Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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Introspección

A veces creo que estoy buscando una razón y el sentido a lo que vivo.

Veo para dentro como si me asomara al escote del diccionario bilingüe que llevo cerca del corazón. Significa, significa— dice el latido.

Escucho para dentro como si pusiera el oído en el centro de una guitarra de llevar serenata a peces y estrellas. Significa, significa— dice el telescopio.

Huelo para dentro como si subiera al segundo piso de casa de mi bisabuela y me detuviera frente a todas las botellas de agua de azahares. Significa, significa—dice la madera.

Toco para dentro como si fuera el segundero del reloj que siempre suena húmedo en las historias que me son íntimas. Significa, significa—dicen los ovarios

Pruebo para dentro como si mandara en la cocina creativa donde se prepara el pan que quita el hambre de compañía. Significa, significa—dice el mortero.

Y termino descubriendo que, mientras vivo, el sentido me encuentra, me invita y,  despacio, me devuelve el cuerpo.


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Apuesta frente al cambio

No deja de sorprenderme cómo hay épocas donde los días vienen con las orillas bien limadas y embonan con gracia en dónde los pongamos: en los comienzos, en los atrevimientos, en lo cotidiano, en cada duda. Un día seguidito de otro, las claridad en las horas, las respuestas deshebradas, avanzar con esfuerzo rico. ¡Buenos días! Sí, y sus noches con oscuridad hecha para dormir y calentar.

Me sorprenden, sobre todo, cuando me miro las manos cortadas por los días de vidrio roto, de buscarle piezas a las ventanas y de batallar hora tras hora con motivos para respirar. Días de finales expuestos, de no puedo y nunca podré, de la vida tardándose en  abrir la puerta después de diez timbrazos en forma de súplica. Otro día seguidito de uno peor. Pésimos días. Sí, y sus noches de insomnio y frío por la oscuridad bravucona.

Todavía me asombro de que existan estos dos extremos y cómo parece que el amor y el dolor juegan a perseguirse vestidos de cambio.

Pero lo que más me impresiona es el poder de una carta escrita a mano enviada por correo intuyendo el logro o el duelo. Letra que conecta, un sello postal, un remitente, el tiempo invertido. Abrir el buzón y saber que ha sido conjurado ese miedo estúpido —y no por ello menos miedo— de estar solos en el mundo por reír tanto o por llorar más.  ¡Sorpresa! Frente al cambio, apostar con esas cartas de recibir, de enviar y de acompañar.

Abrir el buzón y el corazón.

Gracias por tus cartas, Themis. 🙂


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Violetando

La anciana que seré cultiva violetas. Les busca una esquina de sol, les canta boleros, les acicala el porte cuando se inclinan de más y se niega a a dejar de creer en la magia.

Creer, pero no en el ilusionismo de los hechiceros de la mercadotecnia ni de las soluciones que simplifican paradojas ni la de las estadísticas absolutas (¡destejamos!, me invito, aunque las ideas queden estrujadas y flácidas por un tiempo); magia —ver a través de lo invisible— porque los tiempos difíciles requieren medidas radicales y las crisis humanitarias, sensibilidad. Toda la disponible.  Y espíritu crítico, voto reflexionado, conocimiento de historia, sociología, teorías de economía y desarrollo sustentable, organización disidente.

La anciana que seré me va dando la mano porque el mundo se está complicando y no sé qué hacer desde mi todoslosdías y mi mundito de adulto que puede hasta donde le alcanza la quincena. Sigue viendo más allá, me dice. Que lo macabro no es un hecho aislado. Que el sufrimiento no es una imagen en una pantalla o en un reportaje. Que mientras aúlles, hay fuerza.

Cuatro macetas de violetas, mejor dicho: tres, porque la cuarta era toda verde y muda, enfurruñada. Ni un brotecito desde que nació. Como si hubiera nacido pesimista, hay que ahorrar agua y energía, déjense de ridiculeces. Esta es sólo una esquina insignificante, ya para qué florear si nos va a llevar la chingada. Seguí asegurándome que estuviera bien asentada y tomándole el pulso de la tierra seca y tarareando. La anciana que seré tiene un compromiso con las plantas, en particular las de interior.

Hasta que otro día, hace poco, la cuarta violeta amaneció con una flor en ciernes. Puje, señora, puje—, le susurré al oído peciolado. Una flor blanca. Y luego otra, y otra más en contraste con sus hermanas fucsia y rosa, pero flor al fin. Pasaron los días, las noticias, sí son campos de concentración, Valeria de 2 años abrazada a su papá Óscar Alberto antes de cruzar el río. Creer, ¿en qué?, ¿para qué florear, violeta pesimista? porque nos está llevando la chingada.  La adulto que soy tiene días de no poder ver más allá. Toda la sensibilidad necesaria resulta insuficiente.  La niña que soy me dijo: mira, una línea púrpura en la flor nueva. Una violeta violetando. Quizás se enseñan entre ellas.

