Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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De lo endeble y otras memorias

Las mañanas de mi primaria iniciaban circulando sobre Eje Central desde Eugenia hasta unas cuadras antes del Viaducto, mientras mi papá me preguntaba las capitales y tablas de multiplicar en un orden predecible. Muchos años después supe que Luz Saviñón estaba a la altura de Brasilia, 8 x 5, y que Cumbres de Acultzingo era por ahí de Varsovia, 6 x 7. Y yo siempre me distraía al llegar a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes porque el edificio estaba decorado con mosaicos de colores y una historia:  un lago al centro; frailes evangelizando a los indígenas arrodillados, una escalera con la leyenda «social», un avión, un mapa de México, un átomo, una cruz; una serpiente emplumada color jade bordeando el edificio y los ojos de un dios al lado de un herrero, un campo petrolero junto a un árbol con un indígena en su tronco y a los padres de la patria en sus raíces. Ese mural era mi segundo favorito de la vida, el primero era el del Teatro de los Insurgentes.

El 19 de septiembre de 1985 oí a mi mamá gritar, llamándonos a mi hermano y a mí. Respondí con el «voooooy» universal de los hijos. Su voz no se parecía a ninguna que le hubiera escuchado antes. Bajé las escaleras rapidísimo, ya de uniforme y peinada. Jack bajó conmigo. Eran las 7:20 a.m.

—Está temblando— dijo mi mamá, mientras nos conducía a un patio interior, amplio, donde mucho, mucho tiempo después yo llevaría a cabo el acto que me habría de convertir en locadelamaceta.

Temblaba. Y yo no sabía si el temblor consistía en los faroles de la pared, columpiándose, si así se le llamaba a una barda de ladrillos cuando parece que se va a derretir, al olor a gas, o al ruido del miedo en silencio. Los que estuvimos ahí sabemos de qué se trata un temblor; y el martillazo de las grietas y los vidrios reventando.

Mi papá estaba de viaje. Me contaría, ya de adulta, que la televisión en Miami pasaba y pasaba las imágenes del sismógrafo, con la aguja desbordando la gráfica. Adelantó su vuelo a la Ciudad de México.

—Ya no hay Ciudad de México—, le dijeron en el aeropuerto.

Por ese viaje, mi mamá nos llevó a la escuela. Jack cursaba primero y yo, cuarto. Nadie me preguntó las tablas de multiplicar ni las capitales. Tuve que ver por la ventana. Había gente en las calles, en núcleos de ¿qué te pasó? Un policía nos detuvo, cerrando el paso, unas cuadras antes de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. La torre, con las antenas, se estaba incendiando. El dios al lado de un herrero había cerrado los ojos, rumbo al inframundo. El edificio estaba en ruinas.

Volvimos a la casa. Mi mamá me puso a colectar agua en unas cubetas. El piso se enlodó un poquito por las huellas de mis zapatos y yo decidí que era importante que el suelo estuviera limpio. Eché tres o cuatro de las cubetas mientras el agua seguía tirándose en la llave hasta que el piso quedó blanco de nuevo. El líquido cayendo se mezclaba con la narración de Zabludovsky en el radio. Le admiro a mi mamá que no me hubiera regañado. Hoy sé qué estaba escuchando en ese reportaje.

La noche del 20 estaba viendo a los Superamigos. Mi mamá hablaba por teléfono con uno de sus hermanos. Jack dormía. Otra vez esas dos palabras, hecha una, como impulso de huída: está-temblando. Mi mamá cargó a mi hermano y yo bajé aprisa las escaleras. Salimos al patio, a la pesadilla de un temblor de noche, a la intemperie, desmoronando la poca estabilidad de las últimas horas. Jack vomitó. Mi mamá se mantuvo serena y activa regalándome un ejemplo para todas las situaciones de emergencia que me han tocado vivir. Mi papá llegó de viaje en un taxi, creo. Dijo que el avión aterrizó sobre una masa negra porque no había luz en la ciudad. Nunca supo lo que vivimos sin él. Las ambulancias no pararon de sonar, por días.

