Locadelamaceta

Cultivo letras, voz, llaves, y otras plantas de interior.


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Día(s) de gracias

Desde antes de que aprendamos a contar, nos enseñan a dar las gracias a los demás por lo que hacen. Conforme nuestra experiencia nos va quebrando y dejando al descubierto, comenzamos a agradecer lo que es, y si vivimos lo suficiente en tiempo y en profundidad, auténticamente, la gratitud se convierte en un modo de vida.

—Mark Nepo

La tradición del país que me adoptó indica que hemos de dar las gracias por todo lo recibido durante el año. La mesa está puesta y adornada y las notas de Handel saltan entre las copas vacías del tinto que se está aireando, el vaho de la cocina huele a especias que hierven y a guisos en refractarios, estamos a dieciocho grados centígrados, mis calcetines amarillos a rayas son del mismo color de mi blusa, mis hijas están haciéndose bromas, hoy puedo agacharme sin que me duela la espalda baja en el punto donde me inyectaron la anestesia por las cesáreas. Mi taquigrafía mental está atareadísima tomando notas de este momento: este, el de el día de agradecer.

Pero ya estoy grandecita para saber que si sólo agradezco lo que percibo con los sentidos me quedo imprecisa y corta. Voy a la esquina de mirar  arriba, a la izquierda, donde entro a lo invisible de mí. Al ataque de pánico que me dio en la caja del super, cuando la época de las deudas, porque no me alcanzaba para pagar. A la enfermera burlándose de mi miedo en la sala de recuperación. Al «nunca te perdonaré». A las mujeres que traicionaron la sororidad. A los hombres que sonrieron cuando me vieron jodida. A la oficina de la directora de la carrera, negándome el regreso a mis grupos después de mi licencia por maternidad. A las personas que, cuando me atreví a denunciar, apoyaron al abusador. A las preguntas de la franja fría de mi cama. [Irrepetible]. Al «eras una niña que daba mucha pena».

Y no puedo ir a ver lo que intento ocultar de mí sin que se manifieste el otro reflejo: mis palabras como cuchillos, las mentiras que dije y me he dicho, las veces en que he elegido no ayudar a alguien que estaba en problemas, a los motivos de mi ego en cuestiones de trabajo y de creatividad, a lo que soy capaz de aguantar con tal de sentirme querida, al peso del dinero en la ecuanimidad y en el refrigerador, los cientos de margaritas deshojadas que he regalado a los cerdos esperando a que, por la matemática de la abnegación, se transformen en reconocimiento. Sin el dolor, el rechazo, el abuso, el robo, la escasez, el desempleo, la enfermedad, la falta de empatía y la crueldad jamás habría visto reflejado lo peor de mí.

Y, sin conocer lo peor de mí y de las personas que me han rodeado y he elegido, no podría, entonces, apreciar de la misma manera todas las veces que recibí ayuda; a quien me dijo «siento tu dolor» y me modeló el poder inmenso de la compasión y me sanó décadas de tristeza. No sabría mesurar lo que pronuncio y a qué presto oídos. No podría atesorar igual a las personas que amo: nuestro respeto, nuestra lealtad, la fe que nos profesamos, nuestra ternura juguetona, nuestros cariños de acciones. Sin saber cuánto cuestan las cosas, no lloraría de emoción al ver mi mesa abundante ni tendría el compromiso de donar a los bancos de comida.  Si no me hubieran robado aquellas cosas o relaciones que, según yo, me pertenecían ¿cómo habría aprendido a desapegarme, sanamente, sabiendo que nada es mío? Si no me hubieran negado una segunda oportunidad, ¿cómo podría saber de redención y de rehacer la vida a pesar de haber causado daño?

Tercer jueves de noviembre, este momento. Grandecita, para adoptar mis tradiciones y creencias, conscientemente. Nunca demasiado grande como para creer que sé y veo todo de mí, que ya llegué a algún punto culminante, que no tengo que vigilar el horno si me entretengo con mis pensamientos, que nada supera el inicio de un Thanksgiving como una guerrita de bombones.

[Gracias, vida. Cosecha: 2017].