Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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En la fila

Hace muchos, muchos años estaba formada en la fila de la caja, para pagar en una tienda. Junto a mí, una jovencita y su mamá.

—¿Pero qué va a pasar? ¿Y si no nos alcanza el dinero? ¿Cuándo sabremos? ¿Cómo saldremos adelante?

Cada signo de interrogación se desbordaba en la voz de la hija y formaba una angustia chiquita y efervescente. Qué curioso, me dije, esas preguntas aplican para casi todas las crisis. Yo sabía de eso. Apenas había logrado dar un paso y luego otro para llegar a la tienda. Y, como todas las veces, a la hora de pagar, me daba horror que no pasara la tarjeta de débito. De crédito no tenía y el banco por internet apenas empezaba. Calculaba mi saldo a tientas. Cuando me daba la cabeza.

—Tú no te preocupes de nada.

Seis palabras que bien pudieron ser una mentira. O pensamiento mágico. Refuté: las crisis y las angustias no se van así nomás, despreocupándose. Pero el tono de la mamá fue una ala, un techo, una bodega repleta de oro, un reporte de salud enmicado, un caldo reconstituyente después del desvelo, un paso peatonal a prueba de atropellos, una buena noticia en medio de cien duelos. Alcanzó para arropar a la hija y a todas las hijas e hijos que estábamos a su alrededor. Toda la tristeza — y las deudas y la soledad— desaparecieron por unos minutos, y avanzamos. Sin arrastrar los pies.

Señora, si llega a leerme alguna vez, ¿podría decirlo de nuevo? Con un altavoz, por favor. Para los tiempos dificilísimos. Y para construir el futuro, con ese ingrediente suyo. Como cimiento.


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Letras Para Tiempos de Encierro 14

Sólo vine a decir que el sol. Mira el sol. Este sol. Hoy, sol.

—Ayer la luz tenía un contorno entumecido—

Sol, y silencio lleno de pájaros. Sol, y el baile de hombro con hombro de las losetas. Sol, y quiromancia en las paredes. Sol, y mosquitos, telarañas y lo que siempre me falta por nombrar, por fortuna.

Sol, y olvido qué me importaba antes. Sol, es decir: geranio. Sol, blanqueando el diccionario, arrullando a la brújula.

Sol en mi cabeza a mediodía, caloreando. Y si sol, este sol singular y este momento, me sé completa y pedacito, comino, de universo.


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Letras Para Tiempos de Encierro 3

Cuéntanos.*

Él y yo tuvimos una relación a distancia durante casi 3 años. Cada quien vivía en un país distinto. A veces me preguntaba a mí misma si la relación era real. ¿Cómo podría serlo? Las relaciones sólo son verdaderas cuando se nutren de lo cotidiano, cuando los defectos pierden la chapa de oro de la virtud que les atribuyó el enamoramiento. Cuando nos vemos las suelas de los zapatos y el interior de la plantilla y no hay asco sino sonrisa, entendimiento.

Pero, ¿cómo podía no ser real? El amor es el amor, el deseo es el deseo y a la combinación de amor y deseo no hay quién la detenga. Deja un tiradero característico, impulsa, motiva, aparecen listas de metas, hay proyectos como hijos,  a veces hijos —o hijas— que se van atesorando desde el nombre; un «hola, te quiero» bajito. Claro que era amor, y del de quedarse.

Vistas a profundidad, todas las relaciones son a distancia. Él, por ejemplo, vivía en un país donde había muchas más yo. O lo que yo le significaba. He de reconocerle el mérito creativo: a ninguna nos dijo lo mismo. Un país donde los hombros de él y el escote de ella(s) eran fotogénicos y donde la persona no es la arroba, pero sí es, pero no es. De fondo era cuestión de entenderle a la dinámica. Y relajarse. Y divertirse.

Yo, para ilustrar, vivía en un país donde el duelo es el idioma oficial. Podía ver, en cualquier circunstancia, lo que no hay, lo que no alcanza, lo que no funciona, lo que no es suficiente. Sentía una obligación continua de hablar acerca del dolor y de las pérdidas. He de reconocer mi mérito de fortaleza: perseveré, mantuve la esperanza. Le mostré que era posible reinventarse confiando en que habría provisión y avance; el duelo nunca es estático. De fondo era cuestión de exponer las carencias. Y trabajarlas. Y confiar.

Creo que sí fueron 3 años. Desde que supe que no fue real, decidí borrarla de mi memoria. No la relato en mi historia, no cuenta.  Nos abollamos el ego, no el corazón. Fue una fantasía, y ya.

Excepto por los abrazos cada vez que nos veíamos. Esos primeros minutos de tomar forma en persona, dejar caer las maletas, suspirarnos de esencia y lociónperfume, sanar todas las fracturas de los huesos y de las dudas. Un «somos» indiscutible, cultivado en horas y horas y horas previas de conversar como si la vida no hubiera puesto miles de kilómetros en medio, como si la vida y nosotros fuéramos cuates de destino.  Y cada vez que nos despedíamos: esos últimos instantes de arrebatarle prisa a los vuelos programados, asir las maletas, jóvenes, no estorben, esbozarnos la cara, la voz en la garganta seria, los besitos de ¿volveremos a vernos?, dejarnos ir como sólo se deja, libre, a quien se adora.  Un «somos» impractiquísimo, drenando las carteras en viajes y viajes y viajes que apenas sumaban treinta días juntos, como si la pérdida y la deslealtad no se hubieran desgañitado llamándonos y dejando mensajes con mayúsculas.

Tres años y 41 días.  Es de la incumbencia de nadie porqué no la relato ni la relataré más. Baste saber que ahora, cuando amo, me aseguro de vivir en el mismo país y mi tercer idioma es Contigo Aprendí. En lugar de hablar duelos, escucho las señales y me fijo bien. Real, y punto. Todo lo bueno que siguió provino de esa lección, el orden sabio, tierno, después del tiradero. Me siento agradecida.

Nada de margaritas. Si quieres saber si te quiere o no te quiere, pregúntale a un aeropuerto.

*Tema a sugerencia de Isabel Del Castillo. ¡Un abrazo, Isa!


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Sur 37 A

Es inicios de diciembre porque pienso en una calle.

La recorríamos varias personas, como quince. Era una calle de dos cuadras y media. Pasábamos junto a la casa donde había un muchacho que estudiaba música; practicaba sus lecciones de trompeta y de piano, no importaba la hora. Y junto al edificio donde vivía un brujo en la planta baja y una vez que fueron de la delegación a renivelar la banqueta, salió el hombre con una cadena bastante larga y les dijo a los albañiles que le echaran mezcla sin taparla del todo, como delineando el edificio; esto es brujería, dijeron los vecinos. Nadie se metió con él.

Y a un lado de la cochera con macetas de barro, en el suelo y en la pared, que fue blanca pero ahora era color «por aquí pasan coches que aceleran y mientan madres por el tope de más adelante»; los canarios le cantaban a las plantas de sombra y a algún otro geranio terco. Y por donde había casa con una pared de ladrillos, que era parada obligatoria del camión de la basura y donde nunca, nunca, hubo rayoneos de grafitti a pesar de que el ladrillo estaba tan bien puesto que se veía como un lienzo irresistible.  Nunca, ese milagro.

Y hacíamos escala en la casa de la mujer que vivió hasta los 101 años y usaba pantalones desde 1918. Y nos aliviaba pasar por la casa de las rejas y saber que ya no estaba el perrote que aterrorizaba a los transeúntes; el refrán es impreciso: ladraba y mordía, que sí. Parecía lobo.

Los mapas virtuales indican que la calle sigue donde la dejamos. Es más: basta teclear su nombre para poderla recorrer de nuevo. Pero no pienso en la calle de ahora sino en la de entonces,  la que unía la casa de mi bisabuela y la de mis abuelos con la mía, donde crecí. Diciembre, y en particular el 25, pero también alrededor de las posadas y el fin de año, se trataba de hacer ese trayecto. Los tíos reían pero no cuando venía un coche, mi abuela abrazaba caminando, mi mamá hacía la observación de que el ambiente olía a llanta quemada, yo iba encima de los hombros de mi papá hasta que tuve que ir a pie.

Es inicios de diciembre y estoy en esa calle, siendo niña, como si hubiera sabido que tenía que fijarme muy bien. Ventilo el recuerdo para impedir que le brote una pátina, para mantenerlo vivo aunque el cambio haya desmembrado a la familia y la delincuencia esté al asecho.

