Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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De la presentación del libro y del dentro de las casas

*Nota: le faltan unos minutitos de entrada al video, pero son apenas uno o dos. Gajes de las transmisiones en vivo.

Queridísimos lectores y lectoras:

Les comparto la presentación de “Casadentro y Otras Memorias”. Tuvo lugar hoy en una sala virtual. Cuando empecé a escribirlo no tenía manera de imaginar que la presentación sería de ese modo. Pero después del 2020 tenemos que reimaginar lo posible.

Este es un libro que recuerda una y varias casas a través del sentido del oído. (También habla de otros muchos temas, pero esos me lo reservo para su experiencia de lectura). Es curioso, muy curioso, que vea la luz en una situación de confinamiento. Es decir: desde lo más entrañable de mi hogar hasta la intimidad del suyo.

Conseguir el libro está más o menos así:

  • Libro impreso: 
    • En México: Amazon.  Programado para distribución: Gandhi, El Sótano, Fondo de Cultura Económica, y Porrúa, sujeto a disponibilidad y a indicaciones oficiales por el COVID-19.
    • Internacional: Debido al COVID-19, los envíos internacionales por el momento no están disponibles.  Gracias por tu paciencia.

Los y las abrazo con emoción y gratitud. Mis letras siempre están al servicio de la conexión que creamos en conjunto. Hoy fue un ejemplo clarito de qué podemos lograr en ese encuentro de corazones.

M.

 


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Letras para Tiempos de Encierro 5

Quédate en Casa, dijeron.

¿En cuál de todas?

La infancia es una casa meciéndose en columpio que descalabra.

El beso es una casa en una cueva con estalagmitas.

El parto es una casa de tarotistas flotando entre juncos de luz. 

El poema es una casa rodante que no teme al empedrado con lodo.

El amor es una casa inflada con paredes de papel y cimientos hechos de rosales.

La música es una casa amueblada de silencios y notas-galaxias.

El sexo es una casa con patios interiores y árboles de mango.

La guerra es una casa ocupada por náufragos radicales.

La maternidad es una casa-niña jugando a la casita y a evadir la crítica.

La vejez es una casa repartiendo sus preguntas más antiguas.

El desempleo es una casa que decide mostrar sus colmillos.

La amistad es una casa que brota los domingos por la noche y en los recuentos de qué bueno que existes.

El encierro es una tormenta y una casa con un abrigo a dos vistas.

El éxito es una casa que siempre tiene corrientes de aire, tambaleándose en un pedestal.

El panqué es una casa que suspira con su argamasa de naranja y clavo.

Esta me gusta más: nosotros, nosotras, siendo la casa que ofrece, en la entrada, una estera de limpiar los zapatos y las abstracciones, mientras traza los planos de sí misma sin saber qué va a pasar al día siguiente.

 


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Sobremesa, 3.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la tercera entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

«María tenía los ojos más negros que nadie había visto jamás, mitad estrella, mitad capulín. Heredó la mirada de José, su padre, que había venido de España y que trabajaba de contador en el único cine del pueblo. De su madre Jesusa heredó ver más allá de lo que sucedía, envuelta en humo.

María estudió hasta tercero de primaria. Sabía leer y escribir, sumar, restar y multiplicar, pero no dividir. Tocaba el violín, declamaba, participaba en obras de teatro. Era la niña bonita del pueblo.  José volvería a su país de origen para morirse allá, donde quizás tenía otra esposa y otros hijos, nadie sabe. Un día María y Jesusa se quedaron solas con ellas mismas y con las habladurías.

Jesusa, para ayudarse, vendía enchiladas en un puesto de comida en la banqueta afuera de su casa y, cuando había ferias, y también vendía velas y adornos para tumbas en Día de Muertos. Las dos cosían en una máquina Singer, moviendo el pedal con los pies, a la  luz amarilla de los focos que se encendían y apagaban con una cadenita que colgaba y hacía clic. Los focos eran muy caros.

En ese pueblo, como en muchos otros de Veracruz en la costa del Golfo de México, los extranjeros eran parte del paisaje porque había petróleo: un oro líquido que atraía capitales, campamentos y contratistas. Valentín era extranjero; se había aventurado a América y había desembarcado en Nueva York donde trabajó de obrero hasta que se enteró que la Compañía del Águila quería gente para ir a los campos petroleros, y se apuntó.

