Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


Deja un comentario

Ocasional

Ya sé que, a veces, me aloco.

Tuvo bastante que ver el cambio de cubículo. Ahora estoy en una que tiene una ubicación de privilegio: no por el título nobiliario corporativo sino porque está en la esquina donde convergen tres pasillos y desde aquí mi Antonio Machado interno —con una ligera influencia de Esquemáticos Anónimos— puede clasificar todos los tipos de andar y hacer camino sobre los mundos sutiles de la alfombra industrial. Uno de los pasillos proviene del baño. Todos los modos de andar, insisto. Además, tengo una ventana a mis espaldas con vista a una estación de bomberos. Son muy ordenados esos muchachos: ponen los trapeadores a secar en hilerita, hacen su calistenia al sol, sus mangueras son una obra de la estética refractaria, izan y arrean la bandera como si se les fuera la vida en ello. Adoro venir a mi oficina y sentir ganas de contar lo que veo.

Lástima del mareo. Desde que me cambié de oficina sentí oleadas de energía queriendo expandirse a través de mí, como un escalofrío. ¿Qué sería? El progreso, quizás, invitándome a seguir avanzando, tú dale Miranda, escribe, conecta, confía, deja que el futuro se acomode; el miedo, quizás: ten cuidado Miranda, no te identifiques con lo que hay, acuérdate que cae el telón y nada ni nadie era como parecía; el control, quizás: porque ¿no te parece que esta es una buena época, Miranda?, ¿cómo puedes saber si es verdad?

Detesto no poder ver a través de las sombras de mi percepción. El escalofrío continuaba y yo no sabía de dónde provenía. Ya estaba temiendo que las ventajas del cubículo soleado y estratégico se estuvieran diluyendo, justo cuando cada personaje de esos tres pasillos comenzaba a formar parte de algún relato en borrador y los bomberos redefinieran el pan de cada día dánoslo hoy y yo empezaba a creer que vendría otro duelo y le rogaba a la vida que no tocara otras instancias que me llenan de gozo, que puedo ser funcional y clara y objetiva, si me esfuerzo e *inserte pánico potencial*.  Apenas voy saliendo adelante, vida. No chingues, no me lo quites.

Guardé calma-cama.

Cuando volví a la oficina, unos días después, me encontré una nota del Jefe de Mantenimiento. No era la vida jaloneándome la lucidez sino un mini-refrigerador que estaba junto a mi escritorio, interfiriendo con mi temperatura y mis otolitos. Tanto qué ver y ni me había fijado que estaba ahí. Se lo llevaron, porque estaba descompuesto.

No sé de verdades universales, pero sí de aquello que es verdadero en mí: la vida a través de mis ojos y mis oídos, eso que siento con intensidad desproporcionada. Ya sé. Me aloco.

Sólo a veces.

 


Deja un comentario

Una casa, 10.

Intrínseca en el español mexicano hay una manera de ver toda las cosas en el cosmos, pequeñas o grandes, como si fueran sagradas y estuvieran vivas. 

— Sandra Cisneros.

¡Mira nada más! Búsquete y búsquete, olvidada me tienes, como hilacho viejo. ¿Dónde andas?, ¿a dónde te fuiste?

Aunque agarres camino, yo sé cómo llamarte con tortillas palmeadas y el olor de huevo frito en manteca de cerdo, y café. ¿O unas enchiladitas? Huevo de gallina de patio, no vayas a creer que del supermercado. Es lo bonito: comer y decir, al final, «ya comimos». ¿Más bonito? Cantar los boleros del radio, y oír los partidos del futbol en amplitud modulada, siguiéndolos en la mente desde la tribuna junto a la bocina, gritar con el gol, que el cotorro te remede y luego se ría. Antes la gente cantaba más, en general. Y cuando se bañaba, uy, se tomaba su tiempo; no como ahora que nadie canta en la regadera, a lo mucho se dan dos que tres pasadas ahí donde te conté, y vámonos. El mundo era otro. No que ahora, ni se puede salir. ¡Válgame! Vive uno con el Jesús en la boca por tanto desfiguro, puras visiones que lo dejan a uno afectado y descompuesto. Y, en honor a la verdad, hay que decir las cosas como son: todo es culpa de la perdición, y no se diga los políticos. A esos hay que quemarlos en leña verde y ponerles un chayote de supositorio ¡y vieras cómo se componían de rápido!

Siempre sí queda retirado ese lugar a donde te desapareces cuando piensas las cosas. Se me figura que es lejecitos, que no hay quien te socorra ni se dé una vuelta para ver si amaneciste. Y está bien, así es como crece uno. Te llamo y a veces me dejas hablando sola. Y cuando me contestas es poquito, bendito, pero yo ni me acongojo. Sé que volverás. Por eso todas las mañanas salgo a barrer la banqueta. De tanto soñarla, ya hasta le hiciste un surco y por ahí baja el agua cuando llueve. Sí le dejo las hojas de liquidámbar, para que las pises y crujan con su quiúbole ocre en pedacitos. Quiero que quede bien chula, que la encuentres sin los sobres abiertos de las noches transcurridas.  Ladra el mentado animal del vecino, ¡anda tú, perro laberintoso!, y sigo barriendo.

