Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


1 comentario

Una barda

Ten estos pedazos de entereza que te miran y sonríen.

En esta hoja en blanco sólo hay colores tímidos.

Voy conmigo. ¿Vienes?

Ternura. Y revoluciones uniéndose a la causa.

En tus párrafos me supe libro.

Habítame. Ya conseguiremos un cuarto.

El cielo quiere ser pared y tocarse los pies.

Por aquí pasó un suspiro y se quitó el abrigo de hubiera.

Toca el timbre del ego del patriarca, y corre.

Los ladrillos, de grandes, quieren ser horizonte.

 


1 comentario

Letras Para Tiempos de Encierro 14

Sólo vine a decir que el sol. Mira el sol. Este sol. Hoy, sol.

—Ayer la luz tenía un contorno entumecido—

Sol, y silencio lleno de pájaros. Sol, y el baile de hombro con hombro de las losetas. Sol, y quiromancia en las paredes. Sol, y mosquitos, telarañas y lo que siempre me falta por nombrar, por fortuna.

Sol, y olvido qué me importaba antes. Sol, es decir: geranio. Sol, blanqueando el diccionario, arrullando a la brújula.

Sol en mi cabeza a mediodía, caloreando. Y si sol, este sol singular y este momento, me sé completa y pedacito, comino, de universo.


Deja un comentario

Letras para Tiempos de Encierro 11

En los últimos días tuve dos descubrimientos:

I.

El estrés, al principio era, más bien, una energía afilada en trabajar desde casa. Era lo que tocaba, por seguridad. Me sentía muy manos a la obra, muy parte de la historia, muy clara dentro del ruido, muy serena en medio del pánico creciente. ¿Y vieron los diez posts que hilvané, seguiditos? Como la fruit ninja del enclaustramiento.

Hasta que mi mente comenzó a protestar. Yo digo que fue la mente pero pudo haber sido el hueco que sentía alrededor del ombligo. O las pesadillas mezcladas con sueños intensísimos. O el hambre a todas horas y el refrigerador tarado que no tenía lo que se me antojaba.O las ganas de llorar y una tristeza que no se parece a ningún duelo conocido, y la impaciencia y la irritabilidad. La casa (¿por qué se ensucian las casas, caramba?), el bloqueo creativo.

Sólo ahora, en esta semana de vacaciones, voy dimensionando que estuve 21 días en estado de emergencia, en parte por la naturaleza de mi trabajo y en parte porque así estamos; y agobiada por ser productiva, por justificar mi sueldo, por hacer predicciones y mantener la normalidad, olvidando que no sé nada de emergencias por coronavirus y, por lo tanto, estoy más vulnerable que jamás en mi adultez. Me descubrí humana en 2020.

II.

Qué maravilla, las lámparas. Uno enciende el interruptor y zas, la luz. Me gusta la de la sala, con su foco tartamudo. La de mi buró, con su clic que anuncia la hora de despertar, la hora de dormir y el qué chingados. La de la cochera, congreso de mosquitos, porque se refleja en los ojos de los venados y nos pone a ambos a salvo. La del clóset, vidriada y paciente porque hay azules marinos que, de grandes, quieren ser color negro, y yo debato en voz alta con los colores y las prendas.

Marzo, y ahora abril, han sido meses de agradecer las lámparas. Qué maravilla, repito. A veces, cuando la vida se complica, la oscuridad asusta un poco más.


Deja un comentario

Letras para Tiempo de Encierro 7

El día cuando te llamaron aparte hacía poco que la bisabuela había muerto y repartían sus pertenencias. Te llamaron aparte y mayor, señorita. Y otros adjetivos asociados a bajar una escalera en un vestido ampón, ceñido, floreado, rosa. Tan responsable, te dijeron, tan apreciadora de lo que vale, tan digna de recibir este regalo. Le revisaste el copyright. 1901.

Pensabas que era un recetario. Resultó que se trataba de un compendio para el ama de casa: desde cómo quitar manchas de vino hasta cómo servir un banquete, todos los usos del bórax,  Administre Usted El gasto,  Normas de Etiqueta y Cortesía, cómo escribir una carta según la ocasión social, zurcido; y decenas de recortes del periódico, insertados en años posteriores, para complementar porque el mundo había cambiado, porque la grenetina es versátil, porque el bisabuelo no aceptaba comer sobras de un día para otro y había que disfrazarlas de platillo novedoso. Porque antes cualquier aspecto de la vida se remendaba.

Sabrías apreciar el regalo, a ti que te gustan los libros y lo que ocurre adentro de las casas, que siempre has sido muy modosita. Y, mira, el compendio tiene consejos de belleza y cómo elaborar cremas caseras para el cutis.  Los hojeaste. Reíste, y no te acompañaron en la risa.

Reíste —Ingredientes: semen de ballena—y tuviste que recoger del suelo los recortes y el libro, como dulces de la piñata del pudor. Reíste y te delataste, sexuada. Fue un momento francamente incómodo, la primera de todas las veces que decepcionaste. Reíste en nombre de las ballenas, los marineros con su frasco, pillines, la erótica de las sirenas.

A pesar de la incomodidad, recuerdas la entrega del libro como un regalo del regalo.  Con los años, apreciando lo que vale, supiste que si en una casa no hay espacio para las contradicciones y la irreverencia no cabe en el botiquín y la bobería no irrumpe con cuestionamientos, la comida es insípida y lo que se rompe no tiene remedio.

Sigues riendo.

 

 

 

 


1 comentario

Letras para Tiempos de Encierro 5

Quédate en Casa, dijeron.

¿En cuál de todas?

La infancia es una casa meciéndose en columpio que descalabra.

El beso es una casa en una cueva con estalagmitas.

El parto es una casa de tarotistas flotando entre juncos de luz. 

El poema es una casa rodante que no teme al empedrado con lodo.

El amor es una casa inflada con paredes de papel y cimientos hechos de rosales.

La música es una casa amueblada de silencios y notas-galaxias.

El sexo es una casa con patios interiores y árboles de mango.

La guerra es una casa ocupada por náufragos radicales.

La maternidad es una casa-niña jugando a la casita y a evadir la crítica.

La vejez es una casa repartiendo sus preguntas más antiguas.

El desempleo es una casa que decide mostrar sus colmillos.

La amistad es una casa que brota los domingos por la noche y en los recuentos de qué bueno que existes.

El encierro es una tormenta y una casa con un abrigo a dos vistas.

El éxito es una casa que siempre tiene corrientes de aire, tambaleándose en un pedestal.

El panqué es una casa que suspira con su argamasa de naranja y clavo.

Esta me gusta más: nosotros, nosotras, siendo la casa que ofrece, en la entrada, una estera de limpiar los zapatos y las abstracciones, mientras traza los planos de sí misma sin saber qué va a pasar al día siguiente.

 


4 comentarios

Manos Vacías

Ayudas cuando estorbas sin estorbar,

cuando nombras sin etiquetas,

cuando dices «esto es mío» y lo cargas,

cuando llegas puntual a tu cita con el recaudador,

cuando pasas de largo de los grupitos que se burlan,

cuando lloras y no escondes tus ojos inflamados,

cuando ríes y no te tapas la boca (salvo que tengas comida),

cuando descubres el espanto en la sorpresa,

y lo ordinario en el miedo en lo cotidiano.

