Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Letras Para Tiempos de Encierro 3

Cuéntanos.*

Él y yo tuvimos una relación a distancia durante casi 3 años. Cada quien vivía en un país distinto. A veces me preguntaba a mí misma si la relación era real. ¿Cómo podría serlo? Las relaciones sólo son verdaderas cuando se nutren de lo cotidiano, cuando los defectos pierden la chapa de oro de la virtud que les atribuyó el enamoramiento. Cuando nos vemos las suelas de los zapatos y el interior de la plantilla y no hay asco sino sonrisa, entendimiento.

Pero, ¿cómo podía no ser real? El amor es el amor, el deseo es el deseo y a la combinación de amor y deseo no hay quién la detenga. Deja un tiradero característico, impulsa, motiva, aparecen listas de metas, hay proyectos como hijos,  a veces hijos —o hijas— que se van atesorando desde el nombre; un «hola, te quiero» bajito. Claro que era amor, y del de quedarse.

Vistas a profundidad, todas las relaciones son a distancia. Él, por ejemplo, vivía en un país donde había muchas más yo. O lo que yo le significaba. He de reconocerle el mérito creativo: a ninguna nos dijo lo mismo. Un país donde los hombros de él y el escote de ella(s) eran fotogénicos y donde la persona no es la arroba, pero sí es, pero no es. De fondo era cuestión de entenderle a la dinámica. Y relajarse. Y divertirse.

Yo, para ilustrar, vivía en un país donde el duelo es el idioma oficial. Podía ver, en cualquier circunstancia, lo que no hay, lo que no alcanza, lo que no funciona, lo que no es suficiente. Sentía una obligación continua de hablar acerca del dolor y de las pérdidas. He de reconocer mi mérito de fortaleza: perseveré, mantuve la esperanza. Le mostré que era posible reinventarse confiando en que habría provisión y avance; el duelo nunca es estático. De fondo era cuestión de exponer las carencias. Y trabajarlas. Y confiar.

Creo que sí fueron 3 años. Desde que supe que no fue real, decidí borrarla de mi memoria. No la relato en mi historia, no cuenta.  Nos abollamos el ego, no el corazón. Fue una fantasía, y ya.

Excepto por los abrazos cada vez que nos veíamos. Esos primeros minutos de tomar forma en persona, dejar caer las maletas, suspirarnos de esencia y lociónperfume, sanar todas las fracturas de los huesos y de las dudas. Un «somos» indiscutible, cultivado en horas y horas y horas previas de conversar como si la vida no hubiera puesto miles de kilómetros en medio, como si la vida y nosotros fuéramos cuates de destino.  Y cada vez que nos despedíamos: esos últimos instantes de arrebatarle prisa a los vuelos programados, asir las maletas, jóvenes, no estorben, esbozarnos la cara, la voz en la garganta seria, los besitos de ¿volveremos a vernos?, dejarnos ir como sólo se deja, libre, a quien se adora.  Un «somos» impractiquísimo, drenando las carteras en viajes y viajes y viajes que apenas sumaban treinta días juntos, como si la pérdida y la deslealtad no se hubieran desgañitado llamándonos y dejando mensajes con mayúsculas.

Tres años y 41 días.  Es de la incumbencia de nadie porqué no la relato ni la relataré más. Baste saber que ahora, cuando amo, me aseguro de vivir en el mismo país y mi tercer idioma es Contigo Aprendí. En lugar de hablar duelos, escucho las señales y me fijo bien. Real, y punto. Todo lo bueno que siguió provino de esa lección, el orden sabio, tierno, después del tiradero. Me siento agradecida.

Nada de margaritas. Si quieres saber si te quiere o no te quiere, pregúntale a un aeropuerto.

*Tema a sugerencia de Isabel Del Castillo. ¡Un abrazo, Isa!


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Sur 37 A

Es inicios de diciembre porque pienso en una calle.