Has de volver, volver, volver. Y cuando vengas, ¡se va a poner bueno el jolgorio! Traerás la cabeza trastocada de metas por cumplir, como si estrenaras ser una persona nueva. Sale, pues. ¡Puro Velrosita!  Déjame enseñarte que nada aparece de la nada, y cómo funciona la providencia: te señalaré, con estos ojos que un día se comerán los gusanos, cómo traes bien prendido a ti eso que es lo tuyo, lo tuyo, lo que nadie puede darte ni quitarte. Y lo bailado, lo estudiado, y las frases en español que le ponen cara y voz a escenas muy antiguas, como cimientos de ésta: tu casa del alma. Está muy bien que te retraigas y medites. Que, como quien dice, cada cual se ocupe de lo suyo, de su trastienda, de su parcelita de intenciones. Aquí siempre estás a buen resguardo y siempre son horas de llegar. Eres bienvenida, como si regresaras por primera vez.

No le eché llave al zaguán.


1 comentario

Una casa, 7.

Querida casa:

Nos conocimos hace siete años. Te habían remozado la tristeza para que no quedaran vestigios de la mujer anciana que se despidió de ti, rumbo al asilo.  Yo llegué a ti como inmigrante: huyendo de algo que dolía, anhelando estar mejor. Me quité los zapatos —parte indispensable del contrato de arrendamiento y de los hábitos de esta zona de California— y me presenté contigo, descalza. Acaricié el espacio entre la estufa y el apagador, donde iría la cafetera. Asentí, queriéndote.

Nadie mejor que a ti le consta mi devoción por lo cotidiano, la felicidad que hallo en ser ama de casa. Te regalé toda la fuerza de mi treintena, mi ímpetu por la belleza, el equilibrio, el color y el orden, los rituales, Usted & la Canción Mixteca. Te consta, igual, que cuando estoy aullando por dentro, me pongo a limpiar.  Te regalé mi lamento, mi abandono, mi depresión, mi reclamo, mi llanto, mi súplica hasta que me quedé sin lágrimas, y todo eso que sólo tú atestiguaste.  La gente que me visitaba siempre te halló impecable.

Sé que sabes cuándo falleció la mujer anciana porque ese día florearon todas las camelias, antes mudas por la sequía. Y, coincidencia curiosa, ocurrió a la par que dejé morir la fantasía de tener motivos para volver a residir en México, y decidí cortar el último de mis asideros. Ahora sí, te dije: me quedo, tienes mi presencia total, renuncio a cualquier tipo de huida de la huida, estoy aquí y ahora. Todo eso pasó hace seis semanas. Pues bien, te explico las cajas que están en la sala, el material de embalaje, tanto movimiento: con la muerte de la viejita y de mi disposición de enamorarme, llegó un mensaje de texto con la notificación de la casera. Te van a vender, tuve que buscar otro sitio para vivir. Este es nuestro último fin de semana en ti y el primero de la primavera. Hoy di el depósito de tu sucesora. Está bonita y la calle se llama Norte, queda cerca de la parada del autobús 68, las hijas están contentas.

A veces, estar mejor se resume en el lujo de continuar, en esa sucesión de lugares por habitar, en los regalos que las casas nos hacen y que nosotros les hacemos, giros narrativos incluidos.  Tengo muchísimas ganas poner unas macetas hechas de argamasa y mosaicos rotos, en la entrada, como recordatorio de que la vida sigue aunque tome otra forma. Me gustan para brújula.

Te llevo en el corazón, 902 Villa Avenue.

Locadelamaceta.

Pd 1. Te dejo la marca en la pared con el registro de estaturas de mis hijas, y su infancia.

Pd 2. Me despides del cartero. Nunca logré que sonriera, el infeliz.

 

 


Deja un comentario

Adiós, y dictado propio

Uno intuye algunas despedidas como si, de pronto, le pusieran en frente un catalejo y pudiera gritar al fin: «¡Tierra a la vista!». Entonces uno se vuelve isla, tempranamente. Amanece, y sabe. Anochece, y oculta lo que se va viendo a todas luces. Y todas las gaviotas son golondrinas y todas cantan adiós.

Uno es quien es y aquello de lo que se despide por repetición. O por costumbre, porque se acabó el papel (moneda) o las respuestas son nómadas, porque hace frío en alguna parte del cuarto, o hay demasiado en prenda, que estorba; los habitantes de la isla desertan.

Uno se desconoce y se va redescubriendo, negocia con los pies y con los nuncas. A todosuno les llega el día. —Hay algo en las tres de la tarde que invita a compartir la noticia—. Y uno retoma su naturaleza salvaje. De barro, de dictado propio. De mar con isla que evoluciona, de volcán de arrebatos en océanos de enero.

No soy la excepción. Me despido, faldas. Opto, en modo permanente, por sólo usar pantalones.

