Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Mandil azul

¡La caja! Las porciones sin desperdicio, las recetas ilustradas con fotografías y los ingredientes resaltados en negrita. Nivel de dificultad: medio. Por fin: no tener que pensar en el menú, saltarme la compra, 35 a 40 minutos de preparación; desde que hago oficina en casa mi capacidad de planear qué vamos a comer se ha ido atrofiando —he subido cinco kilos de indecisión y de cercanía con la alacena—. Con este servicio, creo, las decisiones estaban tomadas y sólo era cuestión de ser flexible con los sabores infrecuentes y poner en práctica algunas habilidades de cocina.

He transitado por varias fases y sus efectos:

Fase 1- Lave y deshoje el kale. Parta la col desechando el centro. Voltee el pescado en un sólo movimiento para que no se desmorone. Duerma la siesta de reposar el aprendizaje como en su primer día del kinder.

Fase 2- Ase el brócoli y barnice con la salsa de ajo. Añada picante al gusto. Verifique la sazón con sal y pimienta. No se entusiasme demasiado, los condimentos no son maracas.

Fase 3- Vierta una taza de agua caliente. Añada una cucharada copeteada. A fuego medio y sin tapar deje que el líquido se consuma. Las medidas tienen un propósito, si quiere que se acaben el guiso lea todas las indicaciones.

Fase 4- Pollo con pasta al pesto. Tilapia con arroz y pimientos. Pollomiento con tilapiasta y arrozesto. ¿Qué vamos a comer?—pía. Pollo pastoso, arroz apestado. Tila. Miento. Loable y teórica la idea de preparar dos recetas en simultáneo.

Fase 5- ¡La caja! (¿Y si mejor pedimos comida a domicilio?)

Fase 6- Estimado Servicio A Cliente: Creo que me equivoqué. No sé si soy nivel medio o sus recetas están muy sofisticadas para mí. Mi horno es eléctrico y no de gas: tiene leyes de universo alterno. Omitan el maridaje y enviarme aquellas que tengan indicaciones tales como «incorporar durante 7 minutos en la misma dirección sin cambiar de mano».

Deje de alimentarse creyendo que las decisiones sólo se toman una vez.

Fase 7- Brinde por esas dos recetas preparadas al mismo tiempo, tres veces a la semana y, sobre todo, por las 50 recetas que ha intentado hasta la fecha y por la repartición del trabajo que la exime de lavar las trastes. Por los siete kilos: dos más por probar mientras prepara. Y por el ratito liberado para escribir el primer texto sin tristeza en meses.


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Letras para Tiempos de Encierro 12

A veces exijo el verde a ultranza en las plantas de interior y me visto de negro con ánimo fúnebre y me desespero con los adultos que dicen «chí» en vez de «sí». Yo, que cultivo una arroba hecha flores y policromías.

A veces pido que me dejen en paz y que cada quien sea cada cual, bien delimitados, autosuficientes y en terapia. Yo, que creo en los vínculos que fluyen y en la conexión intensa entre las almas.

A veces no olvido ni perdono ni suelto ni cuento la historia completa y repaso, con el dedo de la arrogancia, los adeudos morales que alguien me debe. Yo, que creo en trabajar las pérdidas, en crecer y en decirme la verdad.

A veces renuncio a mi herencia, me quito el último apellido, fantaseo con ser huérfana y me abrazo a mi exilio. Yo, que he puesto mi devoción completa en formar una familia.

A veces demando lo auténtico, lo natural, lo transparente en cada diálogo. Defina sus intenciones, múestrese tal como es. Yo, a quien muy pocas personas han visto sin maquillaje.

A veces quiero salir de este encierro. Ser beso y grafiti en un mundo cauto, dinamitar las rejas del «no te acerques, tengo el corazón roto», ir a la playa, a la plaza, al concierto y a la vida que se quedó en pausa.

A veces, y en algunos abriles, me quedo en casa con mis contradicciones.


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Letras para Tiempos de Encierro 11

En los últimos días tuve dos descubrimientos:

I.

El estrés, al principio era, más bien, una energía afilada en trabajar desde casa. Era lo que tocaba, por seguridad. Me sentía muy manos a la obra, muy parte de la historia, muy clara dentro del ruido, muy serena en medio del pánico creciente. ¿Y vieron los diez posts que hilvané, seguiditos? Como la fruit ninja del enclaustramiento.

Hasta que mi mente comenzó a protestar. Yo digo que fue la mente pero pudo haber sido el hueco que sentía alrededor del ombligo. O las pesadillas mezcladas con sueños intensísimos. O el hambre a todas horas y el refrigerador tarado que no tenía lo que se me antojaba.O las ganas de llorar y una tristeza que no se parece a ningún duelo conocido, y la impaciencia y la irritabilidad. La casa (¿por qué se ensucian las casas, caramba?), el bloqueo creativo.

Sólo ahora, en esta semana de vacaciones, voy dimensionando que estuve 21 días en estado de emergencia, en parte por la naturaleza de mi trabajo y en parte porque así estamos; y agobiada por ser productiva, por justificar mi sueldo, por hacer predicciones y mantener la normalidad, olvidando que no sé nada de emergencias por coronavirus y, por lo tanto, estoy más vulnerable que jamás en mi adultez. Me descubrí humana en 2020.

II.

Qué maravilla, las lámparas. Uno enciende el interruptor y zas, la luz. Me gusta la de la sala, con su foco tartamudo. La de mi buró, con su clic que anuncia la hora de despertar, la hora de dormir y el qué chingados. La de la cochera, congreso de mosquitos, porque se refleja en los ojos de los venados y nos pone a ambos a salvo. La del clóset, vidriada y paciente porque hay azules marinos que, de grandes, quieren ser color negro, y yo debato en voz alta con los colores y las prendas.

Marzo, y ahora abril, han sido meses de agradecer las lámparas. Qué maravilla, repito. A veces, cuando la vida se complica, la oscuridad asusta un poco más.


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Letras para Tiempos de Encierro 10

Para el encierro, para cuando emerjamos. Para perseguir obsesiones y soltar los plumeros. Quizás.

Lurias*

(De Usted & la Canción Mixteca)

Detectar una pelusa en el suéter.

Ir por el quitapelusa que deja la ropa como nueva, según el comercial.

Meter la mano izquierda debajo del suéter a la altura de la pelusa y con la mano derecha, repasar con movimientos como de cepillarse los dientes, con gula de erradicar esa y todas las pelusas.

Comprobar que las pelusas viven en sociedad: se reproducen al roce y viven en colonias. Invadir la vecindad que va de la axila a la sisa.

(Sonar la Diana).

Que las pelusas desalojadas formen una franja solidaria junto con las pelusas ya existentes a la altura de la cadera.

Anunciar que ahí les voy, añádase la descarga y Wagner.

Congratularse por la perseverancia.

Que el suéter, en efecto, parezca nuevecito.

Cientos de pelusas cayendo al suelo. Ir por la escoba.

Que al pisar, las pelusas se esparzan, sensibles a aire. Ir por la aspiradora.

Dirigir el voltaje y el adminículo puntiagudo de la aspiradora hacia las pelusas, mudarlas a la bolsa Hoover.

Notar que hay polvo acumulado en la esquina donde se refugió la última sobreviviente de la colonia de pelusas.

Pasear la aspiradora por el perímetro de la habitación.

Detenerse a evaluar las otras tres esquinas.

Comparar el borde bien limpio y a contrapelo con el resto del área.

Mirar al reloj porque hay que salir de casa en quince minutos.

Persuadirse pues, que ya entrados en gastos, emparejar la alfombra es rápido.

Admitir que qué necesidad, pero no guardar la aspiradora hasta haber aspirado el otro par de habitaciones y el pasillo.

Chulear la casa.

Auto-arrearse porque restan treinta segundos disponibles o vas a llegar tarde, Miranda.

Correr al espejo.

Calibrar los grados del Cero al Sí Aguanta, en materia de estar presentable.

Detectar una pelusa en el suéter.

Socorro.

 

*adjetivo en español mexicano para nombrar a alguien que está loco(a).

 


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Letras para Tiempos de Encierro 5

Quédate en Casa, dijeron.

¿En cuál de todas?

La infancia es una casa meciéndose en columpio que descalabra.

El beso es una casa en una cueva con estalagmitas.

El parto es una casa de tarotistas flotando entre juncos de luz. 

El poema es una casa rodante que no teme al empedrado con lodo.

El amor es una casa inflada con paredes de papel y cimientos hechos de rosales.

La música es una casa amueblada de silencios y notas-galaxias.

El sexo es una casa con patios interiores y árboles de mango.

La guerra es una casa ocupada por náufragos radicales.

La maternidad es una casa-niña jugando a la casita y a evadir la crítica.

La vejez es una casa repartiendo sus preguntas más antiguas.

El desempleo es una casa que decide mostrar sus colmillos.

La amistad es una casa que brota los domingos por la noche y en los recuentos de qué bueno que existes.

El encierro es una tormenta y una casa con un abrigo a dos vistas.

El éxito es una casa que siempre tiene corrientes de aire, tambaleándose en un pedestal.

El panqué es una casa que suspira con su argamasa de naranja y clavo.

Esta me gusta más: nosotros, nosotras, siendo la casa que ofrece, en la entrada, una estera de limpiar los zapatos y las abstracciones, mientras traza los planos de sí misma sin saber qué va a pasar al día siguiente.

 


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Letras para Tiempos de Encierro 1

O de Cómo Hice la Pregunta y Ustedes Sugirieron los Temas y Aquí Voy.

Cuéntanos, «A las casas les gusta que sus habitantes…»*

a) Mantengan la calma

Vista de cerca —y, por fortuna, no hay restricciones sanitarias— la calma es una herramienta que da calidad de vida. Pase lo que pase, estar en calma es como auto- enviarse la cuadrilla de ayuda. Ser raya fina de horizonte en aguas turbulentas.

