Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Elecciones

Seré breve:

Hay elecciones que ocurren, por ejemplo, cada 6 años, y hay elecciones que suceden todos los días.

Las variables que rodean el resultado de las votaciones en un país están hechas nudo dentro de otros nudos dentro de condicionantes que se mueven en una maquinaria de causa y efecto mezclada con más sistemas e inicios y consecuencias, ciclos, engranes, mucho tiempo que fermenta y expone.

Las elecciones de todos los días son las que determinan, verdaderamente, el curso de nuestra historia.  Se puede asumir lo peor, resistir la verdad, darse por derrotado, enfocarse en los problemas, hundirse en la duda, comparar, aburrirse, tomarlo todo personal, esperar a que cambie la suerte, o vivir en el presente, ver las posibilidades por encima de las limitaciones, aceptar retrocesos y obstáculos, hacerse responsable de los actos propios, perseverar, hallar el interés y la amenidad en los retos, trabajar con empeño.

Ningún post en Facebook —ni en Twitter, que me cae tan bien— puede darnos perspectiva o profundidad para comprender procesos sociales, políticos o económicos. Lo que sí hace es revelar qué hacemos frente a la amargura. (¿La dejamos pasar?, ¿la nutrimos?, ¿la combatimos?) y desde dónde (¿El menosprecio?, ¿la aspereza?, ¿la burla?,¿la intolerancia?, ¿los discursos heredados?, ¿la empatía, ¿la esperanza?). Si la amargura es el superlativo del odio, habría que repensar quién es el enemigo.

Y conversar más con los relojeros.

 


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¿Tienes cambio?

Antaño:

Te fastidias en clase de Etimologías Grecolatinas* preguntándote cuándo ocuparás toda esa información de facto

Validas la leyenda del muchacho y la muchacha que se ven de lejos en una fiesta, anuncian para sí que esa es la persona con la que se casarán, salen seis veces con chaperón, durante un año se escriben cartas que llegan con tres días de retraso, se casan, compran una casa antes de los 30, tienen seis hijos, viven de un solo sueldo, cumplen medio siglo juntos. Porque es la historia de tus abuelitos y de casi todos los adultos respetables que conforman tu mundo. 

Ves a una familia con hijos e hijas y decretas tu futuro estilo de crianza basado en una crítica a la posmodernidad, estudios de género, últimas tendencias de la narrativa postcolonial, y versos de Whitman y Pizarnik. 

Eliges un trabajo donde haya oportunidades para subir y dedicas un porcentaje importante de tu vida laboral atajando a los que quieren hacerte tropezar profesionalmente. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque leen/escuchan cierto contenido que va con tus gustos, te acompañan en andanzas de diverso calibre logístico y moral, van a la par en la misma etapa que tú, te dan el consejo exacto sin que se los pidas. 

(Cenas cualquier cosa) y duermes diez horas seguidas. 

Nunca has visto un puñado de canas en ninguna parte de tu cuerpo.

Hoy día:

Hurgas con apremio entre prefijos y sufijos en la memoria de la clase de Etimologías Grecolatinas para hacer sonreír al griego que conociste a través de una app de que garantiza relaciones compatibles.  Es la segunda cita, después de demostrar buen uso del emoji y velocidad cortés en el texteo. 

No sabes quién siente más piedad: si los antepasados al verte soltera(o) de espíritu a los 40, en una casa rentada, tuiteando que el «para siempre» no existe o tú, desde la visión de los vencidos, diseccionando las leyendas emocionales que te contaron sabiendo que perpetúan la falta de equidad, los roles de género, la noción de propiedad y simplifican procesos que son irreductibles.

Ves a una familia con hijos e hijas y a familias sin descendencia. Decretas que  tu estilo de crianza es comer lo que hay, celebrar a quién está, dejar ir al que no, hacer álbumes de fotos con sección de memes.  

Eliges un trabajo donde la escalera tenga buen barandal o elevador que funcione.  Asciende tu asombro ante la cantidad de juntas prescindibles. Das gracias por tener chamba y ruegas porque no haya dinámicas de integración este semestre. 

Aprecias a tus amigos y amigas porque escuchan, cumplen su palabra, siguen su camino y sus creencias y no dan consejos sin que se los pidas. No conoces ningún adulto honesto que se auto-proclame «respetable». 

Cenas cualquier cosa que no contenga leche entera, salsa de tomate, salsa. Duermes cuatro horas intermitentes (y después dos o tres). 

Cada vez hay menos zonas de tu cuerpo sin canas. 

Todo esto pensé cuando alguien me preguntó si tenía cambio. Y caí en la cuenta de que sólo traía tarjeta de débito.

*uy, eso amerita otro post de aventuras en la prepa. Prontoundía.


