Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Sobremesa, 1.

Hay relatos que son de Sobremesa. Ahí nacieron, fueron presentados en sociedad, encontraron casa e, incluso, pagaron impuestos o se enamoraron. Algunos cuentan con una vida larga y prolífica que da origen a otros relatitos, chismes, enredos y leyendas; otros mueren de olvido o por desgaste. 

Esta es la primera entrega de una serie de relatos que alguien contó al final de una comida, cuando los platos habían sido llevados a la cocina, quedaban migajas y huellas de vasos en el mantel  y las horas por delante eran largas pero no incomodaban. Tomé notas en servilletas, en el teléfono y con el asombro porque me propuse que un día las transcribiría. No me pertenecen, son de todos. Ese día es hoy.

“Porfirio tenía doble labio leporino, paladar hendido, quince años y por toda pertenencia, una bolsa de plástico que cuidaba con celo. Lo conocí en Tamaulipas, en 1975. Yo participaba como voluntaria en un proyecto donde médicos y enfermeras de Estados Unidos y México atendían, sin costo, a niños con malformaciones como esas.  

Porfirio no pronunciaba bien las palabras. Nunca supe de dónde venía o si tenía familia, aunque él me lo explicaba muy claramente, una y otra vez.  Lo que sí recuerdo eran sus ojos vivarachos, con los que expresaba más de lo que podía decir con su boca deforme, rasgada por la mitad. Aunque su rostro no era agradable a la vista y apenas nos entendíamos, nos tomamos cariño.

Él mostraba una ansiedad notoria por entrar a cirugía. Era tal su deseo de operarse que ejecutaba las instrucciones, obedecía las órdenes de los doctores y de buena voluntad cooperaba en las revisiones, quieto.  Al fin, llegó su turno. Yo estuve pendiente de su entrada y salida del quirófano. En esa operación, sólo le repararon el lado derecho del labio. Con eso fue suficiente para que el semblante le cambiara y Porfirio se viera distinto. No supe cuándo o en qué condiciones volvió a su casa. Acabó esa fase del voluntariado, la siguiente sería en seis meses.  Regresamos a la vida cotidiana.

Medio año después, me ofrecí de nuevo como voluntaria. Me topé con Porfirio cuando una secretaria del hospital revisaba su expediente. Lo reconocí: un poco mejor vestido y con su inseparable bolsa de plástico. La operación del labio derecho no se le notaba, de lo bien hecha que estaba. Porfirio discutía con la secretaria en su español absurdo. Ella le explicaba que todas las operaciones estaban programadas y no había cupo para uno más. El  muchacho no se quería ir, insistía en que le repararan el lado izquierdo, que le faltaba. Me acerqué para intervenir y él vio en mí a su salvadora.

—Porfirio— le dije-—ahora no te pueden operar, será hasta la última etapa, los pacientes ya está internados. ¿Por qué llegaste tan tarde? Mejor ven el 10 de enero a registrarte para que te operen en julio del año que entra y tengas preferencia.

Porfirio no se daba por vencido y me indicaba con sus dedos lo fácil que era la cirugía: sólo tendrían que juntar la parte abierta del labio izquierdo, y coserla. Me lo repetía subrayando los gestos y de tanto repetir y con tanta vehemencia, empezó a llorar. No dejó de mostrarme cómo le tenían que cerrar la boca, no en julio, ahora, ya. Me enterneció verlo tan decidido y aferrado a que yo le ayudara, como si fuera su única esperanza.

—Déjame ver qué puede hacerse— le dije. Un joven así, con tantas ganas de curarse, solo y sin familia, merecía una excepción en los trámites. Fui con el director del proyecto y estuvo de acuerdo en añadirlo a la lista.

