Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Letras para Tiempos de Encierro 10

Para el encierro, para cuando emerjamos. Para perseguir obsesiones y soltar los plumeros. Quizás.

Lurias*

(De Usted & la Canción Mixteca)

Detectar una pelusa en el suéter.

Ir por el quitapelusa que deja la ropa como nueva, según el comercial.

Meter la mano izquierda debajo del suéter a la altura de la pelusa y con la mano derecha, repasar con movimientos como de cepillarse los dientes, con gula de erradicar esa y todas las pelusas.

Comprobar que las pelusas viven en sociedad: se reproducen al roce y viven en colonias. Invadir la vecindad que va de la axila a la sisa.

(Sonar la Diana).

Que las pelusas desalojadas formen una franja solidaria junto con las pelusas ya existentes a la altura de la cadera.

Anunciar que ahí les voy, añádase la descarga y Wagner.

Congratularse por la perseverancia.

Que el suéter, en efecto, parezca nuevecito.

Cientos de pelusas cayendo al suelo. Ir por la escoba.

Que al pisar, las pelusas se esparzan, sensibles a aire. Ir por la aspiradora.

Dirigir el voltaje y el adminículo puntiagudo de la aspiradora hacia las pelusas, mudarlas a la bolsa Hoover.

Notar que hay polvo acumulado en la esquina donde se refugió la última sobreviviente de la colonia de pelusas.

Pasear la aspiradora por el perímetro de la habitación.

Detenerse a evaluar las otras tres esquinas.

Comparar el borde bien limpio y a contrapelo con el resto del área.

Mirar al reloj porque hay que salir de casa en quince minutos.

Persuadirse pues, que ya entrados en gastos, emparejar la alfombra es rápido.

Admitir que qué necesidad, pero no guardar la aspiradora hasta haber aspirado el otro par de habitaciones y el pasillo.

Chulear la casa.

Auto-arrearse porque restan treinta segundos disponibles o vas a llegar tarde, Miranda.

Correr al espejo.

Calibrar los grados del Cero al Sí Aguanta, en materia de estar presentable.

Detectar una pelusa en el suéter.

Socorro.

 

*adjetivo en español mexicano para nombrar a alguien que está loco(a).

 


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Letras para Tiempo de Encierro 7

El día cuando te llamaron aparte hacía poco que la bisabuela había muerto y repartían sus pertenencias. Te llamaron aparte y mayor, señorita. Y otros adjetivos asociados a bajar una escalera en un vestido ampón, ceñido, floreado, rosa. Tan responsable, te dijeron, tan apreciadora de lo que vale, tan digna de recibir este regalo. Le revisaste el copyright. 1901.

Pensabas que era un recetario. Resultó que se trataba de un compendio para el ama de casa: desde cómo quitar manchas de vino hasta cómo servir un banquete, todos los usos del bórax,  Administre Usted El gasto,  Normas de Etiqueta y Cortesía, cómo escribir una carta según la ocasión social, zurcido; y decenas de recortes del periódico, insertados en años posteriores, para complementar porque el mundo había cambiado, porque la grenetina es versátil, porque el bisabuelo no aceptaba comer sobras de un día para otro y había que disfrazarlas de platillo novedoso. Porque antes cualquier aspecto de la vida se remendaba.

Sabrías apreciar el regalo, a ti que te gustan los libros y lo que ocurre adentro de las casas, que siempre has sido muy modosita. Y, mira, el compendio tiene consejos de belleza y cómo elaborar cremas caseras para el cutis.  Los hojeaste. Reíste, y no te acompañaron en la risa.

Reíste —Ingredientes: semen de ballena—y tuviste que recoger del suelo los recortes y el libro, como dulces de la piñata del pudor. Reíste y te delataste, sexuada. Fue un momento francamente incómodo, la primera de todas las veces que decepcionaste. Reíste en nombre de las ballenas, los marineros con su frasco, pillines, la erótica de las sirenas.

