Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


5 comentarios

De dormir y crecer

Mi hija duerme junto a un muñeco de peluche y bajo algunos pósters con ojos que punzan. Duerme como cuando estrenó su ser en el mundo y oscilaba entre leche y arullos en vaivén o como después de nadar o como si fuera la cuarta noche después de tres con fiebre; sus pesadillas y transiciones aún no la despiertan de madrugada.

Mi hija tiene trece años. Me rebasa en estatura, en peso, en agilidad para hallarme avergonzante y en uso de la tecnología. Todavía se acuesta con la reticencia de un menor de edad profesional, pero una vez que cierra los ojos permanece en su termo de interioridad. Duerme casi diez horas; la diferencia con sus etapas pasadas es que ahora lo hace con fruición, arrebatando tiempo a la vigilia para ser todo lo que quiere hacer y, a la vez, dormir sin que el día termine ni empiece. La observo queriendo desvelarse, hibernar, ser vista y escuchada, dormir otro poco más. Observo su cansancio y sus batallas incipientes. La arropo con la colcha. Me cuestiono hasta qué edad uno deja de arropar a sus hijos, o de besarlos en la modorra o de consolarlos en sus terrores. La arropo otro tantito. Me arropo sola.

Mi hija duerme, y amanece. Un diciembre de esos de dormir y amanecer fui a zarandearla con cariño puntual porque

  —Oye hija, se te hace tarde para ir a la escuela.

—Es que sí me quiero despertar, mamá, sólo que mi sueño tiene eco.

Su respuesta me hizo saber que su interioridad —con apps incluidas— le dictará cuándo abrir los ojos, y ya no su madre. ¡Celebro! Y desde la celebración, ambas descansamos para agarrar fuerzas; las batallas personales, sean de la adolescencia o de la maternidad, son un ciclo de sueño y sueños. Duermecrece, mi hija; me preguntocobijo. Las dos nos vamos acompañando en todas las noches de la réplica.


2 comentarios

De lo que pasó y CPpD.

Casi me atraganto con la ensalada de pollo. De esos llantos, era. En una escalinata, afuera del curso, en la pausa para el café. Fue espantoso, me decía a mí misma, pero ya pasó. La ensalada me sabía a sal. Y el teléfono de mis hombros subía y bajaba marcando <ocupado>.

Ya pasó, porque fue hace 12 años. Un bisturí que ardía, el “si sigue gritando, señora, le pondremos anestesia general”, el derrame en la médula, los dolores de cabeza por sonidos y luces, los mensajes de decepción de otras mujeres porque la mía “ay, fue cesárea”, la leche que me engarrotaba el pecho y se mezclaba con grietas, sangre, tirones y falta de sueño, la casa cayéndose, las visitas que me llamaban chocosa y engreída. La bienvenida a la maternidad, donde el ¿por qué no me dijeron? se reacomoda junto con el útero, las fantasías rotas y la capacidad de dar, nutrir y vincular. Cuando hay más ropa sucia que nunca. Cuando la niña que jugaba a las muñecas era adulta y la madre que tiene al bebé es una niña. Ya pasó. Levante la mano a quien le pasó también: la depresión, las ganas de morirse, la sensación de abandono y fracaso. En mi curso, el 90% de quince coinciden.

A pesar de que llevo día y medio en ese curso, y de que la instructora nos ha guiado hacia todas las técnicas de cuidado en el puerperio, me queda pendiente un otro examen de conocimientos: atravesar el túnel de mi experiencia traumática. Todo habría sido más fácil si, cuando me rebasó el dolor de sentir el corte -en mi guión, en mi vientre, en mi capacidad de conectarme y sanar- se me hubiera activado la reacción de pelear o huir. Pero no. Apagué la luz, me apagué por dentro. Y esa oscuridad llena de culpa y  de sentimientos de inadecuación ha sido mi apellido como mamá.

Cuento mi experiencia. Se escucha el minutero de un reloj de pared y una alerta de WhatsApp. Claro, me digo, ¿cuento? mi experiencia. Y si tiemblo es porque se me baja la glucosa, no por vulnerable. Ya pasó, fue hace muchos años. Una por una, quince mujeres se acercan a mi. Y me abrazan. Su abrazo es el mío, el mío es el suyo. Cuando nos damos cuenta, estamos todas del otro lado del túnel. Lo atravesamos juntas, allá nos recibimos. Paso el examen, me dan el diploma.