Porfirio fue intervenido al último en el día de la segunda operación. Cuando salió del quirófano, traía unos parches en la boca para proteger las suturas.  Yo lo cuidaba en su cama y él me preguntaba cuándo le quitarían las gasas. A la mañana siguiente, el doctor le retiró la curación y la tela adhesiva. Yo estaba presente y Porfirio cooperaba sentado en la cama sin quejarse. Una vez que los médicos se fueron, me pidió su bolsa de plástico y sacó de ella un espejo. Lo recorrió lentamente por su cara para ver cómo había quedado. No daba crédito de su transformación. Todavía inflamado y con los rastros de la operación, agitaba la mano derecha en señal de victoria.

Porfirio, el guapo. ¿Se acordará de mí como yo me acuerdo de él?”


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El albergue

Pensé que sabía algo acerca de ser fuerte hasta que conocí esa risa. Estaba con una mamá y su hijo de 7 años*, ayudándoles a llenar la forma de solicitud de servicios para familias sin hogar. Mi pluma azul neceaba con tinta afónica y gruñí en lo que buscaba otro bolígrafo, si eché como cinco antes de salir de la oficina, me acuerdo, y seguía revolviendo sub-bolsas de la organización fallida. Volví a gruñir forzando la pluma contra un papel suelto. El niño rió y rieron sus dientes de enfrente. No se preocupe de nada, seño, me dijo la mamá riendo con los ojos de renglón y su español de sílabas calmadas.

Reí un poquito y pedí una pluma prestada en la oficina. Me urgía seguir llenando la forma. Esta familia había vivido con otras tres familias hacinadas en un departamento y en los baños de la estación de camiones y en un coche desvalijado. Era el primer día de clases. La secretaria trajo un desayuno escolar. El niño abrió la bolsa de las manzanas rebanadas y me retó a una competencia de quién comía más rápido. Volteé a ver a la mamá, nos pasó una servilleta. En lo que alargué la mano para tomar un trozo de manzana, el niño ganó el concurso. Con la panza llena, seguía riendo. Y su mamá, que mantenía los brazos cruzados alrededor de ella misma porque no tenía chal ni suéter, reía, sonreía, reía, acariciaba la cabeza de su hijo, y cualquier congoja reía con ellos. La forma les permitirá dormir en un albergue y que  el niño podrá asistir a la escuela todos los días. Recién me incorporé a estas funciones, además de mi trabajo usual.

Insisto: yo pensé que sabía algo de ser fuerte. O de pérdidas o de la fe o de historias de inmigrantes. Luego conocí esta risa que proviene de un lugar que toca y no suelta y ha sido como una aparición. Tengo que prepararme mucho para poder seguir los protocolos estatales de atención y de seguimiento de casos. Yo no estudié esto, la vida me trajo hasta aquí. En blanco, sí sé algo, lo único: el servicio activa una luz que conecta. Y con esa luz se amasa el alimento, se conjura la noche, se protege de la intemperie, se alivian las lágrimas, se arropa el cansancio. No es unilateral, es una transformación mutua. Ahí quiero quedarme a vivir para siempre.

*Algunos detalles de este caso son genéricos, por cuestiones de confidencialidad.


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Miranda y la clase de ballet

No daré mayor contexto porque me tomaría escribir un libro; baste saber que el hábito de calzarme esas zapatillas me acompañó por años, muchos años. Como veinte. Y esta clase era en domingo a las 10:30 de la mañana y había que tener experiencia a nivel intermedio, por lo menos, y uno siempre anhela volver a los lugares que amó. Yo cumplía con los tres requisitos. ¡Qué mejor!

Había algunas personas haciendo estiramientos en el umbral del salón. Todas no profesionales y mayores de cuarenta años. Ah, bueno; me daba inquietud parecer tullida por contraste, ya muy mayor por no moverme con la misma agilidad que antes. Luego todas esas personas comenzaron a mostrar su flexibilidad formando ángulos de cadera y piernas que me hicieron contar mentalmente cuántos frascos de árnica había en mi botiquín de casa. Yo me entretuve rotando el hueso ilíaco con mucho respeto hacia mis alcances. Y, por supuesto, parecí tullida por contraste.