A pesar de la incomodidad, recuerdas la entrega del libro como un regalo del regalo.  Con los años, apreciando lo que vale, supiste que si en una casa no hay espacio para las contradicciones y la irreverencia no cabe en el botiquín y la bobería no irrumpe con cuestionamientos, la comida es insípida y lo que se rompe no tiene remedio.

Sigues riendo.

 

 

 

 


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Unidad mínima indispensable

¡Tanto te lo dijeron!  Que no, te falta, no eres suficiente. ¡Tanta tu insistencia! Que sí, quiero pertenecer, por favor, anden. Y sentías la amenaza: algo horrible va a pasar si me rechazan estas personas, una tragedia, un «Me voy a morir». Y tu cerebro te lo confirmaba, con esa neurobiología del apego que es indispensable para que la especie sobreviva.

Y te fuiste muriendo de la otra muerte: la de no tener un lugar. O de que te lo quitaran, de pronto; un juego de las sillas de la validación. Porque si cumplías con lo que se esperaba de ti y no eras demasiado original y no cuestionabas por qué este modo de hacer las cosas, te llamaban leal, «una de los nuestros». Y esos eran los mejores días del mundo. ¡Qué bien se siente pertenecer! es como una risa del alma, una casa portátil que siempre cuida de la intemperie. Pero si tú eras tú, ya sabes, que sales con tus cosas, que avergüenzas, que no obedeces, que no cambias, no te compones ni maduras, ¿qué quieres aquí? no eres de los nuestros. ¡Y cómo duelen los reclamos! Escuecen, inflaman, supuran, cierran las puertas con candado, llueve y no deja de llover. No hay techo. Tanto te lo dijeron, tanto insististe.

Hasta que un día, nadie sabe bien cómo o por qué, revisaste la lista de condiciones para que te trataran con respeto.  Notaste el color engangrenado de la tinta de ese contrato muy antiguo y reíste con la otra risa: la de romper las cadenas que son los hilos que hacen posible el estire y afloje de la manipulación. Y tu risa —con el combustible de insistir— quemó el acuerdo donde tú, por siempre, estabas en una posición de desventaja temiendo que te mandaran a exilio, que te negaran, que se cumplieran sus profecías acerca de lo mal que te iría por ser tú misma.

Podrías afirmar que los mandaste lejos pero sería impreciso: ellos, ellas, siguen donde siempre. Lo que cambió —nunca de súbito y admite: vaya misterio— fue tu adicción a ser mal vista.  También fuiste dejando el vicio de otorgar títulos nobiliarios para que luego te devolvieran la mirada validándote y certificando emocionalmente que sí (¿verdad que sí?) eres digna de pertenecer y de ser aceptada porque ¡cuánto has sufrido por eso! Ya luego, con el paso del tiempo, descubriste que eres unidad mínima indispensable de clan, de biblioteca, de álbum, de escuela, de compañía, de casa. Eres de ti. Contigo basta para ejercer esa unidad por principio; hay espacio para ser y crecer. Dejaste de sobrevivir apenas: hallaste que hay más vida en ese descubrimiento que muerte en el rechazo.

Y, entonces sí, los mandaste a la chingada.


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Ocasional

Ya sé que, a veces, me aloco.

Tuvo bastante que ver el cambio de cubículo. Ahora estoy en una que tiene una ubicación de privilegio: no por el título nobiliario corporativo sino porque está en la esquina donde convergen tres pasillos y desde aquí mi Antonio Machado interno —con una ligera influencia de Esquemáticos Anónimos— puede clasificar todos los tipos de andar y hacer camino sobre los mundos sutiles de la alfombra industrial. Uno de los pasillos proviene del baño. Todos los modos de andar, insisto. Además, tengo una ventana a mis espaldas con vista a una estación de bomberos. Son muy ordenados esos muchachos: ponen los trapeadores a secar en hilerita, hacen su calistenia al sol, sus mangueras son una obra de la estética refractaria, izan y arrean la bandera como si se les fuera la vida en ello. Adoro venir a mi oficina y sentir ganas de contar lo que veo.

