Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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El albergue

Pensé que sabía algo acerca de ser fuerte hasta que conocí esa risa. Estaba con una mamá y su hijo de 7 años*, ayudándoles a llenar la forma de solicitud de servicios para familias sin hogar. Mi pluma azul neceaba con tinta afónica y gruñí en lo que buscaba otro bolígrafo, si eché como cinco antes de salir de la oficina, me acuerdo, y seguía revolviendo sub-bolsas de la organización fallida. Volví a gruñir forzando la pluma contra un papel suelto. El niño rió y rieron sus dientes de enfrente. No se preocupe de nada, seño, me dijo la mamá riendo con los ojos de renglón y su español de sílabas calmadas.

Reí un poquito y pedí una pluma prestada en la oficina. Me urgía seguir llenando la forma. Esta familia había vivido con otras tres familias hacinadas en un departamento y en los baños de la estación de camiones y en un coche desvalijado. Era el primer día de clases. La secretaria trajo un desayuno escolar. El niño abrió la bolsa de las manzanas rebanadas y me retó a una competencia de quién comía más rápido. Volteé a ver a la mamá, nos pasó una servilleta. En lo que alargué la mano para tomar un trozo de manzana, el niño ganó el concurso. Con la panza llena, seguía riendo. Y su mamá, que mantenía los brazos cruzados alrededor de ella misma porque no tenía chal ni suéter, reía, sonreía, reía, acariciaba la cabeza de su hijo, y cualquier congoja reía con ellos. La forma les permitirá dormir en un albergue y que  el niño podrá asistir a la escuela todos los días. Recién me incorporé a estas funciones, además de mi trabajo usual.

Insisto: yo pensé que sabía algo de ser fuerte. O de pérdidas o de la fe o de historias de inmigrantes. Luego conocí esta risa que proviene de un lugar que toca y no suelta y ha sido como una aparición. Tengo que prepararme mucho para poder seguir los protocolos estatales de atención y de seguimiento de casos. Yo no estudié esto, la vida me trajo hasta aquí. En blanco, sí sé algo, lo único: el servicio activa una luz que conecta. Y con esa luz se amasa el alimento, se conjura la noche, se protege de la intemperie, se alivian las lágrimas, se arropa el cansancio. No es unilateral, es una transformación mutua. Ahí quiero quedarme a vivir para siempre.

*Algunos detalles de este caso son genéricos, por cuestiones de confidencialidad.


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En cada esquina

¿Qué colocamos en las esquinas en las casas? Justo en el cruce de muro con muro, en las líneas imaginarias que nos sostienen y dividen el exterior del interior. Quizás haya una vitrina de presumir o un librero de pino o una mesita o una lámpara o una planta. Un módem, una escoba, un costal de granos, una mochila, una guitarra o zapatos, pósters enrollados, un garrafón o una cafetera. Y si hubiera un vacío sería sólo a simple vista: hay esquinas que son conjuntos residenciales de lujo para millones de ácaros, con vista a panorámica a la cordillera de pelusas y todo.

En mis esquinas tengo las veinticinco maquetitas que hizo Victoria Luminosa representando escenas de películas usando fichas bibliográficas, colores y pegamento. Una ramita en forma de disyuntiva. Una copa del ancho de un dedo hecha con la envoltura de un Paletón Corona en la última vez que conversé con una amiga querida que perdí. Una piedra en forma de corazón en que encontré en la playa de Puerto Vallarta días antes de enterarme que mi matrimonio había muerto por asesinato. Un plato de Michoacán que me regalaron unos tíos aquella navidad que el dinero no llegaba ni para ellos ni para mí. Una foto donde mi hermano me está contando una anécdota chistosísima acerca de alguien que teníamos enfrente y ambos debíamos disimular, otra foto de mi mamá y mis hijas en la fachada de la casa donde nací, y otra de mi abuela enseñándome a usar la máquina de coser que me acababa de regalar. Dos pulseras irregulares de botones enhebrados con hilo elástico, mi posesión más preciada.

Cuando recorro mi casa a oscuras porque hasta el día duerme paso por esas esquinas que tienen algo de capilla. Quizás el tiempo y los significados se tardan un poco más en recorrer ángulos rectos y por eso las esquinas están cargadas de pausas y son el lugar ideal para colocar ahí, mero ahí, objetos que nos son importantes.