Sé amable, nostalgia.

 


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El albergue

Pensé que sabía algo acerca de ser fuerte hasta que conocí esa risa. Estaba con una mamá y su hijo de 7 años*, ayudándoles a llenar la forma de solicitud de servicios para familias sin hogar. Mi pluma azul neceaba con tinta afónica y gruñí en lo que buscaba otro bolígrafo, si eché como cinco antes de salir de la oficina, me acuerdo, y seguía revolviendo sub-bolsas de la organización fallida. Volví a gruñir forzando la pluma contra un papel suelto. El niño rió y rieron sus dientes de enfrente. No se preocupe de nada, seño, me dijo la mamá riendo con los ojos de renglón y su español de sílabas calmadas.

Reí un poquito y pedí una pluma prestada en la oficina. Me urgía seguir llenando la forma. Esta familia había vivido con otras tres familias hacinadas en un departamento y en los baños de la estación de camiones y en un coche desvalijado. Era el primer día de clases. La secretaria trajo un desayuno escolar. El niño abrió la bolsa de las manzanas rebanadas y me retó a una competencia de quién comía más rápido. Volteé a ver a la mamá, nos pasó una servilleta. En lo que alargué la mano para tomar un trozo de manzana, el niño ganó el concurso. Con la panza llena, seguía riendo. Y su mamá, que mantenía los brazos cruzados alrededor de ella misma porque no tenía chal ni suéter, reía, sonreía, reía, acariciaba la cabeza de su hijo, y cualquier congoja reía con ellos. La forma les permitirá dormir en un albergue y que  el niño podrá asistir a la escuela todos los días. Recién me incorporé a estas funciones, además de mi trabajo usual.

Insisto: yo pensé que sabía algo de ser fuerte. O de pérdidas o de la fe o de historias de inmigrantes. Luego conocí esta risa que proviene de un lugar que toca y no suelta y ha sido como una aparición. Tengo que prepararme mucho para poder seguir los protocolos estatales de atención y de seguimiento de casos. Yo no estudié esto, la vida me trajo hasta aquí. En blanco, sí sé algo, lo único: el servicio activa una luz que conecta. Y con esa luz se amasa el alimento, se conjura la noche, se protege de la intemperie, se alivian las lágrimas, se arropa el cansancio. No es unilateral, es una transformación mutua. Ahí quiero quedarme a vivir para siempre.

*Algunos detalles de este caso son genéricos, por cuestiones de confidencialidad.


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De pasillo

—¿Cómo estás?

— Fue un acierto inscribirme en el grupo de principiantes. Éramos unos doce adultos metiendo la panza, en mallas y zapatillas, cumpliendo algún tipo de promesa personal. El maestro, otrora sílfide, amo decir otrora, bebía café como sorbiendo verdades. Y empezamos.

La clase fue justo igual que la de nivel intermedio: los mismos ejercicios, el mambo de mi mover el bote, las secuencias recitadas, pero más lento y desglosado y la vibra era de una torpeza entusiasta que cae muy bien los domingos por la mañana, y en la vida. Salí feliz, Pavlova recomenzadora, El lunes me dolía hasta el pelo.

**

Me tomé unos días y agarramos camino a Portland, Oregon, con dos propósitos:

a) ir a una librería que se auto-promociona como una ciudad de libros. Cinco pisos, libros nuevos y usados, todos los temas. Hasta encontré una antología de Cuentos Mexicanos, la de Alfaguara, y me ganó la vehemencia en voz alta al abrir la página en «Diles que no me maten». Cargué a la bolsa hasta donde pudieron mi brazo y la tarjeta de débito. Y lo que no alcancé a comprar, —como si alguna vez alcanzaran las horas, las quincenas, los libreros, los títulos que conducen a otros títulos— se quedó pendiente para otro viaje, o para la serendipia.

b) Hace 63 años mis abuelos llegaron a esta ciudad después de haber recorrido 2146 km en coche. Él venía a hacer una residencia médica. Ella tenía 40 días de haber parido a su segundo hijo, y una niña de un año 5 meses (mi mamá). Cuando yo pasé la nube espantosa de la depresión post-parto y de una angustia que me duró muchos años, mi abuela me contó de su tiempo en este lugar: sola, huérfana, recién parida, inmigrante, sin ayuda, en un lugar donde llovía todo el día. Quise ir a esa ciudad a tomar la foto afuera del hospital, dos generaciones después, para mandársela a mi abuela y a decirle que su fortaleza no pasó desapercibida y su sufrimiento tampoco. Muchas de la victorias de las familias ocurren dentro de las casas, sin diplomas. Igual ocurre con las heridas, sin bálsamo en el botiquín. Hayan sido tristezas grandes o logros cotidianos: los veo. Y los nombro.

**

Este otoño estaré inmersa en actividades de mi trabajo relacionadas con  los glosarios de género y su impacto en el bienestar socio-emocional de los estudiantes, las medidas para detectar posibles víctimas de trata (lloro), la supervisión de la versión en español de los materiales de campaña para prevenir adicciones. A veces comunicar tiene que ver menos con el mensaje y más con dar elementos para dialogar y cuidar. Voy a andar atareadísima.

Y tú, ¿cómo estás?


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Magia para transitar de agosto a diciembre

Identifico el Norte y lo saludo con una inclinación de cabeza. Para sostener la mirada de la verdad cuando la tenga enfrente, para frenar cuando me lastime el zapato, para disolver los obstáculos que imagino; para encontrar mi rumbo entre la multitud, cuando me abrume la competencia, si me roban las ideas, si acaso voy a donde no haya un mapa trazado.

Identifico el Sur y lo señalo tocando mi ombligo. Para aceptar la invitación del placer cuando se haga presente. Para aburrir a la vergüenza, para darme permiso de decir que no, gracias; para encontrar mi risa ente las caras largas, cuando olvide que alguna vez fui amada, si quiero huir, si acaso me separo de mi cuerpo por creer que soy lo que pienso.

Identifico el Este y lo bendigo a través del olmo. Para tomar la secuencia de los días cuando amanecen, para cantar frente a lo sagrado, para pulir los bordes de mis torpezas; para encontrar mi voz entre los comienzos, cuando confunda el término con los finales, si me persigue el abandono, si acaso deseo morir al dormir y no despertar.

Identifico al Oeste y lo llamo con un suspiro. Para desabotonar las capas que me cubrirán conforme vaya creciendo. Para asirme cuando sienta vértigo, para confiar en extraños y propios que estereotipo; para encontrar el encanto entre los contratiempos, cuando sostenga un llavero de puertas que desconozco, si dudo de mí como sólo yo, si acaso lloro y se escucha mi eco.

Soy de rituales y de preguntarme cómo llegar.


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De rimas en caso de duda

Para Víctor Luján G.

Que no te obnubilen, que no te empañen,

que no despostillen, que no te descalzen,

que no se burlen, que no calen,

que no pronostiquen, que no manchen,

que no te culpen, que no te roben,

que no te desairen,

diles.

Que se les marca el bulto de prejuicios y tedio,

que nunca fuiste de estatura promedio,

que no tienes remedio y sí un archivo

que hierve de ideas, de ti, de festivo,

junto al botón certero de tus reinicios.

junto a los brotes cuando verdeas,

diles.

Que es verdad y ruta y certeza:

que no hay acto creativo pequeño,

sólo fracciones de una obra dispersa

pidiendo un rato diario de atención y tiempo;

que las ganas son la versión soleada de tu sueño

que las fracciones se hilvanan con torpeza

y acunan un borrador,

diles.

Que en aquel rato diario se te va la vida.

Y la persigues, ¿qué otra te queda?

que, a fuerza de tesón, te vas sabiendo.

Crear es lo tuyo. (Yo lo comprendo).

Diles,

sabrás cuándo y a quién me refiero,

deletreando con todo tu cuerpo,

—se iluminarán conciertos, galerías,

escenarios, libreros —,

que la obra eres tú.

Diles, o abraza la sospecha:

vuelve a los cánones, a su orden, al suyo.

ó

es tu momento: ¡aprovecha! diles:

es mi proyecto. Y suficiente, concluyo.

Y junta minutos donde había suspicacia

con frenesí del loco que ama su esquina

con la rutina obstinada de quien persevera.

No hay acto creativo poco y sin gracia,

sino sumas de llevar, por centena.

Créeme todo, o  nada me creas,

pero, ¡por favor! sigue tu idea.


