Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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De importancia

Ha de ser la edad o Silicon Valley o el país o el siglo, supongo. Pero es a fuerzas, parece, que los diálogos estén permeados por logros, dejarlos caer en las conversaciones como bombas de mérito. A cada «¿cómo estás?» le sigue una mención a diplomas académicos, erudición remedial, cifras en el ingreso, destinos vacacionales, proezas del corazón o cama o ambas, cantidad de seguidores, llaves de la ciudad recibidas, grados de cercanía con personas influyentes, y otros abalorios bien brillantes del ir haciendo.

Suelo quedarme callada. He aprendido que no se habla de crear un entorno estable para que las hijas crezcan, de defender los espacios creativos frente a las fauces del cansancio, de la hipervigilancia de cada ruido, de cada extraño, de cada automóvil y dormir en paz, de la victoria quincenal de hacer rendir el sueldo, de la disciplina para vivir sin deudas, del marcador cotidiano en la lucha contra el rencor cuando a uno le toca presenciar, de primera mano, que la vida no es justa. Y pues esos son mis logros aunque ninguno tenga testigos.

Harta de la convivencia con personas que cómo insisten en ser superiores porque sus éxitos sí son reales y visibles, y muy fastidiada con mi vulnerabilidad que a veces me hace dudar de la valía de mis acciones, una tarde me puse a hojear el periódico y encontré un anuncio.

Se solicita voluntario(a) en asilos para dar la mano a personas moribundas

que no cuentan con familia ni amigos. 

Recorté el anuncio y lo traje conmigo varios días. Y con esas dos líneas supe que nuestra convivencia no sabe de logros verdaderos. Llegará un último «¿cómo estás?». Si hay tiempo, la conversación ocurrirá cuando el hacer se reduzca a pasar las horas entre estertores, deshidratación, sopor y arrepentimientos. O quizás no lo haya. Sea donde fuere que nos embosque el final, ¿alcanzamos a ver ese momento, desde el ego, cuando nos sentimos superiores?, ¿y desde el tedio o la abrumación, cuando nos sentimos poca cosa?

Cerré los ojos y pude verme: rota, desfallecida, relegada, rechazada, olvidada, aullando de abandono y dolor en tantos ámbitos; cómo he pasado esos umbrales, cómo todas las veces se me fue la vida en ello. Lo que hubiera dado por una mano que me acompañara. Y así, honrando cada uno mis momentos de fragilidad deslucida —esa que el mundo jamás premiará—, y mis éxitos —que sólo yo sé—,  fui y tomé la capacitación de los voluntarios.

Nada, nada sabemos acerca de lo que importa, hasta que llega la muerte.  Y mientras haya personas muriendo a solas.

 

 


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De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.


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El muro

Un día ya no pude más. Pero de veras. No más. Ni sé, con precisión, de dónde provino el acabóse porque aquello estaba finiquitado desde hacía tiempo, era un final que ya se había anunciado en lo invisible y había reptado entre roles, y sitios y enunciados.

Fue una rendija, creo. Todavía vivíamos juntos y compartíamos la habitación. Las dos camas estaban separadas por un librero grueso, de dos vistas, retacado de libros, papeles, cajas, cualquier objeto que cerrara el atisbo hacia el lado opuesto donde estaba el otro con su respiración a todo volumen y sus movimientos que, ojalá, fueran menos sabidos de memoria.

Una rendijita. Esos hilos de luz son temibles, peligrosísimos. Dejan pasar a la esperanza y al síndrome de echarle ganas y al regateo: esto no está pasando, mira: todavía hay dónde asirse. Como si fuera posible pender de esa fisura accidental, y llamarle estar bien. No pude más, ¿si lo dije? Compré tres mamparas de triplay y clavos, de los largos. Sellé uno de los lados del librero con las tablas, los golpes de martillo de mi ser parte y juez de un desequilibrio sentenciado a ser insoportable. Nunca antes había hecho un muro. Mi vida era el resultado de esa falta de límites. Y, como suele ocurrir, los límites son encantadores para quienes los pone, pero resultan una afrenta para quien los recibe. El último clavo fue el punto final de esa relación.

Me quedé con el librero y su muro. Oh, terapia de arte, me dije, que me quede a modo de recordatorio: por dejada, por tonta, por co-dependiente, por [espacio en blanco para el reclamo que es reclamo del reclamo]. Qué miedo que vuelva a suceder.

Pasaron dos febreros.

Ayer dos de enero, apenas volví de mi viaje de diciembre, quité el muro. No le encontré sentido. No más. Ni sé con detalle desde cuándo estaba lista para removerlo. Me valí de una desatornillador y desmonté mis ganas de no avanzar, mi dique. Cuando terminé, recargué las láminas de madera y los clavos de aluminio bajo los cuadros de los pósters con las portadas de mis libros a un lado de las marcas de estaturas de mis hijas. El librero suspiró. Lo visible y lo invisible se estrecharon las manos. El recordatorio quiso quedarse: por valiente, por sana, por darme a respetar, por [espacio en blanco para la invitación a seguir adelante].

Después de quitar el muro, me preparé un té y miré por la ventana. En California llueve durante el invierno. Había cientos de gotitas en el cristal, una taza, motivos en el corazón, oscuridad a media tarde. Recomencé, requeteavancé. Atravesé algo de mí. Y si eché el martillo en la bolsa de mano fue porque confío en construir lo que sigue, no por temor a la repetición.

