Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Ella Escribe

Qué bonito y necesario es que exista She Writes, una comunidad global en línea que ofrece contenido, inspiración y apoyo de mujeres para mujeres en cualquiera de las fases de su proceso de escritura. Estoy estrenando un espacio allá; estaré posteando los temas que imparto en mis talleres y algunas reflexiones en torno a la vida creativa.  ¡Haz click aquí! 


Escritoras.mx entrevista a Locadelamaceta

Reporte, hasta el momento, desde la Ciudad de México: jamás había reído, llorado y abrazado tanto en un viaje.

Y, para sumar motivos de gratitud, recibí el apoyo de escritoras.mx. Aquí va la entrevista que me hicieron. ¡Gracias a Cristina Liceaga y a su equipo por el apoyo a las mexicanas que escribimos!


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Gracias, Francisco

Le tomé una fotografía en el podium, resguardada junto a los controles de las luces en el escenario. Aquel hombre bajito de los Altos de Jalisco —una ironía que él mismo enfatizaría al terminar la plática mientras firmaba libros en lo que me unía al personal de la escuela para recoger las sillas— no se presentó con sus títulos nobiliarios de academia, es decir, no dijo que es profesor emérito en varias universidades ni su maestría y doctorado en Literatura Latinoamericana, mucho menos mencionó que sus libros autobiográficos están dentro de los 50 títulos más importantes de la literatura juvenil estadounidense o que fue ganador del premio John Steimbeck, ese que otorgan a creadores cuyas obras promueven la empatía y el valor de superar situaciones de adversidad profunda.

Por el contrario, se presentó como un niño campesino que llegó sin papeles a Estados Unidos con su familia. Panchito, el Pecoso, Preguntón, el que recogía fresas desde los 6 años y le pagaban tres centavos por libra, el que siempre se estaba mudando de campamento porque y añorando permanencia, algo que fuera cierto y seguro, no las variaciones en los campos, de años buenos y años pésimos, de pasar meses de hambre y helada, del trauma de no saber ni una palabra de inglés y ser el que llegaba hasta noviembre a la escuela (¡qué va a saber el calendario escolar de los tiempos de las cosechas!) El que siempre vio a su padre doblado por el dolor de espalda por el peso de los costales, el que tuvo un hermanito bebé al que vistieron con ropa que hallaron en un basurero porque la familia no tenía para más. El que llevaba una libreta para apuntar palabras nuevas, todas las posibles, con esas ganas insaciables de saber, y que se le quemó en un incendio. El que tuvo una mamá que no sabía leer ni escribir pero que sabía de la vida, de la paciencia, de los tesoros que nadie puede arrebatar o perder.

Dedicó un buen rato a hablar de Don Pancho: aquel hombre que contaba historias de espantos; siempre se arrepintió de no haberlas podido grabar, ni cómo. ¡Esas sí habrían dado para un best-seller! Lástima que a Don Pancho se lo cargara la migra, nunca lo volvió a ver. Panchito añoraba algo que durara y encontró el conocimiento, tanto el que proviene de estudiar como el de escuchar un relato: a donde uno vaya le acompaña lo que sabe y lo que recuerda. Ese es el poder de la educación, de honrar las raíces, de apreciar el sacrificio que otros han hecho para que podamos tener mejores oportunidades de vida. Le tomé la foto mientras se dirigía a su audiencia: una centenas de familias provenientes de México y Guatemala, en su mayoría. Ojalá mi fotografía hubiera podido captar el silencio respetuosísimo y tierno del público que estaba escuchando.

Pedí ser la maestra de ceremonias de ese evento porque Francisco Jiménez no sabe que que su «Cajas de Cartón» fue uno de los primeros libros que leí cuando llegué a California. Había llevado a mis hijas a una biblioteca púbica y empecé a hojearlo y conecté con él. En esa época yo estaba triste pero era un pesar raro: de preguntarme cuál era mi lugar. Frente al libro de Francisco, sin saberlo yo, se gestó «Usted & la Canción Mixteca», mi interés por el duelo migratorio y el rumbo de mi vida profesional y personal. Ai’ nomás.