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Cervus elaphus

La cocina de la casa en donde vivo desde hace un año está empotrada en un talud de hiedra y tiene un ventanal con vista a un olmo. Hay tres maneras de entrar a la cocina: desde el interior de la casa, por una escalinata lateral que cruje con rencor y que casi no uso, y por las escaleras de piedra con canto de madera que dan a la calle.

Yo entro por el interior y casi siempre con hambre o sueño. Cuando no estudio el refrigerador abierto para elegir qué voy a cocinar, recorro mi circuito hacia la cafetera o hacia la alacena buscando quitarme el hambre.  Luego se me olvida a qué iba.

—Un venado.

Ni un sonido de pisadas ni de hojas que crujen ni de tierra suelta que pueda hacerme saber que se aproxima.  Aparece, así, con el guion largo del animal hablando a través de su presencia. Rumia, pasea, se echa. Lo saludo, para las orejas. Me sirvo el café o agarro un puñado de nueces o preparo las albóndigas o relleno mi jarra de agua. Cuando volteo, ya se fue.

Su aparición no tendría mayor relevancia en una casa en una zona boscosa de no ser porque coincide con mis días de más agobio. Esos días de saber que nadie vendrá a salvarme de aquello que me aflige, que hay un hambre que no se quita con alimentos, que no hay tortilla ni pan ni galleta ni sopa ni infusión, preparados por mí o por alguien, que me den sosiego. Debe de haber algo más, me digo. Justo en la cocina, un venado: el símbolo de la gracia y la apacibilidad, el buscador de caminos alternativos.

Mi espíritu encuentra esperanza frente a ese animal-presagio de tiempos buenos y de rumbos posibles que aparece y desaparece con el mismo misterio. Pasa el agobio, pasan los días, es medicina antigua. Por supuesto que le regalo las flores que había sembrado.

 


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De tumbas, influencias y poder un día

El seguro del portón estaba suelto. Nunca había estado ahí. Físicamente, me refiero. En la imaginación había ido a ese momento y soñado con él y, a sabiendas de que implicaría un viaje largo e intrincado, dejé el anhelo para un día, cuando se pudiera. Varios grados bajo cero, mi vaho, las botas de nieve —moradas, a mitad de precio—, el letrero junto al portón: Cementerio de Sleepy Hollow.

Iba a visitar la tumba de un hombre que he amado como sólo se puede amar a los autores que acompañan en los momentos de pensar y en las horas de alquimia de la adolescencia. En la avidez de encontrar modelos de rebeldía, me lo topé de frente: Henry David Thoreau. Él caminaba hacia sí mismo con la certeza de que había más por vivir que las experiencias dictadas por las buenas costumbres, la tradición, el capitalismo, la religión y la erudición, confiando en que la plenitud era responsabilidad personal y siempre producto de cuestionar para qué obedecemos, a quién, desde dónde. Es literal: agarraba camino y echaba a andar, pensando. Habitaba más cerca de la Naturaleza que de las convenciones y, en su andar, me daba permiso de buscar mi camino justo en la época en que se me hizo saber exactamente qué se esperaba de mí: ser conservadora, linda, buena, feliz, motivo de orgullo.

Conforme fui queriendo saber más acerca de su historia me enteré que tenía una amiga en su círculo de escritores. Ella: Louisa May Alcott, enferma, endeudada y con un carácter fortísimo, le dio voz a las vivencias cotidianas, domésticas y, en ese asomarse al interior, le regalaría al mundo a Jo March, el personaje de una jovencita atrevida, franca, apasionada, mandona, creativa, leal a sus ideales: una heroína que, hace 150 años, igual podía disfrutar la ópera que competir con su vecino corriendo desbocada, y ganarse la vida como escritora. Cada vez que una generación de mujeres ha leído «Mujercitas»*, se refrenda la invitación a ir más allá de los estereotipos de la feminidad: si Jo pudo, nosotras también.

Para mí, saber que Thoreau y Louisa May (otro amor mío), tenían una amistad profunda e iban a caminar por las tardes y compartían sus escritos, fue un giro que me causó una algarabía tremenda. De pronto la influencia mutua se hizo notoria, pareciera que sus libros están dialogando entre sí igual que ellos dos por los senderos de Concord, Massachusetts. Cuando leí que sus tumbas estaban juntas en la misma colina me aloqué. No hay otro verbo.

La nieve estaba sin estrenar y las tumbas a unos doscientos metros del portón. Algunos trozos de hielo blanco caían con un salto seco desde las ramas por sol de la mañana. Cada paso era una declaración; escribo este y otros textos gratuitos en un escritorio con vista a un olmo. Ya no sé ni quiero saber vivir en ciudad. Lo austero me excita. No acepto imperativos y, vista por fuera, mi vida es un desmadre. Quiero amar y vivir con intención, que no me queden decisiones fuera del cernidor, que mi ser femenino y masculino estén en equilibrio, que me siga llamando la luz encendida de lo que ocurre dentro de las casas.

El día que fue me fue posible atravesar Estados Unidos e ir hasta el pueblito para visitar las tumbas de dos amigos junté mis manos cerca del corazón y, en compañía de mi familia reinventada, lejos de lo que alguna vez se esperó de mí y rumbo a donde el alma me lleve como mujer y como creadora, lloré el himno de mi juventud:

Me fui al bosque para enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. 

Todavía no me repongo.

(¡Foto!)

 

*Leer esta novela es una vivencia personalísima. Quienes ya la han leído —y releído— no requieren más descripción. Si tú, lector(a), no la conoces, quizás quieras leer el principio y llegar al capítulo 3. Un dato importante: fue publicado en 1868. ¿Qué piensas?

 

 


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Ay.

Quizás fueron las anestesias epidurales o el descuido en la postura al echar la ropa a la secadora. O haber subido pisos y pisos con bolsas del supermercado o haberme gastado la cuota de peso iliaco durante el kínder —y ya entrada la primaria— de mis hijas. O los varios dueños de la silla de mi oficina o los rituales simbólicos de cortar con algunos patrones de mis antepasados. O la edad, por supuesto: camino como si hubiera envejecido cuarenta años en una semana. Tengo forma de L.

He mirado el dolor físico con cierta curiosidad, cómo habla con frases largas e imágenes sostenidas presionando la urgencia y las alarmas de que algo no está bien, con qué ternura me muestra que el control es una ilusión. Cuando hay dolor sólo hay dolor, el resto sólo son modos de darle la vuelta hasta que vuelve a doler, crece la súplica: ayuda, alguien. Me es curioso, pensé que sabía algo de lo que duele por dentro.

Justo anoche tenía que impartir un taller de migración en una de nuestras escuelas. La amenaza de la presencia de ICE en el norte de California está alborotando el pánico en las familias, tengo que repasar con ellas la información para que conozcan y ejerzan sus derechos. Durante la hora y media que duró la plática me recargué, intermitente, contra una mesa y pude disimular, sin mucho alivio, que no podía con la espalda. Terminé el taller hilando entre dientes todas las groserías que me sé hasta formar una soga con nudos para avanzar a rastras de mí jurándome que hoy iría al médico.

A punto de terminar la sesión, cuando ya estábamos guardando el material, un hombre levantó la mano.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Habíamos cubierto el tema a lo largo de la plática y, por un momento, me extrañó la pregunta. Ese señor había estado presente desde el inicio, me constaba. Un tirón me punzó desde la cintura hasta la rodilla, la mesa me sostuvo poco. El señor me preguntó con los ojos si lo había escuchado. Sí, señor: claro que lo escuché. Y usted, ¿puso atención?

Conforme se vació el lugar y se fueron yendo las personas, sólo quedamos él y yo, uno frente a otro. Y me di cuenta que, en vez de sentarse en las gradas, el señor había estado de pie y cargando a un bebé dormido durante los 90 minutos que duró la plática.

—Disculpe, ¿y si hay una redada en mi trabajo?

Ninguno de los dos, a esas alturas del día, sentíamos las piernas. Ayuda, alguien.

Todo fuera como explicar un folleto o hacer una llamada al centro de salud. El señor se fue sabiendo qué hacer si la migra le cae a su chamba y y yo, en cuanto terminé el evento, programé una cita para las dos de la tarde, volví a casa, mañana se hizo hoy.

Cuánto, cuantísimo puede doler el dolor de otro ser humano.

Desde mi probable nervio pinchado no dejo de pensar en aquel hombre.  Hoy será un día de analgésicos. Quiero los que me permitirán moverme con libertad,  pero ninguno para apaciguarme el corazón apachurrado ni las ganas de llorar porque la súplica de ese señor, padre, migrante, indocumentado se coló, contundente, hasta el cuestionarme el hacia dónde de mi trabajo.