Empezó la clase. El maestro era un hombre que tuvo algún momento de gloria en la danza y cobijaba la fama dentro de su barriga cultivada a base de cerveza y sándwiches de pan blanco. (¿Que cómo sé eso? Trabajé con policías. Y esa historia da para otro libro).  Me instalé en una barra y zas, fui el lunar en el espejo.

—¿Eres nueva?

—Sí.

Una hora después llegué a las siguientes conclusiones:

  1. La memoria corporal sorprende. Me encantó recordar, como si fuera resolviendo un crucigrama sin diccionario, deletreando palabras y verbos de movimiento en horizontal y en vertical.  Una parte de mi identidad se había conservado intacta. Y mi cuerpo, tan ajado por la maternidad y los intentos de ser feliz, era uno consigo mismo.
  2. La memoria emocional es precisa. El ballet, para quienes crecimos rodeadas de esa disciplina, era estética y gracia tanto como insultos a nuestro peso y a nuestro desempeño. Y ser «la nueva» quería —y quiere decir— :«la que conoce los pasos pero desconoce las reglas no escritas de este grupo social así que vamos a divertirnos un rato a su costa».  Muy cuarentonas las compañeras pero como si estuvieran en quinto de primaria con sus risas de reojo y sus grupitos al hacer la coreografía en diagonal.  Awww, cabronas. Claro que les saqué la lengua. En mi pensamiento.
  3. Tuve el shock cultural de notar que aquí dan diez indicaciones seguidas y nadie chista. Es normal. Vaya, hasta sale en la tele*.   Era una receta para perderse entre nombres afrancesados y cuentas en 8. Claro, no faltó quien sí entendió a la primera y puso la muestra y activó la competencia. Y el espíritu anglosajón se puso de buenas.  Me fui a sentar a la banca a sobar mi desdén por los imperativos.
  4. La música en la clase de ballet es parte del goce. Los arreglos de las piezas tienen el encanto de la música clásica y la cuenta de lo predecible. El ritmo cae justo en su casilla, no hay espacio para la ambigüedad ni para la variedad. Consuela.

No me la estaba pasando bien —he perdido coordinación ojo-brazo-cánones de la postura-parejito es más bonito— y la verdad sea dicha: estaba haciéndolo bastante mal, en parte por la falta de práctica, la novedad y porque, oh Ego, quizás ese nivel estaba muy avanzado para mí a estas alturas. El maestro no me decía nada pero tampoco hacía falta. A veces hay que volver a principiantes aunque se tengan veinte años de experiencia en el área. Y está bien.

Cuando asumí que mi regreso triunfal fue tibio tirando a abollado, solté. (Casi, porque perdía el equilibrio y tenía que volver a tomarme de la barra). Faltaba un ejercicio y yo ya estaba harta y moría por un café. Cuando el maestro puso la música, me agarró desprevenida. Seguramente en dos décadas han cambiado los arreglos, pero nunca me había tocado algo similar en mis clases del pasado. Me reconcilié con el momento por medio de una certeza: las anglosajonas podrán hacer sus ejercicios limpios y pulidos pero jamás sentirán una fuerza abriéndose paso hasta sus hombros, instándolas a desafiar las reglas de la Acádemie Royale de Danse (fundada en 1661), al oír un mambo** y sus colores en plena clase de ballet.

Terminé la sesión de muy buen humor y dormí una gran siesta a pesar del espresso. Horas después tuve que recurrir al árnica de mi botiquín y a practicar mi imitación involuntaria de un robot. Me queda por decidir si dejaré que la memoria del ballet sea libro potencial o si abrazaré mi condición de aprendiz o escucharé  la moraleja y me hallaré más a gusto en una clase de zumba. O todas las anteriores.