Desde hace 31 años duermo con los zapatos al pie de mi cama y una linterna en el buró. A veces me pongo a limpiar cuando me estreso. Nunca más volví a ver los Superamigos, por inútiles. Me cuesta trabajo pasar por Xola y Eje Central.  Tuve que ir a clases los sábados durante varios meses de ese cuarto de primaria. Tengo bloqueada la tabla del 9, la del mes de septiembre.


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Vida, ocurriendo.

«Harta de la vida a medias», se leía en la primera entrada de mi blog: un plantilla en Blogger creada en una madrugada de 2006. Tenía rato con ese pendiente, la pregunta de cuándo iba a ocurrir algo que yo pudiera considerar como Vida, Ocurriendo y entonces sí: todos los significados, las ganas, la pasión y la creatividad que hervían por manifestarse, tendrían un sentido. Mientras tanto, sólo me ocurrían deudas de banco y morales, corazones rotos y luego pespuntados, pañales, mamilas, circulares de escuelas cuadrada, uniformitos. Quería desaparecer o la respuesta:  ¿dónde está la vida cuando sucede?

Yo escribía desde que aprendí a escribir, pero no lo hacía con frecuencia. Cuando abrí mi blog me reté a ser constante; sin embargo, adquirí el mal hábito de encriptarme. No quería decir lo que realmente estaba pasando, ni deshonrar o lastimar a las personas involucradas en esa vida a medias. Insinuaba, sí, que algo estaba pasando. A veces, aullaba y luego me tapaba la boca. Esa era mi otra plantilla: no podía hablar del mundo, y cuando lo hacía, era desde mí, y parcial. No me daba la cabeza para más, no tenía otro recurso. Escribía un post a la semana sobre letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, hijas, casa, con textos tan breves que a la depresión no le alcanzaba el tiempo de servirse un café y sentarse a acompañarme junto a la computadora.

Las palabras tocan, nombran, hacen alquimia, reacomodan, transportan. Cuando migré a California, ese blog estaba impreso en una antología. Continué escribiendo, pero a mi añoranza por una vida completa se le sumaba la nostalgia de México y de interactuar con mis lectores, de enseñar, del español como cántaro. Mi vida creativa se fortaleció y así surgieron los talleres de escritura y el podcast —que más adelante fue una participación en radio—, y Usted & la Canción Mixteca (pronto, muy pronto, en su segunda edición).  Se puso bueno: a la pregunta de ¿dónde está la vida? se le sumó ¿cuál es mi lugar? y se me quebró un aullido dentro del aullido; vino el cisma y todos sus testigos estratégicos en las redes sociales. Claro que me afectó espantosamente, creo. Ya no me acuerdo. Seguí escribiendo, más o menos transparente, aferrándome a las palabras y a mis temas como a las raíces y a la apuesta de conectar.

He escrito muchos posts con el corazón, casi todos. Este es el más difícil de todos,  y, a la vez, el más gozoso.  Hace unos días firmé el contrato de mi primer trabajo de tiempo completo en trece años, mi reincorporación a la vida laboral después de la maternidad. Se me ha ido notando el tránsito del duelo y de las partes diseminadas a ir enunciando la unidad. Ese puesto me llegó cuando en vez de preguntarme pasivamente ¿dónde está la vida cuando sucede?, me puse al servicio de lo posible; cuando dejé de solicitarle a la vida que me mirara o que me compensara por el desencanto o por el dolor, pude ver el dolor de otras personas y aprecié mis privilegios. Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para hablar acerca de mí en un blog; hoy terminan.

Por supuesto que seguiré escribiendo, hay un tercer libro de relatos inéditos gestándose, más talleres de escritura en México, algunas entrevistas; postearé las actualizaciones, fechas y avisos en este espacio. No es una despedida, es la flor de coincidir, una planta que ustedes y yo sembramos y cultivamos juntos. Les quiero agradecer el regalo de su tiempo y de su atención. Gracias, gracias, gracias por cada uno de los comentarios, por la difusión, por su amistad, por las inspiración para seguir adelante. Con las mismas manos que usé para tapar mi boca, les mando un beso, sin ustedes hace un buen rato que el cuchillo se habría seguido de largo.

