Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, y otras plantas de interior.


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De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.


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Cada navidad

Soy buenísima quitando manchas de sangre. Tallo fuerte, pero no por desprecio. La amo, me fascina la sangre. La de menstruar y de parir. La de qué bruta, por una pincelada picassiana con el exacto. La de querer pasar detrás del columpio, la del tepalcate en las piñatas de barro. La de los manazos, bien merecidos, que me dio mi mamá por respondona. El punto de carmín en el hueco del diente recién caído. La de la nariz protestando porque el calor es demasiado. Vaya, hasta la jeringa en ayunas para donar A+. La talladera, en todo caso, es porque me gusta que el encaje, los elásticos, el spandex y el algodón conserven su color de origen. No toda, pero casi toda la sangre me fascina.

Hay un tipo de sangre seca que no sale con agua oxigenada, ni con remojos tercos, porque está adherida a la piel. Ya puedo cambiar de piel, que aquella sangre persiste; quiere ser corteza y roca ígnea, quiere quedarse millones de años. Tallo fuerte con mis credenciales de saber de duelos. Le ordeno que me abandone, que me deshabite. Acábate, le grito, acábate de una maldita vez.

¿Qué hacen ustedes con la sangre seca? Meditan —según me cuentan—, se distraen, invocan a su patronum, escriben, caminan, cantan, tejen, acampan bajo la buena literatura, beben tequila, dejan la puerta abierta. Hace sentido, quiero creerles. Sigo tallando. A estas alturas no pretendo preservar el color de mis bordes. Con que no me persigan ciertas imágenes crueles durante navidad es suficiente. Quiero desprenderme la sangre seca de los pésimos recuerdos.  Quiero desollarme toda con las mismas ganas que atesoro la vida. Que ya se acabe. Yo no sé cómo hacen ustedes. La memoria y el olor a hierro son brutales.


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En punto

Siempre a las cinco. Bajo del segundo piso desprendiéndome los hilachos de correos electrónicos que se quedaron pendientes en la última junta de la tarde. Atravieso el vestíbulo, mustioquieto. Tanteo en mi bolsa hasta sentir el espiral amarillo que uso de llavero. Abro la puerta derecha del edificio, rumbo al estacionamiento. Y todas las veces, siempre a las cinco, en lo que camino rumbo a mi coche, atravieso un corchete de viento. Huele a sal. Yo podría dejar pasar ese olor y asociarlo al puerto cercano. El puerto es parte de la bahía que pasa por debajo del Golden Gate y desemboca en el Océano Pacífico.

El rojo del puente fue, por años, la última visión de los soldados recién abrazados, enviados a pelear a Japón y la primera imagen a su regreso, después de sobrevivir a la guerra, algunos como prisioneros; ese mar y yo tenemos una historia de mensajes en botella a lo largo de la costa, pasando por Cabo San Lucas, Puerto Vallarta, Choluteca, Quito, Lima y Valparaíso; «así huele una mujer cuando el destino le roba un beso» leí alguna vez frente a la costa y todas sus orillas y las mías; colecciono momentos bajo el prisma de un faro, acantilados, la lucha de poder de la roca y el agua, unidades de muerte.

Podría dejarlo pasar, decir, nada más: son las cinco y huele a sal. No quiero, ¡qué tristeza! El día que pueda nombrar ese olor sin que me escueza la memoria habré perdido significados importantes. Huele a sal, me digo, y qué maravilla que no me sea indiferente. Qué consuelo trabajar en una oficina y seguir sintiendo, en punto.


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Bien lejos

Viajé, y volví sabiendo de abrazos.

Yo creí que conocía todo acerca de esa cercanía. Me faltaba saber de distancias.

Porque es posible abrazar botes de basura donde, al fondo, hay libros.

Abrazar como si las banquetas fueran capillas de andenes.

Reconocer, asentir. Oye, sí: abrazo;

ahuyentar, ahorita no. Pero ven, te abrazo.

Que hay abrazos que afirman «esta negación es mía»;

o través de café o textos de sangre;

abrazos de personas que nunca llegan

y de personas que aceptan una cita espontánea;

abrazos que son ovación de pie;

que son chilaquiles con vista al parque;

que tienen algo de cordón umbilical.