Cuando hay dolor sólo hay dolor pero también una oportunidad de conexión que involucra a las personas en modo indeleble y desafía el orden y da la fuerza para resistir tantito más y hasta más. Hay encuentros que, incluso, resignifican la profesión y devuelven la vitalidad, hace que se olviden los achaques y las frivolidades.

Claro que lo escuché, señor. No tiene idea qué tan hondo.


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Seis segundos

Él me eligió primero.

Él, rumbo y saeta de sí mismo.

(Él, ¿quién le dio las llaves? ¿cómo llegó hasta mi cama?)

No, gracias —diré que dije— No son horas, no es momento. No eres mi tipo, no te conozco.

Él y, por herencia de sus antepasados, ¿quién contra Él?

¡Que no! Hice la señal de alto con la mano.

Él, de paso, altísimo, desapegado, gris.

Él no quería conmigo sino a través de mí.

Tampoco discutí demasiado, me agarraba con sueño.

Él,  de segundo oficio: pregonero: el último tren de la noche

 Él es Él y la hora exacta y algo de leyenda.

Dice que sabe de insomnios, de manijas del sótanos donde duerme la orfandad, de submarinos y lluvia en clave, de confesiones de banca de estación, de sobrevivir al rechazo, de sonar el silbato porque hay peligro de olvido o de que cerrar los ojos y aventarse a las vías.  De todo esto sabe y más en dosis diarias. Dicen que sus faros cortan la oscuridad en pliegos de bolsillo. Dicen que acompaña a las almas que se preguntan por el futuro.

Le he prestado mis letras durante seis segundos diarios, la medida de nuestro encuentro.

No soy la misma desde que Él.

Será que el cansancio me pone receptiva.

 


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Cuando seas grande

No había pregunta más importante, no había respuesta más seria. No había contestación similar aunque compartieran el sustantivo. No había necesidad de explicaciones. ¿Y la congruencia? ¿la lógica? ¿la viabilidad? ¡Menos había! Por eso, en la niñez, si alguien te preguntaba qué querías ser de grande te reconocía como dueño de un mundo interior. Entendía el cambio, el crecimiento, los saltos del potencial, la influencia de los héroes, la certeza de que habría futuro y destino. Un sello más en tu pasaporte de saberte único. ¡Qué honor! O a lo mejor sólo quería saber para ver si se juntaba contigo en el recreo, ¿qué más da?

Y cuando tú preguntabas, sabiendo que la respuesta podría ser más compleja si el encuestado(a) estaba en kinder o en secundaria, especulando afinidades e intereses, sintiendo un poco de envidia de una visión parecida o más ambiciosa que la tuya, muriéndote de ganas de saber, de tener ese dato indispensable de alguien que te rodeaba, colocando postes en tu camino dentro de tu generación y tu tiempo, y tu mapamundi.

No hay pregunta más incómoda, no hay respuesta más tierna. Cuántas contestaciones similares y sustantivos compartidos. Cuántas explicaciones pendientes: las incongruencias, el exceso de imaginación, el uno hace lo que puede, no lo que quiere. ¡Tantísimas! Por eso, en la adultez, si alguien te pregunta qué querías ser de grande, quizás quiera saber cuánto ganas, dónde estudiaste, quién es tu jefe, si te duermes llorando, cuándo fue la última vez que te enamoraste. Y te parece que sabe de giros narrativos, de estancamientos, de talentos oxidados. O tiene en mente influencers y certezas de que infancia no es destino. Un sello más en tu pasaporte de saberte juzgado. ¡Qué incómodo! O a lo mejor sólo quería hacerte plática para ver si te sigue o no en las redes sociales, ¿qué más da?

Y cuando tú le preguntas a alguien, sabes que la respuesta puede complejizarse si el encuestado(a) está soltero o divorciado, sospechas secretos y cuentas alternas, sintiendo un poco de presión por tener profesiones parecidas o títulos nobiliarios académicos más altos, muriéndote de ganas de saber, de tener ese dato indispensable de alguien que te rodea para que sepas quién de los dos cumplió sus sueños, tachando de tu lista a miembros de tu generación, de tus círculos y de tu país.

Si tu vida de adulto es, según tú, perfecta (y los likes que recibes te lo comprueban): gracias por leer. ¡Felicidades! Adiosito.

Si tiene bastante que diste el estirón, y ya subiste de peso, tienes canas y cicatrices y te encuentras recalibrando tus anhelos porque el futuro de ti te falló o le quedaste mal, o tu vida es buena pero no cumpliste lo que dijiste que harías, o negociaste y saliste a mano y no quieres moverle a ninguna pregunta fundamental y sólo pasaste por aquí con un café, si la pregunta más importante e incómoda y la respuesta más seria y tierna es qué vas a hacer con tu propia invitación a la grandeza: no sé, estoy igual. Sólo pasa que hoy amanecí con la idea de qué rico era pensar en lo posible, ilimitado, reconciliando opuestos y deberes, activamente, confiando en que las cosas saldrían y bien.

Quizás ser grande y en grande es, simplemente, vivir y hacer sin pretextos, le conté a mi niña interior, a nueve días de cumplir 41. «¡Al fin entendiste!» —escuché que me dijo— «ya no tendré que mandarte épocas de depresión para que lo veas».


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¿Estás ahí?

A veces necesito verificar que el mundo siga donde lo dejé.

Me da seguridad saber que puedo dedicar mi atención entera a un proyecto, por ejemplo, y que el click de la lámpara en el buró sea, todavía, como un chasquido de duende ronco. O que el líquido que ya tiró el hervor todavía proteste porque lo verteré, como si le diera angustia de separación de la hornilla. O que el jabón recién abierto siga suspirando como un animal de líneas dóciles y perfumadas. O que la voz automatizada del dispensador de boletos del estacionamiento todavía dirá «espere unos segundos. Gracias por su paciencia».

Y si mi atención, por poner otro ejemplo, tuviera ganas de quedarse un rato largo en una mirada que me enamora o, todo lo contrario: quisiera desaparecer de vínculos que ven feo, puedo contar con que abriré mi buzón y el cartero habrá apilado los sobres por tamaños, poniendo al frente los que provienen del banco, y la correa de mi zapato derecho será voluntariosa en el tercer hoyo, que no abrocha con prisa.

Y si, ya encarrerada en los ejemplos, la hoja en blanco y el lápiz me reclamaran que trabajado de más o que no estoy en mi eje de presencia, todavía habría virutas de sacapuntas como olas deshidratadas y el cuaderno se abriría en el centro donde está la costura, como parapente que no quiere jubilarse.

Verifico —y es una necesidad honda— por más bobo que parezca. El cambio me incita al apego, el tiempo me invita a controlar, los objetivos insisten que insista, el apego me muestra el dolor. Hay días, con sus noches, que no sé qué va a pasar. Y si bien el mundo nunca ha sido mío, el asombro evitó y ha evitado que me fuera ajeno.

Sí, está ahí.

Suspirosonrío.


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Devolver al remitente

Vida,

Me llegó este paquete y te lo quiero devolver. Gracias por habérmelo enviado porque, si no fuera por su contenido me habría muerto en la infancia en el más absoluto desamparo y en la adolescencia por atrabancada.

No me lo puedo quedar porque lo que creo ahora me pide que revise el origen de mi sufrimiento y en cuanto me topé con el paquete te lo quise devolver con urgencia. Con cariño, te regreso todos tus imperativos. Estoy desterrando cada uno de los verbos en forma de orden para ser obedecida, desde la cotidianidad del «come», «recoge», «limpia» o «paga» hasta el megáfono del «calla», «demuestra», «oculta», «controla», «aguanta», y hasta el «ven» y el «quédate» más seductores. No le pondré mi nombre, sabrás que el paquete es mío. Donde decía FRÁGIL, por fuera, está tachoneado; cuestión de precisión: frágil yo cuando obedezco y no es a mí, creyendo que habrá un premio al final del camino.

Si haces un inventario, verás que tomé «escribe», «explora», «perdona», «disfruta», «deja ir» y «resuelve». Los elegí por voluntad, son las insignias de mi autonomía. Quizás notes que el embalaje original quedó medio forzado, valga el campo semántico. Resulta que quedó un espacio justo del tamaño de mi necesidad de dar explicaciones para no sentir culpa. La recibirás igualmente. Ojalá el paquete llegue con bien. O se pierda el camino.

