Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Casa de Resonancia

Hace un año me mudé a esta casa. Cuando cerré la puerta de mi casa anterior, lo hice con cierto pesar y no por el cambio en sí: no sabía cómo iba a dejar atrás la pared con las marquitas de la estatura de la infancia de mis hijas.

Esta casa es mucho más grande, con los retos de limpieza y renta que eso implica. El ajuste en el presupuesto y otros sacrificios cotidianos tienen el propósito de quedarnos en la misma zona porque hace ocho años decidimos establecernos aquí porque un día, uuuuuufaltamuchísimo, las niñas iban a ir a esa preparatoria pública y con tantos premios de excelencia académica.

Ese día ya está siendo.

La casa y yo nos entendemos bien. Había estado vacía por meses porque es viejita, de acabados poco modernos. La he ido conociendo, falible y cansada. No me interrumpe cuando veo por los ventanales. Me ha ido dejando que le cuente de los temas que me inquietan, de mis rutinas. El olmo tira y tira hojas, y yo las barro y las barro. Vamos siendo una, mi casa y yo. Nos cuidamos de las inclemencias, nos vemos por dentro. Confiamos en el propósito de habernos habitado.

Y, desde esa misma conexión, mi casa y yo observamos que quizás ya no haya marcas de estatura en las paredes: ahora están por todas partes. Llegan siete amigas, se quedan a dormir tres, comen ocho, el volumen de la música es la llave, el refri y la alacena no tienen sosiego, lavo playeras como micrófonos de mensajes al mundo, sonrío ante la ropa interior  que dejó, radicalmente, de ser aniñada; exámenes, entregas, proyectos, bailes y el futuro que va haciéndose diáfano y luego, de pronto, inasible y misterioso a veces en la misma conversación o día o fin de semana. Sufrimiento, amenazas de masacre. Maquillaje. Siestas junto a mí. Consecuencias, normas, calificaciones, protestas, marchas. Drama, permisos. Más drama, más permisos. El atisbo de la universidad.

Ayúdame, casa. Nada de esto se parece a lo que viví, casa. No quiero verla llorar, casa. ¿Por qué les dejan tanta tarea, casa? Es una magnífica escuela, casa. Voy a ir a aventarle un zapato al maestro de Educación Física que las puso a correr bajo la lluvia, casa.  No me gusta esa amiga, casa. ¿Y ese muchachito, casa? ¿Crees que quieran ver esta película, casa? Las extraño de cuando eran chiquitas, casa. ¡Mira cómo han crecido, casa! Soy su chofer, casa. Café en una cocina a oscuras antes de que empiece el día, casa. ¡Pero si acabo de llenar la despensa, casa! Cae la noche, se oye el silbato del último tren, aquí tengo los celulares bien observados, casa. Otra vez se van a desvelar con tanta actividad, casa. Qué especial es la energía donde hay estudiantes, casa. Ven, vamos a dormir.

Recuerdo mi época de preparatoria y, como en las clases de dibujo técnico, puedo proyectar en perspectiva, vívidamente, un punto de entonces, a lo lejos, con uno de mí más adelante y con otro más hasta llegar a este día. Con la noción de que cada momento en la preparatoria hace eco en lo profundo, me doy cuenta. Me embelesa igual que haber descubierto la filosofía, a su edad. Me aterra peor que cuando no pude dejar de ver a través de la desesperanza. Me repito que eso, y la pregunta por el amor (¿dónde está? ¿por qué ellos sí y yo no? ¿cuándo? ¿quién?) está ocurriendo en la vida de mis hijas justo ahora y, por más que fuera planeada, no se parece en nada a la fantasía ni al domicilio de cómo sería esta etapa. Esta versión que atestiguo ha sido, más bien, repentina y cotidiana.

Dejé atrás esas marquitas en la pared y avancé hacia lo que se presentó. Hoy es igual, un día a la vez, resonando: ellas, rumbo su potencial (te las encomiendo, Vida) y yo, con toda mi atención en procurar y darle forma al dentro. Siendo, es decir, más casa que nunca.


