Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Para la bitácora:

Le tomará ocho segundos leer esta nota: el doble del tiempo que duró su mano sobre mi cintura, al final de la fila, inaugurándonos la adolescencia y los anhelos, antes de que nos interrumpiera aquel «Avance, 6°A» y nos perdiéramos la pista y pasaran treinta años de suspiros.

Volviste.

Y yo vivo sola y tú vives solo.

Justo ahora que, cuando espero, ya sé destejer pedestales y fabelas.

Y ya nada ni nadie nos impide crear el desenlace de esta historia.

 


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El cuadernito negro

Cuando me retire del mundo y de la gente, desorientada, con ojos de canica blanca, y notes mi respiración de fuelle reseco, y mi cuerpo empiece a abandonarme y yo a él, porque ambos nos iremos a un viaje invisible sin guía de turistas, y el oxígeno en la sangre se me vaya agotando y me sostengas la mano púrpura mientras sueño que vivo el final de mis días, tráelo. Es un cuadernito negro, el que siempre estuvo en mi buró. Y lee.

Si se aparece un sacerdote, tú sigue leyendo. Aunque me sepas lejos, tramitando con otras dimensiones los detalles de mi partida, lee y lee más. No te fijes en las circunstancias si, de súbito, me desvanezco a bordo de una ambulancia, lee aunque suene la sirena. Si me disparan o acuchillan, lee frente a la herida vertiendo en ella las palabras. Si es infarto fulminante, más a mi favor: lee, pues ese cuadernito tiene el otro extremo de mi corazón.

Te parecerán frases inconexas. Pásamelas con tu voz, una por una, enunciándolas por incisos como fuegos artificiales. La esquina de Amores y Tlacoquemécatl. Los primeros acordes de Princesa de Joaquín Sabina. Ross diciendo Unagi. Trece de julio. Jesusita en Chihuahua. Falta Soren Lorenson.  Tierra pa’macetas. Una bugambilia en la banqueta.  «Te extrañé». El vitroblock en el costurero. Una ficha bibliográfica. Vincent Pérez vestido de conejito. La palabra «Lúa». Sobre la verde alfombra, un insecto de luz tranquilo estaba.

Cuando la vida esté por despedirse con su caravana de ballet ve a donde diga: mi papá recogiendo dulces de una piñata. Síguete con: mi hermano explicando el cinturón de Orión, y mi mamá celebrando que la tinga llegó a su punto culminante del hervor. No te saltes: el brazo de él ayudándome a caminar en el hospital, las dos veces, después de las cesáreas. Y sigue leyendo, por turnos, con tu hermana. Quiero que inscribas en tiempo real: mis hijas leyéndome el libro de los momentos memorables mientras muero.

Ésta es mi última voluntad.

Quiero creer que falta mucho para ese instante y, sin embargo, debo decirte que varias veces antes de morir llegaré hasta la orilla de estar viva y me extinguiré. Es parte de la función. Si acaso me ves llorando el jardín con una pluma en la mano, pierde cuidado: no todas las lágrimas son de dolor. Algunas son de renacer, llorando de alegría o de gratitud.  Te dejo estas indicaciones. Hoy, con toda probabilidad, te tocará presenciar uno de esos registros gloriosos.


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Magnificente

Todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana. La casa y los pensamientos callan. Amanece el día. Los significados son los únicos testigos de que, horas antes, fuera de noche. Pero apenas se van desperezando. Es el café de preguntarme cómo estoy.

Las respuestas han variado según las casas que he habitado y la vista que ofrecía la ventana: cuando dio a una pared, mi «estoy» fue el anhelo de estar en otros ojos; cuando ofrecía unos geranios, mi «estoy» quería creer que estaba bien y a salvo, ¿verdad?; cuando el paisaje suburbano se coló por una puerta-ventanal, mi «estoy» fue de duelo sobre duelo bajo duelo. Y es que preguntar cómo estoy también ha sido cuestionarme cómo llegué hasta aquí.

