Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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De leyenda

Desde que la funeraria de Pueblo con Malecón recibió, en donación, un aparato de aire acondicionado que no hacía ruido, la gente no supo qué hacer con el silencio. Fue iniciativa de los Rotarios, una afirmación de progreso. Ya era posible morirse y que, en los pasillos de la funeraria, se sintiera un frío suficiente para poder dar el pésame sin rozar las sienes sudorosas de los deudos, ya se podía guardar el abanico en la bolsa para que, al hablar de las virtudes del difunto o difunta, no pareciera que uno se abanicaba porque le sabía algún desliz moral al occiso(a).

El aparato no amenazaba con desplazar al banco y los hábitos arraigados de convivencia e inversión de los parroquianos, que iban a la sucursal del centro, fresca, fresquísima y, por mero trámite, consultaban su saldo casi idéntico al del día anterior y declinaban, ahorita no, el ofrecimiento de abrir una cuenta: a lo largo de las canículas ya habían abierto todos los instrumentos de inversión que podían, vivían de sus intereses y, ahí estaba su riqueza: en que el banco ofreciera solaz y café y los dejara quedarse un par de horas cuando pegaba más duro el sol, apreciando su lealtad térmica a la institución.

Un aire renovado: gracias al aparato, se podía montar guardia de honor en los velorios con más porte y menos fastidio, y recorrer el rosario a gusto, portaleando a través de los misterios, con la voz-guía del señor González, que rezaba muy bonito y persuadía a la Virgen, intercede por nosotros María, anda, tú sí quieres, acuérdate ahora y en la hora de nuestra muerte, y comer tamales y beber café como todas las veces desde el inicio de los tiempos, cuando el primer fallecido fuera puesto en una mesa, cubierto con una sábana blanca y con un bloque de hielo debajo y un ventilador desaceitado de aspas percudidas. Pero, esta vez, sin ahogarse en el sopor de los nardos.

El problema no era el silencio de los muertos, desdibujándose, sino de los vivos dándose cuenta de que estaban vivos mientras algo o alguien callaba. Era un aire acondicionado de marca holandesa. El silencio hizo visible al dolor. El dolor escapó, condensado, volvió a las salas del velatorio a través de las rendijas en las paredes, se convirtió en gañido. No se oxidaba.

Pueblo con Malecón, en su leyenda de aportaciones de avanzada, registró dos eventos que cambiaron la historia: uno, el día de la llegada del aire acondicionado a a la funeraria y dos, el día en que cuatro comadres se ofrecieron a cuidar al cadáver en lo que las demás personas iban a casa a tomar un baño. Es cierto que el aparato del aire acondicionado hacía la noche más llevadera. El silencio, en cambio, era tan diáfano, tan filoso, tan jodón, tan estorbo, tan señalador de pérdidas, que las mujeres terminaron tropezándose con un chiste malo. La mórula de risa se abrió paso entre lo que dolía y devoró el aire artificial, hiriendo al silencio. Las comadres se hicieron pipí en los calzones y, por supuesto, todo el Pueblo con Malecón se enteró en el entierro. Cada velorio que siguió tuvo su momento de remembranza para mencionar a las heroínas mionas a quienes les ganó la risa, pero no su duelo. Nunca revelaron cuál fue el chiste. El silencio huyó rumbo a Comala y se cambió el nombre. Eso fue en abril de 1955.

Basada en una historia real. 


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Al día siguiente

             Recalenté el café. Me había entretenido en el scroll de Twitter, ni supe cuándo amaneció. Giré el asa hacia el frente, sostuve la taza entre mis manos para calentármelas, a falta de fogata. Este era un frío que desolaba. Preparé huevos revueltos, pan con mantequilla. Tomé tres mandarinas del frutero. Puse la mesa con servilletas de otoño. Llamé a mis hija a desayunar.