Hasta dónde he aprendido, pero no me crean demasiado, la calma y las redes sociales y noticieros son incompatibles. La calma y la incertidumbre, sí. Siempre que hay una situación que me da ansiedad, paso lista y reviso si lo importante (ahí, juntito a lo sagrado de los altares personales y a los salvavidas de la adultez) está presente. Si está, calma.  Si no está, calma y un plan.

b) Miren el “Y”

Los planes dan sensación de control, de no estar a la intemperie. De ese modo la casa se renueva como casa. El reto es que el plan sea ordenado y dé estructura; por ejemplo, al estar encerrados: cambiarse la pijama, establecer metas para el día en cada ámbito personal (de ejercicio, de acomodar papeles pendientes, de algo creativo, de ver/escuchar, de adelantar) y, a la vez, deje espacio para que la vida ocurra.

Este encierro, igual que todos los cambios súbitos, trae una pérdida. Cada quién sabe cuál es. A veces, la casa es más casa y duele menos, inquieta menos, cuando nos abrimos al “Y” en vez del y/o: podemos haber perdido algo o alguien y estar un poco bien. Puede haber una pandemia allá afuera que no alcancemos a vislumbrar los efectos del colapso que tenga un propósito. Que no estemos aquí, encerrados en el encierro, estúpidamente.

c) Se sepan humanos

Y, por lo tanto, cortos de miras. Aún con la merma virulenta, hay 7.8 billones de versiones de hoy, de lo que está pasando. El hacinamiento, el tedio, la sensación de estar invadidos por familiares o desprotegidos por el gobierno, la preocupación de niños y niñas son experiencias reales. El encierro a salvo de otros es la catástrofe en el ingreso de unos; no perdamos de vista el sufrimiento que causa la desigualdad. ¿Cómo podemos imponer nuestra visión o perspectiva?

Éstos tiempos son un catálogo de reacciones. Un salón de clases de la naturaleza humana. Es una época interesantísima para quien quiera observar, esperando. Porque al final, creo, hemos construido el mundo con base en nuestra relación con el tiempo, huyendo del suplicio de esperar. Sí, ajá. Aquí vamos de nuevo. A esperar como en las guerras, los partos, los encuentros entre amantes, el primer diente, los estertores, la sopa que tira el hervor, el wifi reiniciándose, el cheque depositado. Esperar, sin «des». ¡Ay!

Pues bueno. Quedan muchos días juntos. Vamos a estar conversando alrededor del fuego, ¿verdad? Dejen sus comentarios. Hoy, esta conexión, es alimento.  Mantengamos este anaquel llenito.

 

*Esta es una frase que uso mucho en Twitter y que se ha vuelto rúbrica mía. Pero no es nada categórico. Una sospecha doméstica, nomás.


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Sur 37 A

Es inicios de diciembre porque pienso en una calle.

La recorríamos varias personas, como quince. Era una calle de dos cuadras y media. Pasábamos junto a la casa donde había un muchacho que estudiaba música; practicaba sus lecciones de trompeta y de piano, no importaba la hora. Y junto al edificio donde vivía un brujo en la planta baja y una vez que fueron de la delegación a renivelar la banqueta, salió el hombre con una cadena bastante larga y les dijo a los albañiles que le echaran mezcla sin taparla del todo, como delineando el edificio; esto es brujería, dijeron los vecinos. Nadie se metió con él.

Y a un lado de la cochera con macetas de barro, en el suelo y en la pared, que fue blanca pero ahora era color «por aquí pasan coches que aceleran y mientan madres por el tope de más adelante»; los canarios le cantaban a las plantas de sombra y a algún otro geranio terco. Y por donde había casa con una pared de ladrillos, que era parada obligatoria del camión de la basura y donde nunca, nunca, hubo rayoneos de grafitti a pesar de que el ladrillo estaba tan bien puesto que se veía como un lienzo irresistible.  Nunca, ese milagro.

Y hacíamos escala en la casa de la mujer que vivió hasta los 101 años y usaba pantalones desde 1918. Y nos aliviaba pasar por la casa de las rejas y saber que ya no estaba el perrote que aterrorizaba a los transeúntes; el refrán es impreciso: ladraba y mordía, que sí. Parecía lobo.

Los mapas virtuales indican que la calle sigue donde la dejamos. Es más: basta teclear su nombre para poderla recorrer de nuevo. Pero no pienso en la calle de ahora sino en la de entonces,  la que unía la casa de mi bisabuela y la de mis abuelos con la mía, donde crecí. Diciembre, y en particular el 25, pero también alrededor de las posadas y el fin de año, se trataba de hacer ese trayecto. Los tíos reían pero no cuando venía un coche, mi abuela abrazaba caminando, mi mamá hacía la observación de que el ambiente olía a llanta quemada, yo iba encima de los hombros de mi papá hasta que tuve que ir a pie.

Es inicios de diciembre y estoy en esa calle, siendo niña, como si hubiera sabido que tenía que fijarme muy bien. Ventilo el recuerdo para impedir que le brote una pátina, para mantenerlo vivo aunque el cambio haya desmembrado a la familia y la delincuencia esté al asecho.

Sé amable, nostalgia.

 


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Cuánta hoja

Supe que no teníamos un futuro juntos porque titubeó cuando lo invité a que pisáramos un montón de hojas secas. Eran de maple, parecían abanicos hechos de pergamino. Él era un adulto que cuidaba sus zapatos tal como le enseñaron sus mayores. Yo rechinaba de ver esa esquina hojosa donde el otoño prematuro quería asomarse a la ventana de la tienda de antigüedades. Menos mal que no tuve que explicar por qué lo nuestro no podía ser. Él se me adelantó. Adiós, le dije, y me alejé riendo y llorando un poquito y riendo.

Yo pido el pan de cada día y las hojas de cada jornada. El olmo de mi jardín tiene años queriendo besar mi casa, inclinándose, inclinándose hacia ella. Una compañía de aprovechamiento forestal dijo que no todavía, quizás un día, y ancló al olmo con un bastón de acero. El árbol suspira hojitas que llenan el patio de haikús amarillos, salgo a barrerlas para acercarlas a la raíz del olmo, ten tu humus, ten tus nutrientes. Él me cuenta de su romance imposible mientras canto pasodobles que mutan en canciones de cuna y en confesiones tarareadas que nadie más sabrá. Mi escoba es de mijo, del que se anuncia cuando pasa.

Las hojas de mi cuaderno de escribir se caen cada vez que me tropiezo que es siempre. ¡Ay!, y van todas las notas del dictado que escuché en la regadera y en el auto y mientras me delineaba los ojos. Menos mal que, usualmente, quien me ayuda a recomponerme habla inglés y no entiende mis enunciados. Es como si se asomara al tendedero: me daría pudor. Son hojas que años después revisaré con la nostalgia de creer que contenían algo importante. Qué boba.

Hablo de hojas en pleno julio como si fuera octubre. No siempre me pregunto por el futuro, sólo a veces: cuando veo un corazón cerrado, cuando salgo a mi jardín, cuando avanzo en un manuscrito. Y cuando es verano y descubro —demonios, el cambio climático— que ya no cantan los grillos.

 

 

 


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Circular

Todos los junios, cuando el cierre del ciclo escolar es inminente, difundo una circular entre mis contactos y confío en que la lean y, rápido, pasen la voz. Su respuesta a mi correo es amable dentro de las variaciones genéricas de un “Ok, gracias por la información”, pero no le dan seguimiento; atino a creer que es un volante más entre tantos que reciben con información para la comunidad. Entiendo, a veces así es: se triplicó la carga de trabajo por los recortes de personal y no se dan abasto para poner atención a lo relevante y a lo urgente.

Yo antes difundía la circular como parte de mi labor de comunicación en español hacia las familias migrantes y la mandaba a los contactos como parte de una lista de pendientes. Ahora lo hago desde una responsabilidad nueva que recién me asignaron: cuando supe cuál sería, ay nanita, temblé: la coordinadora de servicios para las familias que han perdido su vivienda

Canalizar a las personas hacia los servicios es fácil: hacer una entrevista de sondeo, evaluar las necesidades, llenar formularios, firmar autorizaciones, establecer fechas límites, registrar en una hoja de cálculo, lo complicado es oír la voz en shock de las madres y los padres porque no pueden creer que los echaron a la calle y no les dejaron sacar sus pertenencias o porque están viviendo con otra familia y son diez en un departamento o porque están durmiendo en el coche en el estacionamiento del Walmart o porque no hay trabajo, seño, dígame qué voy a hacer, dígame y yo lo hago, y preguntar cómo están los niños y que los padres —si están juntos, pues suele ser solo uno cargando todo el problema a cuestas— lloren desde la derrota.

Les fallé, seño, les fallé a mis hijos, me dicen. Me cuentan de quién está en la cárcel, a quién han deportado o está esperando la fecha del juicio, que no tienen para el cumpleaños del niño o la niña, que les da pavor morirse de algo y dejarlos a la deriva. Veo el expediente con las ausencias injustificadas, las notas de la maestra que observa fatiga o hambre crónica o las dos y ahora, mediante un par de formas, son familias clasificadas como pobres dentro de los pobres, marginadas dentro de las foráneas, invisibles dentro de un sistema que les pide dos comprobantes de domicilio fijo y una identificación con fotografía a donde quiera que vayan.

Más allá de los servicios, tengo el apremio de insistirles que es posible salir adelante. ¿De verdad? me dicen con los ojos, ¿usted qué sabe de no tener qué comer o dónde vivir? Y es cierto. Yo no sé cuánto se tarda salir de una situación de pérdida de vivienda, sólo sé ayudarles a llenar las formas y escuchar su historia.

Y otro dato:

Soy la bisnieta de una mujer que murió sintiendo que había fallado porque algo había en sus palabras finales —y en el cáncer— que llevaba el auto-reclamo de dejar a sus hijos en el desamparo, como ella estuvo sin casa y sin alimento alguna vez.  Mi abuela me contó esa historia y también me contó que, después de quedarse huérfana, tuvo que ir con su hermanita a formarse en el comedor para indigentes y dormir en la sala y en el suelo y en los cuartos de azotea de los familiares lejanos y conocidos que pudieron darles un lugar para quedarse un tiempo. Sé que, en medio del duelo y de todas sus carencias, mi abuela terminó su carrera de maestra y tuvo seis hijos profesionistas y que, por añadidura, le dio a mi mamá una vida distinta y que, gracias a ese comienzo, recibí la educación que me permitió llegar hasta este trabajo.

