Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Otoño como heraldo

Oye, otoño, entra con tiento. Demórate en acelerar los desprendimientos. Dile al viento frío que contenga su soplo, permite que los primeros dos días de noviembre sean impuntuales. Entreténte un rato con este clima de verano, todavía con lama y grillos: hay días largos que también preparan para la oscuridad.

No estamos para saltar montones de hojas secas ni para elegir el rincón de la sala donde vamos a poner la ofrenda. No tenemos cabeza para regatear el disfraz de los hijos ni para escribir textos complejos que hablen de otro tema que no sea reconstruir, estar alerta a los saqueos, volver a lo de todos los días. Entra con cuidado, ya ni el timbre suena igual.

Y, con la misma mesura, insiste en hacerte presente. Cesa la savia de aquello que terminó su ciclo, devuélvelo a la tierra. Danos el consuelo de la cosecha, de poder destinar un momento en el año para ver de frente en qué invertimos el tiempo y la atención. Arranca, amoroso y con gravedad, lo que sea caducifolio en nosotros. Y los lugares interiores de no volver.

Sé heraldo de una verdad natural ancestral que consuela a los humanos en tiempos difíciles: al mismo árbol que la vida impone quedarse sin nada, seis meses le brota la primera flor, prólogo de su fruto.

Entra quedito. A algunos nos duele el corazón.

 


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Hombro con hombro

Algo horrible sucedió, me dijo mi papá por Whatsapp, este temblor fue diferente. Al poco tiempo vi las primeras fotografías de los derrumbes y, como millones de personas que estuvieron en el sismo del 85, los recuerdos me golpearon en las rodillas. Y, aunque el suelo que pisaba estaba fijo, no tuve de dónde agarrarme. —Sólo tuve, sólo he tenido sollozos—. Fue distinto y el mismo, en canon.

No puedo hablar de cómo se siente estar en la Ciudad de México en estos momentos, dos días después. Ustedes, sus habitantes, tienen esa palabra. Imaginen, voluntarios preciosos que no han dormido y que presencian la solidaridad en todo su espectro de belleza, honestidad y verdad y que nadie les cuenta de los extremos del dolor y de la ayuda, por un momento: ver, dentro de treinta años a alguien que sufre por un terremoto. Y ustedes, lejos.  Con lo que saben ahora, tengan la edad que sea. Con lo que les falta por saber y que irán descubriendo como parte de su nueva identidad.

Así me siento. Puedo hablar, justamente, desde el aullido de estar en otro lugar que no es la Ciudad de México. De la furia casi animal del encierro de la geografía. De la bofetada en el exilio de un «ni vengas, que no haces falta», de querer hablar de lo que sigue: de asimilar las pérdidas, de resistir los embates del desánimo y cómo la vuelta a la normalidad pedirá una constancia que cansa. Sé eso y otras cosas, pero no sirven de nada. Aúllo más. Y me callo, porque el puño de los rescatistas está cerrado y en alto.

Pausa.

Me pongo al servicio de ustedes, incondicional. Continuaré en Twitter, como he estado hasta el momento, centrada en el apoyo emocional y algunas herramientas para atravesar este momento. Aquí a ladito, en la columna de la derecha, están en tiempo real. —–>

Los desastres pueden verse con los ojos del cuerpo, como testigo, y con las del espíritu, por empatía. En todos los casos, los desastres nos exigen recordatorios de quiénes somos, dónde estamos, a dónde vamos; todas las crisis nos despojan de lo que teníamos por seguro. Al no saber qué va a pasar, necesitamos pistas para volver a la casa de dentro y el otro alimento: la ternura activa, escuchar las historias y preocupaciones, sentirnos útiles. Desde la impotencia de no poder ir a remover escombros o a clasificar víveres, doy palabras de aliento porque quizás sirvan, dicen mis rodillasrecuerdo. Fue distinto y el mismo: México es un lugar en el corazón, no sólo un país. Si tiembla, temblamos todos. Y, entre todos, haciendo red donde quiera que estemos, ayudamos a reconstruirlo. Todas las veces.

 


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¿Estás ahí?

A veces necesito verificar que el mundo siga donde lo dejé.

Me da seguridad saber que puedo dedicar mi atención entera a un proyecto, por ejemplo, y que el click de la lámpara en el buró sea, todavía, como un chasquido de duende ronco. O que el líquido que ya tiró el hervor todavía proteste porque lo verteré, como si le diera angustia de separación de la hornilla. O que el jabón recién abierto siga suspirando como un animal de líneas dóciles y perfumadas. O que la voz automatizada del dispensador de boletos del estacionamiento todavía dirá «espere unos segundos. Gracias por su paciencia».

Y si mi atención, por poner otro ejemplo, tuviera ganas de quedarse un rato largo en una mirada que me enamora o, todo lo contrario: quisiera desaparecer de vínculos que ven feo, puedo contar con que abriré mi buzón y el cartero habrá apilado los sobres por tamaños, poniendo al frente los que provienen del banco, y la correa de mi zapato derecho será voluntariosa en el tercer hoyo, que no abrocha con prisa.

Y si, ya encarrerada en los ejemplos, la hoja en blanco y el lápiz me reclamaran que trabajado de más o que no estoy en mi eje de presencia, todavía habría virutas de sacapuntas como olas deshidratadas y el cuaderno se abriría en el centro donde está la costura, como parapente que no quiere jubilarse.