Lástima del mareo. Desde que me cambié de oficina sentí oleadas de energía queriendo expandirse a través de mí, como un escalofrío. ¿Qué sería? El progreso, quizás, invitándome a seguir avanzando, tú dale Miranda, escribe, conecta, confía, deja que el futuro se acomode; el miedo, quizás: ten cuidado Miranda, no te identifiques con lo que hay, acuérdate que cae el telón y nada ni nadie era como parecía; el control, quizás: porque ¿no te parece que esta es una buena época, Miranda?, ¿cómo puedes saber si es verdad?

Detesto no poder ver a través de las sombras de mi percepción. El escalofrío continuaba y yo no sabía de dónde provenía. Ya estaba temiendo que las ventajas del cubículo soleado y estratégico se estuvieran diluyendo, justo cuando cada personaje de esos tres pasillos comenzaba a formar parte de algún relato en borrador y los bomberos redefinieran el pan de cada día dánoslo hoy y yo empezaba a creer que vendría otro duelo y le rogaba a la vida que no tocara otras instancias que me llenan de gozo, que puedo ser funcional y clara y objetiva, si me esfuerzo e *inserte pánico potencial*.  Apenas voy saliendo adelante, vida. No chingues, no me lo quites.

Guardé calma-cama.

Cuando volví a la oficina, unos días después, me encontré una nota del Jefe de Mantenimiento. No era la vida jaloneándome la lucidez sino un mini-refrigerador que estaba junto a mi escritorio, interfiriendo con mi temperatura y mis otolitos. Tanto qué ver y ni me había fijado que estaba ahí. Se lo llevaron, porque estaba descompuesto.

No sé de verdades universales, pero sí de aquello que es verdadero en mí: la vida a través de mis ojos y mis oídos, eso que siento con intensidad desproporcionada. Ya sé. Me aloco.

Sólo a veces.

 


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Una casa, 10.

Intrínseca en el español mexicano hay una manera de ver toda las cosas en el cosmos, pequeñas o grandes, como si fueran sagradas y estuvieran vivas. 

— Sandra Cisneros.

¡Mira nada más! Búsquete y búsquete, olvidada me tienes, como hilacho viejo. ¿Dónde andas?, ¿a dónde te fuiste?

Aunque agarres camino, yo sé cómo llamarte con tortillas palmeadas y el olor de huevo frito en manteca de cerdo, y café. ¿O unas enchiladitas? Huevo de gallina de patio, no vayas a creer que del supermercado. Es lo bonito: comer y decir, al final, «ya comimos». ¿Más bonito? Cantar los boleros del radio, y oír los partidos del futbol en amplitud modulada, siguiéndolos en la mente desde la tribuna junto a la bocina, gritar con el gol, que el cotorro te remede y luego se ría. Antes la gente cantaba más, en general. Y cuando se bañaba, uy, se tomaba su tiempo; no como ahora que nadie canta en la regadera, a lo mucho se dan dos que tres pasadas ahí donde te conté, y vámonos. El mundo era otro. No que ahora, ni se puede salir. ¡Válgame! Vive uno con el Jesús en la boca por tanto desfiguro, puras visiones que lo dejan a uno afectado y descompuesto. Y, en honor a la verdad, hay que decir las cosas como son: todo es culpa de la perdición, y no se diga los políticos. A esos hay que quemarlos en leña verde y ponerles un chayote de supositorio ¡y vieras cómo se componían de rápido!

Siempre sí queda retirado ese lugar a donde te desapareces cuando piensas las cosas. Se me figura que es lejecitos, que no hay quien te socorra ni se dé una vuelta para ver si amaneciste. Y está bien, así es como crece uno. Te llamo y a veces me dejas hablando sola. Y cuando me contestas es poquito, bendito, pero yo ni me acongojo. Sé que volverás. Por eso todas las mañanas salgo a barrer la banqueta. De tanto soñarla, ya hasta le hiciste un surco y por ahí baja el agua cuando llueve. Sí le dejo las hojas de liquidámbar, para que las pises y crujan con su quiúbole ocre en pedacitos. Quiero que quede bien chula, que la encuentres sin los sobres abiertos de las noches transcurridas.  Ladra el mentado animal del vecino, ¡anda tú, perro laberintoso!, y sigo barriendo.

