Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Devolver al remitente

Vida,

Me llegó este paquete y te lo quiero devolver. Gracias por habérmelo enviado porque, si no fuera por su contenido me habría muerto en la infancia en el más absoluto desamparo y en la adolescencia por atrabancada.

No me lo puedo quedar porque lo que creo ahora me pide que revise el origen de mi sufrimiento y en cuanto me topé con el paquete te lo quise devolver con urgencia. Con cariño, te regreso todos tus imperativos. Estoy desterrando cada uno de los verbos en forma de orden para ser obedecida, desde la cotidianidad del «come», «recoge», «limpia» o «paga» hasta el megáfono del «calla», «demuestra», «oculta», «controla», «aguanta», y hasta el «ven» y el «quédate» más seductores. No le pondré mi nombre, sabrás que el paquete es mío. Donde decía FRÁGIL, por fuera, está tachoneado; cuestión de precisión: frágil yo cuando obedezco y no es a mí, creyendo que habrá un premio al final del camino.

Si haces un inventario, verás que tomé «escribe», «explora», «perdona», «disfruta», «deja ir» y «resuelve». Los elegí por voluntad, son las insignias de mi autonomía. Quizás notes que el embalaje original quedó medio forzado, valga el campo semántico. Resulta que quedó un espacio justo del tamaño de mi necesidad de dar explicaciones para no sentir culpa. La recibirás igualmente. Ojalá el paquete llegue con bien. O se pierda el camino.

Con alivio, abrazando mis fortalezas,

Locadelamaceta, disidente.


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Magnificente

Todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana. La casa y los pensamientos callan. Amanece el día. Los significados son los únicos testigos de que, horas antes, fuera de noche. Pero apenas se van desperezando. Es el café de preguntarme cómo estoy.

Las respuestas han variado según las casas que he habitado y la vista que ofrecía la ventana: cuando dio a una pared, mi «estoy» fue el anhelo de estar en otros ojos; cuando ofrecía unos geranios, mi «estoy» quería creer que estaba bien y a salvo, ¿verdad?; cuando el paisaje suburbano se coló por una puerta-ventanal, mi «estoy» fue de duelo sobre duelo bajo duelo. Y es que preguntar cómo estoy también ha sido cuestionarme cómo llegué hasta aquí.

Desde que me mudé, todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana que da a un olmo. Dicen los significados que, desde tiempos ancestrales, el olmo ha sido símbolo de sabiduría, fuerza, equilibrio ante la adversidad y crecimiento en grande. Asiento, es un arbolote. Al preguntarme cómo estoy señalo la viga de metal que ayuda al tronco para que el peso esté repartido y el olmo pueda seguir elevándose sin quebrarse: cuando el café viene cargado con dudas amargas, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón; cuando despierto tremenda, cierta de lo posible y con prisa de que ya sea el futuro, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón.

Sé cómo llegué hasta aquí, fortísima, vulnerable: eligiendo muy mal. Y decidiendo muy bien. Despierto. No cambio esta época por nada.

 


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De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.


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Cada navidad

Soy buenísima quitando manchas de sangre. Tallo fuerte, pero no por desprecio. La amo, me fascina la sangre. La de menstruar y de parir. La de qué bruta, por una pincelada picassiana con el exacto. La de querer pasar detrás del columpio, la del tepalcate en las piñatas de barro. La de los manazos, bien merecidos, que me dio mi mamá por respondona. El punto de carmín en el hueco del diente recién caído. La de la nariz protestando porque el calor es demasiado. Vaya, hasta la jeringa en ayunas para donar A+. La talladera, en todo caso, es porque me gusta que el encaje, los elásticos, el spandex y el algodón conserven su color de origen. No toda, pero casi toda la sangre me fascina.

Hay un tipo de sangre seca que no sale con agua oxigenada, ni con remojos tercos, porque está adherida a la piel. Ya puedo cambiar de piel, que aquella sangre persiste; quiere ser corteza y roca ígnea, quiere quedarse millones de años. Tallo fuerte con mis credenciales de saber de duelos. Le ordeno que me abandone, que me deshabite. Acábate, le grito, acábate de una maldita vez.