A diferencia de otros años, cuando llegó el momento de enviar la circular en este fin de cursos, la mandé a los albergues; ahora ellos presiden mi lista de contactos. Mi correo fue recibido con algarabía. La circular es un volante que ofrece desayunos y comidas gratuitas para menores de edad. No necesitan identificación ni dar explicaciones de nada, sólo tienen que presentarse a la cafetería de la escuela pública más cercana e ingerir ahí mismo los alimentos; pueden ir acompañados de un adulto o no. Le di «send» a la circular, pensando en mi abuela y en mi tía, que tenían 18 y 13 años cuando pasaron por ese capítulo de hambre y desalojo. Temblé más. Era circular en más de un sentido.

Hay seguir pasando la voz: la que lleva una buena noticia y la deposita en medio del sufrimiento. Ese también es un pan de cada día y un lugar donde resguardarse. Y es resistencia: la tinta que reescribe sobre cualquier estigma que dejen los sistemas. La historia es nuestra, no de un expediente. Lo sé hasta las entrañas. En junio. 

 

 


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En cada esquina

¿Qué colocamos en las esquinas en las casas? Justo en el cruce de muro con muro, en las líneas imaginarias que nos sostienen y dividen el exterior del interior. Quizás haya una vitrina de presumir o un librero de pino o una mesita o una lámpara o una planta. Un módem, una escoba, un costal de granos, una mochila, una guitarra o zapatos, pósters enrollados, un garrafón o una cafetera. Y si hubiera un vacío sería sólo a simple vista: hay esquinas que son conjuntos residenciales de lujo para millones de ácaros, con vista a panorámica a la cordillera de pelusas y todo.

En mis esquinas tengo las veinticinco maquetitas que hizo Victoria Luminosa representando escenas de películas usando fichas bibliográficas, colores y pegamento. Una ramita en forma de disyuntiva. Una copa del ancho de un dedo hecha con la envoltura de un Paletón Corona en la última vez que conversé con una amiga querida que perdí. Una piedra en forma de corazón en que encontré en la playa de Puerto Vallarta días antes de enterarme que mi matrimonio había muerto por asesinato. Un plato de Michoacán que me regalaron unos tíos aquella navidad que el dinero no llegaba ni para ellos ni para mí. Una foto donde mi hermano me está contando una anécdota chistosísima acerca de alguien que teníamos enfrente y ambos debíamos disimular, otra foto de mi mamá y mis hijas en la fachada de la casa donde nací, y otra de mi abuela enseñándome a usar la máquina de coser que me acababa de regalar. Dos pulseras irregulares de botones enhebrados con hilo elástico, mi posesión más preciada.

Cuando recorro mi casa a oscuras porque hasta el día duerme paso por esas esquinas que tienen algo de capilla. Quizás el tiempo y los significados se tardan un poco más en recorrer ángulos rectos y por eso las esquinas están cargadas de pausas y son el lugar ideal para colocar ahí, mero ahí, objetos que nos son importantes.

También puede ser que las esquinas sean prácticas y repleguemos los objetos para abrirle paso a lo cotidiano. Prefiero, desde luego, creer que mi casa está llena de altares, que lo sagrado me mira y yo lo miro en cada esquina. Si tengo risa y tribu, amor y pespunte, desgarre y vida después del dolor, no me imagino el interior de otra manera.


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Cervus elaphus

La cocina de la casa en donde vivo desde hace un año está empotrada en un talud de hiedra y tiene un ventanal con vista a un olmo. Hay tres maneras de entrar a la cocina: desde el interior de la casa, por una escalinata lateral que cruje con rencor y que casi no uso, y por las escaleras de piedra con canto de madera que dan a la calle.

Yo entro por el interior y casi siempre con hambre o sueño. Cuando no estudio el refrigerador abierto para elegir qué voy a cocinar, recorro mi circuito hacia la cafetera o hacia la alacena buscando quitarme el hambre.  Luego se me olvida a qué iba.

—Un venado.

Ni un sonido de pisadas ni de hojas que crujen ni de tierra suelta que pueda hacerme saber que se aproxima.  Aparece, así, con el guion largo del animal hablando a través de su presencia. Rumia, pasea, se echa. Lo saludo, para las orejas. Me sirvo el café o agarro un puñado de nueces o preparo las albóndigas o relleno mi jarra de agua. Cuando volteo, ya se fue.

Su aparición no tendría mayor relevancia en una casa en una zona boscosa de no ser porque coincide con mis días de más agobio. Esos días de saber que nadie vendrá a salvarme de aquello que me aflige, que hay un hambre que no se quita con alimentos, que no hay tortilla ni pan ni galleta ni sopa ni infusión, preparados por mí o por alguien, que me den sosiego. Debe de haber algo más, me digo. Justo en la cocina, un venado: el símbolo de la gracia y la apacibilidad, el buscador de caminos alternativos.

Mi espíritu encuentra esperanza frente a ese animal-presagio de tiempos buenos y de rumbos posibles que aparece y desaparece con el mismo misterio. Pasa el agobio, pasan los días, es medicina antigua. Por supuesto que le regalo las flores que había sembrado.

 


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El encanto de las ruinas

¿Y esto?

El hueco en la barda de madera, el acantilado en la orilla del plato, la mesa de cortar y coser ahora cubierta por trebejos, la puerta de vaivén que protesta por la ambivalencia, el tizne alrededor de los focos de la taquería, los lápices mordidos y con la goma que duda, las flores de seda en una tumba cubierta de yerba, la caminadora habilitada como perchero, el óxido en el lavabo, el espacio en el librero de un libro que prestamos, el auto que rebuzna y se echa. Los amores disueltos en ego, los trabajos descafeinados, los perejiles ahogados de tanto secarse.

Son ruinas.

No huyo de ellas como antes cuando pasaba rapidito a su lado callándome los ojos. ¡Qué miedo me daba el deterioro! Luego leí*  y consideré su mensaje. (Es un trabajo inacabado, una ruina futura de mi propio pensamiento. Pero no importa porque las ruinas tienen tiempo. El mismo que pierdo cuando busco lo duradero, algo a prueba de cambio):

Hay que permitirse pasear entre ruinas, doliéndose, hablándole a las piedras y a las piezas que no embonan, andando sobre los pasos de quien estuvo antes que nosotros, averiguando de qué va aquel botón en esta relación o artefacto o historia y saber que un «No Funciona» es una respuesta acertada suficiente.

¡Qué alivio me da aceptar el deterioro y el abandono! Me da permiso de rehusarme a arrastrar esa mesa de madera hinchada que está en mi jardín desde hace tres inquilinos, y dejar que estorbe. La vida mancha, descarapela, corroe, funde fusibles y yo con ella y ella en mí y en los objetos y vínculos. Se rasga el tapiz en las casas y en las ganas.  Junto a «sí» está el «ya no».

Mientras más ruinas veo, menos importancia me doy.  Veo más fantasmas y a través de ellos.  —Vuelan junto con los cuervos rumbo a otras ruinas, en gira artística—.  Y mientras menos importancia me doy, más nuevo es el mundo de los significados.

Ruinas, medicina para el alma.

* Moore, Thomas. El Re-Encantamiento de la Vida Cotidiana.

 


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Pie de foto

Para Jean

Tú y yo buscando círculos.

plato, borde del vaso,

carátula de reloj, girasol.

Círculo, señalo, alargando la i y el momento,

tu mano en la mía, mi asombro en el tuyo.

Tu risa en la geometría, mi hoy al que nada le falta.

¡Más círculos! Vamos, busquemos.

adornito de Murano, óleo y ácaro obeso sobre tela,

esquina del portarretratos, calado de cortina de tergal.

Tú y yo gastándonos las figuras de la sala en unidades de me gusta estar contigo.

Tu asombro en el mío, mi mano en la tuya.

Tus pasos sobre el tapete de nudos, por si tropiezas: mi espalda en grúa.

Oh, no— decimos en coro—  ¡Ya no hay más círculos!

 

Perdóname, me he puesto seria.

Sólo quedan esos adultos y aquello de lo que no hablan.

Alguna vez mi mano estuvo en la suya como está la tuya en la mía

y no hay lugar en donde yo esté a salvo de esa tristeza.

Lo siento. Y te siento. Me jalas. Quiero huir.

Perdóname, no había venido a esta casa en muchos años.

¡Busquemos!, me insistes. No hay lugar en el mundo, repito.

 

Excepto uno.

 

Gateo hacia él, ¡y todavía quepo!, ¡y con todo el cuerpo y canas!

El flequillo del mantel es de colores, de algún bordado de lejos.

Te descubro a mi lado.

Saludas como si no me hubieras visto hace unos minutos,

como si jamás te hubiera decepcionado,

como tu tía potencialmente favorita, y el mundo es nuevo.

Traes un sable láser, te persigue un zombie, te aloca una hormiga.

Tus codos de algarabía, por si lloro o te pegas en la cabeza: cuidado y risa.

Alguien nos detecta y nos hace la foto del ¿qué hacen?

Estamos a salvo entre las patas de las sillas, bajo el comedor de mi abuela, tu bisabuela.

(Algún día la verás en algún álbum o en Instagram).

 

De todos los círculos que hemos encontrado juntos, éste ha sido el más bello.

 

 

 

 


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Casa de Resonancia

Hace un año me mudé a esta casa. Cuando cerré la puerta de mi casa anterior, lo hice con cierto pesar y no por el cambio en sí: no sabía cómo iba a dejar atrás la pared con las marquitas de la estatura de la infancia de mis hijas.

Esta casa es mucho más grande, con los retos de limpieza y renta que eso implica. El ajuste en el presupuesto y otros sacrificios cotidianos tienen el propósito de quedarnos en la misma zona porque hace ocho años decidimos establecernos aquí porque un día, uuuuuufaltamuchísimo, las niñas iban a ir a esa preparatoria pública y con tantos premios de excelencia académica.

