Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Tentación

Hazlo. ¿Quién se va a enterar? Hazlo. Admite tu deseo. Hazlo, deja de fingir, hazlo y ya. Hazlo, caramba. ¿Crees que te sobran los años?

Y, la verdad, qué rico cuando me visita esa tentación. Me gustan las preguntas que plantea, las disyuntivas. Los peligritos en cada encuentro. Cómo todavía, a esta edad, a estas alturas, cargo con la etiqueta de oveja tizón y debo enmendarla, justificar: fue por amor a la libertad.

Hazlo. ¿Quién más te visita? Hazlo, y a donde el alma te lleve. Hazlo, claro que quieres. Hazlo, ¿por qué conservar las apariencias?

¡Ay! Hoy es el día, creo.

Ven.

He decidido convertir mi casa en un taller de creación. Dejar que la máquina de coser ocupe la cabecera del comedor, presidiendo, y con amplio espacio para cortar, confeccionar y armar rompecabezas. Desplegar los frascos con mosaicos, botones, cuentas, listones, piedras en vez de copas, vajillas finas, yadrós, diplomas, méritos. Armar mi cava de pegamento blanco, de madera y de tela para maridar el ensamblado de libros hechos a mano y de collages. Lucir los retazos de tela y papel: reliquias del mira lo que me encontré y del puse atención. Un tocadiscos que alegre los cimientos. La arcilla junto a la máquina de escribir y los diccionarios. Tijeras —en plural y sin reproches—, lupa. Tantos colores de pintura como verbos. Diarios a salvo de ser violentados. Una casa de intentos y todavías, de interrogantes respondidas en sueños, de no saber la técnica: convertirla en viaje.

Parece que me digo que no, loca, por el gusto de discutir con la tentación. Porque esto no fue lo que me enseñaron; todo tiene su lugar y su momento. Crear pertenece a un costurero, a las horas al margen del trabajo que sí importa y vale, a que se note primero, siempre y ante todo que soy una mujer ordenada, muy señora. No vaya a ser que un hombre potencialmente marido llegue a mi casa y se asuste con mi mundo interior expuesto así, y que él no sea el centro. Y yo me quede sola. Más rico es que nadie venga a verme y sólo pasen los monstruos y me cuenten sus relatos endebles.

Sí, hoy es el día.


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Letras para Tiempos de Encierro 12

A veces exijo el verde a ultranza en las plantas de interior y me visto de negro con ánimo fúnebre y me desespero con los adultos que dicen «chí» en vez de «sí». Yo, que cultivo una arroba hecha flores y policromías.

A veces pido que me dejen en paz y que cada quien sea cada cual, bien delimitados, autosuficientes y en terapia. Yo, que creo en los vínculos que fluyen y en la conexión intensa entre las almas.

A veces no olvido ni perdono ni suelto ni cuento la historia completa y repaso, con el dedo de la arrogancia, los adeudos morales que alguien me debe. Yo, que creo en trabajar las pérdidas, en crecer y en decirme la verdad.

A veces renuncio a mi herencia, me quito el último apellido, fantaseo con ser huérfana y me abrazo a mi exilio. Yo, que he puesto mi devoción completa en formar una familia.

A veces demando lo auténtico, lo natural, lo transparente en cada diálogo. Defina sus intenciones, múestrese tal como es. Yo, a quien muy pocas personas han visto sin maquillaje.

A veces quiero salir de este encierro. Ser beso y grafiti en un mundo cauto, dinamitar las rejas del «no te acerques, tengo el corazón roto», ir a la playa, a la plaza, al concierto y a la vida que se quedó en pausa.

A veces, y en algunos abriles, me quedo en casa con mis contradicciones.


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Letras para Tiempos de Encierro 5

Quédate en Casa, dijeron.

¿En cuál de todas?

La infancia es una casa meciéndose en columpio que descalabra.

El beso es una casa en una cueva con estalagmitas.

El parto es una casa de tarotistas flotando entre juncos de luz. 

El poema es una casa rodante que no teme al empedrado con lodo.

El amor es una casa inflada con paredes de papel y cimientos hechos de rosales.

La música es una casa amueblada de silencios y notas-galaxias.

El sexo es una casa con patios interiores y árboles de mango.

La guerra es una casa ocupada por náufragos radicales.

La maternidad es una casa-niña jugando a la casita y a evadir la crítica.

La vejez es una casa repartiendo sus preguntas más antiguas.

El desempleo es una casa que decide mostrar sus colmillos.