Abrazos que son reiteración, pasar lista.

Ya no está uno para repetirse,

¡cuánto bien hace repetirse!

Subrayar, insistir: mira, esto es lo que siento.

Puedo decirlo de muchas maneras, o de una sola,

y traducir: abrazo.

Porque que si sólo sabes abrazo, en la cercanía o en la distancia, es suficiente.

Mi pasaporte no dice, con verdad, qué tan lejos fui. Celebré controlar cada vez menos, querer cada vez más fuerte.  Tuve que pagar exceso de equipaje porque los abrazos jamás se quedan en el cuerpo.

Viajé, volví.


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Vida, ocurriendo.

«Harta de la vida a medias», se leía en la primera entrada de mi blog: un plantilla en Blogger creada en una madrugada de 2006. Tenía rato con ese pendiente, la pregunta de cuándo iba a ocurrir algo que yo pudiera considerar como Vida, Ocurriendo y entonces sí: todos los significados, las ganas, la pasión y la creatividad que hervían por manifestarse, tendrían un sentido. Mientras tanto, sólo me ocurrían deudas de banco y morales, corazones rotos y luego pespuntados, pañales, mamilas, circulares de escuelas cuadrada, uniformitos. Quería desaparecer o la respuesta:  ¿dónde está la vida cuando sucede?

Yo escribía desde que aprendí a escribir, pero no lo hacía con frecuencia. Cuando abrí mi blog me reté a ser constante; sin embargo, adquirí el mal hábito de encriptarme. No quería decir lo que realmente estaba pasando, ni deshonrar o lastimar a las personas involucradas en esa vida a medias. Insinuaba, sí, que algo estaba pasando. A veces, aullaba y luego me tapaba la boca. Esa era mi otra plantilla: no podía hablar del mundo, y cuando lo hacía, era desde mí, y parcial. No me daba la cabeza para más, no tenía otro recurso. Escribía un post a la semana sobre letras, magia, entrañas, ruta, piel, historia, jardín, canto, hijas, casa, con textos tan breves que a la depresión no le alcanzaba el tiempo de servirse un café y sentarse a acompañarme junto a la computadora.

Las palabras tocan, nombran, hacen alquimia, reacomodan, transportan. Cuando migré a California, ese blog estaba impreso en una antología. Continué escribiendo, pero a mi añoranza por una vida completa se le sumaba la nostalgia de México y de interactuar con mis lectores, de enseñar, del español como cántaro. Mi vida creativa se fortaleció y así surgieron los talleres de escritura y el podcast —que más adelante fue una participación en radio—, y Usted & la Canción Mixteca (pronto, muy pronto, en su segunda edición).  Se puso bueno: a la pregunta de ¿dónde está la vida? se le sumó ¿cuál es mi lugar? y se me quebró un aullido dentro del aullido; vino el cisma y todos sus testigos estratégicos en las redes sociales. Claro que me afectó espantosamente, creo. Ya no me acuerdo. Seguí escribiendo, más o menos transparente, aferrándome a las palabras y a mis temas como a las raíces y a la apuesta de conectar.

He escrito muchos posts con el corazón, casi todos. Este es el más difícil de todos,  y, a la vez, el más gozoso.  Hace unos días firmé el contrato de mi primer trabajo de tiempo completo en trece años, mi reincorporación a la vida laboral después de la maternidad. Se me ha ido notando el tránsito del duelo y de las partes diseminadas a ir enunciando la unidad. Ese puesto me llegó cuando en vez de preguntarme pasivamente ¿dónde está la vida cuando sucede?, me puse al servicio de lo posible; cuando dejé de solicitarle a la vida que me mirara o que me compensara por el desencanto o por el dolor, pude ver el dolor de otras personas y aprecié mis privilegios. Sentí una llamada a dejarlo todo e ir ahí, hacia aplicar mi experiencia en comunicación, educación y vida creativa en beneficio de la comunidad migrante. De eso se trata mi trabajo ahora, dar desde la fusión entre lo que creo y lo que sé hacer. Diez años son buenos, muchos y suficientes años para hablar acerca de mí en un blog; hoy terminan.