Con alivio, abrazando mis fortalezas,

Locadelamaceta, disidente.


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Oriunda

Busco en mí con un gesto bastante similar a buscarme las llaves en los pantalones, con ese susto idéntico a que no esté y me quede fuera, con esa fatalidad de qué voy a hacer si lo perdí. La diferencia es que siempre encuentro las llaves, aunque sea en la bolsa de mano y varios días después. En cambio, eso que busco en mí me dejó fuera desde hace años y sólo ahora me doy cuenta que ya no cargo la esperanza de que me deje pasar de nuevo ni la nostalgia por los tiempos que pasamos juntos. Hablo de mi país. Nada queda de aquel lugar que conocí y amé. No existe por fuera, quiero decir. Y ese hecho me ha desollado las ganas de volver alguna vez. Yo también le cerré la puerta. Qué bueno que no cargo manera de abrirla.

Busco en mí con un gesto bastante similar a quitarme el frío, con esa diligencia frotadora que tiene paciencia y buena mano, con esos apretoncitos de aquí estoy y no necesito hacer más que estar. La similitud es que siempre encuentro motivos de calidez, aunque sea con otro sol que es el mismo sol. Nada ha cambiado eso que busco en mí está intacto desde hace años y sólo ahora me doy cuenta de que no se destiñeron los colores, no se encogieron los parques ni las casas, nadie de mudó de código postal. Hablo de mi país. Todo queda de aquel lugar que conocí y amé. Existe conmigo, por dentro, quiero decir. Y me devuelve las ganas de volver alguna vez. Abro las ventanas a cada recuerdo, cuando me visitan. Qué bueno que aflojan todas las cerraduras.

Soy migrante. Y oriunda de Buscar.


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De importancia

Ha de ser la edad o Silicon Valley o el país o el siglo, supongo. Pero es a fuerzas, parece, que los diálogos estén permeados por logros, dejarlos caer en las conversaciones como bombas de mérito. A cada «¿cómo estás?» le sigue una mención a diplomas académicos, erudición remedial, cifras en el ingreso, destinos vacacionales, proezas del corazón o cama o ambas, cantidad de seguidores, llaves de la ciudad recibidas, grados de cercanía con personas influyentes, y otros abalorios bien brillantes del ir haciendo.

Suelo quedarme callada. He aprendido que no se habla de crear un entorno estable para que las hijas crezcan, de defender los espacios creativos frente a las fauces del cansancio, de la hipervigilancia de cada ruido, de cada extraño, de cada automóvil y dormir en paz, de la victoria quincenal de hacer rendir el sueldo, de la disciplina para vivir sin deudas, del marcador cotidiano en la lucha contra el rencor cuando a uno le toca presenciar, de primera mano, que la vida no es justa. Y pues esos son mis logros aunque ninguno tenga testigos.

Harta de la convivencia con personas que cómo insisten en ser superiores porque sus éxitos sí son reales y visibles, y muy fastidiada con mi vulnerabilidad que a veces me hace dudar de la valía de mis acciones, una tarde me puse a hojear el periódico y encontré un anuncio.

Se solicita voluntario(a) en asilos para dar la mano a personas moribundas

que no cuentan con familia ni amigos. 

Recorté el anuncio y lo traje conmigo varios días. Y con esas dos líneas supe que nuestra convivencia no sabe de logros verdaderos. Llegará un último «¿cómo estás?». Si hay tiempo, la conversación ocurrirá cuando el hacer se reduzca a pasar las horas entre estertores, deshidratación, sopor y arrepentimientos. O quizás no lo haya. Sea donde fuere que nos embosque el final, ¿alcanzamos a ver ese momento, desde el ego, cuando nos sentimos superiores?, ¿y desde el tedio o la abrumación, cuando nos sentimos poca cosa?

Cerré los ojos y pude verme: rota, desfallecida, relegada, rechazada, olvidada, aullando de abandono y dolor en tantos ámbitos; cómo he pasado esos umbrales, cómo todas las veces se me fue la vida en ello. Lo que hubiera dado por una mano que me acompañara. Y así, honrando cada uno mis momentos de fragilidad deslucida —esa que el mundo jamás premiará—, y mis éxitos —que sólo yo sé—,  fui y tomé la capacitación de los voluntarios.

Nada, nada sabemos acerca de lo que importa, hasta que llega la muerte.  Y mientras haya personas muriendo a solas.

 

 


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De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.


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El muro

Un día ya no pude más. Pero de veras. No más. Ni sé, con precisión, de dónde provino el acabóse porque aquello estaba finiquitado desde hacía tiempo, era un final que ya se había anunciado en lo invisible y había reptado entre roles, y sitios y enunciados.

Fue una rendija, creo. Todavía vivíamos juntos y compartíamos la habitación. Las dos camas estaban separadas por un librero grueso, de dos vistas, retacado de libros, papeles, cajas, cualquier objeto que cerrara el atisbo hacia el lado opuesto donde estaba el otro con su respiración a todo volumen y sus movimientos que, ojalá, fueran menos sabidos de memoria.

Una rendijita. Esos hilos de luz son temibles, peligrosísimos. Dejan pasar a la esperanza y al síndrome de echarle ganas y al regateo: esto no está pasando, mira: todavía hay dónde asirse. Como si fuera posible pender de esa fisura accidental, y llamarle estar bien. No pude más, ¿si lo dije? Compré tres mamparas de triplay y clavos, de los largos. Sellé uno de los lados del librero con las tablas, los golpes de martillo de mi ser parte y juez de un desequilibrio sentenciado a ser insoportable. Nunca antes había hecho un muro. Mi vida era el resultado de esa falta de límites. Y, como suele ocurrir, los límites son encantadores para quienes los pone, pero resultan una afrenta para quien los recibe. El último clavo fue el punto final de esa relación.

Me quedé con el librero y su muro. Oh, terapia de arte, me dije, que me quede a modo de recordatorio: por dejada, por tonta, por co-dependiente, por [espacio en blanco para el reclamo que es reclamo del reclamo]. Qué miedo que vuelva a suceder.

Pasaron dos febreros.

Ayer dos de enero, apenas volví de mi viaje de diciembre, quité el muro. No le encontré sentido. No más. Ni sé con detalle desde cuándo estaba lista para removerlo. Me valí de una desatornillador y desmonté mis ganas de no avanzar, mi dique. Cuando terminé, recargué las láminas de madera y los clavos de aluminio bajo los cuadros de los pósters con las portadas de mis libros a un lado de las marcas de estaturas de mis hijas. El librero suspiró. Lo visible y lo invisible se estrecharon las manos. El recordatorio quiso quedarse: por valiente, por sana, por darme a respetar, por [espacio en blanco para la invitación a seguir adelante].

Después de quitar el muro, me preparé un té y miré por la ventana. En California llueve durante el invierno. Había cientos de gotitas en el cristal, una taza, motivos en el corazón, oscuridad a media tarde. Recomencé, requeteavancé. Atravesé algo de mí. Y si eché el martillo en la bolsa de mano fue porque confío en construir lo que sigue, no por temor a la repetición.

No todo lo que empieza ocurre al amanecer ni en las primeras horas. No siempre somos nosotros quienes recibimos al año nuevo. Algunas veces —como el dosmildiecisiete—, es el año quien nos recibe con la cuenta regresiva, nos hace fiesta, nos dice pásale, cuélate por los espacios más finos, asómate a través de las grietas, libera los obstáculos, desarma lo que te estorba, sopla la serpentina. Nos reinicia, año generoso, y nos regala gestos simbólicos sorprendentes. Como haría quien ha esperado toda la vida para vernos llegar.


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En punto

Siempre a las cinco. Bajo del segundo piso desprendiéndome los hilachos de correos electrónicos que se quedaron pendientes en la última junta de la tarde. Atravieso el vestíbulo, mustioquieto. Tanteo en mi bolsa hasta sentir el espiral amarillo que uso de llavero. Abro la puerta derecha del edificio, rumbo al estacionamiento. Y todas las veces, siempre a las cinco, en lo que camino rumbo a mi coche, atravieso un corchete de viento. Huele a sal. Yo podría dejar pasar ese olor y asociarlo al puerto cercano. El puerto es parte de la bahía que pasa por debajo del Golden Gate y desemboca en el Océano Pacífico.