La amistad es una casa que brota los domingos por la noche y en los recuentos de qué bueno que existes.

El encierro es una tormenta y una casa con un abrigo a dos vistas.

El éxito es una casa que siempre tiene corrientes de aire, tambaleándose en un pedestal.

El panqué es una casa que suspira con su argamasa de naranja y clavo.

Esta me gusta más: nosotros, nosotras, siendo la casa que ofrece, en la entrada, una estera de limpiar los zapatos y las abstracciones, mientras traza los planos de sí misma sin saber qué va a pasar al día siguiente.

 


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Cuánta hoja

Supe que no teníamos un futuro juntos porque titubeó cuando lo invité a que pisáramos un montón de hojas secas. Eran de maple, parecían abanicos hechos de pergamino. Él era un adulto que cuidaba sus zapatos tal como le enseñaron sus mayores. Yo rechinaba de ver esa esquina hojosa donde el otoño prematuro quería asomarse a la ventana de la tienda de antigüedades. Menos mal que no tuve que explicar por qué lo nuestro no podía ser. Él se me adelantó. Adiós, le dije, y me alejé riendo y llorando un poquito y riendo.

Yo pido el pan de cada día y las hojas de cada jornada. El olmo de mi jardín tiene años queriendo besar mi casa, inclinándose, inclinándose hacia ella. Una compañía de aprovechamiento forestal dijo que no todavía, quizás un día, y ancló al olmo con un bastón de acero. El árbol suspira hojitas que llenan el patio de haikús amarillos, salgo a barrerlas para acercarlas a la raíz del olmo, ten tu humus, ten tus nutrientes. Él me cuenta de su romance imposible mientras canto pasodobles que mutan en canciones de cuna y en confesiones tarareadas que nadie más sabrá. Mi escoba es de mijo, del que se anuncia cuando pasa.

Las hojas de mi cuaderno de escribir se caen cada vez que me tropiezo que es siempre. ¡Ay!, y van todas las notas del dictado que escuché en la regadera y en el auto y mientras me delineaba los ojos. Menos mal que, usualmente, quien me ayuda a recomponerme habla inglés y no entiende mis enunciados. Es como si se asomara al tendedero: me daría pudor. Son hojas que años después revisaré con la nostalgia de creer que contenían algo importante. Qué boba.

Hablo de hojas en pleno julio como si fuera octubre. No siempre me pregunto por el futuro, sólo a veces: cuando veo un corazón cerrado, cuando salgo a mi jardín, cuando avanzo en un manuscrito. Y cuando es verano y descubro —demonios, el cambio climático— que ya no cantan los grillos.

 

 

 


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Pie de foto

Para Jean

Tú y yo buscando círculos.

plato, borde del vaso,

carátula de reloj, girasol.

Círculo, señalo, alargando la i y el momento,

tu mano en la mía, mi asombro en el tuyo.

Tu risa en la geometría, mi hoy al que nada le falta.

¡Más círculos! Vamos, busquemos.

adornito de Murano, óleo y ácaro obeso sobre tela,

esquina del portarretratos, calado de cortina de tergal.

Tú y yo gastándonos las figuras de la sala en unidades de me gusta estar contigo.

Tu asombro en el mío, mi mano en la tuya.

Tus pasos sobre el tapete de nudos, por si tropiezas: mi espalda en grúa.

Oh, no— decimos en coro—  ¡Ya no hay más círculos!

Perdóname, me he puesto seria.

Sólo quedan esos adultos y aquello de lo que no hablan.

Alguna vez mi mano estuvo en la suya como está la tuya en la mía

y no hay lugar en donde yo esté a salvo de esa tristeza.

Lo siento. Y te siento. Me jalas. Quiero huir.

Perdóname, no había venido a esta casa en muchos años.

¡Busquemos!, me insistes. No hay lugar en el mundo, repito.

Excepto uno.

Gateo hacia él, ¡y todavía quepo!, ¡y con todo el cuerpo y canas!

El flequillo del mantel es de colores, de algún bordado de lejos.

Te descubro a mi lado.

Saludas como si no me hubieras visto hace unos minutos,

como si jamás te hubiera decepcionado,

como tu tía potencialmente favorita, y el mundo es nuevo.

Traes un sable láser, te persigue un zombie, te aloca una hormiga.

Tus codos de algarabía, por si lloro o te pegas en la cabeza: cuidado y risa.

Alguien nos detecta y nos hace la foto del ¿qué hacen?

Estamos a salvo entre las patas de las sillas, bajo el comedor de mi abuela, tu bisabuela.

