diles.

Que se les marca el bulto de prejuicios y tedio,

que nunca fuiste de estatura promedio,

que no tienes remedio y sí un archivo

que hierve de ideas, de ti, de festivo,

junto al botón certero de tus reinicios.

junto a los brotes cuando verdeas,

diles.

Que es verdad y ruta y certeza:

que no hay acto creativo pequeño,

sólo fracciones de una obra dispersa

pidiendo un rato diario de atención y tiempo;

que las ganas son la versión soleada de tu sueño

que las fracciones se hilvanan con torpeza

y acunan un borrador,

diles.

Que en aquel rato diario se te va la vida.

Y la persigues, ¿qué otra te queda?

que, a fuerza de tesón, te vas sabiendo.

Crear es lo tuyo. (Yo lo comprendo).

Diles,

sabrás cuándo y a quién me refiero,

deletreando con todo tu cuerpo,

—se iluminarán conciertos, galerías,

escenarios, libreros —,

que la obra eres tú.

Diles, o abraza la sospecha:

vuelve a los cánones, a su orden, al suyo.

ó

es tu momento: ¡aprovecha! diles:

es mi proyecto. Y suficiente, concluyo.

Y junta minutos donde había suspicacia

con frenesí del loco que ama su esquina

con la rutina obstinada de quien persevera.

No hay acto creativo poco y sin gracia,

sino sumas de llevar, por centena.

Créeme todo, o  nada me creas,

pero, ¡por favor! sigue tu idea.


3 comentarios

Tríptico

Bajé el teléfono y tomé aire. Los oí en mí en esos dos segundos de la piedra violenta  cayendo hasta el fondo de ellos mismos, creando un trauma que se expandirá y tocará cada una de las palabras, los sueños, los vínculos y las horas de esos niños y niñas en la frontera; en los padres y madres enloqueciendo de súbito, esperanzados.

Aprendí a distinguir las familias que entraron buscando asilo político entre los migrantes que atiendo:  no olvido sus ojos que dejan pasar la luz a través de un cristal estrellado. Iluminan y cortan a la vez, duelen y conduelen. Pienso en esos ojos cuando y en el sufrimiento añadido por las políticas en los Centros de Detención.

Se respira angustia.  Tocar cualquier otro tema resulta irrelevante

**

(Este es el post de la semana pasada que se quedó pendiente por un imprevisto laboral):

Estoy saliendo con alguien y se me ocurrió explicarle mi relación con los imperativos. Es rápida: los detesto.

La versión detallada me lleva a hacer escala en la esquina de la papelería de mis rumbos, cerrada a finales de agosto por la fiesta de la natividad de Santa María. Un arco de flores adornaba en la entrada de la parroquia hasta el 8 de septiembre y el atrio con las estaciones de la cruz, donde tantas veces hicimos fila en Miércoles de Cenizas y el Día de la Candelaria, olía gorditas de piloncillo y, por un ratito antes de empalagar, uno se sentía cerca del cielo. Afuera habría elotes, una rueda de la fortuna, la pesca, las canicas, los algodones de azúcar rosas y azules, las fritangas. Y tendría que detenerme en el pan de feria envuelto en su bolsa de plástico y su caligrafía con duya «Para mi suegra», «Para mi viejo», «Te amo». Siempre quise uno, comer alrededor de las letras y sopearlo en el chocolate. No se me hizo probarlo.

El inglés se me queda corto al narrar la siguiente parte: uno entraba a una carpa, un puesto cerrado que olía a humedad. Había una mampara pintada a mano por alguna persona con talento incipiente para dibujar una araña de metro medio de diámetro. Sobre la mampara y, gracias a los efectos ópticos de algunos espejos, la cabeza de una jovencita: la mujer convertida en araña. En el mismo tono de los merolicos y de los vendedores que caminaban por el metro llevando a la dama, al caballero, un ejemplar de «Platero y yo» y tres cajas de gis chino, uno u otro por diez pesos, el dependiente que cobraba al entrada le preguntaba la mujer-araña, cómo había llegado a su deplorable condición.