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De fortalezas, corazón

Lo peor había pasado ya y mi corazón era un sobreviviente de dos intentos consecutivos de asesinato emocional premeditado y hasta continuó latiendo en el lado izquierdo de mi pecho. Qué fuerte. Por aquello de no tentar al destino en cuestión de daños mayores, lo cubrí con un capelo transparente y, recuerdo bien la intención, me propuse seguir sintiendo. Que ningún dolo me anestesiara, por más golpe o traición, por más saña recibida o deshonra pública.  Sentir, como prueba del corazón mal matado.

No había vuelto a la casa-país donde nací. Era la primera vez que viajaba después de no haberme muerto de aquellos amores tóxicos. A mi intención de sentir le añadí el orgullo de regresar con mi corazón en solaz funcional pues uno de los efectos secundarios del capelo fue delimitar mi espacio personal y proveerme de una distancia en la convivencia que, por estos rumbos anglos, es la norma. Resulta práctica y eficiente, hace posible sentir sin implicarse y responder a un «¿cómo estás?» Todo en orden, todo bien, todo bonito y bajo control, según alguna definición de felicidad.

Durante las 24 horas iniciales de mi viaje descubrí tres verdades: una, que en un día de fiesta en México se reciben más abrazos que en un año en California; dos, querer sentir es distinto a sentir; tres, no había tal capelo transparente: era una fortaleza reforzada con el puente levadizo clausurado, rodeada de trampas para los intrusos y cubierta de hielo. Nomás llegué con mi gente y ¡qué me duró! A lo largo de la semana hubo más abrazos, más tocar el hombro y el cabello y a través de la risa y de la comida. Huapangueros, jazz, trova al piano, fotos locas, confesiones en la banca de un café, firmas de libros, más calor de sol y relajo, más calidez que derrite las decisiones de sentir con cautela como aman los escaldados. Eso explica el agua a mis pies, porqué lloré a cada rato. Me rebasó tanto abrazo y recordar, con hechos, cómo se siente ser querida.

Cuando llegué a mi casa-donde vivo, eliminé cualquier metáfora de envoltorio y, recuerdo bien la intención, me propuse seguir sintiendo. Que ningún solaz funcional  me anestesiara, por más adulta o recuperada, por más lecciones aprendidas o resistencia ante la adversidad.  Sentir, como prueba del corazón que no necesita pruebas, sólo estar presente, tocar y dejarse tocar.

Creo que volví a nacer.


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El encanto de las ruinas

¿Y esto?

El hueco en la barda de madera, el acantilado en la orilla del plato, la mesa de cortar y coser ahora cubierta por trebejos, la puerta de vaivén que protesta por la ambivalencia, el tizne alrededor de los focos de la taquería, los lápices mordidos y con la goma que duda, las flores de seda en una tumba cubierta de yerba, la caminadora habilitada como perchero, el óxido en el lavabo, el espacio en el librero de un libro que prestamos, el auto que rebuzna y se echa. Los amores disueltos en ego, los trabajos descafeinados, los perejiles ahogados de tanto secarse.

Son ruinas.

No huyo de ellas como antes cuando pasaba rapidito a su lado callándome los ojos. ¡Qué miedo me daba el deterioro! Luego leí*  y consideré su mensaje. (Es un trabajo inacabado, una ruina futura de mi propio pensamiento. Pero no importa porque las ruinas tienen tiempo. El mismo que pierdo cuando busco lo duradero, algo a prueba de cambio):

Hay que permitirse pasear entre ruinas, doliéndose, hablándole a las piedras y a las piezas que no embonan, andando sobre los pasos de quien estuvo antes que nosotros, averiguando de qué va aquel botón en esta relación o artefacto o historia y saber que un «No Funciona» es una respuesta acertada suficiente.

¡Qué alivio me da aceptar el deterioro y el abandono! Me da permiso de rehusarme a arrastrar esa mesa de madera hinchada que está en mi jardín desde hace tres inquilinos, y dejar que estorbe. La vida mancha, descarapela, corroe, funde fusibles y yo con ella y ella en mí y en los objetos y vínculos. Se rasga el tapiz en las casas y en las ganas.  Junto a «sí» está el «ya no».

Mientras más ruinas veo, menos importancia me doy.  Veo más fantasmas y a través de ellos.  —Vuelan junto con los cuervos rumbo a otras ruinas, en gira artística—.  Y mientras menos importancia me doy, más nuevo es el mundo de los significados.

Ruinas, medicina para el alma.

* Moore, Thomas. El Re-Encantamiento de la Vida Cotidiana.

 


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Casa de Resonancia

Hace un año me mudé a esta casa. Cuando cerré la puerta de mi casa anterior, lo hice con cierto pesar y no por el cambio en sí: no sabía cómo iba a dejar atrás la pared con las marquitas de la estatura de la infancia de mis hijas.

