Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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El nido vacío

Acarrearon briznas y agujas de pino, una tú, una yo, a ver qué tal esta, muy bien, ¿tantas de una vez?, eso dice el instinto, apura, ¡voy!, ya va quedando, oye, sí, sobre la copa de un árbol de piracanto. Entonces las tórtolas, después del acarreo, fueron vistas haciendo networking entre los eucaliptos y también empollando a las crías, por turnos, como una misma ave por duplicado, una respirando quieto, otra con su ahora vuelvo.

Una urraca azul amaneció con hambre y se acercó al piracanto. Las dos tórtolas, casi trazadas cuadro por cuadro, le preguntaron con los ojos laterales qué se le ofrecía, váyase de aquí o no respondemos picote con sangre, sea chico o sea grande, habrase visto un azul tan mustio. La urraca no echó pleito. Okei, okei, ya me iba, pero hizo su maña y la tórtola empolladora, desprevenida, dejó entrever su tesoro: dos huevos. La urraca hurtó uno y huyo y volvió por el postre. En un minuto al piracanto le quedó un nido vacío y ninguna tórtola.

Desde mi ventana veo las ruinas cóncavas de las brinzas, el piracanto con sus bolitas rojas, el tránsito de las ardillas en los eucaliptos, la agenda ocupadísima del automóvil de mi hija mayor que vino de visita en las vacaciones de la universidad, el ya me voy, mamá, al rato regreso, mamá, estos son mis planes, mamá, de mi hija menor que ha terminado la preparatoria; ambas hijas enseñándome que ha caducado mi gerencia de cuidados formativos y recontratándome como compañera ocasional cuando la vida se complica o amerita una celebración.

Con tanto tiempo a granel y una casa quieta miro diferente a través de las ventanas, todas, hacia dentro o hacia fuera. A veces le atino a hilar metáforas, a veces se me enredan los hilos de bordar, a veces hago siestas con buenos sueños intensos, y a veces, cada vez más, pienso en mi mamá y en nuestros dos países de distancia. Siempre estoy pendiente de las urracas, de cualquier color. ¿Cómo pasaron veinte años en un parpadeo? Todavía no sé.


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Para mayo

Hace unas semanas, le hice esta pregunta:

—¿Qué vas a querer para tu cumpleaños en mayo, hija?

—Esa es una pregunta para mi yo de abril.

Me hizo pensar en mi yo de calendario. Sólo tengo bien ubicada a la yo de febrero que, cada año, se advierte que pronto llegarán los calores del clima apocalíptico y se promete comprar un ventilador con más potencia, y a mi yo de noviembre que se debate entre metáforas de hojas caídas y expectativas decembrinas que mi yo de diciembre ajusta con sensatez y presupuesto. Y a mi yo de octubre porque soy una romántica. Sé poco de mi yo de junio y la de julio suele pensar que el mes pasa muy lento o muy rápido. La de enero siempre tiene frío en las manos. Trabajar en escuelas y la maternidad hace que mi yo de agosto se ponga diligente en cuestiones de ya va empezar el ciclo escolar. He tenido pocas conversaciones con mi yo de septiembre.

Mi yo de marzo de 2021 está apenas procesando a mi yo de marzo de 2020 y, sumado a ese proceso, nuestra familia ha ido pasando por, creo, la prueba más enorme que nos ha tocado hasta el momento. Hablaré de ello cuando corresponda, quizás. Baste saber que involucra toda la valentía de la que podamos hacer acopio, degollar a un dragón en la oscuridad, el grito de guerra de exigir lo justo.

Baste saber que, por ese motivo, mi yo de mayo abrazará fortísimo a mis hija del cumpleaños, y a las dos, y las que somos y seremos después de este tránsito. Y celebraremos. Mi yo de abril hoy sólo piensa en eso: en celebrar, en el calendario habitado medio lleno o medio vacío, en estar vivas, en vivir para contarlo.


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Nos decimos una tarde

Ella dice que es un año. Yo digo que son nueve meses.

Ella dice que esto es irse-irse. Yo digo que es irse-incipiente.

Ella dice que, al volver, no será la misma. Yo digo que es la misma desde que nació.

Ella dice que va a buscarse. Yo digo que la búsqueda será su compañera.

Ella dice que estará confinada. Yo digo que por favor.

Ella dice que todo su equipaje cabe en una mochila en los hombros. Yo digo que sólo el visible y el que yo, tantas veces, me culpo.

Ella dice que dieciocho, ahora, que se acaba el mundo. Yo digo que la edad, los instantes y el apremio son más del mundo interior que de los imperativos.

Ella dice ¿quieres que hagamos algo? este es el momento, aprovecha, nos quedan dos semanas juntas. Yo digo, abrazándola, nunca me he separado de ti, ve a donde te lleve el alma, mejor distribuyo en caricias calmadas mi bendición de madre, grave, solemne; te celebro libre, lloro sin que me veas, no sé qué voy a hacer con tu ausencia.

 


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Casa de Resonancia

Hace un año me mudé a esta casa. Cuando cerré la puerta de mi casa anterior, lo hice con cierto pesar y no por el cambio en sí: no sabía cómo iba a dejar atrás la pared con las marquitas de la estatura de la infancia de mis hijas.

Esta casa es mucho más grande, con los retos de limpieza y renta que eso implica. El ajuste en el presupuesto y otros sacrificios cotidianos tienen el propósito de quedarnos en la misma zona porque hace ocho años decidimos establecernos aquí porque un día, uuuuuufaltamuchísimo, las niñas iban a ir a esa preparatoria pública y con tantos premios de excelencia académica.