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Tres, para empezar

El año abre los ojos, se espabila.

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Creo que desde el siglo pasado que no tenía un escritorio propio. Escribo este post sobre él, es un esquinero. No tiene nada de relevante de no ser porque el mío, de niña, de mis cuentos torpes y primeros, también hacía esquina. Este da al sureste y es rojo de mujer que menstrúa, color arbusto de algunas camelias en enero. Lo rozo cada cierto número de palabras, como si fuera otra barra espaciadora, para comprobar que no lo inventé y es real, empolvable, desteñidor y maravilloso.

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 La compañía de seguros me resolvió un contratiempo con mi auto a través de la renta de otro por siete días. Entre mis opciones, señalé el gris, el Renegado. El gerente me preguntó, tan finamente como le permitía el estereotipo, si estaba segura. No lo estaba, pero disimulé. Me dieron las llaves, me subí al coche, estudié el tablero, arranqué, puse música.

Todavía me sorprendo de tanto que tuvo que pasar para que yo acabara a bordo de ese todoterreno oyendo el vals de la Bella Durmiente y sintiendo que mis lados masculino y femenino se besan en todos los semáforos. Voy siendo hija de ese romance interno.

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Mi queridísima y perseverante Sra. Rigo dio conmigo después de habernos perdido la pista por ocho años.  (Si leyeron «Usted & la Canción Mixteca» saben de quién hablo y si no tienen idea: anden, vayan). Su mensaje fue uno de los mejores regalos de Navidad que pude recibir, muy emotivo para las dos. El otro regalo de lágrimas de alegría fue la familia: por decisión, no por circunstancia.

Pienso — y sigo pensando y sintiendo— qué tan lejos puede llegar el hecho de querer mucho y bien a una persona.

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Se espabila. Todavía está en la oscuridad. Mira y va sabiendo que quizás lo que sigue —la primavera, un libro en ciernes, la esperanza, los reencuentros, qué se yo— tienen que ver con la unión de lo que era y lo que puede ser, lo opuesto y lo afín, conjurar la prisa, rescatar lo que importa aunque cambien las formas, no dejar piedra ni puerta ni Google sin tocar, buscar y buscar hasta decir: este futuro me representa para bien.  Se va sintiendo vivo y nuestro. Abre los ojos paulatinos de sí.

¡Feliz año que inicia! Yo invito la ronda de café de calendario.


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En la cueva

Chocolate caliente porque llueve. La cobija nos cubre, sobradas. No hay chocolate sin mencionar al mole sin pasar por esa fiesta. Ellas rodean la taza con las manos, yo necesito las mías para mostrar —como si la anécdota fuera nueva— de qué tamaño era la ollota y cómo las comadres se pasaban los platos en secuencia de pierna de pollo, cucharada de arroz, mole, ajonjolí, tenga. Cómo el borracho brindaba, galante, con las bocinas, la trayectoria del perro que se cruzó en el vals, el ala del sombrero de la festejada a rape (¡ay! de mano en pecho) porque casi se muere al nacer y su mamá le había prometido a la Virgen que si sobrevivía, le ofrecería su trenza cuando cumpliera quince años, como cuando yo tenía esa edad y una mañana apareció en mi buzón una nota: «qué pesado tienes el sueño» y no oí mi primera serenata.

Esa no se la sabían y cada taza está inquieta. Pauso la narración, las miro con mis ojos de corregir. ¡Qué va! hacen como que se derrama el líquido en la alfombra. Uy, reviro con otra historia oral: y yo que les iba a contar de la señora que le habló a las cenizas del marido y, de pronto, se movió la tapa de la urna…

Dejan la taza en la mesa de centro, se hunden en la cobija, su cabeza está entre mi hombro y mi axila en el nido de acurrucar.  Pues sí: había dos urnas iguales, sin placa con nombre, y ella necesitaba saber cuál era la de su marido y le pidió una señal. No, no es la misma señora a la que se le arrugó toda la cara por haberse puesto una crema ni era la tía del escote con rayita,

—¡Mamá!

—Bueno, ¡era un escote tremendo!