Esta casa es mucho más grande, con los retos de limpieza y renta que eso implica. El ajuste en el presupuesto y otros sacrificios cotidianos tienen el propósito de quedarnos en la misma zona porque hace ocho años decidimos establecernos aquí porque un día, uuuuuufaltamuchísimo, las niñas iban a ir a esa preparatoria pública y con tantos premios de excelencia académica.

Ese día ya está siendo.

La casa y yo nos entendemos bien. Había estado vacía por meses porque es viejita, de acabados poco modernos. La he ido conociendo, falible y cansada. No me interrumpe cuando veo por los ventanales. Me ha ido dejando que le cuente de los temas que me inquietan, de mis rutinas. El olmo tira y tira hojas, y yo las barro y las barro. Vamos siendo una, mi casa y yo. Nos cuidamos de las inclemencias, nos vemos por dentro. Confiamos en el propósito de habernos habitado.

Y, desde esa misma conexión, mi casa y yo observamos que quizás ya no haya marcas de estatura en las paredes: ahora están por todas partes. Llegan siete amigas, se quedan a dormir tres, comen ocho, el volumen de la música es la llave, el refri y la alacena no tienen sosiego, lavo playeras como micrófonos de mensajes al mundo, sonrío ante la ropa interior  que dejó, radicalmente, de ser aniñada; exámenes, entregas, proyectos, bailes y el futuro que va haciéndose diáfano y luego, de pronto, inasible y misterioso a veces en la misma conversación o día o fin de semana. Sufrimiento, amenazas de masacre. Maquillaje. Siestas junto a mí. Consecuencias, normas, calificaciones, protestas, marchas. Drama, permisos. Más drama, más permisos. El atisbo de la universidad.

Ayúdame, casa. Nada de esto se parece a lo que viví, casa. No quiero verla llorar, casa. ¿Por qué les dejan tanta tarea, casa? Es una magnífica escuela, casa. Voy a ir a aventarle un zapato al maestro de Educación Física que las puso a correr bajo la lluvia, casa.  No me gusta esa amiga, casa. ¿Y ese muchachito, casa? ¿Crees que quieran ver esta película, casa? Las extraño de cuando eran chiquitas, casa. ¡Mira cómo han crecido, casa! Soy su chofer, casa. Café en una cocina a oscuras antes de que empiece el día, casa. ¡Pero si acabo de llenar la despensa, casa! Cae la noche, se oye el silbato del último tren, aquí tengo los celulares bien observados, casa. Otra vez se van a desvelar con tanta actividad, casa. Qué especial es la energía donde hay estudiantes, casa. Ven, vamos a dormir.

Recuerdo mi época de preparatoria y, como en las clases de dibujo técnico, puedo proyectar en perspectiva, vívidamente, un punto de entonces, a lo lejos, con uno de mí más adelante y con otro más hasta llegar a este día. Con la noción de que cada momento en la preparatoria hace eco en lo profundo, me doy cuenta. Me embelesa igual que haber descubierto la filosofía, a su edad. Me aterra peor que cuando no pude dejar de ver a través de la desesperanza. Me repito que eso, y la pregunta por el amor (¿dónde está? ¿por qué ellos sí y yo no? ¿cuándo? ¿quién?) está ocurriendo en la vida de mis hijas justo ahora y, por más que fuera planeada, no se parece en nada a la fantasía ni al domicilio de cómo sería esta etapa. Esta versión que atestiguo ha sido, más bien, repentina y cotidiana.

Dejé atrás esas marquitas en la pared y avancé hacia lo que se presentó. Hoy es igual, un día a la vez, resonando: ellas, rumbo su potencial (te las encomiendo, Vida) y yo, con toda mi atención en procurar y darle forma al dentro. Siendo, es decir, más casa que nunca.


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Tres, para empezar

El año abre los ojos, se espabila.

***

Creo que desde el siglo pasado que no tenía un escritorio propio. Escribo este post sobre él, es un esquinero. No tiene nada de relevante de no ser porque el mío, de niña, de mis cuentos torpes y primeros, también hacía esquina. Este da al sureste y es rojo de mujer que menstrúa, color arbusto de algunas camelias en enero. Lo rozo cada cierto número de palabras, como si fuera otra barra espaciadora, para comprobar que no lo inventé y es real, empolvable, desteñidor y maravilloso.

***

 La compañía de seguros me resolvió un contratiempo con mi auto a través de la renta de otro por siete días. Entre mis opciones, señalé el gris, el Renegado. El gerente me preguntó, tan finamente como le permitía el estereotipo, si estaba segura. No lo estaba, pero disimulé. Me dieron las llaves, me subí al coche, estudié el tablero, arranqué, puse música.