Hice estas fotos. Y entonces descubrí que algunas violetas tienen pétalos que brillan.

Y lloré, en lo visible y en lo invisible, humana, 2019, sin edad.

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Circular

Todos los junios, cuando el cierre del ciclo escolar es inminente, difundo una circular entre mis contactos y confío en que la lean y, rápido, pasen la voz. Su respuesta a mi correo es amable dentro de las variaciones genéricas de un “Ok, gracias por la información”, pero no le dan seguimiento; atino a creer que es un volante más entre tantos que reciben con información para la comunidad. Entiendo, a veces así es: se triplicó la carga de trabajo por los recortes de personal y no se dan abasto para poner atención a lo relevante y a lo urgente.

Yo antes difundía la circular como parte de mi labor de comunicación en español hacia las familias migrantes y la mandaba a los contactos como parte de una lista de pendientes. Ahora lo hago desde una responsabilidad nueva que recién me asignaron: cuando supe cuál sería, ay nanita, temblé: la coordinadora de servicios para las familias que han perdido su vivienda

Canalizar a las personas hacia los servicios es fácil: hacer una entrevista de sondeo, evaluar las necesidades, llenar formularios, firmar autorizaciones, establecer fechas límites, registrar en una hoja de cálculo, lo complicado es oír la voz en shock de las madres y los padres porque no pueden creer que los echaron a la calle y no les dejaron sacar sus pertenencias o porque están viviendo con otra familia y son diez en un departamento o porque están durmiendo en el coche en el estacionamiento del Walmart o porque no hay trabajo, seño, dígame qué voy a hacer, dígame y yo lo hago, y preguntar cómo están los niños y que los padres —si están juntos, pues suele ser solo uno cargando todo el problema a cuestas— lloren desde la derrota.

Les fallé, seño, les fallé a mis hijos, me dicen. Me cuentan de quién está en la cárcel, a quién han deportado o está esperando la fecha del juicio, que no tienen para el cumpleaños del niño o la niña, que les da pavor morirse de algo y dejarlos a la deriva. Veo el expediente con las ausencias injustificadas, las notas de la maestra que observa fatiga o hambre crónica o las dos y ahora, mediante un par de formas, son familias clasificadas como pobres dentro de los pobres, marginadas dentro de las foráneas, invisibles dentro de un sistema que les pide dos comprobantes de domicilio fijo y una identificación con fotografía a donde quiera que vayan.

Más allá de los servicios, tengo el apremio de insistirles que es posible salir adelante. ¿De verdad? me dicen con los ojos, ¿usted qué sabe de no tener qué comer o dónde vivir? Y es cierto. Yo no sé cuánto se tarda salir de una situación de pérdida de vivienda, sólo sé ayudarles a llenar las formas y escuchar su historia.

Y otro dato:

Soy la bisnieta de una mujer que murió sintiendo que había fallado porque algo había en sus palabras finales —y en el cáncer— que llevaba el auto-reclamo de dejar a sus hijos en el desamparo, como ella estuvo sin casa y sin alimento alguna vez.  Mi abuela me contó esa historia y también me contó que, después de quedarse huérfana, tuvo que ir con su hermanita a formarse en el comedor para indigentes y dormir en la sala y en el suelo y en los cuartos de azotea de los familiares lejanos y conocidos que pudieron darles un lugar para quedarse un tiempo. Sé que, en medio del duelo y de todas sus carencias, mi abuela terminó su carrera de maestra y tuvo seis hijos profesionistas y que, por añadidura, le dio a mi mamá una vida distinta y que, gracias a ese comienzo, recibí la educación que me permitió llegar hasta este trabajo.

A diferencia de otros años, cuando llegó el momento de enviar la circular en este fin de cursos, la mandé a los albergues; ahora ellos presiden mi lista de contactos. Mi correo fue recibido con algarabía. La circular es un volante que ofrece desayunos y comidas gratuitas para menores de edad. No necesitan identificación ni dar explicaciones de nada, sólo tienen que presentarse a la cafetería de la escuela pública más cercana e ingerir ahí mismo los alimentos; pueden ir acompañados de un adulto o no. Le di «send» a la circular, pensando en mi abuela y en mi tía, que tenían 18 y 13 años cuando pasaron por ese capítulo de hambre y desalojo. Temblé más. Era circular en más de un sentido.

Hay seguir pasando la voz: la que lleva una buena noticia y la deposita en medio del sufrimiento. Ese también es un pan de cada día y un lugar donde resguardarse. Y es resistencia: la tinta que reescribe sobre cualquier estigma que dejen los sistemas. La historia es nuestra, no de un expediente. Lo sé hasta las entrañas. En junio. 

 

 


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Aquí y ahora, sí.

Cerrar una escuela trae pesadumbre a una comunidad. Cerrar dos, retos de transporte y sentir. Cerrar cuatro es deshojar los diccionarios, descomponer las sumas, fustigar a las familias con los renglones de las hojas del presupuesto. Lloran los niños y niñas por su casa-aula, lloran los maestros abandonados, lloran los papás migrantes queriendo entender el proceso de re-inscripción en el idioma de la burocracia. Y lloro con ellos porque sólo tengo dos manos y sólo puedo arroparlos en español en horas de oficina.