También puede ser que las esquinas sean prácticas y repleguemos los objetos para abrirle paso a lo cotidiano. Prefiero, desde luego, creer que mi casa está llena de altares, que lo sagrado me mira y yo lo miro en cada esquina. Si tengo risa y tribu, amor y pespunte, desgarre y vida después del dolor, no me imagino el interior de otra manera.


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De pasillo

—¿Cómo estás?

— Fue un acierto inscribirme en el grupo de principiantes. Éramos unos doce adultos metiendo la panza, en mallas y zapatillas, cumpliendo algún tipo de promesa personal. El maestro, otrora sílfide, amo decir otrora, bebía café como sorbiendo verdades. Y empezamos.

La clase fue justo igual que la de nivel intermedio: los mismos ejercicios, el mambo de mi mover el bote, las secuencias recitadas, pero más lento y desglosado y la vibra era de una torpeza entusiasta que cae muy bien los domingos por la mañana, y en la vida. Salí feliz, Pavlova recomenzadora, El lunes me dolía hasta el pelo.

**

Me tomé unos días y agarramos camino a Portland, Oregon, con dos propósitos:

a) ir a una librería que se auto-promociona como una ciudad de libros. Cinco pisos, libros nuevos y usados, todos los temas. Hasta encontré una antología de Cuentos Mexicanos, la de Alfaguara, y me ganó la vehemencia en voz alta al abrir la página en «Diles que no me maten». Cargué a la bolsa hasta donde pudieron mi brazo y la tarjeta de débito. Y lo que no alcancé a comprar, —como si alguna vez alcanzaran las horas, las quincenas, los libreros, los títulos que conducen a otros títulos— se quedó pendiente para otro viaje, o para la serendipia.

b) Hace 63 años mis abuelos llegaron a esta ciudad después de haber recorrido 2146 km en coche. Él venía a hacer una residencia médica. Ella tenía 40 días de haber parido a su segundo hijo, y una niña de un año 5 meses (mi mamá). Cuando yo pasé la nube espantosa de la depresión post-parto y de una angustia que me duró muchos años, mi abuela me contó de su tiempo en este lugar: sola, huérfana, recién parida, inmigrante, sin ayuda, en un lugar donde llovía todo el día. Quise ir a esa ciudad a tomar la foto afuera del hospital, dos generaciones después, para mandársela a mi abuela y a decirle que su fortaleza no pasó desapercibida y su sufrimiento tampoco. Muchas de la victorias de las familias ocurren dentro de las casas, sin diplomas. Igual ocurre con las heridas, sin bálsamo en el botiquín. Hayan sido tristezas grandes o logros cotidianos: los veo. Y los nombro.

**

Este otoño estaré inmersa en actividades de mi trabajo relacionadas con  los glosarios de género y su impacto en el bienestar socio-emocional de los estudiantes, las medidas para detectar posibles víctimas de trata (lloro), la supervisión de la versión en español de los materiales de campaña para prevenir adicciones. A veces comunicar tiene que ver menos con el mensaje y más con dar elementos para dialogar y cuidar. Voy a andar atareadísima.

Y tú, ¿cómo estás?


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Magia para transitar de agosto a diciembre

Identifico el Norte y lo saludo con una inclinación de cabeza. Para sostener la mirada de la verdad cuando la tenga enfrente, para frenar cuando me lastime el zapato, para disolver los obstáculos que imagino; para encontrar mi rumbo entre la multitud, cuando me abrume la competencia, si me roban las ideas, si acaso voy a donde no haya un mapa trazado.

Identifico el Sur y lo señalo tocando mi ombligo. Para aceptar la invitación del placer cuando se haga presente. Para aburrir a la vergüenza, para darme permiso de decir que no, gracias; para encontrar mi risa ente las caras largas, cuando olvide que alguna vez fui amada, si quiero huir, si acaso me separo de mi cuerpo por creer que soy lo que pienso.

Identifico el Este y lo bendigo a través del olmo. Para tomar la secuencia de los días cuando amanecen, para cantar frente a lo sagrado, para pulir los bordes de mis torpezas; para encontrar mi voz entre los comienzos, cuando confunda el término con los finales, si me persigue el abandono, si acaso deseo morir al dormir y no despertar.