Todavía me sorprendo de tanto que tuvo que pasar para que yo acabara a bordo de ese todoterreno oyendo el vals de la Bella Durmiente y sintiendo que mis lados masculino y femenino se besan en todos los semáforos. Voy siendo hija de ese romance interno.

***

Mi queridísima y perseverante Sra. Rigo dio conmigo después de habernos perdido la pista por ocho años.  (Si leyeron «Usted & la Canción Mixteca» saben de quién hablo y si no tienen idea: anden, vayan). Su mensaje fue uno de los mejores regalos de Navidad que pude recibir, muy emotivo para las dos. El otro regalo de lágrimas de alegría fue la familia: por decisión, no por circunstancia.

Pienso — y sigo pensando y sintiendo— qué tan lejos puede llegar el hecho de querer mucho y bien a una persona.

***

Se espabila. Todavía está en la oscuridad. Mira y va sabiendo que quizás lo que sigue —la primavera, un libro en ciernes, la esperanza, los reencuentros, qué se yo— tienen que ver con la unión de lo que era y lo que puede ser, lo opuesto y lo afín, conjurar la prisa, rescatar lo que importa aunque cambien las formas, no dejar piedra ni puerta ni Google sin tocar, buscar y buscar hasta decir: este futuro me representa para bien.  Se va sintiendo vivo y nuestro. Abre los ojos paulatinos de sí.

¡Feliz año que inicia! Yo invito la ronda de café de calendario.


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En la cueva

Chocolate caliente porque llueve. La cobija nos cubre, sobradas. No hay chocolate sin mencionar al mole sin pasar por esa fiesta. Ellas rodean la taza con las manos, yo necesito las mías para mostrar —como si la anécdota fuera nueva— de qué tamaño era la ollota y cómo las comadres se pasaban los platos en secuencia de pierna de pollo, cucharada de arroz, mole, ajonjolí, tenga. Cómo el borracho brindaba, galante, con las bocinas, la trayectoria del perro que se cruzó en el vals, el ala del sombrero de la festejada a rape (¡ay! de mano en pecho) porque casi se muere al nacer y su mamá le había prometido a la Virgen que si sobrevivía, le ofrecería su trenza cuando cumpliera quince años, como cuando yo tenía esa edad y una mañana apareció en mi buzón una nota: «qué pesado tienes el sueño» y no oí mi primera serenata.

Esa no se la sabían y cada taza está inquieta. Pauso la narración, las miro con mis ojos de corregir. ¡Qué va! hacen como que se derrama el líquido en la alfombra. Uy, reviro con otra historia oral: y yo que les iba a contar de la señora que le habló a las cenizas del marido y, de pronto, se movió la tapa de la urna…

Dejan la taza en la mesa de centro, se hunden en la cobija, su cabeza está entre mi hombro y mi axila en el nido de acurrucar.  Pues sí: había dos urnas iguales, sin placa con nombre, y ella necesitaba saber cuál era la de su marido y le pidió una señal. No, no es la misma señora a la que se le arrugó toda la cara por haberse puesto una crema ni era la tía del escote con rayita,

—¡Mamá!

—Bueno, ¡era un escote tremendo!

La narración se merma porque rechino y me contraigo. Sus cabezas de adolescentes se mueven y me lastiman la clavícula. Auch, les digo. Y más mueven la cabeza. He de meterme bajo la cobija y hacer algún rugido gigante gongorista. No huyen, la cobija es enorme y podemos perseguirnos sin que se cuele el chiflón. Sus manos y las mías hacen cosquillas, señales de alto, garras, una trenza de voces con risa y tos atrabancada. Piden más historias.

Pero el relato —que no será más que uno de tantos tantísimas veces repetidos y quizás alguno inédito, ocasional— tarda. Bajo esa cueva de polar y algodón, con sus dedos entre los míos, sobresale mi anular. El tono de mi piel ahora es uniforme. Me retraso en la narración porque noto algo (¿será posible?): ya no somos una mamá y dos hijitas y las historias para anestesiar mi nudo en la garganta por la ruptura: somos tres mujeres grandes formando una familia.

—¿Estás bien, mamá? ¿Qué te duele?

— Nada, hija. Ya pasó.

Y carraspeo con mi sonrisa metafísica que llega hasta cada uno de los rincones donde alguna vez sentí culpa. Les pregunto si quieren más chocolate.

Querida bitácora: al cabo de un rato se aburrieron y aproveché para ir al espejo. Me levanté la blusa y me vi la espalda. Y ¿qué crees? ¿te acuerdas de las marcas de los flagelos? Desaparecieron. No supe cuándo.