Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Vespertina

Pedía un mechón de canas, un mentor y un café. Solo recibía un moka. Me iba al vehículo de mí, estacionada en adáptate a lo que hay, Miranda. Entre sorbos, y con las manos rodeando vaso de cartón, me curaba las ampollas. Todavía picaba piedra de anhelos.

Hace un año, cuando el verano ya quería ser otoño y él decía que sí, ya mero, fueron tres: dos mujeres y un hombre, como si vinieran de Oriente; tres mentores. Tengo la edad para ser su hija. Los conocí en ese local del café. No supe que serían mis mentores ni que me cambiarían la vida. Ellos tampoco lo sabían, estaban ocupadísimos, viviendo en ese estado de aceleración permanente que los mantiene jóvenes, cuerdos, tercos y haciendo, exactamente, lo que les da la gana. Lo fui sabiendo mientras caía en la cuenta de que no avanzaba porque mi vehículo se había quedado varado, fijo sobre cuatro ladrillos. Me aceptaron de oyente, con el cariño que da el desapego. No hubo sermones ni cátedras, pero sí confrontaciones en crudo, si te quedas atascada es por querer mechones blancos gloriosos gratuitos. Punto. Pero, no hay fijón, tiempo de anhelos ni de azotarse. Si te atoras, desmontas y le sigues, haces tus propias reglas, no despegas los ojos de la meta. Tomas café, si te hace falta. Llegas a donde quieres llegar en automóvil, carreta, bicicleta, jet o a pié, trabajando, pero llegas, cómo de que no. Cualquier otra opción está descartada.

“La Tartine”, se llama el local. Doce meses después, e impulsada por esa energía, presentaré mi segundo libro. Hoy. Los tres mentores estarán presentes en el evento y yo querré darles mucho las gracias, mencionarlos, hacerles los honores. Agitar la portada. ¡Miren, sin muletillas!  No me los aceptarán, quizás por humildad sabiendo cuál es su lugar en el humus o porque prefieren desmarcarse del ego, el reconocimiento no es su motor. Como les aprendí bien, haré lo que yo crea:  estas y esas letras están impresas con gratitud; cuando hable de estaciones y de renacimientos, de por qué nadie debe hacernos la tarea, mis nietos sabrán de ellos -mentores legendari@s

Esta noche, en señal de respeto a las canas y a esa velocidad que se alcanza coincidiendo y no adaptándose, trenzaré mi cabello con listones de colores.


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Recién salido del horno de letras

Usted y la cancion mixteca

De la portada: México, lugar en el ombligo de la Luna. Flor corazón. Coyoacán. Un café que deja ver las estrellas. Morir, renacer. Movimientos de serpiente con el pecho pegado al suelo. Hacer radio. Olla, caldero de historias. El cuchillo de discernir. Trece de julio, fundación; bordados sobre dos líneas de tierra fértil*.

“Usted & la Canción Mixteca¨ es mi segundo libro. Contiene textos recopilados de mi bitácora y otros tantos, inéditos. Ofrezco a mis lectores los temas que me conciernen y persiguen y emocionan: la vida cotidiana, la escritura, la maternidad, los vínculos, la naturaleza; y ahora, también: migrar.

Este es un libro auto-publicado bajo el sello de Editorial Círculo Cultural. Como cualquier proyecto independiente, su difusión requiere del doble, y hasta el triple, del entramado de las conexiones humanas; por eso, les doy las gracias adelantadas por el apoyo a mi trabajo, por su compra y por su lectura.

El lanzamiento será el día 13 de septiembre de 2014. El libro está en preventa, esa etapa de expectación que une a los lectores y a los escritores en un muégano de cosquilla. Pueden hacer su pago por PayPal, Western Union o depósito en Banamex. Comuníquense conmigo para más detalles.

“Cuando nada queda, permanecen las flores. Y la música. Todavía huele a nardos”.

* Diseño: Edgar González Castán.


