Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Nada de esto es nuevo

Todos los días trabajo con familias que quieren saber qué hacer en caso de una redada. Veo el insomnio en los padres, conozco a sus hijos; voy junto a ellos mientras me señalan los pedazos de vida que se le han ido cayendo desde el 20 de enero.

Cada día y con más frecuencia me cuestiono cómo se llama este momento. Podría decir que es una época de miedo o de incertidumbre. Sería un cliché, y me quedaría cortísima. Igualmente, cada día y con más frecuencia busco en la poesía. Me encontré este poema, lo traduje y extraje un fragmento para compartirlo aquí. Forma parte del libro «Los tiempos difíciles exigen bailes feroces», de Alice Walker.

Sí. Sé que tienen

el mal hábito de venir a tu puerta

antes del amanecer;

antes de que tu más pequeño se despierte

y esté esperando tu sonrisa matutina;

tu olor a cigarro y manzana.

Sé que si te encuentran

en un camino despoblado,

tenderán a arrojar

sus jeeps subsidiados

y sus tanques blindados

sobre tu cuerpo indefenso

provisto con leña,

y agua chorreando en un bote de plástico,

y ropas viejas del dispensario,

y tu corazón roto que te presionó

a rendirte, lentamente,

y dejar todo lo que fuiste

y eres.

(…)

Este terror no es nuevo.

(…)

Sea lo que sea que está pasando,

quien quiera que lo esté haciendo.

Quiero que sepas,

para que, cuando estés frente a tu momento

(…)

de transformación;

cuando  tus lágrimas les resulten divertidas,

y  tus esfuerzos por ocultar tu vergüenza,

den risa a los hombres y niños

que se regodean en tu dolor.

Recuerda esto —

dilo, es cierto. Que lo sepas:

mientras ellos ríen,

(…)

esta autora lleva un registro de

este ultraje innombrable

que nos afecta,

humanos, breves,

y que, por eso, si te pasa a ti

nos pasa a todos.

Inútil buscar cómo se llama. Ya lo dice Alice: es innombrable. Quisiera tener algún otro dato útil, el urgente, pero no sé cuándo habrá una redada.  Nadie sabe. Sólo nos quedan los cientos de decisiones enhebradas de la resistencia, el todo cuenta, y el compromiso de estar juntos en esto aunque no sea nuevo. Me sumo a la exigencia de los tiempos arduos. Mi baile feroz es acompañar.


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Al día siguiente

             Recalenté el café. Me había entretenido en el scroll de Twitter, ni supe cuándo amaneció. Giré el asa hacia el frente, sostuve la taza entre mis manos para calentármelas, a falta de fogata. Este era un frío que desolaba. Preparé huevos revueltos, pan con mantequilla. Tomé tres mandarinas del frutero. Puse la mesa con servilletas de otoño. Llamé a mis hija a desayunar.

             Mini Dancing Queen, modorrísima por la desvelada, comió en silencio. Victoria Luminosa, preparatoriana, frunció el ceño desde dentro de su segundo vaso de leche. ¿Por qué estás tan tranquila, mamá?, me preguntó en nombre de ella y de su hermana. Es calma, no tranquilidad—le respondí. No era el primer «al día siguiente» en mi vida. Ahora creo que me pedía pautas de qué pensar, qué sentir, qué esperar, qué hacer al día siguiente de presenciar que el peor miedo se hubiera cumplido. Yo solo sé una directriz: la vida continúa, hija. Suspiraron. Salimos rumbo a la escuela, ellas; y yo, hacia mi trabajo.

            Tomé la autopista 280. Cuando algo me atribula, me basta llenarme los ojos de coníferas mientras atravieso las cinco salidas que separan a mi suburbio del distrito escolar donde está mi oficina; ese día, más tarde, tendría una junta con padres migrantes, el paisaje me ayudó a buscar palabras y estrategias. La autopista, las avenidas, las calles, las fachadas: idénticas a cualquier otra mañana. Entré al edificio, el vestíbulo estaba sin gente. Subí al segundo piso pisando los eslabones de ¿ves? todo sigue igual, la vida continúa. Caminé hasta mi cubículo. El silencio era insportable. En uno de los cruces de los pasillos, había gente reunida. Los saludé, me devolvieron el saludo. «No podemos creerlo». Ah, la frase característica del día siguiente; asentí. Nos ofrecimos aceites esenciales, pañuelos desechables para los sollozos que interrumpieron las juntas y cada interacción. Estar, hablar dónde estabas cuándo te enteraste, Otro rato en aquel ánimo de velorio dislocado. Nos dispersamos, cada quien hacia su cubículo, con pasos de insistir: esto no está pasando