(Algún día la verás en algún álbum o en Instagram).

De todos los círculos que hemos encontrado juntos, éste ha sido el más bello.


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Casa de Resonancia

Hace un año me mudé a esta casa. Cuando cerré la puerta de mi casa anterior, lo hice con cierto pesar y no por el cambio en sí: no sabía cómo iba a dejar atrás la pared con las marquitas de la estatura de la infancia de mis hijas.

Esta casa es mucho más grande, con los retos de limpieza y renta que eso implica. El ajuste en el presupuesto y otros sacrificios cotidianos tienen el propósito de quedarnos en la misma zona porque hace ocho años decidimos establecernos aquí porque un día, uuuuuufaltamuchísimo, las niñas iban a ir a esa preparatoria pública y con tantos premios de excelencia académica.

Ese día ya está siendo.

La casa y yo nos entendemos bien. Había estado vacía por meses porque es viejita, de acabados poco modernos. La he ido conociendo, falible y cansada. No me interrumpe cuando veo por los ventanales. Me ha ido dejando que le cuente de los temas que me inquietan, de mis rutinas. El olmo tira y tira hojas, y yo las barro y las barro. Vamos siendo una, mi casa y yo. Nos cuidamos de las inclemencias, nos vemos por dentro. Confiamos en el propósito de habernos habitado.

Y, desde esa misma conexión, mi casa y yo observamos que quizás ya no haya marcas de estatura en las paredes: ahora están por todas partes. Llegan siete amigas, se quedan a dormir tres, comen ocho, el volumen de la música es la llave, el refri y la alacena no tienen sosiego, lavo playeras como micrófonos de mensajes al mundo, sonrío ante la ropa interior  que dejó, radicalmente, de ser aniñada; exámenes, entregas, proyectos, bailes y el futuro que va haciéndose diáfano y luego, de pronto, inasible y misterioso a veces en la misma conversación o día o fin de semana. Sufrimiento, amenazas de masacre. Maquillaje. Siestas junto a mí. Consecuencias, normas, calificaciones, protestas, marchas. Drama, permisos. Más drama, más permisos. El atisbo de la universidad.

Ayúdame, casa. Nada de esto se parece a lo que viví, casa. No quiero verla llorar, casa. ¿Por qué les dejan tanta tarea, casa? Es una magnífica escuela, casa. Voy a ir a aventarle un zapato al maestro de Educación Física que las puso a correr bajo la lluvia, casa.  No me gusta esa amiga, casa. ¿Y ese muchachito, casa? ¿Crees que quieran ver esta película, casa? Las extraño de cuando eran chiquitas, casa. ¡Mira cómo han crecido, casa! Soy su chofer, casa. Café en una cocina a oscuras antes de que empiece el día, casa. ¡Pero si acabo de llenar la despensa, casa! Cae la noche, se oye el silbato del último tren, aquí tengo los celulares bien observados, casa. Otra vez se van a desvelar con tanta actividad, casa. Qué especial es la energía donde hay estudiantes, casa. Ven, vamos a dormir.

Recuerdo mi época de preparatoria y, como en las clases de dibujo técnico, puedo proyectar en perspectiva, vívidamente, un punto de entonces, a lo lejos, con uno de mí más adelante y con otro más hasta llegar a este día. Con la noción de que cada momento en la preparatoria hace eco en lo profundo, me doy cuenta. Me embelesa igual que haber descubierto la filosofía, a su edad. Me aterra peor que cuando no pude dejar de ver a través de la desesperanza. Me repito que eso, y la pregunta por el amor (¿dónde está? ¿por qué ellos sí y yo no? ¿cuándo? ¿quién?) está ocurriendo en la vida de mis hijas justo ahora y, por más que fuera planeada, no se parece en nada a la fantasía ni al domicilio de cómo sería esta etapa. Esta versión que atestiguo ha sido, más bien, repentina y cotidiana.

Dejé atrás esas marquitas en la pared y avancé hacia lo que se presentó. Hoy es igual, un día a la vez, resonando: ellas, rumbo su potencial (te las encomiendo, Vida) y yo, con toda mi atención en procurar y darle forma al dentro. Siendo, es decir, más casa que nunca.


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Una casa, 10.

Intrínseca en el español mexicano hay una manera de ver toda las cosas en el cosmos, pequeñas o grandes, como si fueran sagradas y estuvieran vivas. 

— Sandra Cisneros.

¡Mira nada más! Búsquete y búsquete, olvidada me tienes, como hilacho viejo. ¿Dónde andas?, ¿a dónde te fuiste?