Por supuesto que seguiré escribiendo, hay un tercer libro de relatos inéditos gestándose, más talleres de escritura en México, algunas entrevistas; postearé las actualizaciones, fechas y avisos en este espacio. No es una despedida, es la flor de coincidir, una planta que ustedes y yo sembramos y cultivamos juntos. Les quiero agradecer el regalo de su tiempo y de su atención. Gracias, gracias, gracias por cada uno de los comentarios, por la difusión, por su amistad, por las inspiración para seguir adelante. Con las mismas manos que usé para tapar mi boca, les mando un beso, sin ustedes hace un buen rato que el cuchillo se habría seguido de largo.

¡Hasta siempre! Reciban un abrazo de letras desde California.

                                                                                                           Michelle, Miranda, Maceta.

pd. YA SÉ que estaba increíble que fuera policía. Sí, habrá algo de eso en los relatos inéditos.

pd 2. Claro que sigo aullando, por lunática nomás.


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Miranda Entrepreneur

Casi todos los domingos me siento en el sofá, enciendo la televisión y me pongo a llorar dos horas seguidas.

Considero que ese par de horas es una inversión y las dedico a ver películas tristes. Hay mucho material creativo en la tristeza, bien lo sabe el cine. Me instalo con un paquete de pañuelos desechables y ningún testigo. Emprendo, y soy  entrada de diccionario:

Llorar. (Del. lat. plorare) v. tr. e intr. Derramar lágrimas. || Sentir profundamente). Ser pileta de enjuagar duelos y parque de no saber andar en patines; asistir al funeral de los proyectos vilipendiados por los monstruos personales y algunas entidades malcogidas, lamentar la llamita del propio sarcasmo, atravesar la Hora Azul de la XE ¿dónde estás?, plañir sobre la vía de los abandonos, gemir frente a la lepra de algunas decisiones. Sollozar, durísimo.

Si uno llora bien, se sigue. Cuando me doy cuenta, estoy llorando también por los males del mundo: los minúsculos, que se ven desde el espacio; los evidentes, que caben en todos los bolsillos. Nada soluciono, ni siquiera sé cómo nombrar esos males. Sólo quedo mormada, hipando y con más ganas de llorar. Es que a la tristeza le caben todas las tristezas. Engulle. Por eso casi nadie quiere irla a visitar. Como mi tristeza nunca se acaba no pasa una semana sin que vea, a través de los cineastas, zonas de derrumbe interno donde se esconde la tristeza;  idéntica, pero no la misma.

Hay quien está pendiente de los índices en la Bolsa de Valores o de cuántos likes recibe en las redes sociales. Yo sólo puedo poner atención a lo que duele; me doy ese tiempo casi todos los domingos. El resto de la semana puedo reír genuinamente y, desde esa risa, también lloro. Insisto: si uno llora bien, se sigue. Ya no me siento fragmentada.

 Me he invertido.

 


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Souvenir

Viajo a países y a brazos. Aterrizo y paso por interrogatorios de migración y de cuéntame de ti. Giro las postales de los sitios más concurridos, monumentos de ciudad o de Facebook. Pruebo el pan, el agua embotellada, cuántos trinos le caben a los semáforos; descubro en qué parte de debajo de los puentes y de la memoria de quien me mira está el grafitti. No sigo las rutas sugeridas, pero agradezco el regalo de un mapa. Camino. Camino mucho. Camino hasta donde se cruzan cerca y más cerca. De los países, guardo entradas de museos, tintas en frascos, fotografías en jardines botánicos. De las personas y otros mundos interiores, conservo palabras*.

Clepsidra – reloj de agua que me traje de cuando hice mi tesis de maestría, embarazada, y entrevisté a 20 niños acerca de qué les gustaba más de los libros de historia griega.

Chistosón – adjetivo que usaba mi profesor de Derecho Positivo Mexicano para nombrar sus exámenes bimensuales.

Embarnecida – término que mis tías añadían a su saludo sorprendido durante mi adolescencia.