Ayudas al donar y al unirte a causas invisibles,

al leer, se te dé o no,

al cortarte las uñas cerca de un basurero,

al apuñalar a tu personaje en la historia que te cuentas,

al regar el ojalá aunque el cómo sea incierto,

al obsequiar flores en acuarelas y no en ramos,

al dormir y dejar dormir.

Ayudas por todas las veces que no puedes ayudar

y vuelves a casa con las manos vacías

midiendo un metro y tantos junto a la secoya de la vida,

de los trámites, de las políticas migratorias que no requieren juez,

porque deportaron a una familia que atendías.

Ayudas porque el piso del mundo está hecho de vidrios rotos,

interminables.

 


4 comentarios

Introspección

A veces creo que estoy buscando una razón y el sentido a lo que vivo.

Veo para dentro como si me asomara al escote del diccionario bilingüe que llevo cerca del corazón. Significa, significa— dice el latido.

Escucho para dentro como si pusiera el oído en el centro de una guitarra de llevar serenata a peces y estrellas. Significa, significa— dice el telescopio.

Huelo para dentro como si subiera al segundo piso de casa de mi bisabuela y me detuviera frente a todas las botellas de agua de azahares. Significa, significa—dice la madera.

Toco para dentro como si fuera el segundero del reloj que siempre suena húmedo en las historias que me son íntimas. Significa, significa—dicen los ovarios

Pruebo para dentro como si mandara en la cocina creativa donde se prepara el pan que quita el hambre de compañía. Significa, significa—dice el mortero.

Y termino descubriendo que, mientras vivo, el sentido me encuentra, me invita y,  despacio, me devuelve el cuerpo.


1 comentario

Apuesta frente al cambio

No deja de sorprenderme cómo hay épocas donde los días vienen con las orillas bien limadas y embonan con gracia en dónde los pongamos: en los comienzos, en los atrevimientos, en lo cotidiano, en cada duda. Un día seguidito de otro, las claridad en las horas, las respuestas deshebradas, avanzar con esfuerzo rico. ¡Buenos días! Sí, y sus noches con oscuridad hecha para dormir y calentar.

Me sorprenden, sobre todo, cuando me miro las manos cortadas por los días de vidrio roto, de buscarle piezas a las ventanas y de batallar hora tras hora con motivos para respirar. Días de finales expuestos, de no puedo y nunca podré, de la vida tardándose en  abrir la puerta después de diez timbrazos en forma de súplica. Otro día seguidito de uno peor. Pésimos días. Sí, y sus noches de insomnio y frío por la oscuridad bravucona.

Todavía me asombro de que existan estos dos extremos y cómo parece que el amor y el dolor juegan a perseguirse vestidos de cambio.

Pero lo que más me impresiona es el poder de una carta escrita a mano enviada por correo intuyendo el logro o el duelo. Letra que conecta, un sello postal, un remitente, el tiempo invertido. Abrir el buzón y saber que ha sido conjurado ese miedo estúpido —y no por ello menos miedo— de estar solos en el mundo por reír tanto o por llorar más.  ¡Sorpresa! Frente al cambio, apostar con esas cartas de recibir, de enviar y de acompañar.

Abrir el buzón y el corazón.

Gracias por tus cartas, Themis. 🙂


4 comentarios

Violetando

La anciana que seré cultiva violetas. Les busca una esquina de sol, les canta boleros, les acicala el porte cuando se inclinan de más y se niega a a dejar de creer en la magia.

Creer, pero no en el ilusionismo de los hechiceros de la mercadotecnia ni de las soluciones que simplifican paradojas ni la de las estadísticas absolutas (¡destejamos!, me invito, aunque las ideas queden estrujadas y flácidas por un tiempo); magia —ver a través de lo invisible— porque los tiempos difíciles requieren medidas radicales y las crisis humanitarias, sensibilidad. Toda la disponible.  Y espíritu crítico, voto reflexionado, conocimiento de historia, sociología, teorías de economía y desarrollo sustentable, organización disidente.

La anciana que seré me va dando la mano porque el mundo se está complicando y no sé qué hacer desde mi todoslosdías y mi mundito de adulto que puede hasta donde le alcanza la quincena. Sigue viendo más allá, me dice. Que lo macabro no es un hecho aislado. Que el sufrimiento no es una imagen en una pantalla o en un reportaje. Que mientras aúlles, hay fuerza.

Cuatro macetas de violetas, mejor dicho: tres, porque la cuarta era toda verde y muda, enfurruñada. Ni un brotecito desde que nació. Como si hubiera nacido pesimista, hay que ahorrar agua y energía, déjense de ridiculeces. Esta es sólo una esquina insignificante, ya para qué florear si nos va a llevar la chingada. Seguí asegurándome que estuviera bien asentada y tomándole el pulso de la tierra seca y tarareando. La anciana que seré tiene un compromiso con las plantas, en particular las de interior.

Hasta que otro día, hace poco, la cuarta violeta amaneció con una flor en ciernes. Puje, señora, puje—, le susurré al oído peciolado. Una flor blanca. Y luego otra, y otra más en contraste con sus hermanas fucsia y rosa, pero flor al fin. Pasaron los días, las noticias, sí son campos de concentración, Valeria de 2 años abrazada a su papá Óscar Alberto antes de cruzar el río. Creer, ¿en qué?, ¿para qué florear, violeta pesimista? porque nos está llevando la chingada.  La adulto que soy tiene días de no poder ver más allá. Toda la sensibilidad necesaria resulta insuficiente.  La niña que soy me dijo: mira, una línea púrpura en la flor nueva. Una violeta violetando. Quizás se enseñan entre ellas.

Hice estas fotos. Y entonces descubrí que algunas violetas tienen pétalos que brillan.

Y lloré, en lo visible y en lo invisible, humana, 2019, sin edad.

FullSizeRender-1FullSizeRender

img_0178.jpeg

IMG_0179


3 comentarios

Circular

Todos los junios, cuando el cierre del ciclo escolar es inminente, difundo una circular entre mis contactos y confío en que la lean y, rápido, pasen la voz. Su respuesta a mi correo es amable dentro de las variaciones genéricas de un “Ok, gracias por la información”, pero no le dan seguimiento; atino a creer que es un volante más entre tantos que reciben con información para la comunidad. Entiendo, a veces así es: se triplicó la carga de trabajo por los recortes de personal y no se dan abasto para poner atención a lo relevante y a lo urgente.

Yo antes difundía la circular como parte de mi labor de comunicación en español hacia las familias migrantes y la mandaba a los contactos como parte de una lista de pendientes. Ahora lo hago desde una responsabilidad nueva que recién me asignaron: cuando supe cuál sería, ay nanita, temblé: la coordinadora de servicios para las familias que han perdido su vivienda

Canalizar a las personas hacia los servicios es fácil: hacer una entrevista de sondeo, evaluar las necesidades, llenar formularios, firmar autorizaciones, establecer fechas límites, registrar en una hoja de cálculo, lo complicado es oír la voz en shock de las madres y los padres porque no pueden creer que los echaron a la calle y no les dejaron sacar sus pertenencias o porque están viviendo con otra familia y son diez en un departamento o porque están durmiendo en el coche en el estacionamiento del Walmart o porque no hay trabajo, seño, dígame qué voy a hacer, dígame y yo lo hago, y preguntar cómo están los niños y que los padres —si están juntos, pues suele ser solo uno cargando todo el problema a cuestas— lloren desde la derrota.