Aunque agarres camino, yo sé cómo llamarte con tortillas palmeadas y el olor de huevo frito en manteca de cerdo, y café. ¿O unas enchiladitas? Huevo de gallina de patio, no vayas a creer que del supermercado. Es lo bonito: comer y decir, al final, «ya comimos». ¿Más bonito? Cantar los boleros del radio, y oír los partidos del futbol en amplitud modulada, siguiéndolos en la mente desde la tribuna junto a la bocina, gritar con el gol, que el cotorro te remede y luego se ría. Antes la gente cantaba más, en general. Y cuando se bañaba, uy, se tomaba su tiempo; no como ahora que nadie canta en la regadera, a lo mucho se dan dos que tres pasadas ahí donde te conté, y vámonos. El mundo era otro. No que ahora, ni se puede salir. ¡Válgame! Vive uno con el Jesús en la boca por tanto desfiguro, puras visiones que lo dejan a uno afectado y descompuesto. Y, en honor a la verdad, hay que decir las cosas como son: todo es culpa de la perdición, y no se diga los políticos. A esos hay que quemarlos en leña verde y ponerles un chayote de supositorio ¡y vieras cómo se componían de rápido!

Siempre sí queda retirado ese lugar a donde te desapareces cuando piensas las cosas. Se me figura que es lejecitos, que no hay quien te socorra ni se dé una vuelta para ver si amaneciste. Y está bien, así es como crece uno. Te llamo y a veces me dejas hablando sola. Y cuando me contestas es poquito, bendito, pero yo ni me acongojo. Sé que volverás. Por eso todas las mañanas salgo a barrer la banqueta. De tanto soñarla, ya hasta le hiciste un surco y por ahí baja el agua cuando llueve. Sí le dejo las hojas de liquidámbar, para que las pises y crujan con su quiúbole ocre en pedacitos. Quiero que quede bien chula, que la encuentres sin los sobres abiertos de las noches transcurridas.  Ladra el mentado animal del vecino, ¡anda tú, perro laberintoso!, y sigo barriendo.

Has de volver, volver, volver. Y cuando vengas, ¡se va a poner bueno el jolgorio! Traerás la cabeza trastocada de metas por cumplir, como si estrenaras ser una persona nueva. Sale, pues. ¡Puro Velrosita!  Déjame enseñarte que nada aparece de la nada, y cómo funciona la providencia: te señalaré, con estos ojos que un día se comerán los gusanos, cómo traes bien prendido a ti eso que es lo tuyo, lo tuyo, lo que nadie puede darte ni quitarte. Y lo bailado, lo estudiado, y las frases en español que le ponen cara y voz a escenas muy antiguas, como cimientos de ésta: tu casa del alma. Está muy bien que te retraigas y medites. Que, como quien dice, cada cual se ocupe de lo suyo, de su trastienda, de su parcelita de intenciones. Aquí siempre estás a buen resguardo y siempre son horas de llegar. Eres bienvenida, como si regresaras por primera vez.

No le eché llave al zaguán.


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Una casa, 9.

Entre todas las añoranzas, la de querer conocer una casa por dentro es tremenda.

Y es que las casas se aparecen de repente aunque lleven cincuenta años en esa calle. Brotan a la vista como si el contorno de su techo y sus muros estuviera delineado por un marcador grueso. Miraesacasa, una sola palabra, unidad de atención.

Las de historias que uno inventa a partir de ese brote: quiénes la viven, qué fantasmas acechan, las instantáneas de las fiestas, el primer día de habitarla, el último. La de detalles especulados: ¿habrá jabones verdes con grietas?, ¿hay helechos como en todas las películas antiguas?, ¿alguien le hacía al macramé?, ¿han hecho el Test de Rorschach en las manchas de aceite de la cochera?, ¿alguna vez tuvo filtro en la tarja o una mesita para el botellón?, ¿la escalera se percudió por el roce?, el tendedero ¿era de mecate o de alambre?, ¿en qué habitaciones quedan residuos ilustres de semen? (¿y de sangre?), ¿tiene eco?, ¿tiene pileta de granito?

Y las puertas y rejas cerradas, porque la casa está siendo casa y resguardando a su gente de las inclemencias del clima y de los otros. Y los relatos que uno se inventa crecen con el paso de los pasos y los semáforos. Qué ganas ir a sonar el timbre: oiga, ¿puedo entrar a conocer su casa? Diga que sí, ándele. Es que vengo por aquí todos los días desde hace años y me muero de la curiosidad de ver cómo es, no sabe usted, no se imagina lo que yo imagino, ya es como una película que tengo en la cabeza, es parte de mi vida, esta añoranza sólo se me quitará entrando. La respuesta será siempre: no. Son tiempos tristes y violentos, éstos.