La narración se merma porque rechino y me contraigo. Sus cabezas de adolescentes se mueven y me lastiman la clavícula. Auch, les digo. Y más mueven la cabeza. He de meterme bajo la cobija y hacer algún rugido gigante gongorista. No huyen, la cobija es enorme y podemos perseguirnos sin que se cuele el chiflón. Sus manos y las mías hacen cosquillas, señales de alto, garras, una trenza de voces con risa y tos atrabancada. Piden más historias.

Pero el relato —que no será más que uno de tantos tantísimas veces repetidos y quizás alguno inédito, ocasional— tarda. Bajo esa cueva de polar y algodón, con sus dedos entre los míos, sobresale mi anular. El tono de mi piel ahora es uniforme. Me retraso en la narración porque noto algo (¿será posible?): ya no somos una mamá y dos hijitas y las historias para anestesiar mi nudo en la garganta por la ruptura: somos tres mujeres grandes formando una familia.

—¿Estás bien, mamá? ¿Qué te duele?

— Nada, hija. Ya pasó.

Y carraspeo con mi sonrisa metafísica que llega hasta cada uno de los rincones donde alguna vez sentí culpa. Les pregunto si quieren más chocolate.

Querida bitácora: al cabo de un rato se aburrieron y aproveché para ir al espejo. Me levanté la blusa y me vi la espalda. Y ¿qué crees? ¿te acuerdas de las marcas de los flagelos? Desaparecieron. No supe cuándo.

 

 


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Cuando seas grande

No había pregunta más importante, no había respuesta más seria. No había contestación similar aunque compartieran el sustantivo. No había necesidad de explicaciones. ¿Y la congruencia? ¿la lógica? ¿la viabilidad? ¡Menos había! Por eso, en la niñez, si alguien te preguntaba qué querías ser de grande te reconocía como dueño de un mundo interior. Entendía el cambio, el crecimiento, los saltos del potencial, la influencia de los héroes, la certeza de que habría futuro y destino. Un sello más en tu pasaporte de saberte único. ¡Qué honor! O a lo mejor sólo quería saber para ver si se juntaba contigo en el recreo, ¿qué más da?

Y cuando tú preguntabas, sabiendo que la respuesta podría ser más compleja si el encuestado(a) estaba en kinder o en secundaria, especulando afinidades e intereses, sintiendo un poco de envidia de una visión parecida o más ambiciosa que la tuya, muriéndote de ganas de saber, de tener ese dato indispensable de alguien que te rodeaba, colocando postes en tu camino dentro de tu generación y tu tiempo, y tu mapamundi.

No hay pregunta más incómoda, no hay respuesta más tierna. Cuántas contestaciones similares y sustantivos compartidos. Cuántas explicaciones pendientes: las incongruencias, el exceso de imaginación, el uno hace lo que puede, no lo que quiere. ¡Tantísimas! Por eso, en la adultez, si alguien te pregunta qué querías ser de grande, quizás quiera saber cuánto ganas, dónde estudiaste, quién es tu jefe, si te duermes llorando, cuándo fue la última vez que te enamoraste. Y te parece que sabe de giros narrativos, de estancamientos, de talentos oxidados. O tiene en mente influencers y certezas de que infancia no es destino. Un sello más en tu pasaporte de saberte juzgado. ¡Qué incómodo! O a lo mejor sólo quería hacerte plática para ver si te sigue o no en las redes sociales, ¿qué más da?

Y cuando tú le preguntas a alguien, sabes que la respuesta puede complejizarse si el encuestado(a) está soltero o divorciado, sospechas secretos y cuentas alternas, sintiendo un poco de presión por tener profesiones parecidas o títulos nobiliarios académicos más altos, muriéndote de ganas de saber, de tener ese dato indispensable de alguien que te rodea para que sepas quién de los dos cumplió sus sueños, tachando de tu lista a miembros de tu generación, de tus círculos y de tu país.

Si tu vida de adulto es, según tú, perfecta (y los likes que recibes te lo comprueban): gracias por leer. ¡Felicidades! Adiosito.