Les fallé, seño, les fallé a mis hijos, me dicen. Me cuentan de quién está en la cárcel, a quién han deportado o está esperando la fecha del juicio, que no tienen para el cumpleaños del niño o la niña, que les da pavor morirse de algo y dejarlos a la deriva. Veo el expediente con las ausencias injustificadas, las notas de la maestra que observa fatiga o hambre crónica o las dos y ahora, mediante un par de formas, son familias clasificadas como pobres dentro de los pobres, marginadas dentro de las foráneas, invisibles dentro de un sistema que les pide dos comprobantes de domicilio fijo y una identificación con fotografía a donde quiera que vayan.

Más allá de los servicios, tengo el apremio de insistirles que es posible salir adelante. ¿De verdad? me dicen con los ojos, ¿usted qué sabe de no tener qué comer o dónde vivir? Y es cierto. Yo no sé cuánto se tarda salir de una situación de pérdida de vivienda, sólo sé ayudarles a llenar las formas y escuchar su historia.

Y otro dato:

Soy la bisnieta de una mujer que murió sintiendo que había fallado porque algo había en sus palabras finales —y en el cáncer— que llevaba el auto-reclamo de dejar a sus hijos en el desamparo, como ella estuvo sin casa y sin alimento alguna vez.  Mi abuela me contó esa historia y también me contó que, después de quedarse huérfana, tuvo que ir con su hermanita a formarse en el comedor para indigentes y dormir en la sala y en el suelo y en los cuartos de azotea de los familiares lejanos y conocidos que pudieron darles un lugar para quedarse un tiempo. Sé que, en medio del duelo y de todas sus carencias, mi abuela terminó su carrera de maestra y tuvo seis hijos profesionistas y que, por añadidura, le dio a mi mamá una vida distinta y que, gracias a ese comienzo, recibí la educación que me permitió llegar hasta este trabajo.

A diferencia de otros años, cuando llegó el momento de enviar la circular en este fin de cursos, la mandé a los albergues; ahora ellos presiden mi lista de contactos. Mi correo fue recibido con algarabía. La circular es un volante que ofrece desayunos y comidas gratuitas para menores de edad. No necesitan identificación ni dar explicaciones de nada, sólo tienen que presentarse a la cafetería de la escuela pública más cercana e ingerir ahí mismo los alimentos; pueden ir acompañados de un adulto o no. Le di «send» a la circular, pensando en mi abuela y en mi tía, que tenían 18 y 13 años cuando pasaron por ese capítulo de hambre y desalojo. Temblé más. Era circular en más de un sentido.

Hay seguir pasando la voz: la que lleva una buena noticia y la deposita en medio del sufrimiento. Ese también es un pan de cada día y un lugar donde resguardarse. Y es resistencia: la tinta que reescribe sobre cualquier estigma que dejen los sistemas. La historia es nuestra, no de un expediente. Lo sé hasta las entrañas. En junio. 

 

 


3 comentarios

Aquí y ahora, sí.

Cerrar una escuela trae pesadumbre a una comunidad. Cerrar dos, retos de transporte y sentir. Cerrar cuatro es deshojar los diccionarios, descomponer las sumas, fustigar a las familias con los renglones de las hojas del presupuesto. Lloran los niños y niñas por su casa-aula, lloran los maestros abandonados, lloran los papás migrantes queriendo entender el proceso de re-inscripción en el idioma de la burocracia. Y lloro con ellos porque sólo tengo dos manos y sólo puedo arroparlos en español en horas de oficina.

Abrir un documento nuevo con la intención de hacerlo libro trae gozo. Abrir la puerta al desfile de significados y personajes, incertidumbre. Abrirse al compromiso de escribir de principio a fin es ponerse de frente al vendaval, perder las llaves, avanzar con mapas que cambian de norte, beber café que sabe a óxido. Decir que no es abrirle paso a la depresión y al cuchillo que apuñala amores; hay que escribir con el tiempo más preciado y nunca con el que sobra. Hay una loba simbólica que alimentar o se come a los venados que visitan. Hay dos hijas adolescentes y la crianza es más demandante hoy que en los dieciséis años previos.

Hace 12 años, 4 meses y 3 días inicié esta bitácora con la intención de aceptar el momento que estaba viviendo, o morir marchita. «Aquí y ahora» fue el título del primer post. Desde aquella madrugada, he ido siguiendo la pista de los días hasta donde me lleve el corazón. La espiral me ha traído a revisitar este lugar, sólo que no estoy dialogando frente a mi tristeza: te miro, lector, lectora, y quiero abrazarte con todas mis fuerzas. Aceptar la vida como se presenta duele, asusta, desnuda, aplasta, celebra, libera, invita, sana, se hace relato, y todo está sucediendo a la vez. Eso lo aprendimos juntos. El blog cumplió con su misión, entonces.

Gracias por leer, gracias por tus comentarios, por pasar la voz y por comprar el libro. Bien sabes que nuestra conexión no depende de un post a la semana y que estoy activa en Twitter. Cambiará el modo de encontrarnos en un texto, pero la química de coincidir está y estará intacta. Confío en ella.

Y te abrazo más.

Miranda Locadelamaceta/Michelle Remond

Belmont, California.  Con vista a un olmo. 

 

 


1 comentario

Abrazo de otoño

Caen las hojas.

¡Mira! El dedo apunta hacia abajo,

a los peciolos como antenas

pegando el oído de savia a suelo

para oír a las hormigas, a los hongos,

las pisadas, el runrún del tren.

¡Mira! El dedo apunta hacia arriba,

a los plazos entre las raíces y el cielo,

a las ramas como listones

haciendo el baile de las lenticelas

para aflojar los nudos, los nidos,

la ternura, el racrac del tronco.

¡Mira!

Hojas que caen, la alfombra

donde aprendemos que nada es para siempre.

¡Mira!

Caen, y nosotros a la mitad de este susto

¿y si no vuelve la primavera?

¿y la oscuridad es cada día más oscura?

Hojas que abandonan

–crujen con las pisadas, y las perdonamos —

A veces somos ellas, caducifolias,

cumpliendo nuestra palabra verde

hilvanada a los ciclos;

a veces somos el árbol desnudo,

preparándose para el invierno,

duelo anticipado;

y, a veces, sólo somos lectores

en medio de un paréntesis,

testigos de hojas caídas

y del relato de las flores y los frutos

que les siguieron,

los que pueden venir,

los que vendrán;

lectores pidiendo un abrazo al otoño,

a ver si así logramos ser

un poco más versados en el arte de soltar.

 


9 comentarios

Cuarenta y dos

Teñir el castaño con anaranjado por haber descubierto a Botticelli < dejar que las canas colonicen la coronilla.

Iniciar el primer programa feminista de aquella universidad < llorar de tristeza por los buenos hombres y las buenas mujeres cuando no logran entenderse.

Quemar manuscritos de novelas de dos capítulos porque dolían < levantarse antes de amanecer, todos los días, a escribir un libro por gusto y perseverancia.

Protestar contra el pudor, el catecismo, la carne roja y las tarjetas de crédito < reír con la sombra de la vergüenza frente un saldo en ceros comiendo una pizza y rezando a la Santa Transgresión.

Aspirar a un futuro cargado de expectativas < saber dejar ir a quien abandona, y dónde dar la vuelta en U antes de caer al barranco, y cómo dormir siestas de 7 minutos.

Atesorar la libertad de hacer y desdeñar la estructura < crear una rutina que nutra la armonía entre pensar y sentir.