¡Hasta siempre! Reciban un abrazo de letras desde California.

                                                                                                           Michelle, Miranda, Maceta.

pd. YA SÉ que estaba increíble que fuera policía. Sí, habrá algo de eso en los relatos inéditos.

pd 2. Claro que sigo aullando, por lunática nomás.


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Souvenir

Viajo a países y a brazos. Aterrizo y paso por interrogatorios de migración y de cuéntame de ti. Giro las postales de los sitios más concurridos, monumentos de ciudad o de Facebook. Pruebo el pan, el agua embotellada, cuántos trinos le caben a los semáforos; descubro en qué parte de debajo de los puentes y de la memoria de quien me mira está el grafitti. No sigo las rutas sugeridas, pero agradezco el regalo de un mapa. Camino. Camino mucho. Camino hasta donde se cruzan cerca y más cerca. De los países, guardo entradas de museos, tintas en frascos, fotografías en jardines botánicos. De las personas y otros mundos interiores, conservo palabras*.

Clepsidra – reloj de agua que me traje de cuando hice mi tesis de maestría, embarazada, y entrevisté a 20 niños acerca de qué les gustaba más de los libros de historia griega.

Chistosón – adjetivo que usaba mi profesor de Derecho Positivo Mexicano para nombrar sus exámenes bimensuales.

Embarnecida – término que mis tías añadían a su saludo sorprendido durante mi adolescencia.

Colchoneta –  Diez, quizás veinte de ellas, cubrieron a cierto caballo durante el primer tercio de una corrida de toros en una plaza en Saltillo. El toro ni se le acercó a aquella cama de campamento con patas y estampado de flores. Una vez me contaron esa anécdota y he tardado dos décadas en desaceitarme de risa.

Zacahuil – sinónimo de 42 grados centígrados, a la sombra. También es un tamal de un metro de largo y veinte kilos de peso que se prepara en la Huasteca.

Musaraña, conspicuo, marajá, endosado – investidura inconfundible de quienes hicimos doctorado en “Don Gato”.

Fundillo – palabra que una persona de mi familia incluyó en la descripción gráfica de una boda árabe a la que asistió.

(Mucha) perdición – explicación de la existencia de todos los males del mundo, según mi abuela.

Renegado – primera lección de sociología, implantada por Jana de la Selva.

Aseo – rectángulo de la pulcritud donde solo cabe un gato dentro de un sello. Pero qué bonito suena.

Vázquez – apellido que legitima mi venia de cambio de carril desde que soy copiloto.

Pichiruchi, monocotiledóneas, grapcias, Nervo Calm [grageas] – …. pod favod.

Jubileo – equivalente a fiesta alegre y de larga duración. Lo más próximo al desmadre, cuando uno estudió en escuela de monjas.

Enhorabuena / a buena hora – parámetros de felicitación y de vernos en Tres Marías, respectivamente, a causa de  “Siempre en Domingo” y de quedarme a dormir en casa de mis abuelos la noche antes de una excursión.

Chipocludos – adjetivo con el que un profesor describió cómo era tener 9 años, el día que los cumplí.

Lo mejor de los viajes y de las coincidencias es volver a casa, y que el diccionario vaya mutando según se expanden el mundo y el corazón.

* Una disculpa a mis lectores que no son de México, por los localismos. Si me escriben, les cuento a qué me refiero y hasta podemos encontrar referencias afines. ¿Qué les parece?


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Venus-Miranda, renaciendo

Mi primer programa de radio se llamaba “Venus a fin de siglo” y se transmitía, como radio universitaria, por la XHUIA (90.9 de FM).  Eso fue hace casi veinte años. Ya no tengo el pelo rojo a lo Boticelli, mi voz ha cambiado, el modo de abordar los temas también y, sin embargo, las preguntas acerca de lo femenino, la vida creativa y cómo abrazar los ciclos personales, siguen vigentes. Me han conducido por rutas de coincidencias y retos.