Valentín tenía los ojos tan azules que habría que inventarles nacionalidad. Parecían venir más allá de los palacios alemanes, más lejos que la nieve rusa, de algún cuento insólito donde los hombres de tez blanca y cabello rubio interrumpen la vida de los pueblos huastecos y la trastornan. Algunas miradas son simples movimientos de ojos y algunas miradas son imanes, reatas, hojas de libro por escribir, como la de María y Valentín cuando encontraron sus ojos en el kiosco del parque. ¡Ay! No era alemán sino aragonés. No sabía ni leer ni escribir, pero tampoco le hacía falta. Su vida era una gran apuesta. Cuando se casó con María, México se recuperaba de la Revolución Mexicana y de la Guerra Cristera.

La zona de Veracruz es adecuada para el cultivo del café. Nadie sabe cómo, Valentín se hizo de un terrenote de varias hectáreas en lo alto de un cerro. Se llevó a María y  a varios indios para establecer el cafetal; también trabajaban la caña de azúcar y tenían un trapiche. Valentín sería el rey blanco entre los indios. De día era el patrón pero de noche se emborrachaba junto con ellos y apostaba a la baraja. Casi siempre perdía y entonces, cuando ya iba a amanecer, era el patrón de nuevo. Los indios lo miraban con recelo.

Mientras tanto María, como todas las mujeres de su época, se llenaba de hijos. Uno y luego otro y luego otro, y cuando ya iba en cuatro —tres hombres y una niña— le preguntó a Valentín que a dónde iban a ir a la escuela esos hijos. Valentín decía que le ayudarían en el campo, igual que ella. Varias veces María se fue con una recua de mulas y dos indios para que la acompañaran y varias de esas veces, los indios quisieron pasarse de listos con ella; María siempre iba armada para mantenerlos a raya. No tenía un segundo de paz o seguridad. Y aunque era leal a Valentín y los niños corrían por el cafetal, libres, no paraban las borracheras de Valentín ni las discusiones por el dinero. María protegía las monedas, envueltas en bolsas de cuero, bajo la cama, bajo las vigas del suelo, detrás del baúl, porque todo lo que Valentín ganaba, Valentín lo perdía y de nada le servían los ojos azules ni la apariencia de hombre de mundo.

—Vengo— decía siempre ella cuando bajaba al pueblo a tener a los hijos y luego regresaba con el bebé en brazos. Pero aquella vez, cuando Valentín vio que los niños iban con ella y la mula cargada con bultos y bultos y sus ocho meses de embarazo, supo que María lo estaba dejando.

María, para ganarse la vida, empezó a vender leña y carbón de casa en casa. No faltó la comadre insidiosa que soltara su veneno. “Mira en qué terminó la reina de los festivales”. Y los ojos de María se hicieron oscuros, más oscuros, de tristeza y rabia. Pronto tuvo que ir a otros poblados y además de combustible, se llevó unos dulces. Le dijo a su hijo mayor que fuera con ella para ayudarle a cargar. María no conocía bien la zona de las rancherías y  llegó, de sopetón, a un río. Se le ocurrió que había de cruzarlo, que del otro lado habría más casas que le comprarían sus dulces y leñas, que sería un buen día de venta entre tantos de angustia. La corriente fue más fuerte que el optimismo de María y le arrancó de los brazos todo lo que tenía para vender. El agua aventó al hijo hacia un remolino y, entre gritos y brazadas, se hundían y flotaban, entre el aire que no alcanzaba y la desesperación. Quién sabe cómo llegaron a la orilla.

Volvieron disimulando que casi se mueren, que se murieron un poco. No pudieron ocultarlo: María tenía pesadillas y estaba aterrada, como ida. Tuvo que ir el santero a hacerle una cura de espanto. Se sentó con María en la esquina de la cama y le tomó la mano, con cariño, pero firme. “María, ven, María, ven”. La voz del santero se parecía al lamento que Valentín dejaba escapar en las noches, cuando se daba cuenta que lo había perdido todo. Y los dos, uno arriba y otra abajo del cerro se aguantaban la fragilidad porque eran un par de orgullosos. Así se conocieron y así se separaron.