Colchoneta –  Diez, quizás veinte de ellas, cubrieron a cierto caballo durante el primer tercio de una corrida de toros en una plaza en Saltillo. El toro ni se le acercó a aquella cama de campamento con patas y estampado de flores. Una vez me contaron esa anécdota y he tardado dos décadas en desaceitarme de risa.

Zacahuil – sinónimo de 42 grados centígrados, a la sombra. También es un tamal de un metro de largo y veinte kilos de peso que se prepara en la Huasteca.

Musaraña, conspicuo, marajá, endosado – investidura inconfundible de quienes hicimos doctorado en “Don Gato”.

Fundillo – palabra que una persona de mi familia incluyó en la descripción gráfica de una boda árabe a la que asistió.

(Mucha) perdición – explicación de la existencia de todos los males del mundo, según mi abuela.

Renegado – primera lección de sociología, implantada por Jana de la Selva.

Aseo – rectángulo de la pulcritud donde solo cabe un gato dentro de un sello. Pero qué bonito suena.

Vázquez – apellido que legitima mi venia de cambio de carril desde que soy copiloto.

Pichiruchi, monocotiledóneas, grapcias, Nervo Calm [grageas] – …. pod favod.

Jubileo – equivalente a fiesta alegre y de larga duración. Lo más próximo al desmadre, cuando uno estudió en escuela de monjas.

Enhorabuena / a buena hora – parámetros de felicitación y de vernos en Tres Marías, respectivamente, a causa de  “Siempre en Domingo” y de quedarme a dormir en casa de mis abuelos la noche antes de una excursión.

Chipocludos – adjetivo con el que un profesor describió cómo era tener 9 años, el día que los cumplí.

Lo mejor de los viajes y de las coincidencias es volver a casa, y que el diccionario vaya mutando según se expanden el mundo y el corazón.

* Una disculpa a mis lectores que no son de México, por los localismos. Si me escriben, les cuento a qué me refiero y hasta podemos encontrar referencias afines. ¿Qué les parece?


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No puedo dejar de verte

El otro grupo de cuarto grado iba a bailar el Cerro de la Silla, una polka tradicional norteña de paseíllo que involucra talón, talón, talón, tres pasos para un lado y tres para el contrario y que, complementados por una serie de saltitos, en ciertos momentos remite a una Heidi indecisa. Mi grupo presentaría otro número. Estábamos formados en el patio cuando profesor de educación física llegó cargando una grabadora gris que habría sonado muy potente en un ghetto, llamó al orden y nos hizo saber las dos palabras que regirían nuestra vida: tabla gimnástica. Empezamos a quejarnos con la torpeza de pollo de quien tiene 10 años, fastidio y antena para la pena.

¡Sht!

Y sonaron los violines. Las indicaciones crecieron con el beat del sintetizador. La tonada era pegajosa, igual que el palo de escoba cortado a la mitad de donde pendían dos pompones de celofán rojo y azul, que agitábamos. Más violines. Imágenes auditivas que parecían atardecer de  portada de cuaderno Scribe. Una mujer sorprendiéndose de que alguien exista, que sea demasiado bueno para ser verdad, que no puede dejar de verlo, gracias a Dios, oye ¿será real?, se siente viva, no tiene palabras, le pregunta si siente lo mismo, que se lo diga. Bombo, platillo, unas trompetas. Un cover de la versión original de Frankie Valli, orquestada con sobredosis de azúcar y caja de ritmos; el grupo de 4B, en shorts, trazando el efecto dominó, la cruz de San Jorge, las células de cuatro compañeros, rueda al centro, múevanse como algas de muelle, el perímetro y otras figuras típicas en cuentas de ocho.