—Por desobedecer a mis padres— contestaba el híbrido. Y añadía que comía moscas por no haber apreciado la comida de su casa.

Y, aunque todos los menores de edad que presenciábamos esa escena, teníamos claro que era ficción —el dibujo en la mampara era casi una caricatura y, decían, alguien había visto a esa misma jovencita comiéndose unos esquites, humana, bípeda, risa y risa—, sí daba nervio porque la obediencia era un valor en aquellos años. Vámonos, acomídete, calla, siéntate, fórmate, deja de llorar, no vayas, haz una numeración del uno al 600, no te enojes, no le digas a nadie, baja la voz, no causes vergüenza; se ejercía, se esperaba, uno obedecía a lo que le decían sus mayores y maestros, el banco, el gobierno, la iglesia, y punto. (Y, si desobedecía, era a escondidas, hábilmente). ¿En qué había desobedecido la mujer-araña?, ¿cuál fue su acción deliberada y visible que tuvo semejante castigo eterno? La feria se ponía año tras año y el nervio diminuía, pero no se iba del todo.

Nunca olvidaré la última vez que vi a la mujer-araña. Tenía canas, arrugas profundas en la cara* y un suero. Estaba agonizando. El mensaje era el mismo: muriendo por desobedecer. Me indigné tanto que desarrollé una aversión total a los mandatos. Los odio. Y mejor, por si las dudas, no prometo obediencia. La carpa olía a humedad y orines. No quiero terminar ahí.

¿Cómo se dice en inglés: no acepto imperativos pero sí invitaciones escritas en pan de feria?

*Ahora sé que, con toda probabilidad, era una suplente que quizás quiso ser actriz y se animó a trabajar en esa atracción. Incluso creo haberla visto antes y era una de viejitas que vendían gorditas de piloncillo.

**

Ayer me uní a un grupo de voluntarios. Fuimos a armar un área de juegos infantiles para una escuela, después de seis horas quedó lista. En las instalaciones aledañas había unos niños y niñas de un curso de verano que corrieron, con toda su emoción, hacia los juegos. El área estaba rodeada con una reja en lo que se secaba el cemento de la base de los tubos. Los chiquitos sacudían los barrotes, frenéticos de gozo, pero frenéticos al fin.

Los adultos lloramos porque las imágenes del noticiero nos cayeron encima. Tocar cualquier otro tema resulta irrelevante. 


2 comentarios

American Citizen

Fila 3, sección 1. Habíamos llegado con notoria anticipación y logramos asientos hasta adelante tanto en el balcón (para familiares y amigos) como abajo (para los que haríamos el juramento). Era un teatro, pero por un instante, las butacas vacías se parecieron a las lápidas de mi cementerio personal donde he ido enterrando los anhelos que no se cumplieron.

Ni cómo negar que la vida ocurrió como no la esperaba. No hay manera de suavizar esa pérdida; esas traiciones del destino, enhebradas. La ceremonia empezaría en unos minutos. En la pantalla fueron apareciendo fotografías antiguas de familias de inmigrantes llegando a los Estados Unidos. Pude reconocer la mirada de las mujeres. Yo fui ellas hace un siglo interior. Y al igual que ellas —y como en tantos de los casos que atiendo en mi trabajo— un día la misma persona que nos prometió una vida mejor, es decir, el hombre por quien dejamos atrás nuestras raíces y nuestra red de apoyo se deslumbró con el American Dream, nos llamó insuficientes, nos dio la espalda y nos dejó solas a cargo de nuestros hijos e hijas en un país nuevo. Una plañidera terca me tocó el hombro y señaló: éste es un premio de consolación. Tus sueños han muerto. ¡Ay!