Estoy en la escalera comiendo ensalada de pollo. Me acabo de certificar como doula, experta, en postparto. Acabo de cumplir una de las metas más importantes de mi vida. Lloro de alivio, del bálsamo que da la compasión y que es la única verdadera medicina que existe. Por encima de la blusa, toco mi cicatriz; la piel ahí es más fuerte y resistente que en el resto de mi cuerpo. Lloro porque qué bonito se siente cuidarse y ser cuidada, ser madre de mí misma, ser madre de mis hijas, acompañar a otras mujeres a parir, parirse y criar a sus crías. Lloro dándome permiso de vivir todas mis emociones como parte del espectro de la salud. Lloro porque existe dolor en el mundo y me conecto con él y porque pude convertir el mío en una oportunidad creativa y de servicio. Lloro porque mi herida ya pasó, y yo no.

Termino de llorar y de comer. No me ahogo, me arremango. Hay mucho que hacer, muchos hospitales que no respetan los ritmos naturales de la madre y el bebé, muchas mujeres que pasan el posparto solas en su casa callándose el efecto de las hormonas, desconfiando de su propia capacidad de criar a un ser humano. Añado CPpD a mi tarjeta de presentación: Certificate Post Partum Doula; como todo lo que hago y me significa, viene de las entrañas y de mi búsqueda. Y sigo escribiendo, haciendo radio, educando, trepada en este tren hacia lo que sigue.


3 comentarios

Desde las gradas

Victoria Luminosa está progresando con el voleibol y yo, para poder seguir apoyándola, tuve que ir con la ginecóloga. La doctora apuntó en mi expediente: Diagnóstico- útero en contracción y disparo súbito elevado hasta la región laringofaríngea.  Frecuencia- dos veces por semana. Causa- actividad deportiva de la hija mayor. Reconoció mis síntomas, aunque no están señalados en los libros de anatomía: cualquier madre sabe que presenciar un partido donde el hijo o la hija es protagonista equivale a una montaña rusa de matriz.

La doctora, por única prescripción, sugirió que me llevara mi tejido al partido. En un principio me funcionó bien hacer cuadritos de estambre, hasta que a mi hija le tocó sacar en cuatro ocasiones consecutivas y la colcha se convirtió en icosaedro aguado y, como el gancho ya no me servía, quise usarlo para picar las cuencas a un papá de esos que tienen un adjetivo para cada ejecución de su retoño y del retoño contiguo y de todo el equipo; que me pone nerviosa, señor, cállese los ojos.  Seguí tejiendo, uy, frivolité y encaje de bolillo, ¿para qué sirven las falanges, si no?

Entre las jugadoras, el grito de “Mine” equivale a ¨Mío” o “Voy”. Entre el público, en lo que la jugadora efectivamente va con los antebrazos y el balón pasa a la cancha contraria, vuelve, es deportado, insiste, es rematado en picada o voleado sobre la línea y la duela, no hay respiración posible. No distinguimos el marcador, lo sufrimos. 7-10, 13-13, 18-22 son combinaciones de números que, a silbatazos, restregamos contra la Zona T y en verificaciones compulsivas de algún mensaje en el teléfono. Además, no hay tiempo para procesar el soponcio, en el voleibol todo ocurre en cámara rápida. Eso no quita que, en los pocos ratitos de pausa, deje de haber motivos de entretenimiento. El entrenador, por ejemplo. Con las cejas y tres aplausos dar un discurso motivacional si el tiro falla y, con las mismas cejas y palmadas, indica la rotación y el “vámonos riendo, muchachas”. Y, claro, las nalguitas del juez trepado en una escalera; se parece a Morgan Freeman pero con tobillos de codorniz.

Mi útero está acostumbrado a los sobresaltos, desde el primer día en que mi hija durmió sola en su cuarto y corrí a comprobar que estaba viva. Y cuando se cayó de la cuna, cuando la fiebre no cedía, cuando le pusieron la aguja con el suero, cuando entró a la primaria sin voltear a verme, cuando se trepó al camión rumbo a un campamento, cuando la vi sonrojarse frente a un mensaje de texto.  Este es un espasmo distinto. En todos los sobresaltos anteriores, yo había estado a nivel de cancha. Yo era la directora técnica, el árbitro, la dueña de la liguilla, la patrocinadora. Hoy estoy en las gradas, como espectadora. Cuando dice “Mine”, es cierto: es su juego, su vida. El útero me hace espirales porque cada vez tengo menos control sobre lo que ocurre. Mi hija me sonríe desde su posición. A gestos, le digo que lo está haciendo muy bien. Nos echo porras a las dos.

Si fui al médico fue porque amo las bitácoras y otros gajes de la constancia. Solita me receto un cuaderno. Escribo antes, durante, y después de ser madre. Aunque en algunas temporadas -como en los torneos de voli-  los manuscritos parezcan gráfica de sismógrafo y esa sea la historia que cuenten.


