Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Cuánta hoja

Supe que no teníamos un futuro juntos porque titubeó cuando lo invité a que pisáramos un montón de hojas secas. Eran de maple, parecían abanicos hechos de pergamino. Él era un adulto que cuidaba sus zapatos tal como le enseñaron sus mayores. Yo rechinaba de ver esa esquina hojosa donde el otoño prematuro quería asomarse a la ventana de la tienda de antigüedades. Menos mal que no tuve que explicar por qué lo nuestro no podía ser. Él se me adelantó. Adiós, le dije, y me alejé riendo y llorando un poquito y riendo.

Yo pido el pan de cada día y las hojas de cada jornada. El olmo de mi jardín tiene años queriendo besar mi casa, inclinándose, inclinándose hacia ella. Una compañía de aprovechamiento forestal dijo que no todavía, quizás un día, y ancló al olmo con un bastón de acero. El árbol suspira hojitas que llenan el patio de haikús amarillos, salgo a barrerlas para acercarlas a la raíz del olmo, ten tu humus, ten tus nutrientes. Él me cuenta de su romance imposible mientras canto pasodobles que mutan en canciones de cuna y en confesiones tarareadas que nadie más sabrá. Mi escoba es de mijo, del que se anuncia cuando pasa.

Las hojas de mi cuaderno de escribir se caen cada vez que me tropiezo que es siempre. ¡Ay!, y van todas las notas del dictado que escuché en la regadera y en el auto y mientras me delineaba los ojos. Menos mal que, usualmente, quien me ayuda a recomponerme habla inglés y no entiende mis enunciados. Es como si se asomara al tendedero: me daría pudor. Son hojas que años después revisaré con la nostalgia de creer que contenían algo importante. Qué boba.

Hablo de hojas en pleno julio como si fuera octubre. No siempre me pregunto por el futuro, sólo a veces: cuando veo un corazón cerrado, cuando salgo a mi jardín, cuando avanzo en un manuscrito. Y cuando es verano y descubro —demonios, el cambio climático— que ya no cantan los grillos.

 

 

 


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Circular

Todos los junios, cuando el cierre del ciclo escolar es inminente, difundo una circular entre mis contactos y confío en que la lean y, rápido, pasen la voz. Su respuesta a mi correo es amable dentro de las variaciones genéricas de un “Ok, gracias por la información”, pero no le dan seguimiento; atino a creer que es un volante más entre tantos que reciben con información para la comunidad. Entiendo, a veces así es: se triplicó la carga de trabajo por los recortes de personal y no se dan abasto para poner atención a lo relevante y a lo urgente.

Yo antes difundía la circular como parte de mi labor de comunicación en español hacia las familias migrantes y la mandaba a los contactos como parte de una lista de pendientes. Ahora lo hago desde una responsabilidad nueva que recién me asignaron: cuando supe cuál sería, ay nanita, temblé: la coordinadora de servicios para las familias que han perdido su vivienda

Canalizar a las personas hacia los servicios es fácil: hacer una entrevista de sondeo, evaluar las necesidades, llenar formularios, firmar autorizaciones, establecer fechas límites, registrar en una hoja de cálculo, lo complicado es oír la voz en shock de las madres y los padres porque no pueden creer que los echaron a la calle y no les dejaron sacar sus pertenencias o porque están viviendo con otra familia y son diez en un departamento o porque están durmiendo en el coche en el estacionamiento del Walmart o porque no hay trabajo, seño, dígame qué voy a hacer, dígame y yo lo hago, y preguntar cómo están los niños y que los padres —si están juntos, pues suele ser solo uno cargando todo el problema a cuestas— lloren desde la derrota.

Les fallé, seño, les fallé a mis hijos, me dicen. Me cuentan de quién está en la cárcel, a quién han deportado o está esperando la fecha del juicio, que no tienen para el cumpleaños del niño o la niña, que les da pavor morirse de algo y dejarlos a la deriva. Veo el expediente con las ausencias injustificadas, las notas de la maestra que observa fatiga o hambre crónica o las dos y ahora, mediante un par de formas, son familias clasificadas como pobres dentro de los pobres, marginadas dentro de las foráneas, invisibles dentro de un sistema que les pide dos comprobantes de domicilio fijo y una identificación con fotografía a donde quiera que vayan.

Más allá de los servicios, tengo el apremio de insistirles que es posible salir adelante. ¿De verdad? me dicen con los ojos, ¿usted qué sabe de no tener qué comer o dónde vivir? Y es cierto. Yo no sé cuánto se tarda salir de una situación de pérdida de vivienda, sólo sé ayudarles a llenar las formas y escuchar su historia.

