Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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De tumbas, influencias y poder un día

El seguro del portón estaba suelto. Nunca había estado ahí. Físicamente, me refiero. En la imaginación había ido a ese momento y soñado con él y, a sabiendas de que implicaría un viaje largo e intrincado, dejé el anhelo para un día, cuando se pudiera. Varios grados bajo cero, mi vaho, las botas de nieve —moradas, a mitad de precio—, el letrero junto al portón: Cementerio de Sleepy Hollow.

Iba a visitar la tumba de un hombre que he amado como sólo se puede amar a los autores que acompañan en los momentos de pensar y en las horas de alquimia de la adolescencia. En la avidez de encontrar modelos de rebeldía, me lo topé de frente: Henry David Thoreau. Él caminaba hacia sí mismo con la certeza de que había más por vivir que las experiencias dictadas por las buenas costumbres, la tradición, el capitalismo, la religión y la erudición, confiando en que la plenitud era responsabilidad personal y siempre producto de cuestionar para qué obedecemos, a quién, desde dónde. Es literal: agarraba camino y echaba a andar, pensando. Habitaba más cerca de la Naturaleza que de las convenciones y, en su andar, me daba permiso de buscar mi camino justo en la época en que se me hizo saber exactamente qué se esperaba de mí: ser conservadora, linda, buena, feliz, motivo de orgullo.

Conforme fui queriendo saber más acerca de su historia me enteré que tenía una amiga en su círculo de escritores. Ella: Louisa May Alcott, enferma, endeudada y con un carácter fortísimo, le dio voz a las vivencias cotidianas, domésticas y, en ese asomarse al interior, le regalaría al mundo a Jo March, el personaje de una jovencita atrevida, franca, apasionada, mandona, creativa, leal a sus ideales: una heroína que, hace 150 años, igual podía disfrutar la ópera que competir con su vecino corriendo desbocada, y ganarse la vida como escritora. Cada vez que una generación de mujeres ha leído «Mujercitas»*, se refrenda la invitación a ir más allá de los estereotipos de la feminidad: si Jo pudo, nosotras también.

Para mí, saber que Thoreau y Louisa May (otro amor mío), tenían una amistad profunda e iban a caminar por las tardes y compartían sus escritos, fue un giro que me causó una algarabía tremenda. De pronto la influencia mutua se hizo notoria, pareciera que sus libros están dialogando entre sí igual que ellos dos por los senderos de Concord, Massachusetts. Cuando leí que sus tumbas estaban juntas en la misma colina me aloqué. No hay otro verbo.

La nieve estaba sin estrenar y las tumbas a unos doscientos metros del portón. Algunos trozos de hielo blanco caían con un salto seco desde las ramas por sol de la mañana. Cada paso era una declaración; escribo este y otros textos gratuitos en un escritorio con vista a un olmo. Ya no sé ni quiero saber vivir en ciudad. Lo austero me excita. No acepto imperativos y, vista por fuera, mi vida es un desmadre. Quiero amar y vivir con intención, que no me queden decisiones fuera del cernidor, que mi ser femenino y masculino estén en equilibrio, que me siga llamando la luz encendida de lo que ocurre dentro de las casas.

El día que fue me fue posible atravesar Estados Unidos e ir hasta el pueblito para visitar las tumbas de dos amigos junté mis manos cerca del corazón y, en compañía de mi familia reinventada, lejos de lo que alguna vez se esperó de mí y rumbo a donde el alma me lleve como mujer y como creadora, lloré el himno de mi juventud:

Me fui al bosque para enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. 

Todavía no me repongo.

(¡Foto!)

 

*Leer esta novela es una vivencia personalísima. Quienes ya la han leído —y releído— no requieren más descripción. Si tú, lector(a), no la conoces, quizás quieras leer el principio y llegar al capítulo 3. Un dato importante: fue publicado en 1868. ¿Qué piensas?

 

 


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Un día como hoy

Son los muertos, nuestros. Un día tuvieron voz.

¿Por qué llora, mamá, si es mi boda? ¡como si no me fuera a volver a ver!

A mí que me canten, yo no quiero lágrimas en mi entierro. 

Este jefe que no se acostumbra a que me haya jubilado de piloto. Es sólo un viaje, no me tardo. 

Qué orgullo tener un hijo bachiller. Lástima que no voy a conocer a tus hijos. 

¡Ay!

Me voy a recostar tantito aquí. 

Son los muertos, pero no cualquier fallecido en abstracto; los reconocemos como propios: nuestros muertos. Vienen con nosotros a donde vayamos y en lo que hagamos. No podemos contar nuestra historia sin contar la suya, sin mencionar cómo pasaron de ser nuestros vivos a ser nuestros difuntos:

Tifoidea. En su luna de miel.

Infarto, mientras conducía.

Explosión. Al aterrizar.

Cáncer en el pulmón. Sola, a cargo de cinco adolescentes.

Cardiopatía. En una Semana Santa.

Extinción paulatina de las ganas de vivir. 

En el día de quitar la ofrenda, cuando se marchita el copal y las flores oran, la casa —¡qué mundana es! (¿así fue siempre?)— inicia noviembre en el calendario de las diligencias. Y, al recoger, le sacudimos el polvo a los muertos nuestros, por si hubiera quedado algún predicado que los redujera al momento y al modo en que murieron.  Tomamos su voz y les contamos, dentro del relato que los incluye, que la vida siguió:

Madre e hija fueron exhumadas por separado y reunidas 60 años después.

No funcionaba la grúa del féretro. Llegaron sus amigos con la guitarra y le cantaron y aquel entierro fue una fiesta. 

Quedaron sus alas de piloto. Y la suya fue una de las misas más emotivas que se recuerdan.

Tuvo 26 nietos, todos con título universitario. Casi ninguno fuma.

Manda mensajes haciendo sonar el Sueño de Amor de Lizt, la pieza que tocaba en el piano. 

Su depresión motivó a cambiar la comunicación en la familia a través de terapias y manejo de la energía. 

Y con las diligencias nos altarecemos, unos con otros, de noviembre a octubre. Vamos, entre nosotros, entrelazando las voces de las personas que perdimos con la voz nuestra que reflexiona acerca del legado recibido en lo cotidiano. También hablamos de un montón de sucesos que nos rebasan pero que no podemos dejar de contar, por raros o emocionantes.

Un día como hoy.  Ya quisiera la muerte una ofrenda de tantos días. Y triunfar así sobre el olvido.


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Sobre la elocuencia

Esa mañana y no en otro inicio, justo cuando había soñado que me amaban y ese amor era de filigrana: al detalle, entramado con lupa, sin partes parchadas ni luego zurcidas para que aguantara más camino; esa mañana bauticé al sueño. Lo incliné sobre la fuente donde hacía muchos textos atrás, el agua había cantado que.no.se.mojen.los.cadáveres.que.no.se.mojen, y le di el nombre de Unamor Hechoamano y lo ungí con aceite de lavanda para alejar las picaduras de la patanería.

(Ocurrió hace tanto tiempo que ya los inicios se brotaron, crecieron, sacaron su credencial para votar y se volvieron una fraternidad de capítulos potenciales con bigote y a las mañanas se les contorneó el busto y las caderas y hasta se ponen rímel en el tercer ojo frente al amanecer, anhelando un café.)

Justo entonces, ella reclamó y declamó que me quedara.  Es elocuente, persuade con calidez y, lo que más me sorprende es que no le hagan falta palabras -son de cartón, las palabras-, le basta ser horizonte y abrazo. Y Y yo le hice caso a ella, mi cama. Porque para soñar y para renacer, tengo que estar bien descansada de mis expectativas.