Verifico —y es una necesidad honda— por más bobo que parezca. El cambio me incita al apego, el tiempo me invita a controlar, los objetivos insisten que insista, el apego me muestra el dolor. Hay días, con sus noches, que no sé qué va a pasar. Y si bien el mundo nunca ha sido mío, el asombro evitó y ha evitado que me fuera ajeno.

Sí, está ahí.

Suspirosonrío.


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Devolver al remitente

Vida,

Me llegó este paquete y te lo quiero devolver. Gracias por habérmelo enviado porque, si no fuera por su contenido me habría muerto en la infancia en el más absoluto desamparo y en la adolescencia por atrabancada.

No me lo puedo quedar porque lo que creo ahora me pide que revise el origen de mi sufrimiento y en cuanto me topé con el paquete te lo quise devolver con urgencia. Con cariño, te regreso todos tus imperativos. Estoy desterrando cada uno de los verbos en forma de orden para ser obedecida, desde la cotidianidad del «come», «recoge», «limpia» o «paga» hasta el megáfono del «calla», «demuestra», «oculta», «controla», «aguanta», y hasta el «ven» y el «quédate» más seductores. No le pondré mi nombre, sabrás que el paquete es mío. Donde decía FRÁGIL, por fuera, está tachoneado; cuestión de precisión: frágil yo cuando obedezco y no es a mí, creyendo que habrá un premio al final del camino.

Si haces un inventario, verás que tomé «escribe», «explora», «perdona», «disfruta», «deja ir» y «resuelve». Los elegí por voluntad, son las insignias de mi autonomía. Quizás notes que el embalaje original quedó medio forzado, valga el campo semántico. Resulta que quedó un espacio justo del tamaño de mi necesidad de dar explicaciones para no sentir culpa. La recibirás igualmente. Ojalá el paquete llegue con bien. O se pierda el camino.

Con alivio, abrazando mis fortalezas,

Locadelamaceta, disidente.


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Magnificente

Todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana. La casa y los pensamientos callan. Amanece el día. Los significados son los únicos testigos de que, horas antes, fuera de noche. Pero apenas se van desperezando. Es el café de preguntarme cómo estoy.

Las respuestas han variado según las casas que he habitado y la vista que ofrecía la ventana: cuando dio a una pared, mi «estoy» fue el anhelo de estar en otros ojos; cuando ofrecía unos geranios, mi «estoy» quería creer que estaba bien y a salvo, ¿verdad?; cuando el paisaje suburbano se coló por una puerta-ventanal, mi «estoy» fue de duelo sobre duelo bajo duelo. Y es que preguntar cómo estoy también ha sido cuestionarme cómo llegué hasta aquí.

Desde que me mudé, todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana que da a un olmo. Dicen los significados que, desde tiempos ancestrales, el olmo ha sido símbolo de sabiduría, fuerza, equilibrio ante la adversidad y crecimiento en grande. Asiento, es un arbolote. Al preguntarme cómo estoy señalo la viga de metal que ayuda al tronco para que el peso esté repartido y el olmo pueda seguir elevándose sin quebrarse: cuando el café viene cargado con dudas amargas, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón; cuando despierto tremenda, cierta de lo posible y con prisa de que ya sea el futuro, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón.

Sé cómo llegué hasta aquí, fortísima, vulnerable: eligiendo muy mal. Y decidiendo muy bien. Despierto. No cambio esta época por nada.

 


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De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.


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Cada navidad

Soy buenísima quitando manchas de sangre. Tallo fuerte, pero no por desprecio. La amo, me fascina la sangre. La de menstruar y de parir. La de qué bruta, por una pincelada picassiana con el exacto. La de querer pasar detrás del columpio, la del tepalcate en las piñatas de barro. La de los manazos, bien merecidos, que me dio mi mamá por respondona. El punto de carmín en el hueco del diente recién caído. La de la nariz protestando porque el calor es demasiado. Vaya, hasta la jeringa en ayunas para donar A+. La talladera, en todo caso, es porque me gusta que el encaje, los elásticos, el spandex y el algodón conserven su color de origen. No toda, pero casi toda la sangre me fascina.

Hay un tipo de sangre seca que no sale con agua oxigenada, ni con remojos tercos, porque está adherida a la piel. Ya puedo cambiar de piel, que aquella sangre persiste; quiere ser corteza y roca ígnea, quiere quedarse millones de años. Tallo fuerte con mis credenciales de saber de duelos. Le ordeno que me abandone, que me deshabite. Acábate, le grito, acábate de una maldita vez.

¿Qué hacen ustedes con la sangre seca? Meditan —según me cuentan—, se distraen, invocan a su patronum, escriben, caminan, cantan, tejen, acampan bajo la buena literatura, beben tequila, dejan la puerta abierta. Hace sentido, quiero creerles. Sigo tallando. A estas alturas no pretendo preservar el color de mis bordes. Con que no me persigan ciertas imágenes crueles durante navidad es suficiente. Quiero desprenderme la sangre seca de los pésimos recuerdos.  Quiero desollarme toda con las mismas ganas que atesoro la vida. Que ya se acabe. Yo no sé cómo hacen ustedes. La memoria y el olor a hierro son brutales.