Hoy es un motivo de orgullo colorido invitarlos al estreno de “Venus renaciendo”, mi nuevo programa de radio por internet, que complementará mis escritos, mi podcasts y mis talleres de escritura. Escúchenme de 11a.m. a 12 p.m. (hora del Pacífico) por  www.circuloculturalradio.com 

Venus Renaciendo foto promo

Les dejo un abrazo de letras desde California. Yeah.


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De lo que pasó y CPpD.

Casi me atraganto con la ensalada de pollo. De esos llantos, era. En una escalinata, afuera del curso, en la pausa para el café. Fue espantoso, me decía a mí misma, pero ya pasó. La ensalada me sabía a sal. Y el teléfono de mis hombros subía y bajaba marcando <ocupado>.

Ya pasó, porque fue hace 12 años. Un bisturí que ardía, el “si sigue gritando, señora, le pondremos anestesia general”, el derrame en la médula, los dolores de cabeza por sonidos y luces, los mensajes de decepción de otras mujeres porque la mía “ay, fue cesárea”, la leche que me engarrotaba el pecho y se mezclaba con grietas, sangre, tirones y falta de sueño, la casa cayéndose, las visitas que me llamaban chocosa y engreída. La bienvenida a la maternidad, donde el ¿por qué no me dijeron? se reacomoda junto con el útero, las fantasías rotas y la capacidad de dar, nutrir y vincular. Cuando hay más ropa sucia que nunca. Cuando la niña que jugaba a las muñecas era adulta y la madre que tiene al bebé es una niña. Ya pasó. Levante la mano a quien le pasó también: la depresión, las ganas de morirse, la sensación de abandono y fracaso. En mi curso, el 90% de quince coinciden.

A pesar de que llevo día y medio en ese curso, y de que la instructora nos ha guiado hacia todas las técnicas de cuidado en el puerperio, me queda pendiente un otro examen de conocimientos: atravesar el túnel de mi experiencia traumática. Todo habría sido más fácil si, cuando me rebasó el dolor de sentir el corte -en mi guión, en mi vientre, en mi capacidad de conectarme y sanar- se me hubiera activado la reacción de pelear o huir. Pero no. Apagué la luz, me apagué por dentro. Y esa oscuridad llena de culpa y  de sentimientos de inadecuación ha sido mi apellido como mamá.

Cuento mi experiencia. Se escucha el minutero de un reloj de pared y una alerta de WhatsApp. Claro, me digo, ¿cuento? mi experiencia. Y si tiemblo es porque se me baja la glucosa, no por vulnerable. Ya pasó, fue hace muchos años. Una por una, quince mujeres se acercan a mi. Y me abrazan. Su abrazo es el mío, el mío es el suyo. Cuando nos damos cuenta, estamos todas del otro lado del túnel. Lo atravesamos juntas, allá nos recibimos. Paso el examen, me dan el diploma.

Estoy en la escalera comiendo ensalada de pollo. Me acabo de certificar como doula, experta, en postparto. Acabo de cumplir una de las metas más importantes de mi vida. Lloro de alivio, del bálsamo que da la compasión y que es la única verdadera medicina que existe. Por encima de la blusa, toco mi cicatriz; la piel ahí es más fuerte y resistente que en el resto de mi cuerpo. Lloro porque qué bonito se siente cuidarse y ser cuidada, ser madre de mí misma, ser madre de mis hijas, acompañar a otras mujeres a parir, parirse y criar a sus crías. Lloro dándome permiso de vivir todas mis emociones como parte del espectro de la salud. Lloro porque existe dolor en el mundo y me conecto con él y porque pude convertir el mío en una oportunidad creativa y de servicio. Lloro porque mi herida ya pasó, y yo no.

Termino de llorar y de comer. No me ahogo, me arremango. Hay mucho que hacer, muchos hospitales que no respetan los ritmos naturales de la madre y el bebé, muchas mujeres que pasan el posparto solas en su casa callándose el efecto de las hormonas, desconfiando de su propia capacidad de criar a un ser humano. Añado CPpD a mi tarjeta de presentación: Certificate Post Partum Doula; como todo lo que hago y me significa, viene de las entrañas y de mi búsqueda. Y sigo escribiendo, haciendo radio, educando, trepada en este tren hacia lo que sigue.