4 comentarios

De horas y mayo

En el año en que cumplí 10 años, mis padres compraron un reloj cucú. Cuando la manecilla grande llegaba a las doce, un ave de plástico se deslizaba por una especie de trampolín, daba la hora diciendo cucú, el trampolín se retraía y una puerta se cerraba tras él. Era una monada. Bueno, una aviada.

En el acto de asomarse y volver a su sitio, no sé cómo se las ingeniaba el pájaro aquel para dar la hora de la misma manera pero nunca igual. Habrá sido mi imaginación.

Me recordó a las tardes de ir a tocar timbres, echar a correr y refugiarnos en la primera casa que encontráramos.

– Órale, que nos acusa la vecina. Es la una. Cucú.

 Una vez hasta imitó la caravana del fin del discurso de un candidato a la presidencia municipal.

 – Gracias compatriotas. Son las nueve. Cucú.

También se parecía a mi maestra Deyanira cuando se inclinaba sobre su escritorio para revisar las numeraciones.

– Terminen o no salen al recreo. Son las once. Cucú.

Era como si el doctor revisara la garganta.

– Aaaah. Son las dos. Anginas inflamadas. Cucú.

El cucú era lo máximo.

Pero nadie es profeta en su tierra ni ajonjocú de todos los molojes. Su compromiso original de dar la hora -o de dar la hora originalmente, como quisiera verse- tuvo caducidad y un día el reloj solo fue un reloj. Mi papá fue el encargado de poner el seguro de la puertita para encerrar al ave con todo y su trampolín retráctil. Dieron las ocho, las cuatro y media, las siete. El cucú se convirtió en un reloj de la rutina. Pasó el tiempo, y solo fue tiempo.

Yo quise saber si el cucú seguía dentro. Habrá sido mayo. Abrí la puertita. El trampolín estaba oxidado y, por un segundo, creí que el ave también. Qué va. Me soltó todas las horas que no había anunciado en una perorata frenética a cucutazos mientras yo intentaba cerrar la puertita sin lograrlo porque el ave estaba indignada y, además, tenía toda la razón en estarlo. La indignación le duró hasta que se acabó la cuerda y quedó suspendido con el pico abierto. Esa ocasión fue la primera vez que el tiempo me rebasó.

La segunda fue ayer cuando Mini Dancing Queen cumplió 10 años y me acordé de ella recostada en el cunero. Siempre es hora de crecer pero qué puntualidad tremenda, la de l@s hij@s. No es mi imaginación. Hay horas que vuelan como cien aves juntas, ahora. Cucú.

 

 

 

 

 

 


2 comentarios

El cuadrito

En mi primaria, igual que en muchas otras escuelas, había un cuadrito con una reflexión ¨L@s niñ@s aprenden lo que viven”, se leía.  ¡Qué bonita era! Hoy le añado unos renglones.

Si l@s niñ@s viven oyendo chismes, aprenden a fijarse en qué dirán los demás.

Si viven compartiendo sus logros y les dicen egocéntricos, aprenden a ocultar su talento.

Si viven en un ambiente agresivo, aprenden a abusar de quienes los vulnera.

Si viven siendo comparad@s con otr@s niñ@s, aprenden que lo normal es sentirse insuficiente.

Si viven medid@s por las expectativas de otros, aprenden a controlar.

Si viven aislad@s en un ambiente intolerante, aprenden a no pertenecer.

Si viven sin experimentar a Dios, aprenden que las apariencias son lo real.  Y a creer que Dios es como sus padres.

Si viven en un ambiente donde están en desventaja, aprenden a recrear ese ambiente a donde quiera que vayan.

Si viven sin poder ser niñ@s -libres, juguetones, despreocupados- aprenden a no saber disfrutar.

Si viven sin equilibrio, aprenden a irse a los extremos.

Si viven oyendo que su percepción no es válida, aprenden a no confiar en lo que creen.

Si viven entre adultos imprudentes que hablan sin cuidar quién está cerca, aprenden a no discernir lo que oyen.

Si viven sabiéndose observad@s pero no vist@s, aprenden a estar pendiente de la reacción física de los demás.

Si viven en un entorno de doble moral, aprenden que un género es mejor que el otro.

Si viven en el drama, aprende que el drama es su hogar.

Si viven entre personas asexuadas, aprenden a negar su cuerpo.

Si viven con versiones simplistas de un hecho que dolió, aprenden a guardar rencor.

Si viven sin poder expresar su enojo, aprenden a enojarse por todo.

Si viven sin que les digan la verdad, aprenden a relacionar el afecto con las mentiras.

Si viven entre adultos que no aceptan sus errores, aprenden a actuar con impunidad.

Si un día l@s dejan de abrazar, aprenden a quedarse como hijos dependientes.

Si viven rodeados de profecías, aprenden a vivir la vida de alguien más.