El rojo del puente fue, por años, la última visión de los soldados recién abrazados, enviados a pelear a Japón y la primera imagen a su regreso, después de sobrevivir a la guerra, algunos como prisioneros; ese mar y yo tenemos una historia de mensajes en botella a lo largo de la costa, pasando por Cabo San Lucas, Puerto Vallarta, Choluteca, Quito, Lima y Valparaíso; «así huele una mujer cuando el destino le roba un beso» leí alguna vez frente a la costa y todas sus orillas y las mías; colecciono momentos bajo el prisma de un faro, acantilados, la lucha de poder de la roca y el agua, unidades de muerte.

Podría dejarlo pasar, decir, nada más: son las cinco y huele a sal. No quiero, ¡qué tristeza! El día que pueda nombrar ese olor sin que me escueza la memoria habré perdido significados importantes. Huele a sal, me digo, y qué maravilla que no me sea indiferente. Qué consuelo trabajar en una oficina y seguir sintiendo, en punto.


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Cuarenta

Con licencia para medir recuerdos en bloques de veinte años.

Con cicatrices visibles e invisibles, sus historias, ningún pretexto.

Con inventario personal que ya distingue entre sagrado y circunstancia.

Con propósito en el rumbo, pero siesta obligatoria.

Con la certeza de estar sola, absolutamente sola. Y sabiendo que jamás sola, ni desamparada.

Con práctica y cierta paz de saber que todo cambia.

Con motivos y personas para hacer una celebración en grande, y afirmar: gracias, vida.

 


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De apariciones

—¿Lo viste?

—¿Parado en la entrada de la cocina?

—Sí.

—Por eso nos fuimos de esa casa.

—Nosotros también.

Quizás así fue la conversación entre ellos. Dos hermanos que, de adultos y con varios años de diferencia, habitaron la misma casa. Hasta que se mudaron, y con distancia, pudieron hablar del niño que se aparecía en la entrada de la cocina. No una sombra del copete de un helecho ni un reflejo en la vitrina del comedor. Era un niño, baste saberlo. De preescolar o de cuarto de primaria, si sonreía o sollozaba, si traía zapatos o suéter o la cara lavada, a qué hora se aparecía, eran nimiedades comparadas con el hecho de que dos personas lo vieron, por años. ¿Qué hicieron, mientras tanto, con esa información?

Porque en mi infancia había una anciana en el suelo, sentada en la entrada de la escalera, en la planta baja de mi casa. No lo mencioné a nadie por miedo a llegar describiendo a tientas que había una mujer cubierta con un rebozo en la cabeza —parecida a las viejitas que pedían limosna afuera de la misa—, que miraba fuerte desde la penumbra, y que me dijeran: ah sí, claro. Y, seguido del nombre o la filiación, un déjala, siempre llegaba sin anunciarse, era medio marrullera, no hagas caso. Ese «claro» al que uno tiene que llegar por sí mismo o, efectivamente, se vuelve locura. O fantasma. Yo sólo quería transitar hacia mi cuarto o bajar por un vaso de agua y volver a mi cuarto sin la locura de percibir un ojos en mi espalda.

Pero baste saber que era una viejadefinitiva: me la encontré en sueños pidiendo de comer y la esbocé, como guerrera, en Usted & la Canción Mixteca; tengo el hábito de juntar palabras y hacerlas una, apretando el paso entre los significados para que se les atraviesen apariciones; a modo de homeopatía: soy de rebozos; mi casa no tiene escaleras.

Mi post fue un diálogo especulado entre hermanos a partir de una anécdota familiar, un ejercicio que tenía pendiente. No supe qué hicieron con esa información ni quién era el niño. Lo escribí porque hace poco Mini Dancing Queen quiso hablarme de la última casa que habitamos en México, la misma casa de mi infancia. Había una anciana en la entrada de la escalera, mamá;  miraba fuerte, aunque no se le vieran los ojos.

—Yo también la vi, hija.

Hay tiempo para callarse el susto y sesiones para relatarlo, remansos para dudar de la lucidez y meses para afirmarla. Octubre es un buen momento para hablar de fantasmas. Cada quien los suyos, los que habitan en casa. Los que seremos un día, dentro de muchos planos. Claro.


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Vida, ocurriendo.

«Harta de la vida a medias», se leía en la primera entrada de mi blog: un plantilla en Blogger creada en una madrugada de 2006. Tenía rato con ese pendiente, la pregunta de cuándo iba a ocurrir algo que yo pudiera considerar como Vida, Ocurriendo y entonces sí: todos los significados, las ganas, la pasión y la creatividad que hervían por manifestarse, tendrían un sentido. Mientras tanto, sólo me ocurrían deudas de banco y morales, corazones rotos y luego pespuntados, pañales, mamilas, circulares de escuelas cuadrada, uniformitos. Quería desaparecer o la respuesta:  ¿dónde está la vida cuando sucede?

Yo escribía desde que aprendí a escribir, pero no lo hacía con frecuencia. Cuando abrí mi blog me reté a ser constante; sin embargo, adquirí el mal hábito de encriptarme. No quería decir lo que realmente estaba pasando, ni deshonrar o lastimar a las personas involucradas en esa vida a medias. Insinuaba, sí, que algo estaba pasando. A veces, aullaba y luego me tapaba la boca. Esa era mi otra plantilla: no podía hablar del mundo, y cuando lo hacía, era desde mí, y parcial. No me daba la cabeza para más, no tenía otro recurso. Escribía un post a la semana sobre letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, hijas, casa, con textos tan breves que a la depresión no le alcanzaba el tiempo de servirse un café y sentarse a acompañarme junto a la computadora.

Las palabras tocan, nombran, hacen alquimia, reacomodan, transportan. Cuando migré a California, ese blog estaba impreso en una antología. Continué escribiendo, pero a mi añoranza por una vida completa se le sumaba la nostalgia de México y de interactuar con mis lectores, de enseñar, del español como cántaro. Mi vida creativa se fortaleció y así surgieron los talleres de escritura y el podcast —que más adelante fue una participación en radio—, y Usted & la Canción Mixteca (pronto, muy pronto, en su segunda edición).  Se puso bueno: a la pregunta de ¿dónde está la vida? se le sumó ¿cuál es mi lugar? y se me quebró un aullido dentro del aullido; vino el cisma y todos sus testigos estratégicos en las redes sociales. Claro que me afectó espantosamente, creo. Ya no me acuerdo. Seguí escribiendo, más o menos transparente, aferrándome a las palabras y a mis temas como a las raíces y a la apuesta de conectar.

He escrito muchos posts con el corazón, casi todos. Este es el más difícil de todos,  y, a la vez, el más gozoso.  Hace unos días firmé el contrato de mi primer trabajo de tiempo completo en trece años, mi reincorporación a la vida laboral después de la maternidad. Se me ha ido notando el tránsito del duelo y de las partes diseminadas a ir enunciando la unidad. Ese puesto me llegó cuando en vez de preguntarme pasivamente ¿dónde está la vida cuando sucede?, me puse al servicio de lo posible; cuando dejé de solicitarle a la vida que me mirara o que me compensara por el desencanto o por el dolor, pude ver el dolor de otras personas y aprecié mis privilegios. Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para hablar acerca de mí en un blog; hoy terminan.

Por supuesto que seguiré escribiendo, hay un tercer libro de relatos inéditos gestándose, más talleres de escritura en México, algunas entrevistas; postearé las actualizaciones, fechas y avisos en este espacio. No es una despedida, es la flor de coincidir, una planta que ustedes y yo sembramos y cultivamos juntos. Les quiero agradecer el regalo de su tiempo y de su atención. Gracias, gracias, gracias por cada uno de los comentarios, por la difusión, por su amistad, por las inspiración para seguir adelante. Con las mismas manos que usé para tapar mi boca, les mando un beso, sin ustedes hace un buen rato que el cuchillo se habría seguido de largo.

¡Hasta siempre! Reciban un abrazo de letras desde California.

                                                                                                           Michelle, Miranda, Maceta.

pd. YA SÉ que estaba increíble que fuera policía. Sí, habrá algo de eso en los relatos inéditos.

pd 2. Claro que sigo aullando, por lunática nomás.


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When you’re 64

Oh, casi finales de enero. Febrero inminente, me dije, aproxímase el cumpleaños de mi papá.

¡Zas!

No es el cumpleaños en sí mismo, es la cifra que alcanza. Esa cifra, no cualquier número:  cumple 64 años. El grueso de los celebradores podrían considerar irrelevante ese dato. Los seguidores cercanos de The Beatles consideramos un honor llegar a esa edad. Es como figurar en la portada del Sgt. Pepper’s.