La recorríamos varias personas, como quince. Era una calle de dos cuadras y media. Pasábamos junto a la casa donde había un muchacho que estudiaba música; practicaba sus lecciones de trompeta y de piano, no importaba la hora. Y junto al edificio donde vivía un brujo en la planta baja y una vez que fueron de la delegación a renivelar la banqueta, salió el hombre con una cadena bastante larga y les dijo a los albañiles que le echaran mezcla sin taparla del todo, como delineando el edificio; esto es brujería, dijeron los vecinos. Nadie se metió con él.

Y a un lado de la cochera con macetas de barro, en el suelo y en la pared, que fue blanca pero ahora era color «por aquí pasan coches que aceleran y mientan madres por el tope de más adelante»; los canarios le cantaban a las plantas de sombra y a algún otro geranio terco. Y por donde había casa con una pared de ladrillos, que era parada obligatoria del camión de la basura y donde nunca, nunca, hubo rayoneos de grafitti a pesar de que el ladrillo estaba tan bien puesto que se veía como un lienzo irresistible.  Nunca, ese milagro.

Y hacíamos escala en la casa de la mujer que vivió hasta los 101 años y usaba pantalones desde 1918. Y nos aliviaba pasar por la casa de las rejas y saber que ya no estaba el perrote que aterrorizaba a los transeúntes; el refrán es impreciso: ladraba y mordía, que sí. Parecía lobo.

Los mapas virtuales indican que la calle sigue donde la dejamos. Es más: basta teclear su nombre para poderla recorrer de nuevo. Pero no pienso en la calle de ahora sino en la de entonces,  la que unía la casa de mi bisabuela y la de mis abuelos con la mía, donde crecí. Diciembre, y en particular el 25, pero también alrededor de las posadas y el fin de año, se trataba de hacer ese trayecto. Los tíos reían pero no cuando venía un coche, mi abuela abrazaba caminando, mi mamá hacía la observación de que el ambiente olía a llanta quemada, yo iba encima de los hombros de mi papá hasta que tuve que ir a pie.

Es inicios de diciembre y estoy en esa calle, siendo niña, como si hubiera sabido que tenía que fijarme muy bien. Ventilo el recuerdo para impedir que le brote una pátina, para mantenerlo vivo aunque el cambio haya desmembrado a la familia y la delincuencia esté al asecho.

Sé amable, nostalgia.

 


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El albergue

Pensé que sabía algo acerca de ser fuerte hasta que conocí esa risa. Estaba con una mamá y su hijo de 7 años*, ayudándoles a llenar la forma de solicitud de servicios para familias sin hogar. Mi pluma azul neceaba con tinta afónica y gruñí en lo que buscaba otro bolígrafo, si eché como cinco antes de salir de la oficina, me acuerdo, y seguía revolviendo sub-bolsas de la organización fallida. Volví a gruñir forzando la pluma contra un papel suelto. El niño rió y rieron sus dientes de enfrente. No se preocupe de nada, seño, me dijo la mamá riendo con los ojos de renglón y su español de sílabas calmadas.

Reí un poquito y pedí una pluma prestada en la oficina. Me urgía seguir llenando la forma. Esta familia había vivido con otras tres familias hacinadas en un departamento y en los baños de la estación de camiones y en un coche desvalijado. Era el primer día de clases. La secretaria trajo un desayuno escolar. El niño abrió la bolsa de las manzanas rebanadas y me retó a una competencia de quién comía más rápido. Volteé a ver a la mamá, nos pasó una servilleta. En lo que alargué la mano para tomar un trozo de manzana, el niño ganó el concurso. Con la panza llena, seguía riendo. Y su mamá, que mantenía los brazos cruzados alrededor de ella misma porque no tenía chal ni suéter, reía, sonreía, reía, acariciaba la cabeza de su hijo, y cualquier congoja reía con ellos. La forma les permitirá dormir en un albergue y que  el niño podrá asistir a la escuela todos los días. Recién me incorporé a estas funciones, además de mi trabajo usual.

Insisto: yo pensé que sabía algo de ser fuerte. O de pérdidas o de la fe o de historias de inmigrantes. Luego conocí esta risa que proviene de un lugar que toca y no suelta y ha sido como una aparición. Tengo que prepararme mucho para poder seguir los protocolos estatales de atención y de seguimiento de casos. Yo no estudié esto, la vida me trajo hasta aquí. En blanco, sí sé algo, lo único: el servicio activa una luz que conecta. Y con esa luz se amasa el alimento, se conjura la noche, se protege de la intemperie, se alivian las lágrimas, se arropa el cansancio. No es unilateral, es una transformación mutua. Ahí quiero quedarme a vivir para siempre.