Recitar itinerarios ideales de viaje por el mundo y teorías de crianza espectacular de los hijos que aún ni nacían < descansar en los alcances de las fronteras del sueldo, construir la interioridad, estar aquí y ahora y que ése sea el viaje en familia.

Equiparar drama con pasión < apasionarse desde un faro, amar las relaciones sanas.

Discutir a controlazos con la ansiedad y la pérdida < suspirar con el cambio, morir con lo que no fue, inspirarse con historias extraordinarias de sobrevivientes, ser fuerza serena.

Creer que los cuarenta era la vejez < ser más joven cada otoño.

Para la muchacha que hace veintiún años cumplió veintiún años.


2 comentarios

Cuarenta veintisiete de septiembres

Naciste enfermo, sufrías, sufriste, pasaste más tiempo en el hospital que en la casa, moriste. Contigo bajo la tierra está el silencio hermético de nuestra mamá, que no volverá a tocar el tema; sobre la tumba, las flores que llevará nuestro papá para irte a ver en donde se despidió de ti, y desafiar al olvido. Cuando veo tu foto me quedan pocas palabras nítidas: bebé de tres meses en su ataúd, coartación de aorta, colchitas tejidas con estambre azul, Panteón Civil, 1978.

Tomo fuerza de la nena de año y medio que fui, la que absorbió el luto de su entorno porque, en su desarrollo, apenas iba a aprender a saberse distinta y decir «no»; la que se quedó huérfana de hermano inmediato y de papás como los conocía. Cuando pude nombrar quise poner todas las palabras junto al corazón: el mío, el tuyo, el que está en los objetos diarios y en las acciones más simples y en las más arriesgadas. Y las palabras nombran lo que duele y lo que alegra y lo que está en medio, como una neblina. De eso se tratan mi profesión y mi búsqueda personal. Tu muerte me marcó el camino. Hay regalos que sólo pueden ser abiertos al cerrar las lápidas.

Hace cuarenta veintisiete de septiembres de tu muerte. Hoy te recuerdo en especial y te digo descansa en paz, Mark. No viviste en vano; más que morir, te diste. Un día de la eternidad, crecidos, nos tomaremos una cerveza en el cielo. Quiero contarte de tu legado.


1 comentario

Derretida

Él me tomó de la mano después de mis evasivas, largas y excusas haciéndome la cool. Consentí, porque es una persona que aprecio y admiro. Los diez soles de las yemas de sus dedos orbitaron los míos.

Me derritió su gesto, he llorado y llorado desde entonces. Lloro por el cinismo helado que se incrustó en mi mirada: este ha sido el año en que me di por vencida en el amor de pareja. Lloro de alivio valiente, encendido y mutuo a prueba de distancia cortés para evitar decepciones. Son lágrimas de hielo cansado.

¿Por vencida? ¡Jamás! No me da miedo que me rompan el corazón. Asusta más lo fácil que es acostumbrarse a no sentir en las sociedades donde nadie se toca.

 


2 comentarios

American Citizen

Fila 3, sección 1. Habíamos llegado con notoria anticipación y logramos asientos hasta adelante tanto en el balcón (para familiares y amigos) como abajo (para los que haríamos el juramento). Era un teatro, pero por un instante, las butacas vacías se parecieron a las lápidas de mi cementerio personal donde he ido enterrando los anhelos que no se cumplieron.

Ni cómo negar que la vida ocurrió como no la esperaba. No hay manera de suavizar esa pérdida; esas traiciones del destino, enhebradas. La ceremonia empezaría en unos minutos. En la pantalla fueron apareciendo fotografías antiguas de familias de inmigrantes llegando a los Estados Unidos. Pude reconocer la mirada de las mujeres. Yo fui ellas hace un siglo interior. Y al igual que ellas —y como en tantos de los casos que atiendo en mi trabajo— un día la misma persona que nos prometió una vida mejor, es decir, el hombre por quien dejamos atrás nuestras raíces y nuestra red de apoyo se deslumbró con el American Dream, nos llamó insuficientes, nos dio la espalda y nos dejó solas a cargo de nuestros hijos e hijas en un país nuevo. Una plañidera terca me tocó el hombro y señaló: éste es un premio de consolación. Tus sueños han muerto. ¡Ay!

He estado en muchas ceremonias y en todos los funerales de lo que no fue. He aprendido a vivir con el dolor y con el rechazo, a nombrar mis duelos, a asistir sola a todos los eventos que me importan.  He cantado himnos y salmos. He firmado papeles oficiales y jurado con la mano derecha levantada so help me God, pero tiene años que no sé qué hacer con los momentos de gozo. Esos son los más difíciles, terribles.  Las pérdidas se superan individualmente, fortalecen, quedan atrás, impulsan. Los momentos de felicidad piden un tratamiento diferente: flotan en el alma y preguntan quién está, con quién podemos compartirlos.

¡Voltea!  —, me texteó desde el balcón. Bajé el teléfono, volteé y agité mi mano para saludar. Su cabeza era un punto trigueño entre el techo de Art Deco.  ¿Quién está? Mi amiga que no me dejó ir sola a la ceremonia de ciudadanía; la grabó porque hay que pensar en los nietos.  ¿Quién más está? Las mujeres que un día, después de haber superado la ingenuidad de su sueño americano, van a llegar a un proceso de pertenencia por sus propios méritos y se tomarán el pulso todos los días, recalibrando a dónde quieren ir y con quién y para qué; sus hijos, mis hijas. Les aparté un lugar en la doble nacionalidad como quizás alguien me lo apartó hace diez años.

Me tomé una selfie, la hice tuit;  la envié a mis papás, a mi abuela, y al hombre con quien he salido tres veces y quisiera salir trescientas veces más. Despedí a la plañidera con un chasquido, pobre. Qué atareada la traje, qué lata me ha dado.  (Quiso quedarse tantito más porque eran muchas las lágrimas de alegría). Al terminar la ceremonia tiré la llave del cementerio en una rendija entre la alfombra y el proscenio. Mi amiga y yo nos tomamos el día y agotamos todos los temas pendientes.

Dicen que los huesos de los anhelos fracturados hacen buen fertilizante de metas por cumplir, soy prueba viviente de esa fórmula. Volví a casa. La vida visible continuó exactamente igual. En lo invisible, la fiesta sigue y sigue.

 


3 comentarios

Canto post-concierto

(¿Otra vez esta historia, mamá?)

Sí, déjame que te la cuente una vez más. Cómo, a falta de disco, me consolaba aprendiendo las canciones de oídas en la casa de mis primas. Cómo siempre reprobé matemáticas y creí que me merecía ese y todos los castigos; quizás por eso ni de niña ni de adulta puse demasiada resistencia cuando alguien llegó a profanar lo que me importaba. 

Anoche fui a un concierto.

Anoche fui a un concierto con mis hijas.

Anoche fui a un concierto con mis hijas y una de mis ex-alumnas, de cuando yo daba clases en la universidad, del grupo al que le conté que estaba esperando a mi hija mayor.

Manejé rumbo al concierto de anoche.

Manejé rumbo al concierto de anoche y les conté, a mis hijas y a mi ex-alumna, que nunca tuve un disco de ese grupo.

Manejé rumbo al concierto de anoche y les conté, a mis hijas y a mi ex-alumna, que nunca tuve un disco de ese grupo. Y precisé: sólo uno.  Vi cómo lo hicieron pedazos, fue mi castigo por un siete en matemáticas en primero de primaria.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual de baile y estrofas.