—Continuará. Igual que continúan los lugares que uno ama—.

Yeah.

* Minuto 2:53 al 3:06, tal cual. Equivalente.

** ¡Encontré la pieza! Dice que es el 5 pero obvio que no. A ver si logras oírla y quedarte quieto(a). 


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Doce

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Yo abrí un blog.

1999-2007 Mónico Neck 49 (26)

Mira: este es el escritorio original.

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De darte las gracias por leer. Hay millones de blogs en el ciberespacio y, por alguna razón, tú y yo coincidimos en éste. Somos un instante, apenas.

Gracias por tus comentarios públicos o en privado que nos han acercado y revelando quién escribe, quién lee, nos vamos sintiendo menos solos.  Quizás algún texto se nos convirtió en punto de partida para una amistad; me contaste tu historia, te compartí la mía y ahora somos cómplices de significados. A lo mejor viajaste o interrumpiste tu día laboral para tomarnos un café, un día. (¡Lo aprecio tanto!) O puede ser que nos conociéramos de otro ámbito y zas, acá nos procuramos una conexión distinta, y qué rico despojarnos de los estereotipos. Yo siento que te quiero y te voy queriendo cada año más, tal cual. ¡Ah! gracias, todas las veces, porque cada recomendación tuya del blog, el libro o el podcast apoya la vida hecha a mano y la creación independiente, lejos de estrategias de mercadotecnia o relaciones públicas; la que confía en que el mensaje y su destinatario se irán encontrando porque ese el contenido.

Por estos rumbos hoy es día de celebrar. ¡Pásale a la fiesta junto al olmo! Hay agua de horchata, jamaica, tamarindo, cervezas, tortas cubanas en miniatura y, junto a la gelatina festiva, una banderita de tu país: México, Estados Unidos, España, Argentina, Canadá, Colombia, Brasil, Perú, Uruguay, Australia, Venezuela, Chile, Italia, Guatemala, Ecuador, Inglaterra, Honduras,  Alemania, Países Bajos, Costa Rica, Bolivia, Turquía, República Dominicana, China, Suiza, Japón, Rusia (gratitud extra por pasar a leer durante el Mundial).

Tengo doce trecedejulios insistiéndote en ello y te lo repetiré otros tantos más, así hayas estado desde el principio o desde tiempos recientes: tu lectura le da sentido a estas letras, es un encuentro que hacemos posible juntos. Es lo único que no ha cambiado. Al contrario: se ha fortalecido.

Desde California, recibe un abrazote de letras —efusivo, lloroso de bonito—atravesando cualquier pantalla, dispositivo y frontera. Un abrazo verdadero.

Michelle, Miranda, Maceta.


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Elecciones

Seré breve:

Hay elecciones que ocurren, por ejemplo, cada 6 años, y hay elecciones que suceden todos los días.

Las variables que rodean el resultado de las votaciones en un país están hechas nudo dentro de otros nudos dentro de condicionantes que se mueven en una maquinaria de causa y efecto mezclada con más sistemas e inicios y consecuencias, ciclos, engranes, mucho tiempo que fermenta y expone.

Las elecciones de todos los días son las que determinan, verdaderamente, el curso de nuestra historia.  Se puede asumir lo peor, resistir la verdad, darse por derrotado, enfocarse en los problemas, hundirse en la duda, comparar, aburrirse, tomarlo todo personal, esperar a que cambie la suerte, o vivir en el presente, ver las posibilidades por encima de las limitaciones, aceptar retrocesos y obstáculos, hacerse responsable de los actos propios, perseverar, hallar el interés y la amenidad en los retos, trabajar con empeño.