Abrí mi computadora, tecleé un buen rato, mandé a imprimir el documento, fui por él a la impresora. Algunas personas no habían participado en el shock colectivo que se improvisó en el cruce de pasillos; sonreían y cuchicheaban. La vida sigue, me dije. Qué bien. Una de esas personas me preguntó cómo estaba. Le conté que estaba preocupada por mi junta de ese día, más tarde. La persona se puso de pie y me quiso abrazar. «Lo siento mucho por ti y por tu gente. Mucha suerte siendo mexicana en Estados Unidos». Asentí al descubrir por qué sonreía esa persona, era republicana en 9 de noviembre de 2016. Volví a mi cubículo. Perdí la calma. Ninguna experiencia previa, de noche o de día, pudieron hacerme immune al miedo que sentí al recibir aquel abrazo de alguien que celebraba el triunfo de Trump. Yo quería salir corriendo. Qué jactancia, la mía:  creer que sé algo acerca de cómo funciona la vida. Sí, continúa. Hay rumbos espantosos.

Para la bitácora: pasado el shock, en la tarde del día siguiente de las elecciones presidenciales, miles de ciudadanos norteamericanos salieron a protestar en las calles de algunas ciudades; San Francisco, entre ellas. Los padres migrantes no se presentaron a la junta.


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De lo endeble y otras memorias

Las mañanas de mi primaria iniciaban circulando sobre Eje Central desde Eugenia hasta unas cuadras antes del Viaducto, mientras mi papá me preguntaba las capitales y tablas de multiplicar en un orden predecible. Muchos años después supe que Luz Saviñón estaba a la altura de Brasilia, 8 x 5, y que Cumbres de Acultzingo era por ahí de Varsovia, 6 x 7. Y yo siempre me distraía al llegar a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes porque el edificio estaba decorado con mosaicos de colores y una historia:  un lago al centro; frailes evangelizando a los indígenas arrodillados, una escalera con la leyenda «social», un avión, un mapa de México, un átomo, una cruz; una serpiente emplumada color jade bordeando el edificio y los ojos de un dios al lado de un herrero, un campo petrolero junto a un árbol con un indígena en su tronco y a los padres de la patria en sus raíces. Ese mural era mi segundo favorito de la vida, el primero era el del Teatro de los Insurgentes.

El 19 de septiembre de 1985 oí a mi mamá gritar, llamándonos a mi hermano y a mí. Respondí con el «voooooy» universal de los hijos. Su voz no se parecía a ninguna que le hubiera escuchado antes. Bajé las escaleras rapidísimo, ya de uniforme y peinada. Jack bajó conmigo. Eran las 7:20 a.m.

—Está temblando— dijo mi mamá, mientras nos conducía a un patio interior, amplio, donde mucho, mucho tiempo después yo llevaría a cabo el acto que me habría de convertir en locadelamaceta.

Temblaba. Y yo no sabía si el temblor consistía en los faroles de la pared, columpiándose, si así se le llamaba a una barda de ladrillos cuando parece que se va a derretir, al olor a gas, o al ruido del miedo en silencio. Los que estuvimos ahí sabemos de qué se trata un temblor; y el martillazo de las grietas y los vidrios reventando.

Mi papá estaba de viaje. Me contaría, ya de adulta, que la televisión en Miami pasaba y pasaba las imágenes del sismógrafo, con la aguja desbordando la gráfica. Adelantó su vuelo a la Ciudad de México.

—Ya no hay Ciudad de México—, le dijeron en el aeropuerto.

Por ese viaje, mi mamá nos llevó a la escuela. Jack cursaba primero y yo, cuarto. Nadie me preguntó las tablas de multiplicar ni las capitales. Tuve que ver por la ventana. Había gente en las calles, en núcleos de ¿qué te pasó? Un policía nos detuvo, cerrando el paso, unas cuadras antes de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. La torre, con las antenas, se estaba incendiando. El dios al lado de un herrero había cerrado los ojos, rumbo al inframundo. El edificio estaba en ruinas.

Volvimos a la casa. Mi mamá me puso a colectar agua en unas cubetas. El piso se enlodó un poquito por las huellas de mis zapatos y yo decidí que era importante que el suelo estuviera limpio. Eché tres o cuatro de las cubetas mientras el agua seguía tirándose en la llave hasta que el piso quedó blanco de nuevo. El líquido cayendo se mezclaba con la narración de Zabludovsky en el radio. Le admiro a mi mamá que no me hubiera regañado. Hoy sé qué estaba escuchando en ese reportaje.