Ese día ya está siendo.

La casa y yo nos entendemos bien. Había estado vacía por meses porque es viejita, de acabados poco modernos. La he ido conociendo, falible y cansada. No me interrumpe cuando veo por los ventanales. Me ha ido dejando que le cuente de los temas que me inquietan, de mis rutinas. El olmo tira y tira hojas, y yo las barro y las barro. Vamos siendo una, mi casa y yo. Nos cuidamos de las inclemencias, nos vemos por dentro. Confiamos en el propósito de habernos habitado.

Y, desde esa misma conexión, mi casa y yo observamos que quizás ya no haya marcas de estatura en las paredes: ahora están por todas partes. Llegan siete amigas, se quedan a dormir tres, comen ocho, el volumen de la música es la llave, el refri y la alacena no tienen sosiego, lavo playeras como micrófonos de mensajes al mundo, sonrío ante la ropa interior  que dejó, radicalmente, de ser aniñada; exámenes, entregas, proyectos, bailes y el futuro que va haciéndose diáfano y luego, de pronto, inasible y misterioso a veces en la misma conversación o día o fin de semana. Sufrimiento, amenazas de masacre. Maquillaje. Siestas junto a mí. Consecuencias, normas, calificaciones, protestas, marchas. Drama, permisos. Más drama, más permisos. El atisbo de la universidad.

Ayúdame, casa. Nada de esto se parece a lo que viví, casa. No quiero verla llorar, casa. ¿Por qué les dejan tanta tarea, casa? Es una magnífica escuela, casa. Voy a ir a aventarle un zapato al maestro de Educación Física que las puso a correr bajo la lluvia, casa.  No me gusta esa amiga, casa. ¿Y ese muchachito, casa? ¿Crees que quieran ver esta película, casa? Las extraño de cuando eran chiquitas, casa. ¡Mira cómo han crecido, casa! Soy su chofer, casa. Café en una cocina a oscuras antes de que empiece el día, casa. ¡Pero si acabo de llenar la despensa, casa! Cae la noche, se oye el silbato del último tren, aquí tengo los celulares bien observados, casa. Otra vez se van a desvelar con tanta actividad, casa. Qué especial es la energía donde hay estudiantes, casa. Ven, vamos a dormir.

Recuerdo mi época de preparatoria y, como en las clases de dibujo técnico, puedo proyectar en perspectiva, vívidamente, un punto de entonces, a lo lejos, con uno de mí más adelante y con otro más hasta llegar a este día. Con la noción de que cada momento en la preparatoria hace eco en lo profundo, me doy cuenta. Me embelesa igual que haber descubierto la filosofía, a su edad. Me aterra peor que cuando no pude dejar de ver a través de la desesperanza. Me repito que eso, y la pregunta por el amor (¿dónde está? ¿por qué ellos sí y yo no? ¿cuándo? ¿quién?) está ocurriendo en la vida de mis hijas justo ahora y, por más que fuera planeada, no se parece en nada a la fantasía ni al domicilio de cómo sería esta etapa. Esta versión que atestiguo ha sido, más bien, repentina y cotidiana.

Dejé atrás esas marquitas en la pared y avancé hacia lo que se presentó. Hoy es igual, un día a la vez, resonando: ellas, rumbo su potencial (te las encomiendo, Vida) y yo, con toda mi atención en procurar y darle forma al dentro. Siendo, es decir, más casa que nunca.


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De tumbas, influencias y poder un día

El seguro del portón estaba suelto. Nunca había estado ahí. Físicamente, me refiero. En la imaginación había ido a ese momento y soñado con él y, a sabiendas de que implicaría un viaje largo e intrincado, dejé el anhelo para un día, cuando se pudiera. Varios grados bajo cero, mi vaho, las botas de nieve —moradas, a mitad de precio—, el letrero junto al portón: Cementerio de Sleepy Hollow.

Iba a visitar la tumba de un hombre que he amado como sólo se puede amar a los autores que acompañan en los momentos de pensar y en las horas de alquimia de la adolescencia. En la avidez de encontrar modelos de rebeldía, me lo topé de frente: Henry David Thoreau. Él caminaba hacia sí mismo con la certeza de que había más por vivir que las experiencias dictadas por las buenas costumbres, la tradición, el capitalismo, la religión y la erudición, confiando en que la plenitud era responsabilidad personal y siempre producto de cuestionar para qué obedecemos, a quién, desde dónde. Es literal: agarraba camino y echaba a andar, pensando. Habitaba más cerca de la Naturaleza que de las convenciones y, en su andar, me daba permiso de buscar mi camino justo en la época en que se me hizo saber exactamente qué se esperaba de mí: ser conservadora, linda, buena, feliz, motivo de orgullo.

Conforme fui queriendo saber más acerca de su historia me enteré que tenía una amiga en su círculo de escritores. Ella: Louisa May Alcott, enferma, endeudada y con un carácter fortísimo, le dio voz a las vivencias cotidianas, domésticas y, en ese asomarse al interior, le regalaría al mundo a Jo March, el personaje de una jovencita atrevida, franca, apasionada, mandona, creativa, leal a sus ideales: una heroína que, hace 150 años, igual podía disfrutar la ópera que competir con su vecino corriendo desbocada, y ganarse la vida como escritora. Cada vez que una generación de mujeres ha leído «Mujercitas»*, se refrenda la invitación a ir más allá de los estereotipos de la feminidad: si Jo pudo, nosotras también.

Para mí, saber que Thoreau y Louisa May (otro amor mío), tenían una amistad profunda e iban a caminar por las tardes y compartían sus escritos, fue un giro que me causó una algarabía tremenda. De pronto la influencia mutua se hizo notoria, pareciera que sus libros están dialogando entre sí igual que ellos dos por los senderos de Concord, Massachusetts. Cuando leí que sus tumbas estaban juntas en la misma colina me aloqué. No hay otro verbo.

La nieve estaba sin estrenar y las tumbas a unos doscientos metros del portón. Algunos trozos de hielo blanco caían con un salto seco desde las ramas por sol de la mañana. Cada paso era una declaración; escribo este y otros textos gratuitos en un escritorio con vista a un olmo. Ya no sé ni quiero saber vivir en ciudad. Lo austero me excita. No acepto imperativos y, vista por fuera, mi vida es un desmadre. Quiero amar y vivir con intención, que no me queden decisiones fuera del cernidor, que mi ser femenino y masculino estén en equilibrio, que me siga llamando la luz encendida de lo que ocurre dentro de las casas.

El día que fue me fue posible atravesar Estados Unidos e ir hasta el pueblito para visitar las tumbas de dos amigos junté mis manos cerca del corazón y, en compañía de mi familia reinventada, lejos de lo que alguna vez se esperó de mí y rumbo a donde el alma me lleve como mujer y como creadora, lloré el himno de mi juventud:

Me fui al bosque para enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. 

Todavía no me repongo.

(¡Foto!)

 

*Leer esta novela es una vivencia personalísima. Quienes ya la han leído —y releído— no requieren más descripción. Si tú, lector(a), no la conoces, quizás quieras leer el principio y llegar al capítulo 3. Un dato importante: fue publicado en 1868. ¿Qué piensas?

 

 


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Una casa, 10.

Intrínseca en el español mexicano hay una manera de ver toda las cosas en el cosmos, pequeñas o grandes, como si fueran sagradas y estuvieran vivas. 

— Sandra Cisneros.

¡Mira nada más! Búsquete y búsquete, olvidada me tienes, como hilacho viejo. ¿Dónde andas?, ¿a dónde te fuiste?

Aunque agarres camino, yo sé cómo llamarte con tortillas palmeadas y el olor de huevo frito en manteca de cerdo, y café. ¿O unas enchiladitas? Huevo de gallina de patio, no vayas a creer que del supermercado. Es lo bonito: comer y decir, al final, «ya comimos». ¿Más bonito? Cantar los boleros del radio, y oír los partidos del futbol en amplitud modulada, siguiéndolos en la mente desde la tribuna junto a la bocina, gritar con el gol, que el cotorro te remede y luego se ría. Antes la gente cantaba más, en general. Y cuando se bañaba, uy, se tomaba su tiempo; no como ahora que nadie canta en la regadera, a lo mucho se dan dos que tres pasadas ahí donde te conté, y vámonos. El mundo era otro. No que ahora, ni se puede salir. ¡Válgame! Vive uno con el Jesús en la boca por tanto desfiguro, puras visiones que lo dejan a uno afectado y descompuesto. Y, en honor a la verdad, hay que decir las cosas como son: todo es culpa de la perdición, y no se diga los políticos. A esos hay que quemarlos en leña verde y ponerles un chayote de supositorio ¡y vieras cómo se componían de rápido!

Siempre sí queda retirado ese lugar a donde te desapareces cuando piensas las cosas. Se me figura que es lejecitos, que no hay quien te socorra ni se dé una vuelta para ver si amaneciste. Y está bien, así es como crece uno. Te llamo y a veces me dejas hablando sola. Y cuando me contestas es poquito, bendito, pero yo ni me acongojo. Sé que volverás. Por eso todas las mañanas salgo a barrer la banqueta. De tanto soñarla, ya hasta le hiciste un surco y por ahí baja el agua cuando llueve. Sí le dejo las hojas de liquidámbar, para que las pises y crujan con su quiúbole ocre en pedacitos. Quiero que quede bien chula, que la encuentres sin los sobres abiertos de las noches transcurridas.  Ladra el mentado animal del vecino, ¡anda tú, perro laberintoso!, y sigo barriendo.

Has de volver, volver, volver. Y cuando vengas, ¡se va a poner bueno el jolgorio! Traerás la cabeza trastocada de metas por cumplir, como si estrenaras ser una persona nueva. Sale, pues. ¡Puro Velrosita!  Déjame enseñarte que nada aparece de la nada, y cómo funciona la providencia: te señalaré, con estos ojos que un día se comerán los gusanos, cómo traes bien prendido a ti eso que es lo tuyo, lo tuyo, lo que nadie puede darte ni quitarte. Y lo bailado, lo estudiado, y las frases en español que le ponen cara y voz a escenas muy antiguas, como cimientos de ésta: tu casa del alma. Está muy bien que te retraigas y medites. Que, como quien dice, cada cual se ocupe de lo suyo, de su trastienda, de su parcelita de intenciones. Aquí siempre estás a buen resguardo y siempre son horas de llegar. Eres bienvenida, como si regresaras por primera vez.