Deberíamos de preparar algo con esa canción, me dije. Cállate las iniciativas, me dije más fuertecito. En 1993 tuve la misma idea; tomaba clases de piano por algún motivo que desconozco y mi hermano  estaba en su fase de querer tocar la batería.  ¡Vamos a tocar When I’m 64 a dueto!, me dije entonces, les dije, ¿ya oíste lo que dijo?

Puedo decir, con la serenidad que me da contarlo, que fue una experiencia muy formativa; hoy sé que tocar una canción sin haberla practicado con rigor de conservatorio, acicateada por timbal y tarola, con todos los asistentes a la reunión queriéndola cantar a coro, usando una diadema forrada de tela —muy mona, muy resbaladiza y muy popular en esos años—: no.

(Mi hermano fue muy paciente esa vez del dueto piano-batería. Siguió tocando y salvó la canción. Su paciencia para nuestras actividades en conjunto es legendaria, de hecho. Data de algunos años más atrás, cuando además de The Beatles, mi papá era muy admirador de la Segunda Guerra Mundial y un día nos anunció que nos tenía una sorpresa: y, ¡tarán!, nos mostró un armatoste achaparrado y cojo, fusionado con mi bicicleta.

– Es un side car -, añadió por subtítulo para referirse a un remolque adosado.

¿Y quién lo va a manejar?, me dije con una voz agudita mientras ocupaba mi lugar en la fotografía que iría en álbum. Puedo decir, con la serenidad que me da contarlo, que fue una experiencia histórica; en calidad de primogénita, hermana mayor y ciclista posé con mi hermano sentado a bordo del anexo bambineto de metal e hice todo lo que estuvo en mis rótulas para pedalear y movernos. Mi hermano me tuvo mucha fe hasta que le notificaron que ya se bajara y que no íbamos a poder ir al parque al alimón ni ese día ni en la vida. El side car quedó arrumbado el día de su inauguración).

Así que (Papá: si lees esto, tápate los ojos. Hermano: si lees esto, no suspires. Tu fe en mi dará frutos) estoy pensando en hacer algo que combine la canción y hacer equipo con mi carnalito donde yo no toque el piano, siempre traiga el cabello recogido y, desde luego, no emule a ningún medio de transporte en un sendero de Bavaria. Tengo hasta el 5 de febrero, me dije, y vine a postearlo.

¡Zas!

 


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Desde las gradas

Victoria Luminosa está progresando con el voleibol y yo, para poder seguir apoyándola, tuve que ir con la ginecóloga. La doctora apuntó en mi expediente: Diagnóstico- útero en contracción y disparo súbito elevado hasta la región laringofaríngea.  Frecuencia- dos veces por semana. Causa- actividad deportiva de la hija mayor. Reconoció mis síntomas, aunque no están señalados en los libros de anatomía: cualquier madre sabe que presenciar un partido donde el hijo o la hija es protagonista equivale a una montaña rusa de matriz.

La doctora, por única prescripción, sugirió que me llevara mi tejido al partido. En un principio me funcionó bien hacer cuadritos de estambre, hasta que a mi hija le tocó sacar en cuatro ocasiones consecutivas y la colcha se convirtió en icosaedro aguado y, como el gancho ya no me servía, quise usarlo para picar las cuencas a un papá de esos que tienen un adjetivo para cada ejecución de su retoño y del retoño contiguo y de todo el equipo; que me pone nerviosa, señor, cállese los ojos.  Seguí tejiendo, uy, frivolité y encaje de bolillo, ¿para qué sirven las falanges, si no?

Entre las jugadoras, el grito de “Mine” equivale a ¨Mío” o “Voy”. Entre el público, en lo que la jugadora efectivamente va con los antebrazos y el balón pasa a la cancha contraria, vuelve, es deportado, insiste, es rematado en picada o voleado sobre la línea y la duela, no hay respiración posible. No distinguimos el marcador, lo sufrimos. 7-10, 13-13, 18-22 son combinaciones de números que, a silbatazos, restregamos contra la Zona T y en verificaciones compulsivas de algún mensaje en el teléfono. Además, no hay tiempo para procesar el soponcio, en el voleibol todo ocurre en cámara rápida. Eso no quita que, en los pocos ratitos de pausa, deje de haber motivos de entretenimiento. El entrenador, por ejemplo. Con las cejas y tres aplausos dar un discurso motivacional si el tiro falla y, con las mismas cejas y palmadas, indica la rotación y el “vámonos riendo, muchachas”. Y, claro, las nalguitas del juez trepado en una escalera; se parece a Morgan Freeman pero con tobillos de codorniz.

Mi útero está acostumbrado a los sobresaltos, desde el primer día en que mi hija durmió sola en su cuarto y corrí a comprobar que estaba viva. Y cuando se cayó de la cuna, cuando la fiebre no cedía, cuando le pusieron la aguja con el suero, cuando entró a la primaria sin voltear a verme, cuando se trepó al camión rumbo a un campamento, cuando la vi sonrojarse frente a un mensaje de texto.  Este es un espasmo distinto. En todos los sobresaltos anteriores, yo había estado a nivel de cancha. Yo era la directora técnica, el árbitro, la dueña de la liguilla, la patrocinadora. Hoy estoy en las gradas, como espectadora. Cuando dice “Mine”, es cierto: es su juego, su vida. El útero me hace espirales porque cada vez tengo menos control sobre lo que ocurre. Mi hija me sonríe desde su posición. A gestos, le digo que lo está haciendo muy bien. Nos echo porras a las dos.

Si fui al médico fue porque amo las bitácoras y otros gajes de la constancia. Solita me receto un cuaderno. Escribo antes, durante, y después de ser madre. Aunque en algunas temporadas -como en los torneos de voli-  los manuscritos parezcan gráfica de sismógrafo y esa sea la historia que cuenten.


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Vespertina

Pedía un mechón de canas, un mentor y un café. Solo recibía un moka. Me iba al vehículo de mí, estacionada en adáptate a lo que hay, Miranda. Entre sorbos, y con las manos rodeando vaso de cartón, me curaba las ampollas. Todavía picaba piedra de anhelos.

Hace un año, cuando el verano ya quería ser otoño y él decía que sí, ya mero, fueron tres: dos mujeres y un hombre, como si vinieran de Oriente; tres mentores. Tengo la edad para ser su hija. Los conocí en ese local del café. No supe que serían mis mentores ni que me cambiarían la vida. Ellos tampoco lo sabían, estaban ocupadísimos, viviendo en ese estado de aceleración permanente que los mantiene jóvenes, cuerdos, tercos y haciendo, exactamente, lo que les da la gana. Lo fui sabiendo mientras caía en la cuenta de que no avanzaba porque mi vehículo se había quedado varado, fijo sobre cuatro ladrillos. Me aceptaron de oyente, con el cariño que da el desapego. No hubo sermones ni cátedras, pero sí confrontaciones en crudo, si te quedas atascada es por querer mechones blancos gloriosos gratuitos. Punto. Pero, no hay fijón, tiempo de anhelos ni de azotarse. Si te atoras, desmontas y le sigues, haces tus propias reglas, no despegas los ojos de la meta. Tomas café, si te hace falta. Llegas a donde quieres llegar en automóvil, carreta, bicicleta, jet o a pié, trabajando, pero llegas, cómo de que no. Cualquier otra opción está descartada.

“La Tartine”, se llama el local. Doce meses después, e impulsada por esa energía, presentaré mi segundo libro. Hoy. Los tres mentores estarán presentes en el evento y yo querré darles mucho las gracias, mencionarlos, hacerles los honores. Agitar la portada. ¡Miren, sin muletillas!  No me los aceptarán, quizás por humildad sabiendo cuál es su lugar en el humus o porque prefieren desmarcarse del ego, el reconocimiento no es su motor. Como les aprendí bien, haré lo que yo crea:  estas y esas letras están impresas con gratitud; cuando hable de estaciones y de renacimientos, de por qué nadie debe hacernos la tarea, mis nietos sabrán de ellos -mentores legendari@s

Esta noche, en señal de respeto a las canas y a esa velocidad que se alcanza coincidiendo y no adaptándose, trenzaré mi cabello con listones de colores.


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De videoclubes y this is it

Si usted nació entre 1914 y 1985: sáltese el prólogo.

Si usted nació después de 1985: lea primero.