Miraesacasa. Y la resignación a admirarla de lejos, con carrusel de imágenes hipotéticas como el único recorrido por las habitaciones. Como la mujer o el hombre que no puedes dejar de ver, pero ni sabe que existes.

Está en la glorieta. Y tiene una jacaranda.

Suspiro.


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Una casa, 8.

Sí, muy bien. Abrió la cortina de la accesoria junto a la cochera de la casa, y un negocio de fotografía. La casa estaba ubicada entre Av. Bolívar y el Eje Vial y dos escuelas públicas y de camino a unas oficinas del Seguro Social. Jamás le faltaron los clientes de diario, de la fotografía tamaño infantil para el niño o la niña, de la ovalada para el profesionista.

Tenía bastantitos clientes de ocasiones especiales y siempre atribuyó su éxito, un tanto a la ubicación, sí, pero sobre todo a la buena suerte de tener entre sus recursos una mampara con los Campos Elíseos, al fondo, y al jarrón de piedra de unicel con helechos de plástico, al frente, para darle volumen a la escena y para cubrir el enchufe en la pared. También era famoso porque los bebés no le lloraban y podía captarles unas expresiones curiosísimas. El secreto era no lavar los juguetes. Las expresiones curiosas eran, claro, el intento de los niños por descifrar ese sabor de sal vieja de millones y millones de bacterias.

Su atención a clientes era memorable, en particular con las quinceañeras. Un amigo suyo le había vendido unas escaleras portátiles que antes formaban parte de una escenografía y que combinaban con la mampara de los Campos Elíseos. La quinceañera se sentía soñada de posar junto al barandal pero la mama lloraba, ay hijita cómo has crecido, y el padre (a veces era un tío o padrino) estaría sofocado por el mal humor de la cursilería. Como la escalera tenía, en su base, un compartimento para transportar utilería, el fotógrafo aprovechaba, en lo que hacía la instalación, y sacaba unos pañuelos desechables y un ventiladorcito. A ver, una sonrisa. Y era legítima.

Todos los clientes —niñas peinadas de cola de caballo, escuincles de casquete corto, la abuelita de laca y crepé, el abuelo rumbo a calvo en negación, la mamá de corte en capas, el joven de no voy al peluquero, el chiquitín de cairel—, todos, hacían escala en un espejo de marco dorado, junto a los peines, el atomizador y el gel. Como fue en un principio, ahora, y hasta aquel día cuando la marchanta pasó por la accesoria donde estaba el negocio de fotografía. Cargaba varias docenas de margaritas y, aunque parecía un jarrón itinerante, sus oídos oyeron, bien claro, el escándalo de una clienta que salía hecha una furia, andaleando a sus hijos, peinados de raya de lado. El fotógrafo, que esa mañana no había tomado café, prefirió dejar que la clienta se fuera. Total, vendrían más clientes, tantos, por la ubicación y la mampara y esos trucos añadidos al obturador y a las lámparas, al exposímetro y al revelado express.

Si pasas por ahí, hasta la casa está vacía y se vende para terreno. Dicen que el fotógrafo se alcoholizaba porque el negocio fue decayendo hasta cerrar, que se peleó y terminó mal con el dueño, que fue por la fotografía digital. No es cierto, me contó la marchanta: fue por el piojo.


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La otra mudanza

No sé cómo (en verdad que, deja tú lo repentino: la carga de adrenalina resorteada que logró que consiguiera una casa en diez días, empacara lo memorable, lo simbólico y lo del diario pero olvidara la caja de tés y las especias, y me mudara en un fin de semana pero antes llegara a poner incienso porque quizás había energías dormidas, y ya entrada en gastos porque segurito había ácaros hibernando y, armada de mi aspiradora y de un polvo desinfectante, lavara las alfombras de tres recámaras de modo que pudiéramos llegar e instalarnos las tres, porque el papá va de visita y somos cuatro muy en familia y a veces se siente como si no nos hubiera atravesado aquel tsunami que nos desmembró, pero en las noches somos tres, siempre en la noche, siempre las tres, y yo vuelvo a tener miedo y los pocos años y la memoria de que alguien se metió mi casa, habrá sido un vagabundo norteado que la vio vacía, mis padres hicieron rodar los juguetes por las escaleras, huyó, pero el vagabundo y yo nos quedamos con la marca de la noche interrumpida, adrenalina suya sobre adrenalina mía a un lado de las cajas de cuidado con mi fragilidad sobre cajas de nada permanece del todo, mientras las hijas son una misma con sus teléfonos, hay arañas pero no encuentro el cable de la impresora y la casa respira, acoge, procesa, es puerta, ventana, umbral y cuadros sin colgar y tapetes que se desacomodan, carga de cambios de temer y tener, pantuflas, excusado con excusas) justo ahora que espero nada de quien me amó, ama o amará —salvo que limpie sus zapatos al entrar y devuelva la llave al salir—, vivo bajo un olmo. Comparto la vida con él. Y mis frases tienen algo de ramas.