             Mini Dancing Queen, modorrísima por la desvelada, comió en silencio. Victoria Luminosa, preparatoriana, frunció el ceño desde dentro de su segundo vaso de leche. ¿Por qué estás tan tranquila, mamá?, me preguntó en nombre de ella y de su hermana. Es calma, no tranquilidad—le respondí. No era el primer «al día siguiente» en mi vida. Ahora creo que me pedía pautas de qué pensar, qué sentir, qué esperar, qué hacer al día siguiente de presenciar que el peor miedo se hubiera cumplido. Yo solo sé una directriz: la vida continúa, hija. Suspiraron. Salimos rumbo a la escuela, ellas; y yo, hacia mi trabajo.

            Tomé la autopista 280. Cuando algo me atribula, me basta llenarme los ojos de coníferas mientras atravieso las cinco salidas que separan a mi suburbio del distrito escolar donde está mi oficina; ese día, más tarde, tendría una junta con padres migrantes, el paisaje me ayudó a buscar palabras y estrategias. La autopista, las avenidas, las calles, las fachadas: idénticas a cualquier otra mañana. Entré al edificio, el vestíbulo estaba sin gente. Subí al segundo piso pisando los eslabones de ¿ves? todo sigue igual, la vida continúa. Caminé hasta mi cubículo. El silencio era insportable. En uno de los cruces de los pasillos, había gente reunida. Los saludé, me devolvieron el saludo. «No podemos creerlo». Ah, la frase característica del día siguiente; asentí. Nos ofrecimos aceites esenciales, pañuelos desechables para los sollozos que interrumpieron las juntas y cada interacción. Estar, hablar dónde estabas cuándo te enteraste, Otro rato en aquel ánimo de velorio dislocado. Nos dispersamos, cada quien hacia su cubículo, con pasos de insistir: esto no está pasando

Abrí mi computadora, tecleé un buen rato, mandé a imprimir el documento, fui por él a la impresora. Algunas personas no habían participado en el shock colectivo que se improvisó en el cruce de pasillos; sonreían y cuchicheaban. La vida sigue, me dije. Qué bien. Una de esas personas me preguntó cómo estaba. Le conté que estaba preocupada por mi junta de ese día, más tarde. La persona se puso de pie y me quiso abrazar. «Lo siento mucho por ti y por tu gente. Mucha suerte siendo mexicana en Estados Unidos». Asentí al descubrir por qué sonreía esa persona, era republicana en 9 de noviembre de 2016. Volví a mi cubículo. Perdí la calma. Ninguna experiencia previa, de noche o de día, pudieron hacerme immune al miedo que sentí al recibir aquel abrazo de alguien que celebraba el triunfo de Trump. Yo quería salir corriendo. Qué jactancia, la mía:  creer que sé algo acerca de cómo funciona la vida. Sí, continúa. Hay rumbos espantosos.

Para la bitácora: pasado el shock, en la tarde del día siguiente de las elecciones presidenciales, miles de ciudadanos norteamericanos salieron a protestar en las calles de algunas ciudades; San Francisco, entre ellas. Los padres migrantes no se presentaron a la junta.


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De lo endeble y otras memorias

Las mañanas de mi primaria iniciaban circulando sobre Eje Central desde Eugenia hasta unas cuadras antes del Viaducto, mientras mi papá me preguntaba las capitales y tablas de multiplicar en un orden predecible. Muchos años después supe que Luz Saviñón estaba a la altura de Brasilia, 8 x 5, y que Cumbres de Acultzingo era por ahí de Varsovia, 6 x 7. Y yo siempre me distraía al llegar a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes porque el edificio estaba decorado con mosaicos de colores y una historia:  un lago al centro; frailes evangelizando a los indígenas arrodillados, una escalera con la leyenda «social», un avión, un mapa de México, un átomo, una cruz; una serpiente emplumada color jade bordeando el edificio y los ojos de un dios al lado de un herrero, un campo petrolero junto a un árbol con un indígena en su tronco y a los padres de la patria en sus raíces. Ese mural era mi segundo favorito de la vida, el primero era el del Teatro de los Insurgentes.

El 19 de septiembre de 1985 oí a mi mamá gritar, llamándonos a mi hermano y a mí. Respondí con el «voooooy» universal de los hijos. Su voz no se parecía a ninguna que le hubiera escuchado antes. Bajé las escaleras rapidísimo, ya de uniforme y peinada. Jack bajó conmigo. Eran las 7:20 a.m.