Maria consiguió un trabajo como secretaria, escribiendo a máquina en la presidencia municipal. Luego resultó que iban a abrir un hospital y un doctor que la conocía le preguntó que qué sabía hacer bien. María, con sus ojos negros, ahora cautelosos, no dijo que tocar el violín o declamar; dijo que coser. Así fue como entró de auxiliar en las autopsias, cosiendo las orejas de los macheteados. Se mudó al hospital con tres de sus hijos y a los otros dos los dejó con Jesusa, aunque moriría al poco tiempo. Y entonces el presidente Lázaro Cárdenas expropió el petróleo.

A María le asignaron un poblado para que fuera la enfermera local, pusiera vacunas, revisara niños, atendiera partos. Con ese dinero y el del nuevo sindicato de trabajadores de Pemex, pudo ir mandando a sus hijos a la capital a que estudiaran, primero la secundaria y luego la preparatoria y hasta la universidad; todos sus hijos menos el mayor, que le gustaban las muchachas y la vida del rancho. Valentín se cansó de intentar acercarse a María pidiendo ver a sus hijos, discutiendo. Vendió sus recuerdos y sus sueños y se fue de brasero a Texas, se estableció en California.

María nunca se perdonó a sí misma y fumaba para no mirar hacia dentro.  Hablaba mal de Valentín igual que él hablaba mal de ella, porque buscar culpables era la costumbre en las casas, tanto como tundir a los hijos a cinturonazos o usar una estufa de queroseno. Valentín tampoco se perdonó haber perdido a su familia y quedarse pobre; conoció a otra mujer y tuvo una hijita; se le quitaron las ganas de apostar.

Un día María tosió sangre. El hijo que estaba estudiando medicina le dijo que viajara a la capital para que la revisara uno de sus maestros. Se hospedó en un cuarto que estaba en un conjunto de departamentos, o vecindad, como le dicen, en la calle de Argentina. Le diagnosticaron cáncer en el pulmón. Tenía que subir unas escaleras para llegar al cuarto. Tosía en cada escalón hasta quedarse sin fuerzas.

De último minuto, María y los demás hijos que estudiaban en la Ciudad de México se cambiaron a otro departamento porque se les acabó el dinero de la renta comprando medicinas. La tos no conocía hora. Sólo dejó de toser un rato, bendito rato entre días y noches, cuando fue a verla otro santero.  No me quiero morir, decía, quiero conocer a mis nietos. Y sus hijos lloraban con ella, volvían la tos y la soledad, aunque estaban juntos. Nadie rezaba porque no sabían cómo o de qué pudiera servirles.

María murió el 17 de marzo de 1949, una mañana. Tenía 44 años. Consiguieron un lote en el panteón civil y la enterraron sin loza porque no les alcanzó el dinero, hasta que los compañeros de las escuelas hicieron una cooperación y, varios días después, pudieron pagarle al albañil. Valentín estuvo en el entierro y quiso acercarse a abrazar a sus hijos. La hija mayor dijo que no. “Si no vio por ella en vida, menos va a ver por ella muerta”.

El hijo que se quedó en el rancho cobró el dinero de la pensión y se lo gastó poniendo un negocio de venta de coches. Los hermanos en la capital se quedaron sin un peso. Algunos fueron limpiar fincas y cosechar vegetales en todas las vacaciones que pudieron. Las hijas sacaron un carnet en el comedor de indigentes y estuvieron viviendo con familiares y conocidos hasta que terminaron de estudiar. Los cinco hermanos superaron esa época terrible, que habrá durado uno o dos años, aunque ellos cuentan que fue una eternidad.  Valentín también murió de cáncer en el pulmón, unos veinte años después».

Valentín y María son mis bisabuelos.

Mi tía abuela me llevó a conocer la vecindad en la calle de Argentina y vi las escaleras. Habrán sido unos sesenta o setenta escalones de metal, en cada piso había un barandal de herrería y macetas de colores hechas de pedacería de vajillas y mosaicos. Caminamos otro poco, adentrándonos hacia Tepito. El comedor de indigentes es ahora un templete para contener a los vendedores ambulantes, todavía tiene las instalaciones de gas de la cocina. Nos seguimos hasta la calle de Herreros y entramos al número 19, caminamos por el pasillo lúgubre, dimos la vuelta en la pileta y subimos hasta llegar al departamento donde murió María. Una señora nos preguntó qué hacíamos ahí y cuando le explicamos nos dejó pasar. Los pisos eran amarillos con grecas y sufrimiento. Volvimos a la casa en la línea 1, del Zócalo a Nativitas. Calladas, casi herméticas. Chípiles, zozobradas.