*Algunos detalles de este caso son genéricos, por cuestiones de confidencialidad.


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De pasillo

—¿Cómo estás?

— Fue un acierto inscribirme en el grupo de principiantes. Éramos unos doce adultos metiendo la panza, en mallas y zapatillas, cumpliendo algún tipo de promesa personal. El maestro, otrora sílfide, amo decir otrora, bebía café como sorbiendo verdades. Y empezamos.

La clase fue justo igual que la de nivel intermedio: los mismos ejercicios, el mambo de mi mover el bote, las secuencias recitadas, pero más lento y desglosado y la vibra era de una torpeza entusiasta que cae muy bien los domingos por la mañana, y en la vida. Salí feliz, Pavlova recomenzadora, El lunes me dolía hasta el pelo.

**

Me tomé unos días y agarramos camino a Portland, Oregon, con dos propósitos:

a) ir a una librería que se auto-promociona como una ciudad de libros. Cinco pisos, libros nuevos y usados, todos los temas. Hasta encontré una antología de Cuentos Mexicanos, la de Alfaguara, y me ganó la vehemencia en voz alta al abrir la página en «Diles que no me maten». Cargué a la bolsa hasta donde pudieron mi brazo y la tarjeta de débito. Y lo que no alcancé a comprar, —como si alguna vez alcanzaran las horas, las quincenas, los libreros, los títulos que conducen a otros títulos— se quedó pendiente para otro viaje, o para la serendipia.

b) Hace 63 años mis abuelos llegaron a esta ciudad después de haber recorrido 2146 km en coche. Él venía a hacer una residencia médica. Ella tenía 40 días de haber parido a su segundo hijo, y una niña de un año 5 meses (mi mamá). Cuando yo pasé la nube espantosa de la depresión post-parto y de una angustia que me duró muchos años, mi abuela me contó de su tiempo en este lugar: sola, huérfana, recién parida, inmigrante, sin ayuda, en un lugar donde llovía todo el día. Quise ir a esa ciudad a tomar la foto afuera del hospital, dos generaciones después, para mandársela a mi abuela y a decirle que su fortaleza no pasó desapercibida y su sufrimiento tampoco. Muchas de la victorias de las familias ocurren dentro de las casas, sin diplomas. Igual ocurre con las heridas, sin bálsamo en el botiquín. Hayan sido tristezas grandes o logros cotidianos: los veo. Y los nombro.

**

Este otoño estaré inmersa en actividades de mi trabajo relacionadas con  los glosarios de género y su impacto en el bienestar socio-emocional de los estudiantes, las medidas para detectar posibles víctimas de trata (lloro), la supervisión de la versión en español de los materiales de campaña para prevenir adicciones. A veces comunicar tiene que ver menos con el mensaje y más con dar elementos para dialogar y cuidar. Voy a andar atareadísima.

Y tú, ¿cómo estás?


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Magia para transitar de agosto a diciembre

Identifico el Norte y lo saludo con una inclinación de cabeza. Para sostener la mirada de la verdad cuando la tenga enfrente, para frenar cuando me lastime el zapato, para disolver los obstáculos que imagino; para encontrar mi rumbo entre la multitud, cuando me abrume la competencia, si me roban las ideas, si acaso voy a donde no haya un mapa trazado.

Identifico el Sur y lo señalo tocando mi ombligo. Para aceptar la invitación del placer cuando se haga presente. Para aburrir a la vergüenza, para darme permiso de decir que no, gracias; para encontrar mi risa ente las caras largas, cuando olvide que alguna vez fui amada, si quiero huir, si acaso me separo de mi cuerpo por creer que soy lo que pienso.

Identifico el Este y lo bendigo a través del olmo. Para tomar la secuencia de los días cuando amanecen, para cantar frente a lo sagrado, para pulir los bordes de mis torpezas; para encontrar mi voz entre los comienzos, cuando confunda el término con los finales, si me persigue el abandono, si acaso deseo morir al dormir y no despertar.

