Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Cuando seas grande

No había pregunta más importante, no había respuesta más seria. No había contestación similar aunque compartieran el sustantivo. No había necesidad de explicaciones. ¿Y la congruencia? ¿la lógica? ¿la viabilidad? ¡Menos había! Por eso, en la niñez, si alguien te preguntaba qué querías ser de grande te reconocía como dueño de un mundo interior. Entendía el cambio, el crecimiento, los saltos del potencial, la influencia de los héroes, la certeza de que habría futuro y destino. Un sello más en tu pasaporte de saberte único. ¡Qué honor! O a lo mejor sólo quería saber para ver si se juntaba contigo en el recreo, ¿qué más da?

Y cuando tú preguntabas, sabiendo que la respuesta podría ser más compleja si el encuestado(a) estaba en kinder o en secundaria, especulando afinidades e intereses, sintiendo un poco de envidia de una visión parecida o más ambiciosa que la tuya, muriéndote de ganas de saber, de tener ese dato indispensable de alguien que te rodeaba, colocando postes en tu camino dentro de tu generación y tu tiempo, y tu mapamundi.

No hay pregunta más incómoda, no hay respuesta más tierna. Cuántas contestaciones similares y sustantivos compartidos. Cuántas explicaciones pendientes: las incongruencias, el exceso de imaginación, el uno hace lo que puede, no lo que quiere. ¡Tantísimas! Por eso, en la adultez, si alguien te pregunta qué querías ser de grande, quizás quiera saber cuánto ganas, dónde estudiaste, quién es tu jefe, si te duermes llorando, cuándo fue la última vez que te enamoraste. Y te parece que sabe de giros narrativos, de estancamientos, de talentos oxidados. O tiene en mente influencers y certezas de que infancia no es destino. Un sello más en tu pasaporte de saberte juzgado. ¡Qué incómodo! O a lo mejor sólo quería hacerte plática para ver si te sigue o no en las redes sociales, ¿qué más da?

Y cuando tú le preguntas a alguien, sabes que la respuesta puede complejizarse si el encuestado(a) está soltero o divorciado, sospechas secretos y cuentas alternas, sintiendo un poco de presión por tener profesiones parecidas o títulos nobiliarios académicos más altos, muriéndote de ganas de saber, de tener ese dato indispensable de alguien que te rodea para que sepas quién de los dos cumplió sus sueños, tachando de tu lista a miembros de tu generación, de tus círculos y de tu país.

Si tu vida de adulto es, según tú, perfecta (y los likes que recibes te lo comprueban): gracias por leer. ¡Felicidades! Adiosito.

Si tiene bastante que diste el estirón, y ya subiste de peso, tienes canas y cicatrices y te encuentras recalibrando tus anhelos porque el futuro de ti te falló o le quedaste mal, o tu vida es buena pero no cumpliste lo que dijiste que harías, o negociaste y saliste a mano y no quieres moverle a ninguna pregunta fundamental y sólo pasaste por aquí con un café, si la pregunta más importante e incómoda y la respuesta más seria y tierna es qué vas a hacer con tu propia invitación a la grandeza: no sé, estoy igual. Sólo pasa que hoy amanecí con la idea de qué rico era pensar en lo posible, ilimitado, reconciliando opuestos y deberes, activamente, confiando en que las cosas saldrían y bien.

Quizás ser grande y en grande es, simplemente, vivir y hacer sin pretextos, le conté a mi niña interior, a nueve días de cumplir 41. «¡Al fin entendiste!» —escuché que me dijo— «ya no tendré que mandarte épocas de depresión para que lo veas».


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Ítaca

Para la bitácora:

Le tomará ocho segundos leer esta nota: el doble del tiempo que duró su mano sobre mi cintura, al final de la fila, inaugurándonos la adolescencia y los anhelos, antes de que nos interrumpiera aquel «Avance, 6°A» y nos perdiéramos la pista y pasaran treinta años de suspiros.

Volviste.

Y yo vivo sola y tú vives solo.

Justo ahora que, cuando espero, ya sé destejer pedestales y fabelas.

Y ya nada ni nadie nos impide crear el desenlace de esta historia.

 


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De leyenda

Desde que la funeraria de Pueblo con Malecón recibió, en donación, un aparato de aire acondicionado que no hacía ruido, la gente no supo qué hacer con el silencio. Fue iniciativa de los Rotarios, una afirmación de progreso. Ya era posible morirse y que, en los pasillos de la funeraria, se sintiera un frío suficiente para poder dar el pésame sin rozar las sienes sudorosas de los deudos, ya se podía guardar el abanico en la bolsa para que, al hablar de las virtudes del difunto o difunta, no pareciera que uno se abanicaba porque le sabía algún desliz moral al occiso(a).

El aparato no amenazaba con desplazar al banco y los hábitos arraigados de convivencia e inversión de los parroquianos, que iban a la sucursal del centro, fresca, fresquísima y, por mero trámite, consultaban su saldo casi idéntico al del día anterior y declinaban, ahorita no, el ofrecimiento de abrir una cuenta: a lo largo de las canículas ya habían abierto todos los instrumentos de inversión que podían, vivían de sus intereses y, ahí estaba su riqueza: en que el banco ofreciera solaz y café y los dejara quedarse un par de horas cuando pegaba más duro el sol, apreciando su lealtad térmica a la institución.

Un aire renovado: gracias al aparato, se podía montar guardia de honor en los velorios con más porte y menos fastidio, y recorrer el rosario a gusto, portaleando a través de los misterios, con la voz-guía del señor González, que rezaba muy bonito y persuadía a la Virgen, intercede por nosotros María, anda, tú sí quieres, acuérdate ahora y en la hora de nuestra muerte, y comer tamales y beber café como todas las veces desde el inicio de los tiempos, cuando el primer fallecido fuera puesto en una mesa, cubierto con una sábana blanca y con un bloque de hielo debajo y un ventilador desaceitado de aspas percudidas. Pero, esta vez, sin ahogarse en el sopor de los nardos.

El problema no era el silencio de los muertos, desdibujándose, sino de los vivos dándose cuenta de que estaban vivos mientras algo o alguien callaba. Era un aire acondicionado de marca holandesa. El silencio hizo visible al dolor. El dolor escapó, condensado, volvió a las salas del velatorio a través de las rendijas en las paredes, se convirtió en gañido. No se oxidaba.

Pueblo con Malecón, en su leyenda de aportaciones de avanzada, registró dos eventos que cambiaron la historia: uno, el día de la llegada del aire acondicionado a a la funeraria y dos, el día en que cuatro comadres se ofrecieron a cuidar al cadáver en lo que las demás personas iban a casa a tomar un baño. Es cierto que el aparato del aire acondicionado hacía la noche más llevadera. El silencio, en cambio, era tan diáfano, tan filoso, tan jodón, tan estorbo, tan señalador de pérdidas, que las mujeres terminaron tropezándose con un chiste malo. La mórula de risa se abrió paso entre lo que dolía y devoró el aire artificial, hiriendo al silencio. Las comadres se hicieron pipí en los calzones y, por supuesto, todo el Pueblo con Malecón se enteró en el entierro. Cada velorio que siguió tuvo su momento de remembranza para mencionar a las heroínas mionas a quienes les ganó la risa, pero no su duelo. Nunca revelaron cuál fue el chiste. El silencio huyó rumbo a Comala y se cambió el nombre. Eso fue en abril de 1955.

Basada en una historia real.