Cuando acabó el evento, guardamos las sillas, nos tomamos la foto y me firmó una copia de su libro, quise decirle quién era y qué significaba para mí. Sólo atiné a agradecerle con la torpeza de la introversión que a veces me acompaña. No fui la única (aunque otras personas lo hicieron con más gracia y efusividad y motivos): gracias, Francisco. Gracias por trabajar duro, por celebrar tus dos idiomas y tus dos culturas, por modelarnos la dignidad de quien salió adelante, por contar tus historias en tiempos de hambre de inspiración y helada de asideros.

Pareciera que este tipo de encuentros tienen una mera relevancia local. No dejo de pensar que, mientras más voy conociendo personas y más observo cómo hay preguntas que van trazando el rumbo, me convenzo de que todos y todas somos migrantes.


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¿Estás ahí?

A veces necesito verificar que el mundo siga donde lo dejé.

Me da seguridad saber que puedo dedicar mi atención entera a un proyecto, por ejemplo, y que el click de la lámpara en el buró sea, todavía, como un chasquido de duende ronco. O que el líquido que ya tiró el hervor todavía proteste porque lo verteré, como si le diera angustia de separación de la hornilla. O que el jabón recién abierto siga suspirando como un animal de líneas dóciles y perfumadas. O que la voz automatizada del dispensador de boletos del estacionamiento todavía dirá «espere unos segundos. Gracias por su paciencia».

Y si mi atención, por poner otro ejemplo, tuviera ganas de quedarse un rato largo en una mirada que me enamora o, todo lo contrario: quisiera desaparecer de vínculos que ven feo, puedo contar con que abriré mi buzón y el cartero habrá apilado los sobres por tamaños, poniendo al frente los que provienen del banco, y la correa de mi zapato derecho será voluntariosa en el tercer hoyo, que no abrocha con prisa.

Y si, ya encarrerada en los ejemplos, la hoja en blanco y el lápiz me reclamaran que trabajado de más o que no estoy en mi eje de presencia, todavía habría virutas de sacapuntas como olas deshidratadas y el cuaderno se abriría en el centro donde está la costura, como parapente que no quiere jubilarse.

Verifico —y es una necesidad honda— por más bobo que parezca. El cambio me incita al apego, el tiempo me invita a controlar, los objetivos insisten que insista, el apego me muestra el dolor. Hay días, con sus noches, que no sé qué va a pasar. Y si bien el mundo nunca ha sido mío, el asombro evitó y ha evitado que me fuera ajeno.

Sí, está ahí.

Suspirosonrío.


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Devolver al remitente

Vida,

Me llegó este paquete y te lo quiero devolver. Gracias por habérmelo enviado porque, si no fuera por su contenido me habría muerto en la infancia en el más absoluto desamparo y en la adolescencia por atrabancada.

No me lo puedo quedar porque lo que creo ahora me pide que revise el origen de mi sufrimiento y en cuanto me topé con el paquete te lo quise devolver con urgencia. Con cariño, te regreso todos tus imperativos. Estoy desterrando cada uno de los verbos en forma de orden para ser obedecida, desde la cotidianidad del «come», «recoge», «limpia» o «paga» hasta el megáfono del «calla», «demuestra», «oculta», «controla», «aguanta», y hasta el «ven» y el «quédate» más seductores. No le pondré mi nombre, sabrás que el paquete es mío. Donde decía FRÁGIL, por fuera, está tachoneado; cuestión de precisión: frágil yo cuando obedezco y no es a mí, creyendo que habrá un premio al final del camino.

Si haces un inventario, verás que tomé «escribe», «explora», «perdona», «disfruta», «deja ir» y «resuelve». Los elegí por voluntad, son las insignias de mi autonomía. Quizás notes que el embalaje original quedó medio forzado, valga el campo semántico. Resulta que quedó un espacio justo del tamaño de mi necesidad de dar explicaciones para no sentir culpa. La recibirás igualmente. Ojalá el paquete llegue con bien. O se pierda el camino.

Con alivio, abrazando mis fortalezas,

Locadelamaceta, disidente.


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De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.