Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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De súbito

Para el Ingeniero, por supuesto.

Los lunes lloro.

Añoro tu reloj en la mano derecha, tus zapatos azules, tu barbilla,

el lugar donde tu mente se encuentra con la mía, deleite.

La lista secreta de escenarios del ojalá,

el pase de abordar esperanzas antiguas recién nacidas.

Lágrimas de sueños despertando.

las calles vacías y anónimas.

Nos extraño.

Los martes me ocupa el trabajo.

Soy toda concentración y enfoque,

proyectos por entregar, saturación.

Casi olvido que nos conocimos,

reniego de la poesía, la encuentro inútil,

no suelo llevar tu fotografía a mi beso.

Me siento a gusto,

aunque el piso esté frío y la ventana cierre a medias.

Los miércoles me enfurecen las pistas de frenado,

odio guardar compostura,  las barras de seguridad.

Quiero verte, ahora porque ahora. Impostergable.

Tirar por el precipicio a la cautela,

trastornar todas las rutinas. Urges.

Esto es una tortura.

¿Por qué estás tan sereno?

Tengo sangre en las manos. Tuve que matar al tiempo.

Los jueves tomo un decisión a propósito

y me obligo a dejar de pensarte.

Invoco a mi resiliencia,

por si te vas y nunca regresas;

paso lista de mi luto y de mis rezos,

por debo mandarte al olvido algún día.

Hago acopio de mi fuerza,

sólo hallo mi corazón, ternura, y tu nombre.

Los viernes llevo lencería negra

por si me topo contigo mientras vivo,

tu carisma, mi coqueteo, la cima reiterada,

la risa que lubrica,

porque hélice, porque abrazo.

Soy un mar de placer profundo que contempla el cielo.

Igual que tú.

Y ambos lo sabemos.

Los sábados/domingos estamos/somos

el amor nos conduce, libres,

y es tan fácil como un milagro;

dejamos que hable nuestra presencia

de las horas contadas esperando a vernos,

el graciasgracias de habernos encontrado,

de ir avanzando hacia la segunda mitad de la vida,

atareados pero compatibles,

diluyendo el pacto con la soledad.

Luego es lunes, de nuevo.

Y aunque cambia el orden de los días,

quedan los giros y la emoción:

algo siempre comienza, algo siempre termina,

nos vamos sucediendo de súbito.

Dijiste que te gustaban las montañas rusas.

A mí también me gustan.


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Derretida

Él me tomó de la mano después de mis evasivas, largas y excusas haciéndome la cool. Consentí, porque es una persona que aprecio y admiro. Los diez soles de las yemas de sus dedos orbitaron los míos.

Me derritió su gesto, he llorado y llorado desde entonces. Lloro por el cinismo helado que se incrustó en mi mirada: este ha sido el año en que me di por vencida en el amor de pareja. Lloro de alivio valiente, encendido y mutuo a prueba de distancia cortés para evitar decepciones. Son lágrimas de hielo cansado.

¿Por vencida? ¡Jamás! No me da miedo que me rompan el corazón. Asusta más lo fácil que es acostumbrarse a no sentir en las sociedades donde nadie se toca.

 


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Miranda y la clase de ballet

No daré mayor contexto porque me tomaría escribir un libro; baste saber que el hábito de calzarme esas zapatillas me acompañó por años, muchos años. Como veinte. Y esta clase era en domingo a las 10:30 de la mañana y había que tener experiencia a nivel intermedio, por lo menos, y uno siempre anhela volver a los lugares que amó. Yo cumplía con los tres requisitos. ¡Qué mejor!

Había algunas personas haciendo estiramientos en el umbral del salón. Todas no profesionales y mayores de cuarenta años. Ah, bueno; me daba inquietud parecer tullida por contraste, ya muy mayor por no moverme con la misma agilidad que antes. Luego todas esas personas comenzaron a mostrar su flexibilidad formando ángulos de cadera y piernas que me hicieron contar mentalmente cuántos frascos de árnica había en mi botiquín de casa. Yo me entretuve rotando el hueso ilíaco con mucho respeto hacia mis alcances. Y, por supuesto, parecí tullida por contraste.

Empezó la clase. El maestro era un hombre que tuvo algún momento de gloria en la danza y cobijaba la fama dentro de su barriga cultivada a base de cerveza y sándwiches de pan blanco. (¿Que cómo sé eso? Trabajé con policías. Y esa historia da para otro libro).  Me instalé en una barra y zas, fui el lunar en el espejo.

—¿Eres nueva?

