Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Cada navidad

Soy buenísima quitando manchas de sangre. Tallo fuerte, pero no por desprecio. La amo, me fascina la sangre. La de menstruar y de parir. La de qué bruta, por una pincelada picassiana con el exacto. La de querer pasar detrás del columpio, la del tepalcate en las piñatas de barro. La de los manazos, bien merecidos, que me dio mi mamá por respondona. El punto de carmín en el hueco del diente recién caído. La de la nariz protestando porque el calor es demasiado. Vaya, hasta la jeringa en ayunas para donar A+. La talladera, en todo caso, es porque me gusta que el encaje, los elásticos, el spandex y el algodón conserven su color de origen. No toda, pero casi toda la sangre me fascina.

Hay un tipo de sangre seca que no sale con agua oxigenada, ni con remojos tercos, porque está adherida a la piel. Ya puedo cambiar de piel, que aquella sangre persiste; quiere ser corteza y roca ígnea, quiere quedarse millones de años. Tallo fuerte con mis credenciales de saber de duelos. Le ordeno que me abandone, que me deshabite. Acábate, le grito, acábate de una maldita vez.

¿Qué hacen ustedes con la sangre seca? Meditan —según me cuentan—, se distraen, invocan a su patronum, escriben, caminan, cantan, tejen, acampan bajo la buena literatura, beben tequila, dejan la puerta abierta. Hace sentido, quiero creerles. Sigo tallando. A estas alturas no pretendo preservar el color de mis bordes. Con que no me persigan ciertas imágenes crueles durante navidad es suficiente. Quiero desprenderme la sangre seca de los pésimos recuerdos.  Quiero desollarme toda con las mismas ganas que atesoro la vida. Que ya se acabe. Yo no sé cómo hacen ustedes. La memoria y el olor a hierro son brutales.


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Luna delineada

Consulta el calendario en el petate de la antepasada más encorvadita. Hincha las puertas, las ventanas y los pasillos. Enciende el horno, prepara la mesa y un lugar. Nadie llega.  -La semilla cayó en otro surco. Es el volado de: mosaico, piel o cobija-

A pesar de los pies hacia dentro y de las manos de plexo sin ganas de sol, que nada sea voluntario y se llore de oído, se enfurezca de deseo, solicitemos garras y arrullos, se antoje la sal contra la sed; son bellas las lunas delineadas, fértiles de  un duelo que mana hacia la Tierra. No importa en qué posición me encuentre, qué tan generosa fue la mesa que puse, a cuántos grados hirvió el horno, cuál es mi apellido, el número de mi casa: sangro con todo mi ser; a veces, se me va la vida en ello. Sangro así, en un desgarre que se alarga hasta donde los bordes empiezan, terminan y vuelven a empezar. Me voy (de)sangrando, pero no me muero.

Dice la tele que es un líquido azul, hecho en un laboratorio. Pasan las décadas y sigo insistiendo que es un goteo carmín,  tiñéndolo de asombro. Yo llego y me basto. Esa es mi simiente.


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Inmutable

A los siete, señalé. A los diez, me pregunté si mi dedo índice funcionaba correctamente. Vino la explicación; lo que yo veía como problema era una situación normal: hay personas que lastiman, aguántate. Uy, de los doce a los dieciocho, lloré.  A los 20, gruñí. A los 21, protesté e hice muchas preguntas. A los 23, y, ante el silencio, escribí un cuento asesino.  A los 27, con dos hijas, enseñé los colmillos. Me sugirieron que me calmara, siempre has sido arrebatadita, Miranda. Así es esa gente. Te lastimarán. No las vas a cambiar.

A los 29, me aburrí de las excusas. Desde los 30 y hasta la fecha, cuestiono lo normal.  Es cierto, hay personas que lastiman. El problema no es que existan y que así sean, al infinito. Lo grave es que tengan cómplices involuntarios que invaliden el dolor de quien sangra y cualquier esperanza de mejoría. Son un frente común.

Esa gente que lastima por hábito cobarde continuará impune. Como no las iré a cambiar, modifiqué lo que sí está en mis manos. Dejé de escuchar a los cómplices, aún si su intención era buena. Puse atención a mi sensibilidad. Y ahora, cada vez que trato con personas pasivo-agresivas, uso el dedo de en medio para señalarlas.