He estado en muchas ceremonias y en todos los funerales de lo que no fue. He aprendido a vivir con el dolor y con el rechazo, a nombrar mis duelos, a asistir sola a todos los eventos que me importan.  He cantado himnos y salmos. He firmado papeles oficiales y jurado con la mano derecha levantada so help me God, pero tiene años que no sé qué hacer con los momentos de gozo. Esos son los más difíciles, terribles.  Las pérdidas se superan individualmente, fortalecen, quedan atrás, impulsan. Los momentos de felicidad piden un tratamiento diferente: flotan en el alma y preguntan quién está, con quién podemos compartirlos.

¡Voltea!  —, me texteó desde el balcón. Bajé el teléfono, volteé y agité mi mano para saludar. Su cabeza era un punto trigueño entre el techo de Art Deco.  ¿Quién está? Mi amiga que no me dejó ir sola a la ceremonia de ciudadanía; la grabó porque hay que pensar en los nietos.  ¿Quién más está? Las mujeres que un día, después de haber superado la ingenuidad de su sueño americano, van a llegar a un proceso de pertenencia por sus propios méritos y se tomarán el pulso todos los días, recalibrando a dónde quieren ir y con quién y para qué; sus hijos, mis hijas. Les aparté un lugar en la doble nacionalidad como quizás alguien me lo apartó hace diez años.

Me tomé una selfie, la hice tuit;  la envié a mis papás, a mi abuela, y al hombre con quien he salido tres veces y quisiera salir trescientas veces más. Despedí a la plañidera con un chasquido, pobre. Qué atareada la traje, qué lata me ha dado.  (Quiso quedarse tantito más porque eran muchas las lágrimas de alegría). Al terminar la ceremonia tiré la llave del cementerio en una rendija entre la alfombra y el proscenio. Mi amiga y yo nos tomamos el día y agotamos todos los temas pendientes.

Dicen que los huesos de los anhelos fracturados hacen buen fertilizante de metas por cumplir, soy prueba viviente de esa fórmula. Volví a casa. La vida visible continuó exactamente igual. En lo invisible, la fiesta sigue y sigue.

 


4 comentarios

¿Tienes cambio?

Antaño:

Te fastidias en clase de Etimologías Grecolatinas* preguntándote cuándo ocuparás toda esa información de facto

Validas la leyenda del muchacho y la muchacha que se ven de lejos en una fiesta, anuncian para sí que esa es la persona con la que se casarán, salen seis veces con chaperón, durante un año se escriben cartas que llegan con tres días de retraso, se casan, compran una casa antes de los 30, tienen seis hijos, viven de un solo sueldo, cumplen medio siglo juntos. Porque es la historia de tus abuelitos y de casi todos los adultos respetables que conforman tu mundo. 

Ves a una familia con hijos e hijas y decretas tu futuro estilo de crianza basado en una crítica a la posmodernidad, estudios de género, últimas tendencias de la narrativa postcolonial, y versos de Whitman y Pizarnik. 

Eliges un trabajo donde haya oportunidades para subir y dedicas un porcentaje importante de tu vida laboral atajando a los que quieren hacerte tropezar profesionalmente. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque leen/escuchan cierto contenido que va con tus gustos, te acompañan en andanzas de diverso calibre logístico y moral, van a la par en la misma etapa que tú, te dan el consejo exacto sin que se los pidas. 

(Cenas cualquier cosa) y duermes diez horas seguidas. 

Nunca has visto un puñado de canas en ninguna parte de tu cuerpo.

Hoy día:

Hurgas con apremio entre prefijos y sufijos en la memoria de la clase de Etimologías Grecolatinas para hacer sonreír al griego que conociste a través de una app de que garantiza relaciones compatibles.  Es la segunda cita, después de demostrar buen uso del emoji y velocidad cortés en el texteo. 

No sabes quién siente más piedad: si los antepasados al verte soltera(o) de espíritu a los 40, en una casa rentada, tuiteando que el «para siempre» no existe o tú, desde la visión de los vencidos, diseccionando las leyendas emocionales que te contaron sabiendo que perpetúan la falta de equidad, los roles de género, la noción de propiedad y simplifican procesos que son irreductibles.