¿Qué hacen ustedes con la sangre seca? Meditan —según me cuentan—, se distraen, invocan a su patronum, escriben, caminan, cantan, tejen, acampan bajo la buena literatura, beben tequila, dejan la puerta abierta. Hace sentido, quiero creerles. Sigo tallando. A estas alturas no pretendo preservar el color de mis bordes. Con que no me persigan ciertas imágenes crueles durante navidad es suficiente. Quiero desprenderme la sangre seca de los pésimos recuerdos.  Quiero desollarme toda con las mismas ganas que atesoro la vida. Que ya se acabe. Yo no sé cómo hacen ustedes. La memoria y el olor a hierro son brutales.


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En punto

Siempre a las cinco. Bajo del segundo piso desprendiéndome los hilachos de correos electrónicos que se quedaron pendientes en la última junta de la tarde. Atravieso el vestíbulo, mustioquieto. Tanteo en mi bolsa hasta sentir el espiral amarillo que uso de llavero. Abro la puerta derecha del edificio, rumbo al estacionamiento. Y todas las veces, siempre a las cinco, en lo que camino rumbo a mi coche, atravieso un corchete de viento. Huele a sal. Yo podría dejar pasar ese olor y asociarlo al puerto cercano. El puerto es parte de la bahía que pasa por debajo del Golden Gate y desemboca en el Océano Pacífico.

El rojo del puente fue, por años, la última visión de los soldados recién abrazados, enviados a pelear a Japón y la primera imagen a su regreso, después de sobrevivir a la guerra, algunos como prisioneros; ese mar y yo tenemos una historia de mensajes en botella a lo largo de la costa, pasando por Cabo San Lucas, Puerto Vallarta, Choluteca, Quito, Lima y Valparaíso; «así huele una mujer cuando el destino le roba un beso» leí alguna vez frente a la costa y todas sus orillas y las mías; colecciono momentos bajo el prisma de un faro, acantilados, la lucha de poder de la roca y el agua, unidades de muerte.

Podría dejarlo pasar, decir, nada más: son las cinco y huele a sal. No quiero, ¡qué tristeza! El día que pueda nombrar ese olor sin que me escueza la memoria habré perdido significados importantes. Huele a sal, me digo, y qué maravilla que no me sea indiferente. Qué consuelo trabajar en una oficina y seguir sintiendo, en punto.


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Bien lejos

Viajé, y volví sabiendo de abrazos.

Yo creí que conocía todo acerca de esa cercanía. Me faltaba saber de distancias.

Porque es posible abrazar botes de basura donde, al fondo, hay libros.

Abrazar como si las banquetas fueran capillas de andenes.

Reconocer, asentir. Oye, sí: abrazo;

ahuyentar, ahorita no. Pero ven, te abrazo.

Que hay abrazos que afirman «esta negación es mía»;

o través de café o textos de sangre;

abrazos de personas que nunca llegan

y de personas que aceptan una cita espontánea;

abrazos que son ovación de pie;

que son chilaquiles con vista al parque;

que tienen algo de cordón umbilical.

Abrazos que son reiteración, pasar lista.

Ya no está uno para repetirse,

¡cuánto bien hace repetirse!

Subrayar, insistir: mira, esto es lo que siento.

Puedo decirlo de muchas maneras, o de una sola,

y traducir: abrazo.

Porque que si sólo sabes abrazo, en la cercanía o en la distancia, es suficiente.

Mi pasaporte no dice, con verdad, qué tan lejos fui. Celebré controlar cada vez menos, querer cada vez más fuerte.  Tuve que pagar exceso de equipaje porque los abrazos jamás se quedan en el cuerpo.

Viajé, volví.


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Vida, ocurriendo.