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#yamecansé

Cansan las ganas de resignarse,

cansan las iniciales de no supe, no quise ver, no eras quien yo pensaba.

cansa que nunca y permanecer son lo mismo.

cansan las versiones oficiales de aquellos que dictan la historia con su secreto a voces,

cansan los cuerpos corruptos.

cansan las gargantas granadas aljibes y sus tres lazos de lealtad, que ahorcan cualquier movimiento.

cansan los ritmos de los relojes reactivos,

cansa creer -y solo creer- que no hay opciones.

Cansa, pero no adormece. Al contrario: despierta.

Protesto, protestamos. Brotan hermanos y hermanas.

Hacemos una guerrilla que resiste.

En las manos llevamos, por rifle, una luz. La nuestra.

Y si nos disparan por decir la verdad,

o nos entierran en la fosa común del olvido,

nuestros restos revolverán los registros de violencia e impunidad

que solo conocen los que han desaparecido.

De hacer falta, iremos quitando vendas en los ojos

y besando cuencas vacías.

Y si nos callan, nos organizaremos en silencio.

Nuestras voces provienen de un centro digno.

Y si nos golpean de nuevo, habrá una red para denunciarlo;

la autoridad somos nosotros mismos.

La guerrilla continuará desde las encrucijadas y los zócalos.

De cada vela saldrá un fuego y, alrededor de él, se contará la nueva historia.

Las apariencias caerán, una por una.

Todas las calles conducirán a Todo Cambia.

 

 

 

 


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Noche de luna

Les he contado que mi casa está alfombrada y, según la costumbre californiana, los zapatos se quedan fuera, en la puerta de la entrada. Los de él, no. Supongo que, a partir de cierta jerarquía en las corporaciones o en la política, uno se convierte en el Taconeador, y reserva su respeto para nadie y los pies carapálidos para la playa. No dejaba de ser una grosería que el hombre hubiera entrado hasta mi sala con su halo de cuero y agujeta; y no era una grosería nimia. Mi abuela la clasificaría como una malcriadez.

El resto de los invitados sí había optado por quitarse los zapatos. Era un gesto de sentirse en casa, en una reunión casual lejos de las salas de juntas  y de los cubículos, cada quien mostrando su faceta más ligera y plegando sus piernas alrededor de la mesa bajita de la sala. Claro, en cuanto llegó el Taconeador,  el tono casual pasó a ser una dinámica de penosa conciencia sobre las características del calcetín propio o del ajeno, si era el caso. Los casos más pelones fueron los de las mujeres a la merced de la elocuencia de su pedicure, y un jovenazo de pies con olor a roquefort, un tanto mimetizado entre las aceitunas, el  humus y el nan.

El Taconeador no se sentó en el suelo. Tomó asiento en el sillón y cruzó la pierna. Su zapato quedó a la altura de las caras de los invitados-subordinados quienes mejor se sentaron también en el sillón, como adultos contemporáneos. De sutileza en sutileza, la reunión se fue agüitando. Me fui la cocina a poner el agua para el té.

Volví con las tazas, la charola y una caja de madera que abrí frente al Taconeador. Él ponderó sus opciones como si estuviera eligiendo un puro y, al final, tomó un sobre. Sonreí, y lo felicité por su decisión. Vertí el agua en su taza, él puso la bolsita y, en modo casi instantáneo, la reunión se animó de nuevo. Era como estar en casa pero de la risa muda y sin organigramas ni puntapiés, la risa más antigua que todas las abuelas dicharacheras del mundo.

El Taconeador se bebió en público y a la vista de todos la cantidad de 350 ml. divididos en dos tomas, de una fórmula herbal a base de eneldo, jengibre y manzanilla para una menstruación plena y sin molestias.

Fue una noche de luna. Como la de hoy.


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Operativo Matatena

Lo que sé del apego, lo aprendí en mi casa. Lo que tuve que desaprender, lo supe como temario de escuela. El resto de mi infancia transcurrió jugando en la calle.