Identifico al Oeste y lo llamo con un suspiro. Para desabotonar las capas que me cubrirán conforme vaya creciendo. Para asirme cuando sienta vértigo, para confiar en extraños y propios que estereotipo; para encontrar el encanto entre los contratiempos, cuando sostenga un llavero de puertas que desconozco, si dudo de mí como sólo yo, si acaso lloro y se escucha mi eco.

Soy de rituales y de preguntarme cómo llegar.


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Miranda y la clase de ballet

No daré mayor contexto porque me tomaría escribir un libro; baste saber que el hábito de calzarme esas zapatillas me acompañó por años, muchos años. Como veinte. Y esta clase era en domingo a las 10:30 de la mañana y había que tener experiencia a nivel intermedio, por lo menos, y uno siempre anhela volver a los lugares que amó. Yo cumplía con los tres requisitos. ¡Qué mejor!

Había algunas personas haciendo estiramientos en el umbral del salón. Todas no profesionales y mayores de cuarenta años. Ah, bueno; me daba inquietud parecer tullida por contraste, ya muy mayor por no moverme con la misma agilidad que antes. Luego todas esas personas comenzaron a mostrar su flexibilidad formando ángulos de cadera y piernas que me hicieron contar mentalmente cuántos frascos de árnica había en mi botiquín de casa. Yo me entretuve rotando el hueso ilíaco con mucho respeto hacia mis alcances. Y, por supuesto, parecí tullida por contraste.

Empezó la clase. El maestro era un hombre que tuvo algún momento de gloria en la danza y cobijaba la fama dentro de su barriga cultivada a base de cerveza y sándwiches de pan blanco. (¿Que cómo sé eso? Trabajé con policías. Y esa historia da para otro libro).  Me instalé en una barra y zas, fui el lunar en el espejo.

—¿Eres nueva?

—Sí.

Una hora después llegué a las siguientes conclusiones:

  1. La memoria corporal sorprende. Me encantó recordar, como si fuera resolviendo un crucigrama sin diccionario, deletreando palabras y verbos de movimiento en horizontal y en vertical.  Una parte de mi identidad se había conservado intacta. Y mi cuerpo, tan ajado por la maternidad y los intentos de ser feliz, era uno consigo mismo.
  2. La memoria emocional es precisa. El ballet, para quienes crecimos rodeadas de esa disciplina, era estética y gracia tanto como insultos a nuestro peso y a nuestro desempeño. Y ser «la nueva» quería —y quiere decir— :«la que conoce los pasos pero desconoce las reglas no escritas de este grupo social así que vamos a divertirnos un rato a su costa».  Muy cuarentonas las compañeras pero como si estuvieran en quinto de primaria con sus risas de reojo y sus grupitos al hacer la coreografía en diagonal.  Awww, cabronas. Claro que les saqué la lengua. En mi pensamiento.
  3. Tuve el shock cultural de notar que aquí dan diez indicaciones seguidas y nadie chista. Es normal. Vaya, hasta sale en la tele*.   Era una receta para perderse entre nombres afrancesados y cuentas en 8. Claro, no faltó quien sí entendió a la primera y puso la muestra y activó la competencia. Y el espíritu anglosajón se puso de buenas.  Me fui a sentar a la banca a sobar mi desdén por los imperativos.
  4. La música en la clase de ballet es parte del goce. Los arreglos de las piezas tienen el encanto de la música clásica y la cuenta de lo predecible. El ritmo cae justo en su casilla, no hay espacio para la ambigüedad ni para la variedad. Consuela.

No me la estaba pasando bien —he perdido coordinación ojo-brazo-cánones de la postura-parejito es más bonito— y la verdad sea dicha: estaba haciéndolo bastante mal, en parte por la falta de práctica, la novedad y porque, oh Ego, quizás ese nivel estaba muy avanzado para mí a estas alturas. El maestro no me decía nada pero tampoco hacía falta. A veces hay que volver a principiantes aunque se tengan veinte años de experiencia en el área. Y está bien.