 

 


4 comentarios

En punto

Siempre a las cinco. Bajo del segundo piso desprendiéndome los hilachos de correos electrónicos que se quedaron pendientes en la última junta de la tarde. Atravieso el vestíbulo, mustioquieto. Tanteo en mi bolsa hasta sentir el espiral amarillo que uso de llavero. Abro la puerta derecha del edificio, rumbo al estacionamiento. Y todas las veces, siempre a las cinco, en lo que camino rumbo a mi coche, atravieso un corchete de viento. Huele a sal. Yo podría dejar pasar ese olor y asociarlo al puerto cercano. El puerto es parte de la bahía que pasa por debajo del Golden Gate y desemboca en el Océano Pacífico.

El rojo del puente fue, por años, la última visión de los soldados recién abrazados, enviados a pelear a Japón y la primera imagen a su regreso, después de sobrevivir a la guerra, algunos como prisioneros; ese mar y yo tenemos una historia de mensajes en botella a lo largo de la costa, pasando por Cabo San Lucas, Puerto Vallarta, Choluteca, Quito, Lima y Valparaíso; «así huele una mujer cuando el destino le roba un beso» leí alguna vez frente a la costa y todas sus orillas y las mías; colecciono momentos bajo el prisma de un faro, acantilados, la lucha de poder de la roca y el agua, unidades de muerte.

Podría dejarlo pasar, decir, nada más: son las cinco y huele a sal. No quiero, ¡qué tristeza! El día que pueda nombrar ese olor sin que me escueza la memoria habré perdido significados importantes. Huele a sal, me digo, y qué maravilla que no me sea indiferente. Qué consuelo trabajar en una oficina y seguir sintiendo, en punto.


2 comentarios

De apariciones

—¿Lo viste?

—¿Parado en la entrada de la cocina?

—Sí.

—Por eso nos fuimos de esa casa.

—Nosotros también.

Quizás así fue la conversación entre ellos. Dos hermanos que, de adultos y con varios años de diferencia, habitaron la misma casa. Hasta que se mudaron, y con distancia, pudieron hablar del niño que se aparecía en la entrada de la cocina. No una sombra del copete de un helecho ni un reflejo en la vitrina del comedor. Era un niño, baste saberlo. De preescolar o de cuarto de primaria, si sonreía o sollozaba, si traía zapatos o suéter o la cara lavada, a qué hora se aparecía, eran nimiedades comparadas con el hecho de que dos personas lo vieron, por años. ¿Qué hicieron, mientras tanto, con esa información?

Porque en mi infancia había una anciana en el suelo, sentada en la entrada de la escalera, en la planta baja de mi casa. No lo mencioné a nadie por miedo a llegar describiendo a tientas que había una mujer cubierta con un rebozo en la cabeza —parecida a las viejitas que pedían limosna afuera de la misa—, que miraba fuerte desde la penumbra, y que me dijeran: ah sí, claro. Y, seguido del nombre o la filiación, un déjala, siempre llegaba sin anunciarse, era medio marrullera, no hagas caso. Ese «claro» al que uno tiene que llegar por sí mismo o, efectivamente, se vuelve locura. O fantasma. Yo sólo quería transitar hacia mi cuarto o bajar por un vaso de agua y volver a mi cuarto sin la locura de percibir un ojos en mi espalda.

Pero baste saber que era una viejadefinitiva: me la encontré en sueños pidiendo de comer y la esbocé, como guerrera, en Usted & la Canción Mixteca; tengo el hábito de juntar palabras y hacerlas una, apretando el paso entre los significados para que se les atraviesen apariciones; a modo de homeopatía: soy de rebozos; mi casa no tiene escaleras.

Mi post fue un diálogo especulado entre hermanos a partir de una anécdota familiar, un ejercicio que tenía pendiente. No supe qué hicieron con esa información ni quién era el niño. Lo escribí porque hace poco Mini Dancing Queen quiso hablarme de la última casa que habitamos en México, la misma casa de mi infancia. Había una anciana en la entrada de la escalera, mamá;  miraba fuerte, aunque no se le vieran los ojos.

—Yo también la vi, hija.

Hay tiempo para callarse el susto y sesiones para relatarlo, remansos para dudar de la lucidez y meses para afirmarla. Octubre es un buen momento para hablar de fantasmas. Cada quien los suyos, los que habitan en casa. Los que seremos un día, dentro de muchos planos. Claro.


1 comentario

Quicio

—¿Por qué duraron tan poquito en esa casa?

—¿Dos años te parecen pocos?

— Y eso que la casa es acogedora.

—Por vieja, sí. Aunque tener un sólo baño: qué monserga.

—A mí me chocaba.

—Pero el patio era grande.

— Y la alacena, enorme. ¿De los cincuenta?

—Ésta es una mirruña, pero me gustó el tragaluz.

—¿Café?

—Agruras, no. A veces, dos años se hacen largos.

—Cincuenta y tantos, creo.

—Pero se pasan rápido.

— Bonito, el departamento.

— Gracias.

—Nosotros, cuatro.

— ¿En serio?

— Dos, apenas para ambientarse.

—Lactobacilos. Y te olvidas.

—¿Lo viste?

—¿Parado en la entrada de la cocina?

—Sí.

—Por eso nos fuimos de esa casa.

—Nosotros también.