La “calle” era un pedazo de banqueta. En días buenos, de magnanimidad en materia de permisos, la calle abarcaba hasta el parque a media cuadra. Y sin embargo, la calle no se medía en metros cuadrados sino en posibilidades, texturas y en vecinos: los de la misma edad, los chiquitines, los gandules, los que no se juntaban con el resto de los mortales. El tiempo tampoco se medía en horas, sino en qué punto de llegar de la escuela, comer, hacer la tarea, salir a jugar o despedirse para cenar se encontraba cada quien.

La banqueta era el cuartel, la sala de juntas, el hospital, la refaccionaria. La acera de enfrente era todo lo otro, unido por una piñata en las posadas comunitarias. A lo largo, la calle era espacio entre porterías, velódromo, pista de patinaje, telegrama incesante de ¡coche!. El parque era el foro para comprobar que no todos los extraños asustaban ni todos los conocidos eran de fiar. Y mina de cacas arqueológicas. Y juegos hechos de tubos de metal que, un día, tuvieron color.

La calle, igual que la infancia, dura poco. Termina siendo un nombre dentro un listado urbano, una unidad que paga impuestos. Una fotografía en Google (Maps). Si pervive más allá de sus construcciones es por todo lo que se jugó en ella.

Mis hijas, como muchas niñas y niños de su generación, siguen siendo educadas en la casa y en la escuela pero no salen a la calle. Ya no se usa, ya no es posible por tantos motivos. Hay un duelo tremendo, colectivo, por esta pérdida de espacios. Quiero hacer algo al respecto, que no se les pasen los días que les quedan sin jugar lejos de las estructuras y más cerca de ver con la imaginación y los amigos donde solo hay asfalto, tránsito. Nada.

Conseguí dos latas vacías y un hilo, una matatena, un trompo y unas canicas. En franca equivalencia a los Super Amigos en el Salón de la Justicia, convocaré a todos los vecinos del mundo con un chiflido: los niños y las niñas tienen que seguir jugando en la calle porque la casa y la escuela no son suficientes y la televisión siempre hace trampa. Esta generación y todas las que siguen van a jugar en la calle porque nosotros, los que sí, lo haremos posible.

Un, dos, tres, por mí y por tod@s mis compañer@s. Y por nuestr@s hij@s.


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¿Y el suyo?

Yo vendía rebozos traídos de Tlaxcala. La mujer eligió el verde con rayas plateadas y carmines. El esposo me dio los billetes. La mujer se puso el rebozo sobre los hombros. El esposo extrajo de su cartera una hoja tamaño esquela, doblada varias veces, y empezó a leerle un poema que había escrito pensando en ella. Nunca lucen tan bellos los rebozos como cuando se adornan con un sonrojo y un vestido color de campo.

***

Yo subía la escalera de un edificio de apartamentos. El anfitrión, conduciéndome hacia su casa, me hizo saber quién más estaría en la comida. El nombre me remitió a mi overol, a mis gises de colores y al primer grupo al que enseñé Filosofía de la Comunicación. El abrazo entre exmaestra y exalumno es un cántaro de estampas del ir siendo; qué jóvenes éramos, allá en el 2000. Somos más jóvenes ahora, corregimos: ahora somos pregunta, temario y ruta.  Abrazofoto.

***

Yo la vi, unas horas antes de la función, renegando, hallando todos los argumentos a su alcance para demostrar que no podía hacerlo. Sobre la mesa del comedor, la vi resignada, haciendo pactos con la mnemotecnia y los tonos, ensayando su libreto, apropiándose del personaje. Y dialogando con la incertidumbre, con todos los finales de catástrofe. En su intervención, la vi desenvolverse en la escena, como si ahí mismo la hubiera parido. En el cierre, la vi recibir el aplauso que el público le otorgaba en representación de ella misma. Al final, la vi renacer cuando volvió a mí, maquillada y definitiva.  Mis dos hijas han pasado por este proceso, en contextos y momentos diferentes; dice mi amiga queridísima que no hay nada más formativo que hacer teatro. Tiene toda la razón.