Yo me enamoré. No del profesor (mi corazón en esos entonces estaba reservado para cuando conociera, en persona, a Tino de Parchís) sino del momento. Era 1986. El terremoto, seis meses antes, había cimbrado la ciudad y a la vida cotidiana se le botaron las varillas y las grietas; había sido una experiencia aplastante. Una parte de nuestra infancia estaba en los escombros porque nuestra primera taquicardia de pre-púberes no la produjo alguien del género opuesto sino los edificios caídos, que no podíamos quitarles los ojos de encima. Supimos que los significados son frágiles, que se caen con el movimiento, que se estrellan cuando hay oscilaciones o trepidaciones, que un día, en un segundo, uno puede quedarse sin casa, sin padres o sin paisaje. Yo escudriñaba faroles y lámparas colgantes. Si se mecían, temblaba, venía un final,  temblaba yo.

Esa tabla gimnástica fue lo mejor que nos pasó, como grupo, en ese año escolar. Después de varias semanas, cuando ya conocíamos bien los pasos, la ensayábamos con un gusto que se parecía bastante al amor, es decir, a vivir el presente. Y yo le preguntaba al momento si era real porque lo me traía loquita y él me respondía que mano derecha celofán rojo arriba, mano izquierda celofán azul abajo y yo sacudía los pompones con todo el entusiasmo que, entonces y ahora, me produce la cursilería. Pocas veces he sido así de perfectamente feliz. No me acuerdo por qué resultó que no participé en el festival y nunca estuve en la presentación de la famosísima tabla de 4B que ahora nos interpretará “Can’t take my eyes of you” en la versión de Boys Town Gang, quizás me fui de viaje con mi familia o hubo algo que hacer o fue la réplica de lo que recién había sabido. Una lección que habría de recordar, subrayada, conforme crecí.

En diciembre, hace unos días, escuché la canción y me dieron todas las ganas de repetir aquella coreografía que se me quedó en el corazón. Mis hijas, con su satélite orbitando para que no las avergüence, me fulminaron. Oh, pues*. Para canalizar lo que sentía, y aprovechando que era 31 de diciembre, me propuse recordar que la próxima vez que me enamore sabré que puede acabarse en cualquier segundo y aún sabiendo que desconozco el desenlace, dejaré que suenen los violines, descalza, moveré los pies al beat meloso y sublime, no estaré pendiente de los candeleros.

No en todas las escuelas se aprende, en una tabla gimnástica, que el amor es hoy. Quién sabe cuáles habrían sido mis conclusiones si hubiera bailado el Cerro de la Silla.

*Les aviso: un día lo haré. En público.


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Desde lo alto

Me invitaron a pensar en grande. Casi me engancho en creer que lo grande es una talla, una marca, una jerarquía o un tipo de arrogancia. Por fortuna, rectifiqué a tiempo; no por sabia sino porque levanté los ojos al techo. La invitación me había llevado a volver sobre mis esquinas.

En el techo, a donde las preguntas nos miran desde arriba e, igual que el aire caliente, se elevan naturalmente, vi una alcayata. Era una especie de tornillo en forma de signo de interrogación. Pensé que hay muchos tipos de ganchos y, en el día con día, pueden parecer del tamaño adecuado a las necesidades personales pero son ganchos al fin: terminan por alzarse de hombros, volteando el cuello para el otro lado, intolerantes, deformando lo que se dio en prenda. Además, un gancho se va con cualquiera. No tiene rumbo.

Si realmente quiero pensar en grande, en un futuro magnífico, tengo que dirigirme hacia arriba. Donde lo minucioso casi no se ve pero se aprecia y el tamaño es humilde. Necesito una alcayata, porque va en lo más alto. Y porque así como los vestidos de graduación o de matrimonio con el propio camino se marchitan a puerta cerrada, mis posibilidades no pueden ir colgadas como sombras. Debo verlas extendidas, en todo su esplendor. Bien planchadas, de fiesta, listas para lo que viene.

Que será enorme.


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Apuntes post-presentación

Era sábado y hacía calor. A las cinco quince, un hombre puso las manos sobre mi cuello. En vez de ahorcarme -con la habilidad propia de los quiroprácticos– hizo girar mi nuca como si fuera a quitarme la cabeza, y luego siempre no. Mi cuello tronó como papel burbuja en ratito de ocio.

Abrí el envoltorio. Le tengo un cariño al color “Ala de Mosca”. Tal y como suele pasar con los apegos descubrí, con el tobillo fruncido, que las medias no tenían licra. Fui una versión antigua de mí.