Ves a una familia con hijos e hijas y a familias sin descendencia. Decretas que  tu estilo de crianza es comer lo que hay, celebrar a quién está, dejar ir al que no, hacer álbumes de fotos con sección de memes.  

Eliges un trabajo donde la escalera tenga buen barandal o elevador que funcione.  Asciende tu asombro ante la cantidad de juntas prescindibles. Das gracias por tener chamba y ruegas porque no haya dinámicas de integración este semestre. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque escuchan, cumplen su palabra, siguen su camino y sus creencias y no dan consejos sin que se los pidas. No conoces ningún adulto honesto que se auto-proclame «respetable». 

Cenas cualquier cosa que no contenga leche entera, salsa de tomate, salsa. Duermes cuatro horas intermitentes (y después dos o tres). 

Cada vez hay menos zonas de tu cuerpo sin canas. 

Todo esto pensé cuando alguien me preguntó si tenía cambio. Y caí en la cuenta de que sólo traía tarjeta de débito.

*uy, eso amerita otro post de aventuras en la prepa. Prontoundía.


3 comentarios

Canto post-concierto

(¿Otra vez esta historia, mamá?)

Sí, déjame que te la cuente una vez más. Cómo, a falta de disco, me consolaba aprendiendo las canciones de oídas en la casa de mis primas. Cómo siempre reprobé matemáticas y creí que me merecía ese y todos los castigos; quizás por eso ni de niña ni de adulta puse demasiada resistencia cuando alguien llegó a profanar lo que me importaba. 

Anoche fui a un concierto.

Anoche fui a un concierto con mis hijas.

Anoche fui a un concierto con mis hijas y una de mis ex-alumnas, de cuando yo daba clases en la universidad, del grupo al que le conté que estaba esperando a mi hija mayor.

Manejé rumbo al concierto de anoche.

Manejé rumbo al concierto de anoche y les conté, a mis hijas y a mi ex-alumna, que nunca tuve un disco de ese grupo.

Manejé rumbo al concierto de anoche y les conté, a mis hijas y a mi ex-alumna, que nunca tuve un disco de ese grupo. Y precisé: sólo uno.  Vi cómo lo hicieron pedazos, fue mi castigo por un siete en matemáticas en primero de primaria.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual de baile y estrofas.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual de baile y estrofas, dejando atrás cualquier forcejeo con las ganas de una infancia intacta y su vida adulta correspondiente, al amparo de una tribu de migrantes cuarentones que se estremecía coreando la banda sonora de su pasado y «México, México».

Estribillo:

Mientras pueda cantar y tenga junto a las personas que amo,

Mientras pueda abrazar y reír, notas de un mismo canto, 

Mientras pueda cantar, desincrustando las falsas creencias, 

Mientras esté, (y ojalá no me duela la cadera).

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso.

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso. Terminó a las once pé eme. No manejo de noche.

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso. Terminó a las once treinta pé eme. No manejo de noche. Conduje 45 kilómetros en una carretera a oscuras. Mi ex-alumna abría paso con su conversación para mantenerme alerta. Mis hijas dormían, agotadas. Llegamos con bien. Me acosté a dormir, afónica, tarareando hacia mis adentros «Amor para ti». Adoro mi infancia desfasada y presentarle a mis hijas con Timbriche en vivo. Y mi capacidad de dar patadas en la ingle a quien intente castigarme o hacerme creer que merezco un mal trato.

Estribillo (bis). 

Nota del día siguiente: claro que me duele la cadera. Y cada centímetro del cuerpo. Y qué felicidad.

 

 


9 comentarios

Al rescate

Es que estabas en el “C“, por eso los detalles varían en tu memoria. En el “B”, me consta, se originó la idea del acordeón impreso en papel revolución y que pegamos en el forro interior de las tablas trigonométricas. Impresora de punto, tamaño 6, en Word. Y como éramos bien hechecitas, a fuerza de amenazas de ceros, tan bien disimuladas. Un acordeón masivo, todas participamos. Una mayoría apabullante salvo, claro, las angelicales y las que lloraban con un 9.5; hay que reconocerles su aportación de no delatar.