—Sí.

Una hora después llegué a las siguientes conclusiones:

  1. La memoria corporal sorprende. Me encantó recordar, como si fuera resolviendo un crucigrama sin diccionario, deletreando palabras y verbos de movimiento en horizontal y en vertical.  Una parte de mi identidad se había conservado intacta. Y mi cuerpo, tan ajado por la maternidad y los intentos de ser feliz, era uno consigo mismo.
  2. La memoria emocional es precisa. El ballet, para quienes crecimos rodeadas de esa disciplina, era estética y gracia tanto como insultos a nuestro peso y a nuestro desempeño. Y ser «la nueva» quería —y quiere decir— :«la que conoce los pasos pero desconoce las reglas no escritas de este grupo social así que vamos a divertirnos un rato a su costa».  Muy cuarentonas las compañeras pero como si estuvieran en quinto de primaria con sus risas de reojo y sus grupitos al hacer la coreografía en diagonal.  Awww, cabronas. Claro que les saqué la lengua. En mi pensamiento.
  3. Tuve el shock cultural de notar que aquí dan diez indicaciones seguidas y nadie chista. Es normal. Vaya, hasta sale en la tele*.   Era una receta para perderse entre nombres afrancesados y cuentas en 8. Claro, no faltó quien sí entendió a la primera y puso la muestra y activó la competencia. Y el espíritu anglosajón se puso de buenas.  Me fui a sentar a la banca a sobar mi desdén por los imperativos.
  4. La música en la clase de ballet es parte del goce. Los arreglos de las piezas tienen el encanto de la música clásica y la cuenta de lo predecible. El ritmo cae justo en su casilla, no hay espacio para la ambigüedad ni para la variedad. Consuela.

No me la estaba pasando bien —he perdido coordinación ojo-brazo-cánones de la postura-parejito es más bonito— y la verdad sea dicha: estaba haciéndolo bastante mal, en parte por la falta de práctica, la novedad y porque, oh Ego, quizás ese nivel estaba muy avanzado para mí a estas alturas. El maestro no me decía nada pero tampoco hacía falta. A veces hay que volver a principiantes aunque se tengan veinte años de experiencia en el área. Y está bien.

Cuando asumí que mi regreso triunfal fue tibio tirando a abollado, solté. (Casi, porque perdía el equilibrio y tenía que volver a tomarme de la barra). Faltaba un ejercicio y yo ya estaba harta y moría por un café. Cuando el maestro puso la música, me agarró desprevenida. Seguramente en dos décadas han cambiado los arreglos, pero nunca me había tocado algo similar en mis clases del pasado. Me reconcilié con el momento por medio de una certeza: las anglosajonas podrán hacer sus ejercicios limpios y pulidos pero jamás sentirán una fuerza abriéndose paso hasta sus hombros, instándolas a desafiar las reglas de la Acádemie Royale de Danse (fundada en 1661), al oír un mambo** y sus colores en plena clase de ballet.

Terminé la sesión de muy buen humor y dormí una gran siesta a pesar del espresso. Horas después tuve que recurrir al árnica de mi botiquín y a practicar mi imitación involuntaria de un robot. Me queda por decidir si dejaré que la memoria del ballet sea libro potencial o si abrazaré mi condición de aprendiz o escucharé  la moraleja y me hallaré más a gusto en una clase de zumba. O todas las anteriores.

—Continuará. Igual que continúan los lugares que uno ama—.

Yeah.

* Minuto 2:53 al 3:06, tal cual. Equivalente.

** ¡Encontré la pieza! Dice que es el 5 pero obvio que no. A ver si logras oírla y quedarte quieto(a). 


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Ay.

Quizás fueron las anestesias epidurales o el descuido en la postura al echar la ropa a la secadora. O haber subido pisos y pisos con bolsas del supermercado o haberme gastado la cuota de peso iliaco durante el kínder —y ya entrada la primaria— de mis hijas. O los varios dueños de la silla de mi oficina o los rituales simbólicos de cortar con algunos patrones de mis antepasados. O la edad, por supuesto: camino como si hubiera envejecido cuarenta años en una semana. Tengo forma de L.

He mirado el dolor físico con cierta curiosidad, cómo habla con frases largas e imágenes sostenidas presionando la urgencia y las alarmas de que algo no está bien, con qué ternura me muestra que el control es una ilusión. Cuando hay dolor sólo hay dolor, el resto sólo son modos de darle la vuelta hasta que vuelve a doler, crece la súplica: ayuda, alguien. Me es curioso, pensé que sabía algo de lo que duele por dentro.

