Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Otoño como heraldo

Oye, otoño, entra con tiento. Demórate en acelerar los desprendimientos. Dile al viento frío que contenga su soplo, permite que los primeros dos días de noviembre sean impuntuales. Entreténte un rato con este clima de verano, todavía con lama y grillos: hay días largos que también preparan para la oscuridad.

No estamos para saltar montones de hojas secas ni para elegir el rincón de la sala donde vamos a poner la ofrenda. No tenemos cabeza para regatear el disfraz de los hijos ni para escribir textos complejos que hablen de otro tema que no sea reconstruir, estar alerta a los saqueos, volver a lo de todos los días. Entra con cuidado, ya ni el timbre suena igual.

Y, con la misma mesura, insiste en hacerte presente. Cesa la savia de aquello que terminó su ciclo, devuélvelo a la tierra. Danos el consuelo de la cosecha, de poder destinar un momento en el año para ver de frente en qué invertimos el tiempo y la atención. Arranca, amoroso y con gravedad, lo que sea caducifolio en nosotros. Y los lugares interiores de no volver.

Sé heraldo de una verdad natural ancestral que consuela a los humanos en tiempos difíciles: al mismo árbol que la vida impone quedarse sin nada, seis meses le brota la primera flor, prólogo de su fruto.

Entra quedito. A algunos nos duele el corazón.

 


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De letras, silencio y alcatraces negros

Descubro a los alcatraces negros entre las flores y los capítulos. Son giros de falda de noche junto a la ventana. Sus sombras parecen dedos contra la pared o el vaho. Ahora es cuando los descubro y no antes, cuando estaban de oferta porque era Halloween.

Yo creía que el otoño eran hojas cayendo. No alcanzaba a ver a las perennefolias: las que permanecen mientras caduca el resto del paisaje. Hoy que escribo menos pero más porque dejé de discutir con las estaciones del tren y de los afectos, y porque ya se oye el silenciotinta.

Me enamora que estos alcatraces sean flor de otoño, desde su lado oscuro.