La noche del 20 estaba viendo a los Superamigos. Mi mamá hablaba por teléfono con uno de sus hermanos. Jack dormía. Otra vez esas dos palabras, hecha una, como impulso de huída: está-temblando. Mi mamá cargó a mi hermano y yo bajé aprisa las escaleras. Salimos al patio, a la pesadilla de un temblor de noche, a la intemperie, desmoronando la poca estabilidad de las últimas horas. Jack vomitó. Mi mamá se mantuvo serena y activa regalándome un ejemplo para todas las situaciones de emergencia que me han tocado vivir. Mi papá llegó de viaje en un taxi, creo. Dijo que el avión aterrizó sobre una masa negra porque no había luz en la ciudad. Nunca supo lo que vivimos sin él. Las ambulancias no pararon de sonar, por días.

Desde hace 31 años duermo con los zapatos al pie de mi cama y una linterna en el buró. A veces me pongo a limpiar cuando me estreso. Nunca más volví a ver los Superamigos, por inútiles. Me cuesta trabajo pasar por Xola y Eje Central.  Tuve que ir a clases los sábados durante varios meses de ese cuarto de primaria. Tengo bloqueada la tabla del 9, la del mes de septiembre.


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Vida, ocurriendo.

«Harta de la vida a medias», se leía en la primera entrada de mi blog: un plantilla en Blogger creada en una madrugada de 2006. Tenía rato con ese pendiente, la pregunta de cuándo iba a ocurrir algo que yo pudiera considerar como Vida, Ocurriendo y entonces sí: todos los significados, las ganas, la pasión y la creatividad que hervían por manifestarse, tendrían un sentido. Mientras tanto, sólo me ocurrían deudas de banco y morales, corazones rotos y luego pespuntados, pañales, mamilas, circulares de escuelas cuadrada, uniformitos. Quería desaparecer o la respuesta:  ¿dónde está la vida cuando sucede?

Yo escribía desde que aprendí a escribir, pero no lo hacía con frecuencia. Cuando abrí mi blog me reté a ser constante; sin embargo, adquirí el mal hábito de encriptarme. No quería decir lo que realmente estaba pasando, ni deshonrar o lastimar a las personas involucradas en esa vida a medias. Insinuaba, sí, que algo estaba pasando. A veces, aullaba y luego me tapaba la boca. Esa era mi otra plantilla: no podía hablar del mundo, y cuando lo hacía, era desde mí, y parcial. No me daba la cabeza para más, no tenía otro recurso. Escribía un post a la semana sobre letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, hijas, casa, con textos tan breves que a la depresión no le alcanzaba el tiempo de servirse un café y sentarse a acompañarme junto a la computadora.

Las palabras tocan, nombran, hacen alquimia, reacomodan, transportan. Cuando migré a California, ese blog estaba impreso en una antología. Continué escribiendo, pero a mi añoranza por una vida completa se le sumaba la nostalgia de México y de interactuar con mis lectores, de enseñar, del español como cántaro. Mi vida creativa se fortaleció y así surgieron los talleres de escritura y el podcast —que más adelante fue una participación en radio—, y Usted & la Canción Mixteca (pronto, muy pronto, en su segunda edición).  Se puso bueno: a la pregunta de ¿dónde está la vida? se le sumó ¿cuál es mi lugar? y se me quebró un aullido dentro del aullido; vino el cisma y todos sus testigos estratégicos en las redes sociales. Claro que me afectó espantosamente, creo. Ya no me acuerdo. Seguí escribiendo, más o menos transparente, aferrándome a las palabras y a mis temas como a las raíces y a la apuesta de conectar.

He escrito muchos posts con el corazón, casi todos. Este es el más difícil de todos,  y, a la vez, el más gozoso.  Hace unos días firmé el contrato de mi primer trabajo de tiempo completo en trece años, mi reincorporación a la vida laboral después de la maternidad. Se me ha ido notando el tránsito del duelo y de las partes diseminadas a ir enunciando la unidad. Ese puesto me llegó cuando en vez de preguntarme pasivamente ¿dónde está la vida cuando sucede?, me puse al servicio de lo posible; cuando dejé de solicitarle a la vida que me mirara o que me compensara por el desencanto o por el dolor, pude ver el dolor de otras personas y aprecié mis privilegios. Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para hablar acerca de mí en un blog; hoy terminan.