Si tiene bastante que diste el estirón, y ya subiste de peso, tienes canas y cicatrices y te encuentras recalibrando tus anhelos porque el futuro de ti te falló o le quedaste mal, o tu vida es buena pero no cumpliste lo que dijiste que harías, o negociaste y saliste a mano y no quieres moverle a ninguna pregunta fundamental y sólo pasaste por aquí con un café, si la pregunta más importante e incómoda y la respuesta más seria y tierna es qué vas a hacer con tu propia invitación a la grandeza: no sé, estoy igual. Sólo pasa que hoy amanecí con la idea de qué rico era pensar en lo posible, ilimitado, reconciliando opuestos y deberes, activamente, confiando en que las cosas saldrían y bien.

Quizás ser grande y en grande es, simplemente, vivir y hacer sin pretextos, le conté a mi niña interior, a nueve días de cumplir 41. «¡Al fin entendiste!» —escuché que me dijo— «ya no tendré que mandarte épocas de depresión para que lo veas».


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La otra mudanza

No sé cómo (en verdad que, deja tú lo repentino: la carga de adrenalina resorteada que logró que consiguiera una casa en diez días, empacara lo memorable, lo simbólico y lo del diario pero olvidara la caja de tés y las especias, y me mudara en un fin de semana pero antes llegara a poner incienso porque quizás había energías dormidas, y ya entrada en gastos porque segurito había ácaros hibernando y, armada de mi aspiradora y de un polvo desinfectante, lavara las alfombras de tres recámaras de modo que pudiéramos llegar e instalarnos las tres, porque el papá va de visita y somos cuatro muy en familia y a veces se siente como si no nos hubiera atravesado aquel tsunami que nos desmembró, pero en las noches somos tres, siempre en la noche, siempre las tres, y yo vuelvo a tener miedo y los pocos años y la memoria de que alguien se metió mi casa, habrá sido un vagabundo norteado que la vio vacía, mis padres hicieron rodar los juguetes por las escaleras, huyó, pero el vagabundo y yo nos quedamos con la marca de la noche interrumpida, adrenalina suya sobre adrenalina mía a un lado de las cajas de cuidado con mi fragilidad sobre cajas de nada permanece del todo, mientras las hijas son una misma con sus teléfonos, hay arañas pero no encuentro el cable de la impresora y la casa respira, acoge, procesa, es puerta, ventana, umbral y cuadros sin colgar y tapetes que se desacomodan, carga de cambios de temer y tener, pantuflas, excusado con excusas) justo ahora que espero nada de quien me amó, ama o amará —salvo que limpie sus zapatos al entrar y devuelva la llave al salir—, vivo bajo un olmo. Comparto la vida con él. Y mis frases tienen algo de ramas.


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Vida, ocurriendo.

«Harta de la vida a medias», se leía en la primera entrada de mi blog: un plantilla en Blogger creada en una madrugada de 2006. Tenía rato con ese pendiente, la pregunta de cuándo iba a ocurrir algo que yo pudiera considerar como Vida, Ocurriendo y entonces sí: todos los significados, las ganas, la pasión y la creatividad que hervían por manifestarse, tendrían un sentido. Mientras tanto, sólo me ocurrían deudas de banco y morales, corazones rotos y luego pespuntados, pañales, mamilas, circulares de escuelas cuadrada, uniformitos. Quería desaparecer o la respuesta:  ¿dónde está la vida cuando sucede?

Yo escribía desde que aprendí a escribir, pero no lo hacía con frecuencia. Cuando abrí mi blog me reté a ser constante; sin embargo, adquirí el mal hábito de encriptarme. No quería decir lo que realmente estaba pasando, ni deshonrar o lastimar a las personas involucradas en esa vida a medias. Insinuaba, sí, que algo estaba pasando. A veces, aullaba y luego me tapaba la boca. Esa era mi otra plantilla: no podía hablar del mundo, y cuando lo hacía, era desde mí, y parcial. No me daba la cabeza para más, no tenía otro recurso. Escribía un post a la semana sobre letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, hijas, casa, con textos tan breves que a la depresión no le alcanzaba el tiempo de servirse un café y sentarse a acompañarme junto a la computadora.