Has de volver, volver, volver. Y cuando vengas, ¡se va a poner bueno el jolgorio! Traerás la cabeza trastocada de metas por cumplir, como si estrenaras ser una persona nueva. Sale, pues. ¡Puro Velrosita!  Déjame enseñarte que nada aparece de la nada, y cómo funciona la providencia: te señalaré, con estos ojos que un día se comerán los gusanos, cómo traes bien prendido a ti eso que es lo tuyo, lo tuyo, lo que nadie puede darte ni quitarte. Y lo bailado, lo estudiado, y las frases en español que le ponen cara y voz a escenas muy antiguas, como cimientos de ésta: tu casa del alma. Está muy bien que te retraigas y medites. Que, como quien dice, cada cual se ocupe de lo suyo, de su trastienda, de su parcelita de intenciones. Aquí siempre estás a buen resguardo y siempre son horas de llegar. Eres bienvenida, como si regresaras por primera vez.

No le eché llave al zaguán.


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Una casa, 7.

Querida casa:

Nos conocimos hace siete años. Te habían remozado la tristeza para que no quedaran vestigios de la mujer anciana que se despidió de ti, rumbo al asilo.  Yo llegué a ti como inmigrante: huyendo de algo que dolía, anhelando estar mejor. Me quité los zapatos —parte indispensable del contrato de arrendamiento y de los hábitos de esta zona de California— y me presenté contigo, descalza. Acaricié el espacio entre la estufa y el apagador, donde iría la cafetera. Asentí, queriéndote.

Nadie mejor que a ti le consta mi devoción por lo cotidiano, la felicidad que hallo en ser ama de casa. Te regalé toda la fuerza de mi treintena, mi ímpetu por la belleza, el equilibrio, el color y el orden, los rituales, Usted & la Canción Mixteca. Te consta, igual, que cuando estoy aullando por dentro, me pongo a limpiar.  Te regalé mi lamento, mi abandono, mi depresión, mi reclamo, mi llanto, mi súplica hasta que me quedé sin lágrimas, y todo eso que sólo tú atestiguaste.  La gente que me visitaba siempre te halló impecable.

Sé que sabes cuándo falleció la mujer anciana porque ese día florearon todas las camelias, antes mudas por la sequía. Y, coincidencia curiosa, ocurrió a la par que dejé morir la fantasía de tener motivos para volver a residir en México, y decidí cortar el último de mis asideros. Ahora sí, te dije: me quedo, tienes mi presencia total, renuncio a cualquier tipo de huida de la huida, estoy aquí y ahora. Todo eso pasó hace seis semanas. Pues bien, te explico las cajas que están en la sala, el material de embalaje, tanto movimiento: con la muerte de la viejita y de mi disposición de enamorarme, llegó un mensaje de texto con la notificación de la casera. Te van a vender, tuve que buscar otro sitio para vivir. Este es nuestro último fin de semana en ti y el primero de la primavera. Hoy di el depósito de tu sucesora. Está bonita y la calle se llama Norte, queda cerca de la parada del autobús 68, las hijas están contentas.

A veces, estar mejor se resume en el lujo de continuar, en esa sucesión de lugares por habitar, en los regalos que las casas nos hacen y que nosotros les hacemos, giros narrativos incluidos.  Tengo muchísimas ganas poner unas macetas hechas de argamasa y mosaicos rotos, en la entrada, como recordatorio de que la vida sigue aunque tome otra forma. Me gustan para brújula.

Te llevo en el corazón, 902 Villa Avenue.

Locadelamaceta.

Pd 1. Te dejo la marca en la pared con el registro de estaturas de mis hijas, y su infancia.

Pd 2. Me despides del cartero. Nunca logré que sonriera, el infeliz.