Es la primera vez que me atrevo a poner esta historia por escrito.

 


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Sobremesa, 1.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la primera entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

“Porfirio tenía doble labio leporino, paladar hendido, quince años y por toda pertenencia, una bolsa de plástico que cuidaba con celo. Lo conocí en Tamaulipas, en 1975. Yo participaba como voluntaria en un proyecto donde médicos y enfermeras de Estados Unidos y México atendían, sin costo, a niños con malformaciones como esas.  

Porfirio no pronunciaba bien las palabras. Nunca supe de dónde venía o si tenía familia, aunque él me lo explicaba muy claramente, una y otra vez.  Lo que sí recuerdo eran sus ojos vivarachos, con los que expresaba más de lo que podía decir con su boca deforme, rasgada por la mitad. Aunque su rostro no era agradable a la vista y apenas nos entendíamos, nos tomamos cariño.

Él mostraba una ansiedad notoria por entrar a cirugía. Era tal su deseo de operarse que ejecutaba las instrucciones, obedecía las órdenes de los doctores y de buena voluntad cooperaba en las revisiones, quieto.  Al fin, llegó su turno. Yo estuve pendiente de su entrada y salida del quirófano. En esa operación, sólo le repararon el lado derecho del labio. Con eso fue suficiente para que el semblante le cambiara y Porfirio se viera distinto. No supe cuándo o en qué condiciones volvió a su casa. Acabó esa fase del voluntariado, la siguiente sería en seis meses.  Regresamos a la vida cotidiana.

Medio año después, me ofrecí de nuevo como voluntaria. Me topé con Porfirio cuando una secretaria del hospital revisaba su expediente. Lo reconocí: un poco mejor vestido y con su inseparable bolsa de plástico. La operación del labio derecho no se le notaba, de lo bien hecha que estaba. Porfirio discutía con la secretaria en su español absurdo. Ella le explicaba que todas las operaciones estaban programadas y no había cupo para uno más. El  muchacho no se quería ir, insistía en que le repararan el lado izquierdo, que le faltaba. Me acerqué para intervenir y él vio en mí a su salvadora.

—Porfirio— le dije-—ahora no te pueden operar, será hasta la última etapa, los pacientes ya está internados. ¿Por qué llegaste tan tarde? Mejor ven el 10 de enero a registrarte para que te operen en julio del año que entra y tengas preferencia.

Porfirio no se daba por vencido y me indicaba con sus dedos lo fácil que era la cirugía: sólo tendrían que juntar la parte abierta del labio izquierdo, y coserla. Me lo repetía subrayando los gestos y de tanto repetir y con tanta vehemencia, empezó a llorar. No dejó de mostrarme cómo le tenían que cerrar la boca, no en julio, ahora, ya. Me enterneció verlo tan decidido y aferrado a que yo le ayudara, como si fuera su única esperanza.

—Déjame ver qué puede hacerse— le dije. Un joven así, con tantas ganas de curarse, solo y sin familia, merecía una excepción en los trámites. Fui con el director del proyecto y estuvo de acuerdo en añadirlo a la lista.

Porfirio fue intervenido al último en el día de la segunda operación. Cuando salió del quirófano, traía unos parches en la boca para proteger las suturas.  Yo lo cuidaba en su cama y él me preguntaba cuándo le quitarían las gasas. A la mañana siguiente, el doctor le retiró la curación y la tela adhesiva. Yo estaba presente y Porfirio cooperaba sentado en la cama sin quejarse. Una vez que los médicos se fueron, me pidió su bolsa de plástico y sacó de ella un espejo. Lo recorrió lentamente por su cara para ver cómo había quedado. No daba crédito de su transformación. Todavía inflamado y con los rastros de la operación, agitaba la mano derecha en señal de victoria.

Porfirio, el guapo. ¿Se acordará de mí como yo me acuerdo de él?”


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Elecciones

Seré breve:

Hay elecciones que ocurren, por ejemplo, cada 6 años, y hay elecciones que suceden todos los días.

Las variables que rodean el resultado de las votaciones en un país están hechas nudo dentro de otros nudos dentro de condicionantes que se mueven en una maquinaria de causa y efecto mezclada con más sistemas e inicios y consecuencias, ciclos, engranes, mucho tiempo que fermenta y expone.

Las elecciones de todos los días son las que determinan, verdaderamente, el curso de nuestra historia.  Se puede asumir lo peor, resistir la verdad, darse por derrotado, enfocarse en los problemas, hundirse en la duda, comparar, aburrirse, tomarlo todo personal, esperar a que cambie la suerte, o vivir en el presente, ver las posibilidades por encima de las limitaciones, aceptar retrocesos y obstáculos, hacerse responsable de los actos propios, perseverar, hallar el interés y la amenidad en los retos, trabajar con empeño.

Ningún post en Facebook —ni en Twitter, que me cae tan bien— puede darnos perspectiva o profundidad para comprender procesos sociales, políticos o económicos. Lo que sí hace es revelar qué hacemos frente a la amargura. (¿La dejamos pasar?, ¿la nutrimos?, ¿la combatimos?) y desde dónde (¿El menosprecio?, ¿la aspereza?, ¿la burla?,¿la intolerancia?, ¿los discursos heredados?, ¿la empatía, ¿la esperanza?). Si la amargura es el superlativo del odio, habría que repensar quién es el enemigo.

Y conversar más con los relojeros.

 


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Epicentro

En tu ceño, miniatura de la grieta que apareció en tu casa. En  la intemperie forzada de ser adulto en temporada de lluvias y noticias. En el momento que cargaste a tus hijos y buscaste un lugar a salvo entre la oscuridad del trauma. En tu insomnio esperando la réplica, en tu conocimiento de saber que 185. En la pregunta obligada de cómo te agarró el temblor, en el compartir tu susto y tu alivio entre las imágenes y sonidos que te siguen retumbando. En el desgajamiento de tu rutina hoy, en tu sandunga como lamento, en el azote de tus costas, en los derrumbes de tu México —no importa con qué fue construido—. En tu sospecha de que hay algo macabro sucediendo, sin que puedas abarcarlo. En tu amanecer de ojos cansados de que éste sea el futuro.  En el epicentro de tu silencio que no deja de cimbrarse.

En donde estés:  te llevo palabras como café con piloncillo y canela, y un pan de abrazo.

 


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Nuestro aniversario 10+1

Adorados lectores:

El día de mañana, trece de julio, este blog cumplirá once años. Es nuestro aniversario: de ustedes y yo juntos, coincidiendo. ¿Hay algún post, alguna entrada que hayan subrayado y esté cerquita de su corazón? Díganme cuál y yo lo añado a la celebración (y si quieren ponerle imagen o caligrafía, la idea es —por supuesto— bienvenida). Anden, anímense.

¡Ah! También regalaré tres libros. ¿Saben de alguien a quien le gustaría mucho recibir uno? ¿Me cuentan un poco más de esa persona?

¿Listos(as) para participar pero no saben a dónde enviar la comunicación? Facilísimo: mlocadelamaceta@gmail.com

Los abrazo,

M


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#yamecansé

Cansan las ganas de resignarse,

cansan las iniciales de no supe, no quise ver, no eras quien yo pensaba.

cansa que nunca y permanecer son lo mismo.

cansan las versiones oficiales de aquellos que dictan la historia con su secreto a voces,

cansan los cuerpos corruptos.

cansan las gargantas granadas aljibes y sus tres lazos de lealtad, que ahorcan cualquier movimiento.

cansan los ritmos de los relojes reactivos,

cansa creer -y solo creer- que no hay opciones.

Cansa, pero no adormece. Al contrario: despierta.

Protesto, protestamos. Brotan hermanos y hermanas.

Hacemos una guerrilla que resiste.

En las manos llevamos, por rifle, una luz. La nuestra.

Y si nos disparan por decir la verdad,

o nos entierran en la fosa común del olvido,

nuestros restos revolverán los registros de violencia e impunidad

que solo conocen los que han desaparecido.

De hacer falta, iremos quitando vendas en los ojos

y besando cuencas vacías.

Y si nos callan, nos organizaremos en silencio.

Nuestras voces provienen de un centro digno.

Y si nos golpean de nuevo, habrá una red para denunciarlo;

la autoridad somos nosotros mismos.

La guerrilla continuará desde las encrucijadas y los zócalos.

De cada vela saldrá un fuego y, alrededor de él, se contará la nueva historia.

Las apariencias caerán, una por una.

Todas las calles conducirán a Todo Cambia.