Ese día ya está siendo.

La casa y yo nos entendemos bien. Había estado vacía por meses porque es viejita, de acabados poco modernos. La he ido conociendo, falible y cansada. No me interrumpe cuando veo por los ventanales. Me ha ido dejando que le cuente de los temas que me inquietan, de mis rutinas. El olmo tira y tira hojas, y yo las barro y las barro. Vamos siendo una, mi casa y yo. Nos cuidamos de las inclemencias, nos vemos por dentro. Confiamos en el propósito de habernos habitado.

Y, desde esa misma conexión, mi casa y yo observamos que quizás ya no haya marcas de estatura en las paredes: ahora están por todas partes. Llegan siete amigas, se quedan a dormir tres, comen ocho, el volumen de la música es la llave, el refri y la alacena no tienen sosiego, lavo playeras como micrófonos de mensajes al mundo, sonrío ante la ropa interior  que dejó, radicalmente, de ser aniñada; exámenes, entregas, proyectos, bailes y el futuro que va haciéndose diáfano y luego, de pronto, inasible y misterioso a veces en la misma conversación o día o fin de semana. Sufrimiento, amenazas de masacre. Maquillaje. Siestas junto a mí. Consecuencias, normas, calificaciones, protestas, marchas. Drama, permisos. Más drama, más permisos. El atisbo de la universidad.

Ayúdame, casa. Nada de esto se parece a lo que viví, casa. No quiero verla llorar, casa. ¿Por qué les dejan tanta tarea, casa? Es una magnífica escuela, casa. Voy a ir a aventarle un zapato al maestro de Educación Física que las puso a correr bajo la lluvia, casa.  No me gusta esa amiga, casa. ¿Y ese muchachito, casa? ¿Crees que quieran ver esta película, casa? Las extraño de cuando eran chiquitas, casa. ¡Mira cómo han crecido, casa! Soy su chofer, casa. Café en una cocina a oscuras antes de que empiece el día, casa. ¡Pero si acabo de llenar la despensa, casa! Cae la noche, se oye el silbato del último tren, aquí tengo los celulares bien observados, casa. Otra vez se van a desvelar con tanta actividad, casa. Qué especial es la energía donde hay estudiantes, casa. Ven, vamos a dormir.

Recuerdo mi época de preparatoria y, como en las clases de dibujo técnico, puedo proyectar en perspectiva, vívidamente, un punto de entonces, a lo lejos, con uno de mí más adelante y con otro más hasta llegar a este día. Con la noción de que cada momento en la preparatoria hace eco en lo profundo, me doy cuenta. Me embelesa igual que haber descubierto la filosofía, a su edad. Me aterra peor que cuando no pude dejar de ver a través de la desesperanza. Me repito que eso, y la pregunta por el amor (¿dónde está? ¿por qué ellos sí y yo no? ¿cuándo? ¿quién?) está ocurriendo en la vida de mis hijas justo ahora y, por más que fuera planeada, no se parece en nada a la fantasía ni al domicilio de cómo sería esta etapa. Esta versión que atestiguo ha sido, más bien, repentina y cotidiana.

Dejé atrás esas marquitas en la pared y avancé hacia lo que se presentó. Hoy es igual, un día a la vez, resonando: ellas, rumbo su potencial (te las encomiendo, Vida) y yo, con toda mi atención en procurar y darle forma al dentro. Siendo, es decir, más casa que nunca.


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De dormir y crecer

Mi hija duerme junto a un muñeco de peluche y bajo algunos pósters con ojos que punzan. Duerme como cuando estrenó su ser en el mundo y oscilaba entre leche y arullos en vaivén o como después de nadar o como si fuera la cuarta noche después de tres con fiebre; sus pesadillas y transiciones aún no la despiertan de madrugada.

Mi hija tiene trece años. Me rebasa en estatura, en peso, en agilidad para hallarme avergonzante y en uso de la tecnología. Todavía se acuesta con la reticencia de un menor de edad profesional, pero una vez que cierra los ojos permanece en su termo de interioridad. Duerme casi diez horas; la diferencia con sus etapas pasadas es que ahora lo hace con fruición, arrebatando tiempo a la vigilia para ser todo lo que quiere hacer y, a la vez, dormir sin que el día termine ni empiece. La observo queriendo desvelarse, hibernar, ser vista y escuchada, dormir otro poco más. Observo su cansancio y sus batallas incipientes. La arropo con la colcha. Me cuestiono hasta qué edad uno deja de arropar a sus hijos, o de besarlos en la modorra o de consolarlos en sus terrores. La arropo otro tantito. Me arropo sola.

Mi hija duerme, y amanece. Un diciembre de esos de dormir y amanecer fui a zarandearla con cariño puntual porque

  —Oye hija, se te hace tarde para ir a la escuela.

—Es que sí me quiero despertar, mamá, sólo que mi sueño tiene eco.

Su respuesta me hizo saber que su interioridad —con apps incluidas— le dictará cuándo abrir los ojos, y ya no su madre. ¡Celebro! Y desde la celebración, ambas descansamos para agarrar fuerzas; las batallas personales, sean de la adolescencia o de la maternidad, son un ciclo de sueño y sueños. Duermecrece, mi hija; me preguntocobijo. Las dos nos vamos acompañando en todas las noches de la réplica.