«Harta de la vida a medias», se leía en la primera entrada de mi blog: un plantilla en Blogger creada en una madrugada de 2006. Tenía rato con ese pendiente, la pregunta de cuándo iba a ocurrir algo que yo pudiera considerar como Vida, Ocurriendo y entonces sí: todos los significados, las ganas, la pasión y la creatividad que hervían por manifestarse, tendrían un sentido. Mientras tanto, sólo me ocurrían deudas de banco y morales, corazones rotos y luego pespuntados, pañales, mamilas, circulares de escuelas cuadrada, uniformitos. Quería desaparecer o la respuesta:  ¿dónde está la vida cuando sucede?

Yo escribía desde que aprendí a escribir, pero no lo hacía con frecuencia. Cuando abrí mi blog me reté a ser constante; sin embargo, adquirí el mal hábito de encriptarme. No quería decir lo que realmente estaba pasando, ni deshonrar o lastimar a las personas involucradas en esa vida a medias. Insinuaba, sí, que algo estaba pasando. A veces, aullaba y luego me tapaba la boca. Esa era mi otra plantilla: no podía hablar del mundo, y cuando lo hacía, era desde mí, y parcial. No me daba la cabeza para más, no tenía otro recurso. Escribía un post a la semana sobre letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, hijas, casa, con textos tan breves que a la depresión no le alcanzaba el tiempo de servirse un café y sentarse a acompañarme junto a la computadora.

Las palabras tocan, nombran, hacen alquimia, reacomodan, transportan. Cuando migré a California, ese blog estaba impreso en una antología. Continué escribiendo, pero a mi añoranza por una vida completa se le sumaba la nostalgia de México y de interactuar con mis lectores, de enseñar, del español como cántaro. Mi vida creativa se fortaleció y así surgieron los talleres de escritura y el podcast —que más adelante fue una participación en radio—, y Usted & la Canción Mixteca (pronto, muy pronto, en su segunda edición).  Se puso bueno: a la pregunta de ¿dónde está la vida? se le sumó ¿cuál es mi lugar? y se me quebró un aullido dentro del aullido; vino el cisma y todos sus testigos estratégicos en las redes sociales. Claro que me afectó espantosamente, creo. Ya no me acuerdo. Seguí escribiendo, más o menos transparente, aferrándome a las palabras y a mis temas como a las raíces y a la apuesta de conectar.

He escrito muchos posts con el corazón, casi todos. Este es el más difícil de todos,  y, a la vez, el más gozoso.  Hace unos días firmé el contrato de mi primer trabajo de tiempo completo en trece años, mi reincorporación a la vida laboral después de la maternidad. Se me ha ido notando el tránsito del duelo y de las partes diseminadas a ir enunciando la unidad. Ese puesto me llegó cuando en vez de preguntarme pasivamente ¿dónde está la vida cuando sucede?, me puse al servicio de lo posible; cuando dejé de solicitarle a la vida que me mirara o que me compensara por el desencanto o por el dolor, pude ver el dolor de otras personas y aprecié mis privilegios. Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para hablar acerca de mí en un blog; hoy terminan.

Por supuesto que seguiré escribiendo, hay un tercer libro de relatos inéditos gestándose, más talleres de escritura en México, algunas entrevistas; postearé las actualizaciones, fechas y avisos en este espacio. No es una despedida, es la flor de coincidir, una planta que ustedes y yo sembramos y cultivamos juntos. Les quiero agradecer el regalo de su tiempo y de su atención. Gracias, gracias, gracias por cada uno de los comentarios, por la difusión, por su amistad, por las inspiración para seguir adelante. Con las mismas manos que usé para tapar mi boca, les mando un beso, sin ustedes hace un buen rato que el cuchillo se habría seguido de largo.

¡Hasta siempre! Reciban un abrazo de letras desde California.

                                                                                                           Michelle, Miranda, Maceta.

pd. YA SÉ que estaba increíble que fuera policía. Sí, habrá algo de eso en los relatos inéditos.

pd 2. Claro que sigo aullando, por lunática nomás.