No todo lo que empieza ocurre al amanecer ni en las primeras horas. No siempre somos nosotros quienes recibimos al año nuevo. Algunas veces —como el dosmildiecisiete—, es el año quien nos recibe con la cuenta regresiva, nos hace fiesta, nos dice pásale, cuélate por los espacios más finos, asómate a través de las grietas, libera los obstáculos, desarma lo que te estorba, sopla la serpentina. Nos reinicia, año generoso, y nos regala gestos simbólicos sorprendentes. Como haría quien ha esperado toda la vida para vernos llegar.


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En punto

Siempre a las cinco. Bajo del segundo piso desprendiéndome los hilachos de correos electrónicos que se quedaron pendientes en la última junta de la tarde. Atravieso el vestíbulo, mustioquieto. Tanteo en mi bolsa hasta sentir el espiral amarillo que uso de llavero. Abro la puerta derecha del edificio, rumbo al estacionamiento. Y todas las veces, siempre a las cinco, en lo que camino rumbo a mi coche, atravieso un corchete de viento. Huele a sal. Yo podría dejar pasar ese olor y asociarlo al puerto cercano. El puerto es parte de la bahía que pasa por debajo del Golden Gate y desemboca en el Océano Pacífico.

El rojo del puente fue, por años, la última visión de los soldados recién abrazados, enviados a pelear a Japón y la primera imagen a su regreso, después de sobrevivir a la guerra, algunos como prisioneros; ese mar y yo tenemos una historia de mensajes en botella a lo largo de la costa, pasando por Cabo San Lucas, Puerto Vallarta, Choluteca, Quito, Lima y Valparaíso; «así huele una mujer cuando el destino le roba un beso» leí alguna vez frente a la costa y todas sus orillas y las mías; colecciono momentos bajo el prisma de un faro, acantilados, la lucha de poder de la roca y el agua, unidades de muerte.

Podría dejarlo pasar, decir, nada más: son las cinco y huele a sal. No quiero, ¡qué tristeza! El día que pueda nombrar ese olor sin que me escueza la memoria habré perdido significados importantes. Huele a sal, me digo, y qué maravilla que no me sea indiferente. Qué consuelo trabajar en una oficina y seguir sintiendo, en punto.


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Cuarenta

Con licencia para medir recuerdos en bloques de veinte años.

Con cicatrices visibles e invisibles, sus historias, ningún pretexto.

Con inventario personal que ya distingue entre sagrado y circunstancia.

Con propósito en el rumbo, pero siesta obligatoria.

Con la certeza de estar sola, absolutamente sola. Y sabiendo que jamás sola, ni desamparada.

Con práctica y cierta paz de saber que todo cambia.

Con motivos y personas para hacer una celebración en grande, y afirmar: gracias, vida.

 


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De apariciones

—¿Lo viste?

—¿Parado en la entrada de la cocina?

—Sí.

—Por eso nos fuimos de esa casa.

—Nosotros también.

Quizás así fue la conversación entre ellos. Dos hermanos que, de adultos y con varios años de diferencia, habitaron la misma casa. Hasta que se mudaron, y con distancia, pudieron hablar del niño que se aparecía en la entrada de la cocina. No una sombra del copete de un helecho ni un reflejo en la vitrina del comedor. Era un niño, baste saberlo. De preescolar o de cuarto de primaria, si sonreía o sollozaba, si traía zapatos o suéter o la cara lavada, a qué hora se aparecía, eran nimiedades comparadas con el hecho de que dos personas lo vieron, por años. ¿Qué hicieron, mientras tanto, con esa información?

Porque en mi infancia había una anciana en el suelo, sentada en la entrada de la escalera, en la planta baja de mi casa. No lo mencioné a nadie por miedo a llegar describiendo a tientas que había una mujer cubierta con un rebozo en la cabeza —parecida a las viejitas que pedían limosna afuera de la misa—, que miraba fuerte desde la penumbra, y que me dijeran: ah sí, claro. Y, seguido del nombre o la filiación, un déjala, siempre llegaba sin anunciarse, era medio marrullera, no hagas caso. Ese «claro» al que uno tiene que llegar por sí mismo o, efectivamente, se vuelve locura. O fantasma. Yo sólo quería transitar hacia mi cuarto o bajar por un vaso de agua y volver a mi cuarto sin la locura de percibir un ojos en mi espalda.

Pero baste saber que era una viejadefinitiva: me la encontré en sueños pidiendo de comer y la esbocé, como guerrera, en Usted & la Canción Mixteca; tengo el hábito de juntar palabras y hacerlas una, apretando el paso entre los significados para que se les atraviesen apariciones; a modo de homeopatía: soy de rebozos; mi casa no tiene escaleras.

Mi post fue un diálogo especulado entre hermanos a partir de una anécdota familiar, un ejercicio que tenía pendiente. No supe qué hicieron con esa información ni quién era el niño. Lo escribí porque hace poco Mini Dancing Queen quiso hablarme de la última casa que habitamos en México, la misma casa de mi infancia. Había una anciana en la entrada de la escalera, mamá;  miraba fuerte, aunque no se le vieran los ojos.

—Yo también la vi, hija.

Hay tiempo para callarse el susto y sesiones para relatarlo, remansos para dudar de la lucidez y meses para afirmarla. Octubre es un buen momento para hablar de fantasmas. Cada quien los suyos, los que habitan en casa. Los que seremos un día, dentro de muchos planos. Claro.