No le eché llave al zaguán.


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Una casa, 9.

Entre todas las añoranzas, la de querer conocer una casa por dentro es tremenda.

Y es que las casas se aparecen de repente aunque lleven cincuenta años en esa calle. Brotan a la vista como si el contorno de su techo y sus muros estuviera delineado por un marcador grueso. Miraesacasa, una sola palabra, unidad de atención.

Las de historias que uno inventa a partir de ese brote: quiénes la viven, qué fantasmas acechan, las instantáneas de las fiestas, el primer día de habitarla, el último. La de detalles especulados: ¿habrá jabones verdes con grietas?, ¿hay helechos como en todas las películas antiguas?, ¿alguien le hacía al macramé?, ¿han hecho el Test de Rorschach en las manchas de aceite de la cochera?, ¿alguna vez tuvo filtro en la tarja o una mesita para el botellón?, ¿la escalera se percudió por el roce?, el tendedero ¿era de mecate o de alambre?, ¿en qué habitaciones quedan residuos ilustres de semen? (¿y de sangre?), ¿tiene eco?, ¿tiene pileta de granito?

Y las puertas y rejas cerradas, porque la casa está siendo casa y resguardando a su gente de las inclemencias del clima y de los otros. Y los relatos que uno se inventa crecen con el paso de los pasos y los semáforos. Qué ganas ir a sonar el timbre: oiga, ¿puedo entrar a conocer su casa? Diga que sí, ándele. Es que vengo por aquí todos los días desde hace años y me muero de la curiosidad de ver cómo es, no sabe usted, no se imagina lo que yo imagino, ya es como una película que tengo en la cabeza, es parte de mi vida, esta añoranza sólo se me quitará entrando. La respuesta será siempre: no. Son tiempos tristes y violentos, éstos.

Miraesacasa. Y la resignación a admirarla de lejos, con carrusel de imágenes hipotéticas como el único recorrido por las habitaciones. Como la mujer o el hombre que no puedes dejar de ver, pero ni sabe que existes.

Está en la glorieta. Y tiene una jacaranda.

Suspiro.


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Una casa, 8.

Sí, muy bien. Abrió la cortina de la accesoria junto a la cochera de la casa, y un negocio de fotografía. La casa estaba ubicada entre Av. Bolívar y el Eje Vial y dos escuelas públicas y de camino a unas oficinas del Seguro Social. Jamás le faltaron los clientes de diario, de la fotografía tamaño infantil para el niño o la niña, de la ovalada para el profesionista.

Tenía bastantitos clientes de ocasiones especiales y siempre atribuyó su éxito, un tanto a la ubicación, sí, pero sobre todo a la buena suerte de tener entre sus recursos una mampara con los Campos Elíseos, al fondo, y al jarrón de piedra de unicel con helechos de plástico, al frente, para darle volumen a la escena y para cubrir el enchufe en la pared. También era famoso porque los bebés no le lloraban y podía captarles unas expresiones curiosísimas. El secreto era no lavar los juguetes. Las expresiones curiosas eran, claro, el intento de los niños por descifrar ese sabor de sal vieja de millones y millones de bacterias.

Su atención a clientes era memorable, en particular con las quinceañeras. Un amigo suyo le había vendido unas escaleras portátiles que antes formaban parte de una escenografía y que combinaban con la mampara de los Campos Elíseos. La quinceañera se sentía soñada de posar junto al barandal pero la mama lloraba, ay hijita cómo has crecido, y el padre (a veces era un tío o padrino) estaría sofocado por el mal humor de la cursilería. Como la escalera tenía, en su base, un compartimento para transportar utilería, el fotógrafo aprovechaba, en lo que hacía la instalación, y sacaba unos pañuelos desechables y un ventiladorcito. A ver, una sonrisa. Y era legítima.

Todos los clientes —niñas peinadas de cola de caballo, escuincles de casquete corto, la abuelita de laca y crepé, el abuelo rumbo a calvo en negación, la mamá de corte en capas, el joven de no voy al peluquero, el chiquitín de cairel—, todos, hacían escala en un espejo de marco dorado, junto a los peines, el atomizador y el gel. Como fue en un principio, ahora, y hasta aquel día cuando la marchanta pasó por la accesoria donde estaba el negocio de fotografía. Cargaba varias docenas de margaritas y, aunque parecía un jarrón itinerante, sus oídos oyeron, bien claro, el escándalo de una clienta que salía hecha una furia, andaleando a sus hijos, peinados de raya de lado. El fotógrafo, que esa mañana no había tomado café, prefirió dejar que la clienta se fuera. Total, vendrían más clientes, tantos, por la ubicación y la mampara y esos trucos añadidos al obturador y a las lámparas, al exposímetro y al revelado express.

Si pasas por ahí, hasta la casa está vacía y se vende para terreno. Dicen que el fotógrafo se alcoholizaba porque el negocio fue decayendo hasta cerrar, que se peleó y terminó mal con el dueño, que fue por la fotografía digital. No es cierto, me contó la marchanta: fue por el piojo.


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La otra mudanza

No sé cómo (en verdad que, deja tú lo repentino: la carga de adrenalina resorteada que logró que consiguiera una casa en diez días, empacara lo memorable, lo simbólico y lo del diario pero olvidara la caja de tés y las especias, y me mudara en un fin de semana pero antes llegara a poner incienso porque quizás había energías dormidas, y ya entrada en gastos porque segurito había ácaros hibernando y, armada de mi aspiradora y de un polvo desinfectante, lavara las alfombras de tres recámaras de modo que pudiéramos llegar e instalarnos las tres, porque el papá va de visita y somos cuatro muy en familia y a veces se siente como si no nos hubiera atravesado aquel tsunami que nos desmembró, pero en las noches somos tres, siempre en la noche, siempre las tres, y yo vuelvo a tener miedo y los pocos años y la memoria de que alguien se metió mi casa, habrá sido un vagabundo norteado que la vio vacía, mis padres hicieron rodar los juguetes por las escaleras, huyó, pero el vagabundo y yo nos quedamos con la marca de la noche interrumpida, adrenalina suya sobre adrenalina mía a un lado de las cajas de cuidado con mi fragilidad sobre cajas de nada permanece del todo, mientras las hijas son una misma con sus teléfonos, hay arañas pero no encuentro el cable de la impresora y la casa respira, acoge, procesa, es puerta, ventana, umbral y cuadros sin colgar y tapetes que se desacomodan, carga de cambios de temer y tener, pantuflas, excusado con excusas) justo ahora que espero nada de quien me amó, ama o amará —salvo que limpie sus zapatos al entrar y devuelva la llave al salir—, vivo bajo un olmo. Comparto la vida con él. Y mis frases tienen algo de ramas.


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Una casa, 7.

Querida casa:

Nos conocimos hace siete años. Te habían remozado la tristeza para que no quedaran vestigios de la mujer anciana que se despidió de ti, rumbo al asilo.  Yo llegué a ti como inmigrante: huyendo de algo que dolía, anhelando estar mejor. Me quité los zapatos —parte indispensable del contrato de arrendamiento y de los hábitos de esta zona de California— y me presenté contigo, descalza. Acaricié el espacio entre la estufa y el apagador, donde iría la cafetera. Asentí, queriéndote.

Nadie mejor que a ti le consta mi devoción por lo cotidiano, la felicidad que hallo en ser ama de casa. Te regalé toda la fuerza de mi treintena, mi ímpetu por la belleza, el equilibrio, el color y el orden, los rituales, Usted & la Canción Mixteca. Te consta, igual, que cuando estoy aullando por dentro, me pongo a limpiar.  Te regalé mi lamento, mi abandono, mi depresión, mi reclamo, mi llanto, mi súplica hasta que me quedé sin lágrimas, y todo eso que sólo tú atestiguaste.  La gente que me visitaba siempre te halló impecable.

Sé que sabes cuándo falleció la mujer anciana porque ese día florearon todas las camelias, antes mudas por la sequía. Y, coincidencia curiosa, ocurrió a la par que dejé morir la fantasía de tener motivos para volver a residir en México, y decidí cortar el último de mis asideros. Ahora sí, te dije: me quedo, tienes mi presencia total, renuncio a cualquier tipo de huida de la huida, estoy aquí y ahora. Todo eso pasó hace seis semanas. Pues bien, te explico las cajas que están en la sala, el material de embalaje, tanto movimiento: con la muerte de la viejita y de mi disposición de enamorarme, llegó un mensaje de texto con la notificación de la casera. Te van a vender, tuve que buscar otro sitio para vivir. Este es nuestro último fin de semana en ti y el primero de la primavera. Hoy di el depósito de tu sucesora. Está bonita y la calle se llama Norte, queda cerca de la parada del autobús 68, las hijas están contentas.

A veces, estar mejor se resume en el lujo de continuar, en esa sucesión de lugares por habitar, en los regalos que las casas nos hacen y que nosotros les hacemos, giros narrativos incluidos.  Tengo muchísimas ganas poner unas macetas hechas de argamasa y mosaicos rotos, en la entrada, como recordatorio de que la vida sigue aunque tome otra forma. Me gustan para brújula.

Te llevo en el corazón, 902 Villa Avenue.

Locadelamaceta.

Pd 1. Te dejo la marca en la pared con el registro de estaturas de mis hijas, y su infancia.

Pd 2. Me despides del cartero. Nunca logré que sonriera, el infeliz.

 

 


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Una casa, 6.

Un carruaje viene del cielo. Desciende, tirada por tres caballos grises.  Veo que mis papás están dentro del carruaje, los espero abajo. Cuando el carruaje aterriza, está vacío. Se va encogiendo. Mide el tamaño de un oso mediano hibernando, se convierte en una carpa de circo —rojo con blanco—, y luego en un círculo de piedra rodeando una fogata extinguida.