Anoche, durante el concierto, hice un ritual de baile y estrofas, dejando atrás cualquier forcejeo con las ganas de una infancia intacta y su vida adulta correspondiente, al amparo de una tribu de migrantes cuarentones que se estremecía coreando la banda sonora de su pasado y «México, México».

Estribillo:

Mientras pueda cantar y tenga junto a las personas que amo,

Mientras pueda abrazar y reír, notas de un mismo canto, 

Mientras pueda cantar, desincrustando las falsas creencias, 

Mientras esté, (y ojalá no me duela la cadera).

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso.

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso. Terminó a las once pé eme. No manejo de noche.

Ayer fui a un concierto y manejé de ida y de regreso. Terminó a las once treinta pé eme. No manejo de noche. Conduje 45 kilómetros en una carretera a oscuras. Mi ex-alumna abría paso con su conversación para mantenerme alerta. Mis hijas dormían, agotadas. Llegamos con bien. Me acosté a dormir, afónica, tarareando hacia mis adentros «Amor para ti». Adoro mi infancia desfasada y presentarle a mis hijas con Timbriche en vivo. Y mi capacidad de dar patadas en la ingle a quien intente castigarme o hacerme creer que merezco un mal trato.

Estribillo (bis). 

Nota del día siguiente: claro que me duele la cadera. Y cada centímetro del cuerpo. Y qué felicidad.

 

 


2 comentarios

Cervus elaphus

La cocina de la casa en donde vivo desde hace un año está empotrada en un talud de hiedra y tiene un ventanal con vista a un olmo. Hay tres maneras de entrar a la cocina: desde el interior de la casa, por una escalinata lateral que cruje con rencor y que casi no uso, y por las escaleras de piedra con canto de madera que dan a la calle.

Yo entro por el interior y casi siempre con hambre o sueño. Cuando no estudio el refrigerador abierto para elegir qué voy a cocinar, recorro mi circuito hacia la cafetera o hacia la alacena buscando quitarme el hambre.  Luego se me olvida a qué iba.

—Un venado.

Ni un sonido de pisadas ni de hojas que crujen ni de tierra suelta que pueda hacerme saber que se aproxima.  Aparece, así, con el guion largo del animal hablando a través de su presencia. Rumia, pasea, se echa. Lo saludo, para las orejas. Me sirvo el café o agarro un puñado de nueces o preparo las albóndigas o relleno mi jarra de agua. Cuando volteo, ya se fue.

Su aparición no tendría mayor relevancia en una casa en una zona boscosa de no ser porque coincide con mis días de más agobio. Esos días de saber que nadie vendrá a salvarme de aquello que me aflige, que hay un hambre que no se quita con alimentos, que no hay tortilla ni pan ni galleta ni sopa ni infusión, preparados por mí o por alguien, que me den sosiego. Debe de haber algo más, me digo. Justo en la cocina, un venado: el símbolo de la gracia y la apacibilidad, el buscador de caminos alternativos.

Mi espíritu encuentra esperanza frente a ese animal-presagio de tiempos buenos y de rumbos posibles que aparece y desaparece con el mismo misterio. Pasa el agobio, pasan los días, es medicina antigua. Por supuesto que le regalo las flores que había sembrado.

 


3 comentarios

El encanto de las ruinas

¿Y esto?

El hueco en la barda de madera, el acantilado en la orilla del plato, la mesa de cortar y coser ahora cubierta por trebejos, la puerta de vaivén que protesta por la ambivalencia, el tizne alrededor de los focos de la taquería, los lápices mordidos y con la goma que duda, las flores de seda en una tumba cubierta de yerba, la caminadora habilitada como perchero, el óxido en el lavabo, el espacio en el librero de un libro que prestamos, el auto que rebuzna y se echa. Los amores disueltos en ego, los trabajos descafeinados, los perejiles ahogados de tanto secarse.

Son ruinas.

No huyo de ellas como antes cuando pasaba rapidito a su lado callándome los ojos. ¡Qué miedo me daba el deterioro! Luego leí*  y consideré su mensaje. (Es un trabajo inacabado, una ruina futura de mi propio pensamiento. Pero no importa porque las ruinas tienen tiempo. El mismo que pierdo cuando busco lo duradero, algo a prueba de cambio):

Hay que permitirse pasear entre ruinas, doliéndose, hablándole a las piedras y a las piezas que no embonan, andando sobre los pasos de quien estuvo antes que nosotros, averiguando de qué va aquel botón en esta relación o artefacto o historia y saber que un «No Funciona» es una respuesta acertada suficiente.

¡Qué alivio me da aceptar el deterioro y el abandono! Me da permiso de rehusarme a arrastrar esa mesa de madera hinchada que está en mi jardín desde hace tres inquilinos, y dejar que estorbe. La vida mancha, descarapela, corroe, funde fusibles y yo con ella y ella en mí y en los objetos y vínculos. Se rasga el tapiz en las casas y en las ganas.  Junto a «sí» está el «ya no».

Mientras más ruinas veo, menos importancia me doy.  Veo más fantasmas y a través de ellos.  —Vuelan junto con los cuervos rumbo a otras ruinas, en gira artística—.  Y mientras menos importancia me doy, más nuevo es el mundo de los significados.

Ruinas, medicina para el alma.

* Moore, Thomas. El Re-Encantamiento de la Vida Cotidiana.

 


2 comentarios

Pie de foto

Para Jean

Tú y yo buscando círculos.

plato, borde del vaso,

carátula de reloj, girasol.

Círculo, señalo, alargando la i y el momento,

tu mano en la mía, mi asombro en el tuyo.

Tu risa en la geometría, mi hoy al que nada le falta.

¡Más círculos! Vamos, busquemos.

adornito de Murano, óleo y ácaro obeso sobre tela,

esquina del portarretratos, calado de cortina de tergal.

Tú y yo gastándonos las figuras de la sala en unidades de me gusta estar contigo.

Tu asombro en el mío, mi mano en la tuya.

Tus pasos sobre el tapete de nudos, por si tropiezas: mi espalda en grúa.

Oh, no— decimos en coro—  ¡Ya no hay más círculos!

 

Perdóname, me he puesto seria.

Sólo quedan esos adultos y aquello de lo que no hablan.

Alguna vez mi mano estuvo en la suya como está la tuya en la mía

y no hay lugar en donde yo esté a salvo de esa tristeza.

Lo siento. Y te siento. Me jalas. Quiero huir.

Perdóname, no había venido a esta casa en muchos años.

¡Busquemos!, me insistes. No hay lugar en el mundo, repito.

 

Excepto uno.

 

Gateo hacia él, ¡y todavía quepo!, ¡y con todo el cuerpo y canas!

El flequillo del mantel es de colores, de algún bordado de lejos.

Te descubro a mi lado.

Saludas como si no me hubieras visto hace unos minutos,

como si jamás te hubiera decepcionado,

como tu tía potencialmente favorita, y el mundo es nuevo.

Traes un sable láser, te persigue un zombie, te aloca una hormiga.

Tus codos de algarabía, por si lloro o te pegas en la cabeza: cuidado y risa.

Alguien nos detecta y nos hace la foto del ¿qué hacen?

Estamos a salvo entre las patas de las sillas, bajo el comedor de mi abuela, tu bisabuela.

(Algún día la verás en algún álbum o en Instagram).

 

De todos los círculos que hemos encontrado juntos, éste ha sido el más bello.