Por supuesto que seguiré escribiendo, hay un tercer libro de relatos inéditos gestándose, más talleres de escritura en México, algunas entrevistas; postearé las actualizaciones, fechas y avisos en este espacio. No es una despedida, es la flor de coincidir, una planta que ustedes y yo sembramos y cultivamos juntos. Les quiero agradecer el regalo de su tiempo y de su atención. Gracias, gracias, gracias por cada uno de los comentarios, por la difusión, por su amistad, por las inspiración para seguir adelante. Con las mismas manos que usé para tapar mi boca, les mando un beso, sin ustedes hace un buen rato que el cuchillo se habría seguido de largo.

¡Hasta siempre! Reciban un abrazo de letras desde California.

                                                                                                           Michelle, Miranda, Maceta.

pd. YA SÉ que estaba increíble que fuera policía. Sí, habrá algo de eso en los relatos inéditos.

pd 2. Claro que sigo aullando, por lunática nomás.


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Souvenir

Viajo a países y a brazos. Aterrizo y paso por interrogatorios de migración y de cuéntame de ti. Giro las postales de los sitios más concurridos, monumentos de ciudad o de Facebook. Pruebo el pan, el agua embotellada, cuántos trinos le caben a los semáforos; descubro en qué parte de debajo de los puentes y de la memoria de quien me mira está el grafitti. No sigo las rutas sugeridas, pero agradezco el regalo de un mapa. Camino. Camino mucho. Camino hasta donde se cruzan cerca y más cerca. De los países, guardo entradas de museos, tintas en frascos, fotografías en jardines botánicos. De las personas y otros mundos interiores, conservo palabras*.

Clepsidra – reloj de agua que me traje de cuando hice mi tesis de maestría, embarazada, y entrevisté a 20 niños acerca de qué les gustaba más de los libros de historia griega.

Chistosón – adjetivo que usaba mi profesor de Derecho Positivo Mexicano para nombrar sus exámenes bimensuales.

Embarnecida – término que mis tías añadían a su saludo sorprendido durante mi adolescencia.

Colchoneta –  Diez, quizás veinte de ellas, cubrieron a cierto caballo durante el primer tercio de una corrida de toros en una plaza en Saltillo. El toro ni se le acercó a aquella cama de campamento con patas y estampado de flores. Una vez me contaron esa anécdota y he tardado dos décadas en desaceitarme de risa.

Zacahuil – sinónimo de 42 grados centígrados, a la sombra. También es un tamal de un metro de largo y veinte kilos de peso que se prepara en la Huasteca.

Musaraña, conspicuo, marajá, endosado – investidura inconfundible de quienes hicimos doctorado en “Don Gato”.

Fundillo – palabra que una persona de mi familia incluyó en la descripción gráfica de una boda árabe a la que asistió.

(Mucha) perdición – explicación de la existencia de todos los males del mundo, según mi abuela.

Renegado – primera lección de sociología, implantada por Jana de la Selva.

Aseo – rectángulo de la pulcritud donde solo cabe un gato dentro de un sello. Pero qué bonito suena.

Vázquez – apellido que legitima mi venia de cambio de carril desde que soy copiloto.

Pichiruchi, monocotiledóneas, grapcias, Nervo Calm [grageas] – …. pod favod.

Jubileo – equivalente a fiesta alegre y de larga duración. Lo más próximo al desmadre, cuando uno estudió en escuela de monjas.

Enhorabuena / a buena hora – parámetros de felicitación y de vernos en Tres Marías, respectivamente, a causa de  “Siempre en Domingo” y de quedarme a dormir en casa de mis abuelos la noche antes de una excursión.

Chipocludos – adjetivo con el que un profesor describió cómo era tener 9 años, el día que los cumplí.

Lo mejor de los viajes y de las coincidencias es volver a casa, y que el diccionario vaya mutando según se expanden el mundo y el corazón.

* Una disculpa a mis lectores que no son de México, por los localismos. Si me escriben, les cuento a qué me refiero y hasta podemos encontrar referencias afines. ¿Qué les parece?


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Venus-Miranda, renaciendo

Mi primer programa de radio se llamaba “Venus a fin de siglo” y se transmitía, como radio universitaria, por la XHUIA (90.9 de FM).  Eso fue hace casi veinte años. Ya no tengo el pelo rojo a lo Boticelli, mi voz ha cambiado, el modo de abordar los temas también y, sin embargo, las preguntas acerca de lo femenino, la vida creativa y cómo abrazar los ciclos personales, siguen vigentes. Me han conducido por rutas de coincidencias y retos.