El escalofrío me despierta.

Me callo la pesadilla. No quiero contarle a nadie que me acabo de quedar huérfana en sueños. Segurito me preguntarán si cené pesado. Cierro los ojos y está el carruaje vacío. No quiero dormir otra vez.

Por la tarde voy al catecismo. Estoy fatigada de tanto forzarme a mantener los ojos abiertos. Me siento en una banquita porque llegué temprano. Un grupo de niños, de los más grandes, hace rebotar una pelota de tenis contra una pared, por turnos. El sacerdote se les acerca y se incorpora al juego, usa su mano. Es hábil. Se ríe. El eco de la bulla rompe la rutina de las preparaciones para la primera comunión. Acaba el juego porque son las 5.

Pienso que si el sacerdote puede resolver la falta de raqueta y correr con todo y sotana, y todavía reírse, es autoridad.  Me acerco a él antes de irme a mi salón, en lo que él se limpia el sudor con un pañuelo azul a cuadros. Le cuento que mis papás murieron en mi sueño, que me acabo de quedar huérfana, no sé si me entienda, fue en mi sueño pero siento que sí pasó de deveras. El padre sigue secándose el sudor de la nuca. Un micrófono (con la misma voz de los salmos, loado sea el que habita a la sombra del Altísimo) llama a formación.

—¡Claro que se van a morir, como en tus sueños!  Pero no importa, sólo son tus papás adoptivos. ¡Alégrate! Tú eres hija de Dios.

El sacerdote me da palmaditas en la cabeza. Anda, ve a tu salón—, me insta. Subo las escaleras, corriendo. Entro a la clase, saco mi cuaderno, va a empezar el dictado del Credo. Pido permiso para ir al baño y me encierro toda la clase, sentada sobre la tapa del excusado. No tengo edad para entender la metáfora del sacerdote. Las anginas se me inflaman y me duran inflamadas treinta años más a partir de ese día. Cuando mi mamá pasa por mí, la catequista le dice que no quise trabajar, y yo señalo que me duele la garganta. Ceno pan con leche, ligero. Por meses, duermo a sorbos de cansancio y de llorar porque nadie me había dicho que era adoptada. Estoy a la intemperie de todo lo que no sé, de descubrirme dos veces huérfana; las casas protegen del clima, pero no de la tristeza.

Dicen que yo era una niña ojerosa. Ahora ya sabes por qué.

 

 


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Una casa, 5.

Para Joseph Emil.

No son los cadáveres en el lodo y en la trinchera, ni los pedazos de personas, de humanidad, repartidos en la tierra de nadie, en ese punto entre frentes con árboles falsos a modo de punto de vigilancia. Son los restos donde el alma se pierde, donde los piojos y las ratas, y la lluvia de barro, y las explosiones y el corazón de animal y las órdenes. Es donde el batallón de infantería en acción, las metralletas, el bombardeo que estallaba sobre los compañeros e inutilizaba los oídos —y por eso muchos no alcanzaban a escuchar el silbato para las indicaciones—, el gas mostaza, la máscara puesta mal y tarde, reptar a tientas, no poder ver, tallar el visor con los guantes de cieno, la retirada, la vuelta a la trinchera, el ciclo infame.

Pienso en él: recluta 2, 215, 010. Enrolado en Texas el 19 de septiembre de 1917. Que partió en un barco hacia Francia y combatió en la ofensiva de Meuse-Argonne de junio a noviembre de 1918. Dado de baja del ejército el 20 de junio de 1919, a los 25 años. Pienso en él, y en que regresó, se casó, tuvo hijos y nietos. Yo soy su bisnieta.

Regresó, como los cadáveres en el lodo vuelven a la tierra. Es un decir, claro. De una guerra así no se desanda.  No son tumbas las que deben de cuidar sus restos, no son sus cadáveres. No son los restos del soldado desconocido y los millones de flores sembradas a modo de homenaje. Son los restos del soldado que desconoció la vida como la entendía, que perdió la inocencia y que el campo minado continuó existiendo en su interior. Shell Shock, le llamaban al estado de recordar los horrores de la guerra: hoy se llama estrés post-traumático. (¿Has estado en la tierra de nadie?, ¿pudiste confiar de nuevo en tus sentidos?) Alguien me contó su historia, que la escuchó de él y sólo en una ocasión.

Mi bisabuelo murió mientras dormía, en 1973, unos años antes de que yo naciera, pero eso es lo de menos: desde que supe que había estado en las trincheras me sentí muy unida a él pues tuve una época de recordar la sangre seca de todas mis batallas. En esa afinidad, me alivió saber que descansó en paz. Yo también encontré la paz. Al fin cesó el ruido. Volvimos a casa, veteranos.


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Una casa, 4.

¡Noticias viejas, traspapeladas! En tiempo de lluvias, las alertas por radio, de la Marina, eran habituales; recomendaban a la población mantenerse alerta, barrer la calle para despejar las alcantarillas, guardar la calma y poner los animales a buen resguardo. Ni quien se alarmara en Pueblo con Malecón. Sí, había llovido. Sí, llovería. Eran noticias de rutina, nunca novedosas, creyeron.

Creyeron mal. Un ciclón y un huracán habían chocado en la sierra inmediata. La lluvia, a su paso, iba reventando presas, desgajando cerros y bloqueando carreteras. La alerta de la Marina notificaba que el río se desbordaría, inundado Pueblo Con Malecón, repito, inundando Pueblo con Malecón. Los habitantes encendieron velas, desconectaron el refrigerador y esperaron especulando con la radio encendida. Llovió, cayó la noche, siguieron esperando, continuó lloviendo, la señal se debilitó a causa de los ventarrones, sobrevino la calma chicha: esa paz inconfundible antes de que se desaten los males. «Ay, el agua»”entró a las casas —casi todas de una sola planta—como ola y serpiente, abombachando la ropa y cubriendo tobillos, rodillas, cinturas y gavetas, inflamando las habitaciones hasta hacer flotar las camas. Creyeron poco. Del resto, que tuvieron que creer a fuerzas, hay fotografías: la gente en botes por las calles-canales. Los esquiferos ofreciendo «¿a dónde lo llevo, patrón?». Roperos puerta arriba, familias suplicando socorro sobre los techos de sus casas de rancho, arrastradas por la corriente del río. Vacas y caballos alargando el cuello para no ahogarse. Automóviles varados, los portales sin arcos. Las palmeras castigadas, el puente rebasado. Troncos, tractores, féretros a la deriva. Se acabaron las alertas de la Marina porque hasta los aparatos de radio estaban cubiertos de agua. No saben cuánto duró exactamente esa agua. No la lluvia: el agua que cubrió todo lo que era importante.

La inundación fue cediendo hasta que, un día, Pueblo con Malecón se reveló sobre una costra de lodo. Vino el recuento de los daños, era rapidísimo: todo se perdió. Las prendas, los colchones, los enseres domésticos, cada mueble, cada libro, cada piano, cada coche. En casa de mis abuelos fueron afortunados: quedó una vajilla. Mi abuela le quitó la lama con agua limpia, de renovar. Eso la animó. Puso a secar sus platos extendidos y soperos sobre una mesa pero la mesa tenía las patas podridas y la vajilla se desplomó contra el suelo en un griterío de añicos. A mi abuelo no le fue mejor: cuando levantó la cortina de su ferretería —aquel negocio familiar del que se hizo cargo a los 14 años, recién huérfano—vio la metástasis del óxido; por más préstamos que pidió, no logró recuperar la inversión. Tuvieron que migrar. A ambos, el duelo les duró el resto de la vida.

Ellos, como tantos habitantes de  Pueblo con Malecón afirmaron que el orden de la vida, de los significados y de los rumbos se revolvió con esa inundación, la de 1955, y nada volvió a ser igual. Vaya, nada volvió a ser. Las noticias, desde entonces, fueron insuficientes. No bastaba saber si llovería o no, qué tromba rondaba, qué pasaba en la sierra. Querían saber dónde fue a parar su confianza, verdadera y definitiva, esa que no se diluye ni con el agua más persistente.

Creyeron en la versión de la pérdida y el desamparo y así, anudada la garganta, lo contaron a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Mostraron las fotografías, impresas y relatadas, de su destino en Pueblo con Malecón. Creyeron, recordaron, se lamentaron durante cincuenta años. Y en ese lapso —no lo saben aún, se enterarán aquí mismo, leyendo— su memoria ha tenido un sentido: de repetirla, tan honda, hicieron un surco profundo en el pasado de la inundación por donde drenaron completamente el agua encharcada de su casa y de su ferretería.  En el relato, a través de las generaciones que se tocan el corazón cuando saben de alguien desposeído, doliendo o migrante, los abuelos están secos y a salvo. Habrá que creer. Sí, llovió, sí, lloverá. Ninguna pérdida es en vano.

 

 


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Una casa, 3.

Cuando mi nana agarró los anillos que estaban en la tarja, junto al jabón de lavar los trastes, no se imaginó que esa misma tarde su patrona iría al Ministerio Público a interponer una demanda por robo:  vio que los anillos faltaban, y que la decisión de ya no aguantarse era mutua. Ni la confrontó. Que fueran alhajas era lo de menos. Una patrulla fue a dejarle el citatorio a la vecindad que te conté.

Justo me acordé del robo mientras esperaba a Greg. Se había bajado a la tiendita a comprar tabaco. Supe que era tabaco (y no chicle en una lata coquetona) porque él me dijo, después de darse cuenta de que me le quedaba viendo porque se había metido un pedazo de algo oscuro entre las muelas.  Greg era diez años más joven que yo. Frunció el ceño detectando un olor no identificado.

—Lavanda—, expliqué. Esos tableros eran un asco. Tenían mugre alrededor del teclado y en el ratón táctil, más abajito. Mugre sobada. Le mostré mi arsenal de toallas desinfectantes. Nos quedaban dos semanas más de rondas asignadas. Él suspiró.