***

Fue un buen fin de semana.

 

 


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Miranda y el monólogo

Cómo citar una bibliografía, la teoría del día-logos según Martín Buber, sociología en los medios de Latinoamérica, Rasputín, la historia del bolero en la XEW. Según yo, tenía cierta experiencia hablando de temas diversos. Hasta que me tocó hacer teatro. Y hablar de mi vagina. En la misma ocasión.

Esperé mi turno en las cortinas laterales. Se apagó la luz. Salió la actriz anterior a mí. El corazón se me salió rumbo al banco donde leería mi monólogo. Entré al escenario, todavía a oscuras. La luz me dio la señal. Empecé a hablar pero no tenía encendido el micrófono. Mi amigo Marco -a quien le dediqué Hilo de Plata- entró a prender el interruptor debajo de mi rebozo. Me puso la mano en el hombro, un lujo, después de todo el apoyo que me había dado horas, minutos antes. Respiré. Yo sería la voz del testimonio de una mujer que asistía al Taller de la Vagina porque cree haber perdido su clítoris. Solo tenía que leer sin perder la dicción, sostener las diez tarjetas en orden numérico sin taparme la cara, evitar de tropezarme con el dobladillo del pantalón, no caerme del banco, mirar al punto sobre el balcón y

Recomencé: “Mi vagina es un caracol…”

Sentía cómo respiraba el público y cómo depositaba preguntas sobre mí. ¿De quiénes eran? ¿Mías? ¿Suyas? Una interesante, por ejemplo, ¿qué hacía yo, Locadelamaceta, ahí trepada, hablando de vaginas?

“Me sorprendieron las capas dentro de capas que se abrían en más capas”

Los espectadores no sabían que yo terminaría terminar ese monólogo representando un orgasmo.

 “Tenía que deshacerme de la devastadora idea de que alguien vendría a guiar mi vida”

La dificultad de la escena residía en que, para hacer el orgasmo, yo debía dejar de ser yo miranda-michelle-deschavetada-con toda mi historia- para ser esa mujer para que ella fuera a través de mí, que somos todas. Pero no las que callamos, sino las que gemimos y nos gusta, aunque nos hayan enseñado lo contrario. Ajá, facilísimo.

“No tienes que encontrarlo, tienes que serlo”

Ningún ensayo, ninguna sesión de análisis de textos me pudieron haber preparado para lo que siguió: quemar mis naves. Una fractura con el eslabón que me unía con mi pasado. Con relacionar lo femenino con el pudor, con mandar a lo privado todo lo que duele o asusta. Con ser mujer porque callo. Y callar por ser mujer y, por lo tanto, con buscar la respuesta a mí, a tientas, como a un anillo de esmeraldas entre el lodo.

“El momento que más temía y esperaba, por fin llegó…”

Igual que ella, cerré los ojos. Si se me caían las tarjetas, si me tropezaba, si mi familia me dejaba de querer por el mal gusto de asumir mi sexualidad gozosa en un escenario, si decidía no volver a proteger ninguna situación de abuso, si hacía el orgasmo más ridículo de la historia del teatro, o el más convincente, ¿qué? Gemí con todito mi ser. Hablé desde la vagina hasta el aura, pasando por el diafragma hacia la garganta.

“El estremecimiento reveló un horizonte ancestral de luz y silencio, descubriendo colores, música,inocencia y anhelo. Y me sentí conectada con un vínculo poderoso…”

En ese monólogo se me fue la vida entera. Me divertí. Amé. Reí. Se me quebró la voz. Transpiré. Seduje. Recibí preguntas que no conocía. Dejé ir otras que me estorbaban, por ejemplo, ¿qué hacía ahí, hablando de vaginas?

“Mi vagina es un tulipán. Un destino: estoy llegando al mismo tiempo que me voy”.

Terminé mi intervención. Salí del escenario, por la derecha. Caminé a tientas por el telón lateral. Me apagaron el micrófono. Marco y yo nos abrazamos. Me quité los tacones y tomé agua. En mi mano apareció una alhaja verde, brillantísima.