Identifico al Oeste y lo llamo con un suspiro. Para desabotonar las capas que me cubrirán conforme vaya creciendo. Para asirme cuando sienta vértigo, para confiar en extraños y propios que estereotipo; para encontrar el encanto entre los contratiempos, cuando sostenga un llavero de puertas que desconozco, si dudo de mí como sólo yo, si acaso lloro y se escucha mi eco.

Soy de rituales y de preguntarme cómo llegar.


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De rimas en caso de duda

Para Víctor Luján G.

Que no te obnubilen, que no te empañen,

que no despostillen, que no te descalzen,

que no se burlen, que no calen,

que no pronostiquen, que no manchen,

que no te culpen, que no te roben,

que no te desairen,

diles.

Que se les marca el bulto de prejuicios y tedio,

que nunca fuiste de estatura promedio,

que no tienes remedio y sí un archivo

que hierve de ideas, de ti, de festivo,

junto al botón certero de tus reinicios.

junto a los brotes cuando verdeas,

diles.

Que es verdad y ruta y certeza:

que no hay acto creativo pequeño,

sólo fracciones de una obra dispersa

pidiendo un rato diario de atención y tiempo;

que las ganas son la versión soleada de tu sueño

que las fracciones se hilvanan con torpeza

y acunan un borrador,

diles.

Que en aquel rato diario se te va la vida.

Y la persigues, ¿qué otra te queda?

que, a fuerza de tesón, te vas sabiendo.

Crear es lo tuyo. (Yo lo comprendo).

Diles,

sabrás cuándo y a quién me refiero,

deletreando con todo tu cuerpo,

—se iluminarán conciertos, galerías,

escenarios, libreros —,

que la obra eres tú.

Diles, o abraza la sospecha:

vuelve a los cánones, a su orden, al suyo.

ó

es tu momento: ¡aprovecha! diles:

es mi proyecto. Y suficiente, concluyo.

Y junta minutos donde había suspicacia

con frenesí del loco que ama su esquina

con la rutina obstinada de quien persevera.

No hay acto creativo poco y sin gracia,

sino sumas de llevar, por centena.

Créeme todo, o  nada me creas,

pero, ¡por favor! sigue tu idea.


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Cervus elaphus

La cocina de la casa en donde vivo desde hace un año está empotrada en un talud de hiedra y tiene un ventanal con vista a un olmo. Hay tres maneras de entrar a la cocina: desde el interior de la casa, por una escalinata lateral que cruje con rencor y que casi no uso, y por las escaleras de piedra con canto de madera que dan a la calle.

Yo entro por el interior y casi siempre con hambre o sueño. Cuando no estudio el refrigerador abierto para elegir qué voy a cocinar, recorro mi circuito hacia la cafetera o hacia la alacena buscando quitarme el hambre.  Luego se me olvida a qué iba.

—Un venado.

Ni un sonido de pisadas ni de hojas que crujen ni de tierra suelta que pueda hacerme saber que se aproxima.  Aparece, así, con el guion largo del animal hablando a través de su presencia. Rumia, pasea, se echa. Lo saludo, para las orejas. Me sirvo el café o agarro un puñado de nueces o preparo las albóndigas o relleno mi jarra de agua. Cuando volteo, ya se fue.

Su aparición no tendría mayor relevancia en una casa en una zona boscosa de no ser porque coincide con mis días de más agobio. Esos días de saber que nadie vendrá a salvarme de aquello que me aflige, que hay un hambre que no se quita con alimentos, que no hay tortilla ni pan ni galleta ni sopa ni infusión, preparados por mí o por alguien, que me den sosiego. Debe de haber algo más, me digo. Justo en la cocina, un venado: el símbolo de la gracia y la apacibilidad, el buscador de caminos alternativos.

Mi espíritu encuentra esperanza frente a ese animal-presagio de tiempos buenos y de rumbos posibles que aparece y desaparece con el mismo misterio. Pasa el agobio, pasan los días, es medicina antigua. Por supuesto que le regalo las flores que había sembrado.