Si viven entre adultos que no han resuelto su infancia, aprenden que l@s niñ@s no importan.

La línea final del poema original sigue vigente: si viven con aceptación, aprenden a hallar amor en el mundo.

L@s niñ@s aprenden lo que viven, sea lo que sea; y sí, luego crecen. A veces, en un segundo. A veces, solo dentro de un cuadrito.

 

 


6 comentarios

Operativo Matatena

Lo que sé del apego, lo aprendí en mi casa. Lo que tuve que desaprender, lo supe como temario de escuela. El resto de mi infancia transcurrió jugando en la calle.

La “calle” era un pedazo de banqueta. En días buenos, de magnanimidad en materia de permisos, la calle abarcaba hasta el parque a media cuadra. Y sin embargo, la calle no se medía en metros cuadrados sino en posibilidades, texturas y en vecinos: los de la misma edad, los chiquitines, los gandules, los que no se juntaban con el resto de los mortales. El tiempo tampoco se medía en horas, sino en qué punto de llegar de la escuela, comer, hacer la tarea, salir a jugar o despedirse para cenar se encontraba cada quien.

La banqueta era el cuartel, la sala de juntas, el hospital, la refaccionaria. La acera de enfrente era todo lo otro, unido por una piñata en las posadas comunitarias. A lo largo, la calle era espacio entre porterías, velódromo, pista de patinaje, telegrama incesante de ¡coche!. El parque era el foro para comprobar que no todos los extraños asustaban ni todos los conocidos eran de fiar. Y mina de cacas arqueológicas. Y juegos hechos de tubos de metal que, un día, tuvieron color.

La calle, igual que la infancia, dura poco. Termina siendo un nombre dentro un listado urbano, una unidad que paga impuestos. Una fotografía en Google (Maps). Si pervive más allá de sus construcciones es por todo lo que se jugó en ella.

Mis hijas, como muchas niñas y niños de su generación, siguen siendo educadas en la casa y en la escuela pero no salen a la calle. Ya no se usa, ya no es posible por tantos motivos. Hay un duelo tremendo, colectivo, por esta pérdida de espacios. Quiero hacer algo al respecto, que no se les pasen los días que les quedan sin jugar lejos de las estructuras y más cerca de ver con la imaginación y los amigos donde solo hay asfalto, tránsito. Nada.

Conseguí dos latas vacías y un hilo, una matatena, un trompo y unas canicas. En franca equivalencia a los Super Amigos en el Salón de la Justicia, convocaré a todos los vecinos del mundo con un chiflido: los niños y las niñas tienen que seguir jugando en la calle porque la casa y la escuela no son suficientes y la televisión siempre hace trampa. Esta generación y todas las que siguen van a jugar en la calle porque nosotros, los que sí, lo haremos posible.

Un, dos, tres, por mí y por tod@s mis compañer@s. Y por nuestr@s hij@s.


2 comentarios

¿Y el suyo?

Yo vendía rebozos traídos de Tlaxcala. La mujer eligió el verde con rayas plateadas y carmines. El esposo me dio los billetes. La mujer se puso el rebozo sobre los hombros. El esposo extrajo de su cartera una hoja tamaño esquela, doblada varias veces, y empezó a leerle un poema que había escrito pensando en ella. Nunca lucen tan bellos los rebozos como cuando se adornan con un sonrojo y un vestido color de campo.

***

Yo subía la escalera de un edificio de apartamentos. El anfitrión, conduciéndome hacia su casa, me hizo saber quién más estaría en la comida. El nombre me remitió a mi overol, a mis gises de colores y al primer grupo al que enseñé Filosofía de la Comunicación. El abrazo entre exmaestra y exalumno es un cántaro de estampas del ir siendo; qué jóvenes éramos, allá en el 2000. Somos más jóvenes ahora, corregimos: ahora somos pregunta, temario y ruta.  Abrazofoto.

***

Yo la vi, unas horas antes de la función, renegando, hallando todos los argumentos a su alcance para demostrar que no podía hacerlo. Sobre la mesa del comedor, la vi resignada, haciendo pactos con la mnemotecnia y los tonos, ensayando su libreto, apropiándose del personaje. Y dialogando con la incertidumbre, con todos los finales de catástrofe. En su intervención, la vi desenvolverse en la escena, como si ahí mismo la hubiera parido. En el cierre, la vi recibir el aplauso que el público le otorgaba en representación de ella misma. Al final, la vi renacer cuando volvió a mí, maquillada y definitiva.  Mis dos hijas han pasado por este proceso, en contextos y momentos diferentes; dice mi amiga queridísima que no hay nada más formativo que hacer teatro. Tiene toda la razón.

***

Fue un buen fin de semana.