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Una casa, 7.

Querida casa:

Nos conocimos hace siete años. Te habían remozado la tristeza para que no quedaran vestigios de la mujer anciana que se despidió de ti, rumbo al asilo.  Yo llegué a ti como inmigrante: huyendo de algo que dolía, anhelando estar mejor. Me quité los zapatos —parte indispensable del contrato de arrendamiento y de los hábitos de esta zona de California— y me presenté contigo, descalza. Acaricié el espacio entre la estufa y el apagador, donde iría la cafetera. Asentí, queriéndote.

Nadie mejor que a ti le consta mi devoción por lo cotidiano, la felicidad que hallo en ser ama de casa. Te regalé toda la fuerza de mi treintena, mi ímpetu por la belleza, el equilibrio, el color y el orden, los rituales, Usted & la Canción Mixteca. Te consta, igual, que cuando estoy aullando por dentro, me pongo a limpiar.  Te regalé mi lamento, mi abandono, mi depresión, mi reclamo, mi llanto, mi súplica hasta que me quedé sin lágrimas, y todo eso que sólo tú atestiguaste.  La gente que me visitaba siempre te halló impecable.

Sé que sabes cuándo falleció la mujer anciana porque ese día florearon todas las camelias, antes mudas por la sequía. Y, coincidencia curiosa, ocurrió a la par que dejé morir la fantasía de tener motivos para volver a residir en México, y decidí cortar el último de mis asideros. Ahora sí, te dije: me quedo, tienes mi presencia total, renuncio a cualquier tipo de huida de la huida, estoy aquí y ahora. Todo eso pasó hace seis semanas. Pues bien, te explico las cajas que están en la sala, el material de embalaje, tanto movimiento: con la muerte de la viejita y de mi disposición de enamorarme, llegó un mensaje de texto con la notificación de la casera. Te van a vender, tuve que buscar otro sitio para vivir. Este es nuestro último fin de semana en ti y el primero de la primavera. Hoy di el depósito de tu sucesora. Está bonita y la calle se llama Norte, queda cerca de la parada del autobús 68, las hijas están contentas.

A veces, estar mejor se resume en el lujo de continuar, en esa sucesión de lugares por habitar, en los regalos que las casas nos hacen y que nosotros les hacemos, giros narrativos incluidos.  Tengo muchísimas ganas poner unas macetas hechas de argamasa y mosaicos rotos, en la entrada, como recordatorio de que la vida sigue aunque tome otra forma. Me gustan para brújula.

Te llevo en el corazón, 902 Villa Avenue.

Locadelamaceta.

Pd 1. Te dejo la marca en la pared con el registro de estaturas de mis hijas, y su infancia.

Pd 2. Me despides del cartero. Nunca logré que sonriera, el infeliz.

 

 


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Una casa, 6.

Un carruaje viene del cielo. Desciende, tirada por tres caballos grises.  Veo que mis papás están dentro del carruaje, los espero abajo. Cuando el carruaje aterriza, está vacío. Se va encogiendo. Mide el tamaño de un oso mediano hibernando, se convierte en una carpa de circo —rojo con blanco—, y luego en un círculo de piedra rodeando una fogata extinguida.

El escalofrío me despierta.

Me callo la pesadilla. No quiero contarle a nadie que me acabo de quedar huérfana en sueños. Segurito me preguntarán si cené pesado. Cierro los ojos y está el carruaje vacío. No quiero dormir otra vez.

Por la tarde voy al catecismo. Estoy fatigada de tanto forzarme a mantener los ojos abiertos. Me siento en una banquita porque llegué temprano. Un grupo de niños, de los más grandes, hace rebotar una pelota de tenis contra una pared, por turnos. El sacerdote se les acerca y se incorpora al juego, usa su mano. Es hábil. Se ríe. El eco de la bulla rompe la rutina de las preparaciones para la primera comunión. Acaba el juego porque son las 5.