Justo anoche tenía que impartir un taller de migración en una de nuestras escuelas. La amenaza de la presencia de ICE en el norte de California está alborotando el pánico en las familias, tengo que repasar con ellas la información para que conozcan y ejerzan sus derechos. Durante la hora y media que duró la plática me recargué, intermitente, contra una mesa y pude disimular, sin mucho alivio, que no podía con la espalda. Terminé el taller hilando entre dientes todas las groserías que me sé hasta formar una soga con nudos para avanzar a rastras de mí jurándome que hoy iría al médico.

A punto de terminar la sesión, cuando ya estábamos guardando el material, un hombre levantó la mano.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Habíamos cubierto el tema a lo largo de la plática y, por un momento, me extrañó la pregunta. Ese señor había estado presente desde el inicio, me constaba. Un tirón me punzó desde la cintura hasta la rodilla, la mesa me sostuvo poco. El señor me preguntó con los ojos si lo había escuchado. Sí, señor: claro que lo escuché. Y usted, ¿puso atención?

Conforme se vació el lugar y se fueron yendo las personas, sólo quedamos él y yo, uno frente a otro. Y me di cuenta que, en vez de sentarse en las gradas, el señor había estado de pie y cargando a un bebé dormido durante los 90 minutos que duró la plática.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Ninguno de los dos, a esas alturas del día, sentíamos las piernas. Ayuda, alguien.

Todo fuera como explicar un folleto o hacer una llamada al centro de salud. El señor se fue sabiendo qué hacer si la migra le cae a su chamba y y yo, en cuanto terminé el evento, programé una cita para las dos de la tarde, volví a casa, mañana se hizo hoy.

Cuánto, cuantísimo puede doler el dolor de otro ser humano.

Desde mi probable nervio pinchado no dejo de pensar en aquel hombre.  Hoy será un día de analgésicos. Quiero los que me permitirán moverme con libertad,  pero ninguno para apaciguarme el corazón apachurrado ni las ganas de llorar porque la súplica de ese señor, padre, migrante, indocumentado se coló, contundente, hasta el cuestionarme el hacia dónde de mi trabajo.

Cuando hay dolor sólo hay dolor pero también una oportunidad de conexión que involucra a las personas en modo indeleble y desafía el orden y da la fuerza para resistir tantito más y hasta más. Hay encuentros que, incluso, resignifican la profesión y devuelven la vitalidad, hace que se olviden los achaques y las frivolidades.

Claro que lo escuché, señor. No tiene idea qué tan hondo.


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Segundo acto

El corazón tiene razones que la razón desconoce

—Blaise Pascal.

Spoiler: sobrevivo.

 El adhesivo de uno de los electrodos se aferró a la piel de mi escote y me dejó una marca roja en el centro del pecho. La enfermera musitó el muy genérico «Una molestia» mientras me depilaba el brazo al quitarme la canalización.  Falsa alarma, diagnosticó dijo el médico de guardia. Me mandó reposo y otros estudios, por no dejar. Ni le pregunté al de Urgencias si aceptó mi descripción del dolor, para el expediente.  Decir que una garra jaló mi corazón hacia el suelo y me punzó el brazo izquierdo y fue como si me voceara el gerente general o la directora de escuela o la madre de todo cuanto existe y tuviera que dejar lo que estaba haciendo e ir y no, por favor, no, es preciso. Aunque un poco largo.

Le aseguré a mis padres, por Whatsapp, que estaba bien. Volví a mi casa a las tres y media de la mañana. No había tren ni grillos ni ojos de mapache entre los arbustos ni alguien mayor de cuarenta y un años y que me amara y a quien yo amara para poder abrazar y soltarme llorando del susto porque habían sido síntomas de infarto y pensé que me iba a morir. Y porque, al seguir viviendo, uno necesita mucho ir a otra sala de urgencias del dentro a elaborar lo que pasó: ay de las caras de mis hijas cuando me despedí de ellas sin saber si las volvería a ver, hagan la tarea, vayan a la escuela mañana pase lo que pase; auch de estar harta de atraer relaciones a distancia que ennoblecen la ausencia; ay de varios libros en ciernes que, por fuera, se ven como un montón de notas a mano y que se iban a quedar sin ser escritos; ay de los besos, los viajes, las cumbias, los tacos, las confesiones, las reuniones, el crédito del gozo que entregaría sin usar, desperdiciado. Ay, no fui al súper, no eché la lavadora, no quemé mis diarios, no hice las paces, no regué las plantas, no alcancé a conocer a mis nietos. Ay, no estoy lista.