 

 

 

 


Deja un comentario

El otro dosmildiecisiete

«Dosmildiecisiete» ya cuenta como adjetivo de año arduo. ¡Y de qué manera! Pero, fíjense, en aras de la precisión, hay que hacer algunas acotaciones al diccionario.

Fue el año en que un extraño te preguntó en una fiesta ¿bailas? y todos los hielos se derritieron. Un detonador te empujó a llorar en un baño público y el ¿estás bien? anónimo se escuchó diáfano y sin eco. Contemplaste un atardecer, llegaste a un aeropuerto, viste a una pareja frente a ti y celebraste un logro sin necesitar un romance de película para sentirte suficiente. Tu sí fue sí, tu no fue no. Tu café (o té) siempre enunció, ceremoniosamente, punto y aparte. Nadie cobró por acompañarte a cruzar la oscuridad. Tu nombre fue pronunciado con respeto cuando estabas ausente. Un meme te hizo reír cuando estabas quebrándote. La ansiedad pasó de largo varias veces porque le contaron de tus actos valientes. Mientras el banco estaba resolviendo los trámites de tu tarjeta clonada, encontraste un billete en tu bolsa. La memoria fue gentil cuando cerraste los ojos y recordaste la pérdida o los escombros o la violencia o la traición o la corrupción o la desesperanza. Recibiste la ayuda distintiva de un voluntario o voluntaria.  Ayudaste como voluntario o voluntaria y cambió tu percepción de las calles y del sufrimiento. Perdonaste o te perdonaron y sonaron las fanfarrias junto con el derecho a regular la distancia. Mientras más difícil era la situación, alguien te apoyó con los trámites, a cargar cajas, a recibir un diagnóstico y a escuchar tu historia. La ternura, en formas inesperadas, atravesó tus armaduras y sus motivos. La silla del hospital era  reclinable. Nada de lo que te han obsequiado pueda comprarse en una tienda, y algunos libros.  Hoy abrazas el poder de un calendario en blanco.

No sé. Quizás este año, por definición, se trató de creer en milagritos.

 


4 comentarios

Ya hice mi carta, 2.

Oye, espíritu de la navidad:

Sólo te pido un regalo.

Permíteme ir a casa de mis abuelos. Habré tenido unos seis años. Fue cuando me asomé por una herrería y supe, bajo el influjo del ¡Ay, del Chiquirritín! y del pino que giraba constelando en contrasentido de la ruta ovalada del trenecito y de las luces en serie reflejándose en las copas de una mesa para veinte, yo con vestido de pana, el cráneo alisado por las coletas, las rodillas libres, los barrotes que olían hierro y a pintura de aceite, la sospecha de una sopa hirviendo con bastante perejil y pimienta gorda; esa vez cuando desaparecieron los imperativos: no enojarme, no llorar, no andar nunca con el cabello suelto y hasta olvidé mi apremio por recibir una Máquina de Raspados Fiesta de Sabor, supe y me di cuenta de ese momento: qué bonito, dije.  Y fui feliz.

Deja que vaya por mí. Llévame a ese instante prístino, por favor, y a todas las veces que volví a él, observándome desde otros puntos de mi historia: a mi ser universitaria que no sabía dónde acomodar esa visión frente a la construcción occidental de la navidad del consumo y de los roles de género; a mi ser recién casada que no sabía cómo incorporar las celebraciones de otras familias sin sentir que contaminaban la suya; a mi ser mamá en la crisis de los treinta, agobiada por deudas y por la competencia del a quién le va mejor, abrumada por ahorrar para los regalos; a mi ser migrante que, además, añoraba una piñata de colores y pedir posada y un ponche para el frío del norte de California; a mi ser soltera después de los cuarenta, con ciclos de furia y duelo despeinada por el desarraigo. A mi sentir que le fallé a la niña que amaba la navidad.

Quiero ir por todas esas yo, traerlas de vuelta y quitarles la carga de creer que mi yo original está varado en mi infancia. Deja que, por poner un ejemplo bobo, les enseñe cómo adorné el Nacimiento*, mi árbol de dos nacionalidades orientado hacia donde pasa el último tren de la noche; las tardes de diciembre con mis hijas consiguiendo regalos que donar al centro comunitario, el grupo de apoyo al que asisto para dialogar acerca de relaciones sanas. Deja que esas yo descansen, al fin, cuando les muestre en qué me convertí: soy mi villancico entre signos de exclamación, mi casa —a veces hogar o pesebre o paredes con eco­—, mi mesa con la elegancia de lo ordinario, el reflejo del amor que sigo y que es propio, mi presente envuelto. Deja les asegure: la que sabe de asombro y de ser feliz pervive: la navidad era bella porque yo la presenciaba y le daba sentido, no eran los objetos ni el momento en sí mismos.

Pido dejar de estar fragmentada por épocas, menos órdenes internas o externas de cómo debe ser la vida, menos cuadros fijos de mí. Seguir dándome cuenta. No hay mejor regalo, me basta y es suficiente.

pd. Estee…pensándolo bien, son dos regalos: también quiero unos zapatos morados.

*El Nacimiento de este año tuvo su cobertura aparte. ¡Qué cosa! Ahí las imágenes que publiqué en Twitter.


4 comentarios

Día(s) de gracias

Desde antes de que aprendamos a contar, nos enseñan a dar las gracias a los demás por lo que hacen. Conforme nuestra experiencia nos va quebrando y dejando al descubierto, comenzamos a agradecer lo que es, y si vivimos lo suficiente en tiempo y en profundidad, auténticamente, la gratitud se convierte en un modo de vida.

—Mark Nepo

La tradición del país que me adoptó indica que hemos de dar las gracias por todo lo recibido durante el año. La mesa está puesta y adornada y las notas de Handel saltan entre las copas vacías del tinto que se está aireando, el vaho de la cocina huele a especias que hierven y a guisos en refractarios, estamos a dieciocho grados centígrados, mis calcetines amarillos a rayas son del mismo color de mi blusa, mis hijas están haciéndose bromas, hoy puedo agacharme sin que me duela la espalda baja en el punto donde me inyectaron la anestesia por las cesáreas. Mi taquigrafía mental está atareadísima tomando notas de este momento: este, el de el día de agradecer.

Pero ya estoy grandecita para saber que si sólo agradezco lo que percibo con los sentidos me quedo imprecisa y corta. Voy a la esquina de mirar  arriba, a la izquierda, donde entro a lo invisible de mí. Al ataque de pánico que me dio en la caja del super, cuando la época de las deudas, porque no me alcanzaba para pagar. A la enfermera burlándose de mi miedo en la sala de recuperación. Al «nunca te perdonaré». A las mujeres que traicionaron la sororidad. A los hombres que sonrieron cuando me vieron jodida. A la oficina de la directora de la carrera, negándome el regreso a mis grupos después de mi licencia por maternidad. A las personas que, cuando me atreví a denunciar, apoyaron al abusador. A las preguntas de la franja fría de mi cama. [Irrepetible]. Al «eras una niña que daba mucha pena».

Y no puedo ir a ver lo que intento ocultar de mí sin que se manifieste el otro reflejo: mis palabras como cuchillos, las mentiras que dije y me he dicho, las veces en que he elegido no ayudar a alguien que estaba en problemas, a los motivos de mi ego en cuestiones de trabajo y de creatividad, a lo que soy capaz de aguantar con tal de sentirme querida, al peso del dinero en la ecuanimidad y en el refrigerador, los cientos de margaritas deshojadas que he regalado a los cerdos esperando a que, por la matemática de la abnegación, se transformen en reconocimiento. Sin el dolor, el rechazo, el abuso, el robo, la escasez, el desempleo, la enfermedad, la falta de empatía y la crueldad jamás habría visto reflejado lo peor de mí.