Pienso que si el sacerdote puede resolver la falta de raqueta y correr con todo y sotana, y todavía reírse, es autoridad.  Me acerco a él antes de irme a mi salón, en lo que él se limpia el sudor con un pañuelo azul a cuadros. Le cuento que mis papás murieron en mi sueño, que me acabo de quedar huérfana, no sé si me entienda, fue en mi sueño pero siento que sí pasó de deveras. El padre sigue secándose el sudor de la nuca. Un micrófono (con la misma voz de los salmos, loado sea el que habita a la sombra del Altísimo) llama a formación.

—¡Claro que se van a morir, como en tus sueños!  Pero no importa, sólo son tus papás adoptivos. ¡Alégrate! Tú eres hija de Dios.

El sacerdote me da palmaditas en la cabeza. Anda, ve a tu salón—, me insta. Subo las escaleras, corriendo. Entro a la clase, saco mi cuaderno, va a empezar el dictado del Credo. Pido permiso para ir al baño y me encierro toda la clase, sentada sobre la tapa del excusado. No tengo edad para entender la metáfora del sacerdote. Las anginas se me inflaman y me duran inflamadas treinta años más a partir de ese día. Cuando mi mamá pasa por mí, la catequista le dice que no quise trabajar, y yo señalo que me duele la garganta. Ceno pan con leche, ligero. Por meses, duermo a sorbos de cansancio y de llorar porque nadie me había dicho que era adoptada. Estoy a la intemperie de todo lo que no sé, de descubrirme dos veces huérfana; las casas protegen del clima, pero no de la tristeza.

Dicen que yo era una niña ojerosa. Ahora ya sabes por qué.

 

 


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Una casa, 5.

Para Joseph Emil.

No son los cadáveres en el lodo y en la trinchera, ni los pedazos de personas, de humanidad, repartidos en la tierra de nadie, en ese punto entre frentes con árboles falsos a modo de punto de vigilancia. Son los restos donde el alma se pierde, donde los piojos y las ratas, y la lluvia de barro, y las explosiones y el corazón de animal y las órdenes. Es donde el batallón de infantería en acción, las metralletas, el bombardeo que estallaba sobre los compañeros e inutilizaba los oídos —y por eso muchos no alcanzaban a escuchar el silbato para las indicaciones—, el gas mostaza, la máscara puesta mal y tarde, reptar a tientas, no poder ver, tallar el visor con los guantes de cieno, la retirada, la vuelta a la trinchera, el ciclo infame.

Pienso en él: recluta 2, 215, 010. Enrolado en Texas el 19 de septiembre de 1917. Que partió en un barco hacia Francia y combatió en la ofensiva de Meuse-Argonne de junio a noviembre de 1918. Dado de baja del ejército el 20 de junio de 1919, a los 25 años. Pienso en él, y en que regresó, se casó, tuvo hijos y nietos. Yo soy su bisnieta.

Regresó, como los cadáveres en el lodo vuelven a la tierra. Es un decir, claro. De una guerra así no se desanda.  No son tumbas las que deben de cuidar sus restos, no son sus cadáveres. No son los restos del soldado desconocido y los millones de flores sembradas a modo de homenaje. Son los restos del soldado que desconoció la vida como la entendía, que perdió la inocencia y que el campo minado continuó existiendo en su interior. Shell Shock, le llamaban al estado de recordar los horrores de la guerra: hoy se llama estrés post-traumático. (¿Has estado en la tierra de nadie?, ¿pudiste confiar de nuevo en tus sentidos?) Alguien me contó su historia, que la escuchó de él y sólo en una ocasión.

Mi bisabuelo murió mientras dormía, en 1973, unos años antes de que yo naciera, pero eso es lo de menos: desde que supe que había estado en las trincheras me sentí muy unida a él pues tuve una época de recordar la sangre seca de todas mis batallas. En esa afinidad, me alivió saber que descansó en paz. Yo también encontré la paz. Al fin cesó el ruido. Volvimos a casa, veteranos.


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Una casa, 4.

¡Noticias viejas, traspapeladas! En tiempo de lluvias, las alertas por radio, de la Marina, eran habituales; recomendaban a la población mantenerse alerta, barrer la calle para despejar las alcantarillas, guardar la calma y poner los animales a buen resguardo. Ni quien se alarmara en Pueblo con Malecón. Sí, había llovido. Sí, llovería. Eran noticias de rutina, nunca novedosas, creyeron.