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Miranda y el monólogo

Cómo citar una bibliografía, la teoría del día-logos según Martín Buber, sociología en los medios de Latinoamérica, Rasputín, la historia del bolero en la XEW. Según yo, tenía cierta experiencia hablando de temas diversos. Hasta que me tocó hacer teatro. Y hablar de mi vagina. En la misma ocasión.

Esperé mi turno en las cortinas laterales. Se apagó la luz. Salió la actriz anterior a mí. El corazón se me salió rumbo al banco donde leería mi monólogo. Entré al escenario, todavía a oscuras. La luz me dio la señal. Empecé a hablar pero no tenía encendido el micrófono. Mi amigo Marco -a quien le dediqué Hilo de Plata- entró a prender el interruptor debajo de mi rebozo. Me puso la mano en el hombro, un lujo, después de todo el apoyo que me había dado horas, minutos antes. Respiré. Yo sería la voz del testimonio de una mujer que asistía al Taller de la Vagina porque cree haber perdido su clítoris. Solo tenía que leer sin perder la dicción, sostener las diez tarjetas en orden numérico sin taparme la cara, evitar de tropezarme con el dobladillo del pantalón, no caerme del banco, mirar al punto sobre el balcón y

Recomencé: “Mi vagina es un caracol…”

Sentía cómo respiraba el público y cómo depositaba preguntas sobre mí. ¿De quiénes eran? ¿Mías? ¿Suyas? Una interesante, por ejemplo, ¿qué hacía yo, Locadelamaceta, ahí trepada, hablando de vaginas?

“Me sorprendieron las capas dentro de capas que se abrían en más capas”

Los espectadores no sabían que yo terminaría terminar ese monólogo representando un orgasmo.

 “Tenía que deshacerme de la devastadora idea de que alguien vendría a guiar mi vida”

La dificultad de la escena residía en que, para hacer el orgasmo, yo debía dejar de ser yo miranda-michelle-deschavetada-con toda mi historia- para ser esa mujer para que ella fuera a través de mí, que somos todas. Pero no las que callamos, sino las que gemimos y nos gusta, aunque nos hayan enseñado lo contrario. Ajá, facilísimo.

“No tienes que encontrarlo, tienes que serlo”

Ningún ensayo, ninguna sesión de análisis de textos me pudieron haber preparado para lo que siguió: quemar mis naves. Una fractura con el eslabón que me unía con mi pasado. Con relacionar lo femenino con el pudor, con mandar a lo privado todo lo que duele o asusta. Con ser mujer porque callo. Y callar por ser mujer y, por lo tanto, con buscar la respuesta a mí, a tientas, como a un anillo de esmeraldas entre el lodo.

“El momento que más temía y esperaba, por fin llegó…”

Igual que ella, cerré los ojos. Si se me caían las tarjetas, si me tropezaba, si mi familia me dejaba de querer por el mal gusto de asumir mi sexualidad gozosa en un escenario, si decidía no volver a proteger ninguna situación de abuso, si hacía el orgasmo más ridículo de la historia del teatro, o el más convincente, ¿qué? Gemí con todito mi ser. Hablé desde la vagina hasta el aura, pasando por el diafragma hacia la garganta.

“El estremecimiento reveló un horizonte ancestral de luz y silencio, descubriendo colores, música,inocencia y anhelo. Y me sentí conectada con un vínculo poderoso…”

En ese monólogo se me fue la vida entera. Me divertí. Amé. Reí. Se me quebró la voz. Transpiré. Seduje. Recibí preguntas que no conocía. Dejé ir otras que me estorbaban, por ejemplo, ¿qué hacía ahí, hablando de vaginas?

“Mi vagina es un tulipán. Un destino: estoy llegando al mismo tiempo que me voy”.

Terminé mi intervención. Salí del escenario, por la derecha. Caminé a tientas por el telón lateral. Me apagaron el micrófono. Marco y yo nos abrazamos. Me quité los tacones y tomé agua. En mi mano apareció una alhaja verde, brillantísima.