La experta en trenzas, trepada en un banquito, lazaba pelo y listón. Abrieron las puertas, entraron los pasos seguidos de sus dueños que buscaban una silla. El pincel de la boca, mi segundero. Lista, roja.

Lo que más me gusta de firmar libros es conocer a quien me lee y darle un abrazo; que la pestaña postiza izquierda se desprenda y me regale un sub-párpado y la gente no sepa si así soy de cerca, cubista, o es consecuencia de lo que escribo. Escucharme de 8 años, respondiendo qué iba a ser de grande, tropezándome con el flash y los tacones.

Durante la cena, esperé tras bambalinas. Me compusieron la pestaña. Perdí el hambre, pero sostuve mi teléfono. Alguien me mandó una felicitación por whatsapp: “Usted y todos sus hubieras”, decía en caligrafía fucsia. Comenzaron los acordes de la Canción Mixteca. No lloré. Entré al escenario junto a Estela, una de las mujeres que más admiro. En medio, una planta sembrada en una ensaladera de plata.  El lugar, latiendo. Extractos de mis frases, en las mamparas.  Pósters con la portada. “Trecedejulio, la herida de migrar ¿cuándo se quita?, estas letras son mías, si soy una madre falible que sea con estilo”.  Ojos como luciérnagas. Mi madre. Mi mentor. Mis amigaexalumna. Mis talleristas. Una hija, tomando fotos. Una hija menor corriendo con una amiguita. Mi productora. Mi padre. El cónsul. Mis compañeros de Círculo Cultural. La gente querida que se tele-transporta con invocarla. Cien personas que no sabía cómo se llamaban pero me miraban. Estela subrayando que nunca fui Adelita, que migré a California para encontrarme conmigo. Yo, sintiendo, asintiendo, sonriendo, aullando, cerrando un ciclo de nueve duelos.

Un grupo tocó música de cámara y, al cabo de un rato, aparecí en el escenario otra vez.  Compartí mi otra pasión y no solo leí mis textos: hice radio en vivo. Dí las gracias, todas. A la vida, al apoyo que me ha sido prodigado, a lograrlo sola estándolo sin estarlo. Me bajé del escenario, cubierta de aplausos calientitos, volátiles. Antes de quitarme los zapatos y colgar el traje de gala, hice una escala en el cielo y me comí un tamal de mole negro y un chileatole.

Pasada la presentación, me tocó refrendar mi compromiso con la escritura. A la par, mis lectores me hicieron saber que el libro les hizo gracia. ¡Albricias! Escribir ya tenía un sentido para mí; pensé que era acercar o coincidir, y vaya que lo ha provocado. Ahora sé que me invita a ir más allá de mis relatos:  a registrar lo que parece no tener una conexión, a esculcar lo invisible dentro de lo que no hay, de quien no está, de lo que no se va, de lo que golpea y esconde la mano. Sí quiero, refrendo. Aunque no fue a propósito, si pude tomar el material de los cuatro años más dolorosos de mi vida y transformarlo en un objeto que ríe, mi compromiso es definitivo. Escribir, para sanar.

 ¿Hubiera? Ninguno.


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De videoclubes y this is it

Si usted nació entre 1914 y 1985: sáltese el prólogo.

Si usted nació después de 1985: lea primero.

Antes, el cine consistía en una sala donde cabían entre 1,300 y 1,965 personas. Las películas podían durar semanas o meses en cartelera y consistían en una cinta de 35 o 70 mm y, si todo iba bien, con sonido de alta fidelidad sincronizado con la imagen. Había un sistema llamado “permanencia voluntaria”, donde el costo del boleto de entrada permitía ver la película todas las veces que se quisiera ese mismo día; siendo frecuente que si uno llegaba tarde a la función, se quedara a la siguiente tanda, a ver cómo había empezado la historia o porque sí, por cinefilia. Casi todas las películas tenían intermedio, que servían para ir al baño y para hacer escala imperativa en la dulcería. Era obligatoria, porque así lo decía el único anuncio antes de que rugiera el león de la MGM o la señorita de Columbia sostuviera su antorcha: visite la dulcería.

Las butacas eran como de auditorio de escuela secundaria y, antes de que empezara la función, a los niños más latosos les daban permiso de bajar corriendo hasta donde estaba la pantalla, que formaba un escenario de a pie. La vista desde ahí hasta arriba ha de haber sido muy impactante, nunca me dejaron. Si el audio fallaba, se puyaba al operador con el grito de “¡Cácaro!”; yo hasta tenía una tía que se preciaba de la película se componía inmediatamente cuando ella lo gritaba. Y, no puedo enfatizarlo suficiente, ir al cine era vivirlo. Ese era el momento de ver aquella película y no había otro. Ir al cine era dejar que la película se imprimiera en la película y en la banda sonora personal de cada quien*

En ese contexto, un día apreció el videocasette -primero en formato beta, y luego en VHS- y con él, los videoclubes y mucho júbilo. Una vez que estaba lista la credencial (que se tardaba varios días porque implicaba el protocolo del comprobante de domicilio, una fotografía tamaño infantil y ser enmicada) era posible tener acceso a cientos de películas para rentar; desde las más arcaicas hasta el puro mugrero. A la par de los videoclubes, surgieron las palomitas para microondas y, con ese combo, larga vida a los sillones, a la nostalgia y a los fines de semana. Con el paso del tiempo, los vídeos serían sustituidos por los dvds, y éstos por los Blue Ray y por las descargas en línea y las películas y la televisión on demand. Ir al cine hoy ocurre con un boleto electrónico, en una sala donde caben entre 20 y 400 personas, con sonido digital, toneladas de anuncios, butacas acojinadas y algunas, que hasta de reposet. Nadie puede quedarse ni un minuto más del importe que invirtió. El cácaro está por terminar la preparatoria,  la invitación obligada ya no es a visitar la dulcería -sigue siendo un negocio redondo, por sus precios y por su fomento a la obesidad- sino para recordarle a la gente que apague todos sus distractores (comenzando por el teléfono celular) porque todavía el cine todavía es para vivirlo.

*Fin del prólogo*

El videoclub había quebrado, sin misterio. Estaban rematando los DVD’s y los pósters de las películas y fui porque el videclub estaba media cuadra de mi casa. El videoclub estaba dentro de un edificio donde antes había un banco, y los dueños habían invertido su empeño creativo en ambientar cada sección de películas. Los dos ejemplos más notorios de lo que acabo de afirmar es que las películas porno estaban en la zona de la bóveda, y para que la entrada a la bóveda tuviera cierto aire casual -en lo literal y en lo figurado- pusieron unas puertas abatibles como de bar del lejano oeste, pero de piso a techo; y que, en las columnas donde iba la folletería de los créditos y los préstamos, quedaron unas repisas donde iban las películas que exaltaban algún tipo de vínculo entre mujeres, como Magnolias de Acero. ¿Que cómo sé que la sección era para resaltar lo femenino? porque había un florero con rosas de seda húmedas con la gota artificial del rocío de silicón, y una zapatilla de cerámica rosa.

Busqué, en vano, más ejemplos de la combinación banco-empeño creativo, y no supe si fue porque llegué tarde a la función del desmantelamiento o porque había empezado el futuro. No me quise quedar a ver el resto. El dueño y su esposa se veían muy afectados y entendí desde dónde y desde cuándo; el videoclub es una especie en extinción igual que la resistencia al cambio. Lo que no deja de ser este momento, donde ocurre la vida; igual que en el cine de antes: esta es la película, el pacto no es con la tecnología sino con la permanencia voluntaria. Donde estaba el videoclub, abrieron una tienda de pinturas vinílicas.

*A lo anterior, hay dos excepciones: una, si la película era Ben Hur o los Diez Mandamientos, no había de qué preocuparse; cada Semana Santa las pasaban. Dos, más adelante el Canal 4 coptaría las películas más relevantes de las décadas pasadas, y de éxito en años anteriores, y las repetiría, pero dobladas al español. Pero la idea es la misma.


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Inmutable

A los siete, señalé. A los diez, me pregunté si mi dedo índice funcionaba correctamente. Vino la explicación; lo que yo veía como problema era una situación normal: hay personas que lastiman, aguántate. Uy, de los doce a los dieciocho, lloré.  A los 20, gruñí. A los 21, protesté e hice muchas preguntas. A los 23, y, ante el silencio, escribí un cuento asesino.  A los 27, con dos hijas, enseñé los colmillos. Me sugirieron que me calmara, siempre has sido arrebatadita, Miranda. Así es esa gente. Te lastimarán. No las vas a cambiar.

A los 29, me aburrí de las excusas. Desde los 30 y hasta la fecha, cuestiono lo normal.  Es cierto, hay personas que lastiman. El problema no es que existan y que así sean, al infinito. Lo grave es que tengan cómplices involuntarios que invaliden el dolor de quien sangra y cualquier esperanza de mejoría. Son un frente común.

Esa gente que lastima por hábito cobarde continuará impune. Como no las iré a cambiar, modifiqué lo que sí está en mis manos. Dejé de escuchar a los cómplices, aún si su intención era buena. Puse atención a mi sensibilidad. Y ahora, cada vez que trato con personas pasivo-agresivas, uso el dedo de en medio para señalarlas.


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En paz. Sin descanso.

Me ausenté durante diez días. Esas escapadas lubrican los ojos de asombro con los que escribo, educo y cuido mi jardín. Hice una pausa con la intención de descansar y de separar los gajos de mis trenzas creativas, luego volver como si nada hubiera sucedido a preguntar qué sigue. Fui al mar. Un traje floreado cubría mi desnudo. Me instalé bajo el sol a la sombra con vista a mis pies. Leí dentro del biombo de mi libro.

Pero la vida no tiene botón de pausa y, si lo tiene, está muy escondido. En esos diez días perdí la audición durante 10 horas a causa de una inflamación en el oído, presencié un temblor, un eclipse de luna y una visita del dios de la guerra, falleció un tío -hermano de mi padre- en accidente aéreo espantoso, y Gabriel García Márquez, a quien yo consideraba un bisabuelito de letras, dio vuelta a la página de su obra. Mis ojos de asombro vieron escalofríos, Murakami, barniz índigo en el meñique, biombos que mutaban en gaviotas; se lubricaron con el agua salada de llorar. Claro, no todo fue agitación. Igual que a mi taza de café, sostuve las bondades que trajo el mar cuando estuvo en calma. Reí frente a las olas, cómo no. (¿Hay algo mejor?)  Cuando volví, nada era igual.

Me ausenté diez días porque confundí la paz con la pausa. Paz es dejar que la trenza caiga sobre los hombros, libre, somnolienta, cuando la vida cimbra todos los significados. Escuchar el vacío. No saber qué sigue y, aún, crear, criar y preparar la tierra, y que esa sea la nueva definición de descanso.

Pausar es controlar. Entre todas, la muerte más triste.


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Sobre la elocuencia

Esa mañana y no en otro inicio, justo cuando había soñado que me amaban y ese amor era de filigrana: al detalle, entramado con lupa, sin partes parchadas ni luego zurcidas para que aguantara más camino; esa mañana bauticé al sueño. Lo incliné sobre la fuente donde hacía muchos textos atrás, el agua había cantado que.no.se.mojen.los.cadáveres.que.no.se.mojen, y le di el nombre de Unamor Hechoamano y lo ungí con aceite de lavanda para alejar las picaduras de la patanería.

(Ocurrió hace tanto tiempo que ya los inicios se brotaron, crecieron, sacaron su credencial para votar y se volvieron una fraternidad de capítulos potenciales con bigote y a las mañanas se les contorneó el busto y las caderas y hasta se ponen rímel en el tercer ojo frente al amanecer, anhelando un café.)

Justo entonces, ella reclamó y declamó que me quedara.  Es elocuente, persuade con calidez y, lo que más me sorprende es que no le hagan falta palabras -son de cartón, las palabras-, le basta ser horizonte y abrazo. Y Y yo le hice caso a ella, mi cama. Porque para soñar y para renacer, tengo que estar bien descansada de mis expectativas.