El día del examen final nos revolvieron, como siempre. Mochilas al frente, un lápiz y goma, vista al pizarrón, manos en el pupitre y la invocación al Espíritu Santo, fuente de luz. Ilumínanos, dijiste. Y dije yo también. Habrían transcurrido unos quince o veinte minutos de labor en silencio y  de tacones de maestras entre las filas de las bancas. Seguro alguien del “A” y del tuyo se benefició con la iniciativa porque, cuando se activó, yo no sé cómo, un retén del qué vergüenza y nos ordenaron que dejáramos las tablas abiertas evidenciando el delito, hubo implicadas en los tres grupos. A las angelicales les brillaba el aura de santidad, el resto nos consolamos razonando que éramos demasiadas: no mandarían a segunda vuelta de geometría a 150 alumnas. Era mucho trabajo, todavía se llenaban las boletas de calificaciones a mano. Resultó que la administración se inspiró y adquirió una impresora. Y nos mandaron a segunda vuelta por decenas.

Eso fue en mayo. En la dirección nos traían en la mira desde el noviembre anterior. Y aunque el peso de los años, la mala postura y el exceso de busto produjo una joroba de búfalo en la directora, estiraba las cervicales para vigilarnos e infundirnos el miedo característico en las escuelas confesionales. Meses antes habíamos protagonizado una revuelta por un maestro. Sabes bien de quién hablo. ¿Cómo íbamos a dejarlo ir sin pelear?

«Los únicos dos requisitos de mi clase son: no tener hambre y recordar que, de entrada,  tienen 10 de calificación».  Antes de que pudiéramos asimilar su presentación inicial habló del cuerpo; no del humano, objetivado y estudiable, de los libros de Anatomía: del nuestro, el que podía decidir, y lo hizo con tal elocuencia que tuvo nuestra atención total desde el principio. Tuvo la gracia de ayudarnos a nombrar al «Aquellito» y que más que el sustantivo genérico de novio, era la vida buscaba una expresión a través de nuestras células y órganos y sistemas. Nadie nos habló del faje, sin hacerlo explícito, como él. Jamás tuvimos mejor capítulo de educación sexual que el suyo.  Adorábamos a ese médico de bigote de morsa que hablaba con la verdad.

No le creímos cuando nos dijo que había renunciado. Fuimos tras él en la tarima, por los pasillos y hasta el patio. Se nos fueron uniendo las compañeras conforme se expandía y se comprobaba el rumor. Quizás estabas del otro lado de las canchas o justo en el borlote cuando se nos salió un «Oh, Capitán. Mi Capitán» que imitamos sin conmover a nadie, comenzando por él. Ni volteó, siguió su camino hasta la recepción, creo que sonó la campana. Yo estaba en shock, como tantas de nosotras. Peor susto nos pegamos cuando llegó la sustituta. Pobre doctora, le hicimos la vida miserable. ¿Quién le manda decirnos que si no queríamos estar nos saliéramos? Fuimos unas veinte. Yo, de las primeras. Nos condujimos a la dirección y, envalentonadas, anunciamos que estábamos ejerciendo nuestro derecho a decidir. Tatanka ordenó el temido 7 en conducta y fuimos a dar de regreso al salón, amonestadas y deslucidas.

Como ves, nuestra generación fue pionera varias veces. Una de las más relevantes fue cuando el obispo fue de visita porque éramos la sede desde dónde daría su mensaje a la juventud. Debíamos considerarnos afortunadas y no sólo eso: comportarnos de acuerdo con la ocasión y mostrar alegría juvenil. Se formó una valla de alumnas y gladiolas, porras que tenían tono y métrica del sóngoro cosongo, Quevedo y San Angustín. (Las estás oyendo en tu mente, lo sé). El hombre pasó vestido de blanco, saludando con inclinaciones de cabeza y satisfecho del retrato de inocencia y vitalidad que representábamos. Según investigué, la porra al calor del entusiasmo mutó en un «Obiiispo» entonado exactamente como el «culeeero» en los estadios de futbol y luego en gritos agudos como si, en vez de autoridad eclesiástica, estuviera desfilando una estrella de rock. Una protagonista verificó el dato de que se armó el slam y empezaron los gladiolazos. «Ustedes pidieron alegría juvenil», argumentaron en defensa de la regañiza de regreso al salón. En penitencia, las pusieron a recoger todos los pétalos tirados y eso porque no había precedente para semejante desfiguro.