El segundo acto comenzó con un huequito lampiño en el antebrazo y las secuelas de una desvelada infame que es, incluso, motivo de alegría. Se diluyó el miedo y, con el reposo, se me borró la marca roja, pero no se me olvida dónde fue ni cómo aquel miocardio, por un momento subjetivo, hizo una pausarecuentoinventario y me hizo la pregunta por mi propia muerte y si estoy satisfecha con cómo llevo mi vida.

Sigo sin estar lista para colgar los tenis y es todo lo que necesito saber para seguir adelante. Eso sí, no vuelvo a decir — ni de juego ni cien veces al día— que me da el soponcio.

 

 

 


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This is for you, Peter

Peter me cae muy bien. Y creo que yo a él, un poco, porque cuando me ve llegar, sé que me ha estado esperando. Me invita a pasar. Tomo asiento, me sirve un té de frutos rojos. Como si hiciera falta verbalizarlo, quiero contarle todo: que fui a Sacramento a dar una conferencia sobre familias inmigrantes, que me dio influenza, que lancé una llave a los durmientes de la estación de tren, que me estoy apasionando por los relatos chicanos en un modo que nunca sospeché, que estoy obsesionada con escribir acerca de casas. Que dejé de pintarme el cabello y tengo una corona de vetas de grafito. No se llama Peter, claro. Ese es el nombre occidentalizado que le asignaron, él parece ser de China.

Jamás he cruzado una palabra con él. En cambio, bebo mi té y me reclino. Peter lee las líneas de mi frente. Peter alisa mi entrecejo. Peter acuna mi cráneo. Peter hace una pausa idéntica, cuando pausa. —No le sobra ni le falta tiempo, es una pausa bellísima—. Peter toma mis pies, uno a uno, les unta aceite de rosas, escucha lo que traigo para contarle. Peter presiona mi hígado, mi bilis, mi tiroides, mis riñones, mi cansancio cansado de estar alerta, mis decepciones tercas, mi lista de retos, mi tristeza inherente, mi furia de Kraken con planes de retiro, y cada uno de los puntos energéticos según la reflexología.

Nos entendemos a través de inclinaciones de cabeza y propinas y thankyous. Él me cae muy bien, y creo que yo a él porque sonríe cuando me ve llegar. Dirá a sus colegas, durante el cigarro entre el turno matutino y el vespertino, que mientras él pulsa, yo gimo en decibeles de pudor rumbo al descaro, suspiro y pierdo la esperanza, ronco y me despiertan mis ronquidos, detengo el agua de ojos que quiere huir hacia mi oreja, respiro y río, toso. Seré el chascarillo del día, quizás. Es sólo un masaje de pies, señora. Meta-relájese.

No sé si Peter sepa de los efectos de las separaciones, de lo que uno es capaz de hacer por un abrazo, por ser tocada con la atención, o de la tentación de confundir deshabitarse con soltar y de querer exigirle a la vida certezas cercanas, a la mano. Sí sé que Peter y su roce predecible fueron el machetazo capaz de abrir y mantener abierto el sendero entre yo y mi cuerpo, para estar presente y dentro, para conservarme honesta conmigo misma, selectiva, clara. Peter no se imagina que, por las razones antes expuestas y por motivos antiguos, más de una vez ha sido la persona más importante de mi vida. Firma al calce.


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De plataformas

Al ras del suelo, pacto con mi pié derecho: anda, inténtalo.

El pié dice que no, que yo ya tengo todos mi cuentitos bien delineados, intentarlo va en contra de mi marca personal; ya tengo suficiente con preguntarme cuál es mi lugar. Y encima ahora, ¿el riesgo de tropezar? ¿Y si pierdo el sitio que ocupo?

Insisto, anda. A regañaempeine, cruza la línea de las plataformas. No tarda el vértigo. Y tengo que elegir, siempre elegir, he de elegir, qué hago con el otro pié, el izquierdo. ¿Qué sabe que no sepa, acerca mis contradicciones? ¿Qué le cuento, al siniestro, de mis lados oscuros? En el umbral de mi, se me adelanta. Estoy parada en la orilla de mí misma, y me gusta. Hay mucho de elevación y vuelo de agudezas en esta decisión, me viene bien. No hay conflicto de intereses, al contrario: los amplío. Confirmo: mi lugar es donde quiero.

El reto seguirá siendo escribir descalza. Y con los tacones de quince centímetros que me acabo de comprar.