Antes, el cine consistía en una sala donde cabían entre 1,300 y 1,965 personas. Las películas podían durar semanas o meses en cartelera y consistían en una cinta de 35 o 70 mm y, si todo iba bien, con sonido de alta fidelidad sincronizado con la imagen. Había un sistema llamado “permanencia voluntaria”, donde el costo del boleto de entrada permitía ver la película todas las veces que se quisiera ese mismo día; siendo frecuente que si uno llegaba tarde a la función, se quedara a la siguiente tanda, a ver cómo había empezado la historia o porque sí, por cinefilia. Casi todas las películas tenían intermedio, que servían para ir al baño y para hacer escala imperativa en la dulcería. Era obligatoria, porque así lo decía el único anuncio antes de que rugiera el león de la MGM o la señorita de Columbia sostuviera su antorcha: visite la dulcería.

Las butacas eran como de auditorio de escuela secundaria y, antes de que empezara la función, a los niños más latosos les daban permiso de bajar corriendo hasta donde estaba la pantalla, que formaba un escenario de a pie. La vista desde ahí hasta arriba ha de haber sido muy impactante, nunca me dejaron. Si el audio fallaba, se puyaba al operador con el grito de “¡Cácaro!”; yo hasta tenía una tía que se preciaba de la película se componía inmediatamente cuando ella lo gritaba. Y, no puedo enfatizarlo suficiente, ir al cine era vivirlo. Ese era el momento de ver aquella película y no había otro. Ir al cine era dejar que la película se imprimiera en la película y en la banda sonora personal de cada quien*

En ese contexto, un día apreció el videocasette -primero en formato beta, y luego en VHS- y con él, los videoclubes y mucho júbilo. Una vez que estaba lista la credencial (que se tardaba varios días porque implicaba el protocolo del comprobante de domicilio, una fotografía tamaño infantil y ser enmicada) era posible tener acceso a cientos de películas para rentar; desde las más arcaicas hasta el puro mugrero. A la par de los videoclubes, surgieron las palomitas para microondas y, con ese combo, larga vida a los sillones, a la nostalgia y a los fines de semana. Con el paso del tiempo, los vídeos serían sustituidos por los dvds, y éstos por los Blue Ray y por las descargas en línea y las películas y la televisión on demand. Ir al cine hoy ocurre con un boleto electrónico, en una sala donde caben entre 20 y 400 personas, con sonido digital, toneladas de anuncios, butacas acojinadas y algunas, que hasta de reposet. Nadie puede quedarse ni un minuto más del importe que invirtió. El cácaro está por terminar la preparatoria,  la invitación obligada ya no es a visitar la dulcería -sigue siendo un negocio redondo, por sus precios y por su fomento a la obesidad- sino para recordarle a la gente que apague todos sus distractores (comenzando por el teléfono celular) porque todavía el cine todavía es para vivirlo.

*Fin del prólogo*

El videoclub había quebrado, sin misterio. Estaban rematando los DVD’s y los pósters de las películas y fui porque el videclub estaba media cuadra de mi casa. El videoclub estaba dentro de un edificio donde antes había un banco, y los dueños habían invertido su empeño creativo en ambientar cada sección de películas. Los dos ejemplos más notorios de lo que acabo de afirmar es que las películas porno estaban en la zona de la bóveda, y para que la entrada a la bóveda tuviera cierto aire casual -en lo literal y en lo figurado- pusieron unas puertas abatibles como de bar del lejano oeste, pero de piso a techo; y que, en las columnas donde iba la folletería de los créditos y los préstamos, quedaron unas repisas donde iban las películas que exaltaban algún tipo de vínculo entre mujeres, como Magnolias de Acero. ¿Que cómo sé que la sección era para resaltar lo femenino? porque había un florero con rosas de seda húmedas con la gota artificial del rocío de silicón, y una zapatilla de cerámica rosa.

Busqué, en vano, más ejemplos de la combinación banco-empeño creativo, y no supe si fue porque llegué tarde a la función del desmantelamiento o porque había empezado el futuro. No me quise quedar a ver el resto. El dueño y su esposa se veían muy afectados y entendí desde dónde y desde cuándo; el videoclub es una especie en extinción igual que la resistencia al cambio. Lo que no deja de ser este momento, donde ocurre la vida; igual que en el cine de antes: esta es la película, el pacto no es con la tecnología sino con la permanencia voluntaria. Donde estaba el videoclub, abrieron una tienda de pinturas vinílicas.

*A lo anterior, hay dos excepciones: una, si la película era Ben Hur o los Diez Mandamientos, no había de qué preocuparse; cada Semana Santa las pasaban. Dos, más adelante el Canal 4 coptaría las películas más relevantes de las décadas pasadas, y de éxito en años anteriores, y las repetiría, pero dobladas al español. Pero la idea es la misma.


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Inmutable

A los siete, señalé. A los diez, me pregunté si mi dedo índice funcionaba correctamente. Vino la explicación; lo que yo veía como problema era una situación normal: hay personas que lastiman, aguántate. Uy, de los doce a los dieciocho, lloré.  A los 20, gruñí. A los 21, protesté e hice muchas preguntas. A los 23, y, ante el silencio, escribí un cuento asesino.  A los 27, con dos hijas, enseñé los colmillos. Me sugirieron que me calmara, siempre has sido arrebatadita, Miranda. Así es esa gente. Te lastimarán. No las vas a cambiar.

A los 29, me aburrí de las excusas. Desde los 30 y hasta la fecha, cuestiono lo normal.  Es cierto, hay personas que lastiman. El problema no es que existan y que así sean, al infinito. Lo grave es que tengan cómplices involuntarios que invaliden el dolor de quien sangra y cualquier esperanza de mejoría. Son un frente común.

Esa gente que lastima por hábito cobarde continuará impune. Como no las iré a cambiar, modifiqué lo que sí está en mis manos. Dejé de escuchar a los cómplices, aún si su intención era buena. Puse atención a mi sensibilidad. Y ahora, cada vez que trato con personas pasivo-agresivas, uso el dedo de en medio para señalarlas.


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El cuadrito

En mi primaria, igual que en muchas otras escuelas, había un cuadrito con una reflexión ¨L@s niñ@s aprenden lo que viven”, se leía.  ¡Qué bonita era! Hoy le añado unos renglones.

Si l@s niñ@s viven oyendo chismes, aprenden a fijarse en qué dirán los demás.

Si viven compartiendo sus logros y les dicen egocéntricos, aprenden a ocultar su talento.

Si viven en un ambiente agresivo, aprenden a abusar de quienes los vulnera.

Si viven siendo comparad@s con otr@s niñ@s, aprenden que lo normal es sentirse insuficiente.

Si viven medid@s por las expectativas de otros, aprenden a controlar.

Si viven aislad@s en un ambiente intolerante, aprenden a no pertenecer.

Si viven sin experimentar a Dios, aprenden que las apariencias son lo real.  Y a creer que Dios es como sus padres.

Si viven en un ambiente donde están en desventaja, aprenden a recrear ese ambiente a donde quiera que vayan.

Si viven sin poder ser niñ@s -libres, juguetones, despreocupados- aprenden a no saber disfrutar.

Si viven sin equilibrio, aprenden a irse a los extremos.

Si viven oyendo que su percepción no es válida, aprenden a no confiar en lo que creen.

Si viven entre adultos imprudentes que hablan sin cuidar quién está cerca, aprenden a no discernir lo que oyen.

Si viven sabiéndose observad@s pero no vist@s, aprenden a estar pendiente de la reacción física de los demás.

Si viven en un entorno de doble moral, aprenden que un género es mejor que el otro.

Si viven en el drama, aprende que el drama es su hogar.

Si viven entre personas asexuadas, aprenden a negar su cuerpo.

Si viven con versiones simplistas de un hecho que dolió, aprenden a guardar rencor.

Si viven sin poder expresar su enojo, aprenden a enojarse por todo.

Si viven sin que les digan la verdad, aprenden a relacionar el afecto con las mentiras.

Si viven entre adultos que no aceptan sus errores, aprenden a actuar con impunidad.

Si un día l@s dejan de abrazar, aprenden a quedarse como hijos dependientes.

Si viven rodeados de profecías, aprenden a vivir la vida de alguien más.

Si viven entre adultos que no han resuelto su infancia, aprenden que l@s niñ@s no importan.

La línea final del poema original sigue vigente: si viven con aceptación, aprenden a hallar amor en el mundo.

L@s niñ@s aprenden lo que viven, sea lo que sea; y sí, luego crecen. A veces, en un segundo. A veces, solo dentro de un cuadrito.