¿Cuál Alzheimer? Seguro no te acuerdas porque tu mente estaba en otros intereses y porque, conforme pasan los años, los recuerdos resultan menos nítidos. No hay que dejar que las memorias se agrieten, hemos de conservarlas frescas porque contienen pistas de cómo nos fuimos construyendo. Así que si se te olvidan detalles de la prepa, por los motivos que sean, tus amigas y yo te ayudaremos a reconstruirlos para que te sepan inolvidables.

Tal como fueron.

Para Carolina. Este regalo es de parte de Flor y mío.


2 comentarios

Cervus elaphus

La cocina de la casa en donde vivo desde hace un año está empotrada en un talud de hiedra y tiene un ventanal con vista a un olmo. Hay tres maneras de entrar a la cocina: desde el interior de la casa, por una escalinata lateral que cruje con rencor y que casi no uso, y por las escaleras de piedra con canto de madera que dan a la calle.

Yo entro por el interior y casi siempre con hambre o sueño. Cuando no estudio el refrigerador abierto para elegir qué voy a cocinar, recorro mi circuito hacia la cafetera o hacia la alacena buscando quitarme el hambre.  Luego se me olvida a qué iba.

—Un venado.

Ni un sonido de pisadas ni de hojas que crujen ni de tierra suelta que pueda hacerme saber que se aproxima.  Aparece, así, con el guion largo del animal hablando a través de su presencia. Rumia, pasea, se echa. Lo saludo, para las orejas. Me sirvo el café o agarro un puñado de nueces o preparo las albóndigas o relleno mi jarra de agua. Cuando volteo, ya se fue.

Su aparición no tendría mayor relevancia en una casa en una zona boscosa de no ser porque coincide con mis días de más agobio. Esos días de saber que nadie vendrá a salvarme de aquello que me aflige, que hay un hambre que no se quita con alimentos, que no hay tortilla ni pan ni galleta ni sopa ni infusión, preparados por mí o por alguien, que me den sosiego. Debe de haber algo más, me digo. Justo en la cocina, un venado: el símbolo de la gracia y la apacibilidad, el buscador de caminos alternativos.

Mi espíritu encuentra esperanza frente a ese animal-presagio de tiempos buenos y de rumbos posibles que aparece y desaparece con el mismo misterio. Pasa el agobio, pasan los días, es medicina antigua. Por supuesto que le regalo las flores que había sembrado.

 


7 comentarios

De fortalezas, corazón

Lo peor había pasado ya y mi corazón era un sobreviviente de dos intentos consecutivos de asesinato emocional premeditado y hasta continuó latiendo en el lado izquierdo de mi pecho. Qué fuerte. Por aquello de no tentar al destino en cuestión de daños mayores, lo cubrí con un capelo transparente y, recuerdo bien la intención, me propuse seguir sintiendo. Que ningún dolo me anestesiara, por más golpe o traición, por más saña recibida o deshonra pública.  Sentir, como prueba del corazón mal matado.

No había vuelto a la casa-país donde nací. Era la primera vez que viajaba después de no haberme muerto de aquellos amores tóxicos. A mi intención de sentir le añadí el orgullo de regresar con mi corazón en solaz funcional pues uno de los efectos secundarios del capelo fue delimitar mi espacio personal y proveerme de una distancia en la convivencia que, por estos rumbos anglos, es la norma. Resulta práctica y eficiente, hace posible sentir sin implicarse y responder a un «¿cómo estás?» Todo en orden, todo bien, todo bonito y bajo control, según alguna definición de felicidad.

