Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


2 comentarios

Ítaca

Para la bitácora:

Le tomará ocho segundos leer esta nota: el doble del tiempo que duró su mano sobre mi cintura, al final de la fila, inaugurándonos la adolescencia y los anhelos, antes de que nos interrumpiera aquel «Avance, 6°A» y nos perdiéramos la pista y pasaran treinta años de suspiros.

Volviste.

Y yo vivo sola y tú vives solo.

Justo ahora que, cuando espero, ya sé destejer pedestales y fabelas.

Y ya nada ni nadie nos impide crear el desenlace de esta historia.

 


2 comentarios

De leyenda

Desde que la funeraria de Pueblo con Malecón recibió, en donación, un aparato de aire acondicionado que no hacía ruido, la gente no supo qué hacer con el silencio. Fue iniciativa de los Rotarios, una afirmación de progreso. Ya era posible morirse y que, en los pasillos de la funeraria, se sintiera un frío suficiente para poder dar el pésame sin rozar las sienes sudorosas de los deudos, ya se podía guardar el abanico en la bolsa para que, al hablar de las virtudes del difunto o difunta, no pareciera que uno se abanicaba porque le sabía algún desliz moral al occiso(a).

El aparato no amenazaba con desplazar al banco y los hábitos arraigados de convivencia e inversión de los parroquianos, que iban a la sucursal del centro, fresca, fresquísima y, por mero trámite, consultaban su saldo casi idéntico al del día anterior y declinaban, ahorita no, el ofrecimiento de abrir una cuenta: a lo largo de las canículas ya habían abierto todos los instrumentos de inversión que podían, vivían de sus intereses y, ahí estaba su riqueza: en que el banco ofreciera solaz y café y los dejara quedarse un par de horas cuando pegaba más duro el sol, apreciando su lealtad térmica a la institución.

Un aire renovado: gracias al aparato, se podía montar guardia de honor en los velorios con más porte y menos fastidio, y recorrer el rosario a gusto, portaleando a través de los misterios, con la voz-guía del señor González, que rezaba muy bonito y persuadía a la Virgen, intercede por nosotros María, anda, tú sí quieres, acuérdate ahora y en la hora de nuestra muerte, y comer tamales y beber café como todas las veces desde el inicio de los tiempos, cuando el primer fallecido fuera puesto en una mesa, cubierto con una sábana blanca y con un bloque de hielo debajo y un ventilador desaceitado de aspas percudidas. Pero, esta vez, sin ahogarse en el sopor de los nardos.

El problema no era el silencio de los muertos, desdibujándose, sino de los vivos dándose cuenta de que estaban vivos mientras algo o alguien callaba. Era un aire acondicionado de marca holandesa. El silencio hizo visible al dolor. El dolor escapó, condensado, volvió a las salas del velatorio a través de las rendijas en las paredes, se convirtió en gañido. No se oxidaba.

Pueblo con Malecón, en su leyenda de aportaciones de avanzada, registró dos eventos que cambiaron la historia: uno, el día de la llegada del aire acondicionado a a la funeraria y dos, el día en que cuatro comadres se ofrecieron a cuidar al cadáver en lo que las demás personas iban a casa a tomar un baño. Es cierto que el aparato del aire acondicionado hacía la noche más llevadera. El silencio, en cambio, era tan diáfano, tan filoso, tan jodón, tan estorbo, tan señalador de pérdidas, que las mujeres terminaron tropezándose con un chiste malo. La mórula de risa se abrió paso entre lo que dolía y devoró el aire artificial, hiriendo al silencio. Las comadres se hicieron pipí en los calzones y, por supuesto, todo el Pueblo con Malecón se enteró en el entierro. Cada velorio que siguió tuvo su momento de remembranza para mencionar a las heroínas mionas a quienes les ganó la risa, pero no su duelo. Nunca revelaron cuál fue el chiste. El silencio huyó rumbo a Comala y se cambió el nombre. Eso fue en abril de 1955.

Basada en una historia real.