Y, sin conocer lo peor de mí y de las personas que me han rodeado y he elegido, no podría, entonces, apreciar de la misma manera todas las veces que recibí ayuda; a quien me dijo «siento tu dolor» y me modeló el poder inmenso de la compasión y me sanó décadas de tristeza. No sabría mesurar lo que pronuncio y a qué presto oídos. No podría atesorar igual a las personas que amo: nuestro respeto, nuestra lealtad, la fe que nos profesamos, nuestra ternura juguetona, nuestros cariños de acciones. Sin saber cuánto cuestan las cosas, no lloraría de emoción al ver mi mesa abundante ni tendría el compromiso de donar a los bancos de comida.  Si no me hubieran robado aquellas cosas o relaciones que, según yo, me pertenecían ¿cómo habría aprendido a desapegarme, sanamente, sabiendo que nada es mío? Si no me hubieran negado una segunda oportunidad, ¿cómo podría saber de redención y de rehacer la vida a pesar de haber causado daño?

Tercer jueves de noviembre, este momento. Grandecita, para adoptar mis tradiciones y creencias, conscientemente. Nunca demasiado grande como para creer que sé y veo todo de mí, que ya llegué a algún punto culminante, que no tengo que vigilar el horno si me entretengo con mis pensamientos, que nada supera el inicio de un Thanksgiving como una guerrita de bombones.

[Gracias, vida. Cosecha: 2017].

 


1 comentario

En la cueva

Chocolate caliente porque llueve. La cobija nos cubre, sobradas. No hay chocolate sin mencionar al mole sin pasar por esa fiesta. Ellas rodean la taza con las manos, yo necesito las mías para mostrar —como si la anécdota fuera nueva— de qué tamaño era la ollota y cómo las comadres se pasaban los platos en secuencia de pierna de pollo, cucharada de arroz, mole, ajonjolí, tenga. Cómo el borracho brindaba, galante, con las bocinas, la trayectoria del perro que se cruzó en el vals, el ala del sombrero de la festejada a rape (¡ay! de mano en pecho) porque casi se muere al nacer y su mamá le había prometido a la Virgen que si sobrevivía, le ofrecería su trenza cuando cumpliera quince años, como cuando yo tenía esa edad y una mañana apareció en mi buzón una nota: «qué pesado tienes el sueño» y no oí mi primera serenata.

Esa no se la sabían y cada taza está inquieta. Pauso la narración, las miro con mis ojos de corregir. ¡Qué va! hacen como que se derrama el líquido en la alfombra. Uy, reviro con otra historia oral: y yo que les iba a contar de la señora que le habló a las cenizas del marido y, de pronto, se movió la tapa de la urna…

Dejan la taza en la mesa de centro, se hunden en la cobija, su cabeza está entre mi hombro y mi axila en el nido de acurrucar.  Pues sí: había dos urnas iguales, sin placa con nombre, y ella necesitaba saber cuál era la de su marido y le pidió una señal. No, no es la misma señora a la que se le arrugó toda la cara por haberse puesto una crema ni era la tía del escote con rayita,

—¡Mamá!

—Bueno, ¡era un escote tremendo!

La narración se merma porque rechino y me contraigo. Sus cabezas de adolescentes se mueven y me lastiman la clavícula. Auch, les digo. Y más mueven la cabeza. He de meterme bajo la cobija y hacer algún rugido gigante gongorista. No huyen, la cobija es enorme y podemos perseguirnos sin que se cuele el chiflón. Sus manos y las mías hacen cosquillas, señales de alto, garras, una trenza de voces con risa y tos atrabancada. Piden más historias.

Pero el relato —que no será más que uno de tantos tantísimas veces repetidos y quizás alguno inédito, ocasional— tarda. Bajo esa cueva de polar y algodón, con sus dedos entre los míos, sobresale mi anular. El tono de mi piel ahora es uniforme. Me retraso en la narración porque noto algo (¿será posible?): ya no somos una mamá y dos hijitas y las historias para anestesiar mi nudo en la garganta por la ruptura: somos tres mujeres grandes formando una familia.

—¿Estás bien, mamá? ¿Qué te duele?

— Nada, hija. Ya pasó.

Y carraspeo con mi sonrisa metafísica que llega hasta cada uno de los rincones donde alguna vez sentí culpa. Les pregunto si quieren más chocolate.

Querida bitácora: al cabo de un rato se aburrieron y aproveché para ir al espejo. Me levanté la blusa y me vi la espalda. Y ¿qué crees? ¿te acuerdas de las marcas de los flagelos? Desaparecieron. No supe cuándo.

 

 


1 comentario

Seis segundos

Él me eligió primero.

Él, rumbo y saeta de sí mismo.

(Él, ¿quién le dio las llaves? ¿cómo llegó hasta mi cama?)

No, gracias —diré que dije— No son horas, no es momento. No eres mi tipo, no te conozco.

Él y, por herencia de sus antepasados, ¿quién contra Él?

¡Que no! Hice la señal de alto con la mano.

Él, de paso, altísimo, desapegado, gris.

Él no quería conmigo sino a través de mí.

Tampoco discutí demasiado, me agarraba con sueño.

Él,  de segundo oficio: pregonero: el último tren de la noche

 Él es Él y la hora exacta y algo de leyenda.

Dice que sabe de insomnios, de manijas del sótanos donde duerme la orfandad, de submarinos y lluvia en clave, de confesiones de banca de estación, de sobrevivir al rechazo, de sonar el silbato porque hay peligro de olvido o de que cerrar los ojos y aventarse a las vías.  De todo esto sabe y más en dosis diarias. Dicen que sus faros cortan la oscuridad en pliegos de bolsillo. Dicen que acompaña a las almas que se preguntan por el futuro.

Le he prestado mis letras durante seis segundos diarios, la medida de nuestro encuentro.

No soy la misma desde que Él.

Será que el cansancio me pone receptiva.

 


1 comentario

Otoño como heraldo

Oye, otoño, entra con tiento. Demórate en acelerar los desprendimientos. Dile al viento frío que contenga su soplo, permite que los primeros dos días de noviembre sean impuntuales. Entreténte un rato con este clima de verano, todavía con lama y grillos: hay días largos que también preparan para la oscuridad.

No estamos para saltar montones de hojas secas ni para elegir el rincón de la sala donde vamos a poner la ofrenda. No tenemos cabeza para regatear el disfraz de los hijos ni para escribir textos complejos que hablen de otro tema que no sea reconstruir, estar alerta a los saqueos, volver a lo de todos los días. Entra con cuidado, ya ni el timbre suena igual.

Y, con la misma mesura, insiste en hacerte presente. Cesa la savia de aquello que terminó su ciclo, devuélvelo a la tierra. Danos el consuelo de la cosecha, de poder destinar un momento en el año para ver de frente en qué invertimos el tiempo y la atención. Arranca, amoroso y con gravedad, lo que sea caducifolio en nosotros. Y los lugares interiores de no volver.

Sé heraldo de una verdad natural ancestral que consuela a los humanos en tiempos difíciles: al mismo árbol que la vida impone quedarse sin nada, seis meses le brota la primera flor, prólogo de su fruto.

Entra quedito. A algunos nos duele el corazón.