Durante las 24 horas iniciales de mi viaje descubrí tres verdades: una, que en un día de fiesta en México se reciben más abrazos que en un año en California; dos, querer sentir es distinto a sentir; tres, no había tal capelo transparente: era una fortaleza reforzada con el puente levadizo clausurado, rodeada de trampas para los intrusos y cubierta de hielo. Nomás llegué con mi gente y ¡qué me duró! A lo largo de la semana hubo más abrazos, más tocar el hombro y el cabello y a través de la risa y de la comida. Huapangueros, jazz, trova al piano, fotos locas, confesiones en la banca de un café, firmas de libros, más calor de sol y relajo, más calidez que derrite las decisiones de sentir con cautela como aman los escaldados. Eso explica el agua a mis pies, porqué lloré a cada rato. Me rebasó tanto abrazo y recordar, con hechos, cómo se siente ser querida.

Cuando llegué a mi casa-donde vivo, eliminé cualquier metáfora de envoltorio y, recuerdo bien la intención, me propuse seguir sintiendo. Que ningún solaz funcional  me anestesiara, por más adulta o recuperada, por más lecciones aprendidas o resistencia ante la adversidad.  Sentir, como prueba del corazón que no necesita pruebas, sólo estar presente, tocar y dejarse tocar.

Creo que volví a nacer.


3 comentarios

El encanto de las ruinas

¿Y esto?

El hueco en la barda de madera, el acantilado en la orilla del plato, la mesa de cortar y coser ahora cubierta por trebejos, la puerta de vaivén que protesta por la ambivalencia, el tizne alrededor de los focos de la taquería, los lápices mordidos y con la goma que duda, las flores de seda en una tumba cubierta de yerba, la caminadora habilitada como perchero, el óxido en el lavabo, el espacio en el librero de un libro que prestamos, el auto que rebuzna y se echa. Los amores disueltos en ego, los trabajos descafeinados, los perejiles ahogados de tanto secarse.

Son ruinas.

No huyo de ellas como antes cuando pasaba rapidito a su lado callándome los ojos. ¡Qué miedo me daba el deterioro! Luego leí*  y consideré su mensaje. (Es un trabajo inacabado, una ruina futura de mi propio pensamiento. Pero no importa porque las ruinas tienen tiempo. El mismo que pierdo cuando busco lo duradero, algo a prueba de cambio):

Hay que permitirse pasear entre ruinas, doliéndose, hablándole a las piedras y a las piezas que no embonan, andando sobre los pasos de quien estuvo antes que nosotros, averiguando de qué va aquel botón en esta relación o artefacto o historia y saber que un «No Funciona» es una respuesta acertada suficiente.

¡Qué alivio me da aceptar el deterioro y el abandono! Me da permiso de rehusarme a arrastrar esa mesa de madera hinchada que está en mi jardín desde hace tres inquilinos, y dejar que estorbe. La vida mancha, descarapela, corroe, funde fusibles y yo con ella y ella en mí y en los objetos y vínculos. Se rasga el tapiz en las casas y en las ganas.  Junto a «sí» está el «ya no».

Mientras más ruinas veo, menos importancia me doy.  Veo más fantasmas y a través de ellos.  —Vuelan junto con los cuervos rumbo a otras ruinas, en gira artística—.  Y mientras menos importancia me doy, más nuevo es el mundo de los significados.

Ruinas, medicina para el alma.

* Moore, Thomas. El Re-Encantamiento de la Vida Cotidiana.

 


2 comentarios

Pie de foto

Para Jean

Tú y yo buscando círculos.

plato, borde del vaso,

carátula de reloj, girasol.

Círculo, señalo, alargando la i y el momento,

tu mano en la mía, mi asombro en el tuyo.

Tu risa en la geometría, mi hoy al que nada le falta.