Hoy es un motivo de orgullo colorido invitarlos al estreno de “Venus renaciendo”, mi nuevo programa de radio por internet, que complementará mis escritos, mi podcasts y mis talleres de escritura. Escúchenme de 11a.m. a 12 p.m. (hora del Pacífico) por  www.circuloculturalradio.com 

Venus Renaciendo foto promo

Les dejo un abrazo de letras desde California. Yeah.


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De lo que pasó y CPpD.

Casi me atraganto con la ensalada de pollo. De esos llantos, era. En una escalinata, afuera del curso, en la pausa para el café. Fue espantoso, me decía a mí misma, pero ya pasó. La ensalada me sabía a sal. Y el teléfono de mis hombros subía y bajaba marcando <ocupado>.

Ya pasó, porque fue hace 12 años. Un bisturí que ardía, el “si sigue gritando, señora, le pondremos anestesia general”, el derrame en la médula, los dolores de cabeza por sonidos y luces, los mensajes de decepción de otras mujeres porque la mía “ay, fue cesárea”, la leche que me engarrotaba el pecho y se mezclaba con grietas, sangre, tirones y falta de sueño, la casa cayéndose, las visitas que me llamaban chocosa y engreída. La bienvenida a la maternidad, donde el ¿por qué no me dijeron? se reacomoda junto con el útero, las fantasías rotas y la capacidad de dar, nutrir y vincular. Cuando hay más ropa sucia que nunca. Cuando la niña que jugaba a las muñecas era adulta y la madre que tiene al bebé es una niña. Ya pasó. Levante la mano a quien le pasó también: la depresión, las ganas de morirse, la sensación de abandono y fracaso. En mi curso, el 90% de quince coinciden.

A pesar de que llevo día y medio en ese curso, y de que la instructora nos ha guiado hacia todas las técnicas de cuidado en el puerperio, me queda pendiente un otro examen de conocimientos: atravesar el túnel de mi experiencia traumática. Todo habría sido más fácil si, cuando me rebasó el dolor de sentir el corte -en mi guión, en mi vientre, en mi capacidad de conectarme y sanar- se me hubiera activado la reacción de pelear o huir. Pero no. Apagué la luz, me apagué por dentro. Y esa oscuridad llena de culpa y  de sentimientos de inadecuación ha sido mi apellido como mamá.

Cuento mi experiencia. Se escucha el minutero de un reloj de pared y una alerta de WhatsApp. Claro, me digo, ¿cuento? mi experiencia. Y si tiemblo es porque se me baja la glucosa, no por vulnerable. Ya pasó, fue hace muchos años. Una por una, quince mujeres se acercan a mi. Y me abrazan. Su abrazo es el mío, el mío es el suyo. Cuando nos damos cuenta, estamos todas del otro lado del túnel. Lo atravesamos juntas, allá nos recibimos. Paso el examen, me dan el diploma.

Estoy en la escalera comiendo ensalada de pollo. Me acabo de certificar como doula, experta, en postparto. Acabo de cumplir una de las metas más importantes de mi vida. Lloro de alivio, del bálsamo que da la compasión y que es la única verdadera medicina que existe. Por encima de la blusa, toco mi cicatriz; la piel ahí es más fuerte y resistente que en el resto de mi cuerpo. Lloro porque qué bonito se siente cuidarse y ser cuidada, ser madre de mí misma, ser madre de mis hijas, acompañar a otras mujeres a parir, parirse y criar a sus crías. Lloro dándome permiso de vivir todas mis emociones como parte del espectro de la salud. Lloro porque existe dolor en el mundo y me conecto con él y porque pude convertir el mío en una oportunidad creativa y de servicio. Lloro porque mi herida ya pasó, y yo no.

Termino de llorar y de comer. No me ahogo, me arremango. Hay mucho que hacer, muchos hospitales que no respetan los ritmos naturales de la madre y el bebé, muchas mujeres que pasan el posparto solas en su casa callándose el efecto de las hormonas, desconfiando de su propia capacidad de criar a un ser humano. Añado CPpD a mi tarjeta de presentación: Certificate Post Partum Doula; como todo lo que hago y me significa, viene de las entrañas y de mi búsqueda. Y sigo escribiendo, haciendo radio, educando, trepada en este tren hacia lo que sigue.