Desde que me mudé, todas las mañanas bebo una taza de café mientras miro a través de la ventana que da a un olmo. Dicen los significados que, desde tiempos ancestrales, el olmo ha sido símbolo de sabiduría, fuerza, equilibrio ante la adversidad y crecimiento en grande. Asiento, es un arbolote. Al preguntarme cómo estoy señalo la viga de metal que ayuda al tronco para que el peso esté repartido y el olmo pueda seguir elevándose sin quebrarse: cuando el café viene cargado con dudas amargas, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón; cuando despierto tremenda, cierta de lo posible y con prisa de que ya sea el futuro, me digo que tengo vista a un árbol magnificente que usa bastón.

Sé cómo llegué hasta aquí, fortísima, vulnerable: eligiendo muy mal. Y decidiendo muy bien. Despierto. No cambio esta época por nada.

 


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Una casa, 10.

Intrínseca en el español mexicano hay una manera de ver toda las cosas en el cosmos, pequeñas o grandes, como si fueran sagradas y estuvieran vivas. 

— Sandra Cisneros.

¡Mira nada más! Búsquete y búsquete, olvidada me tienes, como hilacho viejo. ¿Dónde andas?, ¿a dónde te fuiste?

Aunque agarres camino, yo sé cómo llamarte con tortillas palmeadas y el olor de huevo frito en manteca de cerdo, y café. ¿O unas enchiladitas? Huevo de gallina de patio, no vayas a creer que del supermercado. Es lo bonito: comer y decir, al final, «ya comimos». ¿Más bonito? Cantar los boleros del radio, y oír los partidos del futbol en amplitud modulada, siguiéndolos en la mente desde la tribuna junto a la bocina, gritar con el gol, que el cotorro te remede y luego se ría. Antes la gente cantaba más, en general. Y cuando se bañaba, uy, se tomaba su tiempo; no como ahora que nadie canta en la regadera, a lo mucho se dan dos que tres pasadas ahí donde te conté, y vámonos. El mundo era otro. No que ahora, ni se puede salir. ¡Válgame! Vive uno con el Jesús en la boca por tanto desfiguro, puras visiones que lo dejan a uno afectado y descompuesto. Y, en honor a la verdad, hay que decir las cosas como son: todo es culpa de la perdición, y no se diga los políticos. A esos hay que quemarlos en leña verde y ponerles un chayote de supositorio ¡y vieras cómo se componían de rápido!

Siempre sí queda retirado ese lugar a donde te desapareces cuando piensas las cosas. Se me figura que es lejecitos, que no hay quien te socorra ni se dé una vuelta para ver si amaneciste. Y está bien, así es como crece uno. Te llamo y a veces me dejas hablando sola. Y cuando me contestas es poquito, bendito, pero yo ni me acongojo. Sé que volverás. Por eso todas las mañanas salgo a barrer la banqueta. De tanto soñarla, ya hasta le hiciste un surco y por ahí baja el agua cuando llueve. Sí le dejo las hojas de liquidámbar, para que las pises y crujan con su quiúbole ocre en pedacitos. Quiero que quede bien chula, que la encuentres sin los sobres abiertos de las noches transcurridas.  Ladra el mentado animal del vecino, ¡anda tú, perro laberintoso!, y sigo barriendo.

Has de volver, volver, volver. Y cuando vengas, ¡se va a poner bueno el jolgorio! Traerás la cabeza trastocada de metas por cumplir, como si estrenaras ser una persona nueva. Sale, pues. ¡Puro Velrosita!  Déjame enseñarte que nada aparece de la nada, y cómo funciona la providencia: te señalaré, con estos ojos que un día se comerán los gusanos, cómo traes bien prendido a ti eso que es lo tuyo, lo tuyo, lo que nadie puede darte ni quitarte. Y lo bailado, lo estudiado, y las frases en español que le ponen cara y voz a escenas muy antiguas, como cimientos de ésta: tu casa del alma. Está muy bien que te retraigas y medites. Que, como quien dice, cada cual se ocupe de lo suyo, de su trastienda, de su parcelita de intenciones. Aquí siempre estás a buen resguardo y siempre son horas de llegar. Eres bienvenida, como si regresaras por primera vez.