Ningún post en Facebook —ni en Twitter, que me cae tan bien— puede darnos perspectiva o profundidad para comprender procesos sociales, políticos o económicos. Lo que sí hace es revelar qué hacemos frente a la amargura. (¿La dejamos pasar?, ¿la nutrimos?, ¿la combatimos?) y desde dónde (¿El menosprecio?, ¿la aspereza?, ¿la burla?,¿la intolerancia?, ¿los discursos heredados?, ¿la empatía, ¿la esperanza?). Si la amargura es el superlativo del odio, habría que repensar quién es el enemigo.

Y conversar más con los relojeros.

 


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Tríptico

Bajé el teléfono y tomé aire. Los oí en mí en esos dos segundos de la piedra violenta  cayendo hasta el fondo de ellos mismos, creando un trauma que se expandirá y tocará cada una de las palabras, los sueños, los vínculos y las horas de esos niños y niñas en la frontera; en los padres y madres enloqueciendo de súbito, esperanzados.

Aprendí a distinguir las familias que entraron buscando asilo político entre los migrantes que atiendo:  no olvido sus ojos que dejan pasar la luz a través de un cristal estrellado. Iluminan y cortan a la vez, duelen y conduelen. Pienso en esos ojos cuando y en el sufrimiento añadido por las políticas en los Centros de Detención.

Se respira angustia.  Tocar cualquier otro tema resulta irrelevante

**

(Este es el post de la semana pasada que se quedó pendiente por un imprevisto laboral):

Estoy saliendo con alguien y se me ocurrió explicarle mi relación con los imperativos. Es rápida: los detesto.

La versión detallada me lleva a hacer escala en la esquina de la papelería de mis rumbos, cerrada a finales de agosto por la fiesta de la natividad de Santa María. Un arco de flores adornaba en la entrada de la parroquia hasta el 8 de septiembre y el atrio con las estaciones de la cruz, donde tantas veces hicimos fila en Miércoles de Cenizas y el Día de la Candelaria, olía gorditas de piloncillo y, por un ratito antes de empalagar, uno se sentía cerca del cielo. Afuera habría elotes, una rueda de la fortuna, la pesca, las canicas, los algodones de azúcar rosas y azules, las fritangas. Y tendría que detenerme en el pan de feria envuelto en su bolsa de plástico y su caligrafía con duya «Para mi suegra», «Para mi viejo», «Te amo». Siempre quise uno, comer alrededor de las letras y sopearlo en el chocolate. No se me hizo probarlo.

El inglés se me queda corto al narrar la siguiente parte: uno entraba a una carpa, un puesto cerrado que olía a humedad. Había una mampara pintada a mano por alguna persona con talento incipiente para dibujar una araña de metro medio de diámetro. Sobre la mampara y, gracias a los efectos ópticos de algunos espejos, la cabeza de una jovencita: la mujer convertida en araña. En el mismo tono de los merolicos y de los vendedores que caminaban por el metro llevando a la dama, al caballero, un ejemplar de «Platero y yo» y tres cajas de gis chino, uno u otro por diez pesos, el dependiente que cobraba al entrada le preguntaba la mujer-araña, cómo había llegado a su deplorable condición.

—Por desobedecer a mis padres— contestaba el híbrido. Y añadía que comía moscas por no haber apreciado la comida de su casa.

Y, aunque todos los menores de edad que presenciábamos esa escena, teníamos claro que era ficción —el dibujo en la mampara era casi una caricatura y, decían, alguien había visto a esa misma jovencita comiéndose unos esquites, humana, bípeda, risa y risa—, sí daba nervio porque la obediencia era un valor en aquellos años. Vámonos, acomídete, calla, siéntate, fórmate, deja de llorar, no vayas, haz una numeración del uno al 600, no te enojes, no le digas a nadie, baja la voz, no causes vergüenza; se ejercía, se esperaba, uno obedecía a lo que le decían sus mayores y maestros, el banco, el gobierno, la iglesia, y punto. (Y, si desobedecía, era a escondidas, hábilmente). ¿En qué había desobedecido la mujer-araña?, ¿cuál fue su acción deliberada y visible que tuvo semejante castigo eterno? La feria se ponía año tras año y el nervio diminuía, pero no se iba del todo.