Y otro dato:

Soy la bisnieta de una mujer que murió sintiendo que había fallado porque algo había en sus palabras finales —y en el cáncer— que llevaba el auto-reclamo de dejar a sus hijos en el desamparo, como ella estuvo sin casa y sin alimento alguna vez.  Mi abuela me contó esa historia y también me contó que, después de quedarse huérfana, tuvo que ir con su hermanita a formarse en el comedor para indigentes y dormir en la sala y en el suelo y en los cuartos de azotea de los familiares lejanos y conocidos que pudieron darles un lugar para quedarse un tiempo. Sé que, en medio del duelo y de todas sus carencias, mi abuela terminó su carrera de maestra y tuvo seis hijos profesionistas y que, por añadidura, le dio a mi mamá una vida distinta y que, gracias a ese comienzo, recibí la educación que me permitió llegar hasta este trabajo.

A diferencia de otros años, cuando llegó el momento de enviar la circular en este fin de cursos, la mandé a los albergues; ahora ellos presiden mi lista de contactos. Mi correo fue recibido con algarabía. La circular es un volante que ofrece desayunos y comidas gratuitas para menores de edad. No necesitan identificación ni dar explicaciones de nada, sólo tienen que presentarse a la cafetería de la escuela pública más cercana e ingerir ahí mismo los alimentos; pueden ir acompañados de un adulto o no. Le di «send» a la circular, pensando en mi abuela y en mi tía, que tenían 18 y 13 años cuando pasaron por ese capítulo de hambre y desalojo. Temblé más. Era circular en más de un sentido.

Hay seguir pasando la voz: la que lleva una buena noticia y la deposita en medio del sufrimiento. Ese también es un pan de cada día y un lugar donde resguardarse. Y es resistencia: la tinta que reescribe sobre cualquier estigma que dejen los sistemas. La historia es nuestra, no de un expediente. Lo sé hasta las entrañas. En junio. 

 

 


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En cada esquina

¿Qué colocamos en las esquinas en las casas? Justo en el cruce de muro con muro, en las líneas imaginarias que nos sostienen y dividen el exterior del interior. Quizás haya una vitrina de presumir o un librero de pino o una mesita o una lámpara o una planta. Un módem, una escoba, un costal de granos, una mochila, una guitarra o zapatos, pósters enrollados, un garrafón o una cafetera. Y si hubiera un vacío sería sólo a simple vista: hay esquinas que son conjuntos residenciales de lujo para millones de ácaros, con vista a panorámica a la cordillera de pelusas y todo.

En mis esquinas tengo las veinticinco maquetitas que hizo Victoria Luminosa representando escenas de películas usando fichas bibliográficas, colores y pegamento. Una ramita en forma de disyuntiva. Una copa del ancho de un dedo hecha con la envoltura de un Paletón Corona en la última vez que conversé con una amiga querida que perdí. Una piedra en forma de corazón en que encontré en la playa de Puerto Vallarta días antes de enterarme que mi matrimonio había muerto por asesinato. Un plato de Michoacán que me regalaron unos tíos aquella navidad que el dinero no llegaba ni para ellos ni para mí. Una foto donde mi hermano me está contando una anécdota chistosísima acerca de alguien que teníamos enfrente y ambos debíamos disimular, otra foto de mi mamá y mis hijas en la fachada de la casa donde nací, y otra de mi abuela enseñándome a usar la máquina de coser que me acababa de regalar. Dos pulseras irregulares de botones enhebrados con hilo elástico, mi posesión más preciada.

Cuando recorro mi casa a oscuras porque hasta el día duerme paso por esas esquinas que tienen algo de capilla. Quizás el tiempo y los significados se tardan un poco más en recorrer ángulos rectos y por eso las esquinas están cargadas de pausas y son el lugar ideal para colocar ahí, mero ahí, objetos que nos son importantes.

También puede ser que las esquinas sean prácticas y repleguemos los objetos para abrirle paso a lo cotidiano. Prefiero, desde luego, creer que mi casa está llena de altares, que lo sagrado me mira y yo lo miro en cada esquina. Si tengo risa y tribu, amor y pespunte, desgarre y vida después del dolor, no me imagino el interior de otra manera.


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Cervus elaphus

La cocina de la casa en donde vivo desde hace un año está empotrada en un talud de hiedra y tiene un ventanal con vista a un olmo. Hay tres maneras de entrar a la cocina: desde el interior de la casa, por una escalinata lateral que cruje con rencor y que casi no uso, y por las escaleras de piedra con canto de madera que dan a la calle.

Yo entro por el interior y casi siempre con hambre o sueño. Cuando no estudio el refrigerador abierto para elegir qué voy a cocinar, recorro mi circuito hacia la cafetera o hacia la alacena buscando quitarme el hambre.  Luego se me olvida a qué iba.

—Un venado.