 


1 comentario

Hombro con hombro

Algo horrible sucedió, me dijo mi papá por Whatsapp, este temblor fue diferente. Al poco tiempo vi las primeras fotografías de los derrumbes y, como millones de personas que estuvieron en el sismo del 85, los recuerdos me golpearon en las rodillas. Y, aunque el suelo que pisaba estaba fijo, no tuve de dónde agarrarme. —Sólo tuve, sólo he tenido sollozos—. Fue distinto y el mismo, en canon.

No puedo hablar de cómo se siente estar en la Ciudad de México en estos momentos, dos días después. Ustedes, sus habitantes, tienen esa palabra. Imaginen, voluntarios preciosos que no han dormido y que presencian la solidaridad en todo su espectro de belleza, honestidad y verdad y que nadie les cuenta de los extremos del dolor y de la ayuda, por un momento: ver, dentro de treinta años a alguien que sufre por un terremoto. Y ustedes, lejos.  Con lo que saben ahora, tengan la edad que sea. Con lo que les falta por saber y que irán descubriendo como parte de su nueva identidad.

Así me siento. Puedo hablar, justamente, desde el aullido de estar en otro lugar que no es la Ciudad de México. De la furia casi animal del encierro de la geografía. De la bofetada en el exilio de un «ni vengas, que no haces falta», de querer hablar de lo que sigue: de asimilar las pérdidas, de resistir los embates del desánimo y cómo la vuelta a la normalidad pedirá una constancia que cansa. Sé eso y otras cosas, pero no sirven de nada. Aúllo más. Y me callo, porque el puño de los rescatistas está cerrado y en alto.

Pausa.

Me pongo al servicio de ustedes, incondicional. Continuaré en Twitter, como he estado hasta el momento, centrada en el apoyo emocional y algunas herramientas para atravesar este momento. Aquí a ladito, en la columna de la derecha, están en tiempo real. —–>

Los desastres pueden verse con los ojos del cuerpo, como testigo, y con las del espíritu, por empatía. En todos los casos, los desastres nos exigen recordatorios de quiénes somos, dónde estamos, a dónde vamos; todas las crisis nos despojan de lo que teníamos por seguro. Al no saber qué va a pasar, necesitamos pistas para volver a la casa de dentro y el otro alimento: la ternura activa, escuchar las historias y preocupaciones, sentirnos útiles. Desde la impotencia de no poder ir a remover escombros o a clasificar víveres, doy palabras de aliento porque quizás sirvan, dicen mis rodillasrecuerdo. Fue distinto y el mismo: México es un lugar en el corazón, no sólo un país. Si tiembla, temblamos todos. Y, entre todos, haciendo red donde quiera que estemos, ayudamos a reconstruirlo. Todas las veces.

 


3 comentarios

¿Estás ahí?

A veces necesito verificar que el mundo siga donde lo dejé.

Me da seguridad saber que puedo dedicar mi atención entera a un proyecto, por ejemplo, y que el click de la lámpara en el buró sea, todavía, como un chasquido de duende ronco. O que el líquido que ya tiró el hervor todavía proteste porque lo verteré, como si le diera angustia de separación de la hornilla. O que el jabón recién abierto siga suspirando como un animal de líneas dóciles y perfumadas. O que la voz automatizada del dispensador de boletos del estacionamiento todavía dirá «espere unos segundos. Gracias por su paciencia».

Y si mi atención, por poner otro ejemplo, tuviera ganas de quedarse un rato largo en una mirada que me enamora o, todo lo contrario: quisiera desaparecer de vínculos que ven feo, puedo contar con que abriré mi buzón y el cartero habrá apilado los sobres por tamaños, poniendo al frente los que provienen del banco, y la correa de mi zapato derecho será voluntariosa en el tercer hoyo, que no abrocha con prisa.

Y si, ya encarrerada en los ejemplos, la hoja en blanco y el lápiz me reclamaran que trabajado de más o que no estoy en mi eje de presencia, todavía habría virutas de sacapuntas como olas deshidratadas y el cuaderno se abriría en el centro donde está la costura, como parapente que no quiere jubilarse.

Verifico —y es una necesidad honda— por más bobo que parezca. El cambio me incita al apego, el tiempo me invita a controlar, los objetivos insisten que insista, el apego me muestra el dolor. Hay días, con sus noches, que no sé qué va a pasar. Y si bien el mundo nunca ha sido mío, el asombro evitó y ha evitado que me fuera ajeno.

Sí, está ahí.

Suspirosonrío.


7 comentarios

Devolver al remitente

Vida,

Me llegó este paquete y te lo quiero devolver. Gracias por habérmelo enviado porque, si no fuera por su contenido me habría muerto en la infancia en el más absoluto desamparo y en la adolescencia por atrabancada.

No me lo puedo quedar porque lo que creo ahora me pide que revise el origen de mi sufrimiento y en cuanto me topé con el paquete te lo quise devolver con urgencia. Con cariño, te regreso todos tus imperativos. Estoy desterrando cada uno de los verbos en forma de orden para ser obedecida, desde la cotidianidad del «come», «recoge», «limpia» o «paga» hasta el megáfono del «calla», «demuestra», «oculta», «controla», «aguanta», y hasta el «ven» y el «quédate» más seductores. No le pondré mi nombre, sabrás que el paquete es mío. Donde decía FRÁGIL, por fuera, está tachoneado; cuestión de precisión: frágil yo cuando obedezco y no es a mí, creyendo que habrá un premio al final del camino.

Si haces un inventario, verás que tomé «escribe», «explora», «perdona», «disfruta», «deja ir» y «resuelve». Los elegí por voluntad, son las insignias de mi autonomía. Quizás notes que el embalaje original quedó medio forzado, valga el campo semántico. Resulta que quedó un espacio justo del tamaño de mi necesidad de dar explicaciones para no sentir culpa. La recibirás igualmente. Ojalá el paquete llegue con bien. O se pierda el camino.

Con alivio, abrazando mis fortalezas,

Locadelamaceta, disidente.


2 comentarios

Magnificente

Todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana. La casa y los pensamientos callan. Amanece el día. Los significados son los únicos testigos de que, horas antes, fuera de noche. Pero apenas se van desperezando. Es el café de preguntarme cómo estoy.

Las respuestas han variado según las casas que he habitado y la vista que ofrecía la ventana: cuando dio a una pared, mi «estoy» fue el anhelo de estar en otros ojos; cuando ofrecía unos geranios, mi «estoy» quería creer que estaba bien y a salvo, ¿verdad?; cuando el paisaje suburbano se coló por una puerta-ventanal, mi «estoy» fue de duelo sobre duelo bajo duelo. Y es que preguntar cómo estoy también ha sido cuestionarme cómo llegué hasta aquí.

Desde que me mudé, todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana que da a un olmo. Dicen los significados que, desde tiempos ancestrales, el olmo ha sido símbolo de sabiduría, fuerza, equilibrio ante la adversidad y crecimiento en grande. Asiento, es un arbolote. Al preguntarme cómo estoy señalo la viga de metal que ayuda al tronco para que el peso esté repartido y el olmo pueda seguir elevándose sin quebrarse: cuando el café viene cargado con dudas amargas, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón; cuando despierto tremenda, cierta de lo posible y con prisa de que ya sea el futuro, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón.

Sé cómo llegué hasta aquí, fortísima, vulnerable: eligiendo muy mal. Y decidiendo muy bien. Despierto. No cambio esta época por nada.