Aproveché todas las veces que se bajó a comprar tabaco para limpiar una parte de la patrulla. Quedó divina. Si me hubiera dejado, hasta una carpeta tejida ponía; en parte, por el crearle el reflejo condicionado de que cada vez que volviera de su vicio se encontraría con todo el rigor de la vida bonita, y en parte porque a mí me sobraba iniciativa. Esa época se trataba de que yo fuera en el asiento del copiloto, llenando formatos de multa y de coches abandonados porque era el entrenamiento básico. Greg manejaba en silencio y no disimulaba que mi presencia era invasiva. La central siempre de fondo, ten-eight, ten-fourteen, ten-twenty eight, eleven-ten, ten-four.  Yo tomaba notas para mi examen, para mi terapeuta, para mis relatos y para mis nietos. Patrullábamos a 10 kilómetros por hora, ocho horas diarias.

En la segunda semana nos bajamos a dejar un citatorio a una de las casas en las colinas. Nos abrió una señora en bata de felpa que cargaba un gato. Por lo general, cuando las personas están frente a un policía —y el policía trae un papel por entregar— tienen alguna reacción de alerta. Algunos usan su voz amableaguda; otros asienten como si estuvieran de acuerdo con todas las leyes de la física, la química y la capacidad soberana y constitutiva de los pueblos. Ha pasado que les tiembla la barbilla, un tic se asoma a saludar, parpadean tanto que se les bota el lente de contacto, carraspean buscando las palabras para desobedecer civilmente si fuera necesario, qué se yo. A veces sólo dicen «ah, gracias oficial». Nos bajamos al dejar el citatorio, la señora fue de esas. Pensé en mi nana. Porque cuando la patrulla había llegado a la vecindad, mi nana no estaba. Y no estuvo más. No procedió la demanda.

Has ido al mirador conmigo. Esa casa en la colina estaba por el rumbo del mirador, desde donde se ve toda la bahía hasta Oakland, en días despejados incluso San Francisco se asoma. Éste era un día sin neblina, el sol picaba. Greg estaba de malas y lo atribuí a que se le había acabado el tabaco o le estorbaba el chaleco anti-balas. De regreso de entregar el citatorio se detuvo frente a la vista a la bahía.  Greg era muchos kilos y centímetros más grande que yo, y se movía poco en la medida de lo posible. Ese día se dio cuenta del tamaño de su inmovilidad.

—Maldito sueldo de policía—, masculló. Y volvió a su silencio, a sus muelas apretadas, a arrullarse con los códigos del 911, a patrullar con el tacómetro zonzo, a transmitirme la inmensa molestia que le causaba que yo estuviera a su lado en la ronda.

La molestia de Greg no me intimidó. Nos subimos a la patrulla y saqué unos chicles de mi bolsa. Le invité uno, sí quiso. Condujo un par de cuadras más en silencio y luego me preguntó cómo llegué a la policía, y le conté. De él supe que le faltaban como veinte años para poder, siquiera, dar el enganche de una casa. Que le gustaba pescar pero no leer, que su esposa acababa de tener un bebé y que el mayor iba al kinder. Le conté de mi separación. Estuvo en silencio un rato más, mucho rato. Me arrepentí de habérselo contado y haber roto el momento. Me preguntó cuándo era mi cumpleaños, resultó que cumplíamos el mismo día. Le hablé de los chakras, de mnemotecnia, de salsas verdes y tortas mexicanas. Me dejó hablar durante las dos semanas; lo vi reírse y luego toser varias veces. Me dijo que no me fuera de la vida sin aprender a pescar. Nos hicimos cuatísimos.

 El sargento me mandó llamar y te sabes el desenlace: fue para bien. Me despedí de Greg en mensaje de texto: abrazos, saludos a la familia, paciencia, cómprate un ventiladorcito portátil, mantén limpia la patrulla :).

Respondió: «Cambio y fuera».

Otro desenlace: cuando veo un policía, no siento su autoridad; las patrullas estaban puerquísimas, y algo en el sistema también. (En todo caso, coopero con la ley por el rigor de la vida bonita y en orden). Pero cuando pienso en Greg sí me cuadro: es el recordatorio de que la vida nos va entregando citatorios que no proceden, vínculos de años que se estrellan en el tedio, amistades que se truncan, miradores que antojan pero están lejos del banco, códigos que informan y aíslan, joyas que embellecen con amargura, encuentros y desencuentros frágiles. Qué ventaja poder huir. Qué alerta permanente nos dejan.

Gracias por quedarte.


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Una casa, 2.

No habías llevado la ropa a la tintorería y agarraste lo primero que tenías a la mano en ese clóset de puertas de cortina. Tu única blusa mediopresentable, la roja, y la falda de flores que, en sus costuras, te llevaba la cuenta de las veces que subías y bajabas de peso, pero bueno. El local estaba atiborrado. Chin, llegaste primero. Te sentaste en la mesa de la esquina, junto a la ventana, y él frente a ti; diez minutos más tarde.

Le aceptaste el café porque te habías enterado que le gustabas. Y, fíjate, él también a ti sólo que no lo habías puesto en palabras, solo en oratoria de rubor entre las piernas. En tu memoria, era más alto; seguía usando el gel a modo de casco y tenía los tres lunares del cinturón de Orión en su mejilla derecha. Tú sostenías el asa del capuccino y la ficha bibliográfica con el dato de que se gustaban, lista para clasificarla frente al archivero abierto del qué podemos hacer.

Es un decir que él habló cuando fue su turno. Tenía la boca y el cuello conectados con la puerta y cada vez que alguien entraba al local, se interrumpía y volteaba. El policía, haciendo guardia no contaba en su registro, era parte del paisaje. La conversación apenas duraba lo que tardaba la puerta en permanecer cerrada pero, tan pronto aparecía una silueta en el umbral entre la banqueta y la cafetería, había una pausa, su cabeza ibayvenía, y ting, sonaba la campanita del punto y aparte de su atención y dejaba cuatro renglones de silencio. Hablaba visagra. Luego en español, te preguntaba: ¿qué te estaba diciendo? Su expresión era adusta, entre pixeleada y puto el que la lea.

Fuiste paciente. Al principio —con el archivo abierto en E de Esperanza— le marcabas la pauta de su plática:

—que te fuiste a Roma.

—Ah, sí, pues eso—.  (Entraron dos amas de casa, con adicción a la cafeína de media mañana. Ting).

—Que te torciste el tobillo.

—Ah, sí, pues eso. (Entró el jubilado con su periódico. Ting).

Suspiraste. —Que tu mamá estuvo internada.

—Ah, sí, pues eso.

El gel tenía áreas resecas, los tres lunares eran los suburbios de un brote de acné. Temiste. Era una cita desastre. Cerraste el archivero de un manotazo y le arrebataste la palabra, por deporte, por no aburrirte. Y te descoyuntaste con alguna anécdota porque te gusta contar historias. Nadie entraba. En ese renglón sólo estaban él y tú.

—Cuéntame más—, te dijo, recorriendo tu eje pupilas-cuello-escote-dientes.

No habías visto esos ojos desde que se suspendieron las fiestas en casa de Cristina, donde servían tortitas de mole y sandwichitos de jamón con  Cheese Wiz y Kool Aid, cuando replegaban los muebles, contrataban al de luz y sonido, y la muchachada bailaba de 9 a 12 de la noche. Y la fiesta era un filamento de deseo, timidez, inocencia, los cuerpos vigorosos. Todos se veían. Y era la mejor mirada del mundo.  Un día ya no te dejaron a la fiesta y tú creíste que se debió a tu 7 en etimologías o porque, en las esquinas, ya había parejitas que se daban besos y todos pactaban como que no estaba pasando para hacer una barrera entre las manos, las bocas y los papás de Cristina.

Pero fue por la delincuencia, porque empezaron a asaltar en las calles y dejó de ser seguro salir a las casas o a las reuniones. Acabaste uniéndote a las filas de caras largas, en una crisis económica que dejó la mesa puesta para que llegara el narcotráfico. Los miedos de los padres (los de Cristina, los de todos) ya no fueron quién salía embarazada o quién no terminaba el semestre, sino quién llegaba vivo a su casa, a quién le pasó el secuestro express. Se normalizó el peligro, por la devaluación del 94. (¿Por eso él estaba pendiente de la puerta?, ¿por eso estaban en un café con un policía?)  El tipo de cambio, con todos sus efectos secundarios, te habían privado de entender cómo funcionaba el tema de que un hombre, quizás, te mirara. Cuéntame más, dijo. Nadie entraba, y haste de cuenta que te sentías en casa de Cristina; la peor cita desastre habían sido conjurada. Ni falta te hizo el archivero. Qué cerca estaban.

Ahora sabes que debiste de haberle advertido: mira, mi anécdota viene junto conmigo. He esperado este momento toda mi vida. Alguien que no me quite los ojos de encima y que yo, con una anécdota, logre mantenerle los ojos a flote por encima de mi escote. (¿Eso miras? ¿Todas las historias que tengo para contarte?) Enredaste el hilo de la conversación en su cuello. Sus pupilas, negrísimas, concéntricas se detuvieron.¿Quién deja ir unos ojos de asombro? Proseguiste, apretaste el nudo. Apretar y apretar hasta que los ojos se boten y puedas guardarlos en un frasquito, para ponerlos en una botella y contarle a tus nietos, que un día alguien te vio así, que tu voz logró detener el tiempo y hasta el asombro se tomó un café contigo. Seguiré hablando y, si hace falta, tomaré anécdotas prestadas. De la tía, de la abuelita o del papá y otras de la secundaria, que siempre es fuente de vergüenza útil. Tenemos que vernos más veces. Y por eso apretaste la cuerda. Para que se quedara.