¡Más círculos! Vamos, busquemos.

adornito de Murano, óleo y ácaro obeso sobre tela,

esquina del portarretratos, calado de cortina de tergal.

Tú y yo gastándonos las figuras de la sala en unidades de me gusta estar contigo.

Tu asombro en el mío, mi mano en la tuya.

Tus pasos sobre el tapete de nudos, por si tropiezas: mi espalda en grúa.

Oh, no— decimos en coro—  ¡Ya no hay más círculos!

 

Perdóname, me he puesto seria.

Sólo quedan esos adultos y aquello de lo que no hablan.

Alguna vez mi mano estuvo en la suya como está la tuya en la mía

y no hay lugar en donde yo esté a salvo de esa tristeza.

Lo siento. Y te siento. Me jalas. Quiero huir.

Perdóname, no había venido a esta casa en muchos años.

¡Busquemos!, me insistes. No hay lugar en el mundo, repito.

 

Excepto uno.

 

Gateo hacia él, ¡y todavía quepo!, ¡y con todo el cuerpo y canas!

El flequillo del mantel es de colores, de algún bordado de lejos.

Te descubro a mi lado.

Saludas como si no me hubieras visto hace unos minutos,

como si jamás te hubiera decepcionado,

como tu tía potencialmente favorita, y el mundo es nuevo.

Traes un sable láser, te persigue un zombie, te aloca una hormiga.

Tus codos de algarabía, por si lloro o te pegas en la cabeza: cuidado y risa.

Alguien nos detecta y nos hace la foto del ¿qué hacen?

Estamos a salvo entre las patas de las sillas, bajo el comedor de mi abuela, tu bisabuela.

(Algún día la verás en algún álbum o en Instagram).

 

De todos los círculos que hemos encontrado juntos, éste ha sido el más bello.

 

 

 

 


Escritoras.mx entrevista a Locadelamaceta

Reporte, hasta el momento, desde la Ciudad de México: jamás había reído, llorado y abrazado tanto en un viaje.

Y, para sumar motivos de gratitud, recibí el apoyo de escritoras.mx. Aquí va la entrevista que me hicieron. ¡Gracias a Cristina Liceaga y a su equipo por el apoyo a las mexicanas que escribimos!


Deja un comentario

Presente por elección

¿Han visto a la presencia? Yo, he de ser sincera, tiene mucho que no. Y justo me invitaron a un viaje donde creo que será invitada también. Me sentaré donde ella, de eso estoy segura.

Lo estoy eligiendo con intención y propósito porque luego, nomás aterrizo, me agarran las prisas: la de correr hacia mi abuela y estrujarla de bonito, a urgencia de probar todos los platillos que preparó mi mamá y sus mimos junto al primer café, la fruición de oír las historias que cuenta mi papá como sólo él, las ganas de que la música al piano y la risa de los sobrinos duren siempre, intactos; la rapidez de marcar los números de las amigas y amigos para vernos ya, en horarios absurdos, porque debemos peinar las vivencias desde la última vez que nos vimos; la lloradera por adelantado que me produce ofrendarle ese mundo a mis hijas y que no todo sea California en sus referencias.  Y, rodeando el acelere del corazón y de los sentidos: la Ciudad de México, demandante, tosca, desplegadora, casa de casas y de encuentros.

Como persona de mi época estoy acostumbrada a documentar públicamente mis vivencias: si algo viví, habrá un tuit o una fotografía que lo compruebe. En este viaje es mi elección estar presente a la antigüita: sin la prisa mayor de que cada emoción o motivo de asombro o rasgo memorable ocurra, en simultáneo, en alguna red social. Presencia, desde mi elección de hoy, es que no haya ese reportaje paralelo. Sólo estar y ser y conectar. A veces uno tiene que vivir lejos o atravesar muchas pérdidas desde la soledad para comprender el valor de la compañía.

Tooodo esto para decirles no habrá posts en el futuro inmediato. ¡Nos leemos al regreso!

Los abrazo, presente y loca. Corro a terminar mi maleta

M