Ni un sonido de pisadas ni de hojas que crujen ni de tierra suelta que pueda hacerme saber que se aproxima.  Aparece, así, con el guion largo del animal hablando a través de su presencia. Rumia, pasea, se echa. Lo saludo, para las orejas. Me sirvo el café o agarro un puñado de nueces o preparo las albóndigas o relleno mi jarra de agua. Cuando volteo, ya se fue.

Su aparición no tendría mayor relevancia en una casa en una zona boscosa de no ser porque coincide con mis días de más agobio. Esos días de saber que nadie vendrá a salvarme de aquello que me aflige, que hay un hambre que no se quita con alimentos, que no hay tortilla ni pan ni galleta ni sopa ni infusión, preparados por mí o por alguien, que me den sosiego. Debe de haber algo más, me digo. Justo en la cocina, un venado: el símbolo de la gracia y la apacibilidad, el buscador de caminos alternativos.

Mi espíritu encuentra esperanza frente a ese animal-presagio de tiempos buenos y de rumbos posibles que aparece y desaparece con el mismo misterio. Pasa el agobio, pasan los días, es medicina antigua. Por supuesto que le regalo las flores que había sembrado.

 


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El encanto de las ruinas

¿Y esto?

El hueco en la barda de madera, el acantilado en la orilla del plato, la mesa de cortar y coser ahora cubierta por trebejos, la puerta de vaivén que protesta por la ambivalencia, el tizne alrededor de los focos de la taquería, los lápices mordidos y con la goma que duda, las flores de seda en una tumba cubierta de yerba, la caminadora habilitada como perchero, el óxido en el lavabo, el espacio en el librero de un libro que prestamos, el auto que rebuzna y se echa. Los amores disueltos en ego, los trabajos descafeinados, los perejiles ahogados de tanto secarse.

Son ruinas.

No huyo de ellas como antes cuando pasaba rapidito a su lado callándome los ojos. ¡Qué miedo me daba el deterioro! Luego leí*  y consideré su mensaje. (Es un trabajo inacabado, una ruina futura de mi propio pensamiento. Pero no importa porque las ruinas tienen tiempo. El mismo que pierdo cuando busco lo duradero, algo a prueba de cambio):

Hay que permitirse pasear entre ruinas, doliéndose, hablándole a las piedras y a las piezas que no embonan, andando sobre los pasos de quien estuvo antes que nosotros, averiguando de qué va aquel botón en esta relación o artefacto o historia y saber que un «No Funciona» es una respuesta acertada suficiente.

¡Qué alivio me da aceptar el deterioro y el abandono! Me da permiso de rehusarme a arrastrar esa mesa de madera hinchada que está en mi jardín desde hace tres inquilinos, y dejar que estorbe. La vida mancha, descarapela, corroe, funde fusibles y yo con ella y ella en mí y en los objetos y vínculos. Se rasga el tapiz en las casas y en las ganas.  Junto a «sí» está el «ya no».

Mientras más ruinas veo, menos importancia me doy.  Veo más fantasmas y a través de ellos.  —Vuelan junto con los cuervos rumbo a otras ruinas, en gira artística—.  Y mientras menos importancia me doy, más nuevo es el mundo de los significados.

Ruinas, medicina para el alma.

* Moore, Thomas. El Re-Encantamiento de la Vida Cotidiana.

 


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Pie de foto

Para Jean

Tú y yo buscando círculos.

plato, borde del vaso,

carátula de reloj, girasol.

Círculo, señalo, alargando la i y el momento,

tu mano en la mía, mi asombro en el tuyo.

Tu risa en la geometría, mi hoy al que nada le falta.

¡Más círculos! Vamos, busquemos.

adornito de Murano, óleo y ácaro obeso sobre tela,

esquina del portarretratos, calado de cortina de tergal.

Tú y yo gastándonos las figuras de la sala en unidades de me gusta estar contigo.

Tu asombro en el mío, mi mano en la tuya.

Tus pasos sobre el tapete de nudos, por si tropiezas: mi espalda en grúa.

Oh, no— decimos en coro—  ¡Ya no hay más círculos!

 

Perdóname, me he puesto seria.

Sólo quedan esos adultos y aquello de lo que no hablan.

Alguna vez mi mano estuvo en la suya como está la tuya en la mía

y no hay lugar en donde yo esté a salvo de esa tristeza.

Lo siento. Y te siento. Me jalas. Quiero huir.

Perdóname, no había venido a esta casa en muchos años.

¡Busquemos!, me insistes. No hay lugar en el mundo, repito.

 

Excepto uno.

 

Gateo hacia él, ¡y todavía quepo!, ¡y con todo el cuerpo y canas!

El flequillo del mantel es de colores, de algún bordado de lejos.