Cuando asumí que mi regreso triunfal fue tibio tirando a abollado, solté. (Casi, porque perdía el equilibrio y tenía que volver a tomarme de la barra). Faltaba un ejercicio y yo ya estaba harta y moría por un café. Cuando el maestro puso la música, me agarró desprevenida. Seguramente en dos décadas han cambiado los arreglos, pero nunca me había tocado algo similar en mis clases del pasado. Me reconcilié con el momento por medio de una certeza: las anglosajonas podrán hacer sus ejercicios limpios y pulidos pero jamás sentirán una fuerza abriéndose paso hasta sus hombros, instándolas a desafiar las reglas de la Acádemie Royale de Danse (fundada en 1661), al oír un mambo** y sus colores en plena clase de ballet.

Terminé la sesión de muy buen humor y dormí una gran siesta a pesar del espresso. Horas después tuve que recurrir al árnica de mi botiquín y a practicar mi imitación involuntaria de un robot. Me queda por decidir si dejaré que la memoria del ballet sea libro potencial o si abrazaré mi condición de aprendiz o escucharé  la moraleja y me hallaré más a gusto en una clase de zumba. O todas las anteriores.

—Continuará. Igual que continúan los lugares que uno ama—.

Yeah.

* Minuto 2:53 al 3:06, tal cual. Equivalente.

** ¡Encontré la pieza! Dice que es el 5 pero obvio que no. A ver si logras oírla y quedarte quieto(a). 


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Doce

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Yo abrí un blog.

1999-2007 Mónico Neck 49 (26)

Mira: este es el escritorio original.

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De darte las gracias por leer. Hay millones de blogs en el ciberespacio y, por alguna razón, tú y yo coincidimos en éste. Somos un instante, apenas.

Gracias por tus comentarios públicos o en privado que nos han acercado y revelando quién escribe, quién lee, nos vamos sintiendo menos solos.  Quizás algún texto se nos convirtió en punto de partida para una amistad; me contaste tu historia, te compartí la mía y ahora somos cómplices de significados. A lo mejor viajaste o interrumpiste tu día laboral para tomarnos un café, un día. (¡Lo aprecio tanto!) O puede ser que nos conociéramos de otro ámbito y zas, acá nos procuramos una conexión distinta, y qué rico despojarnos de los estereotipos. Yo siento que te quiero y te voy queriendo cada año más, tal cual. ¡Ah! gracias, todas las veces, porque cada recomendación tuya del blog, el libro o el podcast apoya la vida hecha a mano y la creación independiente, lejos de estrategias de mercadotecnia o relaciones públicas; la que confía en que el mensaje y su destinatario se irán encontrando porque ese el contenido.

Por estos rumbos hoy es día de celebrar. ¡Pásale a la fiesta junto al olmo! Hay agua de horchata, jamaica, tamarindo, cervezas, tortas cubanas en miniatura y, junto a la gelatina festiva, una banderita de tu país: México, Estados Unidos, España, Argentina, Canadá, Colombia, Brasil, Perú, Uruguay, Australia, Venezuela, Chile, Italia, Guatemala, Ecuador, Inglaterra, Honduras,  Alemania, Países Bajos, Costa Rica, Bolivia, Turquía, República Dominicana, China, Suiza, Japón, Rusia (gratitud extra por pasar a leer durante el Mundial).

Tengo doce trecedejulios insistiéndote en ello y te lo repetiré otros tantos más, así hayas estado desde el principio o desde tiempos recientes: tu lectura le da sentido a estas letras, es un encuentro que hacemos posible juntos. Es lo único que no ha cambiado. Al contrario: se ha fortalecido.

Desde California, recibe un abrazote de letras —efusivo, lloroso de bonito—atravesando cualquier pantalla, dispositivo y frontera. Un abrazo verdadero.

Michelle, Miranda, Maceta.


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¡Ya viene!

El trecedejulio es un día muy especial en este blog. Es el aniversario número DOCE (¡qué cosa!). Son muchos años de coincidir, adorados lectores. Es nuestra fiesta.

A algunos de ustedes les llegará un portavasos así, por correo. Es para su café, tecito, agua, cerveza o bebida con la que lean. Si no tengo su dirección, mándenmela por e-mail. 🙂

Mientras tanto reciban un abrazo de letras desde California. Estrujadísimo.

M.

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