Años después, en esa misma mesa, le tomarías una llamada por teléfono, la última que tendrían. Habían quedado de hablar por ese medio, porque te huía. Él se deslenguaría con puntos y seguidos y serías tú quién estaría pendiente de quién entra y quién sale, rogando con el pensamiento mágico que fuera él.  Su «déjame en paz» de auricular se oiría claro y el café sabría a agua de la llave. No eran tus historias, se te quedó viendo porque tu suéter estaba lleno de bolitas por el uso, que desde que te dijo que le contaras más no has dejado hablar. Y tú pensarías en su madre, que le heredó las pestañas largas; qué bien le enseñó a gritar. El de los ojos de asombro, repositorio de tu mejor versión extendida, te llamaría escoria porque descubrió que la cuerda en su cuello era de tu propiedad. Querías asfixiarlo, entonces, ahora, con una amistad. Reventaría la soga y la esperanza, con todas sus mayúsculas.

El local estaba atiborrado. La gente se formaba, dispuesta a pagar un café cuatro veces más caro con tal de ser tuteado por los baristas y tener oportunidad de sentarse en un sillón de terciopelo morado aún con residuos del calor de alguien más, y sentir algún tipo de cercanía. Como tú.  Era el único expendio de café a la redonda. Qué chistoso, no te habías fijado que la casa de Cristina estaba a un par de cuadras de ahí.


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Una casa, 1.

No le digas a nadie que te conté esta historia ni que aprendí a colocarme de vuelta la mordaza.

Apenas podía pasar por el pasillo, había cascos y cascos de refrescos apilados contra la pared. Yo no sé por qué la seguí, por qué iba adelante si siempre que me quedaba con ella se encerraba a ver la television. Grabiel y Grabiela, se llamaba la comedia. Nunca les llamó telenovelas. Nunca abrió la puerta. Ni cuenta se dio cuando agarré mis trastecitos de cocinar y los puse al fuego con bastante aceite para freír unas quesadillas de plastilina verde y hojas secas de geranio que me había encontrado en el jardín. La llamarada llegó hasta el extractor de aire de la cocina. Peor aún, me inhibió la iniciativa de salirme del guión de mis propios juegos, donde siempre era el ama de casa; ese día estaba jugando a que tenía un puesto de fritangas afuera del estadio donde mi hermano jugaba contra la pared.

Si estaba la telenovela ya podía tocar el vigilante en bicicleta que el timbre sonaría hasta que el policía desistiera de solicitar los 20 pesos voluntarios de cajón de las cucharas, ya podía el carpintero reptar por las recámaras tanteando entre los bienes más valiosos de la casa —mi curiosidad incluída— que no habría manera de hacerla salir de su trance ni de su encierro.  A menos que fuera al baño. Y ni iba al suyo en el cuarto de servicio. Me preguntaba, con una cortesía forzada, si podía hacer los orines en el mío. Como si yo hubiera podido decirle que no. Oía cómo le salía un hilo de orina de pocas frases, y la veía correr, igual que corría tras el camión de la basura, con el botito que se le rezagaba entre tantos botes, en una época donde no había composta ni reciclaje ni control remoto. Se encerraba, de nuevo, porque Cuando los Hijos Se Van estaba por comenzar.

Dijo que quería presumirme con su amá. Yo no sé por qué la seguí, confiando, a través de ese pasillo de la vecindad. Por la cantidad inmensa de horas que pasábamos juntas en mi casa, supongo. Era lo justo: que yo fuera a la suya, que le mostrara a su mama quién era yo, la hija de la señora, que por mi culpa salía tarde. La puerta era de fierro sin primer y el vidrio había sido instalado con mastique y dedos; los goznes sin aceite. La casa era un sólo olor a cemento y moho, un cuarto y un foco y un montón de frazadas a modo de cama. Ahí detuve los ojos, en las mantas, una sobre otra; diez, quizás. «Ya llegué, amá. Mire, le traigo a la niña». Yo esperaba el saludo de una abuelita genérica, con tobimedias de mal elástico enrolladas en las pantorrillas y un delantal de flores azul rey con biés rojo. No. En cambio, la amá era una mano vieja que se abrió paso a través de las frazadas y se pescó de mi brazo, y una boca que no tenía dientes, y unos ojos que padecían de cataratas. Grité en silencio, huí despacio porque había perros.

Mi nana no volvería a llevarme a su casa ni hablaríamos de su amá. Tampoco dejaría de encerrarse a ver la televisión por las tardes, abandonándome cotidianamente. Me sorprende que hubiera tenido tiempo para robar, habrá sido cosa de la programación o de Yolanda Vargas Dulché. Es posible que la noche cuando soñé con la mano se hubiera muerto la viejita; me pedía de comer. Odio el sonido que produce la televisión encendida.

Estoy a salvo si te cuento esta historia, o quizás otras. ¿Verdad?


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De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.


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De apariciones

—¿Lo viste?

—¿Parado en la entrada de la cocina?

—Sí.

—Por eso nos fuimos de esa casa.

—Nosotros también.

Quizás así fue la conversación entre ellos. Dos hermanos que, de adultos y con varios años de diferencia, habitaron la misma casa. Hasta que se mudaron, y con distancia, pudieron hablar del niño que se aparecía en la entrada de la cocina. No una sombra del copete de un helecho ni un reflejo en la vitrina del comedor. Era un niño, baste saberlo. De preescolar o de cuarto de primaria, si sonreía o sollozaba, si traía zapatos o suéter o la cara lavada, a qué hora se aparecía, eran nimiedades comparadas con el hecho de que dos personas lo vieron, por años. ¿Qué hicieron, mientras tanto, con esa información?

Porque en mi infancia había una anciana en el suelo, sentada en la entrada de la escalera, en la planta baja de mi casa. No lo mencioné a nadie por miedo a llegar describiendo a tientas que había una mujer cubierta con un rebozo en la cabeza —parecida a las viejitas que pedían limosna afuera de la misa—, que miraba fuerte desde la penumbra, y que me dijeran: ah sí, claro. Y, seguido del nombre o la filiación, un déjala, siempre llegaba sin anunciarse, era medio marrullera, no hagas caso. Ese «claro» al que uno tiene que llegar por sí mismo o, efectivamente, se vuelve locura. O fantasma. Yo sólo quería transitar hacia mi cuarto o bajar por un vaso de agua y volver a mi cuarto sin la locura de percibir un ojos en mi espalda.

Pero baste saber que era una viejadefinitiva: me la encontré en sueños pidiendo de comer y la esbocé, como guerrera, en Usted & la Canción Mixteca; tengo el hábito de juntar palabras y hacerlas una, apretando el paso entre los significados para que se les atraviesen apariciones; a modo de homeopatía: soy de rebozos; mi casa no tiene escaleras.

Mi post fue un diálogo especulado entre hermanos a partir de una anécdota familiar, un ejercicio que tenía pendiente. No supe qué hicieron con esa información ni quién era el niño. Lo escribí porque hace poco Mini Dancing Queen quiso hablarme de la última casa que habitamos en México, la misma casa de mi infancia. Había una anciana en la entrada de la escalera, mamá;  miraba fuerte, aunque no se le vieran los ojos.

—Yo también la vi, hija.

Hay tiempo para callarse el susto y sesiones para relatarlo, remansos para dudar de la lucidez y meses para afirmarla. Octubre es un buen momento para hablar de fantasmas. Cada quien los suyos, los que habitan en casa. Los que seremos un día, dentro de muchos planos. Claro.


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Aspiraciones

 

A mi aspiradora se le notaba el uso: el cepillo inferior tosía, el aditamento para las esquinas prefería las glorietas, el cable daba muestras de orzuela, cositas así. Nada que no se resolviera jalando el aparato a gatas, dando ocho oportunidades de que la pelusa fuera succionada, usando cinta de aislar, árnica para las rodillas, loratadina. Hasta que sucumbió.

Compré otra. Leí el manual; la encendí.

—¡Óral..!.—Arrebató mi grito, la pirámide social de tres generaciones de ácaros y cualquier vestigio de polvo de mi casa y aparecieron, compactados, en un receptáculo transparente. La alfombra adquirió una textura pachoncita y salerosa; me recordó al día en que la pisé por primera vez, cuando migré a California el nueve de enero de hace seis años.

Migré, como todos los que migran, buscando estar mejor. Mi anhelo se cumplió, aunque no tuvo que ver el país: dependió de saber que necesito muy poco para estar bien: mi bolsa de agua caliente, mi pluma Bic, mi labial rojo, mi casa limpia, salud y tiempo para escribir. No siempre estuve ni estaré bien, claro. Para cuando sucumban donde puse mis certezas, mi estar mejor dependerá qué elijo entre las opciones que me da la vida. Por lo tanto, tengo todo lo que requiero para ser feliz.

Seis años después aspiro diferente. Me encanta para aniversario.


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De humedades

La vida, tan detallista, me preguntó cómo estaba. Desplazarme en patineta entre hojas de cálculo me mantenía muy ocupada en mi trabajo y respondí con un “Bien”, genérico.

Uy.

La vida, con su cuña filigranada, replanteó su saludo: Miranda, ¿cómo andas? Se me había ocurrido impartir un taller de microrrelato y estaba absorta en construir mundos, así que respondí con otro  “Bien” genérico.

Entonces, la vida, con su Te Estoy Hablando, me reveló -a través de un técnico- que en mi casa había 340,160 esporas de moho por metro cúbico. Cincuenta mil se consideran un peligro para la salud.

Unos señores dividieron mi casa en áreas, delimitaron la cuarentena espacial con unas puertas de plástico transparente, trajeron unos extractores, llegó una cuadrilla de desinfección con trajes protectores. Descasada, con la patineta a cuestas, arrastrando el punto y seguido, y con dos hijas preadolescentes, fui a dar a un hotel que sirve el café a partir de las 9 de la mañana.  Así, ha transcurrido una semana.

A todo el aprendizaje reciente, dado que nunca fui versada en Excel ni me sale bien lo concreto, le añado el no dar por sentada la casa, ni el sorbo de café de madrugada ni el poder de atender un problema a tiempo. Perdóname si ignoré tu saludo, Vida, y te contesté con poco esmero. No fue por desdén o inercia sino por el enorme placer de estar involucrada en proyectos que me apasionan. Yo también te hablo, aquí va mi respuesta, de nueva: estoy bien.

Espero volver a mi espacio, pronto. Lo añoro. Cuando vuelva, no habrá moho, solo mis humedades, arraigadas y tercas. Hogar.