Creyeron mal. Un ciclón y un huracán habían chocado en la sierra inmediata. La lluvia, a su paso, iba reventando presas, desgajando cerros y bloqueando carreteras. La alerta de la Marina notificaba que el río se desbordaría, inundado Pueblo Con Malecón, repito, inundando Pueblo con Malecón. Los habitantes encendieron velas, desconectaron el refrigerador y esperaron especulando con la radio encendida. Llovió, cayó la noche, siguieron esperando, continuó lloviendo, la señal se debilitó a causa de los ventarrones, sobrevino la calma chicha: esa paz inconfundible antes de que se desaten los males. «Ay, el agua»”entró a las casas —casi todas de una sola planta—como ola y serpiente, abombachando la ropa y cubriendo tobillos, rodillas, cinturas y gavetas, inflamando las habitaciones hasta hacer flotar las camas. Creyeron poco. Del resto, que tuvieron que creer a fuerzas, hay fotografías: la gente en botes por las calles-canales. Los esquiferos ofreciendo «¿a dónde lo llevo, patrón?». Roperos puerta arriba, familias suplicando socorro sobre los techos de sus casas de rancho, arrastradas por la corriente del río. Vacas y caballos alargando el cuello para no ahogarse. Automóviles varados, los portales sin arcos. Las palmeras castigadas, el puente rebasado. Troncos, tractores, féretros a la deriva. Se acabaron las alertas de la Marina porque hasta los aparatos de radio estaban cubiertos de agua. No saben cuánto duró exactamente esa agua. No la lluvia: el agua que cubrió todo lo que era importante.

La inundación fue cediendo hasta que, un día, Pueblo con Malecón se reveló sobre una costra de lodo. Vino el recuento de los daños, era rapidísimo: todo se perdió. Las prendas, los colchones, los enseres domésticos, cada mueble, cada libro, cada piano, cada coche. En casa de mis abuelos fueron afortunados: quedó una vajilla. Mi abuela le quitó la lama con agua limpia, de renovar. Eso la animó. Puso a secar sus platos extendidos y soperos sobre una mesa pero la mesa tenía las patas podridas y la vajilla se desplomó contra el suelo en un griterío de añicos. A mi abuelo no le fue mejor: cuando levantó la cortina de su ferretería —aquel negocio familiar del que se hizo cargo a los 14 años, recién huérfano—vio la metástasis del óxido; por más préstamos que pidió, no logró recuperar la inversión. Tuvieron que migrar. A ambos, el duelo les duró el resto de la vida.

Ellos, como tantos habitantes de  Pueblo con Malecón afirmaron que el orden de la vida, de los significados y de los rumbos se revolvió con esa inundación, la de 1955, y nada volvió a ser igual. Vaya, nada volvió a ser. Las noticias, desde entonces, fueron insuficientes. No bastaba saber si llovería o no, qué tromba rondaba, qué pasaba en la sierra. Querían saber dónde fue a parar su confianza, verdadera y definitiva, esa que no se diluye ni con el agua más persistente.

Creyeron en la versión de la pérdida y el desamparo y así, anudada la garganta, lo contaron a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Mostraron las fotografías, impresas y relatadas, de su destino en Pueblo con Malecón. Creyeron, recordaron, se lamentaron durante cincuenta años. Y en ese lapso —no lo saben aún, se enterarán aquí mismo, leyendo— su memoria ha tenido un sentido: de repetirla, tan honda, hicieron un surco profundo en el pasado de la inundación por donde drenaron completamente el agua encharcada de su casa y de su ferretería.  En el relato, a través de las generaciones que se tocan el corazón cuando saben de alguien desposeído, doliendo o migrante, los abuelos están secos y a salvo. Habrá que creer. Sí, llovió, sí, lloverá. Ninguna pérdida es en vano.

 

 


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Revuelta

Junto a esta mesa hay una ventana que da a una terraza donde está una maceta con una planta de sol, y un rehilete. Yo creía que giraba por mérito del viento, pero cuando estaba quieto, temblaba; se estremecía, vulnerable, por sus cortes hechos con navaja y su clavo de ombligo (como cuando me da vueltas lo que siento).

Hoy sé que el rehilete es eje de sí mismo, mitad palito de papalote, mitad molino; gira porque integra todos sus lados. El viento solo pasaba por ahí.

Escribo en esta mesa y no en otra, por ese rehilete.