No le eché llave al zaguán.


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De importancia

Ha de ser la edad o Silicon Valley o el país o el siglo, supongo. Pero es a fuerzas, parece, que los diálogos estén permeados por logros, dejarlos caer en las conversaciones como bombas de mérito. A cada «¿cómo estás?» le sigue una mención a diplomas académicos, erudición remedial, cifras en el ingreso, destinos vacacionales, proezas del corazón o cama o ambas, cantidad de seguidores, llaves de la ciudad recibidas, grados de cercanía con personas influyentes, y otros abalorios bien brillantes del ir haciendo.

Suelo quedarme callada. He aprendido que no se habla de crear un entorno estable para que las hijas crezcan, de defender los espacios creativos frente a las fauces del cansancio, de la hipervigilancia de cada ruido, de cada extraño, de cada automóvil y dormir en paz, de la victoria quincenal de hacer rendir el sueldo, de la disciplina para vivir sin deudas, del marcador cotidiano en la lucha contra el rencor cuando a uno le toca presenciar, de primera mano, que la vida no es justa. Y pues esos son mis logros aunque ninguno tenga testigos.

Harta de la convivencia con personas que cómo insisten en ser superiores porque sus éxitos sí son reales y visibles, y muy fastidiada con mi vulnerabilidad que a veces me hace dudar de la valía de mis acciones, una tarde me puse a hojear el periódico y encontré un anuncio.

Se solicita voluntario(a) en asilos para dar la mano a personas moribundas

que no cuentan con familia ni amigos. 

Recorté el anuncio y lo traje conmigo varios días. Y con esas dos líneas supe que nuestra convivencia no sabe de logros verdaderos. Llegará un último «¿cómo estás?». Si hay tiempo, la conversación ocurrirá cuando el hacer se reduzca a pasar las horas entre estertores, deshidratación, sopor y arrepentimientos. O quizás no lo haya. Sea donde fuere que nos embosque el final, ¿alcanzamos a ver ese momento, desde el ego, cuando nos sentimos superiores?, ¿y desde el tedio o la abrumación, cuando nos sentimos poca cosa?

Cerré los ojos y pude verme: rota, desfallecida, relegada, rechazada, olvidada, aullando de abandono y dolor en tantos ámbitos; cómo he pasado esos umbrales, cómo todas las veces se me fue la vida en ello. Lo que hubiera dado por una mano que me acompañara. Y así, honrando cada uno mis momentos de fragilidad deslucida —esa que el mundo jamás premiará—, y mis éxitos —que sólo yo sé—,  fui y tomé la capacitación de los voluntarios.

Nada, nada sabemos acerca de lo que importa, hasta que llega la muerte.  Y mientras haya personas muriendo a solas.

 

 


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Una casa, 9.

Entre todas las añoranzas, la de querer conocer una casa por dentro es tremenda.

Y es que las casas se aparecen de repente aunque lleven cincuenta años en esa calle. Brotan a la vista como si el contorno de su techo y sus muros estuviera delineado por un marcador grueso. Miraesacasa, una sola palabra, unidad de atención.

Las de historias que uno inventa a partir de ese brote: quiénes la viven, qué fantasmas acechan, las instantáneas de las fiestas, el primer día de habitarla, el último. La de detalles especulados: ¿habrá jabones verdes con grietas?, ¿hay helechos como en todas las películas antiguas?, ¿alguien le hacía al macramé?, ¿han hecho el Test de Rorschach en las manchas de aceite de la cochera?, ¿alguna vez tuvo filtro en la tarja o una mesita para el botellón?, ¿la escalera se percudió por el roce?, el tendedero ¿era de mecate o de alambre?, ¿en qué habitaciones quedan residuos ilustres de semen? (¿y de sangre?), ¿tiene eco?, ¿tiene pileta de granito?