Las palabras tocan, nombran, hacen alquimia, reacomodan, transportan. Cuando migré a California, ese blog estaba impreso en una antología. Continué escribiendo, pero a mi añoranza por una vida completa se le sumaba la nostalgia de México y de interactuar con mis lectores, de enseñar, del español como cántaro. Mi vida creativa se fortaleció y así surgieron los talleres de escritura y el podcast —que más adelante fue una participación en radio—, y Usted & la Canción Mixteca (pronto, muy pronto, en su segunda edición).  Se puso bueno: a la pregunta de ¿dónde está la vida? se le sumó ¿cuál es mi lugar? y se me quebró un aullido dentro del aullido; vino el cisma y todos sus testigos estratégicos en las redes sociales. Claro que me afectó espantosamente, creo. Ya no me acuerdo. Seguí escribiendo, más o menos transparente, aferrándome a las palabras y a mis temas como a las raíces y a la apuesta de conectar.

He escrito muchos posts con el corazón, casi todos. Este es el más difícil de todos,  y, a la vez, el más gozoso.  Hace unos días firmé el contrato de mi primer trabajo de tiempo completo en trece años, mi reincorporación a la vida laboral después de la maternidad. Se me ha ido notando el tránsito del duelo y de las partes diseminadas a ir enunciando la unidad. Ese puesto me llegó cuando en vez de preguntarme pasivamente ¿dónde está la vida cuando sucede?, me puse al servicio de lo posible; cuando dejé de solicitarle a la vida que me mirara o que me compensara por el desencanto o por el dolor, pude ver el dolor de otras personas y aprecié mis privilegios. Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para hablar acerca de mí en un blog; hoy terminan.

Por supuesto que seguiré escribiendo, hay un tercer libro de relatos inéditos gestándose, más talleres de escritura en México, algunas entrevistas; postearé las actualizaciones, fechas y avisos en este espacio. No es una despedida, es la flor de coincidir, una planta que ustedes y yo sembramos y cultivamos juntos. Les quiero agradecer el regalo de su tiempo y de su atención. Gracias, gracias, gracias por cada uno de los comentarios, por la difusión, por su amistad, por las inspiración para seguir adelante. Con las mismas manos que usé para tapar mi boca, les mando un beso, sin ustedes hace un buen rato que el cuchillo se habría seguido de largo.

¡Hasta siempre! Reciban un abrazo de letras desde California.

                                                                                                           Michelle, Miranda, Maceta.

pd. YA SÉ que estaba increíble que fuera policía. Sí, habrá algo de eso en los relatos inéditos.

pd 2. Claro que sigo aullando, por lunática nomás.


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Aspiraciones

 

A mi aspiradora se le notaba el uso: el cepillo inferior tosía, el aditamento para las esquinas prefería las glorietas, el cable daba muestras de orzuela, cositas así. Nada que no se resolviera jalando el aparato a gatas, dando ocho oportunidades de que la pelusa fuera succionada, usando cinta de aislar, árnica para las rodillas, loratadina. Hasta que sucumbió.

Compré otra. Leí el manual; la encendí.

—¡Óral..!.—Arrebató mi grito, la pirámide social de tres generaciones de ácaros y cualquier vestigio de polvo de mi casa y aparecieron, compactados, en un receptáculo transparente. La alfombra adquirió una textura pachoncita y salerosa; me recordó al día en que la pisé por primera vez, cuando migré a California el nueve de enero de hace seis años.

Migré, como todos los que migran, buscando estar mejor. Mi anhelo se cumplió, aunque no tuvo que ver el país: dependió de saber que necesito muy poco para estar bien: mi bolsa de agua caliente, mi pluma Bic, mi labial rojo, mi casa limpia, salud y tiempo para escribir. No siempre estuve ni estaré bien, claro. Para cuando sucumban donde puse mis certezas, mi estar mejor dependerá qué elijo entre las opciones que me da la vida. Por lo tanto, tengo todo lo que requiero para ser feliz.

Seis años después aspiro diferente. Me encanta para aniversario.