Abrir un documento nuevo con la intención de hacerlo libro trae gozo. Abrir la puerta al desfile de significados y personajes, incertidumbre. Abrirse al compromiso de escribir de principio a fin es ponerse de frente al vendaval, perder las llaves, avanzar con mapas que cambian de norte, beber café que sabe a óxido. Decir que no es abrirle paso a la depresión y al cuchillo que apuñala amores; hay que escribir con el tiempo más preciado y nunca con el que sobra. Hay una loba simbólica que alimentar o se come a los venados que visitan. Hay dos hijas adolescentes y la crianza es más demandante hoy que en los dieciséis años previos.

Hace 12 años, 4 meses y 3 días inicié esta bitácora con la intención de aceptar el momento que estaba viviendo, o morir marchita. «Aquí y ahora» fue el título del primer post. Desde aquella madrugada, he ido siguiendo la pista de los días hasta donde me lleve el corazón. La espiral me ha traído a revisitar este lugar, sólo que no estoy dialogando frente a mi tristeza: te miro, lector, lectora, y quiero abrazarte con todas mis fuerzas. Aceptar la vida como se presenta duele, asusta, desnuda, aplasta, celebra, libera, invita, sana, se hace relato, y todo está sucediendo a la vez. Eso lo aprendimos juntos. El blog cumplió con su misión, entonces.

Gracias por leer, gracias por tus comentarios, por pasar la voz y por comprar el libro. Bien sabes que nuestra conexión no depende de un post a la semana y que estoy activa en Twitter. Cambiará el modo de encontrarnos en un texto, pero la química de coincidir está y estará intacta. Confío en ella.

Y te abrazo más.

Miranda Locadelamaceta/Michelle Remond

Belmont, California.  Con vista a un olmo. 

 

 


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Abrazo de otoño

Caen las hojas.

¡Mira! El dedo apunta hacia abajo,

a los peciolos como antenas

pegando el oído de savia a suelo

para oír a las hormigas, a los hongos,

las pisadas, el runrún del tren.

¡Mira! El dedo apunta hacia arriba,

a los plazos entre las raíces y el cielo,

a las ramas como listones

haciendo el baile de las lenticelas

para aflojar los nudos, los nidos,

la ternura, el racrac del tronco.

¡Mira!

Hojas que caen, la alfombra

donde aprendemos que nada es para siempre.

¡Mira!

Caen, y nosotros a la mitad de este susto

¿y si no vuelve la primavera?

¿y la oscuridad es cada día más oscura?

Hojas que abandonan

–crujen con las pisadas, y las perdonamos —

A veces somos ellas, caducifolias,

cumpliendo nuestra palabra verde

hilvanada a los ciclos;

a veces somos el árbol desnudo,

preparándose para el invierno,

duelo anticipado;

y, a veces, sólo somos lectores

en medio de un paréntesis,

testigos de hojas caídas

y del relato de las flores y los frutos

que les siguieron,

los que pueden venir,

los que vendrán;

lectores pidiendo un abrazo al otoño,

a ver si así logramos ser

un poco más versados en el arte de soltar.

 


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Cuarenta y dos

Teñir el castaño con anaranjado por haber descubierto a Botticelli < dejar que las canas colonicen la coronilla.

Iniciar el primer programa feminista de aquella universidad < llorar de tristeza por los buenos hombres y las buenas mujeres cuando no logran entenderse.

Quemar manuscritos de novelas de dos capítulos porque dolían < levantarse antes de amanecer, todos los días, a escribir un libro por gusto y perseverancia.

Protestar contra el pudor, el catecismo, la carne roja y las tarjetas de crédito < reír con la sombra de la vergüenza frente un saldo en ceros comiendo una pizza y rezando a la Santa Transgresión.

Aspirar a un futuro cargado de expectativas < saber dejar ir a quien abandona, y dónde dar la vuelta en U antes de caer al barranco, y cómo dormir siestas de 7 minutos.

Atesorar la libertad de hacer y desdeñar la estructura < crear una rutina que nutra la armonía entre pensar y sentir.

Recitar itinerarios ideales de viaje por el mundo y teorías de crianza espectacular de los hijos que aún ni nacían < descansar en los alcances de las fronteras del sueldo, construir la interioridad, estar aquí y ahora y que ése sea el viaje en familia.

Equiparar drama con pasión < apasionarse desde un faro, amar las relaciones sanas.

Discutir a controlazos con la ansiedad y la pérdida < suspirar con el cambio, morir con lo que no fue, inspirarse con historias extraordinarias de sobrevivientes, ser fuerza serena.

Creer que los cuarenta era la vejez < ser más joven cada otoño.

Para la muchacha que hace veintiún años cumplió veintiún años.