Te descubro a mi lado.

Saludas como si no me hubieras visto hace unos minutos,

como si jamás te hubiera decepcionado,

como tu tía potencialmente favorita, y el mundo es nuevo.

Traes un sable láser, te persigue un zombie, te aloca una hormiga.

Tus codos de algarabía, por si lloro o te pegas en la cabeza: cuidado y risa.

Alguien nos detecta y nos hace la foto del ¿qué hacen?

Estamos a salvo entre las patas de las sillas, bajo el comedor de mi abuela, tu bisabuela.

(Algún día la verás en algún álbum o en Instagram).

 

De todos los círculos que hemos encontrado juntos, éste ha sido el más bello.

 

 

 

 


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Casa de Resonancia

Hace un año me mudé a esta casa. Cuando cerré la puerta de mi casa anterior, lo hice con cierto pesar y no por el cambio en sí: no sabía cómo iba a dejar atrás la pared con las marquitas de la estatura de la infancia de mis hijas.

Esta casa es mucho más grande, con los retos de limpieza y renta que eso implica. El ajuste en el presupuesto y otros sacrificios cotidianos tienen el propósito de quedarnos en la misma zona porque hace ocho años decidimos establecernos aquí porque un día, uuuuuufaltamuchísimo, las niñas iban a ir a esa preparatoria pública y con tantos premios de excelencia académica.

Ese día ya está siendo.

La casa y yo nos entendemos bien. Había estado vacía por meses porque es viejita, de acabados poco modernos. La he ido conociendo, falible y cansada. No me interrumpe cuando veo por los ventanales. Me ha ido dejando que le cuente de los temas que me inquietan, de mis rutinas. El olmo tira y tira hojas, y yo las barro y las barro. Vamos siendo una, mi casa y yo. Nos cuidamos de las inclemencias, nos vemos por dentro. Confiamos en el propósito de habernos habitado.

Y, desde esa misma conexión, mi casa y yo observamos que quizás ya no haya marcas de estatura en las paredes: ahora están por todas partes. Llegan siete amigas, se quedan a dormir tres, comen ocho, el volumen de la música es la llave, el refri y la alacena no tienen sosiego, lavo playeras como micrófonos de mensajes al mundo, sonrío ante la ropa interior  que dejó, radicalmente, de ser aniñada; exámenes, entregas, proyectos, bailes y el futuro que va haciéndose diáfano y luego, de pronto, inasible y misterioso a veces en la misma conversación o día o fin de semana. Sufrimiento, amenazas de masacre. Maquillaje. Siestas junto a mí. Consecuencias, normas, calificaciones, protestas, marchas. Drama, permisos. Más drama, más permisos. El atisbo de la universidad.

Ayúdame, casa. Nada de esto se parece a lo que viví, casa. No quiero verla llorar, casa. ¿Por qué les dejan tanta tarea, casa? Es una magnífica escuela, casa. Voy a ir a aventarle un zapato al maestro de Educación Física que las puso a correr bajo la lluvia, casa.  No me gusta esa amiga, casa. ¿Y ese muchachito, casa? ¿Crees que quieran ver esta película, casa? Las extraño de cuando eran chiquitas, casa. ¡Mira cómo han crecido, casa! Soy su chofer, casa. Café en una cocina a oscuras antes de que empiece el día, casa. ¡Pero si acabo de llenar la despensa, casa! Cae la noche, se oye el silbato del último tren, aquí tengo los celulares bien observados, casa. Otra vez se van a desvelar con tanta actividad, casa. Qué especial es la energía donde hay estudiantes, casa. Ven, vamos a dormir.

Recuerdo mi época de preparatoria y, como en las clases de dibujo técnico, puedo proyectar en perspectiva, vívidamente, un punto de entonces, a lo lejos, con uno de mí más adelante y con otro más hasta llegar a este día. Con la noción de que cada momento en la preparatoria hace eco en lo profundo, me doy cuenta. Me embelesa igual que haber descubierto la filosofía, a su edad. Me aterra peor que cuando no pude dejar de ver a través de la desesperanza. Me repito que eso, y la pregunta por el amor (¿dónde está? ¿por qué ellos sí y yo no? ¿cuándo? ¿quién?) está ocurriendo en la vida de mis hijas justo ahora y, por más que fuera planeada, no se parece en nada a la fantasía ni al domicilio de cómo sería esta etapa. Esta versión que atestiguo ha sido, más bien, repentina y cotidiana.

Dejé atrás esas marquitas en la pared y avancé hacia lo que se presentó. Hoy es igual, un día a la vez, resonando: ellas, rumbo su potencial (te las encomiendo, Vida) y yo, con toda mi atención en procurar y darle forma al dentro. Siendo, es decir, más casa que nunca.