—Está temblando— dijo mi mamá, mientras nos conducía a un patio interior, amplio, donde mucho, mucho tiempo después yo llevaría a cabo el acto que me habría de convertir en locadelamaceta.

Temblaba. Y yo no sabía si el temblor consistía en los faroles de la pared, columpiándose, si así se le llamaba a una barda de ladrillos cuando parece que se va a derretir, al olor a gas, o al ruido del miedo en silencio. Los que estuvimos ahí sabemos de qué se trata un temblor; y el martillazo de las grietas y los vidrios reventando.

Mi papá estaba de viaje. Me contaría, ya de adulta, que la televisión en Miami pasaba y pasaba las imágenes del sismógrafo, con la aguja desbordando la gráfica. Adelantó su vuelo a la Ciudad de México.

—Ya no hay Ciudad de México—, le dijeron en el aeropuerto.

Por ese viaje, mi mamá nos llevó a la escuela. Jack cursaba primero y yo, cuarto. Nadie me preguntó las tablas de multiplicar ni las capitales. Tuve que ver por la ventana. Había gente en las calles, en núcleos de ¿qué te pasó? Un policía nos detuvo, cerrando el paso, unas cuadras antes de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. La torre, con las antenas, se estaba incendiando. El dios al lado de un herrero había cerrado los ojos, rumbo al inframundo. El edificio estaba en ruinas.

Volvimos a la casa. Mi mamá me puso a colectar agua en unas cubetas. El piso se enlodó un poquito por las huellas de mis zapatos y yo decidí que era importante que el suelo estuviera limpio. Eché tres o cuatro de las cubetas mientras el agua seguía tirándose en la llave hasta que el piso quedó blanco de nuevo. El líquido cayendo se mezclaba con la narración de Zabludovsky en el radio. Le admiro a mi mamá que no me hubiera regañado. Hoy sé qué estaba escuchando en ese reportaje.

La noche del 20 estaba viendo a los Superamigos. Mi mamá hablaba por teléfono con uno de sus hermanos. Jack dormía. Otra vez esas dos palabras, hecha una, como impulso de huída: está-temblando. Mi mamá cargó a mi hermano y yo bajé aprisa las escaleras. Salimos al patio, a la pesadilla de un temblor de noche, a la intemperie, desmoronando la poca estabilidad de las últimas horas. Jack vomitó. Mi mamá se mantuvo serena y activa regalándome un ejemplo para todas las situaciones de emergencia que me han tocado vivir. Mi papá llegó de viaje en un taxi, creo. Dijo que el avión aterrizó sobre una masa negra porque no había luz en la ciudad. Nunca supo lo que vivimos sin él. Las ambulancias no pararon de sonar, por días.

Desde hace 31 años duermo con los zapatos al pie de mi cama y una linterna en el buró. A veces me pongo a limpiar cuando me estreso. Nunca más volví a ver los Superamigos, por inútiles. Me cuesta trabajo pasar por Xola y Eje Central.  Tuve que ir a clases los sábados durante varios meses de ese cuarto de primaria. Tengo bloqueada la tabla del 9, la del mes de septiembre.


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De videoclubes y this is it

Si usted nació entre 1914 y 1985: sáltese el prólogo.

Si usted nació después de 1985: lea primero.

Antes, el cine consistía en una sala donde cabían entre 1,300 y 1,965 personas. Las películas podían durar semanas o meses en cartelera y consistían en una cinta de 35 o 70 mm y, si todo iba bien, con sonido de alta fidelidad sincronizado con la imagen. Había un sistema llamado “permanencia voluntaria”, donde el costo del boleto de entrada permitía ver la película todas las veces que se quisiera ese mismo día; siendo frecuente que si uno llegaba tarde a la función, se quedara a la siguiente tanda, a ver cómo había empezado la historia o porque sí, por cinefilia. Casi todas las películas tenían intermedio, que servían para ir al baño y para hacer escala imperativa en la dulcería. Era obligatoria, porque así lo decía el único anuncio antes de que rugiera el león de la MGM o la señorita de Columbia sostuviera su antorcha: visite la dulcería.

