Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Una casa, 2.

No habías llevado la ropa a la tintorería y agarraste lo primero que tenías a la mano en ese clóset de puertas de cortina. Tu única blusa mediopresentable, la roja, y la falda de flores que, en sus costuras, te llevaba la cuenta de las veces que subías y bajabas de peso, pero bueno. El local estaba atiborrado. Chin, llegaste primero. Te sentaste en la mesa de la esquina, junto a la ventana, y él frente a ti; diez minutos más tarde.

Le aceptaste el café porque te habías enterado que le gustabas. Y, fíjate, él también a ti sólo que no lo habías puesto en palabras, solo en oratoria de rubor entre las piernas. En tu memoria, era más alto; seguía usando el gel a modo de casco y tenía los tres lunares del cinturón de Orión en su mejilla derecha. Tú sostenías el asa del capuccino y la ficha bibliográfica con el dato de que se gustaban, lista para clasificarla frente al archivero abierto del qué podemos hacer.

Es un decir que él habló cuando fue su turno. Tenía la boca y el cuello conectados con la puerta y cada vez que alguien entraba al local, se interrumpía y volteaba. El policía, haciendo guardia no contaba en su registro, era parte del paisaje. La conversación apenas duraba lo que tardaba la puerta en permanecer cerrada pero, tan pronto aparecía una silueta en el umbral entre la banqueta y la cafetería, había una pausa, su cabeza ibayvenía, y ting, sonaba la campanita del punto y aparte de su atención y dejaba cuatro renglones de silencio. Hablaba visagra. Luego en español, te preguntaba: ¿qué te estaba diciendo? Su expresión era adusta, entre pixeleada y puto el que la lea.

Fuiste paciente. Al principio —con el archivo abierto en E de Esperanza— le marcabas la pauta de su plática:

—que te fuiste a Roma.

—Ah, sí, pues eso—.  (Entraron dos amas de casa, con adicción a la cafeína de media mañana. Ting).

—Que te torciste el tobillo.

—Ah, sí, pues eso. (Entró el jubilado con su periódico. Ting).

Suspiraste. —Que tu mamá estuvo internada.

—Ah, sí, pues eso.

El gel tenía áreas resecas, los tres lunares eran los suburbios de un brote de acné. Temiste. Era una cita desastre. Cerraste el archivero de un manotazo y le arrebataste la palabra, por deporte, por no aburrirte. Y te descoyuntaste con alguna anécdota porque te gusta contar historias. Nadie entraba. En ese renglón sólo estaban él y tú.

—Cuéntame más—, te dijo, recorriendo tu eje pupilas-cuello-escote-dientes.

No habías visto esos ojos desde que se suspendieron las fiestas en casa de Cristina, donde servían tortitas de mole y sandwichitos de jamón con  Cheese Wiz y Kool Aid, cuando replegaban los muebles, contrataban al de luz y sonido, y la muchachada bailaba de 9 a 12 de la noche. Y la fiesta era un filamento de deseo, timidez, inocencia, los cuerpos vigorosos. Todos se veían. Y era la mejor mirada del mundo.  Un día ya no te dejaron a la fiesta y tú creíste que se debió a tu 7 en etimologías o porque, en las esquinas, ya había parejitas que se daban besos y todos pactaban como que no estaba pasando para hacer una barrera entre las manos, las bocas y los papás de Cristina.

Pero fue por la delincuencia, porque empezaron a asaltar en las calles y dejó de ser seguro salir a las casas o a las reuniones. Acabaste uniéndote a las filas de caras largas, en una crisis económica que dejó la mesa puesta para que llegara el narcotráfico. Los miedos de los padres (los de Cristina, los de todos) ya no fueron quién salía embarazada o quién no terminaba el semestre, sino quién llegaba vivo a su casa, a quién le pasó el secuestro express. Se normalizó el peligro, por la devaluación del 94. (¿Por eso él estaba pendiente de la puerta?, ¿por eso estaban en un café con un policía?)  El tipo de cambio, con todos sus efectos secundarios, te habían privado de entender cómo funcionaba el tema de que un hombre, quizás, te mirara. Cuéntame más, dijo. Nadie entraba, y haste de cuenta que te sentías en casa de Cristina; la peor cita desastre habían sido conjurada. Ni falta te hizo el archivero. Qué cerca estaban.

Ahora sabes que debiste de haberle advertido: mira, mi anécdota viene junto conmigo. He esperado este momento toda mi vida. Alguien que no me quite los ojos de encima y que yo, con una anécdota, logre mantenerle los ojos a flote por encima de mi escote. (¿Eso miras? ¿Todas las historias que tengo para contarte?) Enredaste el hilo de la conversación en su cuello. Sus pupilas, negrísimas, concéntricas se detuvieron.¿Quién deja ir unos ojos de asombro? Proseguiste, apretaste el nudo. Apretar y apretar hasta que los ojos se boten y puedas guardarlos en un frasquito, para ponerlos en una botella y contarle a tus nietos, que un día alguien te vio así, que tu voz logró detener el tiempo y hasta el asombro se tomó un café contigo. Seguiré hablando y, si hace falta, tomaré anécdotas prestadas. De la tía, de la abuelita o del papá y otras de la secundaria, que siempre es fuente de vergüenza útil. Tenemos que vernos más veces. Y por eso apretaste la cuerda. Para que se quedara.

Años después, en esa misma mesa, le tomarías una llamada por teléfono, la última que tendrían. Habían quedado de hablar por ese medio, porque te huía. Él se deslenguaría con puntos y seguidos y serías tú quién estaría pendiente de quién entra y quién sale, rogando con el pensamiento mágico que fuera él.  Su «déjame en paz» de auricular se oiría claro y el café sabría a agua de la llave. No eran tus historias, se te quedó viendo porque tu suéter estaba lleno de bolitas por el uso, que desde que te dijo que le contaras más no has dejado hablar. Y tú pensarías en su madre, que le heredó las pestañas largas; qué bien le enseñó a gritar. El de los ojos de asombro, repositorio de tu mejor versión extendida, te llamaría escoria porque descubrió que la cuerda en su cuello era de tu propiedad. Querías asfixiarlo, entonces, ahora, con una amistad. Reventaría la soga y la esperanza, con todas sus mayúsculas.

El local estaba atiborrado. La gente se formaba, dispuesta a pagar un café cuatro veces más caro con tal de ser tuteado por los baristas y tener oportunidad de sentarse en un sillón de terciopelo morado aún con residuos del calor de alguien más, y sentir algún tipo de cercanía. Como tú.  Era el único expendio de café a la redonda. Qué chistoso, no te habías fijado que la casa de Cristina estaba a un par de cuadras de ahí.


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Una casa, 1.

No le digas a nadie que te conté esta historia ni que aprendí a colocarme de vuelta la mordaza.

Apenas podía pasar por el pasillo, había cascos y cascos de refrescos apilados contra la pared. Yo no sé por qué la seguí, por qué iba adelante si siempre que me quedaba con ella se encerraba a ver la television. Grabiel y Grabiela, se llamaba la comedia. Nunca les llamó telenovelas. Nunca abrió la puerta. Ni cuenta se dio cuando agarré mis trastecitos de cocinar y los puse al fuego con bastante aceite para freír unas quesadillas de plastilina verde y hojas secas de geranio que me había encontrado en el jardín. La llamarada llegó hasta el extractor de aire de la cocina. Peor aún, me inhibió la iniciativa de salirme del guión de mis propios juegos, donde siempre era el ama de casa; ese día estaba jugando a que tenía un puesto de fritangas afuera del estadio donde mi hermano jugaba contra la pared.

Si estaba la telenovela ya podía tocar el vigilante en bicicleta que el timbre sonaría hasta que el policía desistiera de solicitar los 20 pesos voluntarios de cajón de las cucharas, ya podía el carpintero reptar por las recámaras tanteando entre los bienes más valiosos de la casa —mi curiosidad incluída— que no habría manera de hacerla salir de su trance ni de su encierro.  A menos que fuera al baño. Y ni iba al suyo en el cuarto de servicio. Me preguntaba, con una cortesía forzada, si podía hacer los orines en el mío. Como si yo hubiera podido decirle que no. Oía cómo le salía un hilo de orina de pocas frases, y la veía correr, igual que corría tras el camión de la basura, con el botito que se le rezagaba entre tantos botes, en una época donde no había composta ni reciclaje ni control remoto. Se encerraba, de nuevo, porque Cuando los Hijos Se Van estaba por comenzar.

Dijo que quería presumirme con su amá. Yo no sé por qué la seguí, confiando, a través de ese pasillo de la vecindad. Por la cantidad inmensa de horas que pasábamos juntas en mi casa, supongo. Era lo justo: que yo fuera a la suya, que le mostrara a su mama quién era yo, la hija de la señora, que por mi culpa salía tarde. La puerta era de fierro sin primer y el vidrio había sido instalado con mastique y dedos; los goznes sin aceite. La casa era un sólo olor a cemento y moho, un cuarto y un foco y un montón de frazadas a modo de cama. Ahí detuve los ojos, en las mantas, una sobre otra; diez, quizás. «Ya llegué, amá. Mire, le traigo a la niña». Yo esperaba el saludo de una abuelita genérica, con tobimedias de mal elástico enrolladas en las pantorrillas y un delantal de flores azul rey con biés rojo. No. En cambio, la amá era una mano vieja que se abrió paso a través de las frazadas y se pescó de mi brazo, y una boca que no tenía dientes, y unos ojos que padecían de cataratas. Grité en silencio, huí despacio porque había perros.

Mi nana no volvería a llevarme a su casa ni hablaríamos de su amá. Tampoco dejaría de encerrarse a ver la televisión por las tardes, abandonándome cotidianamente. Me sorprende que hubiera tenido tiempo para robar, habrá sido cosa de la programación o de Yolanda Vargas Dulché. Es posible que la noche cuando soñé con la mano se hubiera muerto la viejita; me pedía de comer. Odio el sonido que produce la televisión encendida.

Estoy a salvo si te cuento esta historia, o quizás otras. ¿Verdad?


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De tatuajes y bibliotecas

Como casi siempre ocurre, el primero de mis tatuajes fue un lugar. En mi caso, una biblioteca. Es un tatuaje detallado: la biblioteca de mi casa de niña donde me arrullaba oyendo a mi mamá traducir en su IBM Selectric; las bibliotecas de otras casas, cuando iba de visita, y era posible hojear libros de Henry Miller y V.C. Andrews, llenos de citas no citables para leer de gur-gur antes de que me llamaran a merendar; la biblioteca de casa de mis abuelos donde supe que una misma repisa puede contener un cráneo de mujer, un fémur, una réplica de la luna, una enciclopedia con un lomo de águila emplumada y un busto de Beethoven, y donde también supe que es difícil concentrarse en leer cuando hay restos humanos presentes; la biblioteca de mi secundaria donde conocí la combinación de plantas de interior, luz de ventana, libros, mesas amplias y silencio. Un atisbo de mí, hecho espacio.

El segundo de mis tatuajes fue un copyright. Más adelante, cuando los libros tuvieron códigos de barras y las tarjetas de préstamo fueron electrónicas, la biblioteca universitaria —como todos los significados de la época— era tan vasta que resultaba ilegible o tan de edificio que parecía arcaica. Aparecieron los formatos de documentos portátiles, y todos los etcéteras que brotaron después de Google. Nacieron los hijos y los blogs. Un día me hice libro; estuve en la mesa de «novedades» y hasta me inscribieron en el catálogo de una biblioteca pública en California; entré a las casas de mis lectores, a su buró, a su sala, a su teléfono, a sus referencias. Y supe que algo, zuuuuuuum, me había rebasado. Es el tatuaje de poder nombrar.

Apenas me estoy recuperando del tercer tatuaje, el de la pérdida. Tiene forma de llave trenzada. Lo traigo en la piel, siento el escozor de la cicatriz y la avidez, todavía, de contar lo que me pasó, pero no se refleja en mi cuerpo sino en mi librero. «No puedes expandirte», le dije. «No seas biblioteca, nada de adornitos ni de colecciones. Eres de migrante, de mujer sola. Tienes siempre que caber en una caja, estar lista para que la vida llegue y te cercene. Con pocos libros —y pocos vínculos—, dolerá menos». Mi ser entero protestó con la pancarta más visible: cada vez que me sentaba a escribir, mis ojos miraban el librero o Twitter. Ni para adelante ni para atrás, como con llave equivocada: no hubo manera de avanzar en texto alguno hasta que liberé el espacio suficiente para que cupieran muchos, muchos libros más, los que están por venir, por ser escritos, por ser compartidos e incluso, quizás, mancomunados. Y supe lo que ya sé: que escribir me llama por caminos que me retan, que soy lectora, y frágil.

Así empiezo este año: con un inventario de tatuajes y con el voto de hacer de mi biblioteca propia. Que sirva de algo el auto-conocimiento y ese punto donde lo que sigue se junta con lo que recomienza. Así, porque soy libro de mí y todos los libros y las experiencias vividas, expendiéndose por dentro y por fuera.

Y porque es hora de ser curiosa y nombradora y valiente otra vez.


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Adiós, y dictado propio

Uno intuye algunas despedidas como si, de pronto, le pusieran en frente un catalejo y pudiera gritar al fin: «¡Tierra a la vista!». Entonces uno se vuelve isla, tempranamente. Amanece, y sabe. Anochece, y oculta lo que se va viendo a todas luces. Y todas las gaviotas son golondrinas y todas cantan adiós.

Uno es quien es y aquello de lo que se despide por repetición. O por costumbre, porque se acabó el papel (moneda) o las respuestas son nómadas, porque hace frío en alguna parte del cuarto, o hay demasiado en prenda, que estorba; los habitantes de la isla desertan.

Uno se desconoce y se va redescubriendo, negocia con los pies y con los nuncas. A todosuno les llega el día. —Hay algo en las tres de la tarde que invita a compartir la noticia—. Y uno retoma su naturaleza salvaje. De barro, de dictado propio. De mar con isla que evoluciona, de volcán de arrebatos en océanos de enero.

No soy la excepción. Me despido, faldas. Opto, en modo permanente, por sólo usar pantalones.

 

 


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El muro

Un día ya no pude más. Pero de veras. No más. Ni sé, con precisión, de dónde provino el acabóse porque aquello estaba finiquitado desde hacía tiempo, era un final que ya se había anunciado en lo invisible y había reptado entre roles, y sitios y enunciados.

Fue una rendija, creo. Todavía vivíamos juntos y compartíamos la habitación. Las dos camas estaban separadas por un librero grueso, de dos vistas, retacado de libros, papeles, cajas, cualquier objeto que cerrara el atisbo hacia el lado opuesto donde estaba el otro con su respiración a todo volumen y sus movimientos que, ojalá, fueran menos sabidos de memoria.

Una rendijita. Esos hilos de luz son temibles, peligrosísimos. Dejan pasar a la esperanza y al síndrome de echarle ganas y al regateo: esto no está pasando, mira: todavía hay dónde asirse. Como si fuera posible pender de esa fisura accidental, y llamarle estar bien. No pude más, ¿si lo dije? Compré tres mamparas de triplay y clavos, de los largos. Sellé uno de los lados del librero con las tablas, los golpes de martillo de mi ser parte y juez de un desequilibrio sentenciado a ser insoportable. Nunca antes había hecho un muro. Mi vida era el resultado de esa falta de límites. Y, como suele ocurrir, los límites son encantadores para quienes los pone, pero resultan una afrenta para quien los recibe. El último clavo fue el punto final de esa relación.

Me quedé con el librero y su muro. Oh, terapia de arte, me dije, que me quede a modo de recordatorio: por dejada, por tonta, por co-dependiente, por [espacio en blanco para el reclamo que es reclamo del reclamo]. Qué miedo que vuelva a suceder.

Pasaron dos febreros.

Ayer dos de enero, apenas volví de mi viaje de diciembre, quité el muro. No le encontré sentido. No más. Ni sé con detalle desde cuándo estaba lista para removerlo. Me valí de una desatornillador y desmonté mis ganas de no avanzar, mi dique. Cuando terminé, recargué las láminas de madera y los clavos de aluminio bajo los cuadros de los pósters con las portadas de mis libros a un lado de las marcas de estaturas de mis hijas. El librero suspiró. Lo visible y lo invisible se estrecharon las manos. El recordatorio quiso quedarse: por valiente, por sana, por darme a respetar, por [espacio en blanco para la invitación a seguir adelante].

Después de quitar el muro, me preparé un té y miré por la ventana. En California llueve durante el invierno. Había cientos de gotitas en el cristal, una taza, motivos en el corazón, oscuridad a media tarde. Recomencé, requeteavancé. Atravesé algo de mí. Y si eché el martillo en la bolsa de mano fue porque confío en construir lo que sigue, no por temor a la repetición.

No todo lo que empieza ocurre al amanecer ni en las primeras horas. No siempre somos nosotros quienes recibimos al año nuevo. Algunas veces —como el dosmildiecisiete—, es el año quien nos recibe con la cuenta regresiva, nos hace fiesta, nos dice pásale, cuélate por los espacios más finos, asómate a través de las grietas, libera los obstáculos, desarma lo que te estorba, sopla la serpentina. Nos reinicia, año generoso, y nos regala gestos simbólicos sorprendentes. Como haría quien ha esperado toda la vida para vernos llegar.


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Ya hice mi carta

Oye, espíritu del regalo en navidad, éstas son mis peticiones:

Unos esquites. Creo que los últimos que comí fueron antes de mudarme a California. Y eso fue hace 7 años.

En el nombre del cielo, os pido asistir a una posada aunque sea de epílogo en diciembre. O algún modo creativo de canalizar mi entusiasmo pro-piñata y orapronobis

Que José Agustín saque una cuenta en Twitter.

Que todos los niños estén libres de oír el «Saluda a tu tía», y que los adultos a quienes nos cuesta socializar estemos exentos de dinámicas de integración organizacional y de small talk en las fiestas.

Una cinta motivacional integrada a los aspersores para que el pasto de mi casa se anime a reverdecer.

Un banquito, ahora que mis hijas ya están más altas que yo, para poder abrazarlas como cuando eran chiquitinas. O un reloj que marque los segundos con ternura. Suena muy fuerte el tiempo marchando a todo volumen.

Un atuendo de steampunk. Sin explicaciones.

Que vuelvan a hacer esa convocatoria para nombrar colores de crayolas. O que pueda conocer a quien inventó el tono «Montañas moradas majestuosas».

Que haya ocasión para escuchar las historias que cuenta mi papá y que me inspiran para escribir. Que pueda llevarme puestos los momentos en que mi mamá y yo nos saludamos en su cocina, al despertar. Que los días junto al hombre que amo sean eternos. Que mis amigas y yo lloremos de risa, de conocernos tan bien.

Un termo de café que tenga resistencia de batalla, flores impresas, taza integrada, ningún goteo.

Pero si sólo tuviera derecho a una, ésta es la que te pido, la más importante: paz. En el mundo, en los corazones, en las fronteras, en los acuerdos. Donde haya miedo, donde frustre y apremie. En las ruinas, en los diagnósticos. Donde escueza, donde no se permita el paso. Antes del prejuicio, después del desencanto. Paz, toda la posible.

pd. Ah, con respecto a la sangre seca: desapareció, ¿tú crees?  Es increíble el poder purificante de un abrazo.