Y las puertas y rejas cerradas, porque la casa está siendo casa y resguardando a su gente de las inclemencias del clima y de los otros. Y los relatos que uno se inventa crecen con el paso de los pasos y los semáforos. Qué ganas ir a sonar el timbre: oiga, ¿puedo entrar a conocer su casa? Diga que sí, ándele. Es que vengo por aquí todos los días desde hace años y me muero de la curiosidad de ver cómo es, no sabe usted, no se imagina lo que yo imagino, ya es como una película que tengo en la cabeza, es parte de mi vida, esta añoranza sólo se me quitará entrando. La respuesta será siempre: no. Son tiempos tristes y violentos, éstos.

Miraesacasa. Y la resignación a admirarla de lejos, con carrusel de imágenes hipotéticas como el único recorrido por las habitaciones. Como la mujer o el hombre que no puedes dejar de ver, pero ni sabe que existes.

Está en la glorieta. Y tiene una jacaranda.

Suspiro.


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De amistad y mujeres libres

Ella entró a la junta con unas Dr. Martens de tacón y sonaron —quedo y largo— las fanfarrias en mis ojos. Solicité ser parte de su equipo; no se parecía a nadie que la rodeara, tendrían que haberla visto en sí misma.

Se me hizo coincidir con ella en proyectos compartidos. Ojalá el tiempo durara más, nos hemos dicho, riendo, abriendo espacio en las agendas, trenzando poco a poco el hilo de la continuidad. Creo que tengo una amiga nueva. (Más fanfarrias).

**

En cambio, tuve una amiga de uy, años. Juntas descubrimos que la vida era dura e injusta. —Suenan vidrios rotos—. Nos acicalábamos la tristeza con orgullo, con la lealtad de la compañía en la depresión. Porque éramos muy amigas. Tan amigas.

Nos separamos cuando descubrimos que éramos tóxicas, mutuas. La traicioné estando mejor sin ella. Ella me dio la espalda de la espalda. Por separado, descubrimos que la vida era pródiga y sabia. Ojalá el tiempo durara más, nos dijimos, mirando nuestras cicatrices con el derecho de romper la continuidad de lo que duele. Perdí a una amiga, me quedé sin ventanas.

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Y así, con la ilusión intacta como si tuviera nueve años y fuera el patio de recreo, o quince y pasara papelitos en clase, me emociono por esa amiga nueva y cuento las horas para verla otra vez. En simultáneo, mi amiga de años y yo hemos retomado el contacto con el corazón más sereno; el lodo antes agrietado y estéril ahora es verde porque eso elegimos para nosotras mismas, independientes, cuidando quién entra a nuestra vida. Todavía lloramos juntas, pero ya no de auto-compasión.

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Admiro a las mujeres libres. Quiero aprenderles cómo desafían los contextos con símbolos que ellas mismas curaron, cómo protestan sin reaccionar y de qué y desde cuándo, cómo desapellidan solemne de importante, cómo muerden a la depresión, si las ataca. Recorrer el museo de su estilo, las palabras que eligen para hablar acerca de sus cuerpos, de sus madres, de sus amantes, de la comida, del dinero. El grabado de sus huellas, los límites que ponen. Sus frases subrayadas. Su definición de éxito y de fracaso y de equilibrio.

Yo no sé si soy una mujer libre o no. Sólo sé reconocer a una cuando la veo y agradecerle que siga su camino, que me invite a seguir el mío. Sé, también, que nunca soy tan libre como cuando admiro, descarada, a otra mujer y nunca tan amada como cuando atesoro a mis amigas y ellas, las verdaderas, me invitan que enfrentemos nuestros encuentros y desencuentros como parte de un ciclo de crecimiento y elección mucho más amplio que nuestros munditos.