Las butacas eran como de auditorio de escuela secundaria y, antes de que empezara la función, a los niños más latosos les daban permiso de bajar corriendo hasta donde estaba la pantalla, que formaba un escenario de a pie. La vista desde ahí hasta arriba ha de haber sido muy impactante, nunca me dejaron. Si el audio fallaba, se puyaba al operador con el grito de “¡Cácaro!”; yo hasta tenía una tía que se preciaba de la película se componía inmediatamente cuando ella lo gritaba. Y, no puedo enfatizarlo suficiente, ir al cine era vivirlo. Ese era el momento de ver aquella película y no había otro. Ir al cine era dejar que la película se imprimiera en la película y en la banda sonora personal de cada quien*

En ese contexto, un día apreció el videocasette -primero en formato beta, y luego en VHS- y con él, los videoclubes y mucho júbilo. Una vez que estaba lista la credencial (que se tardaba varios días porque implicaba el protocolo del comprobante de domicilio, una fotografía tamaño infantil y ser enmicada) era posible tener acceso a cientos de películas para rentar; desde las más arcaicas hasta el puro mugrero. A la par de los videoclubes, surgieron las palomitas para microondas y, con ese combo, larga vida a los sillones, a la nostalgia y a los fines de semana. Con el paso del tiempo, los vídeos serían sustituidos por los dvds, y éstos por los Blue Ray y por las descargas en línea y las películas y la televisión on demand. Ir al cine hoy ocurre con un boleto electrónico, en una sala donde caben entre 20 y 400 personas, con sonido digital, toneladas de anuncios, butacas acojinadas y algunas, que hasta de reposet. Nadie puede quedarse ni un minuto más del importe que invirtió. El cácaro está por terminar la preparatoria,  la invitación obligada ya no es a visitar la dulcería -sigue siendo un negocio redondo, por sus precios y por su fomento a la obesidad- sino para recordarle a la gente que apague todos sus distractores (comenzando por el teléfono celular) porque todavía el cine todavía es para vivirlo.

*Fin del prólogo*

El videoclub había quebrado, sin misterio. Estaban rematando los DVD’s y los pósters de las películas y fui porque el videclub estaba media cuadra de mi casa. El videoclub estaba dentro de un edificio donde antes había un banco, y los dueños habían invertido su empeño creativo en ambientar cada sección de películas. Los dos ejemplos más notorios de lo que acabo de afirmar es que las películas porno estaban en la zona de la bóveda, y para que la entrada a la bóveda tuviera cierto aire casual -en lo literal y en lo figurado- pusieron unas puertas abatibles como de bar del lejano oeste, pero de piso a techo; y que, en las columnas donde iba la folletería de los créditos y los préstamos, quedaron unas repisas donde iban las películas que exaltaban algún tipo de vínculo entre mujeres, como Magnolias de Acero. ¿Que cómo sé que la sección era para resaltar lo femenino? porque había un florero con rosas de seda húmedas con la gota artificial del rocío de silicón, y una zapatilla de cerámica rosa.

Busqué, en vano, más ejemplos de la combinación banco-empeño creativo, y no supe si fue porque llegué tarde a la función del desmantelamiento o porque había empezado el futuro. No me quise quedar a ver el resto. El dueño y su esposa se veían muy afectados y entendí desde dónde y desde cuándo; el videoclub es una especie en extinción igual que la resistencia al cambio. Lo que no deja de ser este momento, donde ocurre la vida; igual que en el cine de antes: esta es la película, el pacto no es con la tecnología sino con la permanencia voluntaria. Donde estaba el videoclub, abrieron una tienda de pinturas vinílicas.

*A lo anterior, hay dos excepciones: una, si la película era Ben Hur o los Diez Mandamientos, no había de qué preocuparse; cada Semana Santa las pasaban. Dos, más adelante el Canal 4 coptaría las películas más relevantes de las décadas pasadas, y de éxito en años anteriores, y las repetiría, pero dobladas al español. Pero la idea es la misma.