Nunca olvidaré la última vez que vi a la mujer-araña. Tenía canas, arrugas profundas en la cara* y un suero. Estaba agonizando. El mensaje era el mismo: muriendo por desobedecer. Me indigné tanto que desarrollé una aversión total a los mandatos. Los odio. Y mejor, por si las dudas, no prometo obediencia. La carpa olía a humedad y orines. No quiero terminar ahí.

¿Cómo se dice en inglés: no acepto imperativos pero sí invitaciones escritas en pan de feria?

*Ahora sé que, con toda probabilidad, era una suplente que quizás quiso ser actriz y se animó a trabajar en esa atracción. Incluso creo haberla visto antes y era una de viejitas que vendían gorditas de piloncillo.

**

Ayer me uní a un grupo de voluntarios. Fuimos a armar un área de juegos infantiles para una escuela, después de seis horas quedó lista. En las instalaciones aledañas había unos niños y niñas de un curso de verano que corrieron, con toda su emoción, hacia los juegos. El área estaba rodeada con una reja en lo que se secaba el cemento de la base de los tubos. Los chiquitos sacudían los barrotes, frenéticos de gozo, pero frenéticos al fin.

Los adultos lloramos porque las imágenes del noticiero nos cayeron encima. Tocar cualquier otro tema resulta irrelevante. 


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Canto post-concierto

(¿Otra vez esta historia, mamá?)

Sí, déjame que te la cuente una vez más. Cómo, a falta de disco, me consolaba aprendiendo las canciones de oídas en la casa de mis primas. Cómo siempre reprobé matemáticas y creí que me merecía ese y todos los castigos; quizás por eso ni de niña ni de adulta puse demasiada resistencia cuando alguien llegó a profanar lo que me importaba. 

Anoche fui a un concierto.

Anoche fui a un concierto con mis hijas.

Anoche fui a un concierto con mis hijas y una de mis ex-alumnas, de cuando yo daba clases en la universidad, del grupo al que le conté que estaba esperando a mi hija mayor.

Manejé rumbo al concierto de anoche.

Manejé rumbo al concierto de anoche y les conté, a mis hijas y a mi ex-alumna, que nunca tuve un disco de ese grupo.

Manejé rumbo al concierto de anoche y les conté, a mis hijas y a mi ex-alumna, que nunca tuve un disco de ese grupo. Y precisé: sólo uno.  Vi cómo lo hicieron pedazos, fue mi castigo por un siete en matemáticas en primero de primaria.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual de baile y estrofas.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual de baile y estrofas, dejando atrás cualquier forcejeo con las ganas de una infancia intacta y su vida adulta correspondiente, al amparo de una tribu de migrantes cuarentones que se estremecía coreando la banda sonora de su pasado y «México, México».

Estribillo:

Mientras pueda cantar y tenga junto a las personas que amo,

Mientras pueda abrazar y reír, notas de un mismo canto, 

Mientras pueda cantar, desincrustando las falsas creencias, 

Mientras esté, (y ojalá no me duela la cadera).

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso.

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso. Terminó a las once pé eme. No manejo de noche.

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso. Terminó a las once treinta pé eme. No manejo de noche. Conduje 45 kilómetros en una carretera a oscuras. Mi ex-alumna abría paso con su conversación para mantenerme alerta. Mis hijas dormían, agotadas. Llegamos con bien. Me acosté a dormir, afónica, tarareando hacia mis adentros «Amor para ti». Adoro mi infancia desfasada y presentarle a mis hijas con Timbriche en vivo. Y mi capacidad de dar patadas en la ingle a quien intente castigarme o hacerme creer que merezco un mal trato.

Estribillo (bis). 

Nota del día siguiente: claro que me